A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos

Part 10

Chapter 103,890 wordsPublic domain

En la ocasión presente y desistiendo de exigir como obligación ó como deber las inspiraciones ó los milagros del genio, nuestros generales, antes Martínez Campos y ahora Weyler, merecen aprobación y aun aplauso. Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir el combate, escapar á la persecución y escabullirse y esconderse. En la gran extensión de la isla, en sus bosques y ciénagas, en lo quebrado y áspero del terreno á veces y en lo insalubre y mortífero de aquel clima para los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldados obstáculos harto difíciles de superar. Si recordamos que en la primera mitad de este siglo hubo en Andalucía foragidos como el Tempranillo, el Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y que teniendo cada cual una cuadrilla de diez ó doce hombres á lo más, en campo raso, donde, si á veces el terreno es quebrado, no hay selvas tupidas ni lugares pantanosos, todavía burlaron las persecuciones y se sustrajeron durante largos años á las batidas que dió el poder público para cazarlos, no debemos extrañar que, á pesar de nuestro valeroso y valiente ejército, recorran la isla Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros malhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueen sin que se haya logrado aún capturarlos é imponerles el castigo que merecen.

La disculpa del poco éxito alcanzado hasta ahora no puede tener fundamento más sólido ni más claro.

En cambio son dignos de omnímodas alabanzas, singularmente en el general Martínez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegación con que fué á Cuba, exponiéndose en una lucha sin gloria á la mengua ó á la pérdida de su crédito, que ya no podía ser mayor. Y no menos alabanza piden la lenidad, la dulzura y el espíritu de conciliación con que el general Martínez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en la isla, ha tratado á los diferentes partidos políticos que en ella hay, sin excluir á los que llenos de imperdonable ingratitud hacia la metrópoli y ciegos por ambición ó por falso y torcido amor al suelo natal, anhelan y buscan la separación de Cuba y de España.

A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general Martínez Campos, en nada desmentida hasta el día por su sucesor el general Weyler, y á pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija ni guarida permanente, sino que andan á salto de mata, más que como soldados como ladrones, ha ocurrido lo que á nadie sorprende, porque se preveía; pero lo que á toda persona honrada y juiciosa escandaliza y aturde. El Senado anglo-americano, después de larga discusión, en que muchos de sus más notables individuos se han desatado en groserísimas injurias contra España, ha estimulado y autorizado al presidente Cleveland para que, en el momento que considere más oportuno, declare la beligerancia de los insurrectos.

Durísimo, feroz es el ultraje que el Senado anglo-americano ha hecho á España y que la Cámara de representantes de la misma República casi por unanimidad ha confirmado luego; pero aunque los periódicos más acreditados de la Península miran con calma la ofensa que hemos recibido y recomiendan al pueblo español prudencia y sufrimiento, todavía quiero yo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oída, recomendar prudencia y sufrimientos mayores.

Es innegable que en la resolución que se ha tomado y en los motivos que se han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto más sangriento que hacer se puede. Un sujeto cualquiera, medianamente celoso de su honra, ofendido así por otro sujeto, quedaría afrentado, humillado y escarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo á muerte. Pero ¿qué paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se trata de particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potencias soberanas?

Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyes del honor y del duelo, no consienten que nadie riña en él con ventaja, ni uno contra cuatro, ni con mejores ni más poderosas armas éste que el otro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad de fuerzas ó de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno y deseable sería que no hubiese riñas sino paz entre los hombres; pero ya que hay riñas, es laudable y extraordinario progreso el desafío bien ordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones, á pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres, y á pesar de los decantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tan desordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por más que esto se vele ó disimule con refinamientos hipócritas. Una nación, aislada como lo está España, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienen los Estados Unidos y con muchísimos menos recursos pecuniarios para comprar ó fabricar los costosísimos medios de destrucción que hoy se emplean, incurriría en un heroico delirio y cometería un acto de inaudita temeridad en provocar á dichos Estados, pidiéndoles, con sobrada energía, satisfacción de una injuria, que, en mi sentir, se puede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengo para aconsejar este prudente disimulo, por parte de los poderes públicos, se entiende, y quedando á salvo la lengua y la pluma de cada ciudadano español, para devolver con creces agravio por agravio y para desahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.

Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamos tratando, es disculpable, aunque á poco ó á nada conduzca: pero cualquiera manifestación colectiva en ofensa y en odio de la gran República Norteamericana sería hoy por todos estilos perjudicial y contraproducente, y nos quitaría mucha parte de la razón, de que debemos cargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspección y el juicio con que casi todos los periódicos de España aconsejan al pueblo que se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energía con que el Gobierno se apercibe á prevenirlas ó á reprimirlas.

Pero yo aún voy más allá en excitar al Gobierno á la longanimidad y á la paciencia. Creo que el Gobierno no debe siquiera pedir por la vía diplomática satisfacción al gobierno de Washington por las groseras injurias y calumnias que han lanzado contra España varios senadores desde el Capitolio de Washington.

Hay que tener en cuenta que en aquella gran República no suelen ser los _politicians_ las gentes más estimadas, mejor educadas y más sensatas: que por allí no se guardan en las discusiones públicas el mismo decoro y la misma cortesía que en los Parlamentos europeos, y que en el estilo y hasta en los modales se advierte cierta selvática rudeza, por influjo acaso del medio ambiente, por cierto atavismo, no transmitido por generación como el pecado original, sino por el aire que en aquellos círculos políticos se respira. Cuando en los escaños de un Cuerpo colegislador se masca tabaco, se colocan los pies más altos que la cabeza, y cada senador se entretiene con un cuchillito y un tarugo de madera en llenar el suelo de virutas, no es de extrañar que se digan y se aplaudan las mayores ferocidades, como si oradores y oyentes estuviesen tomados del vino.

No prueba esto, ni mucho menos, que la mayoría de aquella gran nación piense y sienta como sus apasionados _politicians_; antes es de esperar que esa mayoría, si con quejas violentas no la solevantamos nosotros y no nos enajenamos su voluntad, proteste, al ver nuestra serenidad y nuestra cordura, contra los agravios que los senadores nos han inferido y dé con su protesta el conveniente vigor y el indispensable apoyo al presidente Sr. Cleveland, para que él proteste también sin que nosotros lo pidamos ó lo exijamos y para que no se prevalga de la insinuación y del permiso con que le excitan y facultan á reconocer la beligerancia.

Claro está que el Gobierno español debe estar prevenido para todo evento, sin que ninguno por peligroso que sea, le sorprenda ó le asuste; pero, al mismo tiempo, nos atrevemos á recomendarle placidez y calma.

Aun suponiendo al Sr. Cleveland amigo de España ó amigo al menos de la justicia, no comprendo qué nos propondríamos lograr si de oficio pidiera satisfacción nuestro Gobierno de las injurias que nos han dirigido los senadores. Inútilmente pondríamos al Sr. Cleveland en el mayor apuro, ya que él no tiene fuerza para castigar á los senadores que se han insolentado contra nosotros ni para moverlos á que se retracten y canten la palinodia. Lo más que el Presidente podría hacer, sacrificando acaso un poco de su popularidad é indisponiéndose con los senadores para estar fino y amable con nosotros, sería decir que deploraba que nos hubiesen injuriado. Tal función de desagravios es tan triste y tan incompleta que lo mejor es que no la haya. Lo mejor es que el Gobierno español no aspire á que el Sr. Cleveland declare que nos tiene algo á modo de lástima.

En suma, á pesar de las ofensas que se nos han hecho hasta ahora en el Senado, y á pesar de que yo doy por seguro que no han sido menores las que se nos han hecho en el Congreso, yo creo que el Gobierno de la nación española no debe darse por entendido, ni considerarse herido de semejantes ofensas, ni formular contra ellas en documento oficial la queja más mínima. Esta queja sería una confesión de que nos han tocado y maltratado, sería poner á la nación española al nivel de sus detractores, sería confesar que los tiros de éstos han subido muy alto y han tenido fuerza para atravesar el escudo del soberano desprecio con que España debe desdeñarlos.

España, prescindiendo de la resolución que en pos de los insultos puede venir, arrastrándonos fatalmente á una guerra sangrienta y ruinosa, y considerando sólo los insultos, conviene que los juzgue y condene con las palabras mismas del gran poeta inglés: _«Tales told by idiots, full of sound and fury, signifying nothing»._

En los momentos difíciles en que se halla en el día la nación española, es antipatriótico todo espíritu de oposición contra el Gobierno. Debemos desear que acierte, y para su acierto debemos coadyuvar en la medida de nuestras fuerzas, sin poner el menor estorbo y sin apelar á la censura ni mostrar disgustos sino en casos extremos. A fin de no precipitar al Gobierno á un rompimiento prematuro con los Estados Unidos, lo primero que importa comprender es que no se debe ligeramente pensar que el honor de España está ofendido y comprometido por aquello y en aquello por lo que no puede estarlo. Válganos una comparación para aclarar este concepto. Si un solo hombre se viese acometido por cuatro ó por más locos furiosos, mejor armados y con mayores medios de defensa y de ofensa, y los cuatro le insultasen, y además quisiesen con amenazas intervenir en los negocios de él y hasta disponer y apoderarse de su hacienda, el hombre así atacado lo primero que haría sería prescindir de los insultos y procurar pidiendo auxilio y por todos los medios rechazar las injustas pretensiones y exigencias de sus poderosos agresores. En último resultado, si permaneciese solo y nadie acudiese en su ayuda, lo noble y lo heroico sería combatir él solo contra los cuatro hasta vencerlos ó morir; pero también sería delirio, y vanidad y pundonor mal entendido el combatir solo y desde luego sin intentar que alguien viniese en nombre de la equidad y de la justicia á poner á raya á su enemigo y á evitar la desigual é injusta contienda con que su enemigo le amenazaba si no cedía ó se humillaba á su capricho, á su soberbia y á su codicia acaso.

Quiero significar con esto que, á mi ver, el Gobierno español, sin dirigir la menor queja al de Washington, en lenguaje tan templado y circunspecto como firme, en nota circular dirigida á las principales naciones de Europa, debe escribir una protesta contra la resolución tomada por el Senado y por el Congreso de los Estados Unidos, demostrando con razonamientos y autoridades y citas que los mencionados Cuerpos Colegisladores han infringido el derecho de gentes al declarar beligerantes á unos foragidos, han faltado á las buenas relaciones de amistad con España fomentando y favoreciendo el espíritu de rebelión de algunos cubanos, y han desconocido la autonomía y soberanía de España osando amenazarla con intervenir en sus interiores asuntos y excitándola á que se desprenda de gran parte de su territorio y de la población que hay en él, lo cual es todo suyo legítimamente desde hace cuatro siglos.

Yo no puedo creer que Francia, Inglaterra, Alemania y otras grandes potencias de Europa dejen de darnos la razón: no se pongan de nuestro lado á fin de impedir que violentamente se nos veje y se nos quiera despojar de lo que poseemos, amenazándonos con una guerra injusta y harto poco gloriosa para el que con ella nos amenaza, confiado en la descomunal superioridad de sus fuerzas en hombres y en dinero.

Durante siglos España ha demostrado su valor, y bien puede ahora, sin recelar que la acusen de pusilánime, llegar al último extremo de la prudencia y de la cordura y pedir apoyo y favor contra un enemigo reconocidamente más fuerte que ella y que trata de abusar de su fuerza. Asimismo es muy humano y muy conveniente á la civilización evitar hasta donde sea posible la efusión de sangre, los estragos, la paralización del comercio y las grandes pérdidas de riqueza que una guerra trae consigo. Nadie nos podría zaherir por esquivar esta guerra, dejando á salvo nuestra independiente soberanía y conservando, sin acudir á las armas y merced al apoyo de grandes potencias, la integridad de nuestro territorio.

Enorme desventura sería si después de dar este paso nadie nos acudiese y permaneciésemos tan aislados como estamos ahora. Para entonces es para cuando conviene tener nuestra energía como contenida y represada y hacer brioso alarde de ella con viril serenidad, arrostrando todos los peligros, confiando en Dios y en nuestro derecho, y combatiendo solos contra los Estados Unidos, aunque fuesen mil veces más poderosos de lo que son, sin desesperar del triunfo, ó sin hacerle pagar muy caro al menos.

Lo pasado ya no tiene remedio. De lo pasado no debiera hablarse si no encerrara una lección y un escarmiento para el porvenir.

Menester es confesarlo. En el aislamiento de España hay de nuestra parte no pequeña culpa. Cuantos gobiernos y cuantos partidos han estado en España en el poder, desde hace muchos años, han propendido al aislamiento, movidos por una prudencia mal entendida y por un concepto equivocado y mezquino de la importancia y del valer de la nación cuyos destinos dirigían. Deberes hay que España no puede desatender y hay aspiraciones y propósitos que el alma de la nación no puede ahogar en su centro, aunque se esfuerce por ahogarlos. Son los deberes la conservación de las Antillas y de los archipiélagos que poseemos en el Pacífico. Nuestras aspiraciones, providencial ó fatalmente impuestas por nuestra misma historia, están en que nadie sin contar con nosotros domine en Marruecos; en estrechar cada vez más nuestras relaciones con los portugueses; y en conservar, ya que los lazos políticos están rotos, la unidad de civilización, de idioma y de casta entre esta península y las que fueron sus colonias y hoy son repúblicas independientes, procurando y anhelando, con poco menos ahinco é interés que nuestra prosperidad y auge los de las repúblicas hispano-americanas, hacia las cuáles nos inclina un orgullo paternal que no quisiéramos ver abatido y burlado.

Con tales propósitos y miras, el retraimiento de España es imposible: el afán de sus gobernantes de no exponerla lanzándola en aventuras, la ha expuesto más dejándola sola. Hasta nuestro desmesurado proteccionismo ha contribuído á enajenarnos la voluntad ó á entibiar al menos el afecto que pudieran sentir por nosotros algunas potencias de primer orden. No nos ha valido para estímulo el ejemplo de otras naciones, que buscando alianzas y aventurando algo han alcanzado bienes que parecían inasequibles y como delirios de un ensueño. Así el Piamonte, vencido y ruinosamente multado, después de Novara, ha venido á lograr lo que en balde se pretendía desde hace siglos: la unidad de Italia, sólo momentáneamente lograda bajo el cetro del rey bárbaro Teodorico. Austria, para tener apoyo y alianza, se ha unido en estrecha amistad con los dos pueblos que más la han agraviado: con los italianos, que han conseguido arrebatarle el Milanesado y el Véneto, y con los prusianos, que la vencieron y la despojaron de la hegemonía en Alemania. Francia misma, desechando antiguas enemistades, busca con fina y constante solicitud la amistad de los rusos y los lisonjea y los encomia, poniendo de moda hasta las rarezas y excentricidades de sus escritores. Tal vez España sea la única nación que por el afán de no comprometerse ha esquivado toda amistad y se ha quedado sola. Si sigue así, si nadie acude á sostenerla, escarmentará al verse en tan cruel abandono.

Por fortuna, aun sin contar con alianzas que no hemos buscado y con simpatías que no hemos procurado crear ni fomentar, todavía nos queda alguna esperanza de que las grandes potencias de Europa se pongan de nuestro lado, vuelvan por nosotros y hagan respetar nuestro derecho. Sería extraño que sufriese en silencio el presuntuoso descaro con que los diputados y senadores _yankees_ se constituyen en tribunal del humano linaje, en hierofantes de la filantropía y la cultura, reprobando y anatematizando la conducta de una nación soberana en su gobierno interior, sometiéndola á su fallo y tratando de imponerle castigos infamantes, de desmembrarla á su antojo y de despojarla de parte de sus bienes. Todavía es más odiosa y ridícula esta pretensión al notar que se apoya en la necia doctrina de Monroe. ¿Qué significa racionalmente que América ha de ser para los americanos? ¿Dónde están los americanos á quienes América en todo caso pertenece? Los que han dejado vivos los _yankees_ están acorralados como toros bravos en una dehesa ó como jabalíes en un coto. Fuera de esto, América es y seguirá siendo, durante muchos siglos, de los europeos. La religión, la ciencia, la cultura, los idiomas en que se habla y se escribe, todo es allí de Europa. Si ha habido allí algunos historiadores ilustres, algunos poetas inspirados, y tal cual mediano pensador, en inglés, en portugués ó en español han escrito; si algo han inventado, no ha sido lo bastante, ni para torcer el rumbo, ni para acelerar el paso y aumentar el vigor y la firmeza con que la humanidad sigue su marcha progresiva elevándose á superiores esferas. Todo cuanto los _yankees_ han pensado, inventado ó escrito, podrá ser un brillante apéndice; pero no es más que un apéndice de la civilización inglesa. Será una cola muy lucida, pero no es más que la cola. El núcleo, el foco, el centro luminoso, el primer móvil, cuanto ilumina y mueve aún á la humanidad en su camino, está en Europa y no ha pasado á América ni es de temer que pase. La antorcha del saber y de la inteligencia, la férula del magisterio, el timón de la nave, el cetro de la soberanía mental están en Europa desde hace tres mil años.

Ni los persas, ni los cartagineses, ni los árabes, ni los tártaros, ni los turcos, lograron arrebatárnoslos en sus ingentes y tremendas expansiones. Es, pues, cosa de risa el prurito de los _yankees_, su mal disimulado deseo de arrebatárnoslos ahora. Y si no pretenden esto, si no aspiran sino á un nuevo divorcio entre ambos hemisferios ¿qué significa la doctrina de Monroe? Todavía en las Repúblicas hispano-americanas, si la suerte les hubiera sido más favorable y si no estuvieran tan abatidas, la doctrina de Monroe tendría explicación, tendría fundamento justificado. Allí hay un elemento indígena: allí hay americanos de verdad. Hasta de la mezcla de la sangre española con la sangre india, se podría suponer que ha nacido y que se desenvolverá una raza distinta y acaso superior á la europea. ¿Pero en los Estados Unidos hay algo más que el suelo que sea americano? ¿Qué significa pues la manoseada frase «para los americanos América?» ¿Con qué razón, con qué derecho, á no ser por la fuerza cuando la tengan, tratarán los _yankees_ de echar de América primero á España, y después á Inglaterra, á Francia, á Holanda y á Dinamarca, que son tan americanas como los _yankees_ y han merecido y merecen más aplauso y gratitud de América, porque la han colonizado, civilizado y cristianizado, implantando en ella todo el saber, toda la virtud y todos los gérmenes de poder y de grandeza de que los _yankees_ andan ahora tan orgullosos?

Al redactar este escrito me dejo llevar por un impulso involuntario, reconociendo lo poco que importa mi protesta y lo débil que es este alarde de patriotismo al lado de los que hacen y seguirán haciendo muchos generosos y nobles españoles, como, por ejemplo, los que residen en Méjico, y en la Península el sabio Obispo de Oviedo y el noble Marqués de Comillas. Avergonzado por ellos de mi insignificancia, he vacilado, durante algunos días, en dar á la estampa este escrito.

Igualmente me han hecho vacilar el respeto y el afecto que profeso aún á la nación anglo-americana, á pesar de las injurias de que sus representantes nos han colmado, porque yo no quisiera por ningún estilo, al devolver á dichos representantes agravio por agravio, que alguien imaginase que yo trataba de ofender á su nación aunque por ser nosotros calumniados y engañada ella por vulgares prejuicios que han difundido y difunden rastreros escritores, estuviésemos empeñados en una lucha que no tiene razón de ser. Estos rastreros escritores se han complacido en pintarnos á los ojos del vulgo de sus compatricios como una nación de fanáticos y de malvados. Casi les hacen creer que tenemos Inquisición todavía y que hemos asesinado jurídicamente, cuando la tuvimos, centenares y centenares de hombres. Se han callado muy bien, ó por mala fe ó por ignorancia, que en cualquiera de las naciones más cultas y urbanas de Europa, y sin tener Inquisición, se han cometido más crueldades, se han elevado más cadalsos, se han encendido más hogueras, y ha hecho más víctimas que en España la superstición religiosa. En Inglaterra, metrópoli de los Estados Unidos, cuentan autores ingleses sobre treinta mil brujos y brujas ajusticiados; víctimas del fanatismo han perecido allí reyes y reinas, y mártires tan gloriosos como Tomás Moro.

Lutero, Calvino y Knox sólo pedían libertad religiosa cuando estaban en minoría. En Escocia aún se quemaban brujas en el siglo pasado. Y en los mismos Estados Unidos, sólo en Salem (Massachusetts), se han cometido más atrocidades y asesinatos jurídicos, únicamente á causa de la brujería, que por causa ó pretexto de religión cometió el Santo Oficio en toda la América entonces española desde Texas y California hasta el estrecho de Magallanes.

Yo no creo que los mulatos rebeldes y los negros cimarrones de Cuba despierten profundas simpatías en el alma de los legisladores _yankees_, ni que les den esperanza de que, declarados ya independientes, formen una República superior á la de Haïti, y contribuyan más que nosotros al progreso y al bienestar del linaje humano y al florecimiento y auge de la agricultura, de la industria y del comercio. Para mí, pues, es evidente que no por amor de ellos, sino por odio á nosotros, ambas Asambleas de la Unión los protegen. Y este odio, que deploro, es el que yo quisiera ver disipado. Tengo por innegable que en ningún corazón español, á pesar de los ultrajes recibidos, existe tal odio. Sin él, y sólo por necesidad, iremos á la pelea, si se nos acosa: si se nos pone, como vulgarmente se dice, entre la espada y la pared. Doloroso será entonces tener que pelear contra un pueblo, en quien no podemos menos de admirar excelentes prendas y elevados impulsos, enteramente contrarios á los que le exciten á esta injusta contienda.