Part 9
Sucédense algunas meditaciones de apacible naturaleza, las cuales, por contraste, sirven para templar la aguda tensión de espíritu. La _Meditación XII_ es como la clave del arco. Su asunto, la muerte.
«No hay cosa que tanto contenga al hombre de pecar como es el pensar en la muerte.»
En una apostilla.
«Así como una vez desvanecida la doncellez de la hembra no es posible que se recobre, si se sabe inculcar bien en el espíritu el torcedor de la muerte, no hay modo ya de recuperar la espontaneidad y descuido de los goces terrenos. _Vive memor lethi._»
«_Nequaquam morte moriemini._ No seas tonta, no seas boba, dijo la serpiente á Eva, no moriréis. ¡Ay! Quitada esa barrera, cayó miserablemente en el pecado.»
«_Composición de lugar._ Imaginaos que os halláis y veis enfermos en una cama, con el aviso de confesaros y de recibir el santísimo Viático y la santa Unción; luego os halláis moribundos, que os dicen la recomendación del alma, que vais perdiendo los sentidos, y que, finalmente, morís...»
«Morir es sacar de casa á ese tu cuerpo y llevarlo al campo santo, y allí dejarlo solo, de día y noche, rodeado de calaveras y huesos de otros muertos. Morir es dejar á tu cuerpo, solo, muerto, cadáver, para que lo coman los gusanos, que esto es lo que quiere decir _cadáver_, _ca_ro _da_ta _ver_mibus, carne dada en comida á los gusanos.»
Nada tan fecundo como la muerte. El Padre Olano aprovecha muy por largo dicha fecundidad en su manuscrito. Síguense diferentes meditaciones, hasta llegar al celebérrimo símil ignaciano de _las dos banderas_ ó divisas enarboladas respectivamente por Jesús y Satanás. Satanás predica á sus huestes, ambición, entusiasmo, confianza en sí propio: Jesús, penuria cordial, perfidia, rebajamiento. O, dicho con palabras del santo:
«...Considerar el sermón que Cristo nuestro Señor hace á sus siervos, encomendándoles que á todos quieran ayudar en traerlos primero á suma pobreza espiritual; segundo, á deseo de oprobio y menosprecios, porque de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el segundo, oprobio ó menosprecio contra el honor mundano; el tercero, humildad contra soberbia...»
En las meditaciones sobre la vida de Jesucristo resplandece aquel estilo llanote y vernacular del Padre Olano, que es la elocuencia suma, á juicio de las madreselvas. Tomamos algunos ejemplos:
Dice Satanás á Jesús: «Pasaremos al desierto, si usted gusta. Allí estaremos solos.»
Después de haber vencido la tentación del desierto «la Santa Virgen envióle comida, que ella misma había condimentado con sus purísimas manos: berzas, sopa, espinacas y quizá sardinas (_caules, vel brodium ut spinaria et forte sardinas_)».
La túnica de Jesucristo, según el Padre Olano: «Era de color de ceniza, redonda lo mismo por arriba que por abajo, con mangas también redondas; en la orilla, bordados, á la usanza judía. Habíala cosido la Virgen, y así como Cristo crecía, la túnica crecía también y no sufría deterioro.» Detalle enternecedor: «Un año antes de la pasión, Jesús se había acostumbrado á llevar una camiseta de abrigo, debajo de la túnica.»
«Durante la flagelación diéronle 6.000 golpes. De ellos fueron 5.000 en el cuerpo y 1.000 en la cabeza. La corona de espinas componíase de 1.000 puntas, y estaba tejida con junco marino.»
Ya en las últimas meditaciones, persíguese el fin de alentar en el pecho de los ejercitantes la confianza en María y alguno que otro santo. Los ejemplos que el Padre Olano cita en su manuscrito son muchos. Tomaremos uno de muestra:
«Bonfinius, en su _Historia de Hungría_, cuenta que tres años después de la batalla de Nicópolis oíase una voz en la llanura pronunciando los nombres de Jesús y María. Encontróse ser la cabeza de un cristiano, muerto sin confesión, que honraba á la Virgen con particular devoción. Esta habíale preservado de las penas del infierno, conservando con vida su cabeza. Trajéronle un sacerdote, quien le confesó y dió de comulgar, no muriendo hasta este punto.»
II
Las pláticas del Padre Olano se celebraban, como se ha dicho, en la capilla del colegio. Las maderas de los ventanales estaban entornadas. Sobre el altar pendían negros paños y crespones. El ambiente era lúgubre y medroso.
Al final de las meditaciones, cantaban á coro los alumnos, acompañados del harmonio:
¡Perdón, oh, Dios mío, Perdón, indulgencia, Perdón y clemencia, Perdón y piedad!
Luego, Lezama, el tiple, y dos fámulos, á tres voces:
Pequé; ya mi alma Su culpa confiesa; Mil veces me pesa De tanta maldad.
El silencio, durante los cuatro días, fué absoluto; la comida, escasa. Al tercer día, los tiernos corazones é inteligencias habían caído en un á manera de torpor y ofuscamiento continuo, originado por los hórridos sobresaltos que les metían en el pecho. Á mitad de las meditaciones, algunos niños daban en tierra, presa de síncopes y soponcios. Al concluir la plática del infierno aullaban, con indecible espanto, más que decían:
Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh! buen Jesús, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me separe de ti. Del enemigo malo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y manda que venga á ti, Para que te alabe con los santos Por infinitos siglos. Amén.
«¡Oh, Jesús mío! Yo no me quiero condenar... Me quiero salvar... ¡Cueste lo que costare!»
Bertuco padeció, todo el tiempo que duraron los ejercicios espirituales, dolorosos desfallecimientos y agonías interiores. Dentro de él despertábase un sentido crítico y de rebelión contra aquellas verdades, pretendidamente inconcusas, que con tanto aparato escénico intentaban inculcarle. Maravillábase de la burda estofa de un Dios que cría al hombre como muñeco con que distraer infinito tedio, y lo trae á la acerbidad de una vida miserable y breve por recibir de él alabanzas, que, siendo Dios, no había de menester, no de otra suerte que un monarca antojadizo y estólido forma cortesanos que lo recreen con adulaciones y lisonjas. Pues si el hombre es cosa tan torpe y hedionda, ¿cómo asegurar que Dios lo hizo á imagen y semejanza suya? Cierto que es así, y no más perfecto, porque incurrió en el pecado del paraíso; mas, ¿por qué se le amasó de barro tan frágil que al primer soplo satánico hízose todo grietas y hendeduras? ¿Sabíalo Dios cuando lo sacó del barro? Pues hizo mal en criar seres para el dolor. ¿No lo sabía? Entonces, ¿dónde está la divina sapiencia y omnipresencia?
Bertuco se oprimía las sienes y trituraba los labios, murmurando: «¡Jesús, Jesús bondadoso, ayúdame! Es Satanás que se introduce en mi inteligencia. ¿Quién soy yo para desentrañar verdades tan altas? ¡Virgen mía, Virgencita blanca y guapina, madre de mi alma, no me desampares! Ves que camino al infierno. ¡Dame la mano!» Pasó toda una noche arrodillado en su camarilla. Fabricó á su modo unas disciplinas, con la cuerda de hacer las palas de red para el juego de pelota, y se azotaba hasta que los ojos se le anublaban y los sentidos se le adormecían.
El Padre Sequeros, que por lo demacrado de la carita de Bertuco adivinaba las cuitas y martirios del muchacho, le enviaba miradas de ternura, dándole con esto algún alivio y fortaleza. ¡Oh, si él pudiera conseguir algún día la seguridad interior de aquel varón santo y sereno! Y, sin embargo, no era raro que se burlasen de Sequeros, motejándolo de loco. ¡Cuánta injusticia! Bertuco entendía de claro modo en aquellos momentos la rara virtud de su inspector, una virtud de aplomo, por decirlo así, que le hacía caer del cielo perpendicularmente hacia el centro de la vida temporal y médula de todas las virtudes, como la plomada busca el centro de la tierra rigiéndose por la armonía múltiple y unánime de las constelaciones. Y de esta suerte, el eje de la vida de Bertuco, en lugar de correr á sumarse y entremecerse en el gran curso de la humanidad, iba descentrándose, apartándose del cauce hondo y materno, aspirando á huir aguas arriba, ó, no siendo esto hacedero, á ser remanso.
La necesidad de la confesión general llegó á hostigar al niño con la violencia de una comezón física. Pero el rubor de sus deshonestidades le mantuvieron largo tiempo indeciso en la elección de Padre con quien confesarse. Resolvióse por el valetudinario Avellaneda, conjeturando que la propincuidad en que se hallaba de la tumba y los muchos años de experiencia le ladearían á la indulgencia. En esto, la erró de medio á medio. Cuando el anciano oyó la historia menuda y prolija de Bertuco y Rosaura, encrespóse coléricamente; babeando, y con voz tartajosa, de mandíbulas desdentadas, profería frases amenazadoras.
--¡Mereces morir aquí mismo, sin absolución, miserable! ¡Tentado estoy de no absolverte, bestia maligna!
Bertuco se arrastraba por tierra, implorando:
--¡Absolución! ¡Absolución! ¡Por Dios, tenga caridad!
Y sus bellos ojos azules manifestaban el espanto de un cielo en donde se apagase el sol para siempre. Aquella mano temblona de senectud le absolvió. Bertuco salió de la celda con el alma leve y ágil; creía llevar alas en los talones, como un dios pagano. Al día siguiente, recibiendo la comunión, temió derretirse en un deliquio.
AMARI ALIQUID
I
Á LA...
Verificábase la _Distribución de premios y reparto de dignidades_, junto con una _Concertación_ ó certamen científico de la clase de Física, y declamación de odas. Los alumnos vestían el uniforme por primera vez en el curso: un uniforme de traza militar, con gorra y calzones galoneados, luenga y entallada levita de botones metálicos y fajín de seda azul. Á los nuevos, el uniforme les traía extraordinario contentamiento. Los antiguos, mayorcicos ya, avergonzábanse de él como de una librea vilipendiosa, testimonio de esclavitud, y los días señalados para vestirlo procuraban arreglárselas de suerte que sus inspectores no los llevaran de paseo á la ciudad, sino al campo.
La ceremonia se celebraba en el gran salón de actos del colegio. Comenzó á las diez y media de la mañana. Los alumnos de Física y los recitadores ocupaban el estrado. Al pie de éste, y á su derecha, detrás de amplísima mesa, aderezada con rico tapiz, donde se apilaban rimeros de cartulinas, entorchados, cruces y otros objetos varios, enhiestábase el seco torso del Padre Rector, entre dos Padres graves.
La orquesta del colegio ejecutó, en el riguroso sentido de la palabra, la marcha de _Tannhäuser_. Don Manuel, profesor de música, cuyo rostro era como una masa informe de _pudding_ de sémola, tal le habían roído las viruelas, llevaba la batuta, entregándose á las más desatentadas contorsiones, con lo cual daba á entender que sentía mucho la música.
Los alumnos de Física ostentaron su conocimiento en la materia é hicieron diferentes experimentos, entre otros el de asfixiar en la máquina neumática á un gorrioncillo.
Entremesó la orquesta con la serenata de Schubert, que cantó Lezama, alardeando de aquella cristalina voz asexual con que Naturaleza le había compensado de otras deficiencias.
Luego, uno por uno, los recitadores fueron adelantándose al proscenio. Bertuco declamó una oda á _la Estrella Polar_, parto doloroso y frigidísimo del Padre Estich. Comenzaba:
Reluciente lucero que sobre el Polo Estás inmóvil, triste, plateado y solo. Á tu lumbre, en tormentas rudas y graves, La proa hacia la ruta ponen las naves...
Se le congratuló con aplausos repetidos. Los niños murmuraban: «La escribió el Padre Estich», profundamente admirados, y el esquelético jesuíta, autor de los versos, sentía como si la satisfacción se le hiciese carne y cubriéndole los huesos le otorgara más espesor y corpulencia.
Á seguida, se pasó á la imposición de _dignidades_, ó sea jerarquías nominales con que se galardona la buena conducta. Duraban todo el curso, como el dignatario no incurriera en demasías, y consistían en entorchados y galones que se aplicaban á la bocamanga del uniforme.
Conejo, en pie, leía la proclamación:
--Brigadier: Don Segismundo Bárcenas de Toledo y Fernández Portal.
El niño se acercaba á la mesa del Rector, el cual prendía con alfileres los entorchados, que después habían de coser los fámulos, y enderezaba unos cuantos plácemes al recipendiario.
--Regulador: Don José Forjador y Caicoya.
Esta _dignidad_ era muy envidiada; su misión consistía en tañer la campana que escande la distribución de horas, y, consecuentemente, junto con los galones se le entregaba... ¡un reloj!
--Primera división. Subrigadier: Don...
Y así con los _bedeles de estudio_, _bedeles de juegos_ y _jefes de filas_, para cada división.
Bertuco nunca había obtenido una _dignidad_, ni por ellas se le daba una higa. Buena conducta y talento son incompatibles, pensaba. _Dignidades_ eran siempre muchachos de inteligencia roma y prematuro apersonamiento, para quienes las abundantes horas de estudio resultaban escasas aún, y así, tras de voluntarioso machaqueo, llegaban al aula con las lecciones á medio saber. Además, la buena conducta, la quietud sin reproche durante todo el día suponía un esfuerzo, y Bertuco consideraba que el esfuerzo estigmatiza con caracteres asinarios. Á Bertuco bastábale y sobrábale, para ir á la cabeza de sus compañeros, con la explicación previa que el profesor hacía después de haber señalado la lección. Aun la demostración de los más inextricables teoremas y fórmulas algebraicas, en oyéndola una vez, la repetía seguidamente, con gentil desahogo y firmeza. En virtud de esta vivacidad de su inteligencia las horas de estudio, siéndole superfluas, le pesaban en términos que, por llevarlas más levemente, no había travesura que no inventase. De ordinario le colocaban en el último banco, por que no distrajera á los demás, y le consentían satisfacer libremente sus inclinaciones: hacía versos, dibujaba, leía libros de literatura que subrepticiamente el Padre Estich le daba.
Después de la imposición de _dignidades_ se otorgaron los premios de aplicación. Bertuco ganó la _excelencia primera_, la cual acredita el mejor aprovechamiento en un grupo genérico de asignaturas, y tres primeros premios en las mismas. De consiguiente, le colgaron en el pecho la cruz de _emperador_. Cuando el Padre Arostegui se la prendía, le dijo:
--Bien está, Alberto; pero no olvides que el infierno está empedrado de cabezas de hombres de genio. Por mucho que sepas, más tienes que aprender de tus compañeros á quienes hemos hecho dignidades.
¡Bah! La dignidad... Harto adivinaba Bertuco que la dignidad no la da el empleo, sino el mérito; no la otorga la voluntad ajena, sino que es virtud inmanente: se tiene ó no se tiene; nunca se recibe.
El acto terminaba. Don Manuel conducía desaforadamente la desmedrada orquesta en un himno final. Eran las doce menos cuarto.
Las divisiones bajaron á los patios de recreación. Antes de romper filas, á la señal de unas palmadas de los inspectores, desglosábanse los que sintieran necesidad de evacuarse, é iban á los lugares excusados, los cuales, en el uso del colegio, se acostumbran llamar _lugares_, á secas. Bertuco fué, entre otros. Bajo el brazo llevaba las cartulinas. ¿Para qué las quería él? Su padre... Dios conocía por dónde andaba... En todo el curso no había recibido noticias suyas. La vieja Teodora no sabía leer. Años anteriores había enviado sus premios con gran entusiasmo, y luego, en las vacaciones, había tropezado con ellos en un desván, desdeñados, sucios, rugosos. ¡Puaf! Hizo un rollo y los arrojó desdeñosamente por el agujero, al depósito excrementicio.
II
EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS
Coste dijo á Pajolero, el alumno más aventajado en años, en cuerpo y en fuerzas físicas:
--Tú podrás ganarme á todo, pero lo que es comiendo...
--Y comiendo también, Coste; no seas mazcayo.
--Quita pa allá, hom.
--Quítate tú.
--Pues á verlo.
--Cuando quieras.
--¿Qué apostamos?
--¿Esta pala contra esa pelota?
--Apostao. ¿Á chuletas? ¿Á huevos? ¿Á cocletas? ¿Á tortilla?
--Á lo que se presente.
Coste y Pajolero comían en la misma mesa y frente á frente. De esta manera, el singular y cavernario desafío podía celebrarse con algún rito, oculares testimonios de jueces íntegros y garantías de probidad.
Lo primero que se presentó fueron huevos fritos, los cuales hinchan harto rápidamente el bandullo y oponen tenaz indiferencia á los ácidos estomacales. El espectro de la indigestión, denominada familiarmente en el colegio _triponcio_, se cernía en el refectorio. Pajolero y Coste pensaban en los aprietos de la noche, dentro de la camarilla; y en el inexorable Mur, realizando investigaciones estercolarias y arrojándoles el peso de la ley. No embargante esto, entrambos contendientes se desplomaron sobre los indefensos huevos fritos, y, par por par, deglutieron cinco cada uno. En lo engallado del cráneo y lo insolente de la pupila echábase de ver que se hallaban en buena disposición para ingerir otros tantos pares. Pero el abrutado fámulo Zabalrazcoa, con malos modos y añadiendo una expresión torpe, les manifestó que se habían acabado los huevos. El tribunal, atendida la carencia de armas de combate, declaró tablas.
Presentáronse los huevos por segunda vez, á la vuelta de tres días. Pala y pelota pasaron á poder de Pajolero. Después, con ocasión de unas chuletas, pala y pelota retornaron á Coste. Á la cuarta vez surgieron croquetas, una de las pasiones más ardientes del mofletudo gallego, quien, contemplando con sorna á su adversario, parecía decirle: «¿Para mí tú, con las _cocletas_ delante? Tendría que ver...» Y, en efecto, tuvo que ver. Los vecinos estaban deslumbrados ante la delirante celeridad con que Coste obligaba á las croquetas á escabullírsele, gaznate adentro. Ya iba por las dos docenas, cuando Mur, atraído por la expectación que se advertía en aquella parte del refectorio, acudió, interrogó, y logró noticias cabales del heroico hecho. Á la salida, llamó aparte á Coste, y luego á Bertuco, en calidad de ejecutor de la _vindicta_ que meditaba; los condujo á una clase y allí les hizo esperar unos momentos. Coste, abarrotado de croquetas, no osaba moverse por temor de que se le extravasase el estómago. Reapareció Mur con un libro abierto en las manos; dióselo á Bertuco. El niño conocía bien el volumen: era la _Diferencia entre lo temporal y lo eterno, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg_.
--¿Sabes de qué se componen las croquetas, guarro, glotón?
Coste, congestionado, defendiéndose del sopor que le invadía, no prestaba atención á Mur.
--Y tú, Bertuco, ¿lo sabes?
--Yo creo que de gallina, cuando son buenas...
--Como lo son las que os dan en el colegio. ¿Lo oyes, gorrino? Pues bien; Bertuco, lee. Por aquí.
Las ventanas estaban entornadas. En el recinto había penumbra. Bertuco se acercó á una rendija, de donde manaba la luz. Y leyó:
«Los regalos, ¿qué son sino cosas viles y sucísimas? Por cierto, que si se considera lo que es un capón ó gallina, que es el pasto más ordinario de los ricos y regalados, que se había de hacer mil ascos de ellos; porque si cociéndose la olla echaran dentro gusanos, lombrices y estiércol de la caballeriza, nadie comiera de ella; pues la gallina, ¿qué es sino un vaso lleno de estiércol, gusanos, lombrices y otras cosas asquerosísimas que come, como son flemones, excrementos de las narices, y otras más asquerosas del cuerpo humano? Y si sólo el sonarse el cocinero ó escupir un flemón en el guisado...»
En llegando á este punto, el pobre lector, lívido, estomagado, desfalleciente, se dejó caer, arrojando cuanto había comido. Coste roncaba, sentado en actitud canónica y profunda.
III
EL SISTEMA DEMOCRÁTICO
El Padre Urgoiti tenía á su cargo las clases de Historia de España é Historia Universal. Su bondad y candidez eran tantas, que así que un alumno, sorprendido absolutamente _in albis_ acerca de la lección del día sacaba el morrito simulando sollozar por salir con bien del trance, ya estaba el Padre Urgoiti atribuladísimo, dispuesto á encontrar disculpable y hasta meritoria la ignorancia, y pasaba á otro alumno, y luego á otro, hasta uno que atinase á urdir cuatro paparruchas, y si no daba con ninguno no se encolerizaba ni repartía denuestos y amenazas, pero volvía á explicarles la lección, y en viendo gestos distraídos ó de cansancio, les leía versos del duque de Rivas ó de Zorrilla, y libros amenos. Se le burlaban en las narices, campaban por sus respetos, ideaban los más caprichosos abusos, prostituían la austera dignidad histórica; y el Padre Urgoiti, en su bienaventuranza perennal, dulce y casi sonriente con aquel su rostro correcto de piel mate, como tallado en marfil.
Una mañana empezaba el Padre Urgoiti á referir por lo menudo curiosas particularidades de la vida espartana, cuando á las pocas frases se detiene, algo pálido, y recorre la casta y elevada frente con la diestra mano, así como si pretendiera ahuyentar un desvanecimiento del sentido. Al reanudar la plática, se advierte que la voz le tiembla un poco. Nueva pausa, acompañada de más intensa palidez. Es evidente que el Padre Urgoiti hace esfuerzos por seguir hablando de manera que no se trasluzca cierta inquietud que le acosa. Tercer alto en el discurso. Ahora se enjuga el sudor que constela su ebúrnea frente.
--¿No creéis sentir que la tierra oscila, hijos míos?
Los niños se ríen.
--Sí, sí; oscila, sin duda alguna. Quizá un terremoto. No; más bien es el púlpito, que se mueve. Fijad la atención.
Los niños miran de hito en hito. Sí, el púlpito se estremece. Los ensamblados tablones hacen: _crac, crac_. Desciende el Padre Urgoiti, y abriendo la portezuela que hay en la base, descubre á Alfonso Menéndez, _Patón_ de apodo, con los miembros ensortijados, cadavérica la faz. El Padre Urgoiti retrocede dos pasos, santiguándose. Luego extrae al niño de aquella cavidad poliédrica en donde lo habían vaciado, tomándolo por el pestorejo, á la manera maternal con que la gata transporta sus cachorrillos, y lo deposita sobre el pavimento. El niño permanece algún tiempo enmadejado, inhábil para la moción. Algunos compañeros comentan con vayas la extravagante estructura á que el tormento lo constriñó: como manifiesta un perspicuo psicólogo: «La crueldad es connatural del hombre; los niños son crueles, los salvajes son crueles.»
--¿Quién te ha metido aquí, infortunado?
--El Padre Mur.
--No puede ser.
--Pues es, sin embargo, Padre Urgoiti.
--¿En qué tremendo pecado has podido caer, Patón?
--Eso sí que ya no lo puedo decir.
--Tan vergonzoso es...
--No. Es que yo mismo lo ignoro.
--Imposible, Patón, imposible.
Entonces los niños desarrollan ante los espantados ojos de Urgoiti el repertorio de temas penales inventado por Mur, sus infinitas variantes y las innumerables infracciones leves á pretexto de las cuales sobrevenían.
El Padre Urgoiti quedó aterrado. Al salir de la clase corrió en busca de su amigo Ocaña.
--¿Sabes, Ocaña, lo que ocurre? El Padre Rector lo ignora, de seguro--. Y le traslada, ce por be, las noticias que de sus alumnos ha recibido.
--Conocía algo--le respondió el Padre Ocaña--, sospechaba más aún, pero nunca creí que llegase á tanto. Es indecoroso, no encuentro otra palabra.
--Fuerza es que nos resolvamos á hacer algo.
--¿El qué?
--Decírselo al Rector.
--Y ¿quién le pone el cascabel al gato? Mur es su ojito derecho.
--También á ti te mira bien...
--Yo no me atrevo.
--Una idea. Al recreo hablaré con algunos otros; de esta suerte nos presentamos varios.
--¿Quién ha de hablar?
--Viniendo ustedes, yo mismo. Su presencia me prestará alientos.
--Pues entonces, á ello.