Abel Sánchez: Una Historia de Pasión
Part 6
--Dónde has aprendido eso, hija?
--Las paredes oyen, papá.
--Y acusan!
XXVIII
--Quién fuera usted, don Joaquín--decíale un día a éste aquel pobre desheredado aragonés, el padre de los cinco hijos, luego que le hubo sacado algún dinero.
--Querer ser yo! No lo comprendo!
--Pues sí, lo daría todo por poder ser usted, don Joaquín.
--Y qué es eso todo que daría usted?
--Todo lo que puedo dar, todo lo que tengo.
--Y qué es ello?
--La vida!
--La vida por ser yo!--y a sí mismo se añadió Joaquín: «Pues yo la daría por poder ser otro!»
--Sí, la vida por ser usted.
--He ahí una cosa que no comprendo bien, amigo mío; no comprendo que nadie se disponga a dar la vida por poder ser otro, ni siquiera comprendo que nadie quiera ser otro. Ser otro es dejar de ser uno, de ser el que se es.
--Sin duda.
--Y eso es dejar de existir.
--Sin duda.
--Pero no para ser otro...
--Sin duda.
--Entonces...
--Quiero decir, don Joaquín, que de buena gana dejaría de ser, o dicho más claro, me pegaría un tiro o me echaría al río si supiera que los míos, los que me atan a esta vida perra, los que no me dejan suicidarme, habrían de encontrar un padre en usted. No comprende usted ahora?
--Sí que lo comprendo. De modo que...
--Que maldito el apego que tengo a la vida y que de buena gana me separaría de mí mismo y mataría para siempre mis recuerdos si no fuese por los míos. Aunque también me retiene otra cosa.
--Qué?
--El temor de que mis recuerdos, de que mi historia me acompañen más allá de la muerte. Quién fuera usted, don Joaquín!
--Y si a mí me retuvieran en la vida, amigo mío, motivos como los de usted?
--Bah, usted es rico.
--Rico... rico...
--Y un rico nunca tiene motivo de queja. A usted no le falta nada. Mujer, hija, una buena clientela, reputación... qué más quiere usted? A usted no le desheredó su padre; a usted no le echó de su casa su hermano a pedir... A usted no le han obligado a hacerse un mendigo! Quién fuera usted, D. Joaquín!
Y al quedarse luego éste solo se decía: «Quién fuera yo! Ese hombre me envidia! me envidia! Y yo quién quiero ser?»
XXIX
Pocos días después Abelín y Joaquina estaban en relaciones de noviazgo. Y en su _Confesión_, dedicada a su hija, escribía algo después Joaquín:
«No es posible, hija mía, que te explique cómo llevé a Abel, tu marido de hoy, a que te solicitase por novia pidiéndote relaciones. Tuve que darle a entender que tú estabas enamorada de él o que por lo menos te gustaría que de ti se enamorase sin descubrir lo más mínimo de aquella nuestra conversación a solas, luego que tu madre me hizo saber como querías entrar por mi causa en un convento. Veía en ello mi salvación. Sólo uniendo tu suerte a la suerte del hijo único de quien me ha envenenado la fuente de la vida, sólo mezclando así nuestras sangres esperaba poder salvarme.
»Pensaba que acaso un día tus hijos, mis nietos, los hijos de su hijo, sus nietos, al heredar nuestras sangres, se encontraran con la guerra dentro, con el odio en sí mismos. Pero no es acaso el odio a sí mismo, a la propia sangre, el único remedio contra el odio a los demás? La escritura dice que en el seno de Rebeca se peleaban ya Esaú y Jacob. Quién sabe si un día no concebirás tú dos mellizos, el uno con mi sangre y el otro con la suya, y se pelearán y se odiarán ya desde tu seno y antes de salir al aire y a la conciencia! Porque esta es la tragedia humana y todo hombre es, como Job, hijo de contradicción.
»Y he temblado al pensar que acaso os junté, no para unir, sino para separar aún más vuestras sangres, para perpetuar un odio. Perdóname! Deliro.
»Pero no son sólo nuestras sangres, la de él y la mía; es también la de ella, la de Helena. La sangre de Helena! Esto es lo que más me turba; esa sangre que le florece en las mejillas, en la frente, en los labios, que le hace marco a la mirada, esa sangre que me cegó desde su carne!
»Y queda otra, la sangre de Antonia, de la pobre Antonia, de tu santa madre. Esta sangre es agua de bautismo. Esta sangre es la redentora. Sólo la sangre de tu madre, Joaquina, puede salvar a tus hijos, a nuestros nietos. Esa es la sangre sin mancha que puede redimirlos.
»Y que no vea nunca ella, Antonia, esta _Confesión_; que no la vea. Que se vaya de este mundo, si me sobrevive, sin haber más que vislumbrado nuestro misterio de iniquidad.»
Los novios comprendiéronse muy pronto y se cobraron cariño. En íntimas conversaciones conociéronse sendas víctimas de sus hogares, de dos ámbitos tristes, de frívola impasibilidad el uno, de helada pasión oculta el otro. Buscaron su apoyo en Antonia, en la madre de ella. Tenían que encender un hogar, un verdadero hogar, un nido de amor sereno que vive de sí mismo, que no espía los otros amores, un castillo de soledad amorosa, y unir en él a las dos desgraciadas familias. Le harían ver a Abel, al pintor, que la vida íntima del hogar es la sustancia imperecedera de que no es sino resplandor, cuando no sombra, el arte; a Helena, que la juventud perpetua está en el alma que sabe hundirse en la corriente viva del linaje, en el alma de la familia; a Joaquín, que nuestro nombre se pierde con nuestra sangre, pero para recobrarse en los nombres y en las sangres de los que las mezclan a los nuestros; a Antonia no le tenían que hacerle ver nada, porque era una mujer nacida para vivir y revivir en la dulzura de la costumbre.
Joaquín sentía renacerse. Hablaba con emoción de cariño de su antiguo amigo, de Abel, y llegó a confesar que fué una fortuna que le quitase toda esperanza respecto a Helena.
--Pues bien--le decía una vez a solas a su hija;--ahora que todo parece tomar otro cauce, te lo diré. Yo quería a Helena, o por lo menos creía quererla y la solicité sin conseguir nada de ella. Porque, eso sí, la verdad, jamás me dió la menor esperanza. Y entonces le presenté a Abel, al que será tu suegro... tu otro padre, y al punto se entendieron. Lo que tomé yo por un menosprecio, una ofensa... Qué derecho tenía yo a ella?
--Es verdad eso, pero así sois los hombres.
--Tienes razón, hija mía, tienes razón. He vivido como loco, rumiando esa que estimaba una ofensa, una traición...
--Nada más, papá?
--Cómo nada más?
--No había más que eso, nada más?
--Que yo sepa... no!
Y al decirlo, el pobre hombre se cerraba los ojos hacia adentro y no lograba contener al corazón.
--Ahora os casaréis--continuó--y viviréis conmigo, sí, viviréis conmigo, y haré de tu marido, de mi nuevo hijo, un gran médico, un artista de la Medicina, todo un artista, que pueda igualar siquiera la gloria de su padre.
--Y él escribirá, papá, tu obra, pues así me lo ha dicho.
--Sí, la que yo no he podido escribir...
--Me ha dicho que en tu carrera, en la práctica de la Medicina, tienes cosas geniales y que has hecho, descubrimientos...
--Aduladores!
--No, así me ha dicho. Y que como no se te conoce, y al no conocerte no se te estima en todo lo que vales, que quiere escribir ese libro para darte a conocer.
--A buena hora...
--Nunca es tarde si la dicha es buena.
--Ay, hija mía, si en vez de haberme somormujado en esto de la clientela, en esta maldita práctica de la profesión que ni deja respirar libre ni aprender... si en vez de eso me hubiese dedicado a la ciencia pura, a la investigación...! Eso que ha descubierto el doctor Alvarez y García y por lo que tanto le bombean, lo habría descubierto antes yo, yo, tu padre, yo lo habría descubierto, pues estuve a punto de ello. Pero esto de ponerse a trabajar para ganarse la vida...
--Sin embargo, no necesitábamos de ello.
--Sí, pero... Y además, qué sé yo... Mas todo eso ha pasado y ahora comienza vida nueva. Ahora voy a dejar la clientela...
--De veras?
--Sí, voy a dejársela al que va a ser tu marido, bajo mi alta inspección, por supuesto. Lo guiaré, y yo a mis cosas! Y viviremos todos juntos, y será otra vida... otra vida... Empezaré a vivir; seré otro... otro... otro...
--Ay, papá, qué gusto! Cómo me alegra oirte hablar así. Al cabo!
--Qué te alegra oirme decir que seré otro?
La hija le miró a los ojos al oir el tono de lo que había debajo de su voz.
--Te alegra oirme decir que seré otro?--volvió a preguntar el padre.
--Sí, papá, me alegra!
--Es decir que el otro, que el otro, el que soy, te parece mal?
--Y a ti, papá?--le preguntó a su vez, resueltamente, la hija.
--Tápame la boca!--gimió él.
Y se la tapó con un beso.
XXX
--Ya te figurarás a lo que vengo--le dijo Abel a Joaquín apenas se encontraron a solas en el despacho de éste.
--Sí, lo sé. Tu hijo me ha anunciado tu visita.
--Mi hijo y pronto tuyo, de los dos. Y no sabes bien cuánto me alegro! Es como debía acabar nuestra amistad. Y mi hijo es ya casi tuyo; te quiere ya como a padre, no sólo como a maestro. Estoy por decir que te quiere más que a mí...
--Hombre... no... no... no digas así.
--Y qué? Crees que tengo celos? No, no soy celoso. Y mira, Joaquín, si entre nosotros había algo...
--No sigas por ahí, Abel, te lo ruego, no sigas...
--Es preciso. Ahora que van a unirse nuestras sangres, ahora que mi hijo va a serlo tuyo y mía tu hija, tenemos que hablar de esa vieja cuenta, tenemos que ser absolutamente sinceros.
--No, no, de ningún modo, y si hablas de ella, me voy!
--Bien, sea! Pero no creas que olvido, no lo olvidaré nunca, tu discurso aquel cuando lo del cuadro.
--Tampoco quiero que hables de eso.
--Pues de qué?
--Nada de lo pasado, nada! Hablemos sólo del porvenir...
--Pues si tú y yo, a nuestra edad, no hablamos del pasado, de que vamos a hablar? Si nosotros no tenemos ya más que pasado!
--No digas eso!--casi gritó Joaquín.
--Nosotros ya no podemos vivir más que de recuerdos!
--Cállate, Abel, cállate!
--Y si te he de decir la verdad, vale más vivir de recuerdos que de esperanzas. Al fin, ellos fueron y de éstas no se sabe si serán.
--No, no, recuerdos, no!
--En todo caso, hablemos de nuestros hijos, que son nuestras esperanzas.
--Eso sí!
--De ellos y no de nosotros, de ellos, de nuestros hijos...
--Él tendrá en ti un maestro y un padre...
--Sí, pienso dejarle mi clientela, es decir, la que quiera tomarlo, que ya la he preparado para eso. Le ayudaré en los casos graves.
--Gracias, gracias.
--Eso además de la dote que doy a Joaquina. Pero vivirán conmigo.
--Eso me ha dicho mi hijo. Yo, sin embargo, creo que deben poner casa; el casado, casa quiere.
--No, no puedo separarme de mi hija.
--Y nosotros de nuestro hijo, sí, eh?
--Más separados que estáis de él... Un hombre apenas vive en casa; una mujer apenas sale de ella. Necesito a mi hija.
--Sea. Ya ves si soy complaciente.
--Y más que esta casa será la vuestra, la tuya, la de Helena...
--Gracias por la hospitalidad. Eso se entiende.
Después de una larga entrevista en que convinieron todo lo atañedero al establecimiento de sus hijos, al ir a separarse Abel, mirándole a Joaquín a los ojos, con mirada franca, le tendió la mano, y sacando la voz de las entrañas de su común infancia le dijo: «Joaquín!» Asomáronsele a éste las lágrimas a los ojos al cojer aquella mano.
--No te había visto llorar desde que fuimos niños, Joaquín.
--No volveremos a serlo, Abel.
--Sí, y es lo peor.
Se separaron.
XXXI
Con el casamiento de su hija pareció entrar el sol, un sol de ocaso de otoño, en el hogar antes frío de Joaquín, y éste empezar a vivir de veras. Fué dejándole al yerno su clientela, aunque acudiendo, como en consulta, en los casos graves y repitiendo que era bajo su dirección como aquél ejercía.
Abelín, con las notas de su suegro, a quien llamaba su padre, tuteándole ya, y con sus ampliaciones y explicaciones verbales, iba componiendo la obra en que se recojía la ciencia médica del doctor Joaquín Monegro, y con un acento de veneración admirativa que el mismo Joaquín no habría podido darle. «Era mejor, sí--pensaba éste--era mucho mejor que escribiese otro aquella obra, como fué Platón quien expuso la doctrina socrática.» No era él mismo quien podía, con toda libertad de ánimo y sin que ello pareciese no ya presuntuoso, mas un esfuerzo para violentar el aplauso de la posteridad, que se estimaba no conseguible; no era él quien podía exaltar su saber y su pericia. Reservaba su actividad literaria para otros empeños.
Fué entonces, en efecto, cuando empezó a escribir su _Confesión_, que así la llamaba, dedicada a su hija y para que ésta la abriese luego que él hubiese muerto, y que era el relato de su lucha íntima con la pasión que fué su vida, con aquel demonio con quien peleó casi desde el albor de su mente dueña de sí hasta entonces, hasta cuando lo escribía. Esta confesión se decía dirigida a su hija, pero tan penetrado estaba él del profundo valor trágico de su vida de pasión y de la pasión de su vida, que acariciaba la esperanza de que un día su hija o sus nietos la dieran al mundo, para que éste se sobrecojiera de admiración y de espanto ante aquel héroe de la angustia tenebrosa que pasó sin que le conocieran en todo su fondo los que con él convivieron. Porque Joaquín se creía un espíritu de excepción, y como tal torturado y más capaz de dolor que los otros, un alma señalada al nacer por Dios con la señal de los grandes predestinados.
«Mi vida, hija mía--escribía en la _Confesión_,--ha sido un arder continuo, pero no la habría cambiado por la de otro. He odiado como nadie, como ningún otro ha sabido odiar, pero es que he sentido más que los otros la suprema injusticia de los cariños del mundo y de los favores de la fortuna. No, no, aquello que hicieron conmigo los padres de tu marido no fué humano ni noble; fué infame, pero fué peor, mucho peor, lo que me hicieron todos, todos los que encontré desde que, niño aún y lleno de confianza, busqué el apoyo y el amor de mis semejantes. Por qué me rechazaban? Por qué me acojían fríamente y como obligados a ello? Por qué preferían al lijero, al inconstante, al egoísta? Todos, todos me amargaron la vida. Y comprendí que el mundo es naturalmente injusto y que yo no había nacido entre los míos. Esta fué mi desgracia, no haber nacido entre los míos. La baja mezquindad, la vil ramplonería de los que me rodeaban, me perdió.»
Y a la vez que escribía esta _Confesión_, preparaba, por si ésta marrase, otra obra que sería la puerta de entrada de su nombre en el panteón de los ingenios inmortales de su pueblo y casta. Titularíase _Memorias de un médico viejo_ y sería la mies del saber de mundo, de pasiones, de vida, de tristezas y alegrías, hasta de crímenes ocultos, que había cosechado de la práctica de su profesión de médico. Un espejo de la vida, pero de las entrañas, y de las más negras, de ésta; una bajada a las simas de la vileza humana; un libro de alta literatura y de filosofía acibarada a la vez. Allí pondría toda su alma sin hablar de sí mismo; allí, para desnudar las almas de los otros, desnudaría la suya; allí se vengaría del mundo vil en que había tenido que vivir. Y las gentes, al verse así, al desnudo, admirarían primero y quedarían agradecidas después al que las desnudó. Y allí, cambiando los nombres a guisa de ficción, haría el retrato que para siempre habría de quedar de Abel y de Helena. Y su retrato valdría por todos los que Abel pintara. Y se regodeaba a solas pensando que si él acertaba aquel retrato literario de Abel Sánchez, le habría de inmortalizar a éste más que todos sus propios cuadros, cuando los comentaristas y eruditos del porvenir llegasen a descubrir, bajo el débil velo de la ficción, al personaje histórico. «Sí, Abel, sí--se decía Joaquín a sí mismo--la mayor coyuntura que tienes de lograr eso por lo que tanto has luchado, por lo único que has luchado, por lo único que te preocupa, por lo que me despreciaste siempre o, aun peor, no hiciste caso de mí, la mayor coyuntura que tienes de perpetuarte en la memoria de los venideros, no son tus cuadros, no! sino es que yo acierte a pintarte con mi pluma tal y como eres. Y acertaré, acertaré, porque te conozco, porque te he sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre mí. Te pondré para siempre en el rollo, y no serás Abel Sánchez, no, sino el nombre que yo te dé. Y cuando se hable de ti como pintor de tus cuadros, dirán las gentes: «Ah, sí, el de Joaquín Monegro!» Porque serás de este modo mío, mío, y vivirás lo que mi obra viva, y tu nombre irá por los suelos, por el fango, a rastras del mío, como van arrastrados por el Dante los que colocó en el Infierno. Y serás la cifra del envidioso.»
Del envidioso! Pues Joaquín dió en creer que toda la pasión que bajo su aparente impasibilidad de egoísta animaba a Abel, era la envidia, la envidia de él, a Joaquín, que por envidia le arrebatara de mozo el afecto de los compañeros, que por envidia le quitó a Helena. Y cómo, entonces, se dejó quitar el hijo? «Ah--se decía Joaquín,--es que él no se cuida de su hijo, sino de su nombre, de su fama, no cree que vivirá en las vidas de sus descendientes de carne, sino en las de los que admiren sus cuadros, y me deja su hijo para mejor quedarse con su gloria. Pero yo le desnudaré!»
Inquietábale la edad a que emprendía la composición de esas _Memorias_, entrado ya en los cincuenta y cinco años, pero, no había acaso empezado Cervantes su _Quijote_ a los cincuenta y siete de su edad? Y se dió a averiguar qué obras maestras escribieron sus autores después de haber pasado la edad suya. Y a la par se sentía fuerte, dueño de su mente toda, rico de experiencia, maduro de juicio y con su pasión, fermentada en tantos años, contenida pero bullente.
Ahora, para cumplir su obra, se contendría. Pobre Abel! La que le esperaba...! Y empezó a sentir desprecio y compasión hacia él. Mirábale como a un modelo y como a una víctima, y le observaba y le estudiaba. No mucho, pues Abel iba poco, muy poco, a casa de su hijo.
--Debe de andar muy ocupado tu padre--decía Joaquín a su yerno;--apenas parece por aquí. Tendrá alguna queja? Le habremos ofendido yo, Antonia o mi hija en algo? Lo sentiría...
--No, no, papá--así le llamaba ya Abelín,--no es nada de eso. En casa tampoco paraba. No te dije que no le importa nada más que sus cosas? Y sus cosas son las de su arte y qué sé yo...
--No, hijo, no, exageras... algo más habrá...
--No, no hay más.
Y Joaquín insistía para oir la misma versión.
--Y Abel, cómo no viene?--le preguntaba a Helena.
--Bah, él es así con todos!--respondía ésta.
Ella, Helena, sí solía ir a casa de su nuera.
XXXII
--Pero dime--le decía un día Joaquín a su yerno--cómo no se le ocurrió a tu padre nunca inclinarte a la pintura?
--No me ha gustado nunca...
--No importa; parecía lo natural que él quisiera iniciarte en su arte...
--Pues, no, sino que antes más bien le molestaba que yo me interesase en él. Jamás me animó a que cuando niño hiciera lo que es natural en niños, figuras y dibujos.
--Es raro... es raro...--murmuraba Joaquín.--Pero...
Abel sentía desasosiego al ver la expresión del rostro de su suegro, el lívido fulgor de sus ojos. Sentíase que algo le escarabajeaba dentro, algo doloroso y que deseaba echar fuera; algún veneno sin duda. Siguióse a esas últimas palabras un silencio cargado de acre amargura. Y lo rompió Joaquín diciendo:
--No me explico que no quisiese dedicarte a pintor...
--No, no quería que fuese lo que él...
Siguióse otro silencio, que volvió a romper, como con pesar, Joaquín, exclamando como quien se decide a una confesión:
--Pues sí, lo comprendo!
Abel tembló, sin saber a punto cierto por qué, al oir el tono y timbre con que su suegro pronunció esas palabras.
--Pues...?--interrogó el yerno.
--No... nada...--Y el otro pareció recojerse en sí.
--Dímelo!--suplicó el yerno, que por ruego de Joaquín ya le tuteaba como a padre amigo--amigo y cómplice!--aunque temblaba de oir lo que pedía que se le dijese.
--No; no, no quiero que digas luego...
--Pues eso es peor, padre, que decírmelo, sea lo que fuere. Además, que creo adivinarlo...
--Qué?--preguntó el suegro, atravesándole los ojos con la mirada.
--Que acaso temiese que yo con el tiempo eclipsara su gloria...
--Sí--añadió con reconcentrada voz Joaquín,--sí, eso! Abel Sánchez hijo, o Abel Sánchez el Joven! Y que luego se le recordase a él como tu padre y no a ti como a su hijo. Es tragedia que se ha visto más de una vez dentro de las familias... Eso de que un hijo haga sombra a su padre...
--Pero eso es...--dijo el yerno, por decir algo.
--Eso es envidia, hijo, nada más que envidia.
--Envidia de un hijo...! Y un padre!
--Sí, y la más natural. La envidia no puede ser entre personas que no se conocen apenas. No se envidia al de otras tierras ni al de otros tiempos. No se envidia al forastero, sino los del mismo pueblo entre sí; no al de más edad, al de otra generación, sino al contemporáneo, al camarada. Y la mayor envidia entre hermanos. Por algo es la leyenda de Caín y Abel... Los celos más terribles, tenlo por seguro, han de ser los de uno que cree que su hermano pone ojos en su mujer, en la cuñada... Y entre padres e hijos...
--Pero y la diferencia de edad en este caso?
--No importa! Eso de que nos llegue a oscurecer aquel a quien hicimos...
--Y del maestro al discípulo?--preguntó Abel.
Joaquín se calló, clavó un momento su vista en el suelo, bajo el que adivinaba la tierra, y luego añadió, como hablando con ella, con la tierra:
--Decididamente, la envidia es una forma de parentesco.
Y luego:
--Pero hablemos de otra cosa, y todo esto, hijo, como si no lo hubiese dicho. Lo has oído?
--No!
--Cómo que no?...
--Que no he oído lo que antes dijiste.
--Ojalá no lo hubiese oído yo tampoco!--y la voz le lloraba.
XXXIII
Solía ir Helena a casa de su nuera, de sus hijos, para introducir un poco de gusto más fino, de mayor elegancia, en aquel hogar de burgueses sin distinción, para corregir--así lo creía ella--los defectos de la educación de la pobre Joaquina, criada por aquel padre lleno de una soberbia sin fundamento y por aquella pobre madre que había tenido que cargar con el hombre que otra desdeñó. Y cada día dictaba alguna lección de buen tono y de escojidas maneras.
--Bien, como quieras!--solía decirle Antonia.
Y Joaquina, aunque recomiéndose, resignábase. Pero dispuesta a rebelarse un día. Y si no lo hizo fué por los ruegos de su marido.
--Como usted quiera, señora--le dijo una vez y recalcando el _usted_, que no habían logrado lo dejase al hablarle;--yo no entiendo de esas cosas ni me importa. En todo eso se hará su gusto...
--Pero si no es mi gusto, hija, si es...
--Lo mismo da! Yo me he criado en la casa de un médico, que es ésta, y cuando se trate de higiene, de salubridad, y luego que nos llegue el hijo, de criarle, sé lo que he de hacer, pero ahora, en estas cosas que llama usted de gusto, de distinción, me someto a quien se ha formado en casa de un artista.
--Pero no te pongas así, chicuela...
--No, si no me pongo. Es que siempre nos está usted echando en cara que si esto no se hace así, que si se hace asá. Después de todo no vamos a dar saraos ni tés danzantes.
--No sé de dónde te ha venido, hija, ese fingido desprecio, fingido, sí, fingido, lo repito, fingido...
--Pero si yo no he dicho nada, señora...
--Ese fingido desprecio a las buenas formas, a las conveniencias sociales. Aviados estaríamos sin ellas...! No se podría vivir!
Como a Joaquina le habían recomendado su padre y su marido que se pasease, que airease y solease la sangre que iba dando al hijo que vendría, y como ellos no podían siempre acompañarla, y Antonia no gustaba de salir de casa, escoltábala Helena, su suegra. Y se complacía en ello, en llevarla al lado como a una hermana menor, pues por tal la tomaban los que no las conocían, en hacerle sombra con su espléndida hermosura casi intacta por los años. A su lado su nuera se borraba a los ojos precipitados de los transeuntes. El encanto de Joaquina era para paladeado lentamente por los ojos, mientras que Helena se ataviaba para barrer las miradas de los distraídos. «Me quedo con la madre!»--oyó que una vez decía un mocetón, a modo de chicoleo, cuando al pasar ellas le oyó que llamaba _hija_ a Joaquina, y respiró más fuerte, humedeciéndose con la punta de la lengua los labios.