A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 9
Claro está que el monstruo de la herejía, que hoy anda suelto en España sin que la Inquisición le encadene, no impide al Sr. Orti y Lara que vuele por donde se le antoje y hasta que haga la apología de la Inquisición. Pero yo no quiero ni puedo hacerla, y convendré con el señor Clarence King en que la Inquisición era una infernal maquinaria muy á propósito para atormentar y matar á la gente. En lo que no convengo con el Sr. Clarence King, sacando una consecuencia opuesta á la suya y muy favorable á los españoles, es en que nosotros, poseedores de la maquinaria susodicha, hayamos atormentado y asesinado jurídicamente á más personas que las atormentadas y asesinadas jurídicamente en no pocas naciones extranjeras, donde tal vez y sin tal vez no hubo Inquisición nunca. Jamás la Inquisición de España se regaló ajusticiando víctimas tan ilustres como Servet, Vanini y Bruno. Jamás la Inquisición de España condenó, sino que aplaudió, defendió y ensalzó á Copérnico, á Galileo y á otros sabios, á quienes en tierra donde no había Inquisición condenaban. Y en lo tocante á la muchedumbre de gente menuda, quemada, ahorcada ó muerta por otros medios á manos del fanatismo religioso, nada tienen que envidiarnos los pueblos más cultos que en el día hay en Europa. Sólo de brujos y brujas, si hemos de creer á Michelet, en Tréveris quemaron siete mil; pocos menos en Tolosa de Francia; en Ginebra quinientos en tres meses; en Wurtzburgo, ochocientos de una sola hornada, y mil quinientos en Bamberg. Convengamos en que jamás hubo en España tan espléndidas y colosales chamusquinas. Y es lo más chistoso, si yo no recuerdo mal (porque no doy ahora para comprobarlo con una Historia de los Estados Unidos que contenga el periodo colonial), que en esos Estados se quemaron y se ajusticiaron también brujos y brujas con profusión pasmosa. Por donde yo me inclino á sospechar que en toda la América, dominada por España durante los sigos XVI y XVII, no hizo la Inquisición tantas víctimas, contando judíos, mahometanos, y herejes relapsos y hechiceros de todo linaje, como las víctimas que por sólo el delito de brujería fueron sacrificadas en los Estados Unidos cuando aún eran colonias.
Otra de las razones que tiene el Sr. Clarence King para desear que Cuba no sea española, es que Cuba es un paraíso muy fecundo y que en otras manos más trabajadoras y hábiles produciría mucho más. Este argumento, no obstante, no vale nada en favor de los cubanos. Es probable, es casi seguro que si los dejásemos en libertad, Cuba no prosperaría más de lo que hoy prospera. Si prevaleciesen los negros, Cuba sería como Haití, y si prevaleciesen los blancos y mulatos, Cuba sería como es Santo Domingo. Los cubanos, que de buena fe y de corazón estén con los rebeldes, si quieren entrever y columbrar el porvenir que siga á su triunfo, bien pueden mirarse en el citado espejo. Harto lo comprenderá el señor Clarence King, coincidiendo con mi parecer; pero por cierta púdica delicadeza no deja ver el fondo de su pensamiento. El fondo de su pensamiento es que Cuba llegue á ser una estrella más en la bandera de su patria. Adiós entonces idioma, casta, sangre y linaje españoles en la Isla. En ella, al cabo de veinte ó treinta años ó de menos, no se hablaría más que inglés. Todo hombre de origen español desaparecería de la Isla más pronto que desaparecieron los indios cuando se apoderaron de la Isla los españoles.
¿Pero qué mal, qué daño, qué terribles ofensas hemos hecho los españoles de la Península á los españoles de Cuba, para que á ser unos con nosotros prefieran algo á modo de suicidio colectivo?
Nada prueba menos que el exceso de prueba. Figurémonos que el Sr. Clarence King tiene razón; que los españoles no sabemos gobernarnos; que nuestra administración es absurda y corrompida. Con esto no probará sino una cosa: que si los cubanos toman muy á pecho su desgobierno, no deben separarse de España, sino separarse de ellos mismos y ser otros de los que son, y convertirse, por ejemplo, en _yankees_. ¿En una nación tan democrática como es y ha sido siempre la nuestra, qué diferencia puede haber ni hubo nunca entre un español de Cuba ó un español, v. gr., de Málaga, de Loja ó de Logroño? ¿Los que alternan, en España, en el poder, con turno más ó menos pacifico, los Narváez, los Cánovas y los Sagastas, ¿no pudieron ser cubanos? ¿Qué inferioridad hemos supuesto nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de por acá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos los españoles de la Península y de Ultramar ha sido proclamada siempre en leyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclamó solemnemente con palabras citadas por el mismo Sr. Clarence King. Si esta unidad legal existió bajo un poder absoluto, lo mismo era para los peninsulares que para los cubanos, y estos últimos no podían pretender entonces ser más libres que nosotros. Pero no bien hubo en España una Constitución liberal, en 1812, la Asamblea que formó esta Constitución declaró, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nación española es el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios. Las libertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares las debieron gozar también los cubanos. No fué culpa nuestra que Fernando VII, el Deseado, diese al traste con todas esas libertades, no bien volvió á España en 1814. Renacieron dichas libertades en 1820, en virtud, por desgracia, de un motín militar, que puede considerarse como el pronunciamiento inicial en la larga serie de pronunciamientos que después ha habido. Y menos culpa nuestra es aún que, en 1823, así los peninsulares como los cubanos, perdiésemos de nuevo las mencionadas libertades, por obra de los cien mil hijos de San Luis, sostenidos moralmente por la Santa Alianza, ó sea por Rusia, Prusia y Austria, con el beneplácito sin duda de la libre Inglaterra.
De cuantas crueldades y tiranías y de cuantas muestras de grosero, torcido y falso celo religioso hizo y dió entonces un partido fanático por el afán de extinguir en España la civilización moderna y de retroceder á una edad de ignorancia y barbarie, que jamás existió y fué completamente soñada, más culpa que dicho partido fanático y servil tuvieron la Santa Alianza, los franceses que ejecutaron sus órdenes y casi toda Europa, abrumando con su peso al pueblo español y desatando las manos de Fernando VII para que, en premio de haber peleado por su trono, cargase á este pueblo de cadenas. Pero aun así, justo es confesar que los cubanos fueron los que menos padecieron, si es que algo padecieron, de este último absolutismo de los diez años.
Una prueba más de que no son los españoles peninsulares tan culpables de este absolutismo de los diez años, sino de que nos le impusieron las más poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo en España un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron á reconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, rey de los fanáticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocido en España, por Prusia y Austria hasta después de la revolución de 1848, y por Rusia hasta 1857.
Y como yo no quiero condenar á nadie en más de lo justo, y menos á naciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampoco injuriar al partido absolutista español, diré que alguna explicación y hasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos á las modernas libertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, la primera Revolución francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfos guerreros, no bastaban á atenuar las atrocidades de Dantón, Marat y Robespierre, y los espantos del _Terror_ y de la guillotina; y fue lo peor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda, pero á la vez un déspota, que humilló y ensangrentó la Europa entera, sin que el más hábil y sutil profesor de filosofía de la historia pueda descubrir, fuera de la ambición personal, del prurito de elevar á la familia y á los amigos, y del afán del predominio de un pueblo sobre los otros, propósitos y fines altos y providenciales, parecidos á los que más ó menos conscientemente tuvieron Alejandro y César.
Será pensamiento mío, que tal vez escandalice á muchas personas, pero que ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primera Revolución francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertad verdadera y los progresos del linaje humano, vino á atajarlos, poniéndoles, como obstáculo que tienen que saltar en su curso, el miedo y la repugnancia que los desórdenes y crímenes de la Revolución inspiraron.
Como quiera que ello sea, pues sería muy largo discutirlo aquí, vuelvo á la cuestión de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienen también como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento en nuestras Cortes. Allí defienden sus intereses, allí piden reformas, allí concurren á legislar con los demás representantes del pueblo, y aun son más considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelión ha sido menos justificada que en el día por motivos políticos.
¿Lo será acaso por motivos económicos? Menos aún. Los cubanos no pagan tanta contribución como nosotros. Apenas pagan contribución territorial. Pagan en las aduanas. Y si algún empleado de los que van de la Península, se enriquece por allá, bien puede afirmarse que no es á costa sino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.
En lo tocante á la solicitud con que el gobierno de la metrópoli procura el fomento de la producción agrícola, de la industria y del comercio de Cuba, se llega á un extremo casi increíble. En prueba de ello, baste citar el Tratado que los señores Foster y Albacete negociaron en Madrid, siendo Presidente de la República el Sr. Arthur, y que el Sr. Cleveland, no bien entró en la Casa Blanca, retiró sin consentir que se ratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azúcares de Cuba hubieran ido á la gran República libres ó casi libres de derechos, y de la misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnes y muchos productos de la industria anglo-americana. Inútil es ponderar la prosperidad y el auge que esto hubiera traído á la perla de las Antillas. Para lograr este fin, hubiéramos sacrificado nosotros con buen ánimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podido resistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de la industria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.
Alguna queja tengan acaso los cubanos de que, á fin de proteger la industria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho de introducción la azúcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja es aparente cuando se considera el corto consumo que España puede hacer y hace de azúcar, en comparación de lo que totalmente produce la Isla, que por otra parte cuenta con más ricos, favorables y cercanos mercados.
Dice el Sr. Clarence King, que por codicia, por la riqueza que de la Isla sacamos, y por lo que esperamos sacar, nos resistimos á que sea independiente y libre. A mi ver, nada hay más falso; y creo que de los dieciocho millones que hay de españoles, sólo no pensarán como yo mil ó dos mil á lo más. Todos sabemos que en los cuatrocientos años que hace ya que poseemos á Cuba, sólo durante quince ó veinte ha habido sobrantes en las Cajas de Ultramar. En los otros trescientos ochenta y tantos años, Cuba no nos ha valido sino gastos, sacrificios y desazones. ¿Pues entonces--dirá el Sr. Clarence King--por qué España no abandona á Cuba? La pregunta equivale á la que pudiera hacerse á una buena madre, cuya hija mimada no le trajese más que gastos, si se le aconsejara que la dejase en plena libertad para que ella se ingeniase y buscase quien con más lujo la mantuviera. Conservar á Cuba no es para nosotros cosa de provecho, sino punto de honra de que España no puede prescindir.
La nación que ha descubierto, colonizado, cristianizado y civilizado á América, tiene más derecho que ninguna á ser y á llamarse americana, aun dentro de las doctrinas de Monroe, y tiene el deber sagrado é ineludible de sostener este derecho con razones y con armas, hasta donde sus fuerzas alcancen y mientras su sangre, su dinero y su crédito no se agoten.
No se comprenden los argumentos que se puedan alegar en los Estados Unidos para proclamar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar acaso á otras potencias á que también la declaren. No hubiera habido menos motivo para pedir ó declarar hace años la beligerancia del Tempranillo, del Chato de Benamejí ó de los Botijas. No se conducen mejor Máximo Gómez y su cuadrilla ni atinan con más habilidad á escabullirse de sus perseguidores. Las diferencias que hay son favorables á aquellos antiguos bandidos de la Península, porque no eran incendiarios, y porque, cuando se acogían á indulto, cumplían como caballeros y no volvían á las andadas, engañando y burlando á los que los habían indultado.
En la pasada guerra civil cubana, el conde de Valmaseda, ofendido de estas villanías con que era burlada y pagada la generosidad española, dió un bando, no he de negar que harto violento; pero esto no basta para justificar la nota dirigida por el Sr. Fish, secretario de Estado, al ministro de España en la gran república.
Esta nota es una dura reprimenda hecha en nombre de la civilización cristiana y de la humanidad, por alguien que debió de creerse, sin el menor interés, representante y Encargado de Negocios de dicha civilización y aun del linaje humano, y con autoridad para dirigirse á nosotros como á un subordinado suyo. Fueran las que fueran las faltas cometidas por el conde de Valmaseda, el Sr. Fish cometió al dirigir la nota un atentado contra la soberanía, la autonomía y el decoro de España, cuyo ministro, si su gobierno no hubiera sido tan débil y le hubiera prestado apoyo, lo menos que hubiera debido hacer es devolver la nota sin contestación, dándola por no recibida, como alguna otra nota, menos insolente y soberbia, se devolvió en Madrid á un ministro anglo-americano.
Ahora, por fortuna, si de algo han pecado el noble general Martínez Campos y los demás jefes y autoridades de España en Cuba, ha sido de lenidad, de espíritu de conciliación y de generosa confianza. Repito, pues, que no se comprenden los argumentos que pueden alegarse en los Estados Unidos para declarar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar á otras potencias á que la declaren.
Ni el gobierno español ni sus agentes han cometido ni cometerán en Cuba crueldad alguna. Aunque los foragidos que están asolando el llamado, por el Sr. Clarence King, fecundo paraíso, no merecen que las potencias cultas de Europa los amparen ó los protejan, no contra nuestra saña, sino contra nuestra justicia, yo espero que ésta se temple y mitigue con la mayor misericordia; mas no por eso acierto á explicarme que á los cabecillas rebeldes, á los principales al menos y á los que no tienen siquiera la excusa de ser cubanos y de estar cegados por un mal entendido amor á la patria, se les perdone si llegan á caer en poder de nuestros soldados. Justo y necesario será algún saludable escarmiento.
Difícil es, cuando no imposible, descubrir el motivo de queja que, en nación tan grande y generosa como los Estados Unidos, pueda haber contra España, bastante á mover á mucha parte de su ilustrada prensa periódica, al Sr. Clarence King y á una respetable comisión de senadores, á que pidan, valiéndose de mil injurias contra España, que el gobierno de la gran república declare beligerantes á los insurrectos, procure que otras potencias también los declaren, y garantice así la impunidad de todos ellos para el día en que depongan las armas, cansados de andar á salto de mata y de perpetrar toda clase de delitos. Por el contrario, España es quien puede quejarse por no pocos motivos: porque la acogida y el favor que reciben en aquel país los ingratos y rebeldes hijos de España excede sobremanera á la más franca hospitalidad, y porque bien puede recelarse que excitado por ellos el gobierno anglo-americano ha mostrado con frecuencia cierto prurito de vejarnos y lastimarnos.
Hay una, en mi sentir, detestable costumbre, fundada en torcidos principios de Derecho internacional, que prevalece en todas las naciones cultas, y no lo negamos, también en España. Hablo de la exagerada obligación en que se creen los gobiernos de proteger á sus súbditos en país extraño y de pedir, hasta con amenazas, que reciban indemnización de perjuicios que se les causen ó pérdidas que tengan.
Los gobiernos, movidos por la opinión pública, extraviada ó violenta, reclaman, tal vez sin mucha gana y por cumplir, pero reclaman, y suelen nacer de las reclamaciones, tirantez, enfriamiento de amistad y hasta conflictos. Y es lo más deplorable, que cuando la potencia que reclama es fuerte, humilla á la débil, en ocasiones la atrepella y casi siempre le saca el dinero. Y en cambio, cuando es más débil la potencia reclamante, en vez de salir airosa, es desdeñada en su reclamación, y su súbdito ofendido se queda burlado en vez de lograr ser indemnizado.
Cuando por cualquiera circunstancia se equilibran las fuerzas de las potencias reclamante y reclamada, suelen originarse hasta guerras, aunque para declararlas se busque ó se invente otro fundamento. Así, por ejemplo, si bien se rastrea y aun se escarba hasta llegar á la raíz de algunas expediciones belicosas, se verá que nacen de reclamaciones poco atendidas de particulares. Probablemente, si Francia y España no hubieran reclamado algo en balde para súbditos suyos, tal vez nunca hubieran tenido la ocurrencia de favorecer en Méjico á un partido monárquico y un tanto aristocrático y de ir allí á levantar el trono, que pagó más tarde muy caro un príncipe egregio y bondadoso. Tampoco sin reclamaciones hubiera habido guerra del Pacifico, ni bombardeo de Valparaíso y del Callao.
Cuando la nación de quien se reclama es débil, sin duda que no hay guerra, pero suele haber violencia y atropello. Así, pocos años ha (y prescindo de todo disimulo diplomático) Italia contra Colombia.
Véase, pues, con cuánta imparcialidad reconozco que apenas hay potencia, incluso España, que no adolezca de esta manía de reclamar exageradamente en favor de sus súbditos, establecidos ó de paso, en país extranjero, aunque cristiano y civilizado como aquel de que son naturales. A mi ver, sería bueno y provechoso decidir en el primer gran Congreso diplomático que haya, que esa protección del súbdito en país extranjero no la ejerza ninguna potencia cristiana y culta, sino cuando dicho súbdito vaya á vivir á un país bárbaro ó resida en él, y que, si reside en un país culto y cristiano, como el país de que procede, se someta á las leyes, usos y costumbres del país de su nueva residencia, sufra las molestias y se exponga á los peligros que allí sufren ó á que allí se exponen los demás, y reclame contra cualquier agravio ó daño, no por la vía diplomática, sino por los medios y recursos que le preste la legislación del país adonde voluntariamente ha ido.
Así se evitarían muchos males. Así se evitaría que, en ocasiones, en vez de ser una ventura que venga un extranjero, con capital ó con inteligencia ó con ambas cosas, á un país pobre y débil, sea una calamidad ó un ominoso preludio de vejámenes y sobresaltos, y así se evitaría que el extranjero que pasa de un país débil á un país fuerte sea desatendido y acuda en balde, en cualquier reclamación, á su legación, á su cónsul ó directamente á su gobierno.
Hasta hoy no se ha pensado en esta reforma del Derecho internacional, que ligeramente dejo indicada. No clamo, pues, contra la costumbre protectora. No protesto del uso, sino del abuso. Y lo que más lamento es que en los Estados Unidos se haya sutilizado y alambicado tanto el uso ó el abuso, que no reclaman sólo en favor de legítimos, castizos y nativos anglo-americanos, sino en favor de cualquier cubano rebelde que se va á la gran república huyendo de la autoridad española por delitos políticos que su nueva patria adoptiva no considera como tales. Han procedido de aquí muchas reclamaciones, que hemos satisfecho con longanimidad lastimosa, por donde los rebeldes, al ver la protección triunfante que se les otorga y la condescendencia con que España la acepta y paga, desdeñan á España y reciben alicientes y estímulos para rebelarse contra ella.
A despecho de tanta dificultad, entre las cuales, como se ve, cuentan por algo las que los Estados Unidos nos suscitan, todavía espera la mayoría de los españoles, y yo con ella, que Cuba, por ahora, _no ha de ser libre_, como el Sr. Clarence King ansía y propone. Esperemos que Cuba siga siendo libre, pero española, como la metrópoli desea, pero tenga por seguro el Sr. Clarence King que, si por desgracia y lo que Dios no permita, se agotasen nuestros recursos y tuviésemos que abandonar la gran Antilla, no hay español peninsular que sueñe por espíritu vengativo con que aquello se vuelva ó _yankee_ ó _merienda de negros_. Por cima del patriotismo y más allá del patriotismo, vive y alienta en nosotros el amor de casta ó de raza. Ojalá, primero, que Cuba siga siendo española; pero si Cuba deja de serlo, ojalá que sea pronto, para gloria y satisfacción de la antigua madre patria, una gran república cultísima y floreciente. Entonces, Máximo Gómez, por ejemplo, á quien ahora fusilaríamos ó ahorcaríamos sin escrúpulo y para cumplir con una penosa obligación, brillaría con aplauso nuestro, á la altura de los egregios libertadores; podría ponerse al nivel de Simón Bolívar y de Jorge Washington y tener estatuas y monumentos como los que ellos tienen. Lo malo es que bien se puede apostar uno contra mil á que ese estado de florecimiento y de grandeza no llegará para Cuba, ni en muchos siglos, si prematuramente y con marcada y notoria ingratitud, lograra separarse ahora de la metrópoli. Queden, pues, tranquilos los anglo-americanos y los hispano-americanos, y no recelen, que ni á Jorge Washington ni á Simón Bolívar le suscite el cielo ó el destino un rival de gloria.
LOS ESTADOS UNIDOS CONTRA ESPAÑA
Desde que empezó la funesta guerra de Cuba hasta el día de hoy, en medio de los enormes disgustos y cuidados que nos afligen, algo hay que celebrar, sirviéndonos de consuelo y dándonos esperanza de un éxito dichoso.
Celebremos pues, en primer lugar, el acendrado y generoso patriotismo del pueblo español que, por una causa que no puede traernos provecho, pero en la que está interesada la honra nacional, sufre con resignación y hasta con gusto los grandes sacrificios de sangre y de dinero que se le han impuesto y que se le impondrán en lo futuro. Y celebremos además, prescindiendo de todo interés de partido, la enérgica y atinada actividad con que el general Azcárraga, ministro de la Guerra, ha logrado enviar á la grande Antilla, con extraordinaria rapidez, los hombres y los recursos que allí se requieren, para que la rebelión pueda ser sofocada.
Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna á nuestros generales, cuando consideramos la magnitud de los medios que la nación y su Gobierno les suministran; pero España no debe ni puede censurarlos, antes conviene que los elogie y aun los bendiga porque no desesperan de la salud de la patria.
De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia en las cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lícito culpar á nadie de que le falte, es aquella inspiración maravillosa que el genio de la guerra infunde á veces en el alma de los grandes capitanes y por cuya virtud obtienen triunfos que todas las ciencias bélicas y las estrategias más profundas jamás explican. En Gonzalo de Córdoba y en Hernán Cortés, por ejemplo, hay un no sé qué de sobrenatural que nos pasma y con lo que sería delirio contar para todas las ocasiones.