A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos

Part 8

Chapter 83,846 wordsPublic domain

Pasando ahora de las letras á la ciencia, empezaré por decir que no me incumbe estimar aquí y tasar en su valor la de los árabes; pero sí procuraré, aunque sea compendiosa y someramente, hacer tres importantes afirmaciones. Es la primera la de que España, cuando la conquista muslímica, tenía su ciencia propia, de la que dan testimonio clarísimo no pocos escritores y sabios, descollando entre todos San Isidoro de Sevilla, y que esta ciencia, á pesar de las persecuciones y tiranías de los conquistadores, continuó luciendo entre los muzárabes ó pueblo cristiano vencido, y dió altas muestras de sí en el abad Sansón, en San Eulogio y en Alvaro de Córdoba. Es la segunda que los árabes y los moros no eran sabios cuando vinieron á España, ni trajeron sabios consigo, de suerte que los sabios y la sabiduría que hubo más tarde entre ellos, no deben tenerse por arábigas sino por españolas. Tan español es Averroes como Séneca, como Luis Vives ó como Domingo de Soto. Y es la tercera que, lejos de destruir los cristianos españoles la ciencia mucha ó poca de los españoles muslimes, la protegieron, la fomentaron, se aprovecharon de ella y la difundieron por toda Europa. En este punto, más que en ningún otro, la acusación de Draper no puede menos de atribuirse á mala fe, á ligereza ó á supina ignorancia.

Otro pueblo, además de los árabes y de los moros, hubo en España durante toda la Edad Media, el cual, por su larga permanencia entre nosotros (tal vez, en parte, desde antes de la venida de los romanos), no podía ser mirado en España como forastero, sino como indígena. Era este pueblo el israelita, que valió, importó é influyó más que los muslimes en la civilización del mundo, floreciendo y mostrando tal actividad en España por su saber, que bien podemos jactarnos de ello como de una gloria. Maimónides, Ibn Gebirol, los Ben Ezrra, Jehuda-Leví de Toledo y otros muchos filósofos, doctores y poetas nos pertenecen, como por ejemplo, Mendelshon ó Enrique Heine pertenecen á Alemania.

Llamemos ahora, para acomodarnos á la manera vulgar de expresarse, ciencia arábigo-judaica á toda esta ciencia que floreció en España entre los españoles que siguieron la ley de Moisés ó la ley de Mahoma. ¿Qué fundamento hay para asegurar, como asegura Draper, que los cristianos españoles la destruyeron?

Los rabinos ilustres, los filósofos y los doctores musulmanes, arrojados de Andalucía por el fanatismo de los almohades, tuvieron franca acogida y lograron protección generosa en las cortes de los reyes de Aragón y Castilla. Así, las célebres escuelas de Lucena y de Córdoba vinieron á trasladarse á Barcelona y á Toledo. Ansiosos de difundir por el mundo esta ciencia arábigo-judaica, ya en la primera mitad del siglo XII, el arzobispo toledano D. Raimundo y sus amigos y clientes hicieron traducir, tradujeron y dieron á conocer á Francia y á otras naciones cristianas las obras y doctrinas de Al-kendi, Alfarabi, Avicena, Avicebrón y otros autores. Sin duda, Domingo Gundisalvo y Juan de Sevilla fueron los iniciadores y divulgadores primeros de la filosofía y del saber semíticos en la Europa de la Edad Media.

Ernesto Renán nos reconoce este mérito y nos concede por ello su nada sospechosa alabanza, diciendo: «La introducción de los textos árabes en los estudios occidentales divide la historia científica y filosófica de la Edad Media en dos épocas enteramente distintas, y el honor de esta tentativa, que había de tener tan decisivo influjo en la suerte de Europa, corresponde á Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller de Castilla.»

Claro está que muy fácilmente y con erudición de segunda mano, tomada de varios autores españoles, entre los cuales sobresalen Menéndez y Pelayo y Amador de los Ríos, pudiera yo extenderme aquí y convertir en libro este artículo para demostrar hasta la evidencia que todo el saber arábigo-judaico de España fue propio de los españoles, y que éstos, no sólo le crearon, sino que le divulgaron por toda Europa.

El librito del Sr. Simonet, que da lugar á las consideraciones que hemos expuesto, las confirma con gran copia de erudición y con multitud de datos y de hechos, algunos de los cuales citaré en este escrito, tomándolos al azar ó prefiriéndolos por más curiosos. Muladíes ó españoles de puro origen, bien probado, ya por documentos históricos, ya por sus propios nombres de mal disimulada etimología latina ó peninsular, fueron: «Abdelmelic-ben-Hagib el Asolamí, Ali Ibn-Hazm, el célebre Ibn Thofail, el insigne botánico malagueño Ihn-Albaithar, el distinguido gramático Abdalah-Ben-Vivax, el poeta y naturalista Abú Otzman Ibn Loyon, los literatos y poetas Ibn Corral é Ibn Xalvator ó Salvador, y hasta el egriego filósofo Ibn Badja ó Pace (desfigurado el ablativo latino) á quien conocieron los filósofos escolásticos de la Edad Media con el nombre de Avenpace.» En conclusión (para terminar en este punto mi artículo, como termina el señor Simonet el libro de que trato), de los testimonios que hemos alegado se infiere que, ni al elemento arábigo, ni al berberisco, sino al indígena, se debe, en su mayor parte, el esplendor literario y artístico del califato cordobés y del antiguo reino nazarita. Y por si acaso nuestras razones parecieren poco fuertes, ó inspiradas tal vez por el sentimiento patrio, concluiremos apoyándolas en la autoridad de un crítico extranjero muy competente, del alemán Guillermo Lubke, que en su celebrado _Ensayo sobre la historia del arte_ se expresa así: «Si el arte árabe se desarrolló en España con más perfección que en los otros países _islamizados_, se debe sin duda á las relaciones íntimas de moros y cristianos, en las cuales, éstos comunicaron á aquéllos algo de lo noble, amable y caballeresco que resplandece en todos los ramos de su civilización, ciencias, arte y poesía.»

Saltemos ahora de la llamada civilización oriental á la occidental, que, según Draper, también hemos destruido. Esta civilización, que Draper afirma que era superior á la civilización española del siglo XV, es la americana precolombina.

Imposible parece que se diga de buena fe tamaño disparate. ¡Qué diantre de civilización había en América antes de su descubrimiento! Por casi todas partes era completo el salvajismo. Menos en el Perú, no creo que en región alguna hubiese animales domésticos. Había en varias tribus conocimientos elementales de agricultura, pero en las demás se vivía de la pesca y de la caza, ó los hombres se comían unos á otros. Los sacrificios humanos exigían millares de víctimas. El perpetuo estado de guerra y los vicios nefandos destruían la población é impedían su aumento. En Méjico, que era el imperio más civilizado, no habían descubierto aún que con un líquido combustible y con una torcida se podían alumbrar de noche, y la pasaban á oscuras por falta de candiles. Los jeroglíficos en embrión de aztecas, yucatecos y otros pueblos del centro de América (aun dando por supuesto que los más significativos y mejor pintados no son posteriores á la venida de la gente española y no son obra de indios industriados y medio civilizados ya por nosotros), á más de ser casi ininteligibles, dejan entrever una cultura harto inferior á la de los antiguos imperios del centro de Asia más de mil años antes de Cristo. Si algo hubo de más valor en la antigua civilización americana, había decaído y se había corrompido ó degradado antes de llegar los españoles. Poco ó nada tuvimos que destruir nosotros que no fuera perverso y abominable. En cambio llevamos á América nuestra propia cultura europea y cristiana, y llevamos el café, la caña de azúcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitas de Europa y de Asia, y otras mil cosas excelentes que por allí no había.

Se nos acusa de haber procedido con crueldad y codicia y de haber sometido á duros trabajos y atormentado con atroces castigos á la población india, hasta el extremo de mermarla y aun de hacerla desaparecer en algunas regiones. No seré yo quien defienda á todos los aventureros españoles de entonces, admirables y gloriosos por su inteligencia y por sus bríos, pero que distan mucho de valer para modelos de santidad, y que tal vez, como vulgarmente se dice, eran lo peor de cada casa. Si hubieran sido aventureros ingleses, franceses ó alemanes los que á fines del siglo XV hubieran ido á América, ¿se hubieran conducido con más humanidad que los españoles? ¿Fueron más mansos y amorosos con los indios los alemanes á quienes el emperador Carlos V concedió que se estableciesen y se extendiesen por las que hoy son repúblicas de Venezuela y Colombia? ¿Se condujo más afable y dulcemente, no ya con los indios, sino con los mismos españoles establecidos en América, el enjambre de piratas, corsarios y filibusteros que en diferentes épocas fueron allí contra nosotros?

Los hombres de guerra y de aventuras en todos tiempos, y más aún en el siglo XVI, no han pecado por lo cariñosos y suaves; y en dicha época había dos corrientes de sentimientos y de ideas que endurecían más sus entrañas: el fanatismo religioso de la Edad Media persistente aún, y el renacimiento pagano, que, al traernos las elegancias y los primores, las artes y las letras de la clásica antigüedad, nos trajo también no poco de su corrupción, de sus vicios, de sus pasiones sensuales y de su sed de deleites y bienes de fortuna. Muchos de estos defectos no podían menos de tenerlos los aventureros audaces que envió España á América; pero la misma España no los tenía. ¿Pueden ser más filantrópicas que lo que son las leyes de Indias? ¿Se mostraron nunca nuestros legisladores crueles ni faltos de caridad para con los pueblos salvajes ó semi-salvajes á quienes civilizamos y cristianizamos? ¿Ha habido nunca pueblo de más _católico_ corazón que el pueblo español? Y digo _católico_ en el más lato sentido de la palabra, envolviendo en ella el significado que tienen hoy las palabras _cosmopolitismo_ y _humanitarismo_. Fr. Bartolomé de las Casas no fué el único defensor de los indios; fué acaso el más vehemente y atrabiliario; pero antes y después de él hubo multitud de santos misioneros y de almas piadosas que defendieron y protegieron á los indios, y desde luego los consideraron iguales á ellos, y á veces superiores, cuando por su nacimiento, por la autoridad de que gozaban ó por el respeto que les tenían los de su casta, eran superiores en su tierra. No sería tan grande la tiranía y la opresión de España cuando, no sólo igualó al pueblo indio con el pueblo español, sino que dió cartas y títulos de nobleza á los indios que se distinguían ó eran ya nobles entre los suyos. Todavía, por ejemplo, es grande de España y duque, y goza de una pensión cuantiosa entre nosotros, el sucesor de Moctezuma.

Y últimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de América, la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y ha publicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de títulos de nobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por los monarcas españoles á muchos señores indios á raíz de la conquista.

En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrar que en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los españoles en América, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados. Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se dé á la superioridad de nuestra caballería, de las armas de fuego y de la pericia militar, no se comprende cómo unos pocos españoles pudieron vencer y sujetar con crueldades á grandes muchedumbres y á poderosos imperios. Esto se comprende mejor, entendido como debe entenderse: asegurando que los españoles triunfaron porque fueron allí como libertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de los indios mal contentos, los cuales lograron sacudir así la tiranía más espantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernán Cortés tantos indios como en el ejército contrario. Y no sin razón nos auxiliaron, porque salieron ganando en todo. «Antes, como dice Gomara, pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos á la esclavitud ó sacrificados á los ídolos; servían como bestias de carga y no había año en que no muriesen sacrificados á millares por sus fanáticos sacerdotes». Después de la conquista, añade Gomara, «son señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las manos. Nadie los fuerza á llevar cargas ni á trabajar. Viven bajo la jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así que, nadie piense que les quitasen los señoríos, las haciendas y la libertad, sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los cristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para que se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida. Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que deben y lo que tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamente hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados».

Yo entiendo que la cándida y sencilla apología que acabo de citar, basta para prueba de cuán benéfico fué para los indios el triunfo de España sobre ellos. Dicha sencilla y cándida apología vale más que las declamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente. Desde el Norte de Méjico hasta el extremo Sur de Chile y de la República Argentina, sería fácil demostrar que en el día de hoy hay más indios que hubo nunca y son más felices, mejores y más civilizados que jamás lo fueron; que bajo el dominio de España los indios que se distinguían ó lo merecían podían ser cuanto se podía ser entonces en España; generales, arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahora pueden ser, y son á veces, presidentes de las Repúblicas. En los Estados Unidos tal vez habrán sido más humanos con los indios. Pero yo no he visto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellos figure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por su posición ó por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de la nación. Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados como en España solemos tener toros bravos en una dehesa ó jabalíes en un coto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugal ocuparon, ya presiden las Repúblicas como jefes supremos, ya brillan como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, ya recorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama y aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó elegantes é inspiradas poesías é interesantes libros en prosa, cuyo valer y mérito somos los primeros en reconocer nosotros los españoles, no escatimándoles la alabanza, sino complaciéndonos en darla, acaso y á veces más allá de lo justo.

Las tremendas acusaciones de Draper contra España están puestas en su libro con mero intento teórico, á fin de que en su ramplona filosofía de la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y á fin de que, en el drama cuya acción es el desenvolvimiento de la inteligencia humana y el paso de la edad de la fe á la edad de la razón, haga España el papel más odioso. Pero en el día se renuevan y se exacerban estas acusaciones, no ya para filosofar, mas ó menos burdamente, sino para sacar muy duras consecuencias prácticas contra nosotros. En los Estados Unidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escribía, siendo lo más gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin de ensalzar á los cubanos y de afirmar que deben ser independientes y libres. Acaso el más feroz de estos escritores anti-españoles sea un cierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista _The Forum_ un articulo titulado _¿Ha de ser Cuba libre?_ Un amigo mío anglo-americano me envió hace un mes dicho artículo, excitándome á que le contestase y hasta brindándome con que insertaría mi contestación en una revista de su tierra.

Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables aún que las de Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los Estados Unidos el odio y el desprecio contra España y de favorecer á los rebeldes de Cuba, auxiliándolos y declarándolos beligerantes, creo que algo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensa que haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el articulo del Sr. Clarence King no merece refutación más seria y detenida. Lo que diga yo sobre él será como remate y complemento de la impugnación que la salida de tono y los anatemas de Draper contra España me han inspirado.

Empezando ahora por contestar á la acusación que nos dirige el Sr. Clarence King de haber exterminado la población india de Cuba, que llega á suponer se elevaba á un millón de almas, diré que parece imposible que con seriedad se insinúe, ya que no se afirme, semejante disparate. Si á nosotros, fundándose en él, se nos dice: ¿Qué habéis hecho de ese millón de almas? ¿Caín, que has hecho de tu hermano?, con la misma razón podemos suponer nosotros que, en la inmensa extensión de territorio ocupado hoy por la gran república, había lo menos cuarenta millones de indios, y preguntar luego con voz fatídica: ¡Caínes! ¿qué habéis hecho de ellos?

De todos modos, á mí no parecería razonable dirigirme á los ingleses pidiéndoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pediría en todo caso á los que se han apoderado de sus bienes después de matarlos y viven hoy en el territorio que ellos tranquilamente poseían. Porque es absurdo é irracional, suponiendo que gente de casta española mató á un millón de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos y con los que se aprovechan aún de la matanza y del robo, y condenar por ese robo y por esa matanza á los españoles de por acá, que desde el descubrimiento y la conquista de América hasta hoy no han hecho más que predicar y legislar en favor de los indios.

Es cosa de risa citar á Hatuei, que dijo que preferiría ir al infierno á ir al cielo con los españoles, para aplaudir á los descendientes de esos españoles porque se rebelan contra otros españoles, que no sacaron el menor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio. Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendría muy á propósito si hubiese aún en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indios que apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba á los españoles intrusos, lo mismo á Weyler, que á Maceo ó que á Máximo Gómez.

Otra no menos chistosa acusación del Sr. Clarence King contra nosotros se funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbrados nosotros á mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece, al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca. Dice también el articulista que España se vió _forzada_ á dar libertad á sus negros ¿Y quién le hizo tal fuerza? España dió la libertad de grado y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las armas á esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, más perjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos, aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tan numerosa como la blanca. No fué, pues, en España, fué en los Estados Unidos, ó al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron _forzados_ á dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla á regañadientes, y donde al que la dió, al libertador glorioso, no faltó quien en premio le matase de un tiro.

Por lo demás, la compasión hacia los negros esclavos acaso se pudiese probar que ha sido más tardía que en nuestra raza en la raza anglo-sajona, que bastante tiempo ha sido _negrera_, y donde aún, en el presente siglo, se inventan teorías tan filantrópicas y consoladoras, como la de Malthus y la del _Struggle for life_.

No en el día en que los españoles estamos harto abatidos, sino en los momentos ó en los siglos en que preponderábamos en el mundo, se le ocurrió á ningún español, que tuviera séquito y que valiera algo, el considerarse de una raza superior á las demás razas humanas, y el despreciarlas y humillarlas. Ni cuando el Gran Capitán se enseñoreó de Italia arrojando á los franceses; ni después de Lepanto, de San Quintín y de Pavía; ni cuando en Trento prevalecieron nuestros teólogos y reformando la iglesia oponían fuerte valladar al protestantismo y trataban de conservar la virtud que informaba y que unía la civilización europea; ni cuando desde principios del siglo XV, con tenacidad admirable y con fe constante, agrandábamos experimentalmente el concepto de las cosas creadas, circunnavegando el planeta, cruzando mares incógnitos y tenebrosos y descubriendo nuevos mundos y nuevos cielos, jamás hemos menospreciado á las otras naciones ni las hemos tratado con insolente orgullo, ni las hemos insultado como en el día se nos insulta.

A la verdad, ni ahora ni nunca habrá un solo español que rebaje la gloria de Lincoln; todos ensalzaremos esa gloria, pero alguna, aunque sea menor, nos toca colectivamente, porque dimos de buena voluntad y no por fuerza libertad á los esclavos negros de Cuba; y alguna gloria también, anterior y á mi ver más clara y con algo de divino, nos toca por haber sido de nuestra raza santos varonescomo Alonso de Sandoval y Pedro Claver, que hicieron por los negros, en un siglo en que aún se ignoraba hasta el nombre de filantropía, movidos de caridad cristiana, obras maravillosas por amor de Dios y de los negros de Africa.

Supone el Sr. Clarence King que en el carácter español (ya se entiende que en el de los españoles peninsulares, pues en el de los cubanos, sobre todo si son rebeldes, ha de haber habido una transformación dichosa), supone, digo, que en nuestro carácter persiste, en combinación diabólica, la crueldad pagana de Roma, reforzada y sublimada con feroz intensidad por la Inquisición. De aquí resulta que el más blando y humano de nosotros es un Calígula-Torquemada. Y que á fin de evitar que sigamos haciendo atrocidades contra los pobrecitos é inofensivos insurrectos, los Estados Unidos tienen el deber moral de reconocer la beligerancia de dichos señores que no talan, ni incendian, ni saquean, ni cometen atrocidad alguna.

Lo de la Inquisición es una cantaleta que nos están dando los extranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos, que casi justifica que algunos españoles se pongan fuera de sí y en apariencia se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez y juicio. Así es que, sin duda por chiste y para lucir la agudeza de su ingenio, alguien defienda la Inquisición todavía, como por ejemplo, lo hace con mucha gracia el catedrático D. Juan Manuel Orti y Lara, el cual llega á exclamar: «¡Oh dichosas cadenas del Santo Oficio, que tan fuertemente sujetaban al monstruo de la herejía, que no le dejaban libertad alguna para impedir á los ingenios españoles el vuelo que tomaron desde las alturas de la fe por las regiones del saber y de la poesía!»