A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 21
--Todos--contesté yo--pero nadie le ha encontrado todavía. Esperemos que Dios, con su infinita bondad y misericordia, suscite pronto en Cuba un caudillo, sea quien sea, que logre estar no menos acertado como general en jefe, que Cirujeda como comandante, y todo terminará pronto y bien, sin imitar á Agatocles, y sin imitar tampoco al cura de Gavia. Cuando veamos aparecer este caudillo, no habrá viejo en toda España que no haga el papel de Simeón y que no le remede diciendo: _Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum_: pero ni los viejos podremos hacer el papel de Simeones en la próxima Nochebuena, ni los mozos podrán gozar de la paz deseada. Contentémonos con la esperanza de tener esta paz en la Nochebuena de 1897.
LA MEDIACIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS
Voy á decir mi humilde parecer sobre el importante asunto de que _El Liberal_ trata hoy, y voy á decirle con sinceridad, con llaneza y hasta con cierto candor, que la generalidad de las gentes considerará poco diplomático: pero mi diplomacia pasó ya, y agua pasada no mueve molino.
Cuba, en mi sentir, nada nos ha valido en los cuatrocientos años que hace desde que nos apoderamos de ella. Las riquezas que algunos españoles traen ó pueden traer desde allí á nuestra Península, no aumentan más nuestro caudal que las alhajas y juguetes que hallan en un balcón los niños aumentan el caudal del honrado padre de familia que los puso allí de antemano el día de Reyes para que sus niños los tomen, ó que las liebres y perdices, que caza alguien en un coto, aumentan el caudal del propietario del coto, que para llevar y sustentar allí dichas liebres y dichas perdices, ha gastado mil y mil veces más de lo que ellas valen.
Económicamente, pues, nada nos vale nuestro dominio en Cuba.
¿Es cuestión de honra conservarla? Frase es ésta llena de pompa y de peligro, que sería mejor no emplear.
Claro está que nos convendría y nos agradaría que el Dios Término de España no hubiera retrocedido y no retrocediese nunca. Pero si las leyes providenciales ó fatales, por cuya virtud se ordenan los acontecimientos humanos, hacen que el Dios Término retroceda, no por eso España ha de creer menoscabada su honra. Antes pudiera salir del mal el bien, y acrecentarse la honra de España, si, por ejemplo, las dieciséis ó diecisiete Repúblicas que han nacido de su seno, llegasen á estar florecientes y poderosas.
¿Es cuestión de integridad de nuestro territorio? También sobre esto hay mucho que decir y no poco que distinguir. Harto menguada estaría ya dicha integridad, si la hubieran constituído lo mejor del continente americano, la Sicilia, la Cerdeña, el Portugal con todas sus posesiones, y tantos otros Estados, provincias y países como nos han pertenecido y ya no nos pertenecen.
Infiero yo de aquí que nuestro dominio en Cuba no es cuestión de utilidad, ni de honra, ni de integridad de la Patria.
¿Pero significa esto que sea poco importante la conservación de Cuba? Tan lejos estoy de pensarlo, que creo dicha conservación importantísima. El que la conservemos es para nosotros cuestión de categoría, de elevación, de rango entre las naciones de Europa. Es también cuestión de decoro nobiliario. Cuba, dominada por España, parece como título, custodiado en nuestro poder, de que descubrimos y civilizamos el Nuevo Mundo.
Por esto, todo buen español debe considerar como gran desventura la pérdida para nosotros de aquella hermosa isla. Por esto, con general aplauso y excitación de toda España, han ido á Cuba 200.000 soldados. Por esto la nación se desprende de sus bienes, gasta su dinero, se empeña, y arrostra con resignación valerosa la pobreza, á fin de mantener en Cuba á esos soldados, y por medio de ellos su indiscutible soberanía.
Por desgracia, los que contra ella se rebelan, lejos de dar la cara, huyen y se esconden, prolongando así indefinidamente la guerra, los gastos y los sacrificios, y haciendo morir, mil veces más que en los combates, por las enfermedades, la flor de nuestra juventud generosa.
Yo no discuto aquí si es ó no posible, á menos de un milagro, de una ventura casual ó de una inspiración dichosa, acorralar á los rebeldes, vencerlos y darles pronto el merecido castigo. Tal vez sea esto dificilísimo.
Sabido es lo mucho que dura este linaje de guerras. Catorce años duró la de Viriato. Y sin buscar ejemplo tan ilustre, el rey absoluto de España tuvo que tratar de potencia á potencia con el Tempranillo, con los Botijas y con otros bandoleros, porque no pudo vencerlos con las armas.
Como quiera que sea, la situación en Cuba del general en jefe es harto penosa. El pueblo que permanece allí fiel á la Madre Patria y el Ejército que le obedece, bien pueden proclamarle _mejor que Trajano_, pero no _más feliz que Augusto_. Bien pueden, para realzar su crédito y levantar su autoridad, reunirse en Junta y colmarle de vítores y aplausos; pero tan entusiasta patriotismo recordará involuntariamente el del Senado romano cuando, después de la batalla de Cannas, dió fervorosas gracias al cónsul Varrón porque no había desesperado de la salud de la patria.
Yo no quiero desesperar, ni desespero tampoco. La paz, sin embargo, me parece en extremo deseable, y la acción diplomática conveniente, ya que á pesar del indiscutible valor y del pasmoso sufrimiento de nuestros soldados, no bastan las armas.
¿Cómo _debe_ ser, ó cómo _puede_ ser esta acción diplomática, dado que la haya? Una cosa es el _debe_ y otra el _puede_. Aristóteles pone muy bien en claro la diferencia. Por ella, dice aquel sabio, es la poesía mil veces más filosófica que la historia. La historia expone lo que es y la poesía expone lo que debe ser. Hagamos poesía por un momento. Hablemos de lo que debiera ser y no es, por desgracia.
La nación de los Estados Unidos, tal vez á pesar de su gobierno, que no puede evitarlo, mantiene la insurrección en Cuba. Sin el favor y auxilio que le dá, sin las armas, dinero, hombres y fuerza moral que le suministra, es evidente para todo el mundo que la insurrección estaría ya sofocada; que hubiera sido mil veces menos fuerte; que tal vez no hubiera ocurrido. El proceder, pues, contra nosotros de la nación anglo-americana (aunque disculpemos á su gobierno) es el más odioso abuso de fuerza que imaginarse puede. Una protesta enérgica contra él por parte de España sería sublime delirio. España está lejos de Cuba y la Unión está cerca, y España es cuatro veces menos populosa que la Unión y cien veces menos rica. Algo, no obstante, podría perder la gran República, si entre ella y España sobreviniese un conflicto bélico. La justicia está de nuestro lado, y
_l' antico valore_ _Negl' ispanici cor non é ancor morto._
Vamos ahora á declarar aquí lo que _debiera_ ser, aunque no tengo la menor esperanza de que sea, para evitar el abominable abuso de fuerza de que hablo ó el conflicto que presupongo, si perdida nuestra paciencia, superior á la de Job, nuestro ánimo no desfallece.
La acción diplomática debieran ejercerla las grandes potencias de Europa, y singularmente las que tienen posesiones en América, á fin de que el gobierno anglo-americano emplee medios suficientes para evitar que su pueblo fomente la insurrección en Cuba, faltando á la justicia, á la verdadera civilización y al Derecho de gentes. La insurrección terminaría en seguida si esto se lograse. Pero esto es poesía: es lo que debe ser, pero no lo que será. Las grandes potencias de Europa seguirán dejando á España en completo abandono.
¿Qué recurso nos queda, sin acudir al más arrogante y peligroso de los extremos? Pues el recurso que nos queda es disimular los insultos agravios y aceptar los buenos oficios del gobierno de los Estados Unidos, si dicho gobierno los ofrece.
Rara y muy poco airosa sería para nosotros esta mediación; pero es tan grande nuestro deseo de paz, que hasta cierto punto nos conviene pasar por todo.
Explicaré ahora la limitación que vá contenida en la frase _hasta cierto punto_. Para mí, la limitación no puede ser más clara. Si el gobierno de los Estados Unidos mediase y lograse que depusiesen las armas los insurrectos y se pacificase la isla, esto había de ser sin exigirnos la menor promesa de reformas interiores, de cambios en la gobernación de la isla, de nada que modificase allí las relaciones entre gobernantes y gobernados, y de cuyo cumplimiento quedase implícitamente como garante el gobierno de los Estados Unidos. Esto equivaldría á despojarnos vergonzosamente de la soberanía de la isla ó á conservar en ella una soberanía desmedrada y dependiente de la gran República, á cuya fiscalización constante estaríamos sometidos, y á quien acudiría siempre en queja cualquier cubano díscolo que se creyese lastimado ó que supusiese que no se le cumplía lo prometido. Sin duda, se me dirá: ¿qué provecho, qué ventaja sacará el gobierno de los Estados Unidos, de mediar para que los rebeldes se rindan á discreción y sin que España les prometa nada? A tal pregunta respondería yo:
Si alguien cree ó espera todavía en España, que podemos tener en Cuba un millón y seiscientos mil conciudadanos para que compren productos de la Península á mucho más elevado precio que pueden comprar productos semejantes importados de otros países, menester es, en mi opinión, que renieguen de tal creencia y que desistan de tal esperanza. Y no supone lo dicho la anulación del comercio entre Cuba y España. El del Brasil, por ejemplo, con el reino de Portugal, es ahora mil y mil veces más activo y fructífero para los portugueses que cuando el Brasil era colonia.
Con facilidad se comprenderá ya lo que, sin desdoro nuestro y sin mengua de nuestra soberanía, pudiéramos dar á los Estados Unidos, si, por mediación de su gobierno, Cuba se pacificase. En virtud de un Tratado pudiéramos darles la más amplia libertad de comercio en aquella porción de nuestro territorio. El galardón sería espléndido y Cuba también aumentaría pasmosamente su riqueza, si pudiese comprar más baratos la harina y otros alimentos, é importar en la Gran República sus azúcares, su café y su tabaco, libres ó casi libres de derechos.
En cuanto á las libertades políticas y administrativas, ya las concederá España generosamente, sin que nadie le imponga de antemano la obligación de concederlas.
Sólo de esta suerte aceptaría yo la acción diplomática ó digase la mediación de los Estados Unidos.
ÍNDICE
Prólogo v
Disonancias y armonías de la moral y de la estética 1
Colección de manuscritos y otras antigüedades de Egipto pertenecientes al archiduque Raniero 31
De los autores portugueses que escribieron castellano 57
Los jesuítas de puertas adentro, ó un barrido hacia fuera en la Compañía de Jesús 71
Sobre dos tremendas acusaciones contra España, del anglo-americano Draper 103
Los Estados Unidos contra España 149
Quejas de los rebeldes de Cuba 175
Las alianzas 197
Teatro libre 211
Fines del arte fuera del arte 243
El maestro de Palmira 253
Las rarezas del _Fausto_ 265
La moral en el arte 275
El regionalismo filológico en Galicia 285
La obra póstuma de Juan Montalvo 295
El país de la castañeta 303
Sobre la antología de poetas líricos castellanos, de D. Marcelino Menéndez y Pelayo 313
Mérito y fortuna 323
Fe en la patria 333
La paz deseada 339
La mediación de los Estados Unidos 347