A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 15
Claro está que el teatro ideal que voy formando es todo lo contrario del teatro libre, y mucho menos es _teatro protesta_. Yo no niego la razón á _Clarín_; protestando contra el mal gusto, se consigue á veces que triunfe el bueno. Moratín le hizo triunfar protestando contra Comella; pero no es esto lo que ordinariamente sucede, y todo protestantismo es muy peligroso. El Estado no puede menos de ser conservador. Así como si tiene una religión es porque la cree verdadera, así debe tener también fe en su buen gusto, pero sin alentar á los que buscan en literatura peligrosas novedades. Queden para eso los teatros libres, si se atreven á tanto y les da por convertirse en _teatro protesta_.
Lo que se llama genio es prenda muy rara, y el afán de hacer creer que le tienen deslumbra y extravía á no pocos incautos y presuntuosos, y los induce á producir disparatadas monstruosidades. Absurdo sería que creásemos el teatro modelo para apadrinarlas. Si cabe comparar lo sagrado con lo profano, sería esto tan ridiculo como si el Estado erigiese un magnifico templo y ensayase en él la religión de Brahma, de Buda, de Zoroastro ó de cualquier profeta flamante, á ver si el pueblo la prefería al catolicismo y se convertía.
Si en la religión hay herejes, en las artes también los hay. Queden en libertad: no los persigamos, pero no los protejamos tampoco.
Recuerdo haber visto en Bruselas una Exposición de pintura y escultura hecha por _artistas libres_, que protestaban furiosos, en nombre del progreso y del arte del porvenir, contra el arte oficial, ordinario y trillado. Aseguro que no soñaba yo con ver ni he visto jamás delirios más estupendos, pintados y esculpidos, ni más abominables creaciones. Y cuenta que, en medio de su extravío, no podía negarse original y distinguido talento á no pocos de aquellos _artistas libres_.
Prescindo de la ilación y procedo á brincos y con aparente incoherencia para que esta carta sea la última, y no escribir una docena.
La Junta directiva había de renovarse cada dos años.
Los vocales tendrían sueldo ó dietas. No comprendo que nadie trabaje de balde, humillando ó haciendo competencia invencible al que necesita vivir de su trabajo. Al que no lo necesitase nadie le impediría gastar su sueldo en obras de misericordia ó regalar al teatro mismo, para adorno de sus galerías y salones de descanso, bustos y pinturas que representasen á nuestros mejores dramaturgos, actores y actrices.
Las funciones del _teatro modelo_ habrían de dividirse por igual en tres clases: una sería de composiciones dramáticas de antiguos autores cuyas obras fuesen ya del dominio público; otra sería de composiciones de autores, vivos ó muertos, de cuyas obras conservasen la propiedad ellos, sus herederos ó sus editores; y otra, por último, de composiciones inéditas. Tendríamos, pues, que sólo el tercio de las representaciones de nuestro teatro sería para los estrenos. Así la Junta directiva podría mostrarse severa y aceptar sólo obras excelentes ó que ella juzgase tales. En los teatros libres se daría la protesta ó la apelación al juicio público, aceptando las obras desechadas, obras, por otra parte, que, al no ser aceptadas por nuestro teatro, no recibirían agravio, ya que nuestro teatro no podría ser bastante para muchos estrenos.
En nuestro teatro no habría de hacerse jamás la en mi sentir absurda distinción del _género chico_ y del género no chico. Lo bueno no es chico nunca. Hay no pocos sainetes que valen más que multitud de dramas y de tragedias en cinco actos. Nada es más difícil, más envidiable y más precioso que hacer reir con burlas y chistes urbanos sin desvergüenza y sin chocarrería.
Por esto quisiera yo que volviésemos á la antigua usanza, y que, á no ser un drama extremadamente largo, concluyese toda función con su correspondiente divertido sainete.
En la indumentaria convendría tener el mayor esmero. No sólo los trajes, las armas, el peinado y demás adornos de las personas, sino también los edificios y los muebles habrían de ajustarse siempre con la posible exactitud á la época y al país en que se desenvolviese la acción dramática. Únicamente podrían quedar exceptuados de esta regla algunos dramas antiguos en que hay algo de fantástico y de ideal en el lugar y en el tiempo. Pase v. gr. que en _El desdén con el desden_ no salgan los actores vestidos con trajes de la Edad Media, de cuando había soberanos independientes en Provenza y en Cataluña, sino que salgan vestidos anacrónicamente con trajes del siglo XVI ó del siglo XVII.
Mi indulgencia, no obstante, no llega hasta el extremo de aprobar lo que he visto en Alemania, donde el lacayo, gracioso y agudo, que aconseja el desdén para vencer el desdén de doña Diana, sale vestido como Fígaro en _El Barbero de Sevilla_, como un majo de Goya. Esto me parece tan extravagante como lo que he oído decir que acontecía hace un siglo entre nosotros, cuando, al ponerse en escena _El maestro de Alejandro_, salía Aristóteles vestido de abate, con casaca, chupa, espadín, zapato de hebilla y capita veneciana.
No pocos de nuestros antiguos dramas son tan anacrónicos que apenas sería posible ponerlos en escena con trajes de la época en que pasa la acción. Si no recuerdo mal, en _La venganza de Tamar_, de Tirso, hay damas tapadas, lacayos, mercaderes, genoveses, calle Mayor y todo lo que había en Madrid en tiempo de Felipe III ó de Felipe IV. ¿Cómo, pues, poner en escena _La venganza de Tamar_ con los trajes que se usaban en vida del Rey Profeta? En cambio, yo juzgo conveniente representar _El mágico prodigioso_ con los trajes, edificios y muebles bizantino-orientales que se usaban en Antioquía en los primeros siglos de la era cristiana, y no, como he visto representar en Madrid este drama, con trajes del siglo XVI ó del siglo XVII.
Aun en la representación de los sainetes y entremeses pondría yo no menor cuidado en la indumentaria. Un entremés de Cervantes se representaría con trajes del tiempo de Cervantes, y un sainete de D. Ramón de la Cruz con los trajes que los majos y las manolas gastaban cuando vivía y los retrataba tan á lo vivo aquel escritor ingenioso.
Otro uso antiguo, desde hace años casi perdido, resucitaría yo en nuestro teatro: el indispensable intermedio de _baile nacional_ entre el drama y el sainete.
El arte de la danza es importantísimo y serio. Los antiguos le estimaban como lazo de unión y como centro de todas las artes del espíritu, que llamaban música en su más lato sentido, y de todos los ejercicios corporales, que llamaban gimnástica. La danza además era ensalzada por su complexidad; porque en ella se combinan el sonido y la forma, el dibujo y la melodía, lo plástico y lo aéreo. El rey David no creía perder su dignidad por ir bailando delante del Arca. Los coribantes descendían bailando de la cumbre del Ida, las ménades con sus tirsos bailaban en el Citerón, y los profetas de Israel, en impetuoso coro, descendían bailando del Carmelo. No bailaban menos devota y desaforadamente los _salios_ de Roma. Danzas sagradas ó hieráticas ha habido en todas las épocas y civilizaciones. Todavía, al son de las castañuelas, bailan los seises en la catedral de Sevilla.
No pretendo yo que canonicemos y santifiquemos la danza, pero es un dolor que nuestra danza nacional vaya perdiendo cada día más su carácter propio y castizo ó bien que se avillane, se corrompa y se haga más grotesca, chula y gitana. Ya se bastardea con lo que toma y remeda de las danzas francesas é italianas, ya se corrompe y se impurifica con esto que no sé por qué llaman flamenco. Yo recuerdo todavía con retrospectiva admiración á cierto bailador llamado Ruiz, y á su gallarda, bella, modosa y noble hija Conchita. ¡Qué majestad, qué decoro, qué distinción y qué gracia cuando ambos bailaban juntos el bolero! No es dable danza más aristocrática. Parecían príncipes ó grandes señores. Y aquello era al mismo tiempo español puro y neto. ¿Por qué pues, no hemos de regenerar nuestra danza, hoy pervertida?
Interminable sería el seguir exponiendo aquí todo lo bueno que podría realizar nuestro teatro. Fúndese, si alguna vez hay dinero, paz y humor para fundarle, y ya entonces daré yo los consejos que dejo en el tintero ahora por no pecar de prolijo.
Sólo diré para concluir que en el teatro, durante la representación, deben amortiguarse las luces y quedar el público en misteriosa penumbra, á fin de que la luz y la atención se fijen en la escena: que una vez el telón descorrido, deben cesar las conversaciones y deben abstenerse las damas y los caballeritos de flirteos ó coqueteos: y que terminada la representación, debe haber mucha luz para que las mujeres muestren su hermosura y sus galas. Por último, los entreactos, sin ser tan largos como ahora suelen ser, no deben ser tan cortos como en Alemania, donde no hay tiempo para ver y hablar á las damas bien vestidas y guapas, ni para discurrir sobre el drama que se está viendo, de todo lo cual resulta, á pesar del primor y lujo del espectáculo, algo de apresurado, y de poco ameno que contradice el título de diversiones públicas con que calificamos las del teatro.
Y aquí pongo punto final, deseoso de no haber acabado también con la paciencia de los lectores.
FINES DEL ARTE
FUERA DEL ARTE
Siempre fuí yo partidario del arte puro; de que no haya en él otro fin ni propósito que la creación de la belleza; dar pasatiempo, solaz y alegría al espíritu y elevarle á esferas superiores por la contemplación de lo ideal y de lo que se acerca á lo perfecto, cuando logra revestirse de forma material ó bien expresarse por medio de signos, como son los tonos y la palabra hablada ó escrita.
De aquí que yo, en obras de amena literatura, y especialmente en dramas y novelas, guste poquísimo de la tesis, y menos aún de lo que llaman Zola y sus parciales _documentos humanos_. A mi ver, tales documentos deben coleccionarse en Tratados de estadística y en Memorias de hospitales, presidios, cárceles y manicomios. Y lo que es las tesis, cualquiera que tenga el antojo de demostrar alguna ó de inculcar y difundir doctrinas morales, sociales, políticas ó religiosas, lo mejor es que desista para ello de ser novelista ó dramaturgo, y componga Tratados científicos, disertaciones, homilías ó peroratas.
No he de negar yo por esto que, en todas las edades del mundo y en todas las naciones cultas, la mayoría de los autores de obras de entretenimiento se han propuesto al escribirlas no sólo entretener, sino también enseñar. La novela y el drama han sido para ellos docentes. Así en la teoría como en la práctica han calificado de lecciones morales todo cuanto han escrito, y al escribir han puesto la mira y se han dirigido á un punto completamente fuera del arte.
Este hecho, sin embargo, sólo probará una cosa: que el afán de enseñar fué lo que movió al autor á escribir; mas no que lo escrito valga por lo que enseña, importe por la verdad que contiene, sino por la gracia, el chiste y la hermosura que crea y luce.
El más claro y luminoso ejemplo de lo que digo nos le ofrece Cervantes en el _Quijote_. Fué su propósito censurar los libros de caballería y hacerlos aborrecibles. Y, á la verdad, si se hubiera limitado á dar en el blanco, si sólo hubiese sido certero y si su ingenio no hubiera volado muy por cima del objeto á que por reflexión quería dirigirse, Cervantes sólo hubiera escrito un libro que ya no leería casi nadie y no el libro inmortal que leerán y releerán siempre todas las personas de buen gusto, ya en lengua castellana, si la saben, ya en cualquiera otra lengua en que se traduzca medianamente.
Persisto, pues, en creer y en afirmar que el propósito de la novela y del drama, y lo más substancial que debe haber en ellos, no es la enseñanza, no es la demostración reflexiva.
El poeta, no obstante (y llamo poeta á quien escribe novelas y dramas, aunque los escriba en prosa), pone ó debe poner en cuanto escribe toda su alma. Y como esta alma no ha de ser vulgar, adocenada ó vacia, sino que ha de estar rica de ideas, de doctrinas y de sentimientos elevados, y han de encerrarse en ella los obscuros enigmas que piden explicación y los temerosos y hondos problemas que se presentan á la humanidad para que los resuelva; todo esto, que está contenido en el alma del autor ó del poeta, aparecerá también y se reflejará en su obra, donde él pone toda su alma.
De las consideraciones que acabo de exponer y que á menudo se ofrecen á mi mente, nace, y yo lo confieso con sinceridad, una contradicción evidentísima: la negación y la afirmación de lo mismo: lo que ahora llaman una antinomia.
Afirmo, primero, que el arte ha de ser sólo por el arte, y afirmo en seguida que el arte, sobre todo cuando es la palabra el medio que emplea para producir la hermosura, contiene en sí y pone, en toda obra suya de algún valer, cuantos problemas y enigmas estimulan la actividad del entendimiento humano, moviéndole á negar ó afirmar y á pronunciarse en uno ó en otro sentido.
Me consuela de mi contradicción y me mueve á creer que no debo ser censurado por escéptico, sino aplaudido por sincero, el notar que la contradicción mencionada no está sólo en mi, sino también en todos los espíritus.
El arte debe ser por el arte. El poeta no debe proponerse la demostración de ninguna tesis: no debe enseñar, sino deleitar. Y, sin embargo, no hay novela ni drama de algún valer donde el poeta no quiera resolver problemas sociales, morales, políticos ó religiosos. Y no hay novela ni drama de algún valer, por lo mismo que es más numeroso y apasionado el público que los oye ó los lee, que no sea vehículo mil veces más eficaz que cualquiera otro libro para propagar doctrinas y para divulgar y difundir novedades, que ya extravían á la gente, ya vuelven á traerla al buen camino.
El poeta se propone á veces demostrar algo: á veces sólo se propone divertir ó entusiasmar: pero, acaso cuando menos conciencia tiene y menos propósito lleva de ser docente, es cuando enseña más, ya que, poniendo el alma en su obra, pone también los enigmas y los problemas que en ella hay y los descifra ó los resuelve á su modo.
A fin de explicar este influjo de las obras literarias, ejercido en ocasiones sin propósito y hasta contra la voluntad del autor, se ha inventado una palabra, para mi gusto nada bonita, pero muy gráfica. La novela y el drama que en alto grado son así, se llaman _tendenciosos_.
¿Cómo negar, por ejemplo, que son _tendenciosas_ las novelas de Pereda, que lo son también las de Pérez Galdós, que es _tendencioso_ el _Juan José_ de Dicenta, y que _Los domadores_ de Selles son _tendenciosos_?
Lo que yo no quiero desentrañar aquí es la tendencia de cada una de estas obras, y mucho menos cuál tendencia es buena y cuál es mala.
La intención puede ser distinta y hasta opuesta á la tendencia. Dramas ó novelas hay (y no malos, sino buenos y escritos por autores de grandísimo talento), que pueden producir y que producen en el público un efecto enteramente contrario al que el autor se propone. El público suele ser caprichoso y suele interpretar las obras literarias, en lo tocante á la tendencia, de una manera imprevista para el autor y aun para los críticos más agudos. Una misma persona, según la edad que tiene y la instrucción que posee, al leer un cuento ó al ver un drama, puede y suele juzgarlo de muy distinta manera. Valgan en prueba de esto los _Viajes de Guliver_ de Jonatán Swift. Los leemos cuando niños y nos divierten como cuento amenísimo, lleno de pasmosas aventuras. Y si los volvemos á leer en la edad madura, notamos en ellos amarga sátira, negra melancolía y desconsolador pesimismo. ¿Qué es lo que fundamentalmente había en el alma y en la intención de Swift? No quiero entrar en tales honduras. Voy sencillamente á dar cuenta aquí de dos dramas, representados ahora con grande aplauso en los teatros de Alemania y fruto del ingenio de dos famosos autores: Gerardo Hauptmann y Adolfo Wilbrandt. No trataré de desentrañar la intención de ninguno de los dos, ni los haré responsables de nada. Compararé sus obras con flores hermosas de las que alguien, acaso, extraiga saludable bálsamo y de las que alguien también acaso extraiga mortífera y dolorosa ponzoña. Lo que no se puede negar, es que ambos dramas están inspirados por ideas y doctrinas muy en moda ahora. No acierto á decidir si el público candoroso, los jóvenes sin malicia y las señoritas inocentes, que asisten á la representación de estos dramas, se dejan ó no influir por las doctrinas perversas que los han inspirado, ó si sólo ven en ellos un brillante juego de la fantasía ó bien una leyenda en acción, llena de piedad y de creencias consoladoras.
A mi ver, el fenómeno es tan curioso, que merece detención y estudio. _Hannele_ es el título del drama de Hauptmann. Cabe interpretarle como una leyenda llena de fe religiosa ó como la expresión del pesimismo más ateo y desesperado. Parte del público entiende lo primero, pero otra parte se inclina á ver en el drama lo segundo. Hannele es una niña enfermiza y nerviosa que apenas tiene quince años. Huérfana de madre, vive en poder de su padrastro, menestral rudo y feroz, borracho casi siempre, que maltrata de palabra y obra á la niña, le da mal de comer y la obliga á trabajar de continuo. Hannele llega al extremo de la desesperación, y en horroroso delirio se arroja á un estanque, buscando la muerte. El maestro de escuela, inteligente, bondadoso, joven y guapo, y que siente por la muchacha muy tierna simpatía, la saca del agua y la lleva casi exánime, tiritando con el frío de la calentura, á cierta casa de vecindad de gente pobre, donde ponen á la ñiña en un mezquino camistrajo y vienen el médico á visitarla y una Hermana de la Caridad á cuidar de ella. Toda la acción del drama es la agonía de la niña moribunda. Las visiones de su cerebro salen fuera de él, toman forma y cuerpo y se presentan al público en la escena, merced á la poderosa imaginación del dramaturgo y á la habilidad del tramoyista, de los pintores y de los sastres.
El tirano padrastro aparece aún, en aquel sueño, para atormentar á Hannele. A la Hermana de la Caridad le brotan alas y se convierte en ángel de la guarda. El ángel negro de la muerte sobreviene luego para poner término á la existencia de aquella desventurada. Entonces todas sus más poéticas aspiraciones, todos sus afectos más puros y hasta sus naturales apetitos, nunca satisfechos, de goces materiales, de bienestar y de reposo, y todas sus esperanzas, se cumplen y se logran de un modo ilusorio, en el delirio que precede á la muerte. La madre de Hannele viene á consolarla, como si fuera una santa; el maestro de escuela, que había inspirado á Hannele un delicadísimo amor de adolescente, se convierte en Jesucristo, como para darle la mano de esposo; matizados y luminosos coros de ángeles cantan melodiosamente muy lindas canciones, ofreciendo á Hannele toda clase de regalos y de cosas exquisitas, suculentos manjares y hasta confites. La misma vanidad de la criatura, que empieza á ser mujer, es profusamente lisonjeada. El Príncipe le envía sus emisarios y servidores, y la calzan con preciosos zapatitos, como á la Cenicienta, y la coronan de flores y la adornan con ricas vestiduras de desposada, y la atavían por tal arte que parece hermosa y gallarda. La colocan luego en un resplandeciente lecho de cristal, que ya parece féretro, ya tálamo. Y por último, se abre una senda ó escala, inundada de luz y cubierta de flores, y el maestro de escuela, convertido en Jesucristo, toma de la mano á Hannele y se la lleva al cielo, caminando en triunfo con ella, bajo arcos de verdura que forman dos hileras de ángeles, cruzando los ramos de palmera que sostienen en sus blancas manos.
Al cabo cesa la música, los resplandores se extinguen; la visión celestial se disipa. Vuelve á aparecer la inmunda casa de los pobres y el angosto lecho en que Hannele está postrada. Entra el médico en escena; mira á la muchacha y dice: ¡Está muerta! Así acaba el drama.
Yo me preguntaba cuando le ví y me pregunto hoy: ¿Es culpa del autor ó es culpa de la perversa interpretación que yo doy á su obra?
Sea lo que sea, la impresión que yo recibí fue muy triste. Yo entendí que el autor pinta la vida como abominable para la mayoría de los seres humanos, sin más esperanza de reposo que la muerte y sin más consuelo ni premio que la incoherente fantasmagoría, suscitada por la fiebre, y donde se barajan, en disparatada confusión, los cuentos y consejas vulgares, lo sobrenatural que sabemos por el catecismo, y los bienes y goces que forja la imaginación, cuando la vanidad, el instinto amoroso y hasta el hambre no satisfecha la estimulan.
A mi ver, en el drama del Sr. Hauptmann no quedan, con mayor realidad objetiva que el cuento de la Cenicienta, todas las esperanzas ultramundanas y todas las más altas verdades religiosas.
Otro día analizaré el otro drama que he citado, que se titula _El maestro de Palmira_, y que aún me parece más extraordinario.
EL MAESTRO DE PALMIRA
Al escribir Tirso y Calderón _El condenado por desconfiado_ y _La devoción de la Cruz_, en todo lo sobrenatural que allí se representa, pusieron la realidad más evidente. Los altos designios de Dios figuran muy por cima de los ensueños que forjan ó pueden forjar los personajes de ambos dramas. Ningún ser sobrehumano aparece y ningún milagro se realiza como ilusión de la mente, entre las sombras de un delirio febril, sino á la luz meridiana, bajo cielo despejado y sin nubes. Así las ninfas y los genios se aparecían á los héroes griegos en las edades divinas. Así los ángeles, _in ipso fervore diei_, visitaban y hablaban á los antiguos patriarcas.
Sin duda, la falta de fe y la corrupción del siglo presente provocan el desdén hacia nosotros de todos los espíritus puros de más limpia y noble naturaleza; sin duda que ahora, como al declinar el paganismo decía el poeta gentil, puede decir también el poeta cristiano:
_Quare nec tales dignantur visere coetûs._ _Nec se contingi patiuntur lumine claro._
Catulo, en su tiempo, en la vida real, hallaba á los hombres indignos del milagro; mas no por eso desterraba el milagro de la poesía: toda la narración que termina con los dos versos que cito, es una larga serie de milagros. En Hannele el Sr. Hauptmann, más cruel que Catulo, no se contenta con desterrar el milagro de la vida real, sino que le destierra también de la poesía, ó le trueca en pesadilla de agonizante.
Si gran parte del público candoroso no cae en la cuenta de tamaña crueldad, y si el poeta mismo no tuvo la intención de ser tan cruel, son puntos que importa poco dilucidar, teniendo como tenemos el convencimiento de que la crueldad está en la obra. Y la crueldad pone grima. En mi sentir, valdría más perder por completo toda esperanza que fundarla en las visiones que acompañan á la enfermedad y que preceden á la muerte.
Y aún es más extraño y más deplorable que, al negar en el día lo maravilloso que consuela y que eleva los corazones, no suele buscarse lo llano y lo sencillo, sino otro maravilloso, que quiere limitarse á ser natural, y que es desconsolador y mil veces más enmarañado que todas las teologías y que todas las mitologías. Negar la realidad objetiva de muchas cosas y convertirlas en productos de nuestro cerebro y de nuestros nervios sobreexcitados no deja de ser inexplicable maravilla. Es convertir nuestro cerebro en organillo que toca diversas sonatas, según el registro que se toca, y en linterna mágica, con movimiento y todo, como la que se ha inventado recientemente, con auxilio de la fotografía, que proyecta escenas, personajes y lances, con la diferencia de que los de la linterna fueron y ya no son, y los de nuestro cerebro acaso no fueron, ni son, ni serán nunca.