A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 5
No pequeña parte del libro del Sr. García Pérez la ocupa otro linaje de escritores, que por su casta y creencias se pueden agrupar, y cuyos escritos y vidas eran hasta ahora muy poco ó nada conocidos, á no ser por sujetos de mucha erudición ó muy consagrados á un estudio especial. Hablo de la multitad de judíos portugueses, que huyendo de la Inquisición fueron casi todos á refugiarse á Amsterdam y en otras ciudades de Holanda y Francia, donde escribieron en castellano poesías, novela, filosofía, religión, política y otras ciencias. En esta cuenta, si bien alguno pueda tenerse por español, como Miguel de Barrios, que nació en Montilla, aunque de origen portugués, pone nuestro autor á Manasés ben Israel, á los Abarbanel y Abohab, á Baruch Nehemias, á David Neto, á Isaac Orovio de Castro, á Samuel Silva, á Moisés Pinto Delgado, á Abraham Pizarro, á Abraham Ferreira, á Antonio Henríquez Gómez, y á no pocos más, mostrando notable diligencia en los informes que da de las varias andanzas y de los escritos de cada uno de ellos.
Algunos artículos del _Catálogo_ del Sr. García Pérez tienen extraordinaria extensión y retratan hábilmente la condición moral y la vida del personaje á que se refieren. Entre estos artículos merece mencionarse aquí el del famoso conde de Villamediana, poetizado por su trágica muerte y por los bellos romances históricos del duque de Rivas. La circunstancia de haber nacido el Conde en Lisboa, por haber ido allí sus padres cuando Felipe II se coronó rey de Portugal, hace que el Sr. García Pérez le incluya en su catálogo. De su vida y de sus escritos inéditos publicó, pocos años ha, un libro interesante el Sr. Cotarelo y Mori. El asesinato del Conde hace ganar á éste alguna simpatía; pero justo es declarar que, si la venganza fué criminal é infame, casi puede calificarse de merecida. Villamediana abusó de su ingenio, que le tuvo sin duda, aunque estragado por el mal gusto, la pedantería y la carencia de sentido moral, y abusó de su riqueza, de su posición, de sus bríos y de otras buenas prendas personales, para ser procaz y satírico, pendenciero, vicioso y con las mujeres violento y desenfrenado. Su lance con la marquesa del Valle, que fue su amiga, y á quien, por celos, arrancó las joyas que le había dado, desgarrándole el vestido, abofeteándola y magullándola hasta el punto de que aquella dama estuvo á la muerte, es acción tan brutal que no tiene perdón, fuesen las que fuesen las traiciones é infidelidades de la víctima. Y no contento Villamediana con el material ultraje, volvió á ofender á la dama hiriéndola en el alma y pisoteando su honra en un romance que hizo circular, y donde la acusa de que el caudal de él no bastó á saciar la codicia de ella, y donde, aludiendo al glorioso Hernán Cortés, de quien procedía el título de la Marquesa, dice á ésta jugando del vocablo:
_De la herencia de Cortés,_ _Que en herencia te cabia,_ _Heredas ser cortesana,_ _Repudias la cortesia._
De otro singular personaje nos informa también muy detenidamente el Sr. García Pérez, prometiéndonos casi la publicación de un curioso manuscrito que de él posee. Es una relación circunstanciada de lo que vió, observó é hizo el autor, durante algunos meses del año de 1605, que estuvo pretendiendo en Valladolid, donde residía entonces la corte. Por lo que se puede presumir de las muestras que he visto de esta obra, hay en ella mucho chiste y gracejo, si bien combinado con el deplorable mal gusto, el enmarañado y pedantesco culteranismo, la impertinente erudición y el abuso de los retruécanos. Aunque el autor, que se llamaba Tomé Pinheiro da Veiga, natural de Coimbra, logró el empleo que pretendía, no parece que salió muy prendado de Valladolid, ni bastante agradecido, para no decir mil horrores de todo. Su relación, no obstante, debe ser animado retrato de la alta sociedad española de entonces. A ser el retrato fiel, dicha alta sociedad quedaría muy malparada. Triste es tener que confesar que la corrupción había de ser grande; pero algo ha de atribuirse también á la mordaz maledicencia de que se hacía gala, y á cierto odio contra Castilla, que siempre ha solido brotar con lastimosa lozanía en las almas de algunos habitantes de las diversas regiones de esta Península. Los españoles, ó para que la voz sea más comprensiva, sin anfibología, los _iberos_, solemos ser muy biliosos y con frecuencia murmuramos de los propios más que de los extraños. El Sr. García Pérez inserta en su libro unas quintillas tremendas de Pinheiro da Veiga, por donde ya se puede comprender el tono y carácter maleantes y desvergonzados de la prosa. Si damos crédito á las quintillas, no había en Valladolid, en 1605, señora que no fuese una perdida, ni galán que no fuese un tunante.
En el _Catálogo_ hay para todos los gustos. Si Pinheiro da Veiga es todo sal y pimienta, ó, si se quiere, hiel y vinagre, otro autor y poeta, llamado Simón García del Brito, es todo almíbar en punto de caramelo. También estuvo éste en la corte de las Españas, pero sin duda fué menos afortunado. No logró empleo ni tuvo buena ventura, y hubo de volverse á su lugar lusitano. Retirado allí, escribió muy lindos versos sentimentales, llenos de _saudades_ de una dama, con quien tuvo en Madrid relaciones amorosas. Estos versos son naturales, sencillos, y se recomiendan por cierta delicada ternura y profundidad verdadera de afecto, poco comunes en los poetas peninsulares de aquella edad.
En suma: el libro del Sr. García Pérez es digno por todos estilos del buen informe que la. Real Academia Española dió sobre él y en cuya virtud el Gobierno le ha hecho imprimir á sus expensas. Es un complemento necesario para la historia de nuestras letras y de nuestro idioma castellano.
LOS JESUITAS DE PUERTAS ADENTRO Ó UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS
No hace muchos días que, con el título que antecede y sin nombre de autor, salió á luz un libro en extremo interesante por el asunto de que trata y de agradabilísima lectura por el ingenio, la gracia, la fecunda vena satírica y el estilo castizo y magistral con que está redactado. Sin que se adviertan mucho el esfuerzo y la afectación, el libro no parece escrito en el lenguaje vulgar y corriente de ahora, sino como un autor clásico de la edad de oro de nuestra literatura hubiera podido escribirle.
Aunque no hubiesen llegado á mi noticia por diversos caminos claros indicios de quién es el autor del libro, creo que de seguro hubiera yo adivinado el nombre del autor; pero como él entró en el palenque y combate con la visera calada, yo no quiero ser ni seré quien le quite la visera y descubra su rostro y su nombre. Diré, sin embargo, que es, en mi sentir, persona apasionada, movida por quejas justas, y que deja notar en cuanto afirma cierto enojo harto motivado, que tal vez le impulsa á ir más allá de lo merecido en la reprobación y en la censura.
Como yo en este punto, remedando al historiador romano, puedo decir de los jesuítas que no los conozco _nec beneficio, nec injuria_, trataré aquí del libro y daré sobre él y sobre la Compañía mi opinión imparcial, movido por el aliciente que tiene para mí la materia, y exponiéndome á no agradar á nadie, ni á los jesuítas, ni al autor incógnito.
Como el primer fundamento de las acusaciones es la supuesta carencia de humildad cristiana que hay en los jesuítas, empezaré por hablar de la humildad y de la manera en que yo la entiendo.
Bueno y santo es ser humilde, no rebajar á nadie para realzarse á si propio, y reconocer nuestra condición miserable y pecadora, sobre todo cuando pensamos en Dios y en sus perfecciones infinitas, y cuando, encendidas ya en amor de Dios nuestras almas, volvemos los ojos hacia las criaturas que son obra de Dios y á quienes por amor de Él amamos, procurando, en vez de rebajarlas, poner en ellas un reflejo, un destello, un trasunto de las mencionadas perfecciones divinas. Así, por virtud de este procedimiento mental, el buen cristiano ensalza y encomia á cuantos seres le rodean y se muestra lleno de candorosa indulgencia para con todos ellos, siendo sólo severo consigo mismo y reconociendo y confesando los propios defectos, pecados y vicios. Esto, á mi ver, es la humildad cristiana. Pero si miramos el caso de otra manera y con más hondo mirar, yo creo que el cristianismo, en vez de hacernos humildes y abyectos, según no pocos impíos le acusan, eleva los espíritus y los corazones y los enorgullece, magnifica y endiosa. ¿Qué razón ni motivo tiene el buen cristiano para humillarse después de exclamar con San Agustín: _gran cosa es el hombre, hecho á imagen y semejanza de Dios_? Y no sólo su alma sino su cuerpo tiene mucho de digno y no poco de sagrado cuando se considera como templo del espíritu, cuando se piensa que el mismo Verbo divino, no sólo se unió á un alma humana, por inefable y sublime misterio, sino también á un cuerpo de hombre de la condición y forma de nuestro cuerpo, deificando así hasta cierto punto nuestra doble naturaleza, y dándole para término de sus aspiraciones y para blanco de sus esperanzas la misma perfección de Dios. Es extraño, aunque se comprende y se admira, que sea, con pequeñísima diferencia, el fin que propuso el demonio del orgullo á nuestros primeros padres casi idéntico al consejo ó más bien al precepto principal que nos dio Cristo en el Sermón de la Montaña. Si coméis del fruto del árbol prohibido, seréis como dioses, dijo la serpiente. Y Cristo dijo: _Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en el cielo_.
El error, pues, está en el camino que hay que seguir para llegar á la perfección, pero no en aspirar á ella. Y ciertamente quien aspira á ser perfecto como Dios, no se comprende que pueda ser humilde, á no ser en el primer sentido arriba expresado.
Y si descendemos de las alturas teológicas y pensamos en esto de la humildad ó de la soberbia, mundanamente y en la práctica, yo no me explico tampoco cómo el muy humilde, á no ser exterior su humildad, confundiéndose con la buena crianza y con la afable dulzura, acierte á hacer cosa de provecho y á ser útil para algo. Lo primero es tener confianza en el propio valer y contar con que no han de fallecernos las fuerzas y el ánimo. El individuo ó la colectividad que acomete grandes empresas y que tiene elevados propósitos y miras, no puede menos de tener también el inevitable orgullo ó sea la creencia de que es capaz de dar cima á aquellas empresas y de realizar aquellos propósitos, claro está que contando siempre con el auxilio divino, lo cual será muy piadoso, pero, francamente y en realidad, no es humilde. La humildad existirá acaso con relación al Omnipotente, mas para todo lo que hay, y no es Dios, no entiendo yo qué humildad cabe en la firme esperanza de que Dios ha de ayudarnos á fin de que se logre y se cumpla lo que queremos.
Partiendo de las anteriores consideraciones, entiendo yo que el autor de que hablo acusa con poca razón á los jesuítas de no ser humildes, sino orgullosos. Nada más natural, en mi sentir, que creer la mejor del mundo la sociedad ó compañía á que pertenecemos. Todavía, si el acaso, si circunstancias independientes de nuestra voluntad ó si una providencial disposición nos colocase entre ésta ó entre aquella gente, podría parecer soberbia de nuestra parte el considerar como la mejor del mundo á la gente entre la cual estuviésemos colocados. Y con todo, aun así, más suele aplaudirse que vituperarse este modo de sentir y de pensar. Yo no soy español, por ejemplo, porque lo he querido, sino porque el cielo ha dispuesto que lo sea, y, sin embargo, no pocas personas celebran y muchas disculpan el elevado concepto que tengo yo de los españoles. Y si esto es así en una sociedad en donde yo no entro voluntariamente, ¿cómo ha de poder censurarse el altísimo concepto que forme cualquiera de la sociedad ó compañía en cuyas filas se alista por voluntad propia? Nadie ama sino bajo el concepto de bueno; todos buscan y procuran lo mejor; y el hombre honrado que se asocia con otros hombres, no sólo es discupable que crea, sino que debe creer que la tal asociación es la mejor del mundo, y que los fines á que se ordena y endereza son por todo extremo excelentes.
Justo es, pues, y sobre justo inevitable, que todo jesuíta, y más aún mientras mayores sean su candor y su buena fe, esté persuadido de que la Compañía de Jesús es la mejor del mundo, de que no hay virtud ni ciencia que en ella no resida y de que proceden de ella y procederán muchos bienes para el linaje humano.
No creer lo antedicho y hacerse, sin embargo, jesuíta, presupondría falta de discreción ó razones y motivos egoístas y bajos en quien tal hiciese. Alistarse en las filas del jesuitismo sin creer en su superior condición, sólo se explicaría entonces por la gana de tener una posición ó una carrera, de buscarse un modo de vivir, de ingeniarse ó de industriarse en suma. Y aun así, aun en esta bajeza, la predilección precedería á la elección, y todavía, sin elevarse sobre tan bajos motivos, ó carecería de juicio el que se hiciese jesuíta, ó consideraría que el serlo era mejor profesión ó carrera que todas las otras que hubiera podido seguir.
Por consiguiente no hay pecado, ni falta, ni defecto en la voluntad de los jesuítas cuando forman de la Compañía á que pertenecen un concepto sublime. Esto no se opone á que en dicho concepto haya error ó exageración del entendimiento.
Apartando de mi espíritu toda prevención apasionada, no considerando el asunto ni como católico, ni como sectario de ninguna otra doctrina religiosa, aceptando por un momento la más completa indiferencia en punto á religión, hablando y decidiendo en virtud de un criterio librepensador y racionalista, yo, lejos de condenar la Compañía de Jesús, me siento irresistiblemente inclinado á glorificarla y á dar por seguro que honra en extremo á España que entre nosotros naciese su fundador, cuya obra pasmosa me parece que importó muchísimo en la historía del linaje humano, haciendo de Ignacio de Loyola, no sólo el digno rival de Lulero, sino el personaje que se le sobrepone y le eclipsa. Se diría que cuando la Reforma parecía que iba á extenderse como voraz incendio por todo el mundo civilizado, y ya que no á extinguir á empequeñecer la cristiandad católica, Dios suscitó para ésta un campeón poderoso, cuyas huestes combatieron sin descanso la herejía y la vencieron á menudo en Europa, mientras que al mismo tiempo extendían la fe católica por el resto del mundo, ganando para ella más almas en países remotos y en inexploradas regiones que las que en Europa había perdido por culpa de Lutero y de los otros heresiarcas del siglo XVI.
En la Compañía hay que admirar el feliz consorcio del pensamiento y de la acción, de lo práctico y de lo especulativo. Fue un ejército conquistador, sin más armas que la palabra, que se extendió por el mundo con extraña rapidez, avasallándole y dominándole. Si contemplamos en espíritu al fundador glorioso en el momento de su muerte, nos parece á modo de un Alejandro incruento. Sus dominios se han dilatado ya sobre toda la redondez de la tierra. La Compañía tiene casas y colegios, gran poder é influjo en Castilla, en Portugal, en Alemania, en Francia y en las Indias Orientales y Occidentales. Bien puede sin vanidad ni soberbia exclamar el Padre Rivadeneyra que al mismo tiempo que Martín Lutero «quitaba la obediencia á la Iglesia Romana y hacía gente para combatirla con todas sus fuerzas, levantaba Dios á este santo capitán para que allegase soldados por todo el mundo y resistiese con obras y con palabras á la herética doctrina.»
Y no hay sólo en el P. Ignacio el espíritu conservador, sino también el de reforma y el de progreso. «Todos sus pensamientos y cuidados, dice el ya citado biógrafo, tiraban al blanco de conservar en la parte sana ó de restaurar en la caída, por sí y por los suyos, la sinceridad y limpieza de nuestra fe.» Todavía hay otra idea elevadísima, si no desconocida y seguida en otros institutos religiosos, por ninguna observada y seguida con más firmeza y perseverancia que por la Compañía de Jesús: la idea y el propósito de divulgar las ciencias, las letras y toda cultura, haciendo de ellas y del progreso humano preciosos y dignos auxiliares de la religión.
Con notable injusticia se acusa á la Compañía de que aniquila las voluntades y nivela y pone trabas á los entendimientos con los firmes y duros lazos de su obediencia ciega. No puede haber acusación menos razonable. Jamás se ha formado una sociedad con el intento de producir _genios_. El genio es una virtud ó un poder que tiene algo de sobrehumano, y que aparece individualmente en el espíritu de este ó aquel hombre cuando Dios ó la naturaleza así lo decretan. Y este genio, virtud ó poder, ni hay sociedad que le cree ni tampoco hay sociedad que le destruya. Es además harto arbitrario y vago el determinar ó medir la altura que ha de tener un hombre para ser genio y no ser medianía. No seré yo quien clasifique y coloque entre las medianías ó entre los genios á muchísimos Padres de la Compañía de Jesús; pero sí me atrevo á asegurar que, durante los tres siglos XVI, XVII y XVIII, hasta después de su extinción bajo el pontificado de Clemente XIV, figura en ella una brillantísima serie de varones admirables por la acción, como predicadores, viajeros, mártires heróicos y exploradores atrevidos de países incógnitos y bárbaros, y una lucidísima cohorte de hombres eminentes en ciencias y en letras, descollando entre ellos muchísimos españoles, por lo cual, estando España hoy tan decaída, no goza acaso el nombre de ellos de toda la fama y el alto aplauso que merecen.
Para infundir en la mente de mis lectores un elevadísimo concepto y para entonar un himno en alabanza de la Compañía de Jesús, no he de ir yo á buscar frases y datos en libros escritos por jesuítas, ni en disertaciones é historias de católicos fervorosos y hasta fanáticos, sino que tomaré los datos y frases en un autor inglés, criado en el protestantismo y librepensador más tarde: en el famoso historiador y _ensayista_ lord Macaulay. Harto merece ser traducido todo lo que él dice de los jesuítas y de su fundador; pero, á fin de no ser prolijo, me limitaré á traducir algunos trozos. «Ignacio de Loyola en la gran reacción católica tuvo la misma parte que Lutero en el gran movimiento del protestantismo. Pobre, obscuro, sin protector, sin recomendaciones, entró en Roma, donde hoy dos regios templos, ricos en pinturas y en mármoles y jaspes, conmemoran sus grandes servicios á la Iglesia; donde su imagen está esculpida en plata maciza; donde sus huesos, en una urna cubierta de joyas, se ven colocados ante el altar de Dios. Su actividad y su celo vencieron todas las oposiciones, y bajo su mando el orden de los jesuítas empezó á existir y creció rápidamente hasta el colmo de sus gigantescos poderes. Con qué vehemencia, con qué política, con qué exacta disciplina, con qué valor indomable, con qué abnegación, con qué olvido de los más queridos lazos de amistad y parentesco, con qué intensa y firme devoción á un fin único, con qué poco escrupulosa laxitud y versatilidad en la elección de los medios riñeron los jesuítas la batalla de su Iglesia, está escrito en cada página de los anales de Europa, durante muchas generaciones. En el Orden de Jesús se concentró la quinta esencia del espíritu católico: la historia del Orden de Jesús es la historia de la gran reacción del catolicismo. Este Orden se apoderó de todos los medios y fuerzas con que se dirige y manda el espíritu del pueblo: del pulpito, de la prensa, del confesionario y de las academias. Donde predicaba el jesuíta, la iglesia era pequeña para el auditorio. Su nombre en la primera página aseguraba la circulación de un libro. A los pies del jesuíta la juventud de la nobleza y de la clase media era guiada desde la niñez á la edad viril y desde los primeros rudimentos hasta la filosofía. La literatura y la ciencia, que parecían haberse asociado con los infieles y con los herejes, volvieron á ser las aliadas de la ortodoxía. Dominante ya en el Sur de Europa, la grande Orden se extendió pronto, conquistando y para conquistar. A despecho de Océanos y desiertos, de hambre y peste, de espías y leyes penales, de calabozos y torturas y de los más espantosos suplicios, los jesuítas penetraban, bajo cualquier disfraz, en todos los países; como maestros, como médicos y como siervos; arguyendo, instruyendo, consolando, cautivando los corazones de la juventud, animando el valor de los tímidos, presentando el Crucifijo ante los ojos del moribundo. El orbe antiguo no fué bastante extenso para la extraña actividad de los jesuítas. Ellos invadieron todas las regiones que los grandes y recientes descubrimientos marítimos habían abierto al emprendedor genio de Europa. Los jesuítas aparecían en las profundidades de las minas del Perú, en los mercados de esclavos de Africa, en las costas de las islas de las Especias y en los observatorios de la China; y hacían prosélitos y conversiones en países adonde ni la avaricia ni la curiosidad habían tentado aún á sus compatricios para que penetrasen; y predicaban y disputaban en idiomas de los que ningún otro natural de nuestro Occidente entendía palabra.»
Cuando la Reforma se levantó contra la Iglesia católica, el clero secular y regular, aun en la misma Roma, estaba corrompido y viciado y hasta lleno de descreimiento: «sólo el Orden de los jesuítas, añade nuestro historiador, pudo mostrar muchos hombres no inferiores en sinceridad, constancia, valor y austeridad de vida á los apóstoles de la Reforma». A los jesuítas, pues, á su poder persuasivo y al influjo de su palabra, se debió en gran parte la restauración y reverdecimiento en el seno de la Iglesia católica de aquel hondo sentir religioso y de aquella «extraña energía que eleva á los hombres sobre el amor del deleite y el miedo de la pena; que transforma el sacrificio en gloria y que trueca la muerte en principio de más alta y dichosa vida».
Declara asimismo Macaulay que el prodigioso cambio, que el triunfo inesperado del catolicismo sobre el protestantismo se debió en gran parte á los jesuítas y á la profunda política con que Roma supo valerse de ellos. «Cincuenta años después de la separación de Lutero, el catolicismo apenas podía sostenerse en las costas del Mediterráneo: cien años después apenas podía el protestantismo mantenerse en las orillas del Báltico. Grandes talentos y grandes virtudes se desplegaron por ambas partes en esta tremenda lucha. La victoria se declaró al fin en favor de la Iglesia romana. Al expirar el siglo XVI, la vemos triunfante y dominante en Francia, en Bélgica, en Baviera, en Bohemia, en Austria, en Polonia y en Hungría. El protestantismo en los siglos que han venido después no ha podido reconquistar lo que perdió entonces.» Y añade Macaulay: «He insistido detenidamente sobre este punto, porque creo que de las muchas causas á las que debió la Iglesia de Roma su salvación y su triunfo al terminar el siglo XVI, la causa principal fué la profunda política con que dicha iglesia se aprovechó del _fanatismo_ de personas tales como San Ignacio y Santa Teresa.»