A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 2
La cuestión queda discutida de sobra. No me hubiera detenido tanto si, por una parte, no estimase mucho el ingenio de usted y no sintiese sus extravíos, y si, por otra parte, no viese yo en estos extravíos el resultado de malas teorías estéticas, y de una escuela de moda que es menester combatir.
Sólo añadiré ahora algunas explicaciones sobre la acusación implícita en la dedicatoria autógrafa que pone usted al ejemplar del _Himno á la carne_ que me ha destinado. No sin intención viene este ejemplar para el traductor de _Dafnis y Cloe_. ¿Quiere usted dar á entender que quien ha traducido aquella novela debe aplaudir el _Himno á la carne_?
La consecuencia está mal sacada. Aun suponiendo que _Dafnis y Cloe_ tenga cuantas faltas yo censuro, no se ha de inferir que por haber yo cometido esas faltas no las pueda y deba reconocer como tales. Malo es ser pecador, pero es pésimo jactarse del pecado y procurar que se tome como primor y acierto.
La diferencia, sin embargo, es grandísima. _Dafnis y Cloe_ viven hace catorce ó quince siglos; son paganos, están en cierto campo ideal, pastoril y primitivo. No choca el que se desnuden, como cuando se desnudan un caballero y una dama de ahora, quitándose la levita, pantalones, corsé, etc. En fin; es otra cosa.
El naturalismo de la novela es, además, enteramente contrario al de los sonetos de usted. Hay en el naturalismo de _Dafnis y Cloe_ una condición sobrenatural ó fantástica que cambia su condición. El dios Amor, el dios Pan y las Ninfas, por no interrumpida serie de milagros, conservan inocentes á los dos partorcillos, hacen que se amen, los dotan de hermosura más que humana, que no marchitan las inclemencias del cielo: ni los vientos, ni el sol, ni el calor, ni el frío.
La descripción poetizada de las alternadas estaciones del año, de la rustiqueza selvática y de una imaginaria vida pastoril de color de rosa, y que no se da en el mundo real, prestan á todo el cuadro, y aun á las más vivas escenas, cierto velo ó esfumino aéreo que no las hace tan _shocking_. Y, por último, aunque se funde el amor de Dafnis y Cloe en la material hermosura de ambos, en su contemplación, y hasta en el deseo de lograr su posesión por completo, todavía, á par de este deseo, hay una amistad, un afecto entrañable, una terneza pura en ambos pastorcillos, que evitan el que sea su amor mera lascivia, y que le purifican y realzan.
Recuerde usted que Dafnis aprende al cabo cuál es el verdadero fin de amor, y, á pesar de su pasión, se domina por temor de lastimar á Cloe, y no la hace suya hasta después de la boda.
En suma, y para no cansar, yo no me defiendo de haber traducido el libro de Longo, aunque en Francia le tradujo un obispo. Quiero suponer, ó quiero afirmar y confesar que hice mal. Valgámonos de un símil. Sea como si yo expusiera al público esculturas lascivas; pero de esto á exponerme yo mismo como actor, me parece que dista mucho.
Por último, se ha de notar que la novela de _Dafnis y Cloe_ no quiere ser seriamente sublime, sino que, por cierta malicia candorosa y cierta amañada inocencia, propende á difundir regocijo en quien lee, lo cual podrá ser censurable por el lado de la moral, pero no es antiestético, que es de lo que aquí tratamos.
Si usted, en otro tono más ligero, risueño y jocoso, hubiera escrito catorce sonetos, catorce veces más verdes aún, como yo soy viejo pecador, y nada tengo de misionero, respecto á la moral y á la decencia me hubiera callado; pero en punto á estética, hubiera echado á usted mi absolución, y, si los sonetos alegraban las pajarillas, hubiera concedido á usted indulgencia plenaria y hasta hubiera aplaudido.
II
Mi querido amigo: La cariñosa carta de usted me mueve á escribirle de nuevo, y no poco.
Si usted no hubiese escrito ya en verso y en prosa muchas cosas buenas, y si usted no diese esperanzas fundadísimas de escribir otras mil infinitamente mejores que los catorce sonetos, tendría usted razón en decir que yo le mataba. Pero si usted escribe bien, y si ha de escribir mejor, y si ha de ser, pues no creo que me engañe la simpatía, uno de nuestros más fecundos y amenos ingenios, ¿qué importa que yo hable mal de los catorce sonetos compuestos por usted en algunas horas de extravío?
Yo, aunque sea repetirlo por tercera ó cuarta vez, no voy contra los catorce sonetos, sino contra la mala teoría estética que, nublando el claro entendimiento de usted, se los ha inspirado.
Yo reparo, tal vez por demás, en el pro y en el contra de cuanto digo, y nada afirmo con aquella decisión que se impone. De aquí que me acusen de escéptico. Fácil me sería pasar por dogmático, si prescindiese yo de lo que me dicta la conciencia; pero, como no prescindo, soy ó paso por escéptico, á fuerza de ser concienzudo.
Digo esto, porque al censurar los catorce sonetos de usted, me han asaltado en tropel no pocas dudas y dificultades que deseo exponer aquí, aunque no logre resolverlas y todas se queden en pie.
Necesito, además, escribir esta segunda carta para disculparme de no rasgar la primera; porque, después de la longánima docilidad con que se somete usted á mi censura, tal vez acerba, y me la paga en alabanzas, parece ruindad en mí el que mi censura se haga pública, y el que, siendo yo, por lo común, indulgente y hasta lisonjero con los extraños é indiferentes, me extreme por la severidad con usted, á quien cuento entre mis mejores amigos.
Válgame para explicación de mi conducta que la indulgencia debe recaer sobre el _non plus ultra_ de lo que produce cada uno. No hay que podar el quejigo, porque, á pesar de la poda, siempre dará bellotas ásperas y no dulces almendras. De mal árbol no se espere fruto sazonado y sabroso. Y así, siguiendo esta comparación de los frutos, y convirtiendo imaginariamente cada soneto de usted, pongo por caso, en un melocotón, yo entiendo que usted debe darlos mejores, y que aun los catorce, de que tratamos aquí, serían exquisitos, si el moscardón ó avechucho del _naturalismo_, que vaga por el aire, no hubiera clavado en ellos el aguijón y depositado allí venenosos huevecillos que se convierten en gusanos y podredumbre. Lo que hago, pues, es osear el avechucho para que no inficione otros nuevos frutos.
Dada ya á usted la satisfacción que le debo, voy á decir algo acerca de las dudas y dificultades.
Y es la primera duda la de si seré yo tan crudo censor de los sonetos porque la vejez me infunde aborrecimiento al Amor: pero la duda se disipa pronto, y creo que mi profundo respeto y mi ardiente devoción al Amor son los que me inspiran.
Los catorce sonetos rebajan las obras de esta deidad á mera función fisiológica, y el brío de las descripciones no las eleva, sino que les presta ciertos visos de patología, que, á más de hacerlas bajas, las hace insanas.
Es cierto que lo contrario debe de ser peligroso y seductor; pero consuela y no deprime. Trae Byron, en el _Don Juan_, una jocosa diatriba contra Platón, echándole la culpa de las pecaminosas relaciones de su héroe con doña Julia. Yo mismo, aunque disto mucho de ir tan lejos como Byron en la malicia anti-platónica, me pasmo y veo con más incredulidad que fe los anchos límites que pone, verbi gracia, el conde Baltasar Castiglione al platonismo puro.
El beso en la boca, según él, es todo espiritual: es ayuntamiento de almas, en prueba de lo cual se alegan muy sutiles razones que no me convencen. Ni vale para ello la grave autoridad del mismo Platón, de quien nos cuenta el Conde que, divinamente enamorado y besando á su amiga, sintió una vez que el alma se le vino á los dientes para salirse del cuerpo.
Á tales accidentes confieso que debemos dar explicación menos metafísica; mas no por eso debemos quitar del amor todo lo metafísico, trascendente y divino. El amor nuestro se iguala entonces al de los animales. Los refinamientos, las elegancias, los materiales primores de que le rodeamos, le quitan naturalidad y no le añaden belleza. Y la exageración y violencia del sentir, en vez de magnificarle y corroborarle, le ponen enfermo y le dan un aspecto diabólico, delirante y lúgubre. Se diría que las pasiones y operaciones de nuestro ser se resisten á ser atribuídas y sujetas á leyes físicas sólo, y así, al apartar del efecto toda causa ó influjo divino, se le atribuímos infernal ó endemoniado.
No llega usted á este punto del satanismo, y más vale así. Se queda usted en menos de la mitad del camino, y por usted lo celebro.
En cuanto á los catorce sonetos, serían estéticamente mejores si fuesen satánicos.
Yo comprendo á Baudelaire, y en cierto modo le admiro, aunque me disgusta. En su inspiración depravada, sombría y terrible, hay algo de verdad, aunque exagerada por la farsa tenaz que él mismo se impuso para ser más original, para asustar al linaje humano y para contristar y meter en un puño el corazón de cada burgués honrado y sencillote, en cuyas manos cayesen sus _Flores del mal_. Pero usted no pretende hacer el bu, ni pasar por originalísimo, siendo raro y extravagante. De ello me alegro, aunque los catorce sonetos, por falta de una intención, si perversa, decidida, se queden en el limbo, y no suban al cielo, ni bajen al infierno.
Dice Fóscolo que el Petrarca cubrió con un velo candidísimo al Amor, que andaba desnudo por Grecia y en Roma, y así le volvió al regazo de Venus Urania. Desde entonces, acaso desde antes, no se puede hablar seriamente del Amor, trayéndole á la tierra, prohibiéndole recordar su cielo, y arrancándole la vestidura. Cuando esto se hace, resulta el sacrilegio, que no se motiva ni funda bien, á no seguir el poeta las huellas de Baudelaire, y entregarse al diablo.
Y ahora ocurre otra duda. ¿Cómo es que hay versos eróticos, harto libres y desenvueltos, que el moralista, aunque no sea muy rígido, sin apelación condena, que toda señora ó señorita bien criada no puede oir sin enojarse y ruborizarse, y que, sin embargo, nos gustan mucho á los profanos? Sírvanme de ejemplo no pocas canciones de Béranger. Yo presumo que esto consiste en el tono. El refrán lo dice: _C'est le ton qui fait la chanson_. La alegría, la ligereza, el aire improvisado é irreflexivo lo disculpa todo. Se diría que estos poetas, alegres y desenfadados, dejan tranquilo en su cielo al Amor primordial y unigénito, y, si toman de él varias prendas, es para adornar á los Amorcillos terrestres, hijos de las ninfas, con los cuales no disuenan las libertades y la carencia de misterios.
De esta suerte, y no con tono heróico y pomposo, la Estética no repugna, aunque la Moral frunza las cejas, que el poeta, velando un poco, no parándose en pormenores, y dejando entender mucho por medio de rodeos y dobles sentidos, nos cuente ó nos cante algunas travesuras. Harto sé que la eutropelia del P. Boneta no permite tanto; pero yo confieso que lo permite la mía. Entiéndase, con todo, que para que estéticamente gustemos de versos así los mismos profanos, es menester que un dejo del verdadero amor, de ternura y de otros bellos sentimientos, difunda en el cuadro que el poeta nos trace algunos resplandores de la luz del cielo. Catulo amaba á Lesbia con el alma, _plus quam se atque suos amavit omnes_, y lo recuerda y lo confiesa hasta cuando ya Lesbia le es infiel; y lo mismo acontece á Béranger con Liseta, hasta cuando le dice, al verla con tantas galas, que ya no es Liseta y que no debe llevar aquel nombre. Á pesar de la regocijada liviandad de ambos poetas, no es la carne sólo lo que los enamora.
Infiero yo de cuanto va dicho la necesidad, moral y estética, de que en toda poesía de amores intervengan cielo y tierra y concurran lo espiritual y corpóreo; esto último velado por el pudor, sobre todo cuando se quiere que sean grave el tono y elevado el estilo.
Se cita mucho la definición que del orador da Quintiliano. Dice que ha de ser _vir bonus dicendi peritus_; pero se ignora ó no se recuerda que los griegos exigieron antes para el poeta, como requisito indispensable, la misma calidad de ser varón excelente. Acaso Quintiliano no hizo más que ampliar la exigencia de los griegos y comprender en ella á los oradores. Como quiera que sea, es lo cierto que la poesía, aun para los que seguimos la doctrina del arte por el arte, no es, en el más lato sentido, independiente de la moral. No se pone á su servicio ni la toma como fin, porque su fin está en ella: pero la poesía, siguiendo desembarazada y libre por su camino, si es de buena ley y de alto vuelo, al llegar á su término, tiene que parar en la moral más perfecta y pura que se concibe en la época en que el poeta vive, á no ser que éste, lleno de aliento profético, suba más alto y columbre y revele más bellos ideales. Esto significa la excelencia moral que los griegos requerían en el poeta, aunque careciese de aquella voluntad perpetua y constante que constituye la virtud práctica en todos los actos de la vida, ó aunque no fuese ni héroe ni santo.
Infiero yo de lo expuesto que el amor entre hombre y mujer, cuando no es sólo material, no va contra la moral, sino que ésta le sanciona. La poesía ha hecho de él su principal asunto, así en cantos líricos como en narraciones, desde las edades más remotas hasta nuestros días.
Es más: la poesía erótica es tan bella, entendida y realizada así, que, lejos de condenarla, la religión, por severa y espiritual que sea, ha solido valerse de sus frases vehementes y de sus acentos apasionados, para expresar los éxtasis y arrobos místicos, y los más sublimes misterios, aspiraciones y raptos del alma hacia lo infinito y lo eterno. Testimonio de esto da, en la antigua India, aquella égloga bellísima en que Yayadeva pinta los amores de la gentil pastora Radha y del Dios Crishna, que toma la figura del pastor Govinda para enamorarla: y no menos brillante testimonio da entre nosotros _El Cantar de los cantares_, donde los terrenales amores de Salomón y de la Sulamita vienen á sublimarse y á convertirse en los de Cristo con la Iglesia, y en los del alma con su Hacedor.
Tenemos, pues, la poesía erótica, siempre que se guarde en ella el debido decoro y no se la prive del elemento espiritual, no sólo tolerada, no sólo permitida, sino hasta canonizada. No ya con significación mística como San Juan de la Cruz, sino dirigiéndose á mujeres, que fueron ó que se supone que fueron de carne, varones piadosos, como Fr. Luis de León y Fr. Diego González, han compuesto versos amorosos.
Lo mejor es seguir tan buenos ejemplos. Sólo se oponen á que los sigamos la última moda de París, el afán de singularizarnos y el temor de ser como cualquiera otro, tomando la senda trillada y empleándonos en asuntos que se imaginan agotados ya, y sobre los cuales nada puede decirse si no repetimos lo que otros dijeron.
Crea usted que este temor es vano. No busque usted la originalidad, y ella vendrá á buscarle. Sea usted natural y espontáneo, y pondrá usted en cuanto escriba el sello de su persona, y será sana y limpiamente original, sin darse á todos los diablos y sin caer en las demencias fúnebres que en Francia se usan.
Inagotable fábrica y rico emporio de ideas es París. Necesario y bueno es tomar de allí lo que conviene; pero haya tino y juiciosa elección en lo que se tome.
Cierta poesía no es ya erótica, sino crapulosa y nauseabunda. Entre las causas que concurren á dar ser á esta poesía, además de las ya mencionadas, entra una vanidad pueril de que el poeta no se da cuenta á veces. Figurémonos al poeta en París. Su prurito será acaso que, en el fondo de la provincia de donde ha venido, le tengan por un picaruelo, sibarita alambicado, que logra venturas superfinas, ni soñadas en su lugar. Además, todo francés hace sin querer _la reclame_. En París se confeccionan los mejores guisos y se hacen los más graciosos vestidos y sombreros para mujeres; es menester, por consiguiente, que también se crea y se divulgue que en París se entiende mejor el amor y se le condimenta con aliños más picantes y especierías más ricas y exóticas. Con este señuelo, tal vez, no pocos individuos acaudalados de naciones, que en Francia se tienen entre el vulgo por semi-bárbaras, vendrán á París, ya que no á estudiar en la Sorbona, á aprender pornografía en los colegios de la nueva Babilonia.
No acuso yo á ningún autor francés de que lleve tal intención; pero la lectura de sus libros produce el mismo efecto que si la llevara. Nos fingimos por acá, y por muchas otras tierras, un París encantado, donde, si va uno con dinero, se pasea en los jardines de Armida, desembarca en la isla de los amores de Camoens, y penetra en el propio paraíso de Mahoma.
Si el mal se detuviese en esto, yo me callaría; pero el mal no se detiene. Los poetas crapulosos, como Baudelaire y Rollinat, se hartan y se hastían de sus goces; sienten aspiraciones infinitas, hundidos ya en el fango, y después de haber renegado de Dios; y aquí te quiero escopeta. Cada uno de ellos parece un energúmeno. Sus versos son pesadillas de un ascetismo bastardo y sin esperanza. Obsesos por el demonio del remordimiento y por otros demonios más feos y tiznados, rompen en maldiciones y blasfemias inauditas. Ya nos aseguran que no hay crimen que no sean capaces de perpetrar, ya se encomiendan devotamente á Lucifer, ya aseguran que quieren imitar á Cristo, si bien suponiendo que lo que Cristo prescribe y recomienda con el ejemplo es que nos matemos. La muerte es la única redención posible. Además, ellos entienden que deben matarse en castigo de sus culpas.
_¡Va, que la mort soit ton refuge!_ _à l'exemple du Rédempteur,_ _ose à la fois être le juge,_ _la victime et l'éxécuteur._
La situación es tremenda, y empezando por versos de amor materialista puro, como los catorce sonetos, se viene á caer en ella, más tarde ó más temprano, á no desviarse pronto del mal camino.
Las visiones de Baudelaire y de Rollinat espeluznan y descomponen el estómago; dan horror y asco: es menester ser valientes y robustos para resistirlas sin vomitar ó sin caer desmayado. Los suplicios más feroces que ve Dante en su _Infierno_, las abominaciones y espantos de los más ascéticos libros cristianos, como _Gritos del infierno_, _Estragos de la lujuria_, y otros así, son niñerias y amenidades, si se comparan con lo que Baudelaire refiere cuando él mismo se ve ahorcado, podrido y hediondo, entre una nube de murciélagos y de grajos que le sacan los ojos á mordiscos y picotazos y se le comen por do más pecado habia, y con lo que cuenta Rollinat de aquel gato celoso, que yo sospecho que era un demonio familiar, el cual araña y destroza á su amiga en sitios tan sensibles y ocultos.
Si tamañas desventuras se tomasen por lo serio, sería cosa de deshacerse en un mar de lágrimas, de morirse de pena y de terror entre convulsiones horribles, y de aborrecer toda vida, y más que ninguna la sardanapalesca, á que se entregaron estos vates ilustres, y cuyos funestos resultados estamos tocando.
Por dicha, yo me consuelo y tranquilizo con sospechar que, tanto en el _sardanapaleo_ como en el lloriqueo, tanto en las culpas como en los castigos, hay abundancia de filfa y camelo. Ni se divierte uno tanto como dice, ni suele exclamar de corazón _¡qué tétrica es la vida!_ después de haberse divertido. En ambos extremos hay ponderación jactanciosa: _pose y blague_. Lo peor es el pesimismo. Si se adopta para hacer efecto y darse charol, no tiene perdón de Dios. ¿Por qué en odas, en elegías, en coplas, en dramas, en novelas y aun en gruesos librotes de filosofía, hemos de angustiar á los mortales y quedarnos tan frescos?
Todos, aunque seamos optimistas, tenemos ratos, y días y semanas de mal humor, de tristeza y de abatimiento. Así estaba yo, poco ha, cuando escribía á un amigo diplomático extranjero, á quien quiero mucho, una melancólica carta. Él me contestó, consolándome con discretísimos razonamientos, algunos de los cuales vienen tan á pelo aquí, que voy á citarlos en el propio idioma en que están escritos, abusando quizá de la confianza y rompiendo el sigilo de la correspondencia.
«¿A quoi vous sert votre optimisme? (me dice). Notre maître le Docteur Pangloss restait ferme dans la doctrine après des accidents bien autrement facheux et malgré le cadeau dont l'avait gratifié Paquette et dont vous connaissez la généalogie. ¿L'optimisme ne servirait-il à rien? On serait tenté de le croire en voyant que les pessimistes sont en general de fort bons vivants, qui s'arrangent une existence très agréable et qui sont très peu pressés de sortir de cette création manquée. Leur chagrin est tout en rimes ou en livres de philosophie, qui n'ont pas d'influence sur leur conduite journalière. Schopenhauer n'avait pas l'air de s'ennuyer, si j'en crois ceux qui l'ont connu. Boudha lui même est mort d'indigestion, ce qui peut faire douter de son ascétisme et de son mépris des choses créées. ¿Si nous faisions comme eux et si nous prenions le monde comm'il est, réunissant ainsi les avantages des deux systèmes?»
Estas palabras de mi docto amigo me sugieren una idea luminosa y salutífera. Seamos optimistas y pesimistas alternativamente. Las cosas, aunque no crea uno en el determinismo feroz que nos arrastra al vicio y hasta al crimen, y aunque no vea uno siempre desolación y dolor en torno suyo, no están por eso todo lo bien que sería de desear. Confesémoslo, pero no nos aflijamos demasiado ni menos aflijamos á los demás hombres con nuestros quejidos y aullos. Conviene, pues, para esto, que nuestro pesimismo, en vez de ser trágico, sea chistoso y cómico; como el pesimismo de Voltaire, que en el _Cándido_ hace que nos desternillemos de risa, ó, mejor aún, como el de Cervantes, más gracioso todavía en el _Quijote_, y lleno de dulzura y de cristiana resignación, sin chispa de hiél ni de impiedad ni de odio.
Y si, en el día de hoy, sin salir de España, quiere usted hallar un modelo acabado de este pesimismo para reir, búsquele en los escritos, en prosa y verso, de Miguel de los Santos Álvarez, y singularmente en algunas octavas del poema _María_. El pesimismo se expresa en ellas con tanto chiste y gracejo, que regocija, en vez de desesperar, y hasta se le antoja á quien lee ó recita aquellas blasfemias, no ya que él debe perdonarlas _propter elegantiam sermonis_, sino que hasta la Soberana Potestad, á quien se dirigen, en vez de castigarlas, las celebra y las ríe, como ríe y celebra la madre cariñosa y benigna al niño pequeñuelo y mimado, si la insulta por que no le da, para que no le hagan daño, las chucherías y golosinas que le pide.
En resolución, y para terminar, en las poesías amorosas mezcle usted algo del cielo con la tierra, á fin de no hallar _tétrica la vida_ cuando está en lo más florido de sus años, y en lo demás procure usted no caer en el pesimismo, y si cae en él, témplele y endúlcele con la risa resignada y con la burla sin acíbar de Cervantes y del antiguo amigo de Espronceda. De esta suerte, ya que no los censores graves; los que no lo son ni tienen autoridad para serlo, en lo amoroso perdonarán á usted las verduras, y en lo pesimista las injurias contra la Providencia, cuyos designios y planes, que ignoramos y debemos acatar, tal vez brillan justificados después de tales ataques.
Y con esto termino, augurando á usted rica cosecha de laureles si sigue mi consejo, y reiterándole que soy su afectísimo amigo.
COLECCIÓN DE MANUSCRITOS Y OTRAS ANTIGÜEDADES DE EGIPTO PERTENECIENTES AL ARCHIDUQUE RANIERO
No pocos escritores han dado ya noticia de esta rica y curiosa colección, pero nunca hasta ahora se había expuesto toda ella al público.
A fin de que cualquiera logre enterarse algo de los objetos que la componen, de su mérito y de su rareza, acaba de publicarse, en esta ciudad de Viena, un precioso catálogo ilustrado.
Como los objetos son muchos miles, no es posible que todos estén estudiados y descritos en el catálogo. Este, no obstante, es un tomo en cuarto mayor, de 292 páginas, letra muy metida, con veinte láminas y noventa imágenes y facsímiles intercalados en el texto, y contiene la descripción de más de mil cuatrocientos objetos.