A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 19
Que durante toda la Edad Media la España cristiana fué el pueblo más tolerante de toda la cristiandad:
Que cuando venían cruzados á ayudarnos en la Reconquista, era menester echarlos ó luchar contra ellos, para que no matasen ni robasen á todos los judíos y mahometanos, faltando á los pactos y á la fe jurada:
Que la sabiduría muslímica y rabínica y sus filósofos y doctores, en vez de ser perseguidos por los monarcas cristianos de España, hallaron con frecuencia en sus cortes protección y refugio contra las fanáticas persecuciones, ya de algunos califas de Córdoba, ya de los almoravides y almohades, en la época de las tremendas invasiones africanas:
Y en fin: que esa sabiduría se difundió y se dió á conocer en el resto de Europa por medio de los cristianos españoles, arzobispos, obispos y sacerdotes casi siempre, que tradujeron, comentaron y explicaron los textos arábigos y hebráicos.
Pero salgamos de las honduras en que nos hemos metido, y terminemos este artículo, que va siendo ya sobrado largo, afirmando que el libro del Sr. Taylor es muy agradable de leer, á pesar de los defectillos que hemos notado, y que, si procuramos no ser vidriosos, reconoceremos que cuanto el Sr. Taylor dice contra nosotros, proviene de prejuicios difíciles de arrancar del alma de un extranjero, pero que en el fondo el señor Taylor ó nos encomia ó procura encomiarnos, y en casi todas las páginas de su libro muestra hacia nosotros muy sincera y fervorosa simpatía.
SOBRE LA ANTOLOGIA
DE POETAS LÍRICOS CASTELLANOS
DE DON MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO
Distraída la atención de la gente hacia los tristes acontecimientos políticos que van sucediéndose, poco ó nada interesan los trabajos literarios de nuestros días. De comedias, novelas y otros libros de entretenimiento, suele hablar la crítica en los periódicos. De libros eruditos, si tratan de cosas que pasaron mucho tiempo há, los periódicos no suelen decir nada ni tienen espacio ni vagar para ello. Y, sin embargo, además de que se aquieta y satisface la curiosidad con saber las cosas antiguas, el recordarlas ó el saberlas mejor, cuando nos las explica un varón docto y discreto, nos sugiere multitud de pensamientos y nos excita á proponer, ya que no á resolver, dudas, enigmas y problemas que tienen aplicación inmediata á las cosas de ahora.
Digo esto á propósito del último libro del señor Menéndez y Pelayo (Tomo VI de la _Antología de poetas líricos castellanos_), donde el autor, en más de 400 páginas, nos presenta un cuadro completo de la cultura y de la grandeza de España en tiempo de los Reyes Católicos, á fines del siglo XV y principios del XVI.
Hablando con desenfadada franqueza, yo creo inferiores á lo que hoy se escribe todas las producciones literarias de aquella edad, salvo tres, cuya resonancia y fama en las naciones extranjeras, y cuyo influjo en la cultura general no tiene traza de adquirir ni podemos presumir ni esperar que adquiera ninguna de nuestras producciones contemporáneas. Son estas tres obras que exceptúo _La Celestina_, las _Coplas_ de Jorge Manrique, y _El Amadis_, en su última forma definitiva.
No seré yo de aquellos á quienes condena el Sr. Menéndez, porque desechan sin leerlos y como malos é insufribles todos los versos del _Cancionero general_ de Castillo y los que encierra el de Resende, escritos en castellano; pero no puedo persuadirme de que haya en dichos versos algo que se levante sobre el nivel de lo mediano, y que divierta é interese hoy, si bien debe leerse y estudiarse, ya que sobre costumbres, usos, pasiones, aventuras y casos de aquella época gloriosa, enseña no poco que no enseñan las crónicas ni las historias, y ya que es además muestra y dechado del lenguaje y estilo de Castilla en los momentos de su mayor expansión y florecimiento políticos.
Tal vez logre el Sr. Menéndez, cuando hable de Juan del Encina, á quien califica del mayor poeta en aquel período y de D. Pedro Manuel de Urrea, que sobresale entre los aragoneses, infundirnos, al analizar y criticar sus obras, un concepto más elevado de nuestra inspiración poética de entonces. Yo dudo de que lo consiga, y no acierto á explicarme el poco valer de la poesía de entonces por falta ó culpa del instrumento; porque la lengua no estaba hecha ni el buen gusto formado. Cuando en aquella lengua se escribieron las _Coplas_ de Jorge Manrique, bien pudieron escribirse otras muchas de igual mérito. Y no atribuyo tampoco mi cortísimo entusiasmo por aquella antigua poesía española á que para entenderla y sentirla bien, importa trasladarse en espíritu á la edad en que se compuso. Si es difícil trasladarse en espíritu á principios del siglo XVI sin salir de España, más lo es volar á Grecia ó á Italia no pocos siglos antes, y no por eso dejo de atreverme á decir que comprendo, estimo y admiro á Píndaro, á Horacio, á Virgilio, á Dante y al Petrarca. El no admirar, por consiguiente, á los poetas de los Cancioneros, debe de consistir, y no hallo otra razón por más vueltas que le doy, en que distan mucho de ser admirables.
En cambio, en la vida del más insignificante de ellos, en sus lances de amor y fortuna, hay más poesía, más chiste, más amenidad ó más sublimidad, que en todo el fárrago de sus canciones, glosas y villancicos.
Resulta de esto que (y sigo hablando con franqueza) apenas hay criatura humana, á no ser muy sabia, que aguante de seguida seis páginas de lectura de los versos publicados hasta ahora en la _Antología_ del Sr. Menéndez, cuyos prólogos en cambio son encantadores y se leen con mayor interés y deleite que la más ingeniosa y apasionada novela. Por dicha, los prólogos son extensísimos, y son tan pocos los versos, que casi no parecen sino un pretexto para escribir los prólogos. Los retratos y biografías de Antón de Montoro, de los Manriques, de Alvarez Gato, de Pedro Guillén de Segovia, de Sánchez de Badajoz, de Diego de San Pedro y de otros trovadores, están hechos de mano maestra, y aún es más hermosa y tiene mayores atractivos la brillante pintura que hace el Sr. Menéndez de la renovación social, del desenvolvimiento político, de la organización y pujanza, de los bríos que casi de repente se muestran en Aragón y en Castilla unidos, y del salto milagroso, porque, á mi ver es inexplicable, con que una nación, presa de las discordias civiles, rota y desbaratada, y al parecer, pobre y débil, se alza de súbito á ser la envidia y la admiración de los demás pueblos de Europa, amenazándolos con su hegemonía y haciendo que el sueño de una monarquía universal, en no remoto porvenir, no fuese completo delirio.
¿Cuál fué la causa de tamaña transformación y de tan improvisado crecimiento? No puede ser más lastimoso el cuadro que los doctores Villalobos y Francisco Ortiz, que Hernando del Pulgar y que otros escritores de aquella época hacen de la situación de Castilla. Era un caos horrible, de donde la sacaron á ser una gran nación la fuerte mano de la Reina Católica y el genio militar y político de su marido. El remedio que emplearon para curar el mal y trocarle en robustez sana y fecunda no fué menos horrible. En nuestra edad más piadosa y humana, apenas se concibe rigor tan cruel, y aún se pone en duda que fuese indispensable en aquella edad de hierro. Las fortalezas y castillos se derrumbaban y arrasaban por docenas; los malhechores, bandidos y tiranos soberbios, que habían infestado y devastado el país, eran ajusticiados á miles. Para apaciguar el reino--dice el doctor Villalobos--se hacían muchas carnicerías de hombres y se cortaban pies y manos y espaldas y cabezas.
Encarecidísimas son las alabanzas que, ya al rey D. Fernando, ya á la reina doña Isabel, dan los más egregios escritores y pensadores de su tiempo. Machiavelli alaba al Rey Católico, príncipe nuevo que, de rey débil, ha llegado á ser el primer rey de los cristianos, que sujetó y domó á los barones y magnates, que creó una milicia invencible, que arrojó de su reino á los _marranos_, ejemplo raro y admirable; y que asaltó el Africa, hizo la empresa de Italia y venció á Francia, urdiendo siempre cosas grandes para tener suspensos y admirados á sus súbditos, sin darles ocasión ni reposo para que se rebelasen.
El conde Baltasar Castiglione es más galante y dedica á la reina todas sus alabanzas. Según él, ni en su tiempo ni en siglos atrás hubo en el mundo rey ó príncipe que merezca ser comparado con doña Isabel la Católica. Su fama se extendía por todas partes, y los que con ella vivieron y vieron por sus mismos ojos sus maravillas afirman haber esta fama procedido totalmente de la virtud de ella y de sus grandes hechos. En sus días ningún bueno se quejó de ser poco remunerado, ni se jactó ningún malo de no ser demasiadamente castigado; de donde nació tenelle los pueblos un extremo acatamiento, mezcla de amor y miedo. Y prosiguiendo en la misma alabanza, casi con las mismas frases, aunque abreviando, se pone aquí como la alabanza mayor que los mismos grandes, á quienes la reina despojó y domó, le quedaron aficionados en todo extremo y la sirvieron rendidos, de suerte que todos los hombres señalados y famosos que hubo en España fueron como _hechos por ella_, y de ser hechos por ella se envanecían. Así el Gran Capitán, el cual se preciaba de esto más que de todas sus victorias y más que de sus excelentes hazañas, en paz y en guerra, por las cuales quedan por bajo de él en grandeza de ánimo, en saber y en toda virtud, los príncipes, héroes y monarcas de aquellos días.
A pesar del valer innegable y extraordinario de los soberanos consortes, de su energía subida de punto, de las _terríficas y espantables anatomías_ que hicieron y de las sabias leyes que promulgaron, repito que no acierto á explicarme la aparición poderosa y preeminente de España entre las demás naciones, si el germen de su grandeza no hubiera estado latente, pero vivo y pronto á brotar, en las entrañas del pueblo todo. Mucho puede hacer un soberano, un hombre de genio, y, si no de genio de buena intención, al frente de un pueblo y dirigiendo sus destinos; mas para esto es menester que el pueblo se preste, le ayude y tenga conciencia de lo que puede y vale. Claro está que ni por el brío, ni por la virtud militar y política, debe ni remotamente compararse Carlos III con los Reyes Católicos, pero los iguala, y, prescindiendo del adelanto moral que han traído los siglos, les lleva no corta ventaja en buena intención, en dulce amor á los súbditos y en benigna blandura, á pesar de la tiránica expulsión de los jesuítas, y, sin embargo, todo lo que hizo Carlos III tuvo algo de inconsistente y de efímero, volviendo á caer España en su anterior abatimiento, del cual, salvo el glorioso paréntesis de la Guerra de la Independencia, no se ha levantado todavía.
Infiero yo de todo lo dicho y de lo que callo, porque no cabe en un artículo breve, que la historia es tan divertida como poco docente ó dígase que enseña poco. Enseña cómo fueron las cosas, pero no por qué fueron. Después de leer mucha historia y de divertirme leyéndola me inclino yo á decir como los historiadores mahometanos: «Alabado sea el poderoso Alá que da el poderío á quien quiere y á quien quiere se le quita.» Esta es la manera, no sólo más piadosa, sino más cómoda y fácil de explicárselo todo. De otra manera nada se explica. ¿En qué consiste que estuviese España tan alta en tiempo de los Reyes Católicos y que esté tan baja ahora? ¿Valen menos los hombres del día? No lo sé; pero me inclino á creer que no. A nuestros hombres del tiempo de los Reyes Católicos y de sus sucesores inmediatos, lord Macaulay los ensalza hasta el punto de convertirlos en semidioses; Grecia y Roma no tuvieron varones más insignes. En cambio, nuestros hombres del día acaso inspiran desdén y lástima, no sólo á los lores, sino á los yankees. ¿No dependerá esto, más que del mérito diferente de unos y de otros, de los caprichos de la ciega fortuna? ¿Son más tontos ó menos valerosos los españoles del siglo XIX que los de los siglos XV y XVI? ¿Está la inferioridad en la poca fe religiosa del día? Conjeturo que no, al leer todas las irrespetuosas blasfemias de que se valían entonces para elogiar á las damas á quienes servían, ó para adular á los poderosos. Antón de Montoro, por ejemplo, dice á la reina Católica:
Alta reina soberana, Si antes nasciérades vos Que la hija de Santa Ana, En vos el hijo de Dios Recibiera carne humana.
Ni menos consiste nuestra inferioridad de ahora en que seamos menos codiciosos, menos envidiosos y menos viciosos que nuestros padres. Los documentos de los siglos XV y XVI dan testimonio fehaciente de lo contrario. El desenfreno de las costumbres y la falta de pudor habían llegado á su colmo. Díganlo la _C... comedia_, _El pleito del manto_ y las obscenísimas comedias _Serafina y Tebaida_, todo lo cual circulaba libremente, sin que los padres de familia se escandalizasen y sin que la Inquisición hiciese alto en ello.
Dice Tomás Campanella, en su libro _De monarchia hispanica_, que en los siglos bárbaros prevalecieron los pueblos rudos del Norte y tuvieron el imperio; pero que cuando llegaron á valer más la astucia y la maña que la fuerza, inventadas la imprenta y la artillería, _rerum summa rediit ad hispanos_, por ser hombres más listos, ingeniosos y astutos. Aceptando esta explicación, he cavilado yo á veces, para explicarme nuestra decadencia, que tal vez la industria y los esfuerzos del trabajo manual han vuelto á colocar algo á modo de fuerza material aunque refinada sobre el más alto valer de las espirituales energías. Acaso provenga de este para nosotros lisonjero supuesto, que Espada haya decaído tanto. Si así fuese, podríamos añadir una parte y una excelencia más al famoso libro del Padre Peñalosa, titulado _Cinco excelencias del español que destruyen á España_. No quiero, pues, en serio, atribuir á tal causa nuestra pasada excelsitud y nuestro hundimiento presente. Y tampoco quiero atribuirlo á lo que ahora llamaríamos medidas de gobierno, ya que las más celebradas y admiradas en lo antiguo, por los que entonces escribieron, nos repugnan hoy y á menudo nos parecen feroces y vitandas atrocidades. Ni lo atribuyo, por último, á material flaqueza ó falta de recursos, ya que, aun atendido el universal progreso de población, bienestar y productos de toda clase, no es tan pobre ni tan flaca la nación que, sin exhalar casi una queja, envía 150.000 soldados á Cuba y piensa en enviar otros 50.000 dentro de poco.
Vaya usted á ver, pues, en qué consiste nuestra decadencia. Averígüelo Vargas. ¿Por qué pudo celebrar el antiguo poeta y hoy no puede celebrar el moderno
A aquellos capitanes, en la sublime rueda colocados por quien los alemanes, el fiero cuello atados, y los franceses van domesticados?
Hoy no acertamos á atar el fiero cuello á Máximo Gómez ni á domesticar al mulato cimarrón Maceo. ¿En qué estriba la diferencia? Lo ignoro. Pero de la ignorancia misma nace una esperanza consoladora. Hay en todo algo de misterioso que induce á no tener por absurdos los cambios más radicales. Los españoles son los mismos de siempre. Dios lo puede todo. Sus designios son inexcrutables. Y ya que nada de transcendental saquemos en claro del último libro del Sr. Menéndez, sino unas cuantas horas agradabilísimas leyéndole, pongamos nuestra confianza en Dios, y en la justicia, y en el valer de España, y exclamemos para terminar:
_Causa jubet melior superos sperare secundos._
MÉRITO Y FORTUNA
Hace pocos días recibí carta de mi excelente amigo el doctor D. Juan Fastenrath. Entre otras cosas me dice que en Alemania van á celebrar el centenario de D. Manuel Bretón de los Herreros y que el gran duque de Sajonia Weimar hará que en el teatro de su corte se represente una comedia, tal vez _Muérete... y verás_, de aquel fecundo y ameno poeta, el 19 de Diciembre próximo, al cumplirse el siglo de su nacimiento.
Lleno de patriótica satisfacción ví yo esta prueba del alto aprecio con que en algunos países de Europa miran á los ingenios españoles contemporáneos.
Aguó, no obstante, y hasta acibaró mi contento, la injusta severidad con que un autor inglés de mucha fama, que por acaso estaba yo entonces leyendo, juzga y condena á la España del día. En su estudio sobre Santa Teresa dice el Sr. Froude: «Las revoluciones siguen á las revoluciones en la Península Ibérica, hunden al pueblo en la miseria y esterilizan el suelo; pero en estos últimos tiempos, no han producido un solo personaje como aquéllos cuyos nombres forman parte de la historia europea. Sólo han producido aventureros militares y oradores de _elocuencia transcendente_; pero ningún Cid, ningún Gran Capitán, ningún Alba, ningún Cortés, ningún Pizarro. El progresista de nuestra edad necesita subir mucho si ha de elevarse al nivel antiguo.»
La verdad es que acerca de la España actual hay en el mundo muy desfavorables opiniones. Todavía somos estimados y ensalzados por nuestros artistas. Nuestros poetas líricos, tan buenos, en lo que va de siglo, como los de cualquiera otro país, son desconocidos en los países extranjeros. Algunas de nuestras novelas, aunque pocas, han sido traducidas en varias lenguas. Y algo de nuestro teatro moderno ha sido traducido y aplaudido también, sobre todo en Alemania y en Inglaterra. Acaso á _El drama nuevo_, de Tamayo, sea á lo que debemos el mayor triunfo. Ha pasado el Atlántico, y puesto en inglés, ha embelesado al público de los Estados Unidos.
En mi sentir, no obstante, el movimiento presente del ingenio español se estima fuera de España en muchísimo menos de lo que vale. Sin duda consiste esto en que Francia, que para todos los pueblos civilizados hace el papel de divulgadora y que además se interpone entre nosotros y los demás pueblos, dista mucho de sernos favorable. Y no lo es porque en Francia nos quieran mal ni porque falten en Francia personas eruditas que conozcan tan bien ó mejor que nosotros nuestra historia, nuestra lengua y nuestra cultura, sino porque la generalidad de los franceses está tan engreída, y no sin razón, si cabe razón en el engreimiento, que casi no puede concebir que, desde los principios del siglo XVIII hasta ahora, se haya hecho en España más que remedarlos ó permanecer en la barbarie ó corrupción mental en que habíamos ó se supone que habíamos caído.
En este error nos cabe gran parte de culpa. Nosotros mismos nos hemos empeñado en probar que murió el antiguo pensamiento español castizo, y que desde Luzán en adelante Francia nos ha inspirado y nos ha pulido.
Nada más falso si discurrimos sobre ello con tino y reposo. El escepticismo del siglo pasado: su pobre filosofía sin metafísica; sus ideas y sentimientos, nobles aunque maleados por excesiva declamación, sobre filantropía, igualdad, libertad y progreso, todo esto fué el espíritu de una época en la historia de Europa, ó si se quiere, de todo el género humano; pero en Francia resonó con mayor estruendo y hermosura, primero en sus escritores, y en su revolución más tarde. ¿Cómo había de sustraerse España al influjo de lo que aquellos escritores dijeron y de lo que la revolución hizo? Hasta podía considerarlo como el eco de su propio pensar y sentir, escrito primero, y luego actuado. Aun así, yo entiendo que el influjo de Francia fué menor en España que en las demás naciones. Y en lo tocante á las reglas del arte, á la forma, á lo meramente literario, apenas merece tenerse en cuenta. Así como Parini, Alfieri, Monti, Fóscolo y Pindemonte nada deben á la imitación francesa, los poetas de las escuelas de Sevilla y Salamanca, ambos Moratines en lo lírico y épico, Quintana, Gallego y el duque de Frías nada le deben tampoco. Hasta en la poesía dramática, aun cuando queríamos sujetarnos á las reglas venidas de Francia, éramos originales, castizos y, permítaseme la expresión, de pura sangre española. Tan original, tan inspirado y tan propio de su nación y de su época, es D. Ramón de la Cruz como Lope ó como Tirso.
Froude puede decir lo que se le antoje, pero, en literatura al menos, no veo yo por qué los nombres del mencionado sainetero, los de los grandes poetas líricos que hemos citado, y los de bastantes otros más recientes que pudiéramos citar, han de excluirse de la historia de Europa y no han de poder figurar al lado de los nombres de Byron, Moore, Shelley y Burns.
A menudo cavilo y hago examen de conciencia para ver si me ciega ó no el amor propio nacional y siempre resulta de mi examen que dicho amor propio no me ciega. La mayor parte de los españoles, y yo con ellos, pecamos en el día por todo lo contrario. Cada cual propende á figurarse, poniéndose él á un lado como excepción rara y punto menos que única, que por acá, intelectual y moralmente, todo está muy rebajado. La maledicencia, la más acerba censura, y la sátira más cruel se manifiestan en nuestras conversaciones y escritos y son lo que más agrada y se aplaude.
Como yo soy y quiero seguir siendo optimista, contra viento y marea, ni siquiera censuro esta furia de descontento y de censura. Afirman los que han navegado mucho que nunca, en medio de las más espantosas tempestades, perdían la esperanza de salvación mientras oían á la gente de á bordo lanzar votos y reniegos, blasfemias y maldiciones; y que sólo empezaban á perder la esperanza cuando veían á la gente de á bordo, resignada y contrita, rezar y no jurar y decirse ternuras en vez de improperios.
Por este lado, pues, y como prueba de que queremos luchar contra la borrasca y vencerla, estoy por decir que me parece bien y útil que nos denostemos y nos humillemos unos á otros hasta no poder más; pero hoy quiero yo discurrir serenamente, como si no hubiera tempestad, sino calma, sin resignación y sin furia, y ver si puedo fundar en algo un razonable _sursum corda_.
Válganme para ello así lo que he aprendido por la lectura como lo que he visto en los muchos años que he peregrinado y vivido en extraños países. No es mi intento ofender á nadie, pero he de hablar con entera franqueza. La ironía con que elogia Froude la elocuencia transcendente de nuestros oradores es injusta á todas luces. De sobra hay en cualquiera otro país oradores tan huecos, tan palabreros, tan difusos y tan ampulosos como los que en España puedan ser más tildados de tener dichos defectos. Lo que no hay de sobra en parte alguna es la facilidad, el primor, la elegancia y el arrebato poderoso de no pocos de nuestros oradores. Y en cuanto á la capacidad política que da muestra de sí en la acción y no en la palabra, creo que debemos hacer un distingo.