A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 18
Acaso se me cite el imperio austriaco; pero Austria no es nación sino conjunto de naciones. A buen seguro que los alemanes, súbditos del emperador de Austria, dejen de hablar en alemán y dejen de tener esta lengua por nacional y propia de ellos. Claro está que los polacos, aunque ya no hay Polonia, siguen hablando en polaco; los húngaros, en húngaro; los tchecos, en tcheco; los croatas en croata, y los rumanos, en rumano; ¿pero qué tiene que ver esto con lo que en España sucede? En todo caso, podría comprenderse que así como los rumanos, súbditos del emperador de Austria, hablan y escriben la misma lengua del vecino reino independiente de Rumania, así los gallegos, ciudadanos españoles, se dedicasen, por amor y patriotismo _atávicos_, á escribir como lengua nacional y literaria la portuguesa. Pero ni aun así se comprende; porque los rumanos de Austria son un pueblo como anexionado y sometido y unido artificialmente á otros pueblos de muy distinto origen, mientras que los gallegos, como los asturianos, forman el núcleo, y el germen, y la raíz, de donde ha brotado esta gran nación. ¿Cómo reniegan ahora de ella, al menos en apariencia, y propenden, si no á irse literariamente con los portugueses, á separarse por el habla, vehículo y expresión del pensamiento, y á formar rancho aparte, permítaseme lo vulgar en virtud de lo gráfico de la expresión?
No sé si he atinado á explicar en este lígero articulo lo que hubiera requerido larga serie de ellos para quedar bien explicado; pero, como quiera que sea, harto se entiende que yo no desdeño á los poetas y prosistas que hubo, hay y puede haber en dialecto gallego; que celebro el regionalismo filológico dentro de ciertos límites puramente provinciales; pero que deploro la exageración que puede ponernos en una lastimosa pendiente de desmoronamiento nacional ó de cierto separatismo. Ni se me diga que la tal propensión á que se hablen muchos idiomas proviene de un movimiento progresivo. Por lo común sucede lo contrario. Cuando las grandes naciones y cuando las grandes razas decaen ó se hunden, es cuando pierden el idioma común y salen hablando distintos idiomas. La Torre de Babel representa simbólicamente este lastimoso fenómeno.
LA OBRA PÓSTUMA
DE JUAN MONTALVO
¿Quién es este Juan Montalvo?--dirán no pocos de los que vayan á leerme.--Pues bien, les contestaré: Juan Montalvo fué natural de una de las Repúblicas que en la América del Sur nacieron de nuestras colonias. Él mismo se llama semibárbaro, y es de los más cultos é ilustrados escritores que ha habido en nuestros días.
No digo yo que nos esté bien adular á los hispano-americanos, suponiendo que sus poetas y sus prosistas valen más de lo que valen. ¿Pero será mejor mostrarnos con ellos severísimos críticos, empuñar la férula, esgrimir la disciplina ó la palmeta y censurarlos y castigarlos duramente? Hay cierta crítica menuda que hace mucha gracia al público envidioso, que es muy fácil de ejercer, y por cuya virtud, ó mejor diré, por cuyo vicio, puede probarse, al menos en apariencia, que Garcilaso y Fray Luis de León fueron unos plagiarios y además unos ignorantes, que no sabían sintáxis, ni prosodia, ni nada, y que tenían orejas de asno, como el rey Midas. En una palabra; con el método analítico que hoy se emplea, con cuatro chuscadas y con un poquito de mala fe, nada más llano que demostrar que el propio Homero era un mentecato.
Por otra parte, yo no comprendo qué ventaja pueda traer una censura muy feroz de los autores, aunque sean malos. En ningún oficio, menester ó profesión, se ofende menos á Dios y al prójimo y se causan menos daños á la república que escribiendo versos flojos y llenos de ripios ó prosa desmazalada y tonta. Con las producciones del espíritu suele ocurrir lo contrario que con las producciones materiales. La cizaña puede ahogar el trigo y no habrá buena cosecha si el haza no se escarda y no se limpia de mala hierba con el almocafre, mientras que, por el contrario, casi es indispensable que el espíritu humano produzca millares de cosas pequeñas y deformes, para que brote de entre ellas una que sea hermosísima y grande, predestinada por su valer á vida inmortal y gloriosa. Un mal médico mata á sus enfermos, un mal arquitecto tal vez construya edificios que se hunden con estrago espantoso, un mal zapatero nos estropea los pies, un mal sastre nos afea con sus trajes ridículos, un mal cocinero nos envenena ó nos mata de hambre, un mal político causa la miseria y el descrédito de su nación, y un mal general expone sin plan y sin objeto la vida de sus soldados y aun llega á causar el empobrecimiento, el oprobio y la ruina del Estado á quien sirve. Pero un buen señor, si tiene la manía de componer malos versos ó de escribir en prosa cualquier tontería, ¿me quieren ustedes decir qué daño hace á nadie? Con no leer lo que ha escrito, él y nosotros quedamos despachados y en paz. No hay razón para ensalzar á los escritores hispano-americanos sin justo motivo, pero menos hay razón para denigrarlos.
El Juan Montalvo, que me sugiere estas reflexiones, lo dice: los hispano-americanos son para los españoles carne de su carne y huesos de sus huesos. Todo cuanto contra ellos digamos, hasta cierto punto, nos cae encima.
Harto estoy ya de oir decir que el porvenir del mundo es de la raza anglo-sajona, la cual en América da clara muestra de que entiende de todo, de que vale para todo y de que sabe gobernarse, mientras que la raza española, ibérica, latina ó como nos convenga llamarla, ofrece muy triste espectaculo, y da, por todo el Nuevo Mundo, y claro está también que por el antiguo, lastimoso testimonio de su incapacidad y desgobierno. Sube el _yankee_ á la cima de la montaña y el hispano-americano se queda al pie, rezagado y en situación miserable; pero no se cuenta, al decir esto, con no pocos factores, empezando por la fortuna, que no puede negarse que existe, entendiéndose por fortuna, la serie y el enlace de los casos, dispuestos y ordenados por ley providencial ó fatal, que ya se sustraen á la previsión humana, ó ya, aunque no se sustraigan, ni la más firme voluntad de los hombres, ni su más profundo saber, ni su más poderosa inteligencia desvían del camino que siguen, así como no evita el eclipse el astrónomo que le pronostica. Valga además, en defensa de nuestra raza, otra razón que nadie tildará de metafísica ni de alambicada. El _yankee_ ha subido á la altura, porque sin asomo de piedad, y para ir más ligero, ha dejado tras de sí todo lo que le estorbaba, mientras que el hispano-americano sube con dificultad, porque va cargado con el indio, á quien considera como á su hermano y como á su igual, uniendo con él sangre, vida y destino. La empresa, pues, del hispano-americano es mil veces más árdua; ha de tardar mucho más tiempo en llevarse á cabo; pero no es imposible que se logre. Y si algún día se lograse, ¿cómo negar que sería también mil veces más humana, más generosa y más digna de alabanza?
Volvamos á Juan Montalvo y evitemos las digresiones.
Poco sé de la vida de este escritor. Ecuatoriano de nacimiento, murió en París, creo que muy joven aún. Ignoro si era de pura sangre española ó si corría mezclada por sus venas la sangre del español con la del indio. Su saber era variado, hondo y extenso; su ingenio, original y agudísimo; su modo de sentir, universal ó cosmopolita; su espíritu se había alimentado con deleite y había digerido y convertido en substancia propia la flor del pensamiento de los antiguos griegos y latinos y de los modernos ingleses, franceses y españoles. Nadie, con todo, se jactará, fundadamente, de ser más español que él por el espíritu y por su primera manifestación sensible, la palabra.
Tal vez sea, en nuestra época, un colombiano, Rufino Cuervo, quien sabe teórica y gramaticalmente más lengua española. Pero, sin duda, quien la maneja con más castiza abundancia de vocablos, frases y giros, y quien la escribe con más primor y limpieza, como quien borda rico dechado, es, á mi ver, este para nosotros extranjero y acaso semi-indio.
Su adoración, su entusiasmo por la lengua y la literatura de Castilla, corren parejas con el conocimiento que de ellas tiene, cuya extensión no pondero, pero cuya intensidad es incomparable. Nadie con más fervor ni con más tino que Montalvo elogia, en mi sentir, la lengua castellana y las obras maestras que en esta lengua se han escrito.
Montalvo tiene, como todos los americanos, latinos y no latinos, una calidad buena, si bien por su exageración peca á veces de sobrado cándida y aun llega á prestarse á la burla; la manía de imitar á los europeos, superándolos y eclipsándolos. Cuando esta cualidad va acompañada, como en Montalvo, de grandísimo respeto hacia los bien entendidos y mejor sentidos modelos, la cualidad es simpática y llega á producir obras de mérito. Lejos de poner solución de continuidad, conserva unida la civilización europea con la transplantada al Nuevo Mundo; y cuanto en el Nuevo Mundo se cria, sin dejar de ser propio de su suelo, parece como mugrón robusto ó como retoño que se nutre aún de la savia que viene de Europa, aunque en tierra virgen y más fértil reverdezca con mayor lozanía, extienda más sus ramas y haga brotar en ellas más flores y más frutos.
En las obras principales y mejores de Montalvo se advierte la mencionada cualidad. Enamorado del modelo, le imita y anhela superarle, pero respetándole y amándole siempre.
Así, en _Los Siete Tratados_ no habrá quien no note la imitación de Miguel de Montaigne y el amor que á Montalvo inspira; y así en _El espectador_, se advierte que Montalvo, prendado de Addison, propende á imitarle hasta en el nombre ó título de su obra. Pero en Montalvo había tanto ser propio y un sentir y un pensar tan profundamente arraigados en el alma, que todo ello sale con ímpetu y se pone en la imitación de tal suerte, que la imitación es muy distinta de lo imitado, ya que la informa otro espíritu nuevo y muy distinto. De este modo, sin que yo pretenda igualar las producciones al compararlas, fray Luis de León imita á Horacio en _La vida del campo_, y compone una oda que Horacio ni siquiera entendería, si sabiendo bien el español resucitase.
Todo el anterior preámbulo y más aún necesitaría y emplearía yo, si no fuese monstruosidad convertir en preámbulo todo este artículo, que por fuerza ha de ser muy breve, para preparar á mis lectores y para impedir que se asusten, cuando, permítaseme lo vulgar de la frase, llegue el trueno gordo; la revelación del título y del asunto de la obra póstuma de Juan Montalvo: la aclaración de las palabras que me sirven de epígrafe.
Juan Montalvo encabeza su obra postuma con una elocuentísima introducción. Nada mejor pensado, ni mejor escrito, ni más entusiasta á par que juicioso, ni más esmaltado de sentencias metafísicas, estéticas y morales, puede, en mi sentir, escribirse en elogio del príncipe de nuestros ingenios, Miguel de Cervantes Saavedra, á quien coloca Montalvo entre los mayores que ha habido en el mundo, y á cuyo _Quijote_ sólo pone por cima la _Biblia_ y la _Iliada_. Y ahora llega por fin el trueno gordo. El título de la obra póstuma es el siguiente: _Capítulos que se olvidaron á Cervantes. Ensayo de imitación de un libro inimitable_.
Y en efecto, Juan Montalvo escribe y sus herederos ó sus admiradores y paisanos dan á la estampa, en Bezanson, en 1895, aunque el libro no ha llegado hasta ahora á nuestras manos, nada menos que sesenta capítulos añadidos al _Quijote_. Acaso el autor, en vida, no se hubiera atrevido á publicarlos. Acaso no pretendió nunca rivalizar con Cervantes. Acaso el extremo de su amor y de su admiración le hizo incurrir en esta á modo de locura. Nada menos parecido á Cervantes que Juan Montalvo; uno, todo espontaneidad, sencillez y alta inspiración, á menudo casi inconsciente; otro, todo reflexión, artificio y doctrina. El libro de Montalvo, no obstante, es la obra de un hombre de gran talento, del más atildado prosista que en estos últimos tiempos ha escrito en lengua castellana, y de un hombre, por último, de imaginación briosa y rica. Su libro merece ser examinado y juzgado, pero no caben en este articulo ni el examen ni el fallo. Quédense, pues, para otro día, si alguien muestra curiosidad por conocerlos.
EL PAÍS DE LA CASTAÑETA
Hará ya seis meses estuvo en Madrid un anglo-americano, llamado H. C. Chatfield-Taylor. Un amigo mío me le presentó y trajo á mi casa, donde tuve el gusto de conocerle. Me pareció sujeto amable, discreto é ilustrado, y muy entusiasta de nuestro país. Pronto volvió al suyo dicho señor, escribió un libro sobre España, le imprimió en Chicago, exornándole con bor nitas estampas, y tuvo la bondad de enviarme un ejemplar, que recibí hace pocos días. Confieso que el título del libro me desagradó bastante. El libro se titula _El país de la castañeta_ (The Land of the Castanet). Ya en el título hay una ofensa. Es como si un español escribiese un libro sobre los Estados Unidos, y sin acordarse de Washington, de Franklin, de Lincoln, de Grant, de Emerson, de Poe, de Edison, de Chaning, de Whittier y de otros muchos ilustres personajes; de sus nobles y hermosas mujeres, de sus grandes ciudades, de sus monumentos, de su riqueza, de su prosperidad, de las bellezas naturales de su territorio, de la anchura del Hudson y del Misisipí, y del salto del Niágara, recordase sólo la abundancia de cerdos que se crían y se matan en Chicago y titulase su libro _El país del cerdo_.
A menudo el Sr. Taylor nos acusa en su libro de orgullosos. Yo no creo que lo somos ni que lo hemos sido nunca; mas no por eso nuestra humildad ha de llegar hasta el extremo de resignarnos á creer que el objeto que más nos caracteriza y distingue de las otras naciones del mundo es la castañeta.
Hace muchos años, cuando el rey de Sajonia, que había sido partidario de D. Carlos, reconoció por reina á Isabel II, mandó á esta corte á un elegante y rico enviado extraordinario, llamado el barón Fabrice. Trajo este señor consigo á un hábil cocinero, que además era literato, y que al volver á su tierra compuso un libro de sus impresiones de viaje en España, y le tituló _Puchero_. Nadie entre nosotros podía ver la menor ofensa en este título. Para una persona cuyo principal oficio y arte es la cocina, el puchero no puede menos de ser la idea capital y como el centro en cuyos alrededores se agrupan las demás cosas. De la misma suerte, si el Sr. Taylor hubiera sido bailarín, la castañeta hubiera sido también, naturalmente, el núcleo de sus impresiones, la piedra angular de todo el caramillo de ideas que sobre España formase; pero como yo no creo que el señor Taylor sea bailarín de oficio, hallo raro que califique á España de _país de la castañeta_, por más que en España las castañetas ó castañuelas se toquen desde muy antiguo, según lo atestigua Marcial en sus versos en elogio de Teletusa, que las repiqueteaba de lo lindo al gusto de Cádiz; por más que un docto fraile inventase y escribiese una ciencia nueva titulada Crotalogía ó ciencia de las castañuelas, y por más que mi ingenioso y erudito amigo D. Francisco Asenjo Barbieri, que en paz descanse, escribiese también un curioso discurso sobre tan alegre instrumento.
Hecho ya este inevitable reparo, no he de negar que el libro del Sr. Taylor es de muy amena lectura, contiene muchas noticias, y á veces encomia hasta con entusiasmo á no pocas personas y bastantes cosas de España. Da, por ejemplo, justos y atinados elogios á varios de los más notables de nuestros políticos y literatos, como Castelar, Moret, Echegaray, Emilia Pardo Bazán, Cánovas y Sagasta. Del conjunto del libro se infiere que el Sr. Taylor desea sernos favorable; pero á pesar suyo el prisma engañoso del protestante y del _yankee_, al través del cual nos mira, hace que á menudo, ya nos calumnie y nos injurie involuntaria y candorosamente, ya lance sobre nosotros ó contra nosotros profecías, agüeros y juicios, á mi ver, disparatados.
Dice, por ejemplo, que nosotros, en nuestro orgullo, tenemos peor opinión de los _yankees_ que los _yankees_ de nosotros. Lo único que se ha hecho en España es contestar con algunas injurias, que yo encuentro de pésimo gusto, á las de un gusto mil y mil veces más depravado y ruín, que nos han dirigido y que nos dirigen de continuo senadores, diputados, escritores graves, ó que pretenden serlo, y periodistas de la Gran República. Si fuésemos á contestar á los _yankees_ con suma igual de injurias á las que les debemos, nos pareceríamos á dos enjambres de verduleras que se ponen como hoja de perejil, con el Atlántico de por medio. Y las injurias de los escritores de los Estados Unidos contra nosotros no son de ahora, con ocasión de la guerra de Cuba, sino que vienen de muy atrás. Sólo Guillermo Draper ha dicho más ferocidades contra España y ha mostrado más profundo aborrecimiento contra nosotros que el que podrían atesorar todos los españoles juntos, si se decidiesen á denigrar, á escarnecer y á insultar á los anglo americanos.
El mismo Taylor, que pretende, que desea, que aspira de buena fe á hacer nuestra apología, ya desde el segundo renglón de su libro nos califica de indolentes y de crueles. La acusación de fanatismo y de superstición que el Sr. Taylor lanza á menudo contra nosotros casi no nos ofende, y, de puro poco razonable y fundada, nos parece chistosa. Si fuésemos á hacer la estadística de los ajusticiados, quemados y asesinados por motivos religiosos, de fijo que resultaría, á pesar de Torquemada y de todos los inquisidores, doble ó triple número que en nuestra cuenta en la cuenta de la sentimental y piadosísima raza anglo-sajona.
En lo tocante á superstición, declaro que no me explico que nos acuse de ella ningún cristiano de distinta iglesia que la católica. Libre es todo hombre de aceptar y creer por completo lo dogmático de nuestra religión, ó sólo una parte, modificándola algo ó no modificándola; pero desde el momento en que se cree una parte, no hay razón ni motivo para llamar supersticioso al que lo cree todo. Cuando dijo Sancho que no bien él y su amo se remontaron al cielo, se apeó él de Clavileño y se puso á jugar con las _siete cabrillas_, Don Quijote tuvo sobrada razón en decirle que no se allanaría á creer en su jugueteo con las estrellas, si Sancho no creía tampoco en nada de lo que contó que en la cueva de Montesinos le había pasado. Para un impío racionalista, tan absurdos son los retozos de Sancho con las Pléyades, como la conversación y los lances del hidalgo manchego con Montesinos, Durandarte y Belerma. ¿Por qué, para un espíritu religioso, han de ser fanáticos el doctor eximio Suarez, el glorioso Ignacio de Loyola, Melchor Cano y Domingo de Soto, y han de ser unas criaturas muy juiciosas y razonables Wiclef, Knox, Lutero y Calvino? O todos igualmente locos y fanáticos, ó todos igualmente dignos de consideración y respeto.
Otra terrible manía del Sr. Taylor es la que muestra contra las corridas de toros, á las que fué no obstante y se divirtió viéndolas. Lo que es yo, gusto tan poco de dichas corridas, que nunca voy á presenciarlas, como no he ido en los Estados Unidos á divertirme en ver á dos ciudadanos romperse á puñetazos el esternón y las quijadas para deleite de los cultos espectadores; mas no por eso diré que mientras entre los _yankees_ se estilen tales juegos, no será posible que se civilicen y seguirán siendo bárbaros y feroces. El Sr. Taylor declara en cambio que nosotros sólo porque toleramos las corridas de toros, somos _incapaces de civilización_ en su más alto sentido.
Diré, por último, que el Sr. Taylor, que varias veces nos acusa de crueles, es cruelísimo con el pueblo español cuando le compara á un hidalgo empobrecido y casi hambriento, que lleno de vanidad y por seguir alternando con otros hidalgos ricos, es manirroto y despilfarrado, gasta más de lo que tiene y va derecho á la más espantosa ruina. Pues qué, ¿entiende el Sr. Taylor que sea vanidad y despilfarro que procuremos conservar, aun á costa de los mayores sacrificios, una isla que nos pertenece, y donde nadie ó pocos se sublevarían si desde los Estados Unidos no los alentasen y no les enviasen armas y dinero? Cuba es nuestra propiedad legítima, y no es vanidad ni soberbia nuestro empeño en conservarla. Cuba es, además, como la prenda y el testimonio visible y monumental de que este pueblo de la _castañeta_ fué el que descubrió el Nuevo Mundo é implantó en él las artes y la civilización de Europa.
Aunque nosotros no negamos que en comparación de los Estados Unidos somos muy pobres, todavía nos parece duro que á cada paso se nos eche en cara nuestra pobreza y la vanidad ridícula con que se supone que tratamos de disimularla. Las señoras, dice el Sr. Taylor, van á paseo en coche elegantemente vestidas de medio cuerpo arriba, y de medio cuerpo abajo muy andrajosas, cubriendo con una manta aquella miseria. Por lucirse, andar en coche y tener palco en el Real, se tratan muy mal en casa, la cual suele estar inconfortable y mal amueblada. En invierno se mueren de frío, y en todas las estaciones remedan al camaleón, alimentándose casi del aire.
El Sr. Taylor deja entrever con insistencia su recelo de que en España se come poco y mal, de modo que nosotros para agasajar á los extranjeros no los convidamos nunca á comer, limitándonos á hacerles muchas cortesías. Nos cuenta, sin embargo, contradiciéndose, que el Sr. don Emilio Castelar le dió un almuerzo suculentísimo, en el que se sirvieron diecisiete platos, sin contar los postres, que serían, probablemente, cuarenta ó cincuenta, todo ello, para que no se atragantase, remojado con los mejores vinos españoles. Pues qué ¿quería más el Sr. Taylor? También se contradice al hablar de los clubs ó casinos. En algunos pasajes de su libro afirma que no somos un pueblo _clubable_, y califica de mezquinos y pobres nuestros clubs, y lamenta que se sostengan por el juego. Y en contra de lo dicho, afirma en otros pasajes, por ejemplo, que el Casino de Córdoba es grandioso, y ensalza el Ateneo de Madrid, que al fin es un casino donde no se juega, encomiando su rica y selecta biblioteca, su gran salón de sesiones y sus cátedras, donde personas sabias y elocuentes enseñan diversas ciencias y facultades.
Sobre la _high-life_ de Madrid y sobre las damas de la suprema elegancia, el Sr. Taylor está algo satírico; pero en manera alguna singularmente ofensivo, ya que los vicios y faltas que halla en la _smart set_ madrileña le parecen menores que los de la _smart set_ neoyorquina. Como yo en este punto tengo la manga mucho más ancha que el señor Taylor, absuelvo de casi todas sus culpas, sin imponerles la menor penitencia, tanto á las damas elegantes de Madrid, como á las de los Estados Unidos, que me parecieron guapísimas, discretas y divertidas, durante los dos años que pasé en aquella tierra. Mi indulgencia es fenomenal para con las señoras. Apenas hay rareza que yo no les perdone; hasta perdono á algunas de nuestras damas elegantes que, según observa el Sr. Taylor, aunque no sepan hablar inglés, pronuncien con acento inglés el castellano, apretando mucho los dientes, desde que pasaron una semana en Londres. Este acento inglés es ya más distinguido y más _chic_ que la erre nasal ó gangosa que otras damas emplean á fin de parecer educadas en _París de Francia_.
La clase media, sigue el Sr. Taylor, es ignorante, grosera y sucia. Supone enorme distancia, un abismo, entre nuestra nobleza y el pueblo. No sé cómo ha podido notar esto en el país más democrático del mundo, que es España. El señor Taylor acusa á cada paso de ignorantes á los españoles. No se comprende cómo el poco tiempo que ha estado aquí le ha bastado para examinarnos de todas las asignaturas y darnos calabazas. Los mahometanos y los judíos, esos sí que eran sabios; pero hicimos la barbaridad de expulsarlos.
No cabe en este breve escrito contestar á las censuras del Sr. Taylor. Nos limitaremos á contraponerle las siguientes afirmaciones: