Abel Sánchez: Una Historia de Pasión

Part 2

Chapter 24,287 wordsPublic domain

»Fuí a la boda con el alma escarchada de odio, el corazón garapiñado en hielo agrio pero sobrecojido de un mortal terror, temiendo que al oir el _sí_ de ellos, el hielo se me resquebrajara y hendido el corazón quedase allí muerto o imbécil. Fuí a ella como quien va a la muerte. Y lo que me ocurrió fué más mortal que la muerte misma; fué peor, mucho peor que morirse. Ojalá me hubiese entonces muerto allí.

»Ella estaba hermosísima. Cuando me saludó sentí que una espada de hielo, de hielo dentro del hielo de mi corazón, junto a la cual aun era tibio el mío, me lo atravesaba; era la sonrisa insolente de su compasión. _Gracias!_ me dijo, y entendí: _Pobre Joaquín!_ El, Abel, él ni sé si me vió. «Comprendo tu sacrificio--me dijo, por no callarse.» No, no hay tal--le repliqué;--te dije que vendría y vengo; ya ves que soy razonable; no podía faltar a mi amigo de siempre, a mi... hermano.» Debió de parecerle interesante mi actitud, aunque poco pictórica. Yo era allí el convidado de piedra.

»Al acercarse el momento fatal, yo contaba los segundos. «Dentro de poco--me decía--ha terminado para mí todo!» Creo que se me paró el corazón. Oí claros y distintos los dos _sís_, el de él y el de ella. Ella me miró al pronunciarlo. Y quedé más frío que antes, sin un sobresalto, sin una palpitación, como si nada que me tocase hubiese oído. Y ello me llenó de un infernal terror a mí mismo. Me sentí peor que un monstruo, me sentí como si no existiera, como si no fuese nada más que un pedazo de hielo, y esto para siempre. Llegué a palparme la carne, a pellizcármela, a tomarme el pulso. «Pero estoy vivo? Yo soy yo?»--me dije.

»No quiero recordar todo lo que sucedió aquel día. Se despidieron de mí y fuéronse a su viaje de luna de miel. Yo me hundí en mis libros, en mi estudio, en mi clientela, que empezaba ya a tenerla. El despejo mental que me dió aquel golpe de lo ya irreparable, el descubrimiento en mí mismo de que no hay alma, moviéronme a buscar en el estudio, no ya consuelo--consuelo, ni lo necesitaba ni lo quería,--sino apoyo para una ambición inmensa. Tenía que aplastar con la fama de mi nombre la fama, ya incipiente, de Abel; mis descubrimientos científicos, obra de arte, de verdadera poesía, tenían que hacer sombra a sus cuadros. Tenía que llegar a comprender un día Helena que era yo, el médico, el antipático, quien habría de darle aureola de gloria, y no él, no el pintor. Me hundí en el estudio. Hasta llegué a creer que los olvidaría! Quise hacer de la ciencia un narcótico y a la vez un estimulante!»

VI

Al poco de haber vuelto los novios de su viaje de luna de miel, cayó Abel enfermo de alguna gravedad y llamaron a Joaquín a que le viese y le asistiese.

--Estoy muy intranquila, Joaquín--le dijo Helena;--anoche no ha hecho sino delirar, y en el delirio no hacía sino llamarte.

Examinó Joaquín con todo cuidado y minucia a su amigo, y luego, mirando ojos a ojos a su prima, le dijo:

--La cosa es grave, pero creo que le salvaré. Yo soy quien no tiene salvación ya.

--Sí, sálvamelo!--exclamó ella.--Y ya sabes...

--Sí, lo sé todo!--y se salió.

Helena se fué al lecho de su marido, le puso una mano sobre la frente, que le ardía, y se puso a temblar. «Joaquín, Joaquín--deliraba Abel,--perdónanos, perdóname!»

--Calla--le dijo casi al oído Helena,--calla; ha venido a verte y dice que te curará, que te sanará... Dice que te calles...

--Que me curará...?--añadió maquinalmente el enfermo.

Joaquín llegó a su casa también febril, pero con una especie de fiebre de hielo. «Y si se muriera...!» pensaba. Echóse vestido sobre la cama y se puso a imaginar escenas de lo que acaecería si Abel se muriese: el luto de Helena, sus entrevistas con la viuda, el remordimiento de ésta, el descubrimiento por parte de ella de quién era él, Joaquín, y de cómo, con qué violencia necesitaba el desquite y la necesitaba a ella, y cómo caía al fin ella en sus brazos y reconocía que lo otro, la traición, no había sido sino una pesadilla, un mal sueño de coqueta, que siempre le había querido a él, a Joaquín y no a otro. «Pero no se morirá!», se dijo luego. «No dejaré yo que se muera, no debo dejarlo, está comprometido mi honor, y luego... necesito que viva!»

Y al decirse este: «necesito que viva!», temblábale toda el alma, como tiembla el follaje de una encina a la sacudida del huracán.

«Fueron unos días atroces aquellos de la enfermedad de Abel--escribía en su _Confesión_ el otro--unos días de tortura increíble. Estaba en mi mano dejarle morir, aun más, hacerle morir sin que nadie lo sospechase, sin que de ello quedase rastro alguno. He conocido en mi práctica profesional casos de extrañas muertes misteriosas que he podido ver luego iluminadas al trágico fulgor de sucesos posteriores, una nueva boda de la viuda y otros así. Luché entonces como no he luchado nunca conmigo mismo, con este hediondo dragón que me ha envenenado y entenebrecido la vida. Estaba allí comprometido mi honor de médico, mi honor de hombre, y estaba comprometida mi salud mental, mi razón. Comprendí que me agitaba bajo las garras de la locura; vi el espectro de la demencia haciendo sombra a mi corazón. Y vencí. Salvé a Abel de la muerte. Nunca he estado más feliz, más acertado. El exceso de mi infelicidad me hizo estar felicísimo de acierto.»

--Ya está fuera de todo cuidado tu... marido--le dijo un día Joaquín a Helena.

--Gracias, Joaquín, gracias--y le cojió la mano, que él se la dejó entre las suyas;--no sabes cuánto te debemos...

--Ni vosotros sabéis cuánto os debo...

--Por Dios, no seas así... ahora que tanto te debemos, no volvamos a eso...

--No, si no vuelvo a nada. Os debo mucho. Esta enfermedad de Abel me ha enseñado mucho, pero mucho...

--Ah, le tomas como a un caso?

--No, Helena, no; el caso soy yo!

--Pues no te entiendo.

--Ni yo del todo. Y te digo que estos días luchando por salvar a tu marido...

--Di a Abel!

--Bien, sea; luchando por salvarle he estudiado con su enfermedad la mía y vuestra felicidad y he decidido... casarme!

--Ah, pero tienes novia?

--No, no la tengo aún, pero la buscaré. Necesito un hogar. Buscaré mujer. O crees tú, Helena, que no encontraré una mujer que me quiera?

--Pues no la has de encontrar, hombre, pues no la has de encontrar...!

--Una mujer que me quiera, digo.

--Sí, te he entendido, una mujer que te quiera, sí!

--Porque como partido...

--Sí, sin duda eres un buen partido... joven, no pobre, con una buena carrera, empezando a tener fama, bueno...

--Bueno... sí, y antipático, no es eso?

--No, hombre, no; tú no eres antipático!

--Ay, Helena, Helena, dónde encontraré una mujer...

--Que te quiera?

--No, sino que no me engañe, que me diga la verdad, que no se burle de mí, Helena, que no se burle de mí...! Que se case conmigo por desesperación, porque yo la mantenga, pero que me lo diga...

--Bien has dicho que estás enfermo, Joaquín. Cásate!

--Y crees, Helena, que hay alguien, hombre o mujer, que pueda quererme?

--No hay nadie que no pueda encontrar quien le quiera.

--Y querré yo a mi mujer? Podré quererla, dime?

--Hombre, pues no faltaba más...

--Porque mira, Helena, no es lo peor no ser querido, no poder ser querido; lo peor es no poder querer.

--Eso dice don Mateo, el párroco, del demonio, que no puede querer.

--Y el demonio anda por la tierra, Helena.

--Cállate y no me digas esas cosas.

--Es peor que me las diga a mí mismo.

--Pues cállate!

VII

Dedicóse Joaquín, para salvarse, requiriendo amparo a su pasión, a buscar mujer, los brazos maternales de una esposa en que defenderse de aquel odio que sentía, un regazo en que esconder la cabeza, como un niño que siente terror al coco, para no ver los ojos infernales del dragón de hielo.

Aquella pobre Antonia!

Antonia había nacido para madre; era todo ternura, todo compasión. Adivinó en Joaquín, con divino instinto, un enfermo, un inválido del alma, un poseso, y sin saber de qué, enamoróse de su desgracia. Sentía un misterioso atractivo en las palabras frías y cortantes de aquel médico que no creía en la virtud ajena.

Antonia era la hija única de una viuda a que asistía Joaquín.

--Cree usted que saldrá de ésta?--le preguntaba a él.

--Lo veo difícil, muy difícil. Está la pobre muy trabajada, muy acabada; ha debido de sufrir mucho... su corazón está muy débil...

--Sálvemela usted, don Joaquín, sálvemela usted, por Dios! Si pudiera, daría mi vida por la suya!

--No, eso no se puede. Y, además, quién sabe? La vida de usted, Antonia, ha de hacer más falta que la suya...

--La mía? Para qué? Para quién?

--Quién sabe...!

Llegó la muerte de la pobre viuda.

--No ha podido ser, Antonia--dijo Joaquín.--La ciencia es impotente!

--Sí, Dios lo ha querido!

--Dios?

--Ah--y los ojos bañados en lágrimas de Antonia clavaron su mirada en los de Joaquín, enjutos y acerados.--Pero usted no cree en Dios?

--Yo...? No lo sé...!

A la pobre huérfana la compunción de piedad que entonces sintió por el médico aquel le hizo olvidar un momento la muerte de su madre.

--Y si yo no creyera en él, qué haría ahora?

--La vida todo lo puede, Antonia.

--Puede más la muerte! Y ahora... tan sola... sin nadie...

--Eso sí, la soledad es terrible. Pero usted tiene el recuerdo de su santa madre, el vivir para encomendarla a Dios... Hay otra soledad mucho más terrible!

--Cual?

--La de aquel a quien todos menosprecian, de quien todos se burlan... la del que no encuentra quien le diga la verdad...

--Y qué verdad quiere usted que se le diga?

--Me la dirá usted, ahora, aquí, sobre el cuerpo aun tibio de su madre? Jura usted decírmela?

--Sí, se la diré.

--Bien, yo soy antipático, no es así?

--No, no es así!

--La verdad, Antonia...

--No, no es así!

--Pues qué soy...?

--Usted? Usted es un desgraciado, un hombre que sufre...

Derritiósele a Joaquín el hielo y asomáronsele unas lágrimas a los ojos. Y volvió a temblar hasta las raíces del alma.

Poco después Joaquín y la huérfana formalizaban sus relaciones, dispuestos a casarse luego que pasase el año de luto de ella.

«Pobre mi mujercita!--escribía, años después, Joaquín en su _Confesión_--empeñada en quererme y en curarme, en vencer la repugnancia que sin duda yo debía de inspirarle. Nunca me lo dijo, nunca me lo dió a entender, pero podía no inspirarle yo repugnancia, sobre todo cuando le descubrí la lepra de mi alma, la gangrena de mis odios? Se casó conmigo como se habría casado con un leproso, no me cabe duda de ello, por divina piedad, por espíritu de abnegación y de sacrificio cristianos, para salvar mi alma y así salvar la suya, por heroísmo de santidad. Y fué una santa! Pero no me curó de Helena; no me curó de Abel! Su santidad fué para mí un remordimiento más.

»Su mansedumbre me irritaba. Había veces en que, Dios me perdone!, la habría querido mala, colérica, despreciativa.»

VIII

En tanto la gloria artística de Abel seguía creciendo y confirmándose. Era ya uno de los pintores de más nombradía de la nación toda, y su renombre empezaba a traspasar las fronteras. Y esa fama creciente era como una granizada desoladora en el alma de Joaquín. «Sí, es un pintor muy científico; domina la técnica; sabe mucho, mucho; es habilísimo»--decía de su amigo, con palabras que silbaban. Era un modo de fingir exaltarle deprimiéndole.

Porque él, Joaquín, presumía ser un artista, un verdadero poeta en su profesión, un clínico genial, creador, intuitivo, y seguía soñando con dejar su clientela para dedicarse a la ciencia pura, a la patología teórica, a la investigación. Pero ganaba tanto...!

«No era, sin embargo, la ganancia--dice en su _Confesión_ póstuma--lo que más me impedía dedicarme a la investigación científica. Tirábame a ésta por un lado el deseo de adquirir fama y renombre, de hacerme una gran reputación científica y asombrar con ella la artística de Abel, de castigar así a Helena, de vengarme de ellos, de ellos y de todos los demás, y aquí encadenaba los más locos de mis ensueños, mas por otra parte, esa misma pasión fangosa, el exceso de mi despecho y mi odio me quitaban serenidad de espíritu. No, no tenía el ánimo para el estudio, que lo requiere limpio y tranquilo. La clientela me distraía.

La clientela me distraía, pero a las veces temblaba pensando que el estado de distracción en que mi pasión me tenía preso me impidiera prestar el debido cuidado a las dolencias de mis pobres enfermos.

«Ocurrióme un caso que me sacudió las entrañas. Asistía a una pobre señora, enferma de algún riesgo, pero no caso desesperado, a la que él había hecho un retrato, un retrato magnífico, uno de sus mejores retratos, de los que han quedado como definitivos de entre los que ha pintado, y aquel retrato era lo primero que se me venía a los ojos y al odio así que entraba en la casa de la enferma. Estaba viva en el retrato, más viva que en el lecho la de carne y hueso sufrientes. Y el retrato parecía decirme: «Mira, él me ha dado vida para siempre; a ver si tú me alargas esta otra de aquí abajo.» Y junto a la pobre enferma, auscultándola, tomándole el pulso, no veía sino a la otra, a la retratada. Estuve torpe, torpísimo, y la pobre enferma se me murió; la dejé morir más bien, por mi torpeza, por mi criminal distracción. Sentí horror de mí mismo, de mi miseria.

»A los pocos días de muerta la señora aquella, tuve que ir a su casa, a ver allí otro enfermo, y entré dispuesto a no mirar al retrato. Pero era inútil, porque era él, el retrato el que me miraba aunque yo no le mirase y me atraía la mirada. Al despedirme me acompañó hasta la puerta el viudo. Nos detuvimos al pie del retrato, y yo, como empujado por una fuerza irresistible y fatal, exclamé:

»--Magnífico retrato! Es de lo mejor que ha hecho Abel!

»--Sí--me contestó el viudo,--es el mayor consuelo que me queda. Me paso largas horas contemplándola. Parece como que me habla.

»--Sí, sí--añadí,--este Abel es un artista estupendo!

»Y al salir me decía: «Yo la dejé morir y él la resucita!»

Sufría Joaquín mucho cada vez que se le morían algunos de sus enfermos, sobre todo los niños, pero la muerte de otros le tenía sin grave cuidado. «Para qué querrá vivir...?--decíase de algunos.--Hasta le haría un favor dejándole morir...»

Sus facultades de observador psicólogo habíansele aguzado con su pasión de ánimo y adivinaba al punto las más ocultas lacerías morales. Percatábase en seguida, bajo el embuste de las convenciones, de que maridos preveían sin pena, cuando no deseaban, la muerte de sus mujeres y qué mujeres ansiaban verse libres de sus maridos, acaso para tomar otros de antemano escojidos ya. Cuando al año de la muerte de su cliente Alvarez, la viuda se casó con Menéndez, amigo íntimo del difunto, Joaquín se dijo: «Sí que fué rara aquella muerte... Ahora me la explico... La humanidad es lo más cochino que hay, y la tal señora, dama caritativa, una de las señoras de lo más honrado...!»

--Doctor--le decía una vez uno de sus enfermos--máteme usted, por Dios, máteme usted sin decirme nada, que ya no puedo más... Deme algo que me haga dormir para siempre...

«Y por qué no había de hacer lo que este hombre quiere?--se decía Joaquín--si no vive más que para sufrir? Me da pena! Cochino mundo!»

Y eran sus enfermos para él no pocas veces espejos.

Un día le llegó una pobre mujer de la vecindad, gastada por los años y los trabajos, cuyo marido, en los veinticinco años de matrimonio, se había enredado con una pobre aventurera. Iba a contarle sus cuitas la mujer desdeñada.

--Ay, don Joaquín--le decía,--usted, que dicen que sabe tanto, a ver si me da un remedio para que le cure a mi pobre marido del bebedizo que le ha dado esa pelona.

--Pero qué bebedizo, mujer de Dios?

--Se va a ir a vivir con ella, dejándome a mí, al cabo de veinticinco años...

--Más extraño es que la hubiese dejado de recién casados, cuando usted era joven y acaso...

--Ah, no, señor, no! Es que le ha dado un bebedizo trastornándole el seso, porque si no, no podría ser... no podría ser...

--Bebedizo... bebedizo...--murmuró Joaquín.

--Sí, don Joaquín, sí, un bebedizo... Y usted, que sabe tanto, deme un remedio para él.

--Ay, buena mujer; ya los antiguos trabajaron en balde para encontrar un agua que los rejuveneciese...

Y cuando la pobre mujer se fué desolada, Joaquín se decía: «Pero no se mirará al espejo esta desdichada? No verá el estrago de los años de rudo trabajo? Estas gentes del pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a envidias... Que no encuentran trabajo...? Envidias! Que les sale algo mal? Envidias. El que todos sus fracasos los atribuye a ajenas envidias es un envidioso. Y no lo seremos todos? No me habrán dado un bebedizo?»

Durante unos días apenas pensó más que en el bebedizo. Y acabó diciéndose: «Es el pecado original!»

IX

Casóse Joaquín con Antonia buscando en ella un amparo, y la pobre adivinó desde luego su menester, el oficio que hacía en el corazón de su marido y cómo le era un escudo y un posible consuelo. Tomaba por marido a un enfermo, acaso a un inválido incurable, del alma; su misión era la de una enfermera. Y le aceptó llena de compasión, llena de amor a la desgracia de quien así unía su vida a la de ella.

Sentía Antonia que entre ella y su Joaquín había como un muro invisible, una cristalina y trasparente muralla de hielo. Aquel hombre no podía ser de su mujer, porque no era de sí mismo, dueño de sí, sino a la vez un enajenado y un poseído. En los más íntimos trasportes del trato conyugal, una invisible sombra fatídica se interponía entre ellos. Los besos de su marido parecíanle besos robados, cuando no de rabia.

Joaquín evitaba hablar de su prima Helena delante de su mujer, y ésta, que se percató de ello al punto, no hacía sino sacarla a colación a cada paso en sus conversaciones.

Esto en un principio, que más adelante evitó mentarla.

Llamáronle un día a Joaquín a casa de Abel, como a médico, y se enteró de que Helena llevaba ya en sus entrañas fruto de su marido, mientras que su mujer, Antonia, no ofrecía aún muestra alguna de ello. Y al pobre le asaltó una tentación vergonzosa, de que se sentía abochornado, y era la de un diablo que le decía: «Ves? Hasta es más hombre que tú! El, el que con su arte resucita e inmortaliza a los que tú dejas morir por tu torpeza, él tendrá pronto un hijo, traerá un nuevo viviente, una obra suya de carne y sangre y hueso al mundo, mientras tú... Tú acaso no seas capaz de ello... Es más hombre que tú!»

Entró mustio y sombrío en el puerto de su hogar.

--Vienes de casa de Abel, no?--le preguntó su mujer.

--Sí. En qué lo has conocido?

--En tu cara. Esa casa es tu tormento. No debías ir a ella...

--Y qué voy a hacer?

--Excusarte! Lo primero es tu salud y tu tranquilidad...

--Aprensiones tuyas...

--No, Joaquín, no quieras ocultármelo...--y no pudo continuar, porque las lágrimas le ahogaron la voz.

Sentóse la pobre Antonia. Los sollozos se le arrancaban de cuajo.

--Pero qué te pasa, mujer, qué es eso...?

--Dime tú lo que a ti te pasa, Joaquín, confíamelo todo, confiésate conmigo...

--No tengo nada de que acusarme...

--Vamos, me dirás la verdad, Joaquín, la verdad?

El hombre vaciló un momento, pareciendo luchar con un enemigo invisible, con el diablo de su guarda, y con voz arrancada de una resolución súbita, desesperada, gritó casi:

--Sí, te diré la verdad, toda la verdad!

--Tú quieres a Helena; tú estás enamorado todavía de Helena.

--No, no lo estoy! no lo estoy! lo estuve; pero no lo estoy ya, no!

--Pues entonces?...

--Entonces, qué?

--A qué esa tortura en que vives? Porque esa casa, la casa de Helena, es la fuente de tu malhumor, esa casa es la que no te deja vivir en paz, es Helena...

--Helena no! Es Abel!

--Tienes celos de Abel?

--Sí, tengo celos de Abel; le odio, le odio, le odio--y cerraba la boca y los puños al decirlo, pronunciándolo entre dientes.

--Tienes celos de Abel... luego quieres a Helena.

--No, no quiero a Helena. Si fuese de otro no tendría celos de este otro. No, no quiero a Helena, la desprecio, desprecio a la pava real esa, a la belleza profesional, a la modelo del pintor de moda, a la querida de Abel...

--Por Dios, Joaquín, por Dios...!

--Sí, a su querida... legítima. O es que crees que la bendición de un cura cambia un arrimo en matrimonio?

--Mira, Joaquín, que estamos casados como ellos...

--Como ellos no, Antonia, como ellos, no! Ellos se casaron por rebajarme, por humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para burlarse de mí; ellos se casaron contra mí.

Y el pobre hombre rompió en unos sollozos que le ahogaban el pecho, cortándole el respiro. Se creía morir.

--Antonia... Antonia...--suspiró con un hilito de voz apagada.

--Pobre hijo mío!--exclamó ella abrazándole.

Y le tomó en su regazo como a un niño enfermo, acariciándole. Y le decía:

--Cálmate, mi Joaquín, cálmate... Estoy aquí yo, tu mujer, toda tuya y sólo tuya. Y ahora que sé del todo tu secreto, soy más tuya que antes y te quiero más que nunca... Olvídalos... desprécialos... Habría sido peor que una mujer así te hubiese querido...

--Sí, pero él, Antonia, él...

--Olvídale!

--No puedo olvidarle... me persigue... su fama, su gloria me sigue a todas partes...

--Trabaja tú y tendrás fama y gloria, porque no vales menos que él. Deja la clientela, que no la necesitamos, vámonos de aquí a Renada, a la casa que fué de mis padres, y allí dedícate a lo que más te guste, a la ciencia, a hacer descubrimientos de esos y que se hable de ti... yo te ayudaré en lo que pueda... yo haré que no te distraigan... y serás más que él...

--No puedo, Antonia, no puedo; sus éxitos me quitan el sueño y no me dejarían trabajar en paz... la visión de sus cuadros maravillosos se pondría entre mis ojos y el microscopio y no me dejaría ver lo que otros no han visto aún por él... No puedo... no puedo...

Y bajando la voz como un niño, casi balbuciendo como atontado por la caída en la sima de su abyección, sollozó diciendo:

--Y van a tener un hijo, Antonia...

--También nosotros lo tendremos--le suspiró ella al oído, envolviéndolo en un beso--no me lo negará la Santísima Virgen a quien se lo pido todos los días... Y el agua bendita de Lourdes...

--También tú crees en bebedizos, Antonia?

--Creo en Dios!

--«Creo en Dios»--se repitió Joaquín al verse sólo; sólo con el otro--; «y qué es creer en Dios? Dónde está Dios? Tendré que buscarle!»

X

«Cuando Abel tuvo su hijo--escribía en su _Confesión_ Joaquín--sentí que el odio se me enconaba. Me había invitado a asistir a Helena al parto, pero me excusé con que yo no asistía a partos, lo que era cierto y con que no sabría conservar toda la sangre fría, mi sangre arrecida más bien, ante mi prima si se viera en peligro. Pero mi diablo me insinuó la feroz tentación de ir a asistirla y de ahogar a hurtadillas al niño. Vencí a la asquerosa idea.

»Aquel nuevo triunfo de Abel, del hombre, no ya del artista--el niño era una hermosura, una obra maestra de salud y de vigor, un angelito» decían--me apretó aun más a mi Antonia, de quien esperaba el mío. Quería, necesitaba que la pobre víctima de mi ciego odio--pues la víctima era mi mujer más que yo--fuese madre de hijos míos, de carne de mi carne, de entrañas de mis entrañas torturadas por el demonio. Sería la madre de mis hijos y por ellos superiora a las madres de los hijos de otros. Ella, la pobre, me había preferido a mí, al antipático, al despreciado, al afrentado; ella había tomado lo que otra desechó con desdén y burla. Y hasta me hablaba bien de ellos!

»El hijo de Abel, Abelín, pues le pusieron el nombre mismo de su padre y como para que continuara su linaje y la gloria de él, el hijo de Abel; que habría de ser andando el tiempo instrumento de mi desquite, era una maravilla de niño. Y yo necesitaba tener uno así, más hermoso aún que él.»

XI

--Y qué preparas ahora?--le preguntó a Abel Joaquín un día en que, habiendo ido a ver al niño, se encontraron en el cuarto de estudio de aquél.

--Pues ahora voy a pintar un cuadro de Historia, o mejor, de Antiguo Testamento, y me estoy documentando...

--Cómo? Buscando modelos de aquella época?

--No, leyendo la Biblia y comentarios a ella.