A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos

Part 11

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Lo que yo admiro más en los Estados Unidos, hasta por el candor juvenil y casi infantil del sentimiento, es su prurito de acometer portentosas y difíciles empresas y de ver si logran sobrepujar en todo á los europeos. Hay en Europa casas de siete pisos, pues los _yankees_ las construyen de catorce; hay en Europa monumentos altísimos, pues los _yankees_ los construyen cincuenta codos más altos; hay en Europa regios alcázares, cuya base se extiende sobre centenares de metros cuadrados, pues los _yankees_ harán que se extiendan sobre millares de metros cuadrados sus alcázares republicanos. Todo en América ha de ser más alto y más grande que en Europa. ¿No está, por consiguiente, en contradicción con este empeño de superioridad; con el _Excelsior_, tan hermosamente cantado por un poeta _yankee_ y tomado como lema y santo y seña de su nación, el querer intimidar con amenazas y fieros á una nación que se cree débil, para fomentar la rebelión de gente á quien no es posible que se estime y para atropellar legítimos derechos? El mismo Presidente Cleveland y todo el pueblo anglo-americano debieran protestar, sin que nadie abogase por nosotros, contra los arrebatos violentos y ciegos de que se han dejado llevar sus Cuerpos Colegisladores.

Hubo en los Estados Unidos, y hay aún, porque supongo que vive, un cierto coronel Ingersoll que quiso, en su especialidad, como otros compatriotas suyos, ir más allá que todos los europeos. Era su especialidad un terrible aborrecimiento á Dios y un decidido empeño de expulsarle del universo, á fin que libre del despotismo divino fuese más dichoso el humano linaje. Para esta expulsión de Dios alegaba el coronel la crueldad con que Dios castiga en el infierno á los pecadores. Decía él que si su mujer, un tío suyo ó cualquiera de sus camaradas, estuviese sufriendo las penas eternas, y él estuviese en el cielo, le diría á Dios cuatro frescas y se iría también al infierno con su gente. Pero á esto se me ocurre objetar: ¿no sería mejor y más prudente en vez de pelearse con Dios, insultarle y llamarle tirano, creer que es bueno y hasta que todo eso de las penas eternas puede ser una calumnia que le han levantado á Dios en las Edades Tenebrosas, como el coronel Ingersoll las llama? Pues aplíquese el cuento al caso presente, y en vez de querer arrojarnos de Cuba y de insultarnos por lo crueles que somos, reconózcase y confiésese que no hay tal crueldad de nuestra parte, sino exagerada blandura con los mambises depredadores é incendiarios. Esto sería lo razonable y lo justo: que el coronel Ingersoll dejase á Dios en paz en el cielo y se contentase con poner las peras á cuarto á Moisés y con demostrar que no supo tanta química y tanta geología como él sabe, y que sus compatricios nos dejasen á nosotros en paz en Cuba, reconociendo que la hemos de cuidar mejor que los insurrectos si llegan á ser independientes, aunque no acertemos á hacer de Cuba el Paraíso que harían de ella los _yankees_, más sabios que nosotros en artes mecánicas y mejor iluminados y obsesos por los genios del comercio y de la industria.

En suma, yo tengo cierta vaga esperanza, y pido fervorosamente al cielo que se realice, de que las grandes potencias de Europa, que forman tácita confederación para dirigir y ordenar la marcha civilizadora de nuestra especie, no contemplen con indiferencia la atroz iniquidad de que pretenden las Cámaras anglo-americanas hacernos blanco y objeto. Hasta confío aún en que la masa del pueblo de la Unión vuelva en sí, retroceda del camino por que quieren lanzarla, se llene de honrados escrúpulos, y vea y note cuanto hay de cobarde, de ruín y alevoso, en querer aprovecharse para humillarnos de nuestra verdadera ó aparente postración y de los disturbios que nos abruman. Yo no me atrevo á creer que ese pueblo, hoy en toda la lozanía, crecimiento y vigor de su mocedad, pretenda lucirse haciendo el feo papel de sacudir la coz del asno contra el león que juzga moribundo. Por todo esto, es tan posible como deseable que el conflicto que se ha promovido no acabe por estallar, con horroroso estrago, como bomba de dinamita, sino que se quiebre y se desvanezca en el aire como ténue bola de jabón y de agua.

En vista de lo que queda expuesto, apenas es creíble que Inglaterra, Francia y las demás naciones de Europa que en América tienen colonias se crucen de brazos, y sólo por la culpa de que somos débiles, ó de que consideran que somos débiles, dejen sin chistar y sin mostrar el menor enojo que los Estados Unidos nos insulten, nos vejen y nos despojen.

Pongámonos, sin embargo, en lo peor. Demos ya por seguro que nadie acude á nuestro lado y que sin freno que los contenga, los _yankees_ persisten en sus exigencias y en su furia. Aun así, yo afirmo que debemos pasarnos de modestos, de pacíficos y de prudentes. El límite de nuestro sufrimiento debe ser el último límite. El Gobierno español, con paternal cuidado y amoroso desvelo, debe evitar cuanto sea posible los crueles sacrificios de vidas y de haciendas á que una guerra desigual nos obligue; pero llegados ya al último límite, nos conviene entender que es consejo y no precepto evangélico aquello de que: si te piden la capa da también la túnica. No, no debemos dar ni túnica ni capa; no debemos entregar á la codicia ó á la soberbia de los _yankees_ ni un palmo de terreno en la isla de Cuba; ni debemos tampoco continuar pagándoles tributos como por virtud de injustas y arbitrarias reclamaciones de indemnización nos los han hecho pagar durante muchos años, humillándonos al pagarlos. Antes de sufrir tanto oprobio y tan honda caída, desvanecidas ya todas las esperanzas de paz honrosa, declaremos la guerra á los Estados Unidos, hagámosla con valor, y aunque nuestro triunfo definitivo parezca milagro, confiemos y creamos en que la era de los milagros no pasó todavía.

¿Quién sabe si el sacudimiento terrible que tendrá que producir esta guerra no será una crisis saludable que nos levante de la postración en que estamos y nos coloque de nuevo entré las grandes naciones del mundo? Unidos todos en un esfuerzo común, olvidaremos nuestras divisiones de partidos, nuestras rencillas políticas y nuestros desventurados regionalismos. No seremos republicanos, ni carlistas; canovistas, ni sagastinos; pero seremos ministeriales todos; y no nos jactaremos de ser aragoneses, catalanes, castellanos ó vascos, porque todos seremos españoles.

Nuestro ejército, lejos de lamentar la guerra, se alegrará de que, merced á la guerra, podrá luchar con alguien que dé la cara, que no sean foragidos que huyen y se esconden, y en cuyo vencimiento se puede alcanzar alguna gloria. Nuestros generales, por último, se alegrarán más aún, porque tendrán ocasión de mostrar lo que valen, en vez de jugar al escondite con enemigos que se ocultan y de sacrificar á sus soldados, no por exponerlos á las balas de esos enemigos y á sus celadas y sorpresas, sino por las inclemencias y las fiebres de un clima mortífero para ellos.

Aunque soy optimista, aunque no pierdo nunca la esperanza, aunque creo que ahora tienen los españoles el mismo gran ser que tuvieron á fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI, cuando fué el apogeo de su gloria, si bien no temo la guerra, tampoco la deseo. No tienen la culpa los ciudadanos de los Estados Unidos en general de la soberbia disparatada, de la ignorancia y de la codicia de sus representantes y de sus senadores. Y yo, sin poderlo remediar, no excluyo de mi amor por el linaje humano al pueblo de los Estados Unidos, donde hubo y hay hombres y cosas que me son simpáticos: elegantes é inspirados poetas como Longfellow, Russel-Lowell y Whitier; algunos pensadores, si poco originales, discretos é ingeniosos como Emerson, imitador de Tomás Carlysle; varios historiadores, aunque poco profundos, amenos y agradables de leer, salvo cuando tratan de sus propios asuntos, porque entonces suelen ser más pesados que el plomo; varios divertidos novelistas, y sobre todo, hombres de tan aguda inventiva que ya brillan como Edison, empleando la electricidad en no pocos útiles y pasmosos artificios, ya producen la máquina de coser, que siempre que la contemplo me deja embobado. Yo admiro además la belleza, el talento y la refinada cultura de las mujeres anglo-americanas, las cuales son la más preciosa y segura garantía de que si se llevase á su práctica huraña la doctrina de Monroe y se volviese á establecer el divorcio entre el antiguo y el nuevo mundo, no volverían los habitadores del último á andar vestidos de plumas y de pieles, á sacrificar seres humanos á los ídolos y á comerse unos á otros. Yo admiro el salto del Niágara, la riqueza y prosperidad de los Estados Unidos, la magnificencia y esplendor de sus grandes ciudades, como Nueva York, Boston y Filadelfia; la facilidad y comodidad con que por allí se viaja en ferrocarril, y lo amables y hospitalarios que son los _yankees_ con los extranjeros cuando el amor propio no los ciega y cuando no se les pone en la cabeza que los extranjeros les son muy inferiores, porque entonces suelen ser harto poco amorosos y son muy desprovistos de caridad. Díganlo si no los pobres chinos, harto duramente zurrados porque trabajan por muy corto salario. Para no cansar, lo que es yo, á pesar de los insultos que nos han inferido, celebraría en el alma que nos reconciliásemos, nos estimásemos en más, y acabásemos por querernos bien en vez de venir á las manos.

Pero si esto no es decorosamente posible ¿qué le hemos de hacer? Pecho al agua y adelante. No hay mal que por bien no venga. Casi estoy por decir que de todos modos saldremos gananciosos. Si somos vencidos, perderemos pronto á Cuba sin aburrirnos y cansarnos durante tres ó cuatro años en perseguir á nuestros enemigos trashumantes, contra los cuales, en vez de enviar soldados, debiéramos enviar perros y hurones. Y si salimos vencedores, que todo es posible con el favor del cielo, donde aún conserva y cuida Santiago su caballo blanco y sus armas, entonces se corregirán muchísimo los _yankees_, porque se les bajará el orgullo que es su mayor falta; y yo, aunque estoy abrumado por las enfermedades y los años, me regocijaré al contemplar á los _yankees_ más apacibles y benignos, menos duros é insolentes con nosotros, renegando de su tontería de doctrina de Monroe, y alargándonos sin rencor y como Dios manda la mano de amigos.

Entonces cantaría yo un magnífico _Te Deum_ allá en el fondo de mi alma, y exclamaría remedando al viejo Simeón: _Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum_.

QUEJAS DE LOS REBELDES DE CUBA

Don Rafael María Merchán es uno de los escritores de más saber y talento que hay en el día en la América española. No he de negarle yo esta alabanza, porque él sea tan descastado y tan acérrimo enemigo.

Años há, me envió un libro suyo titulado _Estudios críticos_. Yo le celebré en mis _Cartas americanas_. Después creo que tuvimos cierta polémica y que el Sr. Merchán escribió un folleto contra varias de mis afirmaciones.

Desde entonces hasta hoy, ni yo he hablado al público del Sr. Merchán, ni supongo que él ha hablado de mí; pero ni yo le he olvidado ni él me ha olvidado tampoco. Para probarlo me acaba de hacer la fineza, que le agradezco, de remitirme desde Bogotá, donde reside, la obra reciente, de 250 páginas, titulada: _Cuba. Justificación de su guerra de independencia_.

La obra es curiosísima y tan llena de interés en la actualidad, que bien merece se dé noticia de ella. Voy, pues, á hacerlo, si _El Liberal_, hospitalaria y bondadosamente, inserta mi escrito en sus páginas de tan popular y difundida lectura.

Tan enfurecido está el Sr. Merchán contra España y tan deseoso de sacudir su yugo, que con tal de que sea libre Cuba, aplaude á los que incendian sus sembrados y plantíos y arrasan sus cortijadas indefensas, lamentando sólo que no hayan podido hasta ahora incendiar también sus ciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo. Para hacer patentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamaña destrucción, aduce el Sr. Merchán multitud de ejemplos históricos, desde Sagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar más vigor á su apología, cita una octava de la _Lamentación de Byron_, de Núñez de Arce, donde el poeta aconseja á los griegos que talen é incendien y lo conviertan todo en ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, una distinción que hacer, y de no pequeña importancia. Los griegos iban contra los turcos, gente de muy distinta raza, civilización y creencias religiosas; y los griegos, cuya historia es gloriosísima y antigua, como del pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de las letras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas con que los humillaba otro pueblo, rudo y bárbaro, venido del Norte del Asia, y de harto menos nobles historia y origen. ¿Qué tiene que ver esto con los españoles y los cubanos, ya que los últimos, si no son españoles ó negros, no son nada? En el porvenir podrán ser todo lo que anhelen y sueñen: por el invencible amor á mi raza deseo yo que sus sueños no sean absurdos, sino que se realicen; pero lo que es ahora, ó no son nada, ó son españoles, ó son negros. Hay además otra notable diferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de su capa un sayo. Heróicos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificio de los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos; pero cuando alguien destruye ó quema lo que no le pertenece ó se queda con ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de héroe, sino de bandido.

Veamos ahora los argumentos de que se vale el Sr. Merchán y la multitud de crímenes que atribuye á los españoles peninsulares para justificar y aun glorificar á los rebeldes de Cuba y para calificar de indispensables, de nobilísimas y de santas sus fechorías.

Hablaré primero de las acusaciones más generales y vagas que lanza contra nosotros el señor Merchán, y pasaré luego á las más concretas.

Según él, todo español que va á América podrá conseguir cuanto desee, menos una cosa: tener hijos españoles. Si fuese verdadera la afirmación, que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo el desdén que supone el Sr. Merchán que los españoles peninsulares tenemos á los españoles criollos, estarían, hasta cierto punto, fundados. Don Marcelino Menéndez y Pelayo hubiera podido entonces decir sin rencor, hablando de América, en su obra titulada _Ciencia española, que la ingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra_. El mismo Sr. Merchán da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que no hay español que pueda engendrar en América un hijo que no reniegue de su casta y que no se rebele contra la nación á que pertenece. Por dicha el Sr. Merchán se equivoca, y también se equivocó el señor Menéndez y Pelayo, y yo lo reconozco, aunque disculpo la última equivocación, enmendada ya. El Sr. Menéndez incurrió en ella siendo muy joven é inexperto todavía.

Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, ni sombra de enojo contra los hispano-americanos. Ni uno solo de los casos que aduce el Sr. Merchán tienen el menor valor.

Don Antonio de Trueba, al apellidar á Bolívar _El Libertador_, dice: Nombre que uso por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia. Y yo afirmo que, sin desdén ni odio, el Sr. Trueba hizo muy bien en no llamar por su cuenta _Libertador_ á Bolívar. Los españoles peninsulares, sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar á Bolívar gran capitán, héroe, eminente político, ilustre y valeroso personaje; en suma, todo lo que se quiera menos _Libertador_, porque esto sería confesar y creer lo que no creemos; que nosotros somos unos tiranos inícuos de quienes conviene libertarse.

La señora doña Soledad Acosta de Samper fué en España tan obsequiada y celebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todavía se queja (en su _Viaje á España_) de que no pongamos por las nubes á Bolívar, y de que no nos entusiasmemos con él. Pues si Bolívar nos venció, ¿cómo quiere la señora doña Soledad que nos entusiasmemos? ¿No hay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegación tan dolorosa? Fuera de esta cruda mortificación de amor propio que el Sr. Merchán y la señora doña Soledad Acosta pretenden imponernos para probar que los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado á los hispano-americanos las mayores pruebas de estimación y de cariño. Y esto desde los tiempos más antiguos hasta el día de hoy. Americano era Alarcón, y no hay español que no le cuente entre nuestros grandes y gloriosos poetas dramáticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope, de Calderón y de Tirso. Americana era doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, y figura en España como la primera de nuestras poetisas líricas desde que empezó á escribirse en lengua española hasta el día. Y la poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera, si la Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, también americana.

No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni á Gorostiza, ni á Ventura de la Vega, ni á Rafael María Baralt, ni á José Heriberto García de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de Estado y popularisimos caudillos han pasado en España otros varones ilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el marqués del Duero.

Cuantos personajes se han distinguido en la América española por su saber, por su ingenio, ó por sus hazañas, desde que la América española se declaró independiente, han sido en España tan celebrados y queridos como en la República misma donde ellos nacieron. Así D. Andrés Bello, á quien admiramos como filólogo y como autor de Derecho internacional, y cuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria; y así D. Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso. No nos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar con fundamento las poesías de ambos Caros, de Mármol, de Andrade, de Obligado, de Restrepo, de Oyuela, de Ruben Darío y de algunos otros.

El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiración se difunda mucho más. Y, francamente, nos parece hasta cómica la censura dirigida contra la _Antología de poetas hispano-americanos_ del Sr. Menéndez y Pelayo, porque no incluya en ella, desdeñándolos, á no sé cuántos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el Sr. Menéndez y Pelayo, que es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esos grandes poetas. Y si los conocía, es inverosímil que no insertase en su colección ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, con indulgencia pasmosa, tantísimo verso insignificante y menos que mediano. El empeño de agradar á nuestros hermanos de América y el afán de mostrar que sabe mucho, disculpan al Sr. Menéndez y Pelayo; pero, hablando con franqueza, su _Antología_ hubiera valido más, si en vez de constar de cuatro gruesos tomos hubiera constado sólo de dos, y aun de uno: su _Antología_ se asemeja á los libros proféticos que la Sibila de Cumas vendió á Tarquino el Antiguo. Primero eran nueve y Tarquino no los quiso comprar; luego la Sibila los redujo á seis, y Tarquino no los compró tampoco; y por último, la Sibila los redujo á tres y pidió por ellos tres veces más de lo que por los nueve había pedido. Tarquino los compró entonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido á uno solo, Tarquino hubiera dado por él más dinero. _Mutatis mutandis_ lo propio puede decirse de la _Antología_ del Sr. Menéndez y Pelayo.

En lo expuesto hasta aquí, no creo yo que haya razón suficiente para que los rebeldes de Cuba nos hagan la guerra á sangre y fuego, poniéndonos en idéntica situación en que Dionisio, tirano de Siracusa, puso á un filósofo crítico que había en su corte. Como el filósofo no gustó de los versos del tirano, éste le trató muy mal; se apiadó luego de él y le sacó del calabozo en que le tenía encerrado; le leyó, por último, otros versos suyos, y entonces dijo el filósofo: que me vuelvan á encerrar en el calabozo. Aplíquese el cuento y conste que si la guerra civil cubana, cuya terminación fervorosamente deseamos, hubiese de terminar aplaudiendo nosotros muchos versos de por allí, un involuntario é indomable espíritu crítico nos forzaría á exclamar: que nos vuelvan al calabozo; que siga la guerra; _signa canant_, suenen las trompetas, como dijo Augusto á Fulvia cuando le amenazó con la guerra civil, si amorosamente no se le rendía.

Basta ya por hoy. Otro día hablaré de otras razones menos disparatadas que alega el señor Merchán en favor de la guerra de Cuba.

II

Ciencia exacta es la estadística. Yo no lo niego. Lo único que me atreveré á decir es que siempre que de estadística se trata, acude á mi memoria este cuentecillo.

De vuelta á su lugar cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados por agua, que había en un plato, escondió uno con ligereza. Luego preguntó á su padre.--¿Cuántos huevos hay en el plato?--El padre contestó:--Uno. El estudiante puso en el plato el otro, que tenia en la mano, diciendo:--¿Y ahora, cuántos hay?--El padre volvió á contestar:--Dos.--Pues entonces--replicó el estudiante--dos que hay ahora y uno que había, antes, suman tres. Luego son tres huevos los que hay en el plato. El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se quedó atortolado y no atinó á desenredarse del sofisma. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba á afirmar que había tres. La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se le comiera: tomó otro huevo para ella, y dijo á su sabio vastago:--El tercero, cómetele tú.

Tercer huevo es casi siempre el _superávit_ de los presupuestos y no corta porción de las rentas y recursos de los particulares y de los Estados.

Traigo esto al propósito de que recibamos con escepticismo prudente todos los datos estadísticos que el Sr. Merchán presenta para demostrar cuánto produce á España la isla de Cuba.

Según muchos políticos y estadistas españoles, entre los cuales cita el Sr. Merchán á D. Francisco Silvela, en un discurso que pronunció en el Congreso el 12 de Febrero del año pasado, Cuba, desde hace tiempo, es una carga para España.

Contra esto se encoleriza extraordinariamente el Sr. Merchán y siente herida su vanidad de cubano. Según él, Cuba nos produce tanto, que el día en que la perdamos, casi todos los españoles nos moriremos de hambre ó poco menos. Por interés y no por punto de honra, anhelamos, pues, conservar á Cuba. El Sr. Merchán no quiere comprender ó no comprende, que, hasta prescindiendo del interés y del punto de honra, la conservación de la grande Antilla nos importa mucho. Su pérdida no podría menos de dolernos, como duele á cualquiera que le saquen una muela picada, aunque la muela para nada le sirva. De aquí que tratemos de empastarla ó de orificarla, y procuremos resistir á los _sacamuelas_ de los Estados Unidos, que desean su extracción y tienen ya preparado el gatillo.

Pero vamos á la estadística del Sr. Merchán.

Confiesa que, desde 1868, no vienen á España sobrantes de Ultramar. Los insurrectos de Yara, dice con júbilo, cerraron este vasto desagüe. Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, según el Sr. Merchán, viene á España por otros conductos.