Abolición de la esclavitud

Part 3

Chapter 34,054 wordsPublic domain (Wikisource)

Señores, Napoleón quiso poner sobre el altar y el Trono restaurados dos ofrendas; y horrorizaos, puso la restauración de la trata con la restauración de la esclavitud. Cuando Louverture vio las naves francesas, y supo que iban a cazar a los negros para encerrarlos en los ingenios y arrebatarles su libertad y su familia, se levantó y exclamó: ¡Hijos míos, la libertad que habíamos recibido de Dios, viene Francia a quitárnosla! Es nuestra propiedad, y no consentiremos que se nos despoje de ella. Defendeos; destruid las ciudades, talad las cosechas, incendiad los bosques, envenenad las fuentes, para que sepa el mundo un día que el ejército que vino a quitarnos la libertad, vino también a traer en su lugar el infierno,”

¿Que haríais vosotros? No sois hombres si no hicieseis lo mismo, tratándose de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestros hermanos; de vuestro derecho a la honra, a la vida, a la dignidad. ¿Así se vuelve a encerrar el esclavo libre? ¿Qué significan si no los nombres de Daoiz, Velarde? ¿Qué significan si no Gerona y Zaragoza? Un día Luis XIV quiso dominar la Holanda: Guillermo de Orange mandó destruir los diques y que la Holanda se sumer- giera en el Océano. Moscow, Zaragoza, recuerdan suicidios sublimes de los pueblos. ¿Por qué consideráis estas como acciones heroicas, y consideráis como crímenes las mismas acciones en los negros? No es posible olvidar tampoco cuánto había de delirio en el intento de restaurar la esclavitud. Si el incendio consumió los bosques; si la sangre tiñó las aguas; si las ciudades fueron montones de cadáveres; si el ejército francés desapareció como un ejército de sombras en aquel abismo de horrores; si los perros, ornados de cintas por las tiernas manos de las damas blancas, cazaron y comieron negros; si esas mismas damas en su desolación y en su hambre devoraron los perros que habían devorado a los negros, los perros engordados con carne humana; la culpa es de Napoleon, del que restauró el Trono, el altar, la trata, la esclavitud; no bastante castigado en Santa Elena, si la conciencia no le recordaba a cada minuto estos crímenes; no bastante castigado, si los millones de hombres que segó en pútridos campos de matanza, para saciar su ambición, no le persiguen con sus alaridos en las regiones de la muerte, reparando con el azote de remordimientos infinitos los ultrajes hechos por la fuerza brutal a la conciencia humana.

Pero sé bien vuestro argumento. Vuestro argumento es: las razas latinas son revolucionarias; las razas sajonas, reformadoras, y el ejemplo que debemos seguir es el ejemplo de las razas sajonas.

Yo, Sres. Diputados, declaro, confieso que las razas sajonas han hecho gradualmente, con especialidad en Europa, sus reformas. La reforma religiosa, por ejemplo, hablo de la reforma religiosa contemporánea, comenzó con O'Connell y ha concluido con Gladstone; la reforma electoral comenzó con Rusell y se perfeccionó con D'Israeli; la ley de cereales comenzó con Oobden y terminó con Peer. Pero, ¡y la esclavi- tud! ¿Cuántos portentos hicieron los ingleses para conseguir su ley de abolición gradual? En la servidumbre hay dos crímenes: la trata, y la esclavitud propiamente dicha. Se necesita destruir la trata y destruir la esclavitud. Treinta años se necesitaron para la primera reforma, que se propuso en 1793 y se realizó en 1823. El 15 de Mayo de 1832 se presentó el proyecto de abolición gradual; se trató de que los negros sirvieran como de aprendices, que criaran familia legítima, que reunieran algún pequeño peculio; se delineó así el boceto de su personalidad. Pero ¿qué ocurrió? Que fue imposible, completamente imposible, sostener aquella especie de transacción; y al año siguiente, en la misma fecha, fue declarada la abolición inmediata.

Inglaterra, esa nación que nosotros llamamos utilitaria y egoísta, Inglaterra consagró 2.000 millones de reales al rescate de sus esclavos: el imperio se destruirá en el mundo; pero esta fecha de la historia inglesa y esta acción inmortal irán creciendo de día en día, y de siglo en siglo, a medida que crezca en ideas de justicia la conciencia universal.

Yo quiero presentaros otro ejemplo de un propósito decidido de realizar la abolición gradual, teniendo que concluir por establecer la abolición inmediata. Yo quiero presentaros, Sres. Diputados, el ejemplo de América.

Cuando la historia de la Edad Media concluía; cuando el mar comenzaba a ser nuestro por la brújula, y el tiempo nuestro por la imprenta, y el cielo nuestro por el telescopio, un hombre sublime, poeta, artista, sacerdote, Colón, desde una carabela, y más que desde una carabela, desde la nave de su fe, miraba los celajes del mundo con que soñaba su mente, y veía una luz incierta descubriéndole la tierra. Aquella luz que temblaba delante de Co lón era la estrella de un Nuevo Mundo, el cual se levantaba en los mares como una segunda creación para el hombre regenerado por la libertad y por el crecimiento de su conciencia necesitada de nuevos y más dilatados espacios.

Pero, señores, ¡cuán grande, cuán terrible será la esclavitud, cuando a pesar de los horrores que encierra, se quedó como una raíz venenosa en América, en la tierra de la democracia! Los puritanos son los patriarcas de la libertad; ellos abren un nuevo mundo en la tierra; ellos abren un nuevo surco en la conciencia; ellos crean una nueva sociedad. Y sin embargo, cuando la Inglaterra quiso dominarlos y vencieron, triunfó la república, y quedó perenne la esclavitud. Washington no pudo hacer más que emancipar a sus negros. Franklin decía que los ingleses de Virginia no podían invocar el nombre de Dios mientras tuvieran la esclavitud. Jay decía que todas las plegarias que enviaba al cielo América, pidiendo la conservación de la libertad, eran, mientras existiese la esclavitud, verdaderas blasfemias. Mason se entristecía y lloraba al contemplar cómo pagarían sus hijos este gran crimen de la patria. Jefferson trazó la línea donde debía estrellarse la negra ola de la servidumbre.

Sin embargo, Sres. Diputados, crecía, crecía y crecía la esclavitud. Yo quiero que os paréis un momento a considerar al hombre que lavó esa gran mancha, en la cual se perdían las estrellas del pabellón americano; yo quiero que os detengáis un momento, porque aquí se ha invocado su nombre, su nombre inmortal, para perpetuar la esclavitud. ¡Ah! No tiene el siglo pasado, no tendrá el siglo del porvenir una figura tan grande, una figura igual, porque a medida que el mal se acaba, se acaba también el heroísmo.

(Faltan las páginas 33 y 34 en el original.) decían que para ellos no había venido Cristo, puesto que eran de la raza maldita, de la raza de Cam, tienen hoy templos donde espaciar sus almas. Aquellos hombres, casi mulos de carga, tan desgraciados como los reptiles que se arrastran por el algodón y por la caña, son hombres libres, son ciudadanos americanos, se sientan en el Congreso y en el Senado de Washington. Los Estados Unidos no han querido reconocer como miembros de la federación a aquellos Estados que a su vez no han reconocido la libertad y la igualdad de los negros.

Me habláis de leyes excepcionales. Muchas habéis dado para sostener la influencia de los sacerdotes y la tiranía de los Reyes. Os consiento excepciones si me presentáis 4 millones de bestias convertidos en 4 millones de hombres.

Pero repetís, y repetís siempre, que esa no es nuestra raza. ¡Siempre, siempre Sres. Diputados, siempre el argumento fatal de la diferencia de raza! ¡Hay!, sin embargo, una parte de la raza latina en el mundo, a la cual sí la consideran algunos tan grande o más grande que la nuestra para llevar a cabo todas las obras sociales, todavía no he podido comprender, todavía no me ha convencido la historia de que esa parte de la raza latina sea superior a la española para plantear la libertad y arrojar de sí los males de la esclavitud.

Me refiero, Sres. Diputados, a la raza francesa: yo creo que tiene más apego al cesarismo, más instintos demagógicos, más culto al Estado que ningún otro pueblo: yo creo que Francia, que quiere la libertad, tiene los tres males de todos los pueblos latinos en más alto grado que nosotros. No quiero ofender a ningún pueblo, menos cuando voy a alabarle, y menos cuando es el pueblo francés, a quien admiro tanto. En Francia vino la república en 1848. No sé por qué, permítasele este desahogo a mi corazón republicano, no sé por qué, siempre que hablo de alguna infamia, se mezcla a ella la palabra restauración, la palabra Monarquía; y siempre que hablo de libertad, siempre que hablo de alguna reforma, siempre que hablo de alguna idea grande, se mezcla esta palabra: República. Lo cierto es que la República del 48 hizo esta otra gran acción. Yo he visto el hombre que personificaba aquella gran república; yo he visto a Ledru Rollin en el destierro. Veinte años de desgracia no habían logrado encorvar su frente ni debilitar sus fuerzas; se parecía a la encina bajo la cual pasan los huracanes y los siglos sin conmoverla. Y aquel hombre se me quejaba de ser muy duramente juzgado por sus contemporáneos, porque siempre, siempre, el mundo se apasiona de la victoria, y siempre se llama error, traición, torpeza por los cortesanos de la fortuna a la desgracia y a la derrota. Pero recuerdo que me dijo: «El 24 de Febrero de 1848 triunfó la república, y en 7 de Marzo se había reunido la comisión que debía, proponer la abolición de la esclavitud en Francia,”

¡Qué gloria para ellos! Y después de dos años se presenta aquí ese proyecto. ¡Qué vergüenza para nosotros¡ Allí hubo más oposición que aquí: yo quiero que me presentéis las exposiciones de Barcelona, de Santander, de Cádiz, de Sevilla que protesten contra la abolición. Allí todas las ciudades mercantiles, todas protestaron.

Yo quiero que me digáis qué propietario de negros ha venido aquí a sostener la necesidad de la esclavitud. Los propietarios de negros franceses no cesaron de reclamar; ¿y qué sucedió? Que pedían plazos, que pedían la abolición gradual, En tiempo de Luis Felipe, en tiempo de la casa de Orleáns, nada se pudo lograr a favor de los esclavos, de los negros, como no se lograría aquí nada bajo la Monarquía democrática. En vano Lamartine pronunció sus magníficos discursos; en vano Broglie presentó sus estudiadas Memorias; nada pudo conseguirse.

Pero ¿qué sucedió con la República? Los propietarios de negros querían preparación; no la hubo: querían indemnización previa; la tuvieron posterior: no se contentaban con 1.500 francos; aceptaron 500: «creían que era necesario establecer los patronatos; no hubo patronatos: pedían la tutela perpetua para el negro; no hubo tutela de ninguna clase: dudaban, en fin, si los esclavos eran hombres, y se encontraron un día que eran sus iguales, que eran sus conciudadanos.

¿Y qué sucedió? En el período de la emancipación, alguna perturbación. ¿Acaso nos ha costado poco a nosotros la redención de la esclavitud de los blancos? Pero más tarde, hoy, ninguna; antes al contrario, la prosperidad y crecimiento de la riqueza, la paz, el orden, la raza blanca confundida con la raza negra, y todos bendiciendo el advenimiento de la República, y felices a la sombra de la misma ley.

Volved, señores, los ojos hacia lo que sucede en América. Yo no hubiera creído que en Cuba hubiese insurrección: en mi sentido humano, en mi criterio humano, Sres. Diputados, todavía tiene Europa que cumplir grandes destinos en América, destinos de fraternidad, destinos de solidaridad; y todavía importa que esos destinos los cumpla la Nación que es como un mediador plástico entre el Viejo y el Nuevo mundo, la Nacion española. Pero yo en mi angustia patriótica; en el presentimiento que tenía de las dificultades con que había de tropezar la revolución, yo les decía a mis amigos en el destierro, y algunos de ellos lo recordarán, que en el momento de la libertad, vendría una insurrección en Cuba, como consecuencia fatal de la política allí seguida. Si damos libertad a blancos y negros, decía yo, se insurreccionarán los reaccionarios y los negreros: si no la damos, si resistimos, si aplazamos la reforma, entonces se insurreccionarán los criados cerca de los Estados Unidos, los que guardan la idea de libertad en su conciencia, los reformadores, los revolucionarios.

Esto era indudable; había que escoger entre una u otra insurrección: ¿por qué, revolucionarios de Septiembre, habéis escogido la catástrofe que nos separa de la Europa y de la América, la guerra, la guerra del colono que necesita derechos, la guerra del negro que necesita libertad?

Y, señores, menester es decirlo, está en la conciencia de todos: en la guerra de Cuba, por una y otra parte, se cometen excesos; nadie está limpio; ni los insulares ni ni los peninsulares, nadie. La guerra de Cuba se hace con extraordinario valor, pero también con una ferocidad extraordinaria. ¿No veis algo de los errores que siembra la servidumbre? ¿No veis algo de esa despiadada naturaleza que se adhiere allí donde crece el esclavo, a su ergástula? Esa lluvia de sangre es la condensación de las gotas arrancadas por el látigo a las espaldas del negro; es la expiación de nuestro delito nacional.

Desde esta tribuna, yo, español, protesto contra la cólera de los españoles; yo, republicano, protesto contra la cólera de los republicanos: ni unos ni otros, al hacer esa guerra tan cruel, han merecido bien de la humanidad, bien de Dios: yo conjuro al Gobierno para que restañe esa sangre, para que cierre esas heridas.

Cuando una tierra lleva sobre sí esas grandes maldiciones, la cólera divina llueve sobre ella torrentes de mal ¡Hermosa Cuba, riquísima Cuba! suele decirse. Lo es, pero la servidumbre demuestra que con ella son incompatibles la libertad y la justicia. Un senador se levantó en la Cámara Alta, en sesión que presidía el general, hoy Regente del Reino, y dijo estas palabras sin que aquel general las desmintiera: «Cuando era capitán general de Cuba cogió varios alijos de bozales, y en cumplimiento de la ley los emancipó. Pues cuando aquel general salió de Cuba, delante de las autoridades, delante de la Audiencia, delante de los magistrados, delante de la ley, aquellos bozales, que él había declarado libres, fueron reducidos a la esclavitud, fueron reducidos a la servidumbre. »

Señores, el general Pezuela declaraba que en ocho meses había cogido él solo 4.000 esclavos de contrabando. Y contaba una cosa que es verdaderamente horrible; una cosa que hace estremecer la conciencia. Iba a su tertulia un comensal, y este comensal apostó a que entraba negros en la isla de Cuba sin que el general lo supiera. El general le dijo que no lo hacía. Lo hizo; tomó su caballo, sus monteros, o como se llamen, se fue a la costa, trajo los negros; cayeron éstos en las manos de la autoridad, y el negrero en la cárcel.

Pero, Sres. Diputados, reflexionad un poco, considerad un poco. ¿Qué diríamos si un comensal, si un con - tertulio del Sr. Presidente del Consejo de Ministros, del Sr. Ministro de la Gobernación, del Regente del Reino, fuese y dijera: «Le apuesto a Vd. a que ahora mismo voy a cometer un asesinato p un robo sin que nadie me vea. » Esto prueba, y no quiero hacer más consideraciones, esto prueba hasta qué punto pervierte la esclavitud a le conciencia humana.

Señores, en el año de 1856 el Capitan general cogió 2.000 negros de contrabando, y la estadística inglesa acusó que debieron entrar 10.000. ¡Ah, cuántas veces Lord Aberdeen ha dicho que no cumplimos los tratados internacionales! Es verdad. Fernando VII cometió una grande estafa real. Tomó 40 millones para impedir la trata, y los consagró a comprar una escuadra rusa, escuadra rusa que se tragó el mar. Esa infamia no cae sobre la Nación. La Nación española es generosa ; la Nación no tiene nada que ver con los crímenes y con las bajezas de aquel hombre.

Pues bien, el cálculo de Lord Russell, y ya saben los Sres. Diputados que los ingleses son peritos en números y en estadísticas, el cálculo de Lord Russell es que desde el año de 1834 han entrado 30.000 negros anualmente en la isla de Cuba. Decid, Sres. Diputados: ¿qué magistrados tenéis allí, qué leyes imperan allí, qué hay allí, cómo se pueden entrar millares de hombres sin que los magistrados lo sepan; cómo no se averigua si existen esos bozales, cuando los bozales recién desembarcados no saben hablar nuestra lengua; qué policía es la vuestra; qué Audiencias son las vuestras; qué leyes son las vuestras?.

No, no os hago responsables; ese es el mal de la esclavitud. Esclavitud y libertad, esclavitud y moralidad, esclavitud y religión, esclavitud y familia, esclavitud y conciencia, son términos incompatibles.

¡Hermosa, rica Cuba! Su clima es una primavera perpetua; su campo un vergel interminable; cada planta se corona con una guirnalda; cada arbusto parece un ramillete; la caña que destila miel retoña hasta ocho veces; los cafetales y las vegas de tabaco no tienen fin; junto a las anchas hojas del plátano eleva la palmera real su sonora corona; el banano y el cocotero ofrecen frutos que satisfacen el hambre y apagan con su frescura la sed; no hay en la tierra un animal venenoso, y hay en los aires coros, Una sinfonía infinita á los cielos, esmaltados por todas las sonrisas de esa maga que se llama la luz tropical; pero no hay libertad; pero no existen las primeras garantías de los pueblos; pero unos se educan en la democracia de los Estados Unidos, mientras que otros confunden la Patria con el antiguo absolutismo español; pero los criollos reniegan de los españoles sus padres, y los españoles maldicen a los criollos sus hijos; pero el negro gime en el ingenio, en el cepo, con la argolla al cuello y al pie, con el látigo sobre la cabeza, imagen de Dios confundida con las bestias; pero los asiáticos, los chinos, engañados en sus esperanzas, reducidos a una servidumbre insufrible, se cuelgan a racimos de los árboles y llevan en sus labios con las señales de la agonía las señales de la horrible burla que con su suicidio han hecho de sus amos; pero entre aquellas costas, el negrero luchando con el crucero; la guerra en todas partes, la guerra interminable, infinita, porque en todas partes se despliega la fuerza devastadora, el espíritu corrosivo de ese crimen que se llama servidumbre.

No hay más que un medio de evitar estos males: abolir la esclavitud. ¿Es cierto, es verdad que nuestra raza no tenga aptitudes para realizar este gran problema de la abolición de la esclavitud? ¿Pues qué son, qué vienen á ser todos, absolutamente todos los pueblos que han fundado repúblicas en América, fuera de los Estados Unidos? Son pueblos españoles; y estos pueblos, ¿cuándo han abolido la esclavitud? Pues es muy fácil saberlo: Bolivia. en 1826, Perú y Guatemala en 1821, Méjico en 1828, Nueva Granada en 1849, Venezuela en 1853.

Monagos quiso hacer la abolición gradual; no pudo, y tuvo que decretar la abolición inmediata. Por consiguiente, nuestra raza, nuestro propio espíritu, nuestra propia conciencia, han abolido la esclavitud. ¿Y no queréis, cuando contáis con esos ejemplos, que se declare hoy abolida instantánea, simultáneamente, por España en las Antillas?

En los pueblos hermanos nuestros nunca hubo para esta reforma las dificultades que en los Estados Unidos. Ya una, ya otra de esas naciones, en algún DIA fausto para ellas, colgaban las cadenas de sus siervos en los altares de la patria. Y los dueños, por la patria, renunciaban a la indemnización. Ya que tanto de nuestra raza se maldice, permitidme que le consagre aquí el tributo merecido a su generosidad y a su abnegación Resolver sin dificultad un problema tan grande es una gloria sin término.

Por lo visto en los periódicos, porque yo no estoy en los secretos del Gobierno, me parece que el proyecto del predecesor que tuvo en ese banco el Sr. Ministro de Ultramar era mucho más radical. Sí, al fin y al cabo , aquel proyecto por lo que hace a Cuba se parapetaba detrás del estado de guerra; pero no habiéndole en Puerto Rico, emancipaba a los negros en nueve años. En los tres primeros pagaban el 20 por 100 de su jornal : en el segundo trienio pagaban el 30 por 100; en el tercer trienio pagaban el 50, y a los nueve años no había esclavitud. En cambio, si se sacan la lógicas consecuencias; del proyecto del Sr. Ministro, al cabo de sesenta años habrá todavía esclavitud en Cuba y en Puerto Rico.

No, no podemos, de ninguna manera podemos, señores Diputados, dejar de votar la enmienda que yo he presentado, enmienda que pediré que se vote nominalmente.Pues qué, ¿no hay aquí grandes compromisos? Yo creo que el hombre público, mientras no es Diputado, debe hablar en el meeting ante los electores y en la prensa. ¿Viene a ser Diputado? Pues debe repetir aquí, si es posible, las mismas palabras que ha dicho fuera de aquí; y luego si es Ministro debe poner a la cabeza de las leyes que proponga, los discursos que aquí haya pronunciado.

Así se elevan al Gobierno los hombres de Estado en los pueblos libres. Yo no me creo elevado aquí a este alto puesto por lo que soy, ni ni por lo que valgo; yo me creo elevado a ese alto puesto, que estimo en mucho, por lo que fuera de aquí he dicho; yo repito aquí lo que he dicho fuera: yo jamás iría a ese banco (Señalando al ministerial) sino practicando lo que he dicho aquí.

Yo me acuerdo de que el Sr. Ministro de Fomento, que no se halla presente, entusiasmaba a las muchedumbres con su pintoresca elocuencia, reivindicando la abolición inmediata. ¿Por qué, pues, no ha de votar mi enmienda?

Yo recuerdo que el Sr. Ministro de Hacienda, que tiene tan fino escalpelo, disecaba con ese arte de la realidad que le distingue, los sentimientos del corazón, y hacía estremecer a todos los que lo escuchaban con la descripción de los horrores de la esclavitud y pedía también la abolición inmediata, ¿Por qué no ha de votar mi enmienda? Del Sr. Ministro de Ultramar no quiero decir nada, porque no quiero ser demasiado insistente en mis reconvenciones. Pero está moralmente obligado a votarla.

Ahora bien: grupos de esta Cámara, ¿no tenéis todos el sentimiento de humanidad? ¿Y en qué consiste este gran sentimiento que distingue a los pueblos modernos de los pueblos antiguos? Consiste en ponerse en la condición de aquellos que lloran, de aquellos que padecen. Acordémonos los que tenemos hogar de los que no lo tienen; acordémonos los que tenemos familia de los que carecen de familia; acordémonos los que tenemos libertad de los que gimen en las cadenas de la esclavitud. Y si desciendo a cada grupo en particular, ¿qué quiere decir partido conservador? Quiere decir partido de estabilidad. ¿Y qué quiere decir estabilidad? Que no se funden las instituciones sobre arena, sino sobre sólidos cimientos, para que no las conmuevan ni el huracán, ni el terremoto. ¿Y cómo fundaréis vuestras instituciones en sólidos cimientos si admitís la abolición gradual? Al admitir ese principio, admitís la guerra servil. Partido conservador, en nombre del orden, en nombre do la estabilidad social, vota la abolición inmediata.

En cuanto al partido progresista, yo no puedo creer, no le hago la ofensa de creer que deje de votar mi enmienda. Es el partido que se ha dado a sí mismo el nombre del progreso indefinido; y ¿podréis marchar hacia adelante mientras tengáis al negro esclavo en vuestras colonias? Con esa carga solo se va al retroceso y a la muerte..

¿Y qué diré del partido democrático? Dudar un momento sería ofenderle. El Sr. Ministro de la Gobernación, que durante tanto tiempo ha sido su jefe, dedicó su primer discurso aquí a una cuestión política; lo dedicó a la emancipación de las Antillas. No me dirá que no, porque ya sabe que conozco y que he seguido toda su historia. Pues qué, ¿puede haber en las Antillas libertad, legalidad, justicia, derechos y emancipación para los blancos, mientras existe la esclavitud de los negros? No; la palabra no puede resonar allí donde se oye la cadena: el pensamiento humano no puede vivir allí donde la libertad no existe.