Abel Sánchez: Una Historia de Pasión
Part 4
Mas la cosa empezó a hacer mella en el corazón de Joaquín y se preguntó si realmente no creía y aun sin creer quiso probar si la Iglesia podría curarle. Y empezó a frecuentar el templo, algo demasiado a las claras, como en son de desafío a los que conocían sus ideas irreligiosas, y acabó yendo a un confesor. Y una vez en el confesonario se le desató el alma.
--Le odio, padre, le odio con toda mi alma, y a no creer como creo, a no querer creer como quiero creer, le mataría...
--Pero eso, hijo mío, eso no es odio; eso es más bien envidia.
--Todo odio es envidia, padre, todo odio es envidia.
--Pero debe cambiarlo en noble emulación, en deseo de hacer en su profesión y sirviendo a Dios, lo mejor que pueda...
--No puedo, no puedo, no puedo trabajar. Su gloria no me deja.
--Hay que hacer un esfuerzo... para eso el hombre es libre...
--No creo en el libre albedrío, padre. Soy médico.
--Pero...
--Qué hice yo para que Dios me hiciese así, rencoroso, envidioso, malo? Qué mala sangre me legó mi padre?
--Hijo mío... hijo mío...
--No, no creo en la libertad humana, y el que no cree en la libertad no es libre. No, no lo soy! Ser libre es creer serlo!
--Es usted malo porque desconfía de Dios.
--El desconfiar de Dios es maldad, padre?
--No quiero decir eso, sino que la mala pasión de usted proviene de que desconfía de Dios...
--El desconfiar de Dios es maldad? Vuelvo a preguntárselo.
--Sí, es maldad.
--Luego desconfío de Dios porque me hizo malo, como a Caín le hizo malo. Dios me hizo desconfiado...
--Le hizo libre.
--Sí, libre de ser malo.
--Y de ser bueno!
--Por qué nací, padre?
--Pregunte más bien que para qué nació...
XVI
Abel había pintado una Virgen con el niño en brazos, que no era sino un retrato de Helena, su mujer, con el hijo, Abelito. El cuadro tuvo éxito, fué reproducido, y ante una espléndida fotografía de él rezaba Joaquín a la Virgen Santísima, diciéndole: «Protégeme! Sálvame!»
Pero mientras así rezaba, susurrándose en voz baja y como para oirse, quería acallar otra voz más honda, que brotándole de las entrañas le decía: «Así se muera! Así te la deje libre!»
--Con que te has hecho ahora reaccionario?--le dijo un día Abel a Joaquín.
--Yo?
--Sí, me han dicho que te has dado a la iglesia y que oyes misa diaria, y como nunca has creído ni en Dios ni en el Diablo, y no es cosa de convertirse así, sin más ni menos, pues que te has hecho reaccionario!
--Y a ti qué?
--No, si no te pido cuentas; pero... crees de veras?
--Necesito creer.
--Eso es otra cosa. Pero crees?
--Ya te he dicho que necesito creer, y no me preguntes más.
--Pues a mí con el arte me basta; el arte es mi religión.
--Pues has pintado Vírgenes...
--Sí, a Helena.
--Que no lo es precisamente.
--Para mí como si lo fuese. Es la madre de mi hijo...
--Nada más?
--Y toda madre es virgen en cuanto es madre.
--Ya estás haciendo teología!
--No sé, pero aborrezco el reaccionarismo y la gazmoñería. Todo eso me parece que no nace sino de la envidia, y me extraña en ti, que te creo muy capaz de distinguirte del vulgo, de los mediocres, me extraña que te pongas ese uniforme.
--A ver, a ver, Abel, explícate!
---Es muy claro. Los espíritus vulgares, ramplones, no consiguen distinguirse, y como no pueden sufrir que otros se distingan, les quieren imponer el uniforme del dogma, que es un traje de munición, para que no se distingan. El origen de toda ortodoxia, lo mismo en religión que en arte, es la envidia, no te quepa duda. Si a todos se nos deja vestirnos como se nos antoje, a uno se le ocurre un atavío que llame la atención y pone de realce su natural elegancia, y si es hombre hace que las mujeres le admiren, y se enamoren de él mientras otro, naturalmente ramplón y vulgar, no logra sino ponerse en ridículo buscando vestirse a su modo, y por eso los vulgares, los ramplones, que son los envidiosos, han ideado una especie de uniforme, un modo de vestirse como muñecos, que pueda ser moda, porque la moda es otra ortodoxia. Desengáñate, Joaquín: eso que llaman ideas peligrosas, atrevidas, impías, no son sino las que no se les ocurre a los pobres de ingenio rutinario, a los que no tienen ni pizca de sentido propio ni originalidad y sí sólo sentido común y vulgaridad. Lo que más odian es la imaginación y porque no la tienen.
--Y aunque así sea--exclamó Joaquín,--es que esos que llaman los vulgares, los ramplones, los mediocres, no tienen derecho a defenderse?
--Otra vez defendiste en mi casa, ¿te acuerdas?, a Caín, al envidioso, y luego, en aquel inolvidable discurso que me moriré leyéndotelo, en aquel discurso a que debo lo más de mi reputación, nos enseñaste, me enseñaste a mí al menos, el alma de Caín. Pero Caín no era ningún vulgar, ningún ramplón, ningún mediocre...
--Pero fué el padre de los envidiosos...
--Sí, pero de otra envidia, no de la de esa gente... La envidia de Caín era algo grande; la del fanático inquisidor es lo más pequeño que hay. Y me choca verte entre ellos...
«Pero este hombre--se decía Joaquín al separarse de Abel--es que lee en mí? Aunque no, parece no darse cuenta de lo que me pasa. Habla y piensa como pinta, sin saber lo que dice y lo que pinta. Es un inconsciente, aunque yo me empeñe en ver en él un técnico reflexivo...»
XVII
Enteróse Joaquín de que Abel andaba enredado con una antigua modelo, y esto le corroboró en su aprensión de que no se había casado con Helena por amor. «Se casaron--decíase--por humillarme.» Y luego se añadía: «Ni ella, ni Helena le quiere, ni puede quererle... ella no quiere a nadie, es incapaz de cariño, no es más que un hermoso estuche de vanidad... Por vanidad, y por desdén a mí, se casó, y por vanidad o por capricho es capaz de faltar a su marido... Y hasta con el mismo a quien no quiso para marido...» Surgíale a la vez de entre pavesas una brasa que creía apagada al hielo de su odio, y era su antiguo amor a Helena. Seguía, sí, a pesar de todo, enamorado de la pava real, de la coqueta, de la modelo de su marido. Antonia le era muy superior, sin duda, pero la otra era la otra. Y luego, la venganza... es tan dulce la venganza! Tan tibia para un corazón helado!
A los pocos días fué a casa de Abel, acechando la hora en que éste se hallara fuera de ella. Encontró a Helena sola con el niño, a aquella Helena, a cuya imagen divinizada había en vano pedido protección y salvación.
--Ya me ha dicho Abel--le dijo su prima--que ahora te ha dado por la iglesia. Es que Antonia te ha llevado a ella, o es que vas huyendo de Antonia?
--Pues?
--Porque los hombres soléis haceros beatos o a rastras de la mujer o escapando de ella...
--Hay quien escapa de la mujer, y no para ir a la iglesia precisamente.
--Sí, eh?
--Sí, pero tu marido, que te ha venido con el cuento ese, no sabe algo más, y es que no sólo rezo en la iglesia...
--Es claro! Todo hombre devoto debe hacer sus devociones en casa.
--Y las hago. Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me salve.
--Me parece muy bien.
--Y sabes ante qué imagen pido eso?
--Si tú no me lo dices...
--Ante la que pintó tu marido...
Helena volvió la cara de pronto, enrojecida, al niño que dormía en un rincón del gabinete. La brusca violencia del ataque la desconcertó. Mas reponiéndose dijo:
--Eso me parece una impiedad de tu parte y prueba, Joaquín, que tu nueva devoción no es más que una farsa y algo peor...
--Te juro, Helena...
--El segundo: no jurar su santo nombre en vano.
--Pues te juro, Helena, que mi conversión fué verdadera, es decir que he querido creer, que he querido defenderme con la fe de una pasión que me devora...
--Sí, conozco tu pasión.
--No, no la conoces!
--La conozco. No puedes sufrir a Abel.
--Pero por qué no puedo sufrirle?
--Eso tú lo sabrás. No has podido sufrirle nunca, ni aun antes de que me le presentases.
--Falso!... Falso!
--Verdad! Verdad!
--Y por qué no he de poder sufrirle?
--Pues porque adquiere fama, porque tiene renombre... No tienes tú clientela? No ganas con ella?
--Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, toda la verdad. No me basta con eso! Yo querría haberme hecho famoso, haber hallado algo nuevo en mi ciencia, haber unido mi nombre a algún descubrimiento científico...
--Pues ponte a ello, que talento no te falta.
--Ponerme a ello... ponerme a ello... Habríame puesto a ello, sí, Helena, si hubiese podido haber puesto esa gloria a tus pies...
--Y por qué no a los de Antonia?
--No hablemos de ella!
--Ah, pero has venido a esto? Has espiado el que mi Abel--y recalcó el _mi_--estuviese fuera para venir a esto?
--Tu Abel... tu Abel... valiente caso hace de ti tu Abel!
--Qué? También delator, acusique, soplón?
--Tu Abel tiene otros modelos que tú.
--Y qué?--exclamó Helena, irguiéndose.--Y qué si las tiene? Señal de que sabe ganarlas! O es que también de eso le tienes envidia? Es que no tienes más remedio que contentarte con... tu Antonia? Ah, y porque él ha sabido buscarse otra vienes tú aquí hoy a buscarte otra también? Y vienes así, con chismes de estos? No te da vergüenza, Joaquín? Quítate, quítate de ahí, que me da bascas sólo el verte.
--Por Dios, Helena, que me estás matando... que me estás matando!
--Anda, vete, vete a la iglesia, hipócrita, envidioso; vete a que tu mujer te cure, que estás muy malo.
--Helena, Helena, que tú sola puedes curarme! Por cuanto más quieras, Helena, mira que pierdes para siempre a un hombre!
--Ah, y quieres que por salvarte a ti pierda a otro, al mío?
--A ese no le pierdes; le tienes ya perdido. Nada le importa de ti. Es incapaz de quererte. Yo, yo soy el que te quiero, con toda mi alma, con un cariño como no puedes soñar.
Helena se levantó, fué al niño y despertándolo, cojiólo en brazos, y volviendo a Joaquín le dijo: «Vete! Es éste, el hijo de Abel, quien te echa de su casa; vete!»
XVIII
Joaquín empeoró. La ira al conocer que se había desnudado el alma ante Helena, y el despecho por la manera como ésta le rechazó, en que vió claro que le despreciaba, acabó de enconarle el ánimo. Mas se dominó buscando en su mujer y en su hija consuelo y remedio. Ensombreciósele aun más su vida de hogar; se le agrió el humor.
Tenía entonces en casa una criada muy devota, que procuraba oir misa diaria y se pasaba las horas que el servicio le dejaba libre, encerrada en su cuarto haciendo sus devociones. Andaba con los ojos bajos, fijos en el suelo, y respondía a todo con la mayor mansedumbre y en voz algo gangosa. Joaquín no podía resistirla y la regañaba con cualquier pretexto. «Tiene razón el señor», solía decirle ella.
--Cómo que tengo razón?--exclamó una vez, ya perdida la paciencia, él, el amo.--No, ahora no tengo razón!
--Bueno, señor, no se enfade, no la tendrá.
--Y nada más?
--No le entiendo, señor.
--Cómo que no me entiendes, gazmoña, hipócrita? Por qué no te defiendes? Por qué, no me replicas? Por qué no te rebelas?
--Rebelarme yo? Dios y la Santísima Virgen me defiendan de ello, señor.
--Pero quieres más--intervino Antonia--sino que reconozca sus faltas?
--No, no las reconoce. Está llena de soberbia!
--De soberbia yo, señor?
--Lo ves? Es la hipócrita soberbia de no reconocerla. Es que está haciendo conmigo, a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; es que toma mis accesos de mal humor como cilicios para ejercitarse en la virtud de la paciencia. Y a mi costa, no! No, no y no! A mi costa, no! A mí no se me toma de instrumento para hacer méritos para el cielo. Eso es hipocresía!
La criadita lloraba, rezando entre dientes.
--Pero y si es verdad, Joaquín--dijo Antonia--que realmente es humilde... Por qué va a rebelarse? Si se hubiese rebelado te habrías irritado aún más.
--No! Es una canallada tomar las flaquezas del prójimo como medio para ejercitarnos en la virtud. Que me replique, que se insolente, que sea persona... y no criada...
--Entonces, Joaquín, te irritaría más.
--No, lo que más me irrita son esas pretensiones a mayor perfección.
--Se equivoca usted, señor--dijo la criada, sin levantar los ojos del suelo;--yo no me creo mejor que nadie.
--No, eh? Pues yo sí! Y el que no se crea mejor que otro, es un mentecato. Tú te creerás la más pecadora de las mujeres, es eso? Anda, responde!
--Esas cosas no se preguntan, señor.
--Anda, responde, que también San Luis Gonzaga dicen que se creía el más pecador de los hombres; responde: te crees, sí o no, la más pecadora de las mujeres?
--Los pecados de las otras no van a mi cuenta, señor.
--Idiota, más que idiota. Vete de ahí!
--Dios le perdone, como yo le perdono, señor.
--De qué? Ven y dímelo, de qué? De qué me tiene que perdonar Dios? Anda, dilo.
--Bueno, señora, lo siento por usted, pero me voy de esta casa.
--Por ahí debiste empezar--concluyó Joaquín.
Y luego, a solas con su mujer, le decía:
--Y no irá diciendo esta gatita muerta que estoy loco? No lo estoy acaso, Antonia? Dime, estoy loco, sí o no?
--Por Dios, Joaquín, no te pongas así...
--Sí, sí creo estar loco... Enciérrame. Esto va a acabar conmigo.
--Acaba tú con ello.
XIX
Concentró entonces todo su ahinco en su hija, en criarla y educarla, en mantenerla libre de las inmundicias morales del mundo.
--Mira--solía decirle a su mujer,--es una suerte que sea sola, que no hayamos tenido más.
--No te habría gustado un hijo?
--No, no, es mejor hija, es más fácil aislarla del mundo indecente. Además, si hubiésemos tenido dos, habrían nacido envidias entre ellos...
--O no!
--O sí. No se puede repartir el cariño igualmente entre varios: lo que se le da al uno se le quita al otro. Cada uno pide todo para él y sólo para él. No, no, no quisiera verme en el caso de Dios...
--Y cuál es ese caso?
--El de tener tantos hijos. No dicen que somos todos hijos de Dios?
--No digas esas cosas, Joaquín...
--Unos están sanos para que otros estén enfermos... Hay que ver el reparto de las enfermedades...
No quería que su hija tratase con nadie. La llevó una maestra particular a casa, y él mismo, en ratos de ocio, le enseñaba algo.
La pobre Joaquina adivinó en su padre a un paciente mientras recibía de él una concepción tétrica del mundo y de la vida.
--Te digo--le decía Joaquín a su mujer--que es mejor, mucho mejor que tengamos una hija sola, que no tengamos que repartir el cariño...
--Dicen que cuanto más se reparte crece más...
--No creas así. Te acuerdas de aquel pobre Ramírez, el procurador? Su padre tenía dos hijos y dos hijas y pocos recursos. En su casa no se comía sino sota, caballo y rey, cocido, pero no principio; sólo el padre, Ramírez padre, tomaba principio, del cual daba alguna vez a uno de los hijos y a una de las hijas, pero nunca a los otros. Cuando repicaban gordo, en días señalados, había dos principios para todos y otro además para él, para el amo de la casa, que en algo había de distinguirse. Hay que conservar la jerarquía. Y a la noche, al recojerse a dormir Ramírez padre daba siempre un beso a uno de los hijos y a una de las hijas, pero no a los otros dos.
--Qué horror! Y por qué?
--Qué sé yo... Le parecerían más guapos los preferidos...
--Es como lo de Carvajal, que no puede ver a su hija menor...
--Es que le ha llegado la última, seis años después de la anterior y cuando andaba mal de recursos. Es una nueva carga, e inesperada. Por eso le llama la intrusa.
--Qué horrores, Dios mío!
--Así es la vida, Antonia, un semillero de horrores. Y bendigamos a Dios el no tener que repartir nuestro cariño.
--Cállate!
--Cállome!
Y le hizo callar.
XX
El hijo de Abel estudiaba Medicina, y su padre solía dar a Joaquín noticias de la marcha de sus estudios. Habló Joaquín algunas veces con el muchacho mismo y le cobró algún afecto; tan insignificante le pareció.
--Y cómo le dedicas a médico y no a pintor?--le preguntó a su amigo.
--No le dedico yo, se dedica él. No siente vocación alguna por el arte...
--Claro, y para estudiar Medicina no hace falta vocación...
--No he dicho eso. Tú siempre tan mal pensado. Y no sólo no siente vocación por la pintura, pero ni curiosidad. Apenas si se detiene a ver lo que pinto ni se informa de ello.
--Es mejor así acaso...
--Por qué?
--Porque si se hubiera dedicado a la pintura, o lo hacía mejor que tú, o peor. Si peor, eso de ser Abel Sánchez, hijo, al que llamarían Abel Sánchez el Malo o Sánchez el Malo o Abel el Malo, no está bien ni él lo sufriría...
--Y si fuera mejor que yo?
--Entonces serías tú quien no lo sufriría.
--Piensa el ladrón que todos son de su condición.
--Sí, venme ahora a mí, a mí, con esas pamemas. Un artista no soporta la gloria de otro, y menos si es su propio hijo o su hermano. Antes la de un extraño. Eso de que uno de su sangre le supere... eso no! Cómo explicarlo? Haces bien en dedicarle a la Medicina.
--Además, así ganará más.
--Pero quieres hacerme creer que no ganas mucho con la pintura?
--Bah, algo.
--Y además, gloria.
--Gloria? Para lo que dura...
--Menos dura el dinero.
--Pero es más sólido.
--No seas farsante, Abel, no finjas despreciar la gloria.
--Te aseguro que lo que hoy me preocupa es dejar una fortuna a mi hijo.
--Le dejarás un nombre.
--Los nombres no se cotizan.
--El tuyo, sí!
--Mi firma, pero es... Sánchez! Y menos mal si no le da por firmar Abel S. Puig!--que le hagan marqués de Casa Sánchez. Y luego el Abel quita la malicia al Sánchez. Abel Sánchez suena bien.
XXI
Huyendo de sí mismo, y para ahogar con la constante presencia del otro, de Abel, en su espíritu, la triste conciencia enferma que se le presentaba, empezó a frecuentar una peña del Casino. Aquella conversación ligera le serviría como de narcótico, o más bien se embriagaría con ella. No hay quien se entrega a la bebida para ahogar una pasión devastadora en ella, para derretir en vino un amor frustrado? Pues él se entregaría a la conversación casinera, a oirla más que a tomar parte muy activa en ella, para ahogar también su pasión. Sólo que el remedio, fué peor que la enfermedad.
Iba siempre decidido a contenerse, a reir y bromear, a murmurar como por juego, a presentarse a modo de desinteresado espectador de la vida, bondadoso como un escéptico de profesión, atento a lo de que comprender es perdonar, y sin dejar traslucir el cáncer que le devoraba la voluntad. Pero el mal le salía por la boca, en las palabras, cuando menos lo esperaba, y percibían todos en ellas el hedor del mal. Y volvía a casa irritado contra sí mismo, reprochándose su cobardía y el poco dominio sobre sí y decidido a no volver más a la peña del Casino. «No--se decía--no vuelvo, no debo volver; esto me empeora, me agrava; aquel ámbito es deletéreo; no se respira allí más que malas pasiones retenidas; no, no vuelvo; lo que yo necesito es soledad, soledad. Santa soledad!»
Y volvía.
Volvía por no poder sufrir la soledad. Pues en la soledad, jamás lograba estar solo, sino que siempre allí el otro. El otro! Llegó a sorprenderse en diálogo con él, tramando lo que el otro le decía. Y el otro, en estos diálogos solitarios, en estos monólogos dialogados, le decía cosas indiferentes o gratas, no le mostraba ningún rencor. «Por qué no me odia, Dios mío!--llegó a decirse.--Por qué no me odia?»
Y se sorprendió un día a sí mismo a punto de pedir a Dios, en infame oración diabólica, que infiltrase en el alma de Abel odio a él, a Joaquín. Y otra vez: «Ah, si me envidiase... si me envidiase...!» Y a esta idea, que como fulgor lívido cruzó por las tinieblas de su espíritu de amargura, sintió un gozo como de derretimiento, un gozo que le hizo temblar hasta los tuétanos del alma, escalofriados. Ser envidiado...! Ser envidiado...!
«Mas no es esto--se dijo luego--que me odio, que me envidio a mí mismo...?» Fuese a la puerta, la cerró con llave, miró a todos lados, y al verse solo arrodillóse murmurando con lágrimas de las que escaldan en la voz: «Señor, Señor. Tú me dijiste: ama a tu prójimo como a ti mismo! Y yo no amo al prójimo, no puedo amarle, porque no me amo, no sé amarme, no puedo amarme a mí mismo. Qué has hecho de mí, Señor!»
Fué luego a cojer la Biblia y la abrió por donde dice: «Y Jehová dijo a Caín: dónde está Abel tu hermano?» Cerró lentamente el libro, murmurando: «Y dónde estoy yo?» Oyó entonces ruido fuera y se apresuró a abrir la puerta. «Papá, papaíto!», exclamó su hija al entrar. Aquella voz fresca pareció volverle a la luz. Besó a la muchacha y rozándole el oído con la boca le dijo bajo, muy bajito, para que no lo oyera nadie: «Reza por tu padre, hija mía!»
--Padre! Padre!--gimió la muchacha, echándole los brazos al cuello.
Ocultó la cabeza en el hombro de la hija y rompió a llorar.
--Qué te pasa, papá, estás enfermo?
--Sí, estoy enfermo. Pero no quieras saber más.
XXII
Y volvió al Casino. Era inútil resistirlo. Cada día se inventaba a sí mismo un pretexto para ir allá. Y el molino de la peña seguía moliendo.
Allí estaba Federico Cuadrado, implacable, que en cuanto oía que alguien elogiaba a otro preguntaba: «Contra quién va ese elogio?»
--Porque a mí--decía con su vocecita fría y cortante--no me la dan con queso; cuando se elogia mucho a uno, se tiene presente a otro al que se trata de rebajar con ese elogio, a un rival del elogiado. Eso cuando no se le elogia con mala intención, por ensañarse en él... Nadie elogia con buena intención.
--Hombre--le replicaba León Gómez, que se gozaba en dar cuerda al cínico Cuadrado--ahí tienes a don Leovigildo, al cual nadie le ha oído todavía hablar mal de otro...
--Bueno--intercalaba un diputado provincial,--es que don Leovigildo es un político y los políticos deben estar a bien con todo el mundo. Qué dices Federico?
--Digo que don Leovigildo se morirá sin haber hablado mal ni pensado bien de nadie. El no dará acaso ni el más lijero empujoncito para que otro caiga, ni aunque no se lo vean, porque no sólo teme al código penal, sino también al infierno; pero si el otro se cae y se rompe la crisma, se alegrará hasta los tuétanos. Y para gozarse en la rotura de la crisma del otro, será el primero que irá a condolerse de su desgracia y darle el pésame.
--Yo no sé cómo se puede vivir sintiendo así--dijo Joaquín.
--Sintiendo cómo?--le arguyó al punto Federico.--Como siente don Leovigildo, como siento yo o como sientes tú?
--De mí nadie ha hablado!--Y esto lo dijo con acre displicencia.
--Pero hablo yo, hijo mío, porque aquí todos nos conocemos...
Joaquín se sintió palidecer. Le llegaba como un puñal de hielo hasta las entrañas de la voluntad aquel _hijo mío!_ que prodigaba Federico, su demonio de la guarda, cuando echaba la garra sobre alguien.
--No sé por qué le tienes esa tirria a don Leovigildo--añadió Joaquín, arrepintiéndose de haberlo dicho apenas lo dijera, pues sintió que estaba atizando la mala lumbre.
--Tirria? Tirria yo? Y a don Leovigildo?
--Sí, no sé qué mal te ha hecho...
--En primer lugar, hijo mío, no hace falta que le hayan hecho a uno mal alguno para tenerle tirria. Cuando se le tiene a uno tirria, es fácil inventar ese mal, es decir, figurarse uno que se lo han hecho... Y yo no le tengo a don Leovigildo más tirria que a otro cualquiera. Es un hombre y basta. Y un hombre honrado!
--Como tú eres un misántropo profesional...--empezó el diputado provincial.
--El hombre es el bicho más podrido y más indecente, ya os lo he dicho cien veces. Y el hombre honrado es el peor de los hombres.
--Anda, anda, qué dices a eso tú, que hablabas el otro día del político honrado, refiriéndote a don Leovigildo?--le dijo León Gómez al diputado.
--Político honrado!--saltó Federico.--Eso sí que no!
--Y por qué?--preguntaron tres a coro.
--Que por qué? Porque lo ha dicho él mismo. Porque tuvo en un discurso la avilantez de llamarse a sí mismo honrado. No es honrado declararse tal. Dice el Evangelio que Cristo Nuestro Señor...
--No mientes a Cristo, te lo suplico!--le interrumpió Joaquín.
--Qué? Te duele también Cristo, hijo mío?
Hubo un breve silencio, oscuro y frío.
--Dijo Cristo Nuestro Señor--recalcó Federico--que no le llamaran bueno, que bueno era sólo Dios. Y hay cochinos cristianos que se atreven a llamarse a sí mismos honrados!
--Es que honrado no es precisamente bueno--intercaló don Vicente, el magistrado.