A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 13
De esperar es que nos saquen airosos de este empeño la constancia patriótica de la nación y el valor de nuestros soldados. De esperar es que se evite el conflicto con los Estados Unidos, donde, aunque proclamen la beligerancia, tal vez no se atrevan á intervenir á mano armada en favor de los insurrectos. Y de esperar es, en último extremo, que si los Estados Unidos intervienen, contra razón y derecho, se interpongan las grandes potencias europeas y no permitan, ó una guerra injusta y terrible, ó el violento despojo de lo que nos pertenece, apoderándose la gran República de la llave del seno mexicano, por donde ha de abrir el camino que ponga en comunicación los dos grandes mares. Tales son las esperanzas que podemos tener. Con ellas debemos contentarnos, aunque no sean muy seguras. Ya no es tiempo de buscar alianzas. Solos estamos en el gran conflicto, y con nuestra propia energía tendremos que salir de él, si en los Estados Unidos no ceden, pues al cabo la mayoría de aquel pueblo no es como Shermann, Mórgan y Mills, ó si las grandes potencias europeas, movidas por el propio interés, no nos prestan apoyo.
Pero si España hubiese contado con amistades y alianzas y no hubiese estado tan sola, no hubiera tenido que aguardar hasta el último extremo; hubiera inspirado más respeto en Washington, y no hubiera tenido que ceder á tantas humillantes é injustas reclamaciones y que pagar tanta indemnización con longanimidad lastimosa y que sufrir con paciencia tanto vejamen y tantos vituperios de senadores y diputados _yankees_. Estos, de seguro, jamás se hubieran atrevido á despotricarse tan ferozmente si España hubiese estado más enlazada y sostenida en el concierto de las naciones civilizadas de Europa.
En mi sentir, pues, las alianzas no solo son convenientes, sino indispensables para España, que tiene aún, y no puede menos de tener, tanto que conservar y tanto á que aspirar, si no se arroja en el surco y se declara muerta y prescinde de su historia.
_La Época_ citaba contra las alianzas á Saavedra Fajardo. Yo citaré en favor de ellas á otro político de más fuste y recámara: al propio Nicolás Machiavelli. Precisamente en el capítulo XXI, donde explica cómo se ha de gobernar un príncipe para conquistar reputación, y donde hace tan hermoso elogio de Fernando de Aragón, marido de Isabel la Católica, á quien declara _por fama y por gloria el primer rey entre los cristianos_, se decide en favor de las alianzas, diciendo que un príncipe no es estimado sino cuando es verdadero amigo ó verdadero enemigo; que el descubrirse es más útil que el quedarse neutral, y que el príncipe irresoluto, cuando, por huir compromisos y peligros, sigue el camino de la neutralidad, las más veces se hunde en vergonzosa ruina, teniendo que salir de la neutralidad por fuerza y no de grado.
Como ya he dicho que las alianzas convienen y hasta son indispensables, quisiera decir también de qué suerte me parece que deben buscarse y celebrarse; pero como hoy me he extendido mucho, lo dejo para otro día, si no fatigo á los lectores de _El Liberal_ con nueva carta.
II
_Sr. Director de El Liberal._
Mi distinguido amigo: En cuestión de alianzas tal vez sería lo mejor, después de afirmar que convienen, abstenerse de decir con quién y cómo. Los usos diplomáticos prescriben no hablar de tales conciertos hasta después de ya celebrados. Pero, á pesar de todo, me parece que no hay imprudencia ni falta de sigilo en que alguien, como yo, que está alejadísimo del poder público y de todo centro oficial, y que no compromete á nadie ni se compromete, diga sobre el asunto lo que se le antoje. Lo que yo pienso decir, además, no puede ofender á ninguna nación. Y no porque yo me valga de rodeos y perífrasis, sino porque quizás á causa de mi optimismo y de mi indulgencia afectuosa, apenas condeno á nadie y hallo disculpa para todo.
Triste cosa es que, al llegar casi á su término el siglo XIX, llamado de las luces, la humanidad haya adelantado tan poco, moral y políticamente, que, en el mismo centro de su más alta civilización, todos los hombres capaces de empuñar las armas anden cargados con ellas, haciendo el ejercicio, reuniendo con grandes gastos los más eficaces medios de destrucción, aprendiendo á matar y perdiendo en maniobras, revistas y paradas el tiempo que pudieran emplear en divertirse ó en producir cosas útiles y agradables, y teniéndose de continuo unos á otros en jaque y alerta; pero esto no tiene remedio y no hay para qué censurarlo.
Muy costosa es la paz armada, pero más costosa y terrible sería una nueva guerra europea. Dios quiera, pues, que no la haya, y que, pasando años, se harten las grandes potencias de consumir dinero y de convertir á todos sus ciudadanos en soldados, y se decidan á deponer las armas.
Por ahora, y sabe Dios hasta cuándo, la amenaza de guerra es constante, y en vez de ser segura la paz en la tierra á los hombres de buena voluntad, estamos amenazados siempre de una estupenda y colosal conflagración belicosa, en que luchen por un lado Alemania, Austria é Italia, y por otro Francia, tal vez auxiliada por Rusia.
Si por desgracia llegara este caso ¿qué le convendría hacer á España? Los alemanes no nos han hecho ni bien ni mal; de los italianos no tenemos agravios que vengar y los queremos bien, salvo algunas damas elegantes y devotas y cierto número de católicos muy fervorosos, que desean que se lleve el diablo aquella monarquía para que recobre el Padre Santo su poder temporal, y con Austria estuvimos unidos por lazos dinásticos en la mejor época de nuestra historia, hemos vuelto á estarlo en el día, y aun yo creo posible y conveniente que se aumenten estos lazos. Nada tendríamos que ganar con hacer la guerra á la Triple Alianza; pero como también sería duro pelear contra nuestros simpáticos vecinos los franceses, amables difundidores por el mundo de las letras amenas y de las artes elegantes y deleitosas, lo mejor y lo más cómodo sería permanecer neutrales, á pesar de lo que he citado de Machiavelli. Este gran político hablaba en muy distintas circunstancias, para muy otra edad del mundo, y siempre con la mira de libertar á Italia de los que él llamaba bárbaros, cuyo yugo le apestaba, sin que hubiese atrocidad, crimen ni peligrosa aventura á que para sacudir aquel hediondo yugo no excitase él á su _Príncipe_.
Nosotros tenemos también que sacudir algo á modo de yugo, que no me atrevo á condenar ni por de bárbaros ni por hediondo; pero que sí calificaré de pesado y de vergonzoso, y que nos convertirá en Nación-Job, si hemos de seguir sufriéndole. Ya se entiende que este yugo es el que en Cuba nos imponen los _yankees_, porque sin el favor, amparo y aliento que dan á los que se rebelan, y sin la mengua de autoridad que nos causan, y sin el descrédito que vierten sobre nosotros, pidiéndonos cuenta de todo, como si fueran nuestros jueces, y sin la facilidad con que convierten en ciudadanos de su gran República á nuestros más acérrimos enemigos, renegados de su casta, obligándonos á darles dinero en vez de fusilarlos ó de enviarlos á presidio, es casi seguro que en Cuba no habría insurrección y es seguro que no sería ni con mucho tan importante y duradera como es hoy. Lo milagroso es que en vista de las ventajas que ofrece á los insurrectos la descarada protección de los Estados Unidos, no acudan á Cuba á combatirnos todos los aventureros sin patria y toda la gente perdida que hay en el mundo.
No creo yo, sin embargo, que el mejor camino para libertarnos del yugo mencionado sería salir de la neutralidad en una posible guerra europea. La neutralidad nos conviene; pero, á fin de que sea respetada y no se encierre en egoísmo estéril, importaría concertarnos, para este fin solo, con alguna gran potencia que no estuviese comprometida ni en favor de Francia ni en favor de Alemania. Este nuevo grupo, de que pudiéramos formar parte, no sólo nos valdría para que nos respetasen durante la guerra, sino tal vez para contribuir á la conservación ó restauración de la paz, y no sólo nos valdría para que el vencedor no nos atase al carro de su triunfo, sino también para concurrir á moderar las exigencias del que hubiese obtenido la victoria, y á restablecer, en lo posible, el equilibrio de las fuerzas.
Otro es el camino que para remediar el mal estado de nuestras relaciones con la gran República nos hubiese convenido ó nos conviene seguir: haber buscado á tiempo aliados y amigos ó buscarlos en lo venidero, si ahora, sola y abandonada como está España, logra conjurar la tormenta ó salir de ella salva.
Lo que nos pasa con los Estados Unidos, á cuya independencia y formación contribuímos un poco, se parece á la más desventurada aventura de Simbad el Marino, que aupó sobre sus hombros al endiablado vejete para que cogiera los frutos en los hermosos árboles de su fértil isla, y el vejete endiablado no quería luego apearse, y seguía montado en Simbad, insultándole y procurando ahogarle para mostrar su agradecimiento.
A fin de quitarnos de encima tan insufrible carga, ¿no hubiera sido conveniente, ó no lo sería en lo futuro, ganar la voluntad de las primeras potencias coloniales de Europa, celebrar tratos y concertarse de algún modo con ellas? Cualquiera promesa, cualquiera sacrificio que hiciésemos, sería mucho menor que los sacrificios que estamos haciendo hoy y que tendremos que hacer en adelante.
A un concierto, á un Tratado de alianza, exclusivamente para asuntos coloniales ó de Ultramar, no creo yo que se negasen, si se negociaba bien, ni Francia, ni Inglaterra, ni Holanda. España ha sido la primera nación colonizadora del mundo; todavía, á pesar de su decadencia, es la tercera ó la cuarta, y no la desdeñarían como inútil peso, y de algo podría servir á sus más poderosos aliados, que también pueden hallarse en ocasiones de empeño y de peligro, y necesitar entonces ó al menos tener por provechoso el auxilio nuestro.
Si no lo recuerdo mal, de algo valió España á los franceses no hace mucho tiempo, cuando, para vengar á nuestros misioneros mártires, ayudamos gratis y con las armas á crear una Francia amarilla en el extremo Oriente. ¿Quién duda de que aún podríamos servir y valer á franceses, ingleses y holandeses, en otras semejantes empresas ó en casos y lances de mayor importancia, sobre todo si ellos nos ayudaban á quitarnos de encima el ingrato estorbo de que hemos hablado y que tan sin piedad y tan sin conciencia nos abruma?
Tendría esto además la ventaja de que los _politicians_ extraviados y los senadores _farwestinos_ y _cincinatescos_, al vernos en tan buena compañía, arrojasen de sus cerebros el feísimo y bellaco concepto que los _sabios_ y _catedráticos yankees_ les han hecho formar de España, considerándola, por su afición á las corridas de toros y al Santo Oficio, Nación Calígula-Torquemada, como la llama Clarence King, y, por haber destruido, según Draper, no sé cuántas civilizaciones, podrido esqueleto entre las naciones vivas y prueba terrible de la justicia de Dios, que no quiere dejar sin ejemplar castigo nuestras ferocidades y nuestros crímenes.
En fin, tal vez lograríamos así que no apareciese España á los ojos de los _yankees_ como un tirano difunto, en el que se pueden cebar sin gran peligro, ó como un tirano cachazudo y sufrido, semejante á los tiranos de las tragedias de Alfieri, que están, durante los cinco actos, oyendo y aguantando las más desaforadas desvergüenzas, si bien acaban por perder los estribos y por hacer una barrabasada. Tal vez así se conseguiría también que no se le antojase en Washington á ningún senador remedar á Catón Censorino y, en vez de llevar higos en un pliegue de la toga y de exclamar _delenda est Carthago_, llevar en un faldón de la levita azúcar mascabada ó catite, y exclamar: _delenda est Hispania_.
Y aquí pongo término á esta prolija carta, prometiendo no escribir la tercera, pues basta con lo dicho.
TEATRO LIBRE
_Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial._
Muy señor mío y amigo: Me pide usted mi parecer sobre si conviene que haya un _Teatro libre_ é _independiente_, y sobre varios puntos que con esta primera cuestión se relacionan.
Muchísimo tengo yo que decir, pero, como usted me excita á ser breve por el poco espacio de que se puede disponer en el periódico, sólo diré algo de lo mucho que se me ocurre, y procuraré decirlo en compendio.
A mi ver, en España el teatro tiene toda la libertad y toda la independencia que necesita. Yo aplaudo que las tenga, pero no comprendo ni pido más.
Los límites de la libertad mencionada son principalmente dos, que en manera alguna deseo yo que se traspasen. Uno de ellos es el que señalan la moral, la decencia y el decoro. Fija y traza el otro límite el gusto del público, contra el cual es inútil y peligrosa la lucha. El público paga y oye, aplaude ó silba, y en los espectáculos es juez inapelable, y árbitro soberano. En novelas, en poesía lírica, en libros de filosofía, de historia y de otros asuntos, puede un autor prescindir de la corrupción literaria de su tiempo, de la rudeza y del corto saber de sus contemporáneos y de sus tonterías y extravagancias, y componer su obra para un público eterno; para que la posteridad la aplauda, haciéndole justicia: para que gente más instruída y estéticamente mejor educada le comprenda y le admire, allá en los siglos que están por venir, ó bien para que en el día un cortísimo número de personas discretas, refinadas y doctas, se deleiten leyéndole y saboreando todos los primores de fondo y de forma que hay en su producción literaria, convirtiéndola para el vulgo profano en _el libro de los siete sellos_.
El autor dramático, y en esto se parece al orador, no puede, ni debe ser así. Es menester que su espíritu esté en intima y constante comunicación con el espíritu de un público numeroso: que él y dicho público se comprendan y se compenetren. Sólo de esta suerte puede haber autores dramáticos. Los que de otra suerte escriban, podrán ser todo lo que quieran menos tales autores.
Infiérese de lo expuesto que la libertad del teatro tiene por limite la voluntad y el entendimiento del vulgo. Ya más allá no sería libertad sino delirio. Yo no me explico que se funde un _Teatro libre_ para ir más allá. Si el público tiene un gusto exquisito y un entendimiento cultivado y un juicio seguro, no hay teatro en Madrid, ni en toda España, que no sea libre é independiente y que no tenga completa seguridad de ganar honra y provecho, dando las más atrevidas representaciones, y, siendo éstas buenas, más aplausos y más dinero ganará mientras más originales sean, y más inauditas y más fuera de los caminos trillados.
Justo es advertir que el prurito de originalidad, el engreimiento necio del que cree pensar y decir cosas profundas, y la manía de reformarlo todo y de resolver en cuatro coplas los más obscuros problemas sociales, religiosos ó políticos pueden seducir á los autores dramáticos que tal vez no han estudiado ni meditado nada que los habilite para la resolución de semejantes problemas, y pueden llevarlos á componer un tejido de vulgaridades y zanguangadas, á crear caracteres falsos y á imaginar una acción absurda y sin interés, que sea como el hilo donde ensarten sus insulsos é inaguantables sermones. Después, si el público se aburre de oírlos y no los aguanta, el autor dirá tal vez que el público es atrasado é indocto. Y si el público los aguanta y los aplaude, por aquello de que
_Un sot trouve toujours un plus sot qui l'admire,_
el mal será mayor; pero en ninguno de ambos casos veo yo que el teatro libre é independiente que trata de fundarse valga como remedio.
Por otra parte, yo noto inmenso cúmulo de dificultades para la creación del _teatro libre_, en mi sentir inútil. Mas bien le comprendo como _teatro normal_ ó como _teatro modelo_ que como _teatro libre_. El _teatro libre_, en virtud de su misma libertad, buscará por todos los caminos modo de agradar y de entusiasmar al público y de obtener de él aplausos y entradas. Así son el Teatro Español, la Comedia, Lara, Apolo y la Zarzuela. Todos, á mi ver, son teatros libres. No se puede pedir mayor libertad sin incurrir en desatino.
Luego lo que quiere fundarse no es un teatro libre, sino un teatro _normal_ ó _modelo_, donde se procure ilustrar al público, aguzar su facultad estética, abrir para él nuevos horizontes y moverle á que aplauda, ya antiguas obras maestras que hoy desdeña ú olvida, ya nuevas obras, vaciadas en moldes nunca empleados hasta el día.
A fin de que este teatro, y permítaseme lo pomposo de la frase, cumpliese con su misión, sería indispensable que tuviese una junta directiva. Y como esta junta tendría su criterio y querría y debería imponerle, resultaría que el _teatro libre_ sería el menos libre de todos los teatros.
Supongamos que ya existe, y supongamos también que yo soy un autor dramático que aspira á darse á conocer y ofrece una obra suya. Las empresas de la mayor parte de los teatros deben considerarse como meramente mercantiles. Si rechazan la obra que yo presento, no habrá en ello, literariamente, ni agravio, ni sentencia, ora sea injusta, ora justa, que me desaliente ó humille. Las empresas no fallan literariamente contra mi obra, sólo dicen, con acierto ó sin él, que no es aquello lo que pide el mercado y que no deben aceptarlo, porque no tendrá buena salida y será mal negocio. Pero si en el teatro, mal llamado libre, que trata de fundarse, la junta directiva desecha mi obra, al desecharla, aunque afirme que no es tal su intención, literariamente me condena, empezando por someterme á un tribunal literario y á preceptos y reglas en cuya virtud ese tribunal juzga y sentencia.
Es, pues, evidente que el tal _teatro libre_ será el menos libre de todos; será un alto magisterio, un tribunal supremo, un directorio iniciador y propagador del buen gusto en lo tocante á poesía dramática; en fin, será todo lo que se quiera menos un teatro libre. Los teatros libres son los que ahora hay.
Lo dicho hasta aquí contra el falso teatro libre no impide que desee yo, como el que más, que tengamos en Madrid un _teatro modelo_, con cuantas condiciones y requisitos sean convenientes para representar bien toda clase de dramas.
Antes de explicar de qué suerte me alegraría yo de que se fundase este teatro, voy á hacer algunas declaraciones.
Primeramente, yo no creo que la producción dramática española en el día sea inferior, ni por calidad ni por cantidad, á la de ninguna otra nación del mundo. Sólo Francia compite con nosotros, y en sentir de muchos, aunque no en el mío, nos vence.
Es la segunda declaración que ningún género de trabajo literario está en España mejor retribuido que el del dramaturgo. Y por esto, y por entender yo que para que una literatura sea espontánea y natural, importa que sólo tenga al público por Mecenas, ni pido ni quiero protección y auxilio del Gobierno para los que escriben dramas.
Es la tercera declaración que nuestros actores no me parecen tan malos como asegura la gente, llevada de la manía, hoy muy en moda, de rebajar y hasta de denigrar todo lo nuestro, como si fuésemos la nación más desventurada y más decaída de la tierra.
Poseyendo, pues, como sin duda poseemos, autores y actores, lo que principalmente nos falta es una empresa que pague sin tacañería ni apuros á los artistas y hasta asegure su porvenir y la materialidad de un teatro muy elegante, lujoso y rico en decoraciones, trajes y maquinaria. Si un príncipe poderoso, si un banquero ó si varios capitalistas, ó si una compañía por acciones, fundase este teatro, yo doy por cierto que merecerían aplauso y gratitud de la patria y que no perderían su dinero, porque, si bien no hay mucho en España, la gente es espléndida, gusta de divertirse, y el teatro modelo, ó de lujo, ó como queramos llamarle, estaría lleno siempre.
Como tengo aún muchísimo que decir sobre este asunto y usted recomienda la brevedad, y yo no atino con ella, he guardado esta carta, escrita desde hace días, sin atreverme á enviarsela á usted y casi desistiendo ya de enviársela. Ahora estoy de otro humor y se la envío, en la inteligencia de que la carta tendrá cola, ó mejor dicho, será como cereza en la que se enredan otras por el cabo y la siguen. A esta carta seguirán otras dos. Si á pesar de la inevitable condición que pongo no teme usted que yo peque de prolijo, inserte mi carta en su apreciable periódico y crea que se lo agradeceré.
II
Muy Sr. mío y amigo: Ya dije á V. que no quiero ni comprendo el teatro libre ó sea más libre que los teatros que hay ahora en España. Esto no se opone á que yo quiera y desee un teatro normal ó modelo. Y como dicho teatro ha de estar en algún punto y no le hemos de fundar en Ovejo, en Churriana ó en la Madroñera, lo natural y razonable será fundarle en Madrid, sin hacer caso de la ruin y disparatada envidia del regionalismo.
Aquí se me ocurre algo que me atrevo á llamar antinomia y que no puede menos de motivar una digresión inevitable aunque prolija. Ojalá que no sea cansada. Mil y mil veces he sostenido que la literatura, sobre todo la amena, si ha de ser natural y espontánea y no artificiosa y criada en invernáculo, conviene que sólo tenga por Mecenas al público que la lea, la pague, la comprenda y la inspire. Nada de protección por parte de principes y de gobiernos para novelistas y poetas. Alfieri compuso un elocuente y hermoso libro sosteniendo esta tesis y yo le he aprobado y aplaudido. Pero aquí surge la antinomia. Trataré de explicarla.
Yo creo á pie juntillas en el progreso indefinido. El término ideal de este progreso es, en mi concepto, individualista.
El linaje humano, constituido en sociedad, puede adelantar tanto en el camino de la perfección que casi ó sin casi no necesite gobierno. En la meta de su carrera triunfante coloco yo, en mis sueños dorados, una pacífica y deliciosa anarquía. El interés de los particulares, la iniciativa y los bríos de asociaciones libres procurarán hacer y conservar caminos y canales, llevar las cartas, cuidar de telégrafos, de teléfonos y de cuanto más tarde se invente, y fundar y sostener escuelas donde cada cual enseñe lo que más verdadero, útil ó bonito le parezca. Y, como progresaremos tanto que los hombres, según determina la Constitución de 1812, serán todos justos y benéficos, los tribunales y los jueces estarán de sobra. El orden público será tan primoroso é inalterable que no será menester fuerza armada que le conserve. Y como las naciones no seguirán amenazándose y tratando de saquearse unas á otras, sobrevendrá la paz perpetua y se suprimirán el ejército y la marina nacional, tan costosos en el día. De aquí que el gobierno no servirá para nada, y los pueblos, por evolución y no por revolución, pacífica y no tumultuosamente, los obligarán á que se jubilen. Tal es el risueño porvenir que yo me finjo, pero no he de negar qué está muy remoto. Todo es relativo, según decia D. Hermógenes. Los sabios modernos dan millones de años de existencia á este mundo en que vivimos. La vida, el _protoplasma_, la _monera_, ó como queramos llamarlo, apareció también mucho tiempo ha. Y el hombre, valiéndose ya de la palabra, con organización social, y hasta fundando reinos, imperios y repúblicas, vive, si hemos de creer á sabios profundos, hace veintiséis mil años. Por aquel entonces, afirma Rodier, como si lo hubiera visto, que los arios se disputaron, se dispersaron y se dividieron en indios, iranios y otros pueblos, de quienes proceden las más nobles naciones de Europa.
Aceptado lo dicho, resulta que la humanidad es ya muy vieja, y con todo, yo he leido en un libro de otro sabio más profundo aún, esta sentencia que me ha dejado turulato:
_La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún._