Part 8
--Por si acaso luego te escapas, humedeces bien el pañuelo en la bomba del patio y me lo traes para que yo lo chupe. No estéis más tiempo, que os pueden sorprender.
* * * * *
El hallazgo de esta mazmorra halagó el orgullo de Mur, induciéndole á admirarse de su propia inventiva. Después del ensayo de Ricardín lo puso en práctica muy á menudo. No llegó el castigo á conocimiento de otros jesuítas porque los niños, presumiendo las feroces represalias de Mur, se guardaron mucho de exteriorizar sus quejas. Á algunos los sacaba medio tullidos, y yacían algún tiempo sobre las losas del pavimento antes de que con la circulación se renovase la actividad de los miembros. Á Coste, en razón de su desarrollo nada común, la compresión le originaba peculiares agonías. El pobre muchachote hacía buen blanco á las cóleras de Mur. El jesuíta, como dispépsico que era, se revolvía en aborrecimiento á la vista de aquellos mofletes túrgidos y bermejos, le odiaba la buena salud y el apetito insaciable de que hacía gala entablando apuestas con los más alampados gañotes de la división. Por escarmentarle en su voracidad, hizo que el abrutado fámulo Zabalrazcoa preparase una mixtura con cierto purgante violentísimo y la derramase en el guisado que Coste había de deglutir. Contaba al propio tiempo con que, acosado de subitáneas torsiones intestinales, había de acudir al orinal, sin vado para otras diligencias, porque la pócima había de servirse en la cena; y de esta suerte, junto con el sufrimiento físico, se acarrearía la afrenta pública de un escandaloso castigo. Mas quisieron los hados benignos de Coste que Zabalrazcoa se equivocase, y en lugar de servirle á él el pérfido condimento, se lo adjudicase á Abelardo Macías, el místico, quien, embebecido siempre en sus célicas musarañas, fué trasladando lentamente al estómago el corrosivo guisado, sin advertir ningún gustillo delator de la ponzoña. Rezó más tarde sus acostumbradas oraciones y se durmió pensando en el venerable Riscal y en la túnica inconsútil de las once mil vírgenes. Ya en sueños, antojósele que por obra de sus pecados era conducido al infierno, en donde una falange de feísimos demonios le desgarraban la tripa con garfios candentes. Cuando despertó, la turbulencia tempestuosa de su vientre amenazaba romper con las esclusas que la sabia providencia colocó en el organismo humano en previsión de nauseabundos derrames y destilaciones. En vano se encomendó al venerable Riscal, rogándole de todas veras bajara en su ayuda, otorgándole unos minutos de energía muscular con que resistir el ímpetu de las rugientes oleadas que por dentro le invadían. Saltó de la cama; intentó llamar á la portezuela; discurrió vertiginosamente y no se le ocurrió cosa mejor que servirse de la jofaina que, promediada de agua, tienen los alumnos en la camarilla para su aseo matutinal. Al hacerlo se echaba la cuenta de que quizá á la mañana siguiente los fámulos atribuyeran la abundante porquería á un prurito general de limpieza, ya que pasaban semanas y aun quincenas sin que Abelardo, absorto en sus oraciones de comienzo del día, dispusiera de un corto vagar en que lavarse cara y manos; era una compensación verosímil.
Á la mañana siguiente, Mur andaba por el tránsito de los dormitorios, con su nariz de rata de alcantarilla más vibrátil que nunca, venteando y sonriendo. Tomó por el brazo al fámulo Babzola, uno de los que hacían las camas:
--Oye, Babzola; por aquí huele que apesta. Alguno ha hecho una gorrinada. Mira bien y baja á decirme el número á mi celda.
Aquel día, cuando los alumnos salían del estudio de la mañana para ir á desayunar, en mitad del claustro se dieron de cara con un espectáculo repugnante. Había una mesilla de noche con la tapadera abierta; en el agua turbia de la palangana flotaban excrementos; el hedor se prolongaba espesamente, atacando el sentido. Detrás de la mesilla de noche estaba en pie Abelardo Macías, con los brazos cruzados y los ojos puestos en la techumbre, como ofreciéndose en holocausto á una justicia invisible.
¡Cuán inocente estaba Coste de sospechar el riesgo que había corrido, y cómo aquella deshonrosa exhibición á él estaba destinada! Á Mur no le apesadumbró gran cosa el inesperado error de Zabalrazcoa. Como quiera que tenía por la más necia presunción la de santidad, agradeció al capricho de la suerte que le colocara en coyuntura de infligir á Macías público correctivo. Y ya satisfecho en este punto, aplicóse á sorprender á Coste en alguna falta flagrante y á inventar nuevas penas, del linaje de las infamantes y aflictivas, que eran las únicas que le parecían saludables. La empresa no presentaba dificultades; la conducta de Coste tenía tantos lunares como pulgas un gozque aldeano.
Á los pocos días de haber evitado Coste milagrosamente las asechanzas del purgante, en la postrera media hora de estudio de la noche, encomendada á la vigilancia de Mur, cayó dormido y dióse á roncar en forma que simulaba con cierta propiedad los tanteos preliminares del rebuzno. Le despertó Mur, le alabó sus aficiones y le prometió cumplida satisfacción para el siguiente día, como lo hizo. Para ello, presentóse en el recreo con una cabezada en la mano, que aplicó al cráneo de Coste, conduciéndole luego, entre la alborotada chacota de los alumnos, á la cuadra de _Castelar_.
_Castelar_ era el burro de que se servía el Hermano cocinero para traer las provisiones de la plaza. El acto de caracterizar al animal con un nombre había sido asunto de seria deliberación entre los Padres. Convenían todos en que fuese el de algún hombre célebre, hostil á la Iglesia. Se pensó en Voltaire, en Renán; luego, la preferencia se inclinó hacia los nacionales. Salmerón, era sonoro y expresivo; pero hubo de rechazarse porque así se apellidaba un compañero de San Ignacio. Pí, demasiado breve y anfibológico. Pí Margall, no sonaba bien. Entonces, el Padre Estich, que á la sazón leía una diatriba contra D. Emilio Castelar, escrita por el Padre Alarcón, propuso el nombre de este glorioso tribuno. Se aceptó al punto, con gran algazara. Y, desde aquel instante, el pollinejo fué _Castelar_.
_Castelar_ era rucio, sociable, bondadoso y melancólico. Sobre la frente le caía, con mucha gracia, espeso flequillo. No incurría en vanagloria, y rara vez alborotaba sus hermosas orejas, suaves, velludas, como de terciopelo.
Mur introdujo á Coste en la cuadra, y lo ató corto al pesebre, de manera que le fuera imposible distraerse cabalgando el asno, y en tal guisa, que la cabeza del niño quedaba en una alarmante vecindad con la del pollino. Estando todo dispuesto, los dejó solos. En un principio, Coste permaneció mustio y receloso, con la vaga sospecha de una coz ó de una dentellada. Luego, mirando de reojo, tropezó con las pupilas afables y meditabundas del burro, que parecían darle la bienvenida. Á los pocos minutos se habían familiarizado por entero; reía el niño y reía el asno, á su manera.
Aquella tarde, Coste comunicó á Bertuco un grato secreto.
--Bertuco, ¿sabes? _Castelar_ es una gran persona. Si vieras...
VIVE MEMOR LETHI
I
El Conductor de los ejercicios espirituales fué aquel curso el Padre Olano. Eran privados, para los alumnos solamente y se celebraban en la capilla particular del colegio. El Superior había aconsejado á Olano:
--Conviene que disponga bien su plan, Padre. Tome de la biblioteca los libros necesarios: enciérrese en su celda y trace punto por punto el modo en que las meditaciones han de distribuirse, adornándolas con las comparaciones, ejemplos y bien urdidas composiciones de lugar que han de ilustrarlas, de manera que no quede nada confiado á la improvisación. ¡Oh, de cuánta importancia es esto!
El Padre Olano tenía asco á la letra de molde, la cual solía inducirle á laberínticos embrollos; confiaba en las fuerzas propias y en su larga práctica de orador tremebundo. Así, prefería lanzarse á la elucubración espontánea.
Se precipitó en el currículo; se cerró en el cuarto, con un librito aforrado en roja piel labrada, y un buen abasto de papel. Caviló, plumeó, tachó, rasgó pliegos sin cuento. En las etapas de indigencia mental acudía en demanda de luces á un grabado en acero que el librito aquél tenía en la anteportada: allí estaba San Ignacio, en lo hondo de una cueva, los ojos en alto, la siniestra mano sobre el esternón, suspendida la diestra en el aire y con una pluma de ave; delante de él un considerable guijarro, á manera de bufete, con un libro abierto y un tintero con su pluma de repuesto; arriba y naciendo de nebulosas vedijas, la Virgen, con el niño en brazos, que señala imperativamente hacia el libro; más arriba y en la clave del grabado una hostia reverberante, en cuyo centro campea una cifra J H S sobre tres clavos; en el ángulo inferior derecho, caídos al desgaire sobre los pedruscos, un bastón, una capa y un chambergo con pluma al costado. Debajo de la estampa dice.
S. IGNATIUS LOYOLA S. J. FUNDAT Manresal Spiritualia Exercitia dictante Virgine scribit
Y en lo más alto de la página, sobre flotante cinta, una leyenda del salmo 138 que alude á la ciencia infusa.
¡Ay! El Padre Olano estaba huérfano de ciencia infusa. De aquí el que padeciera inenarrables tormentos y sudores antes de dar cima al plan que el Padre Arostegui le encomendara, y del cual transcribimos algunos fragmentos, con las mismas acotaciones que, al estilo de las comedias, el propio Olano puso.
[Ilustración: J [+H] S]
«Los maestros espirituales dividen la materia de las meditaciones en tres órdenes, según los tres estados de los que meditan. Unos son pecadores que desean salir de sus pecados, y éstos caminan por el camino que llaman vía purgativa, cuyo fin es purificar el alma de todos sus vicios, culpas y pecados. Otros pasan más adelante y aprovechan en la virtud, los cuales andan por el camino que llaman vía iluminativa, cuyo fin es llenar el alma con el resplandor de muchas verdades y virtudes, y alcanzar grande aumento de ellas. Otros son ya perfectos, los cuales andan por la vía que llaman unitiva, cuyo fin es unir y juntar nuestro espíritu con Dios en unión de perfecto amor. Para los niños basta la vía purgativa. San Ignacio divide la materia en cuatro semanas, que nosotros reduciremos aquí á cuatro días. Para los niños basta y sobra.»
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«MEDITACION PRIMERA. PRELUDIO PRIMERO, ó sea composición de lugar.--Tenéis que imaginaros que veis al glorioso San Ignacio con el libro de los Ejercicios en la mano, y que á su alrededor tiene á un sinnúmero de justos confirmados en gracia, de pecadores convertidos y de tibios enfervorizados; y que, dirigiéndoos la palabra, dice: «Tomad, hijos, este libro y meditad seriamente las verdades que están en él contenidas.» (Es preciso pintar bien la cara del fundador, según el retrato de Pantoja, que revela penitencias, y que desentrañen en la cojera una reliquia de su vida mundanal, por donde tuvo siempre presentes los riesgos que corrió, estando si se condena ó no se condena. ¡Ah, si Jesús os señalara á todos al primer mal paso que dais!) Luego imaginaos que veis aquella gran muchedumbre que nadie puede contar, de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas, que están ante el trono y delante del Cordero, revestidas de un ropaje blanco, con palmas en sus manos, con que simbolizan la victoria que han reportado, ya de los tiranos, ya de sus propias pasiones, y que aclamando á grandes voces, dicen: «La salvación la debemos á nuestro Dios, que está sentado en el solio, y al cordero, y sobre todo á los ejercicios de San Ignacio. (Apoc., cap. VII, versículos 9 y 10.) Que entiendan los alumnos cómo tanto esta sentencia del Apocalipsis como otras varias de las Escrituras, dictólas el Santo Espíritu pensando en nuestra Orden.»
«Los niños tienen especial precisión de los Ejercicios, porque si no grandes pecadores, suelen ser grandes tibios. ¡Ojalá, te dice el mismo Dios, fueses tú caliente por la gracia ó frío por el pecado! Mas, porque eres tibio empezaré á vomitarte de mi boca, _quia tepidus es, incipiam te evomere de ore meo_.»
«_Afecto de gratitud._ ¡Bendito seáis, Dios mío, de haberme llevado á esta probática piscina en que se cura de toda enfermedad, no al primero que entra, sino á todos cuantos se presentan con deseo verdadero de curar!»
«_Disposiciones y modo de hacer bien los santos ejercicios..._ Estará muy recogida la capilla; sólo se permitirá entrar aquella luz que se necesita para no tropezar, y que en lo demás esté muy obscura. Esto es muy importante para que los niños mediten, examinen y rumien mucho. Tener cuidado con los fámulos, que son unos gaznápiros, para que no se olviden de este requisito... Cuidarse de que los niños tengan la vista muy mortificada y mortificarán también toda curiosidad, y así sólo atiendan á los cuadros que yo les trace. Han de mortificar la lengua y el oído, para lo cual no habrá recreos en los cuatro días, que serán todos de silencio... Si queréis aprovechar muchísimo en estos ejercicios, entregaos y dejaos enteramente en las manos de Dios para que haga de vosotros y de todas vuestras cosas lo que quiera, á la manera que el barro en manos del alfarero, ó el leño en las manos del escultor. En todos estos días repetiréis con mucha frecuencia y de todo corazón alguna de estas jaculatorias: _Hágase tu voluntad y no la mía. Señor, ¿qué queréis que haga?_ etc., etc.... No estará de más que por las noches, en el tránsito de las camarillas, algún Padre ó Hermano haga ruidos raros y rumores temerosos. Esto dispone muy bien el corazón de los niños para el día siguiente.»
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«MEDITACION II. _Del fin del hombre. Principio y fundamento de todas las meditaciones._--Persíguese que los niños vean cómo el hombre, por grandezas que llegue á alcanzar, no es nada. Hágaseles claro la vanidad de todas las ilusiones que puedan tener y lo necio de las esperanzas. Este es el principio y fundamento de los ejercicios: _principio_, como en las ciencias; _fundamento_, como en los edificios.»
«_Composición de lugar._--Se imagina ver á Dios lleno de majestad y grandeza, sentado en su trono. Barba luenga, hasta medio pecho. Ojos que ciegan. El trono, de púrpura. Muchas piedras preciosas. Más rico que lo más rico del mundo. (Ademanes solemnes; voz profunda y reposada; brazos al cielo, de vez en cuando. Se puede uno poner de puntillas, poco á poco...) Luego, dice Dios: _Yo soy el principio y el fin: Ego sum principium et finis_. También se puede ver un mar grande, grande, inmenso, de donde salen muchos ríos y que todos vuelven á él.»
«_Petición..._ Dios y señor mío, os suplico me concedáis gracia para hacerme superior á mí mismo y vencer todos los obstáculos que me lo puedan estorbar.»
«_Proposición_ (son palabras del santo). El hombre fué criado para alabar, reverenciar y servir á Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma.»
Vienen ahora largos desarrollos de estos puntos, y, á modo de corolarios, dos _afectos_ que se han de sacar; un acto de acusación de sí mismo; y un acto de dolor.
«Hágase revivir en la memoria de los alumnos las faltas ó pecados que hayan cometido. Empléanse palabras y términos repugnantes para denominar los pecados. Son llagas asquerosísimas; son postemas y manaderos de pus; son pústulas y lepra que infestan el aire que se respira é imprimen al alma que los comete una horrible fealdad. ¡Vosotros no lo veis; pero el ángel de la guarda, que está á vuestra diestra, lo ve, y sufre, y llora, y tiene que taparse el rostro con el ala, para no contemplar tanta suciedad! (Esta meditación debe hacerse á la tarde, después de la comida. Al hablar, se hacen gestos de repulsión, como si uno tuviera delante las nauseabundeces que describe.) Como todo lo temporal está unido á pecado, dedúcese, como _afecto_, el desprecio de lo temporal. ¡Para en adelante prometo, quiero y propongo amar lo eterno y celestial!»
«El fin de Dios es su mayor gloria, y esto os ha de servir de norma en la vida. ¿No queréis entenderlo? ¿Seréis capaces de olvidarlo andando el tiempo, é incurrir en la blandura del mundo? Haced enhorabuena lo que os agrade; pero siempre será verdad que serviréis á la gloria de Dios, porque Dios logrará siempre é infaliblemente su fin. Sirviendo á Dios en la tierra, alabarás eternamente su misericordia en el cielo; no sirviéndole, glorificarás eternamente su justicia en el infierno. Píntase de un lado el cielo y de otro el infierno; pero esta pintura no es todavía más que un esbozo. Más adelante se añaden las tintas necesarias. Sácase el _afecto_ de temor é incertidumbre.--¡Qué diré yo, oh, Dios mío! ¿Iré yo al cielo ó al infierno?--Quien ama su vida en este mundo, la perderá; y el que la aborrece en este mundo, la conservará para la vida eterna.»
«_De la indiferencia con que se deben mirar las cosas sensibles._ (Palabras del santo.)... tanto ha de usarse de las cosas sobre la faz de la tierra cuanto ayuden para el fin...»
«Breve consideración acerca de cómo todas las cosas que no son Dios merecen indiferencia. Hacer reconocer el supremo dominio de Dios y sáquese como _afecto_ la confusión de uno mismo, la humillación.»
De otra meditación, _sobre el Pecado de los Ángeles y de nuestro padre Adán_.
«Son palabras del Santo. El primer punto será traer á la memoria sobre el primer pecado, que fué de los ángeles; y luego, sobre el mismo, el entendimiento, discurriendo; luego la voluntad, queriendo todo esto memorar y entender por más se avergonzar y confundir, trayendo en comparación de un pecado de los ángeles, tantos pecados míos; y donde ellos, por un pecado, fueron al infierno, cuántas veces yo lo he merecido por tantos... El segundo es hacer otro tanto, es á saber, traer las tres potencias sobre el pecado de Adán y Eva, trayendo á la memoria cómo por el tal pecado hicieron tanta penitencia, y cuánta corrupción vino en el género humano, andando tantas gentes para el infierno. Digo traer á la memoria el segundo de nuestros padres, como después que Adán fué criado en el campo Domaceno, y puesto en el Paraíso terrenal, y Eva ser criada de su costilla, siendo vedado que comiesen del árbol de la Ciencia, y ellos comiendo, y asimismo pecando; y después, vestidos de túnicas pellíceas, y lanzados del Paraíso, vivieron sin la justicia original que habían perdido, toda su vida en muchos trabajos y mucha penitencia... Se describe el Paraíso, sin frío, calor, lluvias ni vientos; flores, frutos sabrosísimos, pájaros y animales dóciles; la felicidad del cuerpo de Adán y Eva... y cómo se pierde todo por un pecado.»
«Derívase el afecto del arrepentimiento. El cielo y la tierra me dan testimonio de que Dios tiene un odio infinito al pecado. ¡Ah, si cayese una sola gota de ese santo odio en mi corazón! ¡Cuánto mejor hubiera sido para mí haberme podrido bajo tierra antes que pudiese pecar!»
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De la MEDITACION V, también acerca del pecado. «No hay cosa más vergonzosa que el pecado, ni más infame que el pecador. Figúrate, alma mía, que Dios abre los ojos á todos de modo que puedan ver claramente en tu corazón todos los vicios y todos los pecados que has cometido en tu vida en pensamientos, palabras y obras. ¡Oh, Dios, qué rubor y qué vergüenza sería la tuya! ¿No irías antes á esconderte en las grutas y cuevas de los desiertos, que comparecer delante de los hombres?»
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«MEDITACION VI. _De las penas del infierno, y singularmente de la pena de daño._ Con grande acuerdo propone San Ignacio la meditación de las penas del infierno inmediatamente después de las del pecado, para que así más lo deteste y llore quien por desgracia lo cometió, viendo el reato que trae como consecuencia necesaria.»
«_Son palabras de San Ignacio:_
«_Primer preámbulo, composición de lugar_, que es aquí ver con la vista de la imaginación la longura, anchura y profundidad del infierno.»
«_El segundo_, demandar lo que quiero; será aquí pedir interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, á lo menos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado.»
«El primer punto será ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos y las ánimas como en cuerpos ígneos.»
«El segundo, oir con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias contra Cristo nuestro Señor y contra sus santos.»
«El tercero, oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas.»
«El cuarto, gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza, y el verme (¡oh, gusano!) de la conciencia.»
«El quinto, tocar con el tacto, es á saber, cómo los fuegos tocan y abrasan las ánimas.»
Á continuación de estas frases de Ignacio, aparecen en el manuscrito sendas amplificaciones de los puntos siguientes: _el condenado pierde la fruición de Dios; el condenado perdiendo á Dios, pierde también el afecto con que era amado de las criaturas; después que el condenado ha perdido á Dios, y con él todas las cosas, entra además bajo la potestad del demonio_: originales del Padre Olano. Luego:
«La repugnancia de uno mismo, que hasta ahora se ha ido acumulando como enorme abceso que vierte ponzoña y pus de fetidez atroz, hará que los alumnos sientan con toda instancia la necesidad de la confesión general, como no sean unos almas de cántaro.»
Hay unas notas marginales;
«San Ignacio veía el demonio á manera de forma serpentina, acariciadora, ó semejante á una muchedumbre de ojos brillantes y misteriosos. Para niños me parece demasiado sutil. Dibújese á Satanás como hombre, con patas de cabrón, el cuerpo del color de la langosta cocida, rabo largo, cuernos feroces y labios apestosos. También en forma de cabra, y cómo á veces anda por las camarillas, y se lleva á los pecadores, de suerte que no incurran en torpezas ó tocamientos.»
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«MEDITACION VII. _De la pena de sentido._ Tiene por objeto asegundar el afecto de la anterior. Refiérase la parábola del rico avariento y de Lázaro, y de cómo aquél pide á Abraham que Lázaro, mojando en agua uno de sus dedos, fuese á refrescarle la lengua. _La pena de sentido es universal y atormenta todo el cuerpo y toda el alma._ El condenado yace en el infierno siempre en aquel mismo sitio que le fué señalado por la Divina justicia, sin poderse mover, como en un cepo: el fuego de que está, como el pez en el agua, todo circuído, le quema alrededor, á diestra, á siniestra, por arriba y por abajo. La cabeza, el pecho, la espalda, los brazos, las manos y los pies, todo está penetrado de fuego, de manera que todo parece un hierro hecho ascua, como si en este momento se sacase de la fragua; el techo, bajo el cual habita el condenado, es fuego; el alimento que toma, es fuego; la bebida que gusta, es fuego; el aire que respira, es fuego; cuanto ve y cuanto toca, es fuego. Mas este fuego no se queda sólo en el exterior, sino que pasa también á lo interior del condenado: penetra el cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, venas, huesos, médula de éstos, sangre (_in inferno erit ignis inextinguibilis, vermis inmortalis, foetor intolerabilis, tenebrae palpabilis, flagella cedentium, horrida visio demonum, confusio peccatorum, desperatio omnium bonorum_); y lo que es más terrible, este fuego, elevado por divina virtud, llega también á obrar contra las potencias de la misma alma, inflamándolas y atormentándolas.»
Prosiguen abundantes disquisiciones sobre la eternidad, sin interrupción y sin alivio. La octava meditación versa sobre la parábola del hijo pródigo, reposorio grato después de las lóbregas jornadas anteriores, porque:
«Esta parábola anima de un modo admirable al pecador para que no desespere del perdón, por grandes y muchos que sean sus pecados.»
Concisa y elocuente insinuación de la benevolencia de los padres confesores:
«El padre confesor te oirá con toda dulzura y caridad.»