A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 7
Concretándome ahora al examen del libro del autor anónimo, y expresando aquí sobre él mi parecer franco y sincero; diré, para concluir, aunque me acusen como han sido acusados con frecuencia los jesuítas de tener la manga muy ancha, que los pecados y vicios que saca á la vergüenza el autor anónimo, si bien sería de desear que no los hubiese, no me mueven tanto á condenar la Compañía, compuesta de seres humanos, entre los cuales no puede menos de haber bastantes pecadores, como la carencia del espíritu elevado, amplio, civilizador y progresivo que la inspiró en mejores días. Volver á informarse de este espíritu es, en mi sentir, lo que la Compañía necesita, y no las mejoras y modificaciones de sus institutos, que el autor anónimo propone, manifestando deseo de que la Iglesia las adopte y establezca.
No va por un lado el espíritu del siglo y no va por el lado opuesto el espíritu de la verdadera Religión. Ambos caminan y deben caminar unidos á fin de que la mente y el corazón de los hombres se eleven á superiores esferas. Cristo no enseñó cuanto hay que saber, sino que dejó mucho, aun en las cosas más esenciales, para que los hombres lo averiguasen y lo enseñasen con el transcurso del tiempo. El adelanto, el desenvolvimiento de la metafísica y de toda doctrina social, política y hasta ética, no está reñido con la revelación, que no fué ni pudo ser de una vez, sino que, en cierto modo y altamente aceptada, es progresiva. Las mismas palabras del Redentor lo declaran: _Adhuc multa habeo vobis dicere, sed non potesti portare modo_. Lo que entonces no dijo Cristo, porque no hubieran acertado á entenderle; lo que, aun después de descender sobre los apóstoles las lenguas de fuego, cuando estaban congregados en el Cenáculo, no quiere ó no puede revelar San Pablo, constituye la ulterior revelación, y presta, digámoslo así, una flexibilidad sublime á nuestro dogma religioso, que le hace capaz de contener dentro de sí, sin romperse ni quebrantarse, toda civilización futura, por grande y maravillosa que sea.
Yo entiendo, pues, que la mejor reforma que pudieran adoptar los jesuítas sería la de inspirarse en tan sublime y fundamental pensamiento que, sin salir fuera de las vías católicas y sin cobardes condescendencias y transacciones con incrédulos é infieles, hiciese posible la aspiración de Jaime Freeman Clarke al terminar su obra sobre las _Diez grandes Religiones_, y al proclamar la cristiana como la religión definitiva é imperecedera del humano linaje: que no se amengüe la libertad del espíritu; que no se acepte con ceguedad lo que contradiga al sentido común; que no se achique ó mutile la ciencia por miedo de que triunfe de la fe; que ningún placer inocente, que ninguna natural alegría de la vida y que nada de cuanto hay de hermoso en la literatura, en el arte, en la sociedad y en el hogar doméstico, sea sacrificado; sino que todos los hombres vengan á Jesús y hallen en Él el medio más poderoso de elevarse hasta su Eterno Padre y la revelación más cumplida de perdón, paz, esperanza y vida eterna, indispensable para el desarrollo perfecto y completísimo de nuestro ser humano.
En los jesuítas hay en nuestro tiempo una limitación y una estrechez de miras harto contrarias á las susodichas aspiraciones. Se olvidan de que la letra mata y el espíritu vivifica, y se olvidan de que el espíritu de verdad hará resplandecer toda verdad ante los ojos de los que le siguen.
SOBRE DOS TREMENDAS ACUSACIONES
CONTRA ESPAÑA, DEL ANGLO-AMERICANO DRAPER
_Influencia del elemento indígena en la cultura de los moros del reino de Granada_, por D. Francisco Javier Simonet. _¿Shall Cuba be free?_ (Artículo de Clarence King, en la revista de Nueva York _The Forum_.)
El librito cuyo titulo va en el epígrafe contiene en pocas páginas bastantes datos y mucha doctrina; mas, no sólo por esto, sino por las ideas que sugiere y por los comentarios de que puede ser objeto, ha llamado mi atención y me ha movido á llamar también sobre él, si puedo, la atención del público.
El Sr. Simonet, autor del librito, es un arabista de reconocido mérito, de grande ilustración y catedrático en Granada de la lengua del Yemen. Ha publicado ya varios libros en que muestra su mucho saber. Uno de ellos ha sido premiado por la Real Academia Española, y otro ha sido premiado por la Real Academia de la Historia.
La obra de que nosotros vamos á hablar es menos fundamental y profunda: es una obra de divulgación. Y si bien trata de sucesos, pasados ya hace siglos, tiene, en nuestro sentir, un interés de actualidad.
En las naciones extranjeras abundan los escritores desapasionados y juiciosos, de quienes no podemos quejarnos; pero no escasean tampoco los escritores violentos, ciegos de furor, fanáticos con el fanatismo que hoy se estila, y tan acérrimos enemigos de España, que no hay crimen, maldad é infamia que no atribuyan á nuestra nación, infiriendo de ahí que la postración y decadencia en que hoy estamos es un justo castigo de Dios, y, si no cree en Dios el que de esta suerte quiere requebrarnos, una ineludible consecuencia de las leyes fatales, impuestas no se sabe por quién, que dirigen y ordenan la marcha de la humanidad á través de los siglos.
Con algunos autores tenemos cierta disculpa, ya que para ellos no hay responsabilidad ni libre albedrío. Todo ó casi todo depende del medio ambiente. Y si nosotros somos crueles, codiciosos, traicioneros, y sobre todo temerosos de Dios, que, según Buckle, es la peor de las cualidades, todo ello consiste en que en España no hay lluvias regulares sino feroces tormentas y prolongadas sequías, y además tal multitud de terremotos, que nos tienen siempre con el alma en un hilo y con el corazón en un puño y producen en nosotros la crueldad y la intolerancia religiosas.
En prueba de que no exagero y de que no pueden ser más atroces las injurias que nos dirigen algunos escritores, cuyas obras se traducen al castellano, teniendo acaso nuestro público el mal gusto de estimarlas y la candidez de creer lo que dicen, citaré al célebre catedrático de la Universidad de Nueva York, Juan Guillermo Draper, el cual, en su _Historia del desenvolvimiento intelectual de Europa_, asegura que España, en justo castigo de sus espantosos crímenes, está hoy convertida en un horrible esqueleto entre las naciones vivas, y añade Draper: «si este justo castigo no hubiera caído sobre España, los hombres hubieran ciertamente dicho: «no hay retribución: no hay Dios.» Por donde se ve que es un bien y no un mal el que este pobre país esté muy perdido, porque mientras peor estemos, mayores y más luminosas serán las pruebas de la existencia de Dios y de su justicia. Largo es, muy largo, el capítulo de culpas que Draper nos echa á cuestas; pero las dos culpas más enormes, son las de haber destruido por completo, ó casi por completo, dos civilizaciones; la oriental y la occidental.
La primera de estas dos acusaciones no es tan ridicula como la segunda, de que hablaremos después, mas no por eso es menos falsa.
Indudablemente, los árabes, antes del Islam, poseían cierta extraña cultura, en algunos puntos patriarcal y propia de pueblos nómadas y pastores; en otros puntos, como por ejemplo en la poesía, hasta refinada. Cuando entusiasmados por las predicaciones de su profeta, se arrojaron á conquistar el mundo, no se puede decir que fuesen bárbaros. Tal vez por no serlo y por hallarse muchos países vejados, humillados y oprimidos por razas conquistadoras y por gobiernos despóticos, les fue fácil conquistarlos. Tal vez fueron recibidos como libertadores en algunos países, ó el pueblo al menos se sometió con docilidad á su yugo, no hallándole más pesado que el que antes sufría. Así se explica, por ejemplo, que cuatro ó cinco mil muslimes conquistasen el Egipto. Así se explica que no muchos más hiciesen la conquista de España. En poco tiempo se extendió el imperio musulmán desde la India y las fronteras de la China hasta el Mediodía de Francia, salvando los Pirineos. Los árabes, sin embargo, no eran muchos, y arrastraron en su expansión, valiéndose de ellas para triunfar, á hordas bárbaras ó semi-salvajes, como los habitantes del Norte de Africa, mauritanos, bereberes, ó como queramos llamarlos. En España se llamaron y se llaman moros. Sin duda por cada árabe de los que vinieron á la conquista de España, bien se puede suponer que hubo un centenar de moros. Y esto en el principio, mientras España estuvo sometida al califato de Oriente, y también, así durante la independencia de la España musulmana del mencionado califato, como desde la fundación del de Córdoba hasta su desmembración y ruina después de la muerte de Almanzor. La multitud de reyezuelos que surgieron de la ruina del califato, cuando no eran renegados españoles, eran moros y no árabes. Y, por último, en la época de las dos primeras grandes invasiones africanas, la de los almoravides y la de los almohades, que en España prevalecieron y duraron, el elemento arábigo entró por muy poco. Los invasores y dominadores de España fueron africanos bárbaros, que no pudieron traer ni trajeron ningún principio civilizador á nuestra Península. Aquí fue donde se domesticaron y civilizaron algo, sometiéndose sin sentirlo los vencedores á la superior inteligencia y saber de los vencidos y al influjo que de esto nace.
Los árabes mismos no poseían, al extenderse por el mundo y al apoderarse de España, una civilización superior y propia. Tuvieron, sí, el mérito de no destruir la civilización de los países que ocuparon: de aceptar y de recibir en cada región algo de lo que allí se sabía, ya conservándolo para que no se olvidase ó se perdiese, ya siendo como vehículo para llevarlo de una región en otra. Esta buena cualidad, que no fue sólo tolerancia, sino curiosidad simpática y afición respetuosa al saber de los vencidos, valió de tal suerte que, durante algunos siglos, acaso hasta después de las últimas cruzadas, pudo creerse que el mundo musulmán era más culto que el mundo católico, y los espíritus superficiales pudieron esperar ó temer que el islamismo en Asia, en el norte de Africa y en España, arrebatase al cristianismo europeo la bandera del progreso y la antorcha de la cultura. Casi todo este brillo, sin embargo, y esta aparente superioridad en algunos momentos históricos, se debieron en todas partes, y más que en ninguna en España, á la civilización de los vencidos, á veces respetada, por lo cual merecen los vencedores elogio, á veces viva y retoñando y reverdeciendo siempre, sin que pudieran los vencedores arrancarla de cuajo, á pesar de los esfuerzos que hicieron, y al fin sometiéndose á ella.
En suma, no es posible descubrir en toda la cultura hispano-muslímica cosa alguna de valer que haya surgido en Arabia ó en Africa, entre alarbes y moros, y que desde allí haya venido á España. A mi ver, cuanta alabanza se quiera dar á la cultura muslímica española, es alabanza que se da á los españoles mahometanos, y no á moros ni á árabes que viniesen de fuera trayéndonos ciencias, artes ó industrias que aquí no existiesen ó que aquí no tuviesen origen.
Por lo demás, yo creo que en la prosperidad y en la grandeza de los estados ó reinos musulmanes que hubo en España, entran por mucho la ponderación y la jactancia de los historiadores. Entra también por algo la manía de no pocos críticos y pensadores modernos, de encarecer ó ensalzar demasiado cosas que, si bien son bellas ó buenas, no merecen tan ponderativos encarecimientos.
Apenas hay gran pueblo, de los que más han figurado en la historia, que no haya dejado más hermoso y brillante rastro de sí que los árabes en sus monumentos.
Se supone, y no he de negar que es suposición muy poética, que la cultura arábiga, no sé si en España sólo ó también en otros países, depende ó está ligada á una estrella que los griegos llamaron Canopo y los árabes Sohail. Esta estrella brilló, siglos ha, muy alto sobre el horizonte de España. En el día, á causa de la precisión de los equinoccios, apenas se levanta poco más de un grado sobre el horizonte de Cádiz. Cuando Sohail desaparezca de nuestro cielo, desaparecerán también y serán ruinas y escombros los monumentos del arte arábigo que en España quedan.
Esperemos que este vaticinio astronómico no se cumpla, para lo cual importa que haya restauradores artistas como el Sr. Contreras, y que nuestros ministros de Fomento no escatimen los recursos, no ya para conservar lo que aún existe, sino para restaurar lo que se halla lastimosamente medio destruido. Así, por ejemplo, yo no me contento con que la Alhambra se conserve, sino que, si de mí dependiese, haría restaurar las dos torres de las Infantas y de la Cautiva, cada una de las cuales es, ó, mejor dicho, ha sido, y puede volver á ser, una primorosa filigrana: un palacio ó casa real de la Alhambra en miniatura.
Acaso como arquitectos es como los árabes son, ó han sido, más originales. ¿Pero quién negará que su arquitectura tiene escasa majestad y solidez, y que se distingue y es digna de elogio, más que por nada, por las menudencias y prolijidades del ornato?
El edificio más grandioso que de la época muslímica queda en España es la catedral de Córdoba; la antigua mezquita de Abderraman. Pero en aquel bosque de columnas que forman las diecinueve naves ó calles, ¿hay muchas columnas que sean arábicas? ¿No ve, hasta el más profano, que todas ó casi todas, son de templos cristianos ó gentílicos, de la época romana ó de la época visigótica, arruinados y despojados por los muslimes para edificar y hermosear su templo? Este templo, á decir verdad, no me entusiasma tanto como á otros, en cuyo entusiasmo me parece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurándome la mezquita integra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y tal como estaba en la época de los Abderramanes, sin la pared que la limita ahora hacia el patio de los Naranjos, y dejándose ver desde él toda la longitud de las diecinueve calles, alumbradas por lámparas de plata y oro, y hasta figurándome además en todo su esplendor y belleza los primorosos mosaicos, alicatados y dibujos de la capilla del Mihrab, yo hallo, y he de confesarlo aquí, aunque se pongan las manos en la cabeza los que me lean, que me parece más hermoso, más digno, más artístico el templo cristiano que se levanta ahora en medio de la mezquita y que tantas y tantas personas lamentan el que allí se haya levantado. Para mi gusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores, como por ejemplo, la sillería del coro, vale más que el Mihrab con todos sus arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad bárbara, contiene y contuvo la mezquita en su época más brillante.
No discuto aquí si hubiera sido ó no mejor edificar en cualquiera otra parte el templo cristiano y dejar la mezquita integra y tal como estaba. Falta de sentido arqueológico y de buena critica de bellas artes puede afirmarse que hubo en esto; pero, ¿en el siglo XVI, hubiera habido en cualquiera otra nación de Europa un amor más fino á la arqueología, y un juicio más claro sobre el valer artístico é histórico de un monumento, que hubieran impedido, sobreponiéndose al sentimiento religioso, la construcción de un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si por una parte, algo de la mezquita se destruía, ¿cómo negar por otra que hay no poco de poético y de sublime en la idea realizada de levantar en medio del más espléndido santuario del islamismo y del arte oriental otro magnífico santuario, según el gusto europeo, más adecuado al culto y glorificación del Dios trino y uno?
No negaré yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arábigas.
Si los árabes produjeron algo original, fue en arquitectura, aunque tal vez tomasen mucho del arte bizantino y de la arquitectura de la India y de la Persia y de otras regiones que invadieron ó conquistaron.
Aun así es de notar y de deplorar la vida efímera é inconsistente de los monumentos arábigos. La estrella Sohail no se había ocultado aún bajo el horizonte de España, y ya no había en Córdoba ni huellas de los palacios de los califas; Medina-Azahara se había desvanecido; los alcázares y jardines de Almotamid en Sevilla, de Almotacín en Almería, y de otros reyezuelos elegantes y sibaríticos, se diría que se los había tragado la tierra. De ellos no queda una columna en pie; ni huella, ni rastro. Todavía en Grecia, en Sicilia y en Italia, están erguidos y casi completos monumentos del arte helénico, anteriores de seis ó siete siglos á la Era cristiana; en Egipto, en la India y en la Persia y en otras tierras del centro de Asia, subsisten pasmosas obras que dan testimonio del poder arquitectónico de pueblos que fueron grandes hace miles de años, mientras que de los árabes, sobre todo en España y de la mejor época, apenas queda nada. El mismo alcázar de Sevilla, más que moro, es mudejar, y honra más el buen gusto del caprichoso y popular tirano D. Pedro de Castilla, que la elegancia del rey poeta Almotamid, ó la magnificencia de su tremendo padre, que adornaba sus jardines y las puertas de su alcázar con las cortadas cabezas de sus enemigos.
Los encomiadores de los tiempos muslímicos en España ponderan más aún, y no menos superficialmente, el gran florecimiento y prosperidad á que la agricultura había llegado entonces. Para las irrigaciones, sobre todo, no tienen más que alabanzas. Hay quien imagina que España en tiempo de los moros era toda ella una florida, amena y fructífera huerta, que los cristianos luego hemos marchitado y destruido. Nada más falso que este aserto. Bastante digno de encomio hicieron los moros (ó, mejor dicho, los españoles musulmanes, pues no hay razón para que fuesen moros ó para que nosotros así los llamemos), á fin de cultivar, regar bien y hacer productiva la tierra, especialmente en Valencia, Alicante, Murcia y Granada; pero cuando se estudia bien este asunto, se ve que los cristianos hicieron más y mejor para el mismo fin después de la conquista, así en grandiosas y útiles obras hidráulicas, como en leyes y reglamentos para organizar sabiamente el regadío. D. Jaime I en Aragón y D. Alfonso el Sabio en Castilla, aunque no tuvieran más que este mérito, gozarían de inmortal popularidad y serían gloriosos y benditos. Pero hay más aún: los más colosales trabajos realizados para el riego, trabajos que pasman por su solidez y magnificencia, son de las épocas en que se supone á España sumergida en las tinieblas horrorosas de un brutal fanatismo; son del reinado de Felipe II, bajo cuya protección y por cuya excitación se construyeron los admirables diques y pantanos de Alicante, de Elche y de Almansa, ó son del tiempo de Carlos III, bajo cuya protección y por cuya excitación se hicieron los de Lorca.
En artes y letras es mayor desatino sostener que los moros importaran nada en nuestro país, ni influyesen, salvo un poco en la arquitectura, en el desenvolvimiento intelectual de los españoles. De escultura y pintura no hay que hablar, pues, aunque, á veces, faltando á los preceptos de su religión, esculpiesen y pintasen algo, lo por ellos pintado y esculpido fué grosero y rudo. Así lo atestiguan las esculturas y las pinturas que en la Alhambra se conservan. Poesía dramática no tuvieron nunca. Algo de poesía épica ó narrativa puede decirse qué tuvieron, si bien no tuvieron nada que, ni remotamente, pudiera compararse, no digamos ya al antiquísimo poema del Cid, pero ni á las leyendas de santos de Gonzalo de Berceo. De aquí se infiere que nuestra gran literatura nacional trilingüe, castellana, catalana y portuguesa, nació ó retoñó en estos idiomas vernáculos, de su antigua raíz y tronco cristianos y latinos: raíz y tronco firmemente plantados en nuestro suelo. Y si algo de fuera, si algo extraño vino á ayudar ó á fomentar el reverdecimiento de esta literatura, vino de Francia y de Italia, y no de la morería. Por el contrario, yo creo que debe y puede sostenerse que la pompa oriental, las galas y primores, á veces excesivos, y cierta redundancia que en nuestra poesía y en nuestra elocuencia se notan frecuentemente, y aun se censuran, son ya sobras ó defectos que de muy antiguo tuvieron los españoles, y por los cuales fueron motejados en Roma Lucano, Séneca y otros prosistas, oradores y poetas de nuestra patria.
En las poesías escritas en lengua arábiga por españoles y en España, aunque durante la dominación muslímica, no hallo difícil percibir, á través de la forma clásica tomada de la antigua poesía del Yemen y de la imitación de los verdaderos poetas árabes más famosos y celebrados, algo, y no poco, en el sentir y en el pensar, nacido en corazones y espíritus españoles, y que casi de seguro no hubiera nacido jamás en el alma de un moro de Africa ó de un beduino de Arabia. Este orientalismo es tan español y tan poco oriental, que á raíz de la última reconquista se manifiesta esplendorosamente en prosa y en verso en nuestra literatura española y nace del concepto fantástico, transfigurado y hermoso, que la mente de los vencedores crea y forma de las costumbres, usos, pasiones y cultura del pueblo á quien ha vencido. De aquí la novela caballeresca, la ficción graciosa de Ginés Pérez de Hita. Y de aquí la multitud de preciosos romances moriscos y el tinte imaginariamente oriental que engalana tantas de nuestras obras poéticas, desde los mismos romances moriscos que incluye en sus _Guerras Civiles_ el mencionado Ginés Pérez de Hita, hasta los admirables romances de Góngora y de D. Nicolás Moratín, hasta el arabismo cordobés del duque de Rivas en _El moro expósito_, y hasta los esplendores y ensueños orientales del valenciano Arolas y del instintivo y popularmente iluminado poeta Zorrilla en su leyenda de _Alhamar_ y en otras composiciones y fragmentos. Casi todo esto contiene un arabismo ú orientalismo hechicero y de color de rosa, tan creado por nosotros, que bien se puede asegurar que no hay árabe ni moro que, aunque se le tradujera en su lengua, entendiese palabra de ello.
¿Ni cómo habían de entender las quintas esencias y los refinamientos amorosos y místicos que gastan los poetas y algunos de sus héroes, y los discreteos, delicadezas y finuras de sus galanes y de sus damas?
No voy á dilucidar aquí si algunas poesías compuestas en España, aunque en lengua arábiga y por muslimes españoles, pudieron ejercer influjo en la poesía castellana; si los cristianos conocían dichas poesías arábigas; si varios romances, como el de _la pérdida de Valencia_, fueron traducidos ó imitados del árabe; si el arcipreste de Hita, ya en el fondo, ya en la forma, imitó cantares moriscos; y si la elegía de Abul-Beka de Ronda, en su primera parte, fué uno de los modelos que tuvo presente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas. Lo que sostengo es, que, en todo caso, fué cortísimo el influjo é insignificante la imitación. Schack, por más esfuerzos que hace, tiene que convenir en que los cristianos españoles conocieron poco la poesía arábigo-hispana y la imitaron menos, y tiene que convenir también en que esa poesía arábigo-hispana, más ó menos conocida é imitada, apenas tenía ya de arábiga sino la lengua en que estaba escrita.