A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos

Part 17

Chapter 173,991 wordsPublic domain

El diablo no le valió sino para hacer sandeces; ni siquiera se le ocurrió á Fausto que aquella bruja joven, con quien bailó en el aquelarre y la hermosura de cuyos pechos celebra en una copla muy galante, hubiera podido servir de nodriza para su hijo, ya que no quisiese él bajar al seno de las Madres para traer desde allí á la misma cabra Amaltea, nodriza de Júpiter.

Pero nada; el imbécil de Fausto no celebró pacto con el demonio, sino para cometer delitos inútiles é incurrir en más simplezas que el propio D. Simplicio Bobadilla y Majaderano.

Prescindo ahora de la segunda parte ó tragedia de Fausto. Todo allí es fantasmagoría: todo está lleno de enigmas filosóficos y de veladas enseñanzas.

Fausto apenas es allí ser humano: es un símbolo, es como el héroe epónimo de la sociedad y de la edad modernas; lo cual no quita que en la primera parte, en lo que se asemeja más á la vida real, Fausto, sea, si no un malvado, un imbécil.

Y sin embargo, ¿en qué consiste que Fausto y Margarita interesen y enamoren tanto á las almas sensibles y hasta á las niñas honradas, que de seguro no harían todas las atrocidades que hizo Margarita de envenenar á su madre y de matar á su hijo?

Por hoy no sé en qué consiste esto. Otro día trataré de averiguarlo.

LA MORAL EN EL ARTE

Mi amigo D. Miguel Moya me pide que escriba sobre el asunto que el epígrafe declara. Yo deseo complacerle; pero lo considero harto difícil. El asunto es tan complicado que, para tratarle bien, sería menester escribir un par de volúmenes y no un artículo breve. Mucho aumentaría la extensión del escrito si me empeñase en decir, además de lo que á mí se me ocurre, lo que se ha ocurrido á los otros desde Platón y Aristóteles hasta Hegel, Gioberti, Pictet y demás autores novísimos. Los escondo, pues, á todos y hasta procuro olvidarlos, y voy á decir aquí, sin atender á nadie, y en cifra y resumen, lo primero que acuda á mi mente, ora sea creación suya, ora sea reminiscencia de lo que he leído.

La Naturaleza, ó dígase cuanto hay de sensible y de inteligible, cuanto se ve, se columbra ó se imagina, cuanto cabe en el pensamiento humano, y este mismo pensamiento, todo atrae nuestra atención, nos solicita para que lo contemplemos, lo fijemos con orden y método en nuestra memoria, y hasta procuremos averiguar sus causas y el término, fin y propósito hacia donde se dirige y encamina. Tal parece ser el primer empleo del hombre. Llamémosle _teoría_. Su fruto ó resultado debe ser la verdad. Su exposición metódica es la _Ciencia_.

Pero el hombre no es un ser meramente pasivo y contemplativo. No está en el mundo sólo para asistir al espectáculo, gozar de él y aplaudirle, sino que, á más de ser espectador, ha de ser actor. No le basta con formar conceptos, sino que necesita realizar acciones. De aquí que además de la _teoría_ haya la _práctica_. Y como nuestras acciones deben enderezarse á no perturbar el orden natural de las cosas, sino á conservarle y á mejorarle, resulta que el fin de la práctica ha de ser el bien, y el conjunto de reglas y leyes para que el bien se logre es la Moral en su más amplio sentido.

Todavía tiene el hombre otro tercer empleo no menos digno y elevado. Ora consideremos el Universo, ó sea el conjunto de todas las cosas, como substancia eterna con poder inmanente para desenvolverse y manifestarse en apariencias distintas, ora como creación de una voluntad y de una inteligencia soberanas, el hombre, por un estímulo irresistible que hay en él, y por los bríos y por la virtud que producen ese estímulo, se siente movido á mejorar y adaptar las cosas ya existentes, sacando de ellas algo nuevo, ya para su propia utilidad, ya para su propio deleite. De aquí proviene lo que en su más amplio significado debemos llamar _Poesía_.

Claro está que en este significado amplio, poesía es toda operación por la cual el hombre añade algo á lo natural para hacerlo más útil, más agradable ó más hermoso. Si la mente humana, si el espíritu no se incluyese como parte de la Naturaleza, bien podría decirse que toda obra del espíritu, transformando ó modificando las cosas naturales, era obra sobrenatural, ya que sobre la Naturaleza venía á ponerse.

En la anterior concepción vastísima de la _poesía_, que á fin de que no choque demasiado á los que les coja muy de nuevas, declararé aquí que es de Aristóteles, entran todas las artes humanas, desde la del zapatero y la del cocinero, hasta las del escultor, el músico, el pintor y el vate más inspirado.

Tenemos, pues, _teoría_, _práctica_ y _poesía_; y como derivación de las tres facultades, _ciencia_, _moral_ y _arte_. En estas tres esferas de actividad hay compenetración, cuando no nos elevamos á grande altura. Entonces casi se puede decir que lo útil es el fin y el punto de mira de las tres facultades que se prestan mutuo auxilio. La ciencia, por ejemplo, es útil y presta auxilio á todas las artes, y ya el conocimiento de los astros puede servir para la navegación ó la agricultura, ya el conocimiento de las propiedades químicas de los cuerpos, para preparar medicamentos, para guisar ó para curtir pieles. La moral, dentro de su más rastrero concepto, no traspasa tampoco los límites de lo útil, no aspira sino á lo conveniente; rara vez va más allá de aquello que la prudencia mundana requiere, según puede notarse en las antiguas fábulas y en los refranes. Y el arte, por último, se encierra también en lo útil ó en lo materialmente deleitable; empleándose en vestirnos, en calzarnos, en darnos habitaciones cómodas, y, en suma, en nuestro material bienestar y regalo.

Por el contrario, no bien la ciencia, la moral y el arte alcanzan cierta elevación, dejan de prestarse auxilio, se hacen independientes, ponen y buscan su fin en ellos mismos, y adquieren, digámoslo así, una inutilidad sublime. Dejan de ser serviles y son liberales. La ciencia entonces busca, y tal vez halla, la verdad, meditando desinteresadamente y tratando de descubrir los más hondos arcanos, sin el menor propósito de que el descubrimiento valga luego para nada que no sea la satisfacción misma que de poseer la verdad se origina. De igual suerte la moral elevada, si no prescinde, echa á un lado y pone como en segundo término todas las ventajas que pueda ocasionar ó causar el ejercerla, y tiene por único, ó al menos por principal objeto, la satisfacción semidivina de obrar el bien con la más completa independencia de toda mira interesada, así en esta vida como en la otra, así para el individuo como para la colectividad de cuantos son los seres humanos. Y la poesía, por último, deja ya de atender á lo útil: no teje, ni guisa, ni edifica viviendas; ni trata siquiera de moralizar ni de enseñar verdades, sino que poniendo en ella misma su fin, aunque nada deseche y se valga de todo, tanto de lo creado cuanto de lo increado, tanto de lo real cuanto de lo ideal, como elementos y materia de lo que produce, no tira á producir sino la belleza y no anhela infundir en los ánimos más que el puro y desinteresado sentimiento que nace de verla y de admirarla. Esto es lo que se llama el arte por el arte.

Ha de entenderse, con todo, que los tres separados caminos por donde va el espiritu humano no siguen en divergencia constante y separándose siempre hasta lo infinito, sino que al cabo convergen y vienen á coincidir en un centro ó foco único de perfección absoluta, donde la verdad, el bien y la belleza carecen de distinción substantiva, y son calidades, potencias y atributos de un solo sujeto. Por donde considerada la ciencia en lo sumo de su elevación, es igualmente buena y hermosa, y la moral es la misma verdad y la misma poesía, así como la poesía no puede menos de ser entonces el celestial y purísimo resplandor de la verdad y del bien absolutos. Mirada, pues, la poesía desde su punto más elevado, basta decir que es poesía para afirmar implícitamente que es verdadera y buena, así como toda alta moral y toda ciencia superior y profunda son poéticas en el mayor grado.

Las contradicciones que en lo que afirmamos pueden notarse, provienen de un error de quien las nota y en realidad no existen, estribando sólo el error en algo de incompleto ó de deficiente, que importa tener en cuenta. Supongamos que tal cual sistema filosófico, ora las mónadas y la armonía preestablecida de Leibnitz, ora el idealismo de Schelling, ora el proceso de la idea de Hegel, nos parecen poco conformes á la verdad y hasta desatinos y blasfemias, mas no por eso dejaremos de ver en ellos maravillosa poesía, así porque contienen parte de la verdad en medio de sus extravíos, como porque es tan poética y tan hermosa la verdad, que vierte torrentes de poesía y de hermosura sobre quien por las vías más encumbradas la busca aunque no la halle.

De idéntica manera toda poesía perfecta, hasta donde la perfección cabe en lo humano, es verdadera y moral, contiene verdad y bien, está en plena concordancia con la moral y con la ciencia. Y á mi ver, dicha concordancia aparecerá con tanta mayor claridad y brillantez, cuanto menor sea el propósito del poeta de sostener una tesis, de dar lecciones de moral ó de enseñar científicamente esto ó aquéllo.

Lo que verdaderamente importa para que el poeta sea buen poeta, es que sea sincero y no se empeñe en engañarnos.

Su engaño no prevalecerá ni valdrá de nada para las personas de buen gusto, las cuales no podrán aguantar su obra y la tildarán de falsa y embustera. Y por el contrario, siempre que el poeta es sincero y dice lo que siente, con sencillez y sin afectación, ó no es verdadero y legítimo poeta, ó tiene que ser bueno moralmente, resplandeciendo la bondad moral en su poesía.

Antes de que definiese Quintiliano al orador _varón bueno, perito en decir_, ya habían declarado los autores griegos que no era posible ser buen poeta sin ser varón bueno antes. El héroe y el santo tienen perpetua y constante voluntad de bien. El poeta sólo es menester que la tenga cuando escribe. De aquí que moralmente el poeta es muy inferior al héroe y al santo, aunque por otras prendas de su espíritu valga más que ellos.

Como quiera que sea, el primer precepto de toda arte poética debiera ser esta discreta frase de Maese Pedro: _Muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala._

En mi sentir, tan perverso y tan insufrible es Baudelaire componiendo su letanía diabólica y otras lindezas de las _Flores del Mal_, como no pocos poetas, que andan por ahí presumiendo de religiosos y de moralistas, y que escriben, sin pizca de verdadero sentimiento, odas á Dios, á la virtud y á la vida monástica, ó narraciones y dramas de severa moralidad aparente, cuyos personajes no pueden menos de ser contrahechos, monstruosos, cursis, y como en la vida real no se estilan ni se estilaron nunca. En cambio, en todo poeta sincero, si es verdadero poeta, resplandece la bondad y se manifiesta en la belleza que ha creado. Y cuando se examina y analiza cuidadosamente, se nota que la belleza que admiramos está en la expresión y manifestación de la bondad, y no en los errores y en los extravíos que por otra parte puede poner el poeta en su obra y tener en sí, como los tiene todo ser humano. De aquí que admiremos á Leopardi, no por su ateísmo y desesperación pesimista, sino por su anhelo ferviente de bondad suprema, por su aspiración á lo divino, que él cree irrealizable. De aquí que admiremos en Carducci, hasta en la oda á Satanás, no el extravagante capricho de llamar Satanás al libre espíritu humano, sino el vehemente amor con que canta el poeta las conquistas de ese espíritu y sus triunfos y victorias sobre el mundo visible, para mejorar nuestra condición, ennoblecer nuestro destino y hacer más digna y más feliz la vida humana. Y de aquí, por último, que en Whittier y en Manzoni admiremos la profunda fe cristiana, la caridad viva y la consoladora esperanza con que ensalzan al ser divino, y su santa religión, que es el Lábaro, en pos del cual piensan que han de elevarse á las más radiantes esferas de bienaventuranza para los hombres, cumpliéndose así los inexcrutables designios del Altísimo y su divina voluntad, en la tierra y en el cielo.

No hay, pues, ni puede haber discrepancia, á no ser superficial, entre la moral y la estética, entre el bien y la hermosura. Lo bueno y lo hermoso coinciden al llegar á cierta altura y se confunden en uno. Y como, á mi ver, la sinceridad es requisito indispensable en toda poesía que merezca tal nombre, esta misma poesía da testimonio fehaciente del valer moral del poeta. Pongamos por caso uno de los libros más sinceros y espontáneos que se han escrito: el _Quijote_. El alma hermosísima de Miguel de Cervantes se retrata en este libro como en claro y limpio espejo, probando, contra todos los documentos que pudieran hallarse, producirse é interpretarse en contra, que Miguel de Cervantes era un _varón bueno_.

Para terminar, bajando de las elevaciones metafísicas, viniendo á lo llano y á lo pedestre y juzgando el asunto con el mero sentido común, yo me inclino á creer que es pedantería inocente la afirmación de que el teatro sea escuela de costumbres ó de que se enseñe moral en novelas, comedias, sainetes y otras obras de mero pasatiempo. Sin duda que estas obras deben ser morales. Con el pretexto de divertir, no estaría bien que un novelista ó un dramaturgo recomendase ó disculpase el robo, el asesinato y el adulterio. Pero esto no quiere decir que su obra ha de ser docente, sino que no debe ser perversa ni indecente. Harto bien se nota que los preceptos de moral aplicados al arte nada tienen de exclusivos: no implican la relación entre la moral y la estética. Son los mismos preceptos que se impone toda persona bien educada cuando va de visita, de tertulia ó de paseo. El novelista ó el dramaturgo no enseña más que el paseante ó el tertuliano. La buena educación y el decoro se les presuponen. Sólo hay una diferencia: que el que escribe suele en todos tiempos usar de mayor libertad de lenguaje que el que va de visita. De seguro que, no ahora, cuando en Inglaterra todo parece _shocking_, pero ni en tiempo de Shakespeare se lamentaría en la buena sociedad ninguna señorita como se lamenta Julieta diciendo:

_...I'll to my wedding-bed;_ _¡And death, not Romeo, take my maidenhead!_

Mil veces más crudo aún es el modo brutal con que, en la tragedia de Otelo, Yago da á Brabancio la noticia de que se ha fugado Desdémona:

_--Your daughter and the Moor are now making_ _the beast with two backs._

Y aquí termino y no digo más, porque sería prolijo é interminable decir todo cuanto el asunto sugiere.

EL REGIONALISMO FILOLÓGICO EN GALICIA

Días ha que escribí y publiqué en la _Revista Critica de Historia y Literatura_ un extenso artículo sobre el libro del padre Blanco García, que trata de las literaturas regionales de España y de las literaturas hispano-americanas en el siglo XIX.

En tono muy cortés, pero mostrándose enojado y quejoso, el Sr. M. Murguía, en el número del 15 del corriente de _La Voz de Galicia_, periódico de la Coruña, ha insertado contra mí un apasionado escrito en defensa de las letras gallegas, que supone que yo menosprecio.

Me desagradan las polémicas y las rehuyo siempre que puedo. No voy, pues, á entablar polémica con el Sr. Murguía. Previamente estoy convencido de que ni yo lograré traerle á mi opinión ni él logrará llevarme á la suya. Disputando, sólo conseguiríamos fatigar al público con nuestra disputa. No puedo, sin embargo, resistir al deseo de aprovechar esta ocasión para explicar, si me bastan pocas palabras, lo que pienso sobre lenguas, dialectos, regionalismo, nacionalidades y varios otros puntos que forman el proceso de este negocio. La materia es tan vasta, que apenas podré tocarla sino de paso, ó mejor diré, al vuelo, posándome sólo en las cimas ó picos más salientes.

Contra el precepto de Horacio, empezaré _ab ovo_.

Todos somos unos. Todos somos hijos de Adán y hermanos por consiguiente. Pero ocurrió lo de la Torre de Babel y los hombres se dispersaron. Unos se largaron por un lado, otros se largaron por otro, y se formaron muy diversas tribus, razas ó castas. A España vinieron sucesivamente atlantes, iberos primitivos, proto-escitas, fenicios, celtas, griegos, cartagineses, romanos, godos, alanos, suevos, vándalos, judíos, árabes, sirios, persas, eslavos, berberiscos, normandos y hasta negros de más allá del Sahara. Sobre poco más ó menos, en los demás países ha sucedido lo mismo. Y es seguro que si estas mezclas de gentes, distintas y hasta contrarias, no hubieran llegado nunca á amalgamarse, adoptando las mismas leyes, sometiéndose al mismo gobierno, haciéndose solidarias de los triunfos y de los reveses, de las pérdidas y de las ganancias, y de las glorias y de las vergüenzas comunes, jamás hubiera llegado á haber lo que se llama una nación. Hubiera habido expresiones geográficas: Francia, Italia, Inglaterra y Alemania; pero no hubiera habido nación francesa, ni inglesa, ni alemana, ni italiana.

Ha habido nacionalidad y la hay, porque en un momento dichoso ha llegado á lograrse y á cogerse el fruto de un trabajo y de un cultivo de siglos y entonces la nación se ha constituído. Harto sé yo que todo lo que nace muere. Que si los individuos no son inmortales, tampoco lo son las naciones; y que España, como cualquiera otra colectividad, puede descuartizarse, desmoronarse y persistir sólo como expresión geográfica. Esperemos que esto no ocurra en muchísimos siglos. Yo no soy profeta, y aunque lo fuese, en vez de remedar á Jeremías, remedaría á los profetas alegres, ó sería el primero de ellos, si antes no los hubo.

No he de negar por esto que, si bien dentro de ciertos límites juiciosos me hechizan, me deleitan y hasta me arrancan aplausos las literaturas regionales, sobre todo cuando son cándidas, espontáneas y sencillas, todavía me asustan y me afligen cuando se convierten en tema y vienen á extralimitarse. Entonces me parecen síntomas de decadencia y ruina: entonces me parecen amenaza de disolución nacional, si bien confío siempre en la Providencia y espero que la amenaza no se cumpla, que lo ominoso ó fatídico salga fallido, que la enfermedad pase y que la nación persista sana, salva y una.

Cuando un pueblo tiene ser propio y grande, cuando su historia es gloriosa, cuando ha influido profundamente en los destinos del género humano, así por el pensamiento como por la acción, este pueblo no muere, vive, tiene siete vidas como los gatos: nadie le arranca la vida ni á tres ni á trescientos tirones. Puede perder todas sus conquistas; los continentes y las islas, por donde en los días de su mayor auge y expansión logró dilatarse, pueden dejar de ser suyos; puede hundirse el Estado que le da unidad política; y hasta puede ser invadido y dominado por el extranjero el suelo natal, la cuna misma de ese pueblo; mas no por eso el pueblo muere. Vivirá acaso, durante siglos, vida latente y obscura, pero vuelve al fin á recobrar la vida luminosa y clara. El idioma propio es el talismán donde va escrito el conjuro para lograr esta á modo de resurrección. Grecia resucitó hablando en griego. Si el pueblo griego hubiera tenido seis ó siete idiomas diferentes, jamás hubiera resucitado. Es más; si hubiera tenido seis ó siete idiomas diferentes, no dialectos ó modos, sino idiomas con pretensiones de literarios y nacionales, no hubiera extendido su cultura desde la Bactriana hasta las Galias: por todo el litoral de Asia, Africa y Europa en el Mediterráneo, y por todas sus islas. Y si el dialecto toscano no se hubiese convertido en lengua italiana, venciendo y obscureciendo á los demás dialectos que en Italia se hablaban, y que se hablaban en Estados poderosísimos, ricos y conquistadores, como lo fué, por ejemplo, Venecia, Italia no hubiera realizado jamás el sueño de Maquiavelo y de sus más eminentes patriotas y hombres políticos: no hubiera vuelto á tener la unidad que sólo tuvo bajo el rey bárbaro Teodorico.

Yo quiero suponer que en España, no sólo no hubo unidad de Estado, sino que ni unidad de nación hubo hasta fines del siglo XV. Supongo, además, ó doy por cierto, pues sobre esto no disputo, que antes no hubo verdaderamente españoles, sino portugueses, gallegos, castellanos, aragoneses y catalanes. También es evidente que hasta fines del siglo XV había en España tres lenguas literarias y nacionales. Eran estas tres lenguas la castellana, la catalana y la portuguesa ó gallega, ya que el mismo Sr. Murguía confiesa que el gallego y el portugués fueron lo mismo hasta entonces. Ni _Las Cantigas_ del Rey Sabio, ni cuantos versos hay en los Cancioneros del rey Don Dionis, de Resende, etc., podrían atribuirse por las palabras y las frases mismas á poetas de Portugal ó de Galicia. Por el habla, por lo que dejó escrito, tan gallego es el infante Don Pedro, como es portugués Macías el enamorado. Hay más aún: esa lengua galaico-portuguesa, tal vez no fué escrita sólo por portugueses y gallegos, sino también por trovadores de toda España, que la consideraban como lengua elegante y más propia que el castellano para la poesía lírica y de la corte.

Quiso, no obstante, la suerte ó sea el orden providencial ó fatal que llevan los sucesos históricos, que el idioma de Castilla prevaleciese: que, aun antes de llegar á la unidad de que he hablado, presentase los títulos de su hegemonía y de su imperio, como son el _Poema del Cid_, los versos del arcipreste de Hita, _Las Partidas_, la _Crónica general_ y _El Conde Lucanor_; y que, después de formada la unidad, corroborase su imperio con otros títulos soberanos: con el _Amadis_, con _La Celestina_, con Garcilaso y Herrera, con ambos Luises, con Cervantes, con historiadores como Mariana y con nuestro, fecundísimo y rico Romancero y con nuestro original y maravilloso teatro. Esta lengua no se limitó á presentar dichos títulos, sino que también se difundió por el mundo, llevada en triunfo bajo el amparo del estandarte de Castilla, por el inmenso continente recién descubierto, por las remotas islas del mar del Sur, y aun por las naciones de Europa, que reconocían entonces, ya que no nuestro imperio, nuestra preeminencia.

No pretenderé yo, á pesar de lo expuesto, que debieron morir y no resucitar nunca la lengua catalana y la lengua portuguesa. Portugal persistió y persiste como nación. Su historia, muy parecida á la de España, no es menos grande. Su literatura, proporcionalmente, he de conceder que es original y rica como la nuestra, y que tiene su carácter propio y sello nacional que la distingue.

De la lengua y de la literatura catalanas no se puede decir tanto ni con mucho; pero al cabo, bastante puede alegarse en pró de su resurrección ó renacimiento presente.

Pero vamos... hablando con franqueza, aunque se enojen un poquito el Sr. Murguía y otros literatos gallegos: ¿hay paridad entre el dialecto de Galicia y la lengua nacional que hablan los portugueses y que hablan además en América diez ú once millones de hombres, en una extensión de territorio casi tan grande como Europa? Si hasta el siglo XV los gallegos hablaron y escribieron como los portugueses, lo natural sería, si no quieren hablar y escribir en castellano, que escriban ahora también en portugués. Esto sería volver con fidelidad á la lengua antigua, sin que esta vuelta ó atavismo impidiese que se siguiera cultivando el dialecto, como dialecto. Sin duda en Venecia, en Milán, en Nápoles y en Sicilia, se hablan y se escriben cuatro dialectos distintos, pero con cierta modestia, reconociendo todos cuantos así escriben sin excluir v. gr. al gran poeta lírico Meli y al chistosísimo, fecundo é ingenioso dramaturgo Altavilla, que escriben en un dialecto vulgar, y que no hay más que una lengua nacional y de toda Italia, que es la lengua toscana, que ya debe llamarse italiana, así como la castellana debe llamarse española.

Pues qué, ¿no hay distintos dialectos en Alemania, en Inglaterra y en Francia? A nadie se le antoja por eso convertir en lengua nacional ninguno de estos dialectos.