A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos

Part 14

Chapter 143,947 wordsPublic domain

El sabio echa después sus cuentas, se mete en muy ingeniosas honduras, y averigua, determina y declara la época en que la humanidad empezará á nacer. Será, sobre poco más ó menos, dentro de catorce mil y seiscientos años. Me parece que en período tan amplio bien puedo yo estirar y extender con holgura mis esperanzas hasta su completísimo logro en la anarquía de que he hablado. Suponiendo ahora que con el andar de los siglos subimos á tan gloriosa cumbre y alcanzamos tamaña ventura, todavia no me explico que, suprimidos los gobiernos según son y se conciben hoy, no haya y persistan órganos directores de esa humanidad colectiva que nace y de cada una de las diferentes naciones, que han de permanecer separadas y distintas, á fin de que la monotonía y la uniformidad no aburran á los hombres y no los impulse á ahorcarse.

Imaginémonos llegados á la perfección en cuanto cabe en lo humano. No necesitaremos gobierno que ampare y reprima porque la paz y la seguridad serán completas, ni que nos haga ferrocarriles, carreteras y otros medios de comunicación más ingeniosos que en lo venidero se inventen, porque nosotros lo haremos, ni que procure nuestro bienestar material, porque le procuraremos nosotros, ni que nos enseñe en sus escuelas públicas, porque cada uno de nosotros enseñará y aprenderá lo que se le antoje.

Y sin embargo, hasta dentro de esta soñada perfección, sería ineludible el órgano de que hemos hablado: un gobierno por otro estilo, pero al fin un gobierno. Compongámosle, pues, de un Gran Metafísico, como en la Ciudad del Sol de Campanella, el cual convendría que fuese un rey hereditario, separado secularmente del vulgo, para que tuviese majestad y careciese de una larga parentela ordinaria ó cursi, y asesorado este rey ó gran metafísico de un consejo ó asamblea de varones doctos elegidos por el pueblo.

El ministerio ú oficio de este supremo directorio había de ser ordenar las manifestaciones del espíritu colectivo, sin el cual la nación se desmenuzaría y no sería nación, sino conjunto material, inarmónico y deforme de individuos que en lo tocante á la comunión de los espíritus quedarían aislados, y no con vida sino con muerte colectiva.

Infiérese de todo que, hasta en un ideal inasequible ó sólo asequible dentro de ciento cuarenta y seis siglos, y ya por dicha desgobernados los hombres en cuanto importa á su interés material, no podrían menos de tener un directorio que diese unidad y que ordenase las apariciones, epifanías ó muestras constantes del Genio de la nación, que no muere ni puede morir sin que la nación muera. Por consiguiente, el órgano, vicario ó delegado de este Genio, exento ya de cuidados materiales, sin armas para defenderse y ofender, sólo se emplearía en las cosas del espíritu y éstas serían de dos clases esencialísimas.

Claro está que yo, que soy tan fervoroso amante de la libertad y tan firme creyente en ella, no puedo suponer que entonces no la tuviese completa cada individuo para pensar y decir de Dios lo que mejor le pareciese y para adorarle y darle culto á su manera. Pero la religión es de dos modos. Por uno de ellos, más profundo y más íntimo, pero menos solemne, cada alma humana se pone en relación con su Hacedor y le busca, y tal vez le halla y hasta consigue unirse con él por inefable misterio. Por el otro modo, más solemne y excelso, y en mi sentir ineludible, porque sin él lo más grandioso y bello de la existencia desaparecería, la muchedumbre de los seres humanos concordes todos, y por bajo de ella cada nación separadamente, deben adorar á Dios y tener su culto, sus sacerdotes, sus templos y sus ceremonias y pompas religiosas.

Aun supuesta la religión católica ó cosmopolita, será, valiéndonos del símil de un gran poeta, como la luz, que suscita diferentes colores en los diferentes objetos en que se posa. De aquí que la religión, aun siendo universal y única en su esencia, ha de tener en cada pueblo aspecto distinto en los accidentes y en la forma.

Importa, pues, aunque lleguemos á la perfecta anarquía de mi sueño, que haya una religión del Estado en que aparezcan y den razón de sí la idea y el sentimiento colectivos del Genio nacional, y que haya una dirección para esto, dirección nacional que deberá ponerse y conservarse en perfecta concordancia con el centro directivo y superior religioso, en lo que tiene la religión de universal ó de católica.

Y vea Vd. por donde, hasta realizada ya mi deliciosa anarquía, dejo yo en pie ó reconstituyo sobre más hondas bases y firmes cimientos uno á modo de ministerio de cultos, con Concordatos y todo, y hasta con un seminario ó Universidad católica central, donde se enseñe fundamentalmente la teología del Genio nacional, las creencias religiosas, metafísicas y morales del espíritu colectivo.

La otra epifanía ó manifestación constante y gloriosa del Genio de la nación es el arte. Y del arte, el teatro es lo más sintético y acabado. En él concurren y presiden Apolo y todo el coro de las Musas. La Poesía se alza en el centro como reina, y en torno de ella, acatándola, sirviéndola y cuidando de su ornato y alto decoro, han de estar la Música, la Danza, la Pintura, la Arquitectura y la Indumentaria.

Si es menester que la nación, como nación, rinda culto á la verdad, que en su más alto punto es la religiosa, también es menester que rinda culto, colectivo y unánime, á la belleza, la cual, allá en lo sumo, es atributo divino. Así, pues, aun en mi anarquía, es ineludible otro ministerio al lado del de cultos: el ministerio del teatro y de las otras pompas, espectáculos, procesiones y ceremonias nacionales profanas.

Ahora bien; cuando sin gobierno material, sino ya sólo con una sombra de gobierno ó con gobierno-espíritu, requiere la misma esencia de nuestro ser colectivo humano que haya un teatro que el Estado sostenga, no veo yo contradicción, á pesar de todo mi individualismo, en que, en esta época atrasadísima en que vivimos, haya también un teatro que el Estado sostenga y que sea el teatro normal ó modelo. Es cierto que pudiera fundarle y sostenerle un príncipe rico ó una asociación de capitalistas, pero mejor y más digno es que lo sostenga el Estado.

Ya veremos por qué y cómo.

Perdóneme Vd. que sea tan difuso.

III

Muy señor mío y distinguido amigo: Ya anuncié á Vd. que tenia yo muchísimo que decir sobre la cuestión del llamado _Teatro libre_. No extrañe, pues, que le dirija esta tercera carta, procurando que sea la última, si bien acaso no lo consiga. No una serie de breves artículos, sino una obra en dos ó tres gruesos tomos pudiera escribirse sobre la cuestión mencionada.

Cada cual tiene su modo de discurrir, y yo también tengo el mío. Suele éste consistir en presentar, de antemano, extremándolos, los argumentos más poderosos que contra mi tesis pueden dirigirse, y en decir luego, _si licet in parvis magnis exemplibus uti_, lo que dicen que dijo Galileo: _e pur sí muove_.

De aquí, sin duda, que el ingenioso y agudo _Clarín_, lisonjeándome mucho con sus generosas alabanzas, haya impugnado, no mi tesis, sino los argumentos que previamente presenté yo en contra de ella, á fin de saltar luego por cima y desbaratarla. Fueron á modo de obstáculos que yo mismo puse para hacer más lucida la carrera y que tuviese saltos y todo. _Clarín_ ha removido ó allanado los obstáculos. Dios se lo pague. Así mi carrera será por lo llano: si menos lucida, más fácil.

El teatro, repito, es hoy, libre en España, y no puede ni debe serlo más. Lo que importa, por consiguiente, es establecer un teatro _normal_ ó _modelo_. _Clarín_ mismo se ha encargado de refutar no pocos de los argumentos que se ofrecen en contra. Estoy de acuerdo con él: mejor es someterse al fallo de una junta directiva compuesta de los más entendidos y reputados literatos, que no al capricho de un empresario, tal vez ignorante, y tal vez sujeto al influjo de envidiosos y aduladores que, hasta por no dar la cara, pueden dar, sin temor ni escrúpulo, muy malos consejos.

Con el beneplácito y auxilio de _Clarín_, establezco el teatro _normal_ ó _modelo_, y le establezco _en principio_, para lo cual nuestra voluntad basta y sobra, sin que tengamos necesidad de dinero, ó de lo que en cierto lenguaje picaresco se llama _caballo blanco_.

A pesar de mi radical individualismo, he tratado de demostrar y creo haber demostrado que, hasta después de llegar á la deliciosa anarquía, término ideal de la perfección humana, conviene que persista algo á modo de gobierno, el cual dirija y ordene las manifestaciones ó _epifanías_ del Genio colectivo: que persistan un ministerio del culto y otro del teatro y demás ceremonias, pompas y fiestas nacionales profanas. Así, sin contradicción con mi individualismo, afirmo yo que el teatro _normal_ ó _modelo_, debe hoy, con más razón que dentro de ciento cuarenta y seis siglos, cuando la humanidad colectiva nazca, ser sostenido por el Estado. Que le sostengan uno ó varios particulares ricos es menos plausible, menos posible y menos decoroso. Es menos plausible porque el particular ó los particulares se propondrán ganar dinero, como cada hijo de vecino, y entonces el teatro _normal_ ó _modelo_ no lo será en realidad, sino será un teatro, peor ó mejor, _libre_, aunque sujeto á una empresa particular como las demás que hay ahora. En el día no cabe esperar que salgan á relucir magnates, príncipes, ediles rumbosos, como los que hubo en lo antiguo, que se gastaban millones de sestercios, ya para divertir y entusiasmar á la plebe con espléndidos espectáculos, ya para erigir grandiosos monumentos y hermosear á su patria, como hicieron Heredes Atico y otros. ¡Buenos andan los ediles de ahora para descolgarse con semejantes bizarrías! Y si bien se mira, hasta los ediles de otros tiempos no solían ser desinteresados cuando se descolgaban con ellas, porque, ó se parecían á aquel señor Robres del epigrama, que hizo á los pobres antes de hacer el hospital, ó bien derrochaban el dinero para satisfacer la ambición, ganándose el favor de la muchedumbre y comprando sus votos.

Es poco plausible y es casi imposible que un particular ó varios sostengan el teatro _normal_, porque debe ser sostenido con desprendimiento y sin que piense ganar dinero ni nada quien gaste su dinero sosteniéndole. Y es además menos decoroso que le sostengan particulares, porque el pueblo no ha menester, en el día, esta á modo de limosna. Decidamos en virtud de todo lo dicho, que sea el Estado quien le sostenga, esto es, la nación ó el pueblo mismo. La junta directiva y los actores, en vez de ser los asalariados de un particular, recibirán su salario de Estado, ó sea del pueblo, lo cual, á mi ver, es más digno y honroso.

No recuerdo bien lo que dice _Clarín_ de que no quiere ó de que no pide lujo. Entendámonos. Si por lujo se entiende lo que yo entiendo, yo le quiero y le requiero. Y si ahora no le pido es porque sería pedir cotufas en el golfo, y porque con esta picara guerra de Cuba no está la Magdalena para tafetanes. Pero supongamos, y Dios nos oiga, que ya se acabó la guerra de Cuba y que volvemos á tener prosperidad y bienandanza. Esto supuesto, ya me tienen Vds. pidiendo el teatro _normal_ ó _modelo_, sostenido por el Estado, no para ganar, sino para perder anualmente, aunque el teatro esté todas las noches de bote en bote, un millón de pesetas que iguale los ingresos con los gastos.

El emperador de Austria, caballero muy cabal, de gusto delicado, con cuantiosas rentas propias, edil á la antigua sin ambicionar ya nada, y si no Herodes hebreo, porque gusta de los niños y no los mata, nuevo Herodes Atico, porque hermosea á Viena con monumentos magníficos, dicen que se gasta en el teatro más de 500.000 florines al año, lo cual sube por cima del referido millón de pesetas.

¿Por qué, no el monarca, que como particular dista bastante de ser tan rico, sino el Estado cuando salga de guerras y de apuros, no ha de imitar aquí al emperador munífico de que voy hablando?

En pocas cosas podría emplearse el dinero con mayor beneficio del buen gusto, de la general ilustración y de la cultura.

No es feo el teatro del Príncipe. Por esto, porque recuerda grandes triunfos literarios y artísticos, y por otras mil razones, debe conservarse, cuidarse y tenerle abierto siempre que se pueda, con buena compañía. ¿Pero en la nación que se jacta, sin pecar de vanidosa, de poseer la más rica, original y sublime literatura dramática, sin que se le adelanten Grecia, Inglaterra y Francia, á pesar de Esquilo, Eurípides, Sófocles y Menandro, y á pesar de Shakespeare, Corneille, Racine y Molière, es bastante monumento nacional de esta gloria, es digno templo de nuestra Melpómene y de nuestra Talia el antiguo y modesto Corral de la Pacheca, por muy corregido, repintado y revocado que le pongamos?

Lo primero, por consiguiente, había de ser erigir para teatro _normal y modelo_ un edificio grande y hermoso donde se luciesen el arquitecto de más mérito y fama y nuestros más valientes escultores en las estatuas y relieves que adornasen y magnificasen la fachada, los peristilos, los anchos pórticos y las empinadas acroteras. Ya se entiende que este edificio había de estar aislado, no empotrado entre casas como los pobres teatros que ahora tenemos, salvo el teatro Real, tan abominablemente feo en lo exterior, que harto bien merece estar empotrado.

En fin, yo quisiera en Madrid un nuevo teatro Español, que fuese al teatro alemán de Viena (Hofburgtheater) lo que, en proporción geométrica, es la literatura dramática española á la literatura dramática alemana.

Construído ya el teatro, sería menester dotarle de toda la maquinaria, decoraciones, trajes y demás riquezas y esplendores que en el de Viena hay y se lucen.

Luego debería formarse una buena compañía de actores, igual y armónica, digámoslo así; esto es, que no hubiese uno ó dos actores buenos y hasta excelentes, siendo los demás malos ó medianos; sino que todos ellos compusiesen un bien concertado conjunto, y que asimismo no repugnase ninguno representar un papel que le pareciese de poca importancia ó lucimiento, sino que se sometiese al director y á su severa disciplina. De esta suerte saldrían bien representados todos los dramas, y el bueno parecería mejor, y el no muy bueno parecería tolerable.

Otra cosa de que importaría muchísimo que cuidase la junta directiva es de que el personal fuese muy guapo, en particular las mujeres. La educación estética de un pueblo no se forma ni se mejora, sino se corrompe y se vicia, manifestándole lo feo, lo inelegante, lo canijo, lo estropeado, lo ruin y lo plebeyo de la figura humana. Así como la naturaleza influye en el arte, ya que Fidias y Praxiteles no hubieran esculpido las maravillosas imágenes de Júpiter, Minerva y Venus, si no hubieran tenido modelos de gran valer, así el arte influye en la naturaleza, porque las mujeres y los hombres, que contemplan lo bello en las representaciones artísticas, se enriquecen la imaginación, é influyendo esto en todo el organismo vital, hace que nazcan chiquillas y chiquillos preciosos. Está probado que, desde el siglo de Pericles en adelante, las mujeres griegas, á fuerza de contemplar las obras maestras de la escultura y de la pintura, vinieron á ser mucho más hermosas que en los siglos anteriores: Y yo he leído también, en autores muy formales, que esas aéreas, aristocráticas y semi-divinas imágenes de mujer, que en los libros de Keepsake nos deleitan, no son copia de las Ladies y de las Misses más celebradas, sino son como norma ó pauta á la que esas Misses y esas Ladies se han ajustado, y son como molde en que, trascendiendo de lo espiritual á lo físico, las han fundido sus madres.

El entendimiento elevado, la no común habilidad, y sobre todo el genio del artista, no equivalen, sino valen más que la hermosura. Esa portentosa luz interior del espíritu se difunde por todo el cuerpo y le ilumina y hermosea. Claro está, por consiguiente, que en los actores y actrices principales no tendrá la junta directiva que investigar y probar si hay ó no corporal belleza. La dicha investigación, la prueba y el cuidado se ordenan sólo para las figurantas, coristas y otra gente de segundo ó de tercer orden.

Digo esto no en tono de broma, sino con la mayor gravedad. Lo demostraré con un ejemplo.

En el Hofburgtheater de Viena, se representa el _Fausto_ (primera y segunda parte) con todas sus fantasmagorías y con todas sus magias: hasta con el _Prólogo en el cielo_. Allí, en medio de sonrosadas y luminosas nubes, se adelantan los tres arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel, y declaman, al compás de una música verdaderamente celestial, aquel elocuentísimo himno en alabanza del Criador y en alabanza del Universo, su obra, la cual sigue hoy tan perfecta como en el día en que fué creada. Los tres arcángeles son tres muchachas altas, esbeltas, airosas y tan ligera como elegantemente vestidas. Yo aseguro que parecen de verdad los tres arcángeles, con alas refulgentes, con áureos yelmos y con fulmíneas espadas. Pero si fueran tres hembras de formas exuberantes, paticortas y cabezudas, ¿cómo habían de parecer arcángeles? Desde el comienzo se pondría en ridículo el poema de Goethe, y se haría del empíreo la más ruin y bellaca caricatura. Es indispensable, pues, que sean guapas las actrices de tercer orden. Y aquí debo advertir que no basta para esto el cuidado de la junta directiva. Es menester también que los españoles desechen la propensión que tienen, _more turquesco_, á retirar del teatro á toda mujer guapa, aunque sea casándose con ella y muy santamente. Yo doy por seguro que rara vez, ó que nunca se le ocurre á un alemán, por enamorado que esté, incurrir en rapto y secuestro tan perjudiciales á la estética y á las artes todas, antes bien se engríe de que la muchedumbre contemple y admire desde lejos lo que él más de cerca y con mayor intimidad acaso contempla y admira.

Es indudable, á mi ver, que si los citados tres arcángeles fuesen tres princesas ó reinas, más ó menos morganáticas, seguirían saliendo á las tablas con beneplácito y satisfacción de sus principes ó reyes.

Me voy extendiendo demasiado. ¡Pero hay tanto de que hablar en estos asuntos teatrales!... En fin, yo pido disculpa, y termino esta carta pidiendo también permiso para escribir otra que será definitivamente la última.

IV

Muy señor mío y distinguido amigo: Me he engolfado tanto en el asunto del teatro que no sé cómo podré salir de él tan pronto como deseo.

A semejanza de Platón, Tomás Moro y otros, que construyen una ciudad ideal, me he lanzado yo, en esfera mucho más chica, á forjar una á modo de utopía teatral dramática ó más bien escénica.

Ya tenemos, cuando no en realidad, imaginariamente, edificio para el teatro; la mejor compañía posible hoy en España, y un abundante, lujoso y escogido material de trajes, muebles, armas y decoraciones.

Para custodia de las cosas materiales, para llevar la cuenta de gastos y de ingresos, y para cuanto es meramente económico y administrativo, establezcamos una oficina dependiente del ministerio de Fomento.

Pronta ya la máquina, démosle cuerda y que eche á andar en la dirección que conviene. Mas como para darle cuerda y dirigirla son menester una voluntad y una inteligencia, concedámoslas á la junta directiva que á este fin creemos.

Harto conozco que voy á disgustar á muchos lectores, que en no pocos voy á suscitar contra mí el desdén ó el enojo. Diré, no obstante, mi leal parecer sobre la composición y constitución de la Junta. La compondrán dos académicos de la Real Academia Española, elegidos por sus compañeros; uno de la sección de música de la Academia de Bellas Artes; otro elegido por las secciones de artes del dibujo que hay en la misma Academia; otro elegido por la Academia de la Historia entre sus individuos de número; y, por último, el primer actor del teatro que ya hemos creado.

Estos seis vocales, legalmente, no han de importar ni valer más unos que otros, aunque cada cual tenga su especial cuidado y oficio. Para presidir la Junta, no quiero decir de repente lo que pienso yo, á fin de que no den un brinco de espanto los que me lean.

Considérese que en España hay, desde hace tiempo, un lamentable divorcio entre las artes y las letras castizas y propias de nuestro suelo y la gente que ha visto y corrido más mundo y que parece más culta y que es ó debiera ser más distinguida y elegante. El bello sexo, sobre todo, y más aún el de la _high-life_, nos es contrario.

Grosero é injusto sería decir con Iriarte:

Las mujeres que ahora no despuntan, como en siglos pasados, por discretas, si en el teatro público se juntan, aplauden cuando más al tramoyista, oyen tal cual chuscada del sainete, y sirve lo demás de sonsonete, mientras que están haciendo una conquista.

Nada; no digamos semejante blasfemia, pero reconozcamos que hay sobrado desprecio por lo nacional é inclinación decidida y admiración exagerada hacia lo extranjero. Se deploran la cancamurria y los hípidos de nuestros actores y, sin caer en la cuenta, parecen deliciosos el inaguantable martilleo de los actores franceses, su remilgada afectación y el continuo subrayar de palabras y frases á fin de que las agudezas sutiles penetren bien en las mentes obtusas del auditorio, lo cual hasta llega á ser ofensivo, ya que presupone tontería en el público y la necesidad de un embudo y de un cazo de bayeta para que trague lo más dificultoso y enmarañado.

Y no es solo contra los actores, sino también contra los autores este desprecio. Ignoran los usos y costumbres de la buena sociedad; cuando la describen se equivocan del modo más deplorable. En fin, todo son _cursis_.

Lo que llaman en Francia _alta comedia_ no es posible entre nosotros. En cambio las obras dramáticas de Sardou y de Dumas hijo, que tratan de pintar el mundo elegante de París, enamoran, pasman y hechizan á no pocas de nuestras damas. No advierten que aquellos discreteos y _tiquis miquis_ suelen estar confeccionados con una más honda y radical _cursería_. Con relación á la nuestra es como el aguardiente con relación al vino. _Francillon_ y _Le monde où l'on s'ennuie_, por ejemplo, son de una cursería pasada por alambique; obras de insufrible afectación, y como entre la moral y la estética hay lazos muy estrechos, obras también de moralidad extravagante y corrompida, por lo mismo que tratan de ser docentes y de corregir las costumbres.

No poco podría yo decir sobre todo esto, pero no tengo espacio. Saltemos, pues, y volvamos á la Junta directiva. Yo aspiro á la perfecta conciliación de nuestra sociedad elegante y de nuestra literatura castiza. Conviene para ello que sea elegante el teatro cuando represente elegancias, y que no se extralimite, ni propagando doctrinas antisociales, ni con sátiras personales y rudas, ni con demasiadas verduras y escabrosidades. Así, pues, y repito que yo estoy fantaseando una utopía, si de mi dependiera, yo elegiría á una dama discreta é ilustrada para presidenta del _teatro normal ó modelo_. Estoy seguro de que ella velaría para que lo poco decente, lo indecoroso, lo falsamente sentimental y lo inelegante y afectado se desterrasen del teatro modelo, único que no sería libre, pues yo dejaría á los otros en la completa libertad de que gozan ahora, si bien con la esperanza de que por influjo del teatro modelo habían de corregirse y mejorarse.

No se infiera de lo expuesto que yo propenda á que nuestro _teatro modelo_ sea, según dicen los franceses, con frase hecha, _honnête mais embêtant_. Nada menos que eso; yo gusto del regocijo y del desenfado, con tal de que no traspasen los límites del decoro.

Por esto, por otras razones expuestas ya y por otras muchas que sería prolijo exponer aquí, vendría como de molde una dama discreta para presidenta de la Junta.

De cada cinco funciones había de haber una cuyo producto líquido se consagrase á establecimientos de beneficencia. Buena falta hacen en España. Dos años y medio he pasado últimamente en Viena, y ni en calles, ni en paseos, ni en parte alguna, me ha pedido nadie limosna.