A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos

Part 6

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Es muy de notar que esto que Macaulay, con su criterio protestante ó racionalista, _fanatismo_, podrá ser llamado así por el brio y la intensidad con que se sintió y se pensó, pero tanto el sentimiento como el pensamiento, analizados, examinados y juzgados hasta por un hombre descreído del siglo XIX, fueron, en el siglo XVI, permitánsenos las palabras, más razonables y más progresistas que cuanto Lulero, Calvino y los otros apóstoles de la reforma pensaron, sintieron y dijeron. No fué el misticismo español de entonces huraño, egoísta y meramente contemplativo, aspirando á elevarse y á unirse con Dios para aniquilarse allí confundiéndose en la esencia infinita y desvaneciéndose en un perpetuo _nirvana_. El amor de Dios y la aspiración á unirse con él, según mil veces lo explican nuestros místicos, fueron una preparación y habilitación de las almas para que obrasen luego, en la vida terrenal, inauditos prodigios de amor al prójimo, y para que diesen cima á casi sobrehumanas empresas. Las almas, según dichos místicos, cuando ardían en el fuego del amor divino y derretidas por la fuerza de este fuego se diría que se identificaban con Dios, eran como la espada que parece fuego en la fragua, de donde sale después con más fino temple y con superior aptitud para ejercer sus funciones. Lo místico y lo contemplativo en los jesuítas no fué el fin, sino el medio para apercibirse á la acción y cobrar fuerzas y virtud mayores con que alcanzar en ella la victoria. Y no fué la victoria en favor sólo del catolicismo, sino también para conservar ó restaurar el lazo ó principio unificante de la civilización europea, que los protestantes habían roto; para hacer que triunfase dicha civilización, amenazada por nueva barbarie, y para salvar la libertad y el valor y mérito de nuestras obras, casi negados por el fatalismo cruel y pesimista con que los protestantes denigraban y hacían odiosa á la divinidad y esclavizaban á la humana naturaleza, sacrificándola en aras de una _predestinación_ y de una _gracia_, caprichosas y ciegas.

Nadie podrá acusar de jesuítico al célebre y malogrado historiador y polígrafo Oliveira Martins, y, sin embargo, en este punto que tocamos ahora, ensalza como nadie á los jesuítas, haciendo que la gloria de ellos y su triunfo en el Concilio de Trento aparezcan acaso como el mayor triunfo y como la más espléndida gloria de la civilización ibérica en el siglo XVI. «Los protestantes, dice Oliveira Martins, no excluyen las buenas obras; pero no es el mérito de ellas el que redime: es únicamente el mérito de Cristo, independiente del hombre. Esta doctrina, añade, es la condenación del hombre y de su actividad, de su voluntad, de la fuerza íntima que constituye su vida. Condenando al hombre, los protestantes condenan el mundo: transfiguran la realidad y conducen á los abismos de la esclavitud trascendente. En cambio, la doctrina de los jesuítas Salmerón y Lainez, vencedora en Trento, diviniza al mundo y al hombre, revelando y haciendo resplandecer la justicia de Dios en la fe del hombre y en sus buenas obras, cuyos méritos elevan á la gracia. El genio español, añade Oliveira Martins, fué, pues, por la boca elocuente de Lainez y de Salmerón, el defensor de la cultura humana, deteniendo á Europa en la pendiente de una predestinación fatalista.»

Debo observar que yo no cito aquí á Oliveira Martins como quien cita á un padre de la Iglesia; que en asunto tan difícil como la conciliación de la gracia y del libre albedrío, no le doy autoridad alguna; y que no hago á los jesuítas pelagianos, ó semi-pelagianos, para ponderar lo que valían. Sólo afirmo que, sin incurrir en error contra la fe, porque ni el molinismo, ni menos su mitigación por el congruismo de Suárez, fueron nunca calificados de heréticos, los jesuítas defendieron y sostuvieron la libertad del hombre, sin salir fuera del circulo de la creencia católica, y en cuestión la más oscura y difícil de la teología, y aun de todo pensar filosófico, por donde será siempro para teólogos y filósofos manantial y semillero de disputas hasta la consumación de los siglos. No quiero seguir ponderando aquí y recapitulando todo lo que en alabanza de los jesuítas puede decirse y se ha dicho hasta la extinción de la Orden en el siglo pasado. Las acusaciones lanzadas contra ellos y la multitud de enemigos acérrimos que tuvieron, primero entre los protestantes, después entre los jansenistas, y, por último, entre los librepensadores, redundan en cierto modo en elogio de los jesuítas, ya que prueban el extraordinario poder y la importancia que tenían. El mérito de ellos, no obstante, tiene que ser reconocido hasta por sus mayores contrarios, si se precian de candorosos é imparciales. Así, por ejemplo, Mosheim dice: «El candor y la imparcialidad me obligan á confesar que los adversarios de los jesuítas, al mostrar la torpeza y negrura de varias de sus máximas y opiniones, han ido más allá de lo que debían, y han exagerado las cosas para abrir más extenso campo á su celo y á su elocuencia. Fácil me sería probarlo con ejemplos sacados de las doctrinas de la _probabilidad_ y de la _restricción mental_, imputadas como un crimen á los jesuítas; pero esto me apartaría demasiadodemi asunto. Observaré sólo que en la disputa se han atribuido á los jesuítas principios que sus enemigos sacan por inducción de la doctrina de ellos, sin que ellos los confiesen; que no siempre han interpretado sus términos y sus expresiones en el verdadero sentido, y que nos han presentado las consecuencias de su sistema de una manera parcial, que no está de acuerdo con la equidad exacta.»

Esta confesión de Mosheim en favor de los jesuítas los honra mucho, porque es uno de sus más declarados enemigos, y porque sin nombrarlas censura de parcialidad y de más ó menos inconsciente falsía las encomiadas _Provinciales_ de Blas Pascal, obra que, según muchos afirman, ha hecho más daño á los jesuítas que la indignación de los soberanos y que todas las calamidades que han caído después sobre su Orden.

No he de dilatarme yo más, defendiéndola aquí. No ataca ni condena su pasado el autor incógnito del libro de que doy cuenta. Sólo añadiré, para terminar, que nadie puede pretender, ni los más fervorosos jesuítas, que la Compañía estuvo exenta de faltas y que todos sus individuos, que se contaban por miles, fueron unos santos, sin pecado y sin vicio, hasta la extinción de la Compañía en 1773.

Al caer entonces los jesuítas cayeron como los héroes de una noble tragedia, donde toda la simpatía y el aplauso fué para las víctimas, y la reprobación, en los más elevados espíritus, para los tiranos y opresores; para Pombal, para la Pompadour, para Tanucci y para el conde de Aranda. Las alabanzas de la Orden extinguida se renovaron ó surgieron entonces, derramándose sobre ella como sobre fúnebre monumento un diluvio de flores. Los más eminentes personajes de Europa, aun entre los no católicos, habían celebrado ó celebraron á los jesuítas: Enrique IV de Francia, Catalina II de Rusia, Rousseau, Diderot, Leibnitz, Lessing, Herder y mil otros.

Voltaire dice de ellos: «Tienen escritores de un mérito raro, sabios, hombres elocuentes y _genios_.» D'Alembert: «Los jesuítas se han empleado con éxito en todos los géneros: elocuencia, historia, antigüedades, geometría y literatura profunda y agradable. Apenas hay disciplina en que no cuenten ellos hombres de primer orden.»

Federico el Grande de Prusia, escribía á Voltaire: «Esta Orden ha dado á Francia hombres del _genio_ más elevado.»

Después de suprimida la Compañía, los jesuítas, arrojados impíamente de todos los dominios españoles y refugiados en Italia, se esmeraron en dar clarísimo testimonio y brillantes muestras de su valer, redundando así cuanto hicieron en mayor vergüenza y descrédito de sus perseguidores y en alta honra de España, su patria.

Jamás, desde la toma de Constantinopla por los turcos y la venida á Italia de los sabios griegos, había penetrado en aquella península hueste más lucida y docta de extranjeros fugitivos. La historia científica y literaria de los ex jesuítas españoles, que por toda Italia se difundieron, carece todavía de un historiador digno. De esperar es que lo sea con el tiempo el erudito y elegante escritor D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Entre tanto, no faltan eruditos italianos que se ocupen con amor en este asunto. Recientemente la Real Academia de Ciencias de Turín ha publicado sobre él una hermosa memoria, debida al saber y talento del doctor Victorio Cian. Al dar cuenta de esta memoria el ya citado Menéndez y Pelayo, en el número de Enero último de la _Revista critica de historia y literatura_, amplifica y esclarece las noticias del Doctor Cian con no pocas más que demuestran la importancia y el valer de aquellos nuestros ilustres compatriotas. Los Padres Andrés, Arteaga, Eximeno y Masdeu son elogiados por el Dr. Cian según su mérito; pero en cambio, sólo hace rápida mención de Hervás y Panduro, creador de una nueva ciencia: la filología comparativa; del Padre Juan Bautista Gener, autor de los seis primeros tomos de una enciclopedia teológica, que implica la renovación de los estudios eclesiásticos; del Padre Tomás Serrano, elegante y sabio humanista; del gramático Garcés, cuyo libro del _Vigor y elegancia de la lengua castellana_ se lee aún con fruto; del Padre Aponte, egregio helenista, maestro del cardenal Mezzofanti; del insigne historiador de Méjico Clavijero; del naturalista chileno Molina; de Landival, cuya _Rusticatio Mexicana_ es uno de los más curiosos poemas de la latinidad moderna, hasta por lo original y exótico del asunto, y de Márquez, tan benemérito, por sus libros, de la arqueología romana y de la historia de la arquitectura.

Aunque el Dr. Cian diga poco ó nada sobre los mencionados escritores, todavía basta con los que celebra para hacer que se forme elevadísimo concepto de los jesuítas españoles emigrados en Italia y de cuanto trabajaron y escribieron desde 1767 hasta 1814. Acrecientan la elevación de este concepto, las nobles palabras con que el Dr. Cian termina y resume su memoria: «Aquellos hombres--dice--arrojados de su patria, obligados á vivir entre las desconfianzas, las envidias, los rencores antiguos y recientes, en país extranjero, guardan celosamente el culto de la patria en su corazón, y al mismo tiempo se enlazan en afectuosa amistad con algunos de los nuestros y de los mejores, estudian y adoptan é ilustran la lengua y la literatura del país que les ha dado hospitalidad; pero cuando ven que algún italiano quiere lanzar la más leve sombra sobre el honor literario de España, se levantan con fiereza caballeresca, propia de su raza, y no temen defenderse, y pasar muchas veces de la defensa á la ofensa vigorosa y audaz... No podemos menos de sentir una admiración profunda por estos emigrados que en tan breve período de años respondieron tranquilos y altivos, con la mejor de las venganzas, á las injurias de la fortuna, á las persecuciones, á los odios de los hombres que pretendían extinguirlos; y se levantaron y se purificaron á los ojos de la historia, á nuestros propios ojos, á los ojos de aquellos mismos que creían y aspiraban á verlos aniquilados para siempre. Su producción múltiple, varia y á veces profunda y original, es un fenómeno singularísimo. En vano se buscaría en la historia de las literaturas europeas otro fenómeno semejante de _colonización literaria_; violenta, forzada en sus causas y en los medios con que fué realizada; espontánea, duradera y digna en sus complejas manifestaciones; útil y gloriosa para aquellos colonos, dotados de extraordinaria flexibilidad y gran virtud asimiladora; no ingloriosa para la madre patria que los desterraba; ventajosa y honorífica para la nueva patria latina que los acogía en su seno hospitalario.»

Harto reconocerá el lector por lo expuesto hasta aquí que yo soy un admirador fervoroso y sincero de la antigua Compañía de Jesús; pero esto no se opone á que yo dé crédito é importancia á las tremendas acusaciones que lanza contra la Compañía el autor anónimo, cuyo libro me induce á escribir este articulo.

No recuerdo quien dijo, tal vez fué Cervantes, que las segundas partes nunca fueron buenas; y yo confieso que me siento inclinado á aplicar el dicho á la Compañía de Jesús restaurada, desde 1814 hasta ahora.

La primera revolución francesa, con tantos horrores y tanta sangre y dando por último resultado á un déspota que sin propósito fijo, civilizador y humano, mantiene durante años la confusión y la guerra en Europa; la propensión del pensamiento filosófico hacia el pesimismo y hacia el más grosero ateísmo y la aparición ó la mayor difusión y el más hondo arraigo de espantosas doctrinas que, no sólo tiran á subvertir el organismo social, sino á arrancar de cuajo los fundamentos en que el orden actual se sostiene, han apocado acaso, con la repugnancia y el terror que inspiran, el espíritu religioso de muchos individuos é instituciones, y entre éstas la de los jesuítas sin duda. Lo cierto es que ya no son como eran antes. A mi ver, ya no pueden decir: _sint ut sunt, aut non sint_. Ya son otros de lo que eran. Antes, al defender la fe católica, de que se hicieron y fueron maravillosos adalides, se pusieron en el camino del progreso, á la cabeza de la humanidad, levantando el lábaro y apareciendo casi, así por el amor de la religión como por el amor de la ciencia, semejantes á la columna de fuego que guió en el desierto á los israelitas durante la noche.

Hoy, por el contrario, faltos de fe los jesuítas y engañados por el pesimismo, imaginan sin duda que la civilización ha descarrilado, que se ha extraviado, saliendo de la senda que debía seguir, y en vez de ponerse delante y servir de guía, se han puesto á la zaga y hacen todos los posibles esfuerzos porque ceje y retroceda hacia un punto absurdo y fantástico que jamás existió y con el que ellos sueñan. De aquí que todo progreso, toda elevada cultura, todo pensamiento sano de libertad y de mejoras, sea tildado por ellos de _liberalismo_ y aborrecido de muerte. Esto es peor que carecer de un ideal, es tener un ideal falso é inasequible por ser contrario á las ideas y á las esperanzas de la porción más activa, inteligente y hábil de la novísima sociedad humana.

En esta situación, sin verdadero entusiasmo, porque reacción tan disparatada no puede inspirarle, no es extraño que los jesuítas modernos tengan todas las flaquezas y pequeñeces é incurran en cuantos vicios y pecados el autor anónimo les imputa en su iracunda y despiadada sátira.

Todo lo que el autor anónimo nos declara que hay ahora de malo en la Compañía, pudo existir y existió probablemente en ella, hasta cierto punto, desde su origen. No era posible que entre millares de hombres, formando una asociación poderosísima, no se albergasen la ambición, la codicia, el apetito de deleites y regalos y otras mundanas pasiones; pero entonces era tan elevado el propósito, era tan generoso y fecundo el pensamiento capital que informaba á la Compañía, y era tan numerosa y refulgente la falange de sus héroes, de sus santos, de sus exploradores, de sus sabios y de sus mártires, que deslumbraba con su resplandor y no dejaba ver lo vicioso y lo malo que había en la Compañía y que es tan inherente y propio y tan difícil de extirpar por completo de nuestra decaída naturaleza.

Es asimismo de recelar que el jesuitismo moderno, si bien fustiga con sobrada acritud los vicios del día, se haya dejado, sin sentirlo, inficionar por algunos de ellos, y en particular por los que afean más ahora á las clases medias y elevadas de la sociedad, con las que los jesuítas tratan y alternan frecuentemente. La afición, pues, al regalo, á la pompa, á ciertos refinamientos y elegancias y al dinero que lo proporciona todo, no deja de ser natural que se haya infiltrado en las almas de los decaídos sucesores de Francisco Javier, de Francisco de Borja, y de tantos y tantos gloriosos misioneros, confesores y mártires de la fe de Cristo.

Cuantos hechos, anécdotas y casos refiere el autor incógnito para rebajar y humillar á los jesuítas del día, tienen traza de verdaderos y dejan harto mal parados á los Padres. Referidos con notable primor de estilo, desenfado y gracia, entretienen tanto ó más que una novela picaresca. Así los dos capítulos _Cuestión de cuartos_ y _Los dineros del sacristán_, nos pintan á los Padres sedientos de oro y valiéndose para adquirirle de mil medios poco decorosos; de la usura, del agio y de la adulación para con los ricos, á fin de conseguir de ellos donaciones y herencias: y nos los pintan al mismo tiempo manirrotos, despilfarrados y faltos de juicio, de buen gusto y de previsión, para gastar, ó más bien para derrochar estas poco bien adquiridas riquezas. En el capítulo _El Politiqueo_ aparecen los Padres como facciosos, excitadores á guerra civil y tan partidarios de D. Carlos, que cantaban el _Te Deum_ cuando ocurría algún suceso funesto para las armas de España, v. gr.: la muerte del caballeroso y heróico marqués del Duero.

Para no fatigar á los que me lean no seguiré extractando aquí el inmenso cúmulo de acusaciones que lanza contra los jesuítas el autor anónimo. Recomendaré, sin embargo, la lectura del capítulo _El Mujerío_, porque tiene muchísimo chiste. Sobre todo en cuanto se refiere á las relaciones espirituales de los Padres con las duquesas, marquesas y condesitas, y en la descripción que hace de la devoción elegante, del misticismo cómodo y de la religiosidad _high life_ y á la moda.

Todo esto, no obstante, por más que sea digno de reprobación y deba ser condenado en este, en aquel ó en el otro individuo, tal vez afecte menos á la Compañía en general de lo que el autor anónimo imagina y pretende. En una asociación tan numerosa y que alcanza extraordinario influjo y crédito, es difícil, es casi imposible evitar que algunos, que tal vez muchos de los que á la asociación pertenecen, no se prevalgan de ese influjo y de ese crédito para lograr provechos y ventajas materiales. Y por otra parte, el despilfarro de esos provechos, casi siempre en cosas deleitables para la colectividad ó que satisfacen y lisonjean su orgullo, prueba que no hay grande egoísmo en el individuo que los ha logrado, é inclina á creer que la codicia jesuítica más que viciosa es poco juiciosa.

En mi sentir, pues, los capítulos de mayores culpas del libro del autor anónimo contra los jesuítas, son los dos que se titulan: _De ciencia y tantidad_, _la mitad de la mitad_.

Ni en ciencia, ni en literatura ni en artes, llegan hoy los jesuítas de España á lo que fueron en lo pasado. Quedan además muy por bajo del nivel de los escritores seglares y de los escritores del clero y de los otros institutos religiosos. La fama al menos no hace resonar mucho sus nombres ni difunde su gloria.

En este punto, sin embargo, y si hemos de dar crédito al autor anónimo y no tildar de exageración sus alabanzas, él las prodiga de tal suerte al P. Juan José Urraburu, que le coloca muy por encima de todos los filósofos, pensadores y escritores aficionados á la filosofía que ha habido en nuestra nación en el siglo presente. No he de negar yo que sean muy estimables las obras filosóficas de Balmes, del P. Zeferino González, de D. Manuel Orti y Lara, de Sanz del Rio y de la turba de sus prosélitos; pero de ninguno de ellos se podría afirmar sin exagerada benevolencia lo que el autor anónimo afirma de la obra filosófica del P. Juan José Urraburu, declarando que es notabilísima, que hace honor á España, y que debe contarse entre las mejores, si ya no es la mejor publicada en Europa, después de la restauración filosófica pregonada por León XIII. Es cierto que el autor anónimo limita luego la alabanza, considerando la obra del P. Urraburu como mera exposición de la sana filosofía escolástica. Pero aun así, la alabanza es muy grande, si la tal exposición es completa y si es la mejor que se ha hecho en Europa, comparando bien la antigua filosofía que expone, con todos los ulteriores sistemas, y sacándola ilesa de los ataques, y victoriosa y colocada por cima de todos.

Fuera de los méritos de este P. Urraburu, del que confieso ingenuamente que ni había oído hablar, poco ó nada hay que el autor anónimo celebre y estime en algo, en el movimiento intelectual de los jesuítas. Y la verdad es que ninguno de sus escritos ha alcanzado en España la popularidad y el aplauso que las obras de otros escritores pertenecientes al clero. No tienen poetas como Mosén Jacinto Verdaguer; ni ardientes y fervorosos polemistas como D. Miguel Sánchez; ni entusiastas y candorosos moralizadores, de fecunda inspiración popular, como el excelente P. Claret, harto injustamente ridiculizado por la pasión política y por la ligereza de liberales y librepensadores.

La revista _El Mensajero del Corazón de Jesús_, está, según el autor anónimo, muy por bajo de _La Ciudad de Dios_, de los Padres Agustinos. Y lo que más desgracia dicha revista ó _Mensajero_, siempre, según nuestro autor, son las novelas y cuentecitos que allí se insertan, «donde hierven tales osadías de ideas y tales arrojamientos de frases y de palabras, y donde se refieren lances y percances tan crudos y poco decentes y situaciones tan escandalosas, que muchos padres de familia, luego que recibían el tal _Mensajero_, le escondían con cuidado para que no le leyesen sus hijas».

Son más de extrañar estas libertades si se atiende, según afirma el autor anónimo, á que los Padres jesuítas de España han censurado al Cardenal Wiseman por su _Fabiola_ y al inocentísimo Fernán Caballero por varias de sus novelas, y á que (¡apenas parece creíble!), en un gran colegio de la Compañía celebraron una muy devota procesión y quemaron muchos libros por impíos, liberales y poco decentes, entre ellos _El Quijote_.

El autor anónimo niega también historiadores á la moderna Compañía de Jesús en España.

En lo que toca á ciencias naturales, no tienen nada de que jactarse. No sólo, dice, «no pueden presentar una obra como la del Agustino P. Blanco sobre la flora de Filipinas, pero ni un observador de la naturaleza como el escolapio Padre Ainza».

En mi sentir, hay un punto sobre el cual no vierte bastante luz el autor anónimo, ni nos habilita, fiándonos de lo que dice, para dar una sentencia adversa ó favorable. Es este punto la virtud ó capacidad docente de los Padres de la Compañía. Sobre ello, por lo tanto, no daremos nuestra opinión, pero sí diremos que la del público en general es muy favorable á los Padres, y lo prueban la multitud de colegios que tienen, su prosperidad, y el empeño con que muchas personas, hasta opuestas al jesuitismo, liberales y librepensadoras, envían á sus hijos á los colegios de los jesuítas para que allí se eduquen. Y no puede negarse que el buen éxito de los jesuítas en este ministerio de la enseñanza de la juventud produce y puede producir los mejores efectos, aunque no sea más que despertando la emulación y excitando el celo de otros establecimientos pedagógicos, ya, por ejemplo de los Institutos oficiales y laicos, ya de otras Ordenes religiosas ó clericales congregaciones. Los Padres Augustinos, sin duda, se esmerarán más en sus enseñanzas para competir con los Padres de la Compañía y vencerlos, si pueden. Y es probable, que, contemplando la prosperidad y crédito de los jesuítas como cuerpo docente, los canónigos del Sacro Monte se hayan animado y resuelto á ampliar los estudios de su colegio, convirtiéndole en Universidad católica, donde ya se enseña la jurisprudencia y donde se aspira y se quiere enseñar (como complemento y corona de las asignaturas de teología), griego, hebreo y árabe y otras lenguas orientales, así como muchas ciencias profanas y muchas teorías y descubrimientos novísimos, á fin de ponerlos en armonía con la Religión revelada y de que valgan para su sostén y concurran á su triunfo en vez de parecer, como parecen, un ariete en manos de los incrédulos.