Abel Sánchez: Una Historia de Pasión

Part 3

Chapter 34,372 wordsPublic domain

--Bien digo yo, que tú eres un pintor científico...

--Y tú un médico artista, no es eso?

--Peor que un pintor científico... literato! Cuida de no hacer con el pincel literatura!

--Gracias por el consejo.

--Y cuál va a ser el asunto de tu cuadro?

--La muerte de Abel por Caín, el primer fratricidio.

Joaquín palideció aún más, y mirando fijamente a su primer amigo, le preguntó a media voz:

--Y cómo se te ha ocurrido eso?

--Muy sencillo--contestó Abel sin haberse percatado del ánimo de su amigo;--es la sugestión del nombre. Como me llamo Abel... Dos estudios de desnudo...

--Sí, desnudo del cuerpo...

--Y aun del alma...

--Pero piensas pintar sus almas?

--Claro está! El alma de Caín, de la envidia, y el alma de Abel...

--Alma de qué?

--En eso estoy ahora. No acierto a dar con la expresión, con el alma de Abel. Porque quiero pintarle antes de morir, derribado en tierra y herido de muerte por su hermano. Aquí tengo el Génesis y el _Caín_ de lord Byron; lo conoces?

--No, no conozco el _Caín_ de lord Byron. Y qué has sacado de la Biblia?

--Poca cosa... Verás--y tomando un libro, leyó: «y conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y parió a Caín y dijo: He adquirido varón por Jehová. Y después parió a su hermano Abel y fué Abel pastor de ovejas, y Caín fué labrador de la tierra. Y aconteció, andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová y Abel trajo de los primogénitos de sus ovejas y de su grosura. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda, mas no miró propicio a Caín y a la ofrenda suya...»

--Y eso, por qué?--interrumpió Joaquín. Por qué miró Dios con agrado la ofrenda de Abel y con desdén la de Caín?

--No lo explica aquí...

--Y no te lo has preguntado tú antes de ponerte a pintar tu cuadro?

--Aún no... Acaso porque Dios veía ya en Caín el futuro matador de su hermano... al envidioso...

--Entonces es que le había hecho envidioso, es que le había dado un bebedizo. Sigue leyendo.

--«Y ensañóse Caín en gran manera y decayó su semblante. Y entonces Jehová dijo a Caín: Por qué te has ensañado? y por qué se ha demudado tu rostro? Si bien hicieres, no serás ensalzado? y si no hicieres bien el pecado está a tu puerta. Ahí está que te desea, pero tú le dominarás...»

--Y le venció el pecado--interrumpió Joaquín--porque Dios le había dejado de su mano. Sigue!

--«Y habló Caín a su hermano Abel, y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y le mató. Y Jehová dijo a Caín...»

--Basta! No leas más. No me interesa lo que Jehová dijo a Caín luego que la cosa no tenía ya remedio.

Apoyó Joaquín los codos en la mesa, la cara entre las palmas de la mano, y clavando una mirada helada y punzante en la mirada de Abel, sin saber de qué alarmado, le dijo:

--No has oído nunca una especie de broma que gastan con los niños que aprenden de memoria la Historia sagrada cuando les preguntan: «Quién mató a Caín?»

--No!

--Pues sí, les preguntan eso y los niños, confundiéndose, suelen decir: «su hermano Abel!»

--No sabía eso.

--Pues ahora lo sabes. Y dime, tú que vas a pintar esa escena bíblica... y tan bíblica! no se te ha ocurrido pensar que si Caín no mata a Abel habría sido éste el que habría acabado matando a su hermano?

--Y cómo se te puede ocurrir eso?

--Las ovejas de Abel eran aceptas a Dios, y Abel, el pastor, hallaba gracia a los ojos del Señor, pero los frutos de la tierra de Caín, del labrador, no gustaban a Dios ni tenía para él gracia Caín. El agraciado, el favorito de Dios era Abel... el desgraciado Caín...

--Y qué culpa tenía Abel de eso?

--Ah, pero tú crees que los afortunados, los agraciados, los favoritos, no tienen culpa de ello? La tienen de no ocultar y ocultar como una vergüenza, que lo es todo favor gratuito, todo privilegio no ganado por propios méritos, de no ocultar esa gracia en vez de hacer ostentación de ella. Porque no me cabe duda de que Abel restregaría a los hocicos de Caín su gracia, le azuzaría con el humo de sus ovejas sacrificadas a Dios. Los que se creen justos suelen ser unos arrogantes que van a deprimir a los otros con la ostentación de su justicia. Ya dijo quien lo dijera que no hay canalla mayor que las personas honradas...

--Y tú sabes--le preguntó Abel sobrecojido por la gravedad de la conversación--qué Abel se jactara de su gracia?

--No me cabe duda, ni de que no tuvo respeto a su hermano mayor, ni pidió al Señor gracia también para él. Y sé más, y es que los abelitas han inventado el infierno para los cainitas porque si no su gloria les resultaría insípida. Su goce está en ver, libres de padecimiento, padecer a los otros...

--Ay, Joaquín, Joaquín, qué malo estás!

--Sí, nadie es médico de sí mismo. Y ahora, dame ese Caín de lord Byron, que quiero leerlo.

--Tómalo!

--Y dime, no te inspira tu mujer algo para ese cuadro? no te da alguna idea?

--Mi mujer? En esta tragedia no hubo mujer.

--En toda tragedia la hay, Abel.

--Sería acaso Eva...

--Acaso... La que les dió la misma leche; el bebedizo...

XII

Leyó Joaquín el _Caín_ de lord Byron. Y en su _Confesión_ escribía más tarde:

«Fué terrible el efecto que la lectura de aquel libro me hizo. Sentí la necesidad de desahogarme y tomé unas notas que aún conservo y las tengo ahora aquí, presentes. Pero fué sólo por desahogarme? No; fué con el propósito de aprovecharlas algún día pensando que podrían servirme de materiales para una obra genial. La vanidad nos consume. Hacemos espectáculo de nuestras más íntimas y asquerosas dolencias. Me figuro que habrá quien desee tener un tumor pestífero como no le ha tenido antes ninguno para hombrearse con él. Esta misma _Confesión_ no es algo más que un desahogo?

»He pensado alguna vez romperla para librarme de ella. Pero me libraría? No! Vale más darse en espectáculo que consumirse. Y al fin y al cabo no es más que espectáculo la vida.

»La lectura del _Caín_ de lord Byron me entró hasta lo más íntimo. Con que razón culpaba Caín a sus padres de que hubieran cojido de los frutos del árbol de la ciencia en vez de cojer de la del árbol de la vida! A mí, por lo menos, la ciencia no ha hecho más que exacerbarme la herida.

»Ojalá nunca hubiera vivido!--digo con aquel Caín. Por qué me hicieron? Por qué he de vivir? Y lo que no me explico es cómo Caín no se decidió por el suicidio. Habría sido el más noble comienzo de la historia humana. Pero por qué no se suicidaron Adán y Eva después de la caída y antes de haber dado hijos? Ah, es que entonces Jehová habría hecho otros iguales y otro Caín y otro Abel. No se repetirá esta misma tragedia en otros mundos, allá por las estrellas? Acaso la tragedia tiene otras representaciones, sin que baste el extremo de la tierra. Pero fué extremo?

»Cuando leí cómo Luzbel le declaraba a Caín cómo era éste, Caín, inmortal, es cuando empecé con terror a pensar si yo también seré inmortal y si será inmortal en mí mi odio. «Tendré alma--me dije entonces»--será este mi odio alma? y llegué a pensar que no podría ser de otro modo, que no puede ser función de un cuerpo un odio así. Lo que no había encontrado con el escalpelo en otros lo encontré en mí. Un organismo corruptible no podía odiar como yo odiaba. Luzbel aspiraba a ser Dios, y yo desde muy niño, no aspiré a anular a los demás? Y cómo podía ser yo tan desgraciado si no me hizo tal el creador de la desgracia?

»Nada le costaba a Abel criar sus ovejas, como nada le costaba a él, al otro, hacer sus cuadros; pero a mí? a mí me costaba mucho diagnosticar las dolencias de mis enfermos.

«Quejábase Caín de que Adah, su propia querida Adah, su mujer y hermana, no comprendiera el espíritu que a él le abrumaba. Pero sí, sí, mi Adah, mi pobre Adah comprendía mi espíritu. Es que era cristiana. Mas tampoco yo encontré algo que conmigo simpatizara.

»Hasta que leí y releí el _Caín_ byroniano, yo, que tantos hombres había visto agonizar y morir, no pensé en la muerte, no la descubrí. Y entonces pensé si al morir me moriría con mi odio, si se moriría conmigo o si me sobreviviría; pensé si el odio sobrevive a los odiadores, si es algo sustancial y que se trasmite, si es el alma, la esencia misma del alma. Y empecé a creer en el Infierno y que la muerte es un ser, es el Demonio, es el Odio hecho persona, es el Dios del alma. Todo lo que mi ciencia no me enseñó me enseñaba el terrible poema de aquel gran odiador que fué lord Byron.

»Mi Adah también me echaba dulcemente en cara cuando yo no trabajaba, cuando no podía trabajar. Y Luzbel estaba entre mi Adah y yo. «No vayas con ese Espíritu!»--me gritaba mi Adán. Pobre Antonia! Y me pedía también que le salvara de aquel Espíritu. Mi pobre Adán no llegó a odiarlos como los odiaba yo. Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? Ah, si hubiera sido capaz de quererla me habría salvado. Era para mí otro instrumento de venganza. Queríala para madre de un hijo o de una hija que me vengaran. Aunque pensé, necio de mí, que una vez padre se me curaría aquello. Mas acaso no me casé sino para hacer odiosos como yo, para trasmitir mi odio, para inmortalizarlo.

»Se me quedó grabada en el alma como con fuego aquella escena de Caín y Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a través de mi pecado y la miseria de dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal era mi alma. Ese odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento y que sobreviviría a mi muerte. Y me sobrecojí de espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. Y yo que tanto me había reído de la creencia en él! Era el Infierno!

»Cuando leí cómo Adah habló a Caín de su hijo, de Enoc, pensé en el hijo, o en la hija que habría de tener; pensé en ti, hija mía, mi redención y mi consuelo; pensé en que tú vendrías a salvarme un día. Y al leer lo que aquel Caín decía a su hijo dormido e inocente, que no sabía que estaba desnudo, pensé si no había sido en mí un crimen engendrarte, pobre hija mía! Me perdonarás haberte hecho? Y al leer lo que Adah decía a su Caín, recordé mis años de paraíso, cuando aun no iba a cazar premios, cuando no soñaba en superar a todos los demás. No, hija mía, no; no ofrecí mis estudios a Dios con corazón puro, no busqué la verdad y el saber, sino que busqué los premios y la fama y ser más que él.

»El, Abel, amaba su arte y lo cultivaba con pureza de intención y no trató nunca de imponérseme. No, no fué él quien me la quitó, no! Y yo llegué a pensar en derribar el altar de Abel, loco de mí! Y es que no había pensado más que en mí.

»El relato de la muerte de Abel tal y como aquel terrible poeta del demonio nos le expone, me cegó. Al leerlo sentí que se me iban las cosas y hasta creo que sufrí un mareo. Y desde aquel día, gracias al impío Byron, empecé a creer.»

XIII

Le dió Antonia a Joaquín una hija. «Una hija--se dijo--y él un hijo!» Mas pronto se repuso de esta nueva treta de su demonio. Y empezó a querer a su hija con toda la fuerza de su pasión y por ella a la madre. «Será mi vengadora»--se dijo primero, sin saber de qué habría de vengarle, y luego: «Será mi purificadora».

«Empecé a escribir esto--dejó escrito en su _Confesión_--más tarde para mi hija, para que ella, después de yo muerto, pudiese conocer a su pobre padre y compadecerle y quererle. Mirándola dormir en la cuna, soñando su inocencia, pensaba que para criarla y educarla pura tenía yo que purificarme de mi pasión, limpiarme de la lepra de mi alma. Y decidí hacerle que amase a todos y sobre todo a ellos. Y allí, sobre la inocencia de su sueño, juré libertarme de mi infernal cadena. Tenía que ser yo el mayor heraldo de la gloria de Abel.»

Y sucedió que habiendo Abel Sánchez acabado su cuadro, lo llevó a una Exposición, donde obtuvo un aplauso general y fué admirado como estupenda obra maestra, y se le dió la medalla de honor.

Joaquín iba a la sala de la Exposición a contemplar el cuadro y a mirar en él, como si mirase en un espejo, al Caín de la pintura y a espiar en los ojos de las gentes si le miraban a él, después de haber mirado al otro.

«Torturábame la sospecha--escribió en su _Confesión_--de que Abel hubiese pensado en mí al pintar su Caín, de que hubiese descubierto todas las insondables negruras de la conversación que con él mantuve en su casa cuando me anunció su propósito de pintarlo y cuando me leyó los pasajes del Génesis, y yo me olvidé tanto de él y pensé tanto en mí mismo, que puse al desnudo mi alma enferma. Pero no! No había en el Caín de Abel el menor parecido conmigo, no pensó en mí al pintarlo, es decir, no me despreció, no lo pintó desdeñándome, ni Helena debió de decirle nada de mí. Les bastaba con saborear el futuro triunfo, el que esperaban. Ni siquiera pensaban en mí!

»Y esta idea de que ni siquiera pensasen en mí, de que no me odiaran, torturábame aun más que lo otro. Ser odiado por él con un odio como el que yo le tenía, era algo y podía haber sido mi salvación.»

Y fué más allá, o entró más dentro de sí Joaquín, y fué que lanzó la idea de dar un banquete a Abel para celebrar su triunfo y que él, su amigo de siempre, su amigo de antes de conocerse, le ofrecería el banquete.

Joaquín gozaba de cierta fama de orador. En la Academia de Medicina y Ciencias era el que dominaba a los demás con su palabra cortante y fría, precisa y sarcástica de ordinario. Sus discursos solían ser chorros de agua fría sobre los entusiasmos de los principiantes, acres lecciones de escepticismo pesimista. Su tesis ordinaria que nada se sabía de cierto en Medicina, que todo era hipótesis y un continuo tejer y destejer, que lo más seguro era la desconfianza. Por esto, al saberse que era él, Joaquín, quien ofrecería el banquete, echáronse los más a esperar alborozados un discurso de doble filo, una disección despiadada, bajo apariencias de elogio, de la pintura científica y documentada, o bien un encomio sarcástico de ella. Y un regocijo malévolo corría por los corazones de todos los que habían oído alguna vez hablar a Joaquín del arte de Abel. Apercibiéronle a éste del peligro.

--Os equivocáis--les dijo Abel.--Conozco a Joaquín y no le creo capaz de eso. Sé algo de lo que le pasa, pero tiene un profundo sentido artístico y dirá cosas que valga la pena de oirlas. Y ahora quiero hacerle un retrato...

--Un retrato?

--Sí, vosotros no le conocéis como yo. Es un alma de fuego, tormentosa...

--Hombre más frío...

--Por fuera. Y en todo caso dicen que el fuego quema. Es una figura que ni a posta...

Y este juicio de Abel llegó a oídos del juzgado, de Joaquín, y le sumió más en sus cavilaciones. «Qué pensará en realidad de mí?», se decía.--«Será cierto que me tiene así, por un alma de fuego, tormentosa? Será cierto que me reconoce víctima del capricho de la suerte?»

Llegó en esto a algo de que tuvo que avergonzarse hondamente, y fué que, recibida en su casa una criada que había servido en la de Abel, la requirió de ambiguas familiaridades aun sin comprometerse, no más que para inquirir de ella lo que en la otra casa hubiera oído decir de él.

--Pero, vamos, dime, es que no les oíste nunca nada de mí?

--Nada, señorito, nada.

--Pero no hablaban alguna vez de mí?

--Como hablar, sí, creo que sí, pero no decían nada.

--Nada, nunca nada?

--Yo no les oía hablar. En la mesa, mientras yo les servía, hablaban poco y cosas de esas de que se habla en la mesa. De los cuadros de él...

--Lo comprendo. Pero nada, nunca nada de mí?

--No me acuerdo.

Y al separarse de la criada sintió Joaquín entrañada aversión a sí mismo. «Me estoy idiotizando--se dijo.--Qué pensará de mí esta muchacha!» Y tanto le acongojó esto que hizo que con un pretexto cualquiera se le despachase a aquella criada. «Y si ahora va--se dijo luego--y vuelve a servir a Abel y le cuenta esto?» Por lo que estuvo a punto de pedir a su mujer que volviera a llamarla. Mas no se atrevió. E iba siempre temblando de encontrarla por la calle.

XIV

Llegó el día del banquete. Joaquín no durmió la noche de la víspera.

--Voy a la batalla, Antonia--le dijo a su mujer al salir de casa.

--Que Dios te ilumine y te guíe, Joaquín.

--Quiero ver a la niña, a la pobre Joaquinita...

--Sí, ven, mírala... está dormida...

--Pobrecilla! No sabe lo que es el demonio! Pero yo te juro, Antonia, que sabré arrancármelo. Me lo arrancaré, lo estrangularé y lo echaré a los pies de Abel. Le daría un beso si no fuese que temo despertarla...

---No, no! Bésala!

Inclinóse el padre y besó a la niña dormida, que sonrió al sentirse besada en sueños.

--Ves, Joaquín, también ella te bendice.

--Adiós, mujer!--Y le dió un beso largo, muy largo.

Ella se fué a rezar ante la imagen de la Virgen.

Corría una maliciosa expectación por debajo de las conversaciones mantenidas durante el banquete. Joaquín, sentado a la derecha de Abel, e intensamente pálido, apenas comía ni hablaba. Abel mismo empezó a temer algo.

A los postres se oyeron siseos, empezó a cuajar el silencio, y alguien dijo: «Que hable!» Levantóse Joaquín. Su voz empezó temblona y sorda, pero pronto se aclaró y vibraba con un acento nuevo. No se oía más que su voz, que llenaba el silencio. El asombro era general. Jamás se había pronunciado un elogio más férvido, más encendido, más lleno de admiración y de cariño a la obra y a su autor. Sintieron muchos asomárseles las lágrimas cuando Joaquín evocó aquellos días de su común infancia con Abel, cuando ni uno ni otro soñaban lo que habrían de ser.

«Nadie le ha conocido más adentro que yo--decía;--creo conocerte mejor que me conozco a mí mismo, más puramente, porque de nosotros mismos no vemos en nuestras entrañas sino el fango de que hemos sido hechos. Es en otros donde vemos lo mejor de nosotros y lo amamos, y eso es la admiración. El ha hecho en su arte lo que yo habría querido hacer en el mío, y por eso es uno de mis modelos; su gloria es un acicate para mi trabajo y es un consuelo de la gloria que no he podido adquirir. El es nuestro, de todos, él es mío sobre todo, y yo, gozando su obra, la hago tan mía como él la hizo suya creándola. Y me consuelo de verme sujeto a mi medianía...»

Su voz lloraba a las veces. El público estaba subyugado, vislumbrando oscuramente la lucha gigantesca de aquel alma con su demonio.

«Y ved la figura de Caín--decía Joaquín dejando gotear las ardientes palabras,--del trágico Caín, del labrador errante, del primero que fundó ciudades, del padre de la industria, de la envidia y de la vida civil, vedla! Ved con qué cariño, con qué compasión, con qué amor al desgraciado está pintada. Pobre Caín! Nuestro Abel Sánchez admira a Caín como Milton admiraba a Satán, está enamorado de su Caín como Milton lo estuvo de su Satán, porque admirar es amar y amar es compadecer. Nuestro Abel ha sentido toda la miseria, toda la desgracia inmerecida del que mató al primer Abel, del que trajo, según la leyenda bíblica, la muerte al mundo. Nuestro Abel nos hace comprender la culpa de Caín, porque hubo culpa, y compadecerle y amarle... Este cuadro es un acto de amor!»

Cuando acabó Joaquín de hablar medió un silencio espeso, hasta que estalló una salva de aplausos. Levantóse entonces Abel y, pálido, convulso, tartamudeante, con lágrimas en los ojos, le dijo a su amigo:

--Joaquín, lo que acabas de decir vale más, mucho más que mi cuadro, más que todos los cuadros que he pintado, más que todos los que pintaré... Eso, eso es una obra de arte y de corazón. Yo no sabía lo que he hecho hasta que te he oído. Tú y no yo has hecho mi cuadro, tú!

Y abrazáronse llorando los dos amigos de siempre entre los clamorosos aplausos y vivas de la concurrencia puesta en pie. Y al abrazarse le dijo a Joaquín su demonio: «Si pudieses ahora ahogarle en tus brazos...!»

--Estupendo!--decían.--Qué orador! Qué discurso! Quién podía haber esperado esto? Lástima que no se haya traído taquígrafos!

--Esto es prodigioso--decía uno.--No espero volver a oir cosa igual.

--A mí--añadía otro--me corrían escalofríos al oirlo.

--Pero mírale, mírale qué pálido está!

Y así era. Joaquín, sintiéndose, después de su victoria, vencido, sentía hundirse en una sima de tristeza. No, su demonio no estaba muerto. Aquel discurso fué un éxito como no lo había tenido, como no volvería a tenerlo, y le hizo concebir la idea de dedicarse a la oratoria para adquirir en ella gloria con que oscurecer la de su amigo en la pintura.

--Has visto cómo lloraba Abel?--decía uno al salir.

--Es que este discurso de Joaquín vale por todos los cuadros del otro. El discurso ha hecho el cuadro. Habrá que llamarle el cuadro del discurso. Quita el discurso y qué queda del cuadro? Nada! A pesar del primer premio.

Cuando Joaquín llegó a casa, Antonia salió a abrirle la puerta y a abrazarle:

--Ya lo sé, ya me lo han dicho. Así, así! Vales más que él, mucho más que él; que sepa que si su cuadro vale será por tu discurso.

--Es verdad, Antonia, es verdad, pero...

--Pero qué? Todavía...

--Todavía, sí. No quiero decirte las cosas que el demonio, mi demonio, me decía mientras nos abrazábamos...

--No, no me las digas, cállate!

--Pues tápame la boca.

Y ella se la tapó con un beso largo, cálido, húmedo, mientras se le nublaban de lágrimas los ojos.

--A ver si así me sacas el demonio, Antonia, a ver si me lo sorbes.

--Sí, para quedarme con él, no es eso?--y procuraba reirse la pobre.

--Sí, sórbemelo, que a ti no puede hacerte daño, que en ti se morirá, se ahogará en tu sangre como en agua bendita...

Y cuando Abel se encontró en su casa, a solas con su Helena, ésta le dijo:

--Ya han venido a contarme lo del discurso de Joaquín. Ha tenido que tragar tu triunfo... ha tenido que tragarte...!

--No hables así, mujer, que no le has oído.

--Como si le hubiese oído,

--Le salía del corazón. Me ha conmovido. Te digo que ni yo sé lo que he pintado hasta que no le he oído a él explicárnoslo.

--No te fíes... no te fíes de él... cuando tanto le ha elogiado, por algo será...

--Y no puede haber dicho lo que sentía?

---Tú sabes que está muerto de envidia de ti...

--Cállate.

--Muerto, sí, muertito de envidia de ti...

--Cállate, cállate, mujer, cállate!

--No, no son celos, porque él ya no me quiere, si es que me quiso... es envidia... envidia...

--Cállate! Cállate!--rugió Abel.

--Bueno, me callo, pero tú verás...

--Ya he visto y he oído y me basta. Cállate, digo!

XV

Pero no, no! Aquel acto heroico no le curó al pobre Joaquín.

«Empecé a sentir remordimiento--escribió en su _Confesión_--de haber dicho lo que dije, de no haber dejado estallar mi mala pasión para así librarme de ella, de no haber acabado con él artísticamente, denunciando los engaños y falsos efectismos de su arte, sus imitaciones, su técnica fría y calculada, su falta de emoción; de no haber matado su gloria. Y así me habría librado de lo otro, diciendo la verdad, reduciendo su prestigio a su verdadera tasa. Acaso Caín, el bíblico, el que mató al otro Abel, empezó a querer a éste luego que le vió muerto. Y entonces fué cuando empecé a creer: de los efectos de aquel discurso provino mi conversión.»

Lo que Joaquín llamaba así en su _Confesión_ fué que Antonia, su mujer, que le vió no curado, que le temió acaso incurable, fué induciéndole a que buscase armas en la religión de sus padres, en la de ella, en la que había de ser de su hija, en la oración.

--Tú lo que debes hacer es ir a confesarte...

--Pero, mujer, si hace años que no voy a la iglesia...

--Por lo mismo.

--Pero si no creo en esas cosas...

--Eso creerás tú, pero a mí me ha explicado el padre cómo vosotros, los hombres de ciencia, creéis no creer, pero creéis. Yo sé que las cosas que te enseñó tu madre, las que yo enseñaré a nuestra hija...

--Bueno, bueno, déjame!

--No, no te dejaré. Vete a confesarte, te lo ruego.

--Y qué dirán los que conocen mis ideas?

--Ah, es eso? Son respetos humanos?