Abolición de la esclavitud

Part 4

Chapter 4653 wordsPublic domain (Wikisource)

De los republicanos no hablemos. Nosotros tenemos la honra de unir la gran causa de la emancipación de los negros a la nobilísima causa de la república.

¡Ah, Sres. Diputados! Acordaos de que la esclavitud moderna; acordaos de que la esclavitud contemporáneas es mucho más horrible que la esclavitud antigua. Al cabo, los antiguos la fundaban en una razón metafísica, en la inferioridad de ciertas clases.

Para Aristóteles los hijos eran una línea , los padres otra línea y los esclavos otra línea del triángulo que se llamaba familia. Platón, más humano y más conocedor de las ideas universales, admitía, sin embargo, ciertas clases condenadas a eterna esclavitud. Allí especialmente, en Roma, la esclavitud tenia una parte horrible, la parte de aquellos esclavos cazados en los bosques, conducidos a Roma, comprados en la puerta de los templos y alimentados para que luego fueran a derramar su sangre en la arena del circo. Pero el esclavo era escultor, pintor, arquitecto, músico, maestro, y de esta manera influía en Roma. Puede decirse que en los tiempos de Tácito Roma era una ciudad de esclavos. Yo os pregunto: ¿qué esclavo de los nuestros se llama Terencio ; qué esclavo de los nuestros se llama Horacio, hijo de un liberto; qué esclavo de los nuestros se llama Epitecto, el cual educó el alma mas grande y más noble de le Roma cesárea, el alma de Marco Aurelio? Vuestros esclavos son todo indignidad, todo brutalidad, como la piedra del molino, como el mulo, como el burro, un instrumento do riqueza, un instrumento de vil trabajo.

¡Oh! el mundo antiguo podría presentar su esclavitud frente a la nuestra con solo recordar a Espartaco, númida de raza, tracio de nacimiento, reunía en sus venas la sangre de los dos pueblos que más había martirizado Roma. Llevado al a ciudad eterna, y alimentado para que tuviera mucha, mucha sangre que verter en el circo, tuvo la idea de libertar a sus compañeros, a sus hermanos.

Treinta mil reunió: 12.000 de los suyos murieron, y cayó entre ellos cubierto de heridas, mártir de su fé, más grande que Yugurta y que Annibal. El mundo antiguo se creería libre de sus esclavos cuando Craso, vencedor de Espartaco, volvía entre 10.000 cruces, donde espiraban 10.0000 esclavos crucificados. Pues bien, cuando sonó la última hora del antiguo mundo, cuando los compatriotas de Espartaco llegaron a Roma con los ejércitos de Alarico, en la última noche del antiguo mundo, Roma, vencida, destrozada, debió levantar los ojos al cielo y ver los compañeros de Espartaco, cual otros tantos Ángeles exterminadores, descendiendo de sus cruces, y dispersando a los cuatro puntos del horizonte sus ensangrentadas cenizas. ¿Y os extrañáis que sobre nosotros caigan tantos males cuando hemos cometido también, prolongando la esclavitud, tantos crímenes?

Yo observo que hay en esta Cámara, lo digo para concluir, algunos sacerdotes. Yo creo, Sres. Diputados, que los sacerdotes han venido aquí para algo más, para mucho más que pedir la resurrección de la Monarquía y la continuación de la intolerancia religiosa. Yo no disputaré, no quiero entrar en eso, ni es este sitio, ni es esta ocasión; yo no disputaré sobre si el cristianismo abolió o no abolió la esclavitud. Yo diré solamente que llevamos diez y nueve siglos de cristianismo, diez y nueve siglos de predicar la libertad, la igualdad, la fraternidad evangélica, y todavía existen esclavos; y solo existen, Sres. Diputados, en los pueblos católicos, solo existen en el Brasil y en España. Yo sé más, Sres. Diputados, yo sé más; yo sé que apenas llevamos un siglo de revolución, y en todos los pueblos revolucionarios, en Francia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, ya no hay esclavos. ¡Diez y nueve siglos de cristianismo y aun hay esclavos en los pueblos católicos ¡Un siglo de revolución, y no hay esclavos en los pueblos revolucionarios!

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