Abolición de la esclavitud

Part 2

Chapter 23,912 wordsPublic domain (Wikisource)

Las ciencias naturales expulsan lo arbitrario y lo milagroso del universo; las ciencias filosóficas el derecho divino del espíritu; las ciencias sociales el privilegio de sus fórmulas; el arte sigue a la ciencia y se inspira en las ideas revolucionarias, como los bardos osiánicos templaban sus arpas a los son de la tempestad y de la tormenta; la industria sigue al arte, y encadenando los mares con sus cables y los cielos con sus pararrayos, desencadena nuevas fuerzas humanas contra los tiranos; los hechos siguen al arte, a la ciencia, a la industria, y un día los Borbones de Nápoles desaparecen ante la sombra de un aventurero sublime, y otro día los Borbones de España pierden en una batalla un Trono do quince siglos; ya vacilan los Bonapartes al oleaje de un plebiscito, ya los Braganzas caen a los pies de los soldados que se llevan pedazos de su dignidad y de su púrpura Real; misteriosas conjunciones entre las ideas y los hechos, entre las ciencias y las muchedumbres, que vienen a probar cómo una institución se descompone, se deshace por el corrosivo de las pasiones populares, después de caer muerta sobre el espacio, en cuanto la ha destruido la centella de una idea misteriosamente derramada por todo el espíritu humano. Sólo de esta suerte, sólo por armonías preestablecidas entre los hechos y las ideas, puede explicarse la emancipación del pueblo en Europa.

Pues bien, eso, mismo, exactamente eso mismo, sucede, Sres. Diputados, con la emancipación de los negros, El negro no sabe que en los Parlamentos primeros de Europa se controvierte su esclavitud; no sabe que los más grandes poetas y las más grandes poetisas tañen sus liras para contar los horrores de la servidumbre; no sabe que los escritores arrancan lágrimas sobre las páginas encargadas de referir sus horribles dolencias; no saben que ha hablado Lincoln, que ha vencido Grant, que ha muerto Brown por ellos; no saben los capítulos que los presupuestos de las grandes naciones tienen consagrados a la abolición de la trata; no oirán estas palabras que resuenan en este momento en la tribuna española; pero así como el aire lleva el polen fecundante a la palmera bajo cuyas ramas gime, así lleva a la conciencia y al corazón del negro el sentimiento de su libertad, signo de su origen divino y de la colaboración que ha de prestarnos en la obra humanitaria de plantear el derecho sobre la faz de la tierra. ¿Podéis detener las reformas?

Yo quisiera dirigirme aquí, yo quisiera hablar aquí al partido progresista, exclusivamente al partido progresista. ¿Sabéis por qué: Porque desde aquí todos nosotros, yo mismo, todos; hemos dicho palabras duras, palabras acerbas, palabras que tenían, sin embargo, una grande y fundada base en nuestra doctrina y en nuestra posicion política, pero muchos han desertado del partido progresista porque no les parecía bastante reformador.

El Sr. Ministro de Ultramar, por ejemplo, ¿por qué se ha llamado demócrata? ¿Por qué se han llamado demócratas muchos de los que componen esta mayoría? Porque no les gustaba el paso lento que en el camino de las reformas llevaba el partido progresista. Y sin embargo, recogeos un poco atended lo que el partido progresista ha hecho, considerad su obra y comparadla con la obra del Sr. Ministro de Ultramar. El partido progresista, heredero de las antiguas tradiciones municipales, el que bosquejó con las ideas del pasado siglo el espíritu moderno, no tuvo consideración ninguna con las grandes injusticias: pesaba sobre nosotros un absolutismo de trescientos años, y el partido progresista lo rompió con su fuerza; consumía nuestra conciencia la hoguera de la Inquisición, y el partido progresista la extinguió con su soplo; esterilizaban nuestra propiedad la tasa, la vinculación, la amortización, los diezmos, los señoríos, y el partido progresista redimió a la propiedad de aquellas servidumbres; suya es el acta del nacimiento de nuestra libertad, el inmortal Código de 1812; suyo es el primer vagido de nuestra elocuencia que se llama Argüelles, Muñoz Torrero; suya la potente lira en que bramaban las cóleras de nuestro siglo y la voz de nobles aspiraciones largo tiempo comprimidas, la lira de Quintana; suyo el héroe, el gran general que en Luchana y en Morella limpió esta tierra de monstruos, y puso en nuestras manos las armas de las ideas, la tribuna, la prensa; y por eso siempre, cualesquiera que sean sus errores y sus debilidades, cuando vemos al partido progresista bajamos la frente como la personificacion de nuestros padres, de todo lo que más hemos amado y respetado sobre la faz de la tierra; y siempre que vemos sus leyes, aunque las tengamos por estrechas y por mezquinas, dado nuestro crecimiento, las saludamos como el hogar sacratísimo en que se meciera la cuna de nuestro espíritu.

Pues bien: ¿qué hizo el partido progresista? ¿Qué consideraciones guardó? ¿Qué sucediera si le hubiese dicho al Rey: tú tienes una gran injusticia, pero la tienes por trescientos años? Te respeto. ¿Qué Consideración tuvo con el inquisidor? ¿Qué hizo con los señoríos jurisdiccionales? Los señoríos jurisdiccionales, que no eran la trata; los señoríos jurisdiccionales, que no eran esa serie de crímenes que ha conducido tantos esclavos a nuestras Antillas; los señoríos jurisdiccionales, que al fin representaban grandes servicios prestados a la Patria fueron destruidos. Y vosotros, progresistas, ¿vais a tener con el negrero más consideraciones que con el sacerdote, que con el Rey, que con los caballeros feudales, al cabo los patriarcas de nuestra nacionalidad, como si el negrero, ese lobo marino, os hubiera llevado alguna vez en sus entrañas?

Yo sé muy bien, porque veo tomar apuntes a los señores Ministro de Ultramar y Alvareda, yo sé muy bien lo que van a decir. Es una la línea de lo ideal, y otra la línea de lo posible.

¿Estará condenada la tierra siempre a que la justicia sea en ella imposible? Ningún hombre de ideal debe ser Gobierno hasta tanto que su ideal sea posible. Yo no lo seré nunca mientras aquí no esté mi ideal completamente realizado; yo no transigiré nunca con los que desconozcan mis principios.

Pero además, yo digo: indudablemente la abolición de la esclavitud va a traer males, los va a traer; es necesario contemplarlos con virilidad, con fuerza, con energía; contemplarlos, sondearlos y aceptarlos; que los que no aceptan el mal, no aceptan tampoco el heroismo. Pues bien, Sres. Diputados, ¿se pueden comparar los males que vais a traer con la abolición de la esclavitud a los males que conserváis conservándola?

No quiero hacer elegías, no quiero conmover vuestros corazones; yo sé muy bien que los corazones de los legisladores suelen ser corazones de piedra. La esclavitud antigua tenía una fuente, al fin heroica, que era la guerra. La esclavitud moderna, la esclavitud contemporánea, tiene una fuente cenagosa que se llama la trata. ¿Comprendéis un crimen mayor? ¿Creéis que hay en el mundo algo más horrible, algo más espantoso, más abominable que el negrero? El monstruo marino que pasa bajo la quilla de su barco; el tiburón que le sigue, husmeando la carne, tienen más conciencia que aquel hombre. Llega a la costa, coge su alijo, lo encierra, aglomerándolo, embutiéndolo en el vientre de aquel horroroso barco, ataúd flotante de gentes vivas. Cuando un crucero le persigue, aligera su carga, arrojando la mitad al Océano. Allí los pobres negros no comen ni beben bastante, porque el sustento y la bebida es cara, y su infame raptor necesita ganancia, mucha ganancia. Bajo los chasquidos del látigo se unen los ayes de las almas con las inmundicias de los cuerpos. El negrero les muerde las carnes con la fusta, y el recuerdo de la patria ausente, la nostalgia, les muerde con el dolor los corazones.

El año 1866 un buque negrero iba perseguido por un buque crucero. Llego a un islote, cerca de las playas cubanas y arrojo 180 negros. El buque negrero y el crucero dejaron la isla. ¿Sabéis qué sucedió? Los pobres negros no podían poner los pies en la tierra esponjosa, no podían ni siquiera extenderse para descansar; aquella era una verdadera cruz de espinas. Todos murieron de hambre.

¿Cuál sería el espanto, Sres. Diputados, cuál sería el horror de su agonía? No tenían qué comer y para beber no tenían más que el agua del mar, no tan amarga como la cólera de los hombres. Murieron unos sobre otros. Imaginaos el dolor de los últimos supervivientes. Quizá un hermano vio morir a su hermano; quizá un hijo a su padre; quizá ¡qué horror! un padre a su hijo. Quizá alguno mordió, por hambre, carne de su carne, bebió sangre de su sangre, buscando en, las venas algún líquido con que apagar su sed. Y, Sres. Diputados, ¿aún temeréis que nuestras leyes perturben las digestiones de los negreros cuando tantos crímenes no han perturbado sus conciencias? (Aplausos.)

Seguid, seguid ese calvario. Buscad el negro en la sociedad. ¿Puede haber sociedad donde se publican y se leen estos anuncios? ¿Les daría a leer estos periódicos de Cuba el Sr. Ministro de Ultramar a sus hijos? No puedo creerlo, no se los daría. Dicen: «Se venden dos yeguas de tiro, dos yeguas del Canadá; dos negras hija y madre; las yeguas juntas o separadas, las negras, la hija y la madre, separadas o juntas. » (Sensación».) La pobre negra que ha engendrado a su hijo en el dolor moral, que lo ha parido en el dolor físico, cuando ese hijo puede consolarla, una carta de juego, una bola de billar deciden de su suerte. Se juegan las negras, y muchas veces gana uno la madre y el otro la hija, y el juego separa lo que ha unido Dios y la naturaleza. Cuando vemos esto, buscamos sin encontrarlas ¡ay! la justicia humana y la justicia divina. El cielo y la conciencia nos parecen vacíos. El negro nace con la marca en la espalda, crece como las bestias, para el servicio y el regalo de otro; trabaja sin recoger el fruto de su trabajo; engendra esclavos; solo es feliz cuando duerme si sueña que es libre; y solo es libre en el día de su muerte.

El suicidio es hoy, como en tiempos de Espartaco, el refugio de los esclavos. Hay años en que se suicidan en Cuba 400 esclavos. ¡ Sres. Diputados!, ¡qué horror! Ahora bien, yo pregunto para tranquilizar a los señores de enfrente, y oídme con atención, que esta parte de mi discurso es la más árida: ¿no hay medio de evitar todos estos males? ¿No los había mayores en otras naciones, y sin embargo han tenido la audacia de abolir la esclavitud?

Los dos males mayores que la abolida de la esclavitud trae, son: primero, la desproporción entre la raza negra y la raza blanca; segundo, el menosprecio en que a consecuencia de la esclavitud cae el trabajo. Yo os probaré que ninguno de estos males son temibles en nuestras Antillas. Allí hay desproporción entre la raza libre y la esclava, pero a favor de la raza libre. Y si no, examinad con calma los siguientes datos, que son exactos, porque yo los he fiado al archivo de mi exactísima memoria.

En Jamaica había 322.000 esclavos contra 20.000 libres; gran desproporción. En Barbada había 80.000 esclavos contra 14.000 libres. En la Antigua había 39.000 esclavos contra 10.000 libres. ¡Terrible y pavoroso problema, que sin embargo no impidió la resolución heroica de Inglaterra! Señores, ¿cuántos libres y cuántos esclavos hay en Cuba? Por nuestro censo hay 300.000 esclavos y 700.000 libres: ¿cuántos esclavos y cuántos libres hay en Puerto Rico? Por nuestro censo, 40.000 esclavos y 350.000 libres. ¿Qué teméis? ¿Una insurrección de negros? ¿Pues podéis descartar las mujeres, los niños, los impedidos y los esclavos doméstico? , que suelen ser dulces en nuestras islas de Cuba y de Puerto Rico. ¿Cuántos esclavos, después de todo, temibles os quedan en Puerto Rico? Os quedan 10.000, los 10.000 que cultivan el campo. ¿Y cuántos blancos, o al menos cuántos libres, hay trabajando junto o los esclavos? Hay, Sres. Diputados, 70.000 hombres libres que han tomado y pagado su cartilla de jornaleros. ¿Qué recelo, pues, podéis tener cuando en Cuba el trabajo libre es igual por lo menos al trabajo esclavo, y en Puerto Rico el trabajo libre supera en rango al trabajo esclavo? Además, ha demostrado la estadística que a medida que ha desaparecido la esclavitud en Puerto Rico, ha aumentado la riqueza. ¿Cuánto era el comercio de la isla de Puerto Rico en el año de 1834? Era de 7 millones de pesos fuertes. ¿Y cuánto era el comercio de Puerto Rico en 1860? Era de 1.3 millones de pesos fuertes. La esclavitud había disminuido, la riqueza se había aumentado; luego la riqueza va en proporcion inversa de la esclavitud.

Además, en Puerto Rico la propiedad se halla muy dividida; en Puerto Rico no hay grandes propietarios; en Puerto Rico existen frutos que se llaman mayores y menores, cuestión que ha dilucidado un publicista distinguidísimo, perteneciente a la fracción democrática, cuya ausencia de estos bancos yo he lamentado muchas veces, el Sr. D. Rafael María de Labra.

Los frutos mayores, que exigen mayor trabajo, constituyen la décima parte de la riqueza. Pues bien, señores, indudablemente por estos datos se deduce que no hay un peligro, ni político, ni social en la abolición inmediata, simultánea, de la esclavitud en Cuba y Puerto Rico.

¡Y la situación moral de Cuba y de Puerto Rico es verdaderamente horrible! La situación moral de Cuba y de Puerto Rico necesita un remedio radicalísimo. Y no hay otro remedio más que la abolición inmediata y simultánea de la servidumbre. La abolición inmediata y simultánea la pidieron los comisionados de Puerto Rico elegidos en tiempos reaccionarios, bajo la administración de Narváez. Los comisionados de Puerto Rico dieron un dictamen que será su honra, su gloria, dictamen que en el porvenir será colocado junto a la declaración de los derechos del hombre, en el 4 de Agosto de 1789. Todos eran propietarios, y todos pedían la abolición inmediata y simultánea con organización del trabajo o sin organización del trabajo, con indemnización o sin indemnización. Yo me lamento de que, después de la revolución de Setiembre, ninguno de aquellos varones se haya sentado en estos bancos. Yo no sé por qué no habrán venido aquí todos ellos, cuando tantos títulos toman a la consideración de Puerto Rico y a la consideración de la Patria.

Vinieron, decía, los comisionados de Puerto Rico, y presentaron un luminoso informe, en el cual no sabemos qué admirar más, si la copia de noticias, o la abnegación sublime con que, siendo en su mayoría propietarios de esclavos, demandaban la abolición simultánea, inmediata, con plazo o sin plazo, con indemnización o sin indemnización. Allí recordaban que la esclavitud había sido la obra del derecho civil y que su ruina debía provenir del derecho público. Efectivamente; así que el espíritu universal, humano, de los estoicos penetró en el derecho antiguo, la esclavitud comenzó a vacilar sobre su base de crímenes. El derecho civil establece las relaciones particulares, y el derecho público las universales. No puede el interés privado sobreponerse al derecho humano.

Allí demostraban que no debía atribuirse exclusivamente a España la introducción de la esclavitud en América. Efectivamente, aquellos extranjeros que vinieron aquí con Carlos V a traernos el absolutismo cesáreo, fueron a Puerto Rico y Cuba a llevar la negra servidumbre. La codicia del oro, la ausencia del trabajo libre y el sistema prohibitivo acabaron de perpetrar y eternizar el crimen. Hoy no tiene más fundamento ese crimen que el miedo a la ruina económica de la isla. Pero ni siquiera ese miedo puede aducirse válidamente en Puerto Rico. La raza esclava ha decrecido, y la libre se ha aumentado. Esta disminución del trabajo servil ha aumentado la prosperidad de la isla. Ante esta consideración caen hasta los argumentos de los utilitarios. Ante esta reflexión, comprobada por innumerables datos, no hay excusa. La necesidad obliga al negro a trabajar, como obliga al blanco. ¿Puede, pues, correr peligro la riqueza? No. Aunque se resintiera un poco la producción del azúcar, el azúcar no es ni la sexta parte de la producción total de la isla. Y después de todas estas reflexiones pedían la abolición inmediata y simultánea de la esclavitud.

Permitidme, señores Diputados, consagrarles a aquellos ilustres varones un elogio, al cual se asociará sin excepción en sus elevados sentimientos toda la Cámara. Desde la renuncia de los señores feudales a sus privilegios en la Constituyente francesa, no se ha vuelto a ver abnegación tan sublime. El patriciado colonial no ofrece en ninguna parte ese ejemplo, ese gran ejemplo.

Yo deploro que esos comisionados no hayan venido aquí; yo lo deploro desde lo más profundo de mi alma. No describirían ellos como un idilio la esclavitud; no darían por gran reforma el vientre libre, y por un heroísmo digno de la epopeya la renuncia al fruto de ese vientre; no se burlarían ellos de la filantropía inglesa, que ha consagrado escuadras a la abolición de la trata y miles de millones a la abolición de la esclavitud; y no nos pedirían ellos a nosotros que para dar prueba de caridad, fuéramos a reemplazar a sus siervos y a sufrir sus latigazos en el ingenio, cuando nosotros podemos libertarlos a todos con nuestra palabra y nuestros votos.

Pero yo quisiera que algunos de los que defienden la abolición gradual me dijeran en qué punto del mundo la abolición ha podido ser gradual. Se ha intentado muchas veces; pero han tenido que convertirla en inmediata. Y vamos a la prueba, porque en los partidos conservadores y doctrinarios no hay argumentos tan fuertes como los argumentos de experiencia, los argumentos históricos.

Era, Sres. Diputados, contando, por nuestro Calendario republicano, que también nosotros tenemos Calendario; era el 16 Pluvioso del año segundo de la República francesa. La Convención se hallaba reunida, aquella cúspide de la conciencia humana, donde todo era grande, el odio y el amor, como en las altas montañas son grandes las alturas y grandes los abismos. Un hombre, un esclavo, un negro, se había arrastrado desde el fondo de su ergástula hasta la cima de la Convención francesa. Era Diputado, y encarándose a la Asamblea le dijo: Yo pertenezco a una raza sin conciencia, sin patria, sin hogar, sin dignidad, sin familia, y vengo a refugiarme, vengo a traer esa raza a la sombra de los derechos por vosotros tan admirablemente proclamados. Vuestros derechos humanos (como se llamaba entonces a los derechos individuales), vuestros derechos humanos son mentira, vuestra libertad es mentira, vuestra igualdad es mentira, mientras consintáis la esclavitud de los negros.

Levasseure se levanto a apoyar aquella petición del esclavo. La Asamblea vaciló, como vacilan todos esos grandes cuerpos colectivos cuando van a pasar una de las líneas misteriosas que dividen los hemisferios del tiempo.

Lacroix dijo: “Es verdad: declarando la libertad de los franceses, nos hemos olvidado de la libertad de los negros, olvido que no por involuntario deja de ser criminal. Solo podemos repararlo declarando ahora mismo la libertad de los negros. »

La Asamblea volvió a vaciar, y entonces. Lacroix grito: «Pido a la Convención que no se deshonre prolongando este incomprensible debate. » Y se levantó Danton, el hijo de la Enciclopedia, la personificación más genuina de su tiempo, el gigante de la idea y de la acción, la energía revolucionaria, la vida de un siglo condensada en una conciencia; el hombre que, como el Etna, llevaba en su frente el fuego que salía de las entrañas de su corazón, y el fuego que en aquella época tormentosa bajaba de las tempestades del cielo. Danton dijo: «Vuestra libertad es una libertad egoista mientras no la extendáis a todos los hombres. Extendedla, y entonces será humana.Pido, pues, que anunciemos al mundo la emancipación de todos los esclavos. »

Los Diputados, magnetizados con estos pensamientos, se levantaron como un solo hombre, y extendiendo los brazos al cielo como si quisieran tomar a Dios por testigo de su resolución, abolieron unánimes la esclavitud de los negros.

Un grito jubiloso resonó en las tribunas. Este grito se comunicó a los alrededores de la Asamblea. Parecía que la conciencia humana respiraba al descargarse de un gran remordimiento, de un gran peso.

Las puertas de la Convención se abrieron como si las agitara misteriosa mano. Los negros residentes en París invadieron el recinto y abrazaron llorando a sus redentores.

Aunque la Convención hubiera cometido más crímenes, las lágrimas del paria redimido, del eterno Espartano emancipado, del siervo hecho hombre; aquellas lágrimas que condensaban la gratitud de todas las generaciones venideras y la bendición de todas las generaciones muertas que traspasó el clavo vil de la servidumbre, esas lágrimas bastaban a borrar todas las manchas de sangre. (Aplausos.)

Pero nos decía el Sr. Romero Robledo en tardes anteriores: «No olvideis la catástrofe de Santo Domingo. ¿Y qué es la catástrofe de Santo Domingo? ¿Pues hay argumento más valedero en favor de nuestra idea? ¿Puede darse apoyo más grande para el decreto de la inmediata abolición de la esclavitud?. Atiéndame el Sr. Romero Robledo con su clara inteligencia, y reflexione un instante. En Santo Domingo existían 500.000 esclavos y 20.000 libres. Los 20.000 libres vivían la vida muelle, ociosa, del patriciado colonial; los 500.000 esclavos vivían la vida indiferente y brutal de la servidumbre. Había entre aquellas dos razas otra intermedia, hija de los vicios de los blancos; había los mulatos. Sus padres no los vendían. Les daban riquezas; pero no dignidad ante las leyes ni ante las costumbres. Vino la revolución francesa; los negros no sintieron nada. Aquella tempestad no penetró en su pesada, en su bituminosa atmósfera. Los blancos se dividieron, decidiéndose unos por los Borbones, otros por la revolución. Los mulatos dijeron: «Esta es la hora de nuestra emancipación y de nuestra dignidad. » Varios comisionados fueron a París, y hablaron con Lafayette y con Mirabeau. Los amigos del género humano propusieron a la Constituyente este decreto: «Todos los hombres tendrán los mismos derechos civiles,” y fue aprobado. Nada se habló de esclavitud. Este problema quedaba remitido al aliento de la Convención.

¿Sabéis cómo recibieron los blancos la igualdad de derechos con los mulatos, sus hijos? El decreto fue rasgado; los mulatos, que pedían su cumplimiento, ahorcados; y el comisario de la constituyente descuartizado, hecho cuatro pedazos.

Cada uno de estos pedazos llevado a cada una de las cuatro principales ciudades de la isla. ¿Y que sucedió? La guerra social, la más terrible, la más cruenta de las guerras. ¿Quién salvó a Santo Domingo; quién lo conservo para la república, para la Convención, para la Francia? Los negros emancipados, sobre todo un negro, Louverture, a quien cierto célebre escritor sajón del siglo XIX ha llamado guerrero más experimentado que Cronwell y poli- tico más eminente que Wasghinthon, colocándole sobre todas las glorias de su raza. Pero, Sres. Diputados, ¡desgracia de las desgracias! ¡La República murió!¿Y qué sucedió después? Hubo un dictador que quiso levantar el altar y el Trono; y este dictador, para libertarse del ejercito republicano que tenía sobre el Rhim, lo envió a Santo Domingo a que, semejante a los ejércitos de Xerges, de Ciro y de Darío, restaurase la esclavitud, ¡él! , que había vencido en cien campañas a los ecos del himno de la Marsella»; ¡el!, que había peleado por los pueblos y difundido las ideas humanitarias en las naciones; ¡él!, que se creía de la legión eterna del progreso: ¡locuras de los déspotas!