A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Part 12
Según él y según el Sr. Dolz, á quien cita, nuestros empleados en aquellas aduanas defraudan al Tesoro, y sin duda envían á España cada año la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo: pero, como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuba lleven la tontería hasta el extremo de concurrir en balde y de balde á este robo, dando á los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerza es afirmar que, si dan á los empleados ocho millones se quedan ellos con doce, ó siquiera con otros ocho, para que el robo sea á medias. Yo me resisto á creer que el comercio de exportación y de importación dé en Cuba para tan desaforado latrocinio. Aceptemos, no obstante, que el resguardo y los vistas ciegos envían á España los ocho millones.
En todo lo demás que pone el Sr. Merchán como rendimiento de Cuba á España, es evidente que el Sr. Merchán delira.
Cuba, dice, exporta cada año para España seis millones de pesos fuertes en frutos, que pagan por derecho de importación tanto como valen. Supone luego que estos seis millones, que salen del bolsillo de los peninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son también tributo ó dádiva que Cuba nos envía; y suma catorce millones.
El estanco del tabaco rinde diecinueve, según manifestó recientemente el director de la Compañía Arrendataria, D. Eleuterio Delgado. Aunque no se comprende por qué, el Sr. Merchán se los aplica también á Cuba y ya tenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.
España manda á Cuba cada año, en mercancías, por valor de veinticinco; pero como de allí vienen seis, la balanza de comercio sólo da en nuestro favor diecinueve. Y como si todas las mercancías que enviamos á Cuba no valiesen un pito y fuesen una basura grandísima, que nosotros hiciésemos tragar y pagar por fuerza á los infelices y tiranizados cubanos, el Sr. Merchán pone también estos diecinueve millones en la cuenta de lo que Cuba nos tributa, haciéndola subir á cincuenta y dos millones de pesos anuales. Tal es la renta clara y paladina que da Cuba á España. La renta misteriosa y oculta es inmensa, según el Sr. Merchán. Los empleados, los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de España á Cuba no se cansan jamás de enviar dinero de Cuba á España.
En su afán de ponderar lo que cuesta á Cuba el ser española, pone y suma el Sr. Merchán los sueldos principales del alto clero y de los funcionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta suma por cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco á considerar que si Cuba llegase á ser República independiente, no había de suprimir al arzobispo, al obispo, á la clerecía, á los empleados todos, y hasta se había de quedar acéfala y sin presidente. Ya saldría á los cubanos bastante más caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Y esto sin meternos á vaticinar ni á recelar que en Cuba pudiera haber presidentes, como los ha habido en otros puntos de América, que han tenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como la prensa hidráulica más poderosa. Con todas las violencias tiránicas, con todas las ferocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanes generales ha enviado España á América, desde el reinado de Felipe II hasta hoy, si pudiéramos ponerlas en un alambique y destilar la quinta esencia de ellas, créame el Sr. Merchán, no sacaríamos un espíritu equivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.
Es el Sr. Merchán, ó aparenta ser, contrario á la anexión de Cuba á los Estados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo que él llama _profecías siniestras_, el florecimiento y prosperidad de Cuba si llega á ser un Estado más de la Unión. El Sr. Merchán no aspira al suicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba continúe siendo _latina_, que es el epíteto que gustan de darse ahora muchos hispano-americanos, para no llamarse españoles. Todos han de ser _latinos_, aunque no hayan pasado del _quis, quæ, quod vel quid_.
El odio á España del Sr. Merchán y de otros insurgentes es tan feroz y desapiadado, que más que la prosperidad y auge de Cuba, harto problemáticos si llega á ser independiente, los encanta y seduce la tremenda ruina en donde, según ellos, se hundirá España si perdemos aquella ísla. Como si fuera tan malo cuanto en la Península se produce, que nadie quisiese comprarlo sino por fuerza, entienden que, separada Cuba de España, no tendremos á quien vender. Los diecisiete y medio millones de españoles peninsulares, asegura el Sr. Merchán que estamos _amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de 1.200.000 blancos y 400.000 negros_ sus compatriotas.
Por lo visto, entra también en el plan de los insurrectos el despojar á los españoles penínsulares de las propiedades territoriales que en Cuba tienen, y hasta el expulsarlos de allí. «Toda esta población--decía en 1869 _La Voz de Cuba_, en artículo que el Sr. Merchán reproduce y celebra--vivirá errante y miserable en el mundo.»
Para que tal cosa no suceda, para defender á esa población, á la que tenemos obligación de defender; para conservar la integridad de nuestro territorio, para que la nación española no sea de nuevo mutilada, y no porque Cuba nos produzca todos esos millones fantásticos, deseamos conservar á Cuba, y es de esperar que la conservemos. Los diecisiete millones y medio de españoles peninsulares, salvo muy pocos, no temen perder el mercado para su industria, y perder el fomento de su comercio y de su marina mercante, si llegasen á perder la perla de las Antillas. No nos faltaría entonces sitio y gente á donde enviar nuestros productos y nuestros barcos. La pérdida de Cuba nos traería, sin duda, perturbación, mas no por la utilidad que Cuba nos trae ó nos ha traído nunca. Si atendiésemos solo á esta utilidad, apenas habría español que no estuviese deseando que nos quedásemos sin Cuba.
No tendría entonces que decir el Sr. Merchán, citando los arrogantes versos de Núñez de Arce, y dirigiéndose á Cuba:
«Y si ser grande y respetada quieres, de tí no más la salvación esperes.»
Consejo que Cuba, ó mejor dicho, los rebeldes en armas no siguen, porque solos ni se hubieran rebelado, ni persistirían en la rebelión, que los _yankees_ atizan, fomentan, patrocinan y pagan para echar de allí al cabo, no sólo á nosotros los españoles, sino también á todos los _latinos_, sin excluir al Sr. Merchán, que regresaría por corto tiempo á su patria y que tendría que volverse á Bogotá, porque en Cuba, _yankeeficada_, le mirarían como mueble incómodo é inútil y no le harían caso. No le valdría la adulación con que proclama la omnipotencia de los Estados Unidos.
Si quisieran apoderarse de Cuba, dice, «¿quién se opondría? ¿Inglaterra? El Leopardo puede aceptar luchas con el Águila, pero no la provoca á ellas. ¿Francia? Mientras no arregle cuentas con Alemania, evitará contiendas con otras naciones fuertes y civilizadas. ¿Alemania, Rusia? No tienen intereses coloniales en América; y Rusia, de desenvainar la espada, lo haría á favor de su antigua amiga la Unión Americana. En cuanto á una coalición de las grandes potencias, los Estados Unidos no la temen. Recuérdese cómo desbarataron la Santa Alianza con un Mensaje de Monroe».
¿Tendrá razón el Sr. Merchán y lo podrán todo los Estados Unidos? ¿Se atreverán á intervenir en Cuba y á intentar despojarnos de cuanto allí legítimamente poseemos, sin que por impotencia ó por imprevisor egoísmo se interponga en nuestro favor ninguna grande potencia europea? Entonces sí que no será á Cuba, sino á España, á quien tenga que decir el poeta, y esperemos en Dios que sea oído:
Y si ser grande y respetada quieres, de tí no más la salvación esperes.
III
Algo arrepentido estoy de haber tomado por asunto de un escrito mío el libro del Sr. Merchán. Hay muchísimo que decir sobre él, y yo me canso, y, lo que es peor, temo cansar á mis lectores. Sin embargo, como ya emprendí la tarea, no quiero dejarla sin terminar, si bien procuraré ser muy conciso.
Lo más grave de que el Sr. Merchán acusa á España, es de su corrupción administrativa en Cuba. Nada hay que decir contra los datos que aduce. Todos están tomados de discursos, informes, folletos y Memorias, suscriptos por los señores Romero Robledo, Moret, marqués de la Vega de Armijo, Balaguer, Doltz, general Pando, general Salamanca y bastantes otros hombres políticos peninsulares de la primera importancia.
No quiero entrar en pormenores, porque son cansados y además harto feos. Convengo, pues, con el Sr. Merchán en que en Cuba la corrupción administrativa es deplorable: es un mal que requiere pronto y enérgico remedio. ¿Pero le hallará la rebelión, si triunfa y establece en Cuba una República independiente? Lo dudo, y no digo rotundamente lo niego, porque no me precio de profeta, porque mi optimismo no tiene limites y porque no he perdido la fe en lo sobrenatural y milagroso.
Mal hemos administrado á Cuba en el siglo presente; pero lícito es presumir que los cubanos _libres_ la administrarían mil veces peor. Libres son y constituídas están en Repúblicas todas nuestras antiguas colonias en el continente americano. ¿Hay alguna de ellas que desde que conquistó su libertad hasta hoy haya sido mejor administrada que Cuba? Esto es lo primero que sería necesario demostrar.
Yo reconozco desde luego que el desarrollo del comercio, de la industria y de la riqueza en general, mil ingeniosas invenciones y los más fáciles medios de comunicación entre las gentes han hecho progresar y han llevado como á remolque hasta á los pueblos más atrasados. Pero estas causas debieran influir más en los pueblos libres que en pueblos como el de Cuba, que gime aún bajo el abominable yugo de España. Cuba, no obstante, apenas tenia á principios de siglo más población que 400.000 almas. Hoy pasa la población de Cuba de 1.600.000. La población, pues, está cuadruplicada, sin que á esto contribuyan, ni la abolida trata de negros, ni una gran corriente de emigración europea ó asiática. La riqueza y el bienestar han aumentado también, á pesar de las guerras civiles. No estarán, pues, tan oprimidos y miserables los cubanos, cuando así crecen y prosperan. ¿Crecen en la misma proporción en las Repúblicas hispano-americanas, las gentes, el bienestar y la riqueza?
Ya he dicho que no he de negar yo la corrupción administrativa de Cuba, para cuya prueba aduce el Sr. Merchán tanto testigo; pero tenga por cierto que, si fuese tal como él la pondera, Cuba no hubiera prosperado. La extraordinaria fecundidad de su suelo no hubiera podido prevalecer contra la rapacidad que en los peninsulares supone el Sr. Merchán. Si de los cuatro siglos que hace que poseemos á Cuba hubiéramos sacado de ella y enviado á España durante cuarenta años siquiera, á diez años por siglo, la mitad no más de lo que anualmente robamos á Cuba, ó sean veinticinco millones de pesos fuertes y esto sin contar las remesas misteriosas é infinitas que hacen los peninsulares, tendríamos que, en poco tiempo, habrían ingresado de Cuba en España nada menos que mil millones de pesos fuertes. ¿En qué Pozo Airón, en qué sumidero, en qué insondable abismo ha venido á precipitarse y á hundirse este Misisipí, este Amazonas de oro? ¿Dónde están los palacios, las soberbias quintas, los hadados jardines, el lujo _sardanapálico_ y los sibaríticos deleites de los peninsulares que trajeron de Cuba todo ese dinero? ¿Dónde están los templos, los obeliscos y las pirámides que hemos levantado con el áureo vellocino de nuestra Colcos? Ambas Castillas están pobres y desoladas. Los palacios de los peninsulares enriquecidos en Cuba son más difíciles de hallar que los de Dulcinea. Y no hay monumento de algún valer que no se haya erigido con dinero nuestro y no cubano. Para que sea más evidente la prueba, los monumentos más nobles y grandiosos, hasta son anteriores al descubrimiento de América, y por consiguiente, de Cuba; los muros ciclópeos y las ingentes torres y arcos triunfales de Avila; las catedrales, como las de Burgos y Toledo, y los alcázares, como el de Segovia.
América no ha enriquecido, ha empobrecido y despoblado á España. España, en su gloriosa expansión, no se dilató por el mundo para saquearle y para traer á la Península los despojos ópimos, sino para difundir por doquiera su cultura, su religión, su idioma y sus artes. Si en la misma Italia, maestra de ellas, cuando en Italia dominamos, levantamos templos, castillos y palacios, erigimos monumentos y fundamos obras piadosas, hospicios y colegios, como de ello dan testimonio Napóles, Palermo, Mesina, Bolonia y otras ciudades, sin excluir á la misma Roma, ¿qué no haríamos y qué no hicimos en América, donde en resumidas cuentas no había nada, ó si había algo, respondía á un estado incompletísimo é inicial de cultura, como podría ser el del centro del Asia, tres ó cuatro siglos antes de que saliese Abraham de su patria, Ur de los caldeos?
Desengáñese el Sr. Merchán; la nación española poco ó nada ha traido de Cuba que no haya pagado con creces; nada debe á Cuba. Cuba es quien se lo debe todo á España; salvo lo que da la Naturaleza en su estado primitivo y selvático. Por eso, aunque el Sr. Merchán se enoje, tiene España razón para llamar ingratos á sus rebeldes hijos de Cuba. ¿Qué habrá quitado España para enriquecerse á Maceo, á Máximo Gómez ó á Quintín Banderas?
En cuanto á los fraudes y depredaciones de nuestros empleados, no poco hay también que objetar. Mucho crédito, por ejemplo, merece D. Eduardo Dolz; pero ¿acaso no puede equivocarse ó exagerar involuntariamente? En los últimos veinticinco años, afirma que nuestros empleados han defraudado, en las aduanas de Cuba, doscientos millones de pesos fuertes. Supongamos que es exacta la cantidad, y ya es mucho suponer. Todavía no es posible la suposición de que sean tan necios los mercaderes y contrabandistas cubanos que hayan tenido el capricho irracional de dar á los empleados los doscientos millones, en vez de darlos al Tesoro. Lo probable sería que, en este hurto hecho al Tesoro, saliesen ganando los comerciantes y contrabandistas ciento cuarenta millones y que los empleados se contentasen con sesenta y con enviarlos á España. Pero como estos sesenta millones no lucen ni parecen por aquí, yo me atrevo á presumir que son fantásticos. En España no abundan tanto los ricos que no nos sean todos conocidos y que no sepamos de dónde ha salido y cómo se ha formado el caudal de cada uno. Seguro estoy de que sigilosamente y al oído, para no delatar á nadie, sin suficientes pruebas, no nos declara, ni el más zahorí en estos asuntos, dónde están veinte millones siquiera, el tercio de los sesenta que de Cuba han de haber venido á la Península. Los doscientos millones, pues, ó no se le quitaron al Tesoro ó casi todos ellos se quedaron en Cuba.
Pretende el Sr. Merchán, apoyado en las delaciones que aquí mismo hemos hecho, que todos estos empleados que van á Cuba á defraudar la Hacienda pública, tienen, entre los más altos personajes políticos, sendos padrinos á quienes pagan tributo. Poco aprovecha á dichos padrinos riqueza tan mal adquirida. Por eso me inclino yo á creer que los más criminales han de haber recibido muy poco; y que los medianamente criminales han de haber recibido algunos cajoncillos de cigarros puros, pinas en conserva y pasta de guayaba, con ó sin tropezones. Lo cierto es que yo he conocido y conozco gran multitud de nuestros personajes políticos. Los que son ricos sabemos perfectamente de dónde procede su riqueza. Y los pobres, que forman la mayoría, contándose entre ellos no pocos que han sido ministros de Ultramar, me atrevo á sostener que no han tomado un céntimo de peseta al hacerse el reparto de los doscientos millones de pesos fuertes. A algunos, cuyos nombres pudiera citar y á quienes traté y visité hasta que murieron, fue menester venderles los libros y las ropas para poder enterrarlos.
En suma; por donde quiera que yo lo miro, no noto en España esa horrible corrupción que el Sr. Merchán nos achaca, y que en todo caso no sería igual, ni con mucho, á la que de otras grandes naciones, como Francia é Italia, nos dejan presumir escándalos recientes, y como la que de los propios Estados Unidos por mil indicios también se presume.
Yo infiero de todo, empezando por conceder que en la administración de Cuba hay desórden y despilfarro, necesitados de enmienda, ó que la corrupción no es tan enorme como se dice, ó que son cubanos interesados y poco escrupulosos los que la fomentan, más en detrimento del Tesoro de la Metrópoli que en detrimento de la prosperidad de la isla.
La rebelión, por consiguiente, no queda así justificada. Los saqueos y los incendios perpetrados por los rebeldes no remediarán nada, ni contribuirán á la prosperidad de Cuba. Y contribuirán aún mucho menos, si los Estados Unidos, según ya se prevé, nos exigen indemnización por esos saqueos y esos incendios, que sin el favor y aliento que dan á los rebeldes, no se perpetrarían, y si el Gobierno español tiene la debilidad de someterse y de pagar. Esperemos, aunque se resista y no pague, que no haya violencia ni guerra internacional. Y en todo caso, aunque esa guerra sobreviniese y aunque nos fuese adversa la fortuna, siempre sería preferible á la humillación y á la ignominia; y sobre todo, si la ignominia y la humillación resultasen inútiles y al cabo hubiese guerra, á no ser que resignadamente nos dejásemos despojar de todo.
LAS ALIANZAS
_Sr. Director de El Liberal._
Mi distinguido amigo: Al leer lo que dice _La Época_ sobre política internacional, siento ciertos escrúpulos de haber contribuído, con el folleto que publiqué pocos días ha, á promover la cuestión de alianzas, que muchos periódicos tratan ahora. Esto me induce á comentar lo que ya dije, á fin de que, sino tiene usted inconveniente, me favorezca publicando esta carta, aunque impugne luego su contenido.
Lamentábame yo de que España, en la presente ocasión de apuros y peligros, estuviese aislada: pero mi lamento no implicaba oposición á determinado partido ú hombre político. No iba contra nadie: iba contra todos. Y por otra parte, como los aliados y los amigos no se buscan ni se ganan en el momento en que se necesitan, sino que se tienen á prevención y de antemano, también estuvo muy lejos de mi mente, y lo hubiera estado, aunque mi insignificancia no lo estorbase, el aconsejar al Gobierno actual que buscara depriesa y corriendo lo que antes de él, desde hace ya medio siglo, nadie había buscado.
Limitada así la intención que tuve al hablar de alianzas, sigo sosteniendo, sin que _La Época_ me convenza de lo contrario, que las alianzas son buenas y que sin alianzas nada útil é importante se ha conseguido en el mundo, desde que Hiran y Salomón se aliaron, hasta el día de hoy. Cuando Salomón, que era sapientísimo, buscaba alianzas, no será el buscarlas tan gran disparate. Sin la que contrajo, ni él hubiera construído el admirable templo de Jerusalén, ni desde Aziongaber hubiera enviado á Ofir sus naves para que volviesen cargadas de marfil y sándalo, oro y perlas, perfumes, especias, papagayos y otros mil primores. Y prescindiendo de ejemplos vetustos, hay uno muy reciente que muestra cuán fecundas en bienes son las alianzas urdidas con arte. Si consideramos lo que ha ganado el Piamonte desde Novara hasta el día, nos asombramos como del milagro más pasmoso. El pequeño sacrificio de enviar cuarenta mil hombres á Crimea, y más tarde el sacrificio algo mayor de ayudar á Prusia y de sufrir por mar una derrota en Lysa y por tierra otra en Custozza, han valido al Piamonte, primero el Milanesado y después el Véneto; que nadie se oponga á que arroje de Sicilia, de Nápoles, de Toscana y de otros Estados á sus soberanos legítimos; que, á pesar del enojo de muchos millones de católicos, despoje al Papa de su poder temporal, y que constituya la unidad de Italia, que parecía sueño. Pedir más sería gollería; sería imitar á aquel monarca aprovechadísimo que pedía y alcanzaba tantas cosas por medio de su hijo, casado con el hada Parabanú, hermana del rey de los genios, que el rey de los genios se hartó al verle tan exigente y pedigüeño, y le aplastó descargando sobre él su tremenda clava. La habilidad, por grande que sea, tiene su limite, sobre todo cuando no hay en ella magia ó hechizo. Y magia sería, si por virtud de la triple alianza diese Italia también cima y dichoso remate á sus tal vez prematuras empresas en remotos países.
La de Saavedra Fajardo, que cita _La Época_, y el texto latino de cierta fábula de Fedro, que todos sabemos, lo único que prueban es que cualquier obra de alguna transcendencia, como no se haga bien, lo mejor es que no se haga. Sin duda que hay peligro en aventurarse, pero quien no se aventura no pasa la mar.
Nosotros, los españoles, desde hace años pecamos de desconfiados y formamos de nosotros mismos muy pobre concepto. Pensamos y decimos sin ironía ni broma algo parecido á lo que por chiste oí yo decir una vez al Sr. D. Antonio Cánovas con general regocijo de cuantos le escuchaban. Decía que él se había venido de Málaga huyendo porque allí todos le engañaban ó trataban de engañarle. España, con la mayor formalidad, está diciendo y haciendo lo mismo: huye del trato y familiaridad de todas las potencias de Europa por temor de que la engañen.
Mientras más lo recapacito, mejor noto que la desconfianza que nos arrastra al retraimiento y al separatismo está en nosotros muy arraigada y conviene librarnos de ella. Por esta desconfianza echamos á los judíos y á los moriscos; por esta desconfianza se rompió nuestra unión con Portugal, y al romperla perdió Portugal lo mejor de su imperio en la India; por esta desconfianza estuvo á punto de separarse de nosotros Cataluña; en parte, por esta desconfianza se han emancipado prematuramente todas las colonias españolas del continente americano; y por esta desconfianza brotan hoy ominosos chispazos de regionalismo, ya en la misma Cataluña, ya en las provincias vascongadas, ya en Galicia.
Claro está que los negros y mulatos de la clase más ruda y humilde que hay en Cuba entre los rebeldes, están allí por merodear; que los aventureros de países extraños están para ganar importancia y dinero en la contienda; y que algunos ambiciosos, nacidos en la propia tierra, están porque sueñan con ser ministros ó presidentes de la República futura; pero si hay cubanos de arraigo y buena fé que conspiren ó luchen contra España y anhelen la independencia de Cuba, esa desconfianza secular, ese vicio inveterado del separatismo, es quien los mueve. Y es tan pernicioso para ellos el movimiento, que si España no logra pararle, los llevará al suicidio colectivo, ó á gemir bajo el yugo de un presidente ó de un emperador negro ó á la desaparición en la isla, de su lengua y de su casta, cuando toda, si triunfan, sea _yankee_, dentro de poco.
A fin de impedirlo, sacrifica hoy España sus hombres y su dinero. Y no es el interés quien la impulsa, sino una obligación sagrada. No podemos consentir en que retroceda á la barbarie lo que durante cuatro siglos hemos cuidado con amor y cultivado con esmero, ni podemos consentir en que desaparezcan de Cuba los hombres de nuestra lengua y casta, por ingratos y discolos que sean, para que se extiendan y dominen en ella los anglo-americanos.