A.M.D.G.

Part 7

Chapter 73,818 wordsPublic domain

--Sentémonos--. El jesuíta se acomodó al pie de un roble, y en tanto algunos niños retozaban, otros se asentaban á la redonda del inspector, apelmazándose por mejor oirle.--Pues hay un puente en Francia, entre otros muchos puentes, no vayáis á creer. Pero este puente, que se llama el de Saint-Cloud, es un puente que... ¿á qué no averiguáis quién lo hizo? Pues lo hizo el diablo. Es lo cierto que el maestro de obras se veía negro para concluirlo, porque, según parece, sus planos no estaban bien y no había forma de darle remate. Se hundió varias veces y hubo que comenzarlo de nuevo. En esto que se le aparece un personaje embozado al maestro de obras. Comenzaba la noche. «Señor Dubois--porque se llamaba así el maestro--, yo soy Satanás.» «Muy señor mío.» «Yo te hago el puente.» «No caerá esa breva.» «Te lo hago; pero...» «Sepamos el pero.» «Con una condición, y es que lo primero que pase, persona ó cosa, sea para mí. Tú has de apoderarte de ello y hacerme entrega. ¿Hace?» «Ya lo creo que hace.» Conque, tiqui, taca, tiqui, taca, el puente crecía asombrosamente por arte de Satanás. El maestro, que era un galopín, pero temeroso de Dios, escápase á su casa y habla al oído á su mujer. Cuando amanecía, el puente estaba ya concluído. «Ya sabes: lo prometido es deuda.» «Sí, señor Satanás. Esperemos.» Pasado un momento, dice el maestro: «Por allí me parece que viene algo.» ¿Y sabéis lo que era? El gato del maestro. Este lo cogió por el rabo y se lo dió al demonio, el cual huyó avergonzado y confuso.

--¡Bah!--advirtió Bertuco--. Ese es un cuento de niños.

Los oyentes no ocultaban su decepción. El Padre Sequeros proseguía:

--¡De niños...! ¿Y qué sois vosotros, por ventura? ¿No os hablo á todas horas de cosas serias, de asuntos que interesan á la salvación de vuestra alma? ¿Qué hacéis, entonces? También suponéis que son cosas de niños. Pues bueno; yo os cuento cosas de niños por ver si lo tomáis en serio.

Oíase acaso el ruido profuso de las aves, alguna esquila trémula, voces campesinas; veíase el remanso sorbiendo en su dormida transparencia toda la serenidad del cielo. Los niños inclinaban la frente; la magistral circunspección del campo cohibía la frivolidad de aquellos espíritus en flor. Sequeros sabía colegir muy bien de la hondura de la mirada cuándo las almitas se agrietaban en surcos, anhelando la semilla. Y en aquel punto comenzaba á caer de sus labios la mansedumbre del milagro y la luz de la leyenda.

Ante la tersura diamantina del remanso, evocábase el prodigio de San Blas, San Jacinto y San Francisco de Asís, caminando con paso leve y pie enjuto sobre las aguas.

Llovía de pronto; la prole muchachil abrigábase bajo la ramazón de los poblados robles y aprendía cómo un águila, abiertas las alas luengas, cobijaba contra el azote de la lluvia á San Medardo.

Presumíase en el horizonte una tormenta; y era la historia de San Sátiro, hermano de San Ambrosio, que en lo más recio de un naufragio átase la hostia consagrada al brazo, con un lienzo, arrójase al mar y logra salvarse. O de San Maló, que celebra su misa sobre el lomo de una ballena que tomó por isla.

Vense unos mulos paciendo sobre un oteruelo; y es el peregrino milagro de San Antonio de Padua, el cual, por convencer á un incrédulo, presenta la hostia á un mulo; húndese el animal de rodillas y baja la cabeza en señal de adoración.

Y cuando el Poniente se inflama y arroja incandescentes saetazos que pasan de claro á las nubecillas, sellándolas con cifras y rasgos de lumbre, es la hora de reverenciar en el recuerdo á los favorecidos con estigmas, á las almas exaltadas de pasión divina cuyo premio fué la sabrosísima herida en la carne mortal, maravillosa correspondencia de las llagas del Salvador; Francisco de Asís, Benito de Reggio, Carlos de Sazzia, Nicolás de Rábena, Catalina de Sena, Magdalena de Pazzi, Angela de la Pace, Stephana Quinzani, Rosa Tamisier. Luego eran las delicadas mercedes y amantes finezas de Jesús con sus elegidos. Santa Catalina, recitando el _miserere_, llega al versículo: _cor mundum crea in me, Deus_. Repítelo la santa casi desfallecida, implorando al esposo. En esto aparécesele Jesús, vestido de resplandores, y con amorosa ternura le saca el corazón. Tres días permanece sin él la santa. Al tercero, Jesús la ofrece otro, purísimo, diciendo: «Hija mía Catalina: porque seas enteramente limpia á mis ojos te doy un corazón nuevo.» Y durante toda su vida conserva la cicatriz en el costado. O el trance sublime y conmovedor de María Alacoque, permutando el corazón con Jesús, quien formaliza el cambio por medio de un documento que él mismo dicta: «Te constituyo heredera de mi corazón y de todos sus tesoros para la eternidad. Te prometo que no te faltará ayuda, como á mí no me falte poder. Serás siempre la preferida: juguete y holocausto de mi corazón.» O también, el suavísimo regalo que nuestro Redentor hizo al venerable Riscal. Paseábase por los tránsitos del convento de San Ambrosio, en Valladolid, cuando he aquí que se encuentra con un niño de extraordinaria hermosura. «¿Cómo te llamas?» «Yo, Jesús de Crisóstomo. ¿Y tú?» «Yo, Crisóstomo de Jesús.»

Volvían al colegio con el crepúsculo vespertino. Del monte, de la colina, del árbol, bajaban sombras caprichosas. De los matorrales nacían vocecillas inquietantes. Era el momento de hablar de las trazas, ardides y encarnaciones de que Lucifer se sirve para tentar al justo ó castigar al impío; gústale preferentemente tomar la forma del cerdo, también la de la cabra, y en alguna ocasión se presentó de entrambas maneras en las camarillas de los alumnos, habiendo uno en pecado mortal. Los niños, que en otras circunstancias se hubieran reído de la estúpida fantasía de un diablo que elige al cerdo por ornamento y apariencia carnal, transidos por el misterio del campo y de la noche, se estremecían y buscaban mutuo amparo, apretujándose.

--También--dijo Coste cierta vez--se aparece el diablo en forma de león; pero cuando se le coloca un gallo delante, desaparece.

--Calla, Coste, que esas son supersticiones necias.

--No, Padre Sequeros; por allí, dícenlo. Y hay muchos que lo vieron.

Los de las primeras ternas se detuvieron de súbito.

--¿Por qué no avanzan esos?--preguntó Sequeros.

Los niños callaban. Por el camino y en dirección opuesta se deslizaba un indeciso fantasma blanquinoso, en compañía de un bulto negro. Los más medrosos hicieron la señal de la cruz. El Padre Sequeros los animó.

--Es gente que vuelve á sus casas. Adelante. ¿Qué miedo es este?

Y á poco, Ricardín Campomanes, que era un lince:

--Anda, si es Villamor, el ingeniero, y Ruth, su mujer.

--¡Vaya unas horas de pasear!--manifestó Sequeros.

--Por eso no los habíamos visto aún este curso--habló Bertuco.

--_Rara avis_--añadió el jesuíta--. Ave rara, de insuperable belleza; su alma tiene que ser bellísima también. ¡Se convertirá, se convertirá! Es mi profecía.

Era, en efecto, la profecía del Padre Sequeros; su realización se alargaba bastante.

Ruth era inglesa. Decíase que judía ó protestante. Lo cierto es que vivía fuera de la Iglesia Romana. No sustentaba relaciones amistosas con las damas de Regium. Acostumbraba salir de paseo por las afueras, del brazo de su esposo, un individuo rechoncho y de aspecto vulgar, ingeniero en las obras del puerto. Á veces iban también dos niños, varón y hembra, rubios como su madre, gentilísimos. Los alumnos del colegio encontraban al paso con frecuencia á Villamor y á Ruth. La primera vez que la vió Sequeros había dicho, como ahora:

--_Rara avis._

LA PEDAGOGÍA DE CONEJO

La pedagogía de Conejo era simplicísima. El perilustre Prefecto de disciplina aplicaba al gobierno de los alumnos lo que San Ignacio en sus Constituciones aconsejó para el buen gobierno de la Compañía, esto es, adiestramiento militarista del carácter y de la sensibilidad; sustituir con el principio de la jerarquía militar el de igualdad, y con el de obediencia militar el de fraternidad; obediencia absoluta, _perinde ac cadaver_. Pero, como al propio tiempo era tan inclinado á payasear y dar que reir á los alumnos, resultaba que la autoridad que ganaba con sus ejercicios cuartelarios la perdía en los pasillos cómicos.

En cuanto á lo primero, decidió Conejo, por lo pronto, bajar á los recreos; formaba á los alumnos en los patios y les instruía en una táctica de su invención; les obligaba á evolucionar, sin descanso, ordinariamente á paso ligero, al compás de los gritos reglamentarios «un, dos, tres, cuatro», ó también vociferando la marcha de San Ignacio:

Fundador sois, Ignacio, y general de la Compañía real que Jesús con su nombre distinguió...

En opinión de Conejo, uno de los más graves atentados que podían cometerse contra la disciplina era el acto de volver la cabeza en los estudios, en las filas, en donde fuese; en suma, el hecho de sentir curiosidad. Nada de cuanto acontece á espaldas nuestras, por extraordinario y estruendoso que sea, merece que volvamos la vista atrás, en busca de información. Por conseguir esta pasividad total de los alumnos en punto á los hechos externos de que vivían rodeados, Conejo apelaba á muy extraños arbitrios.

Estaban, por ejemplo, los niños conllevando mal que bien las horas imponderables de estudio. El Padre Sequeros, desde el púlpito-atalaya, por mejor hacer la vista gorda, leía su breviario. En esto, por la puerta del estudio, que está al extremo de la sala y detrás de los pupitres, penetra Conejo, con todo género de precauciones, de manera que no se levante ni el más débil rumor. Sin embargo, los de los bancos traseros advierten el ruido levísimo de alguien que anda sobre las puntas de los pies, sienten el movimiento del aire, rumores lejanos que, estando abierta la puerta, suben de intensidad; escudriñan con el rabillo del ojo, y aunque haciéndose los desentendidos, ven con profundo espanto, personas que rebullen, instrumentos que brillan, preparativos inexplicables. Piensan: «Debe de ser cosa de Conejo. ¿Qué burrada se le ocurrirá?»

De pronto, revienta un torrente de sones descompuestos, agudísimos, demoníacos. Algunos niños, tomados de la sorpresa, chillan y tiemblan nerviosamente; otros, botan sobre los asientos, á punto de caer accidentados. Seis han vuelto la cabeza.

Conejo avanza fanfarronamente hasta la testera del estudio:

--Amiguitos; seis han vuelto la cabeza. El próximo jueves os quedáis sin el paseo de la tarde.

Se oyen las risas ahogadas de los bestiales fámulos, que son quienes han tañido con toda la fuerza de sus pulmones agrestes los instrumentos más rudos de la charanga del colegio.

Llegado el jueves, Conejo levanta el castigo, bajo promesa formal de que las cabezas han de permanecer inmóviles en la primera ocasión. Y en la primera ocasión, el ingenioso jesuíta quema una tanda de fuegos artificiales, los cuales derraman por los ámbitos del estudio infinitas chispas. Se les queman las orejas y chamusca el pelo á unos cuantos, entre ellos Manolito Trinidad, que suspira como una tórtola y vuelve la cabeza, poseído de lamentable turbación, creyendo sin duda que se trataba del fuego de Sodoma y Gomorra. Nueva imposición del castigo. Esta vez el único causante ha sido Trinidad, y como Conejo no ha tenido á bien otorgar indulto, el joven cofrade de la mujer de Lot, encima de improperios sin cuento, sufre en las narices un balonazo que así como por casualidad Coste le aplica, dejándole exánime y ensangrentado.

Otras dos experiencias realizó Conejo; la una, derribando un armario lleno de cachivaches y cacharros inservibles, que vino á tierra con el estruendo que se supone; la otra, lapidando, por decirlo así, los indefensos cogotes de los alumnos con estropajos húmedos. Á la postre consiguió cercenar todo movimiento espontáneo y hacer á los niños simuladores, ladinos y desconfiados.

* * * * *

El sistema de la emulación, mediante el cual los niños ignoraban el concepto de lealtad y compañerismo no viendo los unos en los otros sino émulos, es decir, enemigos del propio bien, seres tortuosos, les estaba encomendado á los maestrillos, en las cátedras. Cada clase se dividía en dos bandos, romanos y cartagineses, con sus estandartes correspondientes. Los romanos se sentaban en los bancos de la derecha del profesor; á la izquierda, los cartagineses. El más aventajado del aula trascendía de este particularismo; era el emperador. Seguíale el cónsul romano, y á éste el cartaginés. Venían detrás los centuriones, cuya misión era inspeccionar la aplicación de las respectivas huestes y mantener, por medio de frecuentes delaciones, al maestro, en noticia constante de la conducta de los alumnos. Los sábados, á la tarde, se verificaban los desafíos. El que pretendiese avanzar un puesto desafiaba al que le precedía; salían al centro del recinto y comenzaba encarnizada lucha en que cada cual, según recitaba el otro su lección, acechaba fieramente á fin de patentizarle, al menor descuido, sus errores. Luchaban también bando contra bando, computándose en la pizarra las faltas. Á la postre, los estandartes hacían campear la victoria y la derrota de ambos ejércitos. Por una cara decían: «ROMA VICTRIX», Roma vencedora. Por el reverso, «ROMA VICTA», Roma vencida. Lo mismo el de Cartago. Durante la semana permanecían insolentemente las palabras de triunfo y las de baldón. El mismo sábado, después de las últimas clases, el colegio se encaminaba, en dos filas, á la Salve solemne, celebrada en la iglesia pública. En el medio iban los emperadores de las diversas promociones, con los cónsules á entrambos costados, y el victorioso enarbolaba la bandera de la clase. De esta suerte la ciencia, en vez de sacramento, se convertía en guiñapo de vanagloria y presa á propósito para ser disputada á mordiscos y uñaradas.

* * * * *

El ensayo de instrumentación religiosa que Coste hizo rezándose el rosario, y el comento sonoro que puso á la plática de Conejo acontecieron en la misma semana. El carrilludo mancebo estaba maravillado viendo que sus manifestaciones explosivas no le acarreaban complicación ni contratiempo. Llegó el domingo. Después de la segunda misa, el Prefecto recorría los estudios, con un gran libro debajo de la axila derecha, y leía las notas semanales que los alumnos hubieran obtenido. Las calificaciones eran las siguientes:

A = Muy bien. AE = Bien. E = Bastante bien. EI = Regular. I = Bastante mal. IO = Mal. O = Muy mal.

Las _oes_ se aplicaban en contadísimas excepciones.

Conejo iba leyendo las notas lentamente. Cada alumno, para oir las suyas, poníase en pie.

--Don Romualdo Coste y Celaya--masculló Conejo.

Coste se levantó, avergonzado y encogido. Tenía tristes presentimientos.

El Padre Prefecto sacó la caja de rapé, tomó un polvo, se golpeó las ventanas de la nariz, que sonaron á oquedad; todo muy espaciadamente. Luego:

--Deberes religiosos: O.

Una pausa de mucha expectación. Conejo contempló á la víctima con un gesto de insolencia jocosa. Y rompió á hablar, dando amenazadora prosopopeya á las palabras:

--¡Puerco! ¡Repuerco! ¡Requetepuerco! ¡Ultrapuerco! ¡Archipuerco!... ¡Vaya usted á soltar cuescos á su padre!

Una gran carcajada coronó el elocuente apóstrofe de Conejo. Coste miraba de reojo, con ánimo de ajustar más tarde las cuentas á los que se excediesen en las risas con que por lisonjear al Ministro le zaherían. Cuando se sentó, pensaba: «Menos mal; como todos los castigos fuesen así...»

MUR, PEDAGOGO

Dos eran las cosas que Mur abominaba sobre toda ponderación; la primera, que yendo en filas, como siempre iban las divisiones al trasladarse de un punto á otro del colegio, se tararease por lo bajo; la segunda, que en caso de acometer al alumno, en las altas horas de la noche, una necesidad, aun siendo acosadora é inaplazable, se satisficiera haciendo uso del bacín que para casos de menor entidad había en la mesilla de noche. Es decir, que Mur se había propuesto luchar con dos fuerzas naturales. Una, porque estando los alumnos en punto de crecimiento y con gran remanente de actividad que no hallaba medio fácil de explayarse, la energía les rezumaba por todas partes y en toda ocasión, siendo la forma preferente el canturreo en que, á compás del paso en las filas, incurrían sin darse cuenta y á pesar de los castigos. La segunda, porque permaneciendo cerrados por de fuera en sus camaranchones durante la noche, y no acudiendo el sereno á los toques por hallarse monolíticamente dormido, no les quedaba otro recurso decoroso á los alumnos, caso de apretarles la urgencia, que aprovechar el único recipiente idóneo que á mano tenían. Mas, por lo mismo que era físicamente imposible corregir uno y otro fenómeno, Mur exteriorizaba particular enojo ante su frecuencia, y era que ello le daba pie para imponer penas y para imaginar los más absurdos procedimientos de tortura, con lo cual se refocilaba tan por entero que le salían á la cara las señales del goce entrañable y cruel que esto le traía.

Era cosa de verle ante el niño penado, cuando le hacía sustentarse en posturas forzadas é inverosímiles, durante minutos eternos. Su fría carátula tomaba calor de vida, los labios se aflojaban, la nariz trepidaba y la siniestra verruga se henchía de sangre, se esponjaba, lograba expresión.

Su indiferencia aparente era tanta que desconcertaba á los alumnos. Caminaba entre las filas como absorto en sus propias cavilaciones. Un niño, creyéndole ausente de las cosas externas, volvíase para decir cualquiera paparrucha á un amigacho; no había pronunciado tres palabras, y ya tenía sobre la mejilla la mano huesuda de Mur, impuesta en el tierno rostro con la mayor violencia. Era especialista en los pellizcos retorcidos, que propinaba con punzante sutileza, poniendo los ojos en blanco y sorbiendo entre los apretados dientes el aire, cual si le transiera un goce venusto. En el castigo _de la pared_, el más benigno y corriente, Mur lograba poner un matiz propio. La pena consistía en estar cara al muro y espalda á los juegos, diez ó quince minutos, durante la recreación. Mur se encaraba con el reo, engarabitaba los dedos y los iba plegando sucesivamente, trazando esa seña que en la mímica familiar expresa el hecho de hurtar alguna cosa; al mismo tiempo decía: _Apropíncuate_, con lentitud, mordisqueando las letras como si fueran un retoñuelo de menta ó algo que le proporcionara frescura y regalo. Y estando ya el niño de cara á la pared, le aplicaba un coscorrón en el colodrillo, de tal traza, que las narices del infeliz chocaban despiadadamente contra el muro.

--En sorprender á los cantores tengo un raro tino--solía exclamar.

No tan raro, si se tiene en cuenta que el que más y el que menos no conseguía abstenerse de esta discreta expansión lírica. Ninguno, en verdad, tan canoro como Ricardín Campomanes; ninguno, tampoco, más distraído. Mur le aborrecía, entre otras razones, cuyo peso específico ignoramos, por ser uno de los favoritos de Sequeros. También lo era Bertuco; no embargante esto, Mur mostraba para con él expresiva lenidad y le hacía objeto de pegajosas asiduidades, que el chico repugnaba: hubiera preferido el odio del jesuíta, sobre todo por asco á las caricias de sus manos, calientes y ásperas como la lengua de un buey.

Una tarde salió Ricardín de las clases más contento que nunca: había sabido la lección de geometría y, en consecuencia, Ocaña había celebrado lo estupendo del caso prodigándole honores y plácemes sin cuento. Las entrañas del niño eran un puro ímpetu de saltar, de gritar, de hacer zapatetas y lanzar la gorra al aire. Iba en las filas como ajenado, positivamente perdido en fantasmagorías y quimeras; pensaba que ascendía ya á los puestos más relevantes de la clase, á centurión, al consulado cartaginés, al romano; componía, en su imaginación, con animada plasticidad, el cuadro del desafío desaforado, descomunal que había de reñir con el simiesco Benavides, temible empollón, y con Bertuco, disputándoles y arrancándoles de los hombros la investidura imperial; veíase emperador, caminando mayestáticamente á la Salve, entre marchas é himnos triunfales; ¡tra, la, li, lara, pon, pón! En efecto, en las filas, que silenciosamente se encaminaban al refectorio, hubo un movimiento de estupor al ver á Ricardín entregado de lleno al vértigo musical, agitando el brazo derecho, con el cual empuñaba una supuesta batuta, rígidas las piernas, taconeando á paso de procesión.

¿Quién describirá la cólera disimulada, recóndita, de Mur y la espantable lividez que invadió sus mejillas? Se acercó ágil y elásticamente, como bestia de presa, tiró un zarpazo á Ricardín en el brazo de la batuta, arrancándole así del seno de los sueños en donde reposaba y forzándole á prorrumpir en un grito de sorpresa y dolor. Por las orejas le separó de las filas, calificándole con voz severa y potente que de todos fuese oída:

--¡Títere! ¡Mameluco! ¡Imbécil! ¿Qué dices? ¿Que no tienes ganas de merendar? Si ya lo sé; probablemente no la tendrás en quince días.

Y lo arrastró por un estrecho pasadizo, que conducía á los patios exteriores.

Después de la merienda había un recreo de media hora. Llegaban las divisiones á sus patios respectivos, rompían filas en oyendo la palmada del inspector, y dos niños, que éste mismo designaba, corrían en busca de los balones y maromas de saltar, a una de las clases, en la cual y dentro de un pequeño receptáculo al pie del púlpito, se guardaban. Aquel mismo día fueron designados Coste y el orejudo Rielas. Coste movíase con embarazo, sin apartar la mano del bolsillo del blusón, evidentemente congestionado con algún objeto pecaminoso y de bulto.

--Eh, tú, Coste, acércate--gritó Sequeros.

Le tentó el bolsillo, por fuera, reconociendo una manzana y un trozo de pan. Sequeros comprendió.

--Vaya, hombre... tú, tan glotón. Eres bruto, pero eres bueno. Dios te lo pagará--. Y le golpeó afectuosamente el cogote.

El carrilludo Coste partió de nuevo, resplandeciente. Interpúsosele Mur:

--¿Á dónde vais?

--Á por los balones--respondió Rielas.

--Pues no están en la clase del pasillo de los lugares, que los he cambiado yo á la del Padre Urgoiti. Ya lo sabéis.

Y sabían más con esto.

--¿Has oído?--mugió sordamente Coste, en habiéndose alongado un trecho de Mur--. Tiene allí encerrado á Ricardín.

--¡Qué bruto! Le habrá puesto en _la butaca_[2].

--Sabe Dios. ¿Quieres que veamos?

Se acercaron al aula. Inquirieron, á través del ojo de la cerradura.

--No se ve nada. Mira tú, Rielas.

--No hay nadie. Como no esté escondido...

Examinaron precavidamente la cerradura. La puerta cedió. Metieron la cabeza, husmeando, fruncido el morro.

--¡Canario! ¿Dónde lo tendrá?

Se oyó un susurro tenue: «Pss... Coste, ¿vienes solo?» Coste y Rielas retrocedieron, sobresaltados.

--¿Has oído, Rielas?

--Sí.

--Pero si no había nadie.

--Vamos á ver, antes de que noten nuestra falta.

Oyóse de nuevo la voz incorpórea: «Pss... Coste, ¿quién viene contigo?»

--¿Eres tú, Ricardín?

--Sí.

--¿En dónde estás?

--Debajo del púlpito, en el sitio de guardar los balones.

--Si no puede ser; si no cabes.

--¿Que no? Me han embutido. ¡Ay! Tengo una pierna dormida, y el brazo como un sacacorchos. Oye, ¿qué os han dado de merendar?

--Espera... Pues ha dejado abierta la puertina. ¡Reconcho! ¿Cómo pudiste entrar?

--No entré, me metió á puñadas. ¿Qué tal? Parezco un contorsionista de circo. ¿Eh?

--No sé lo que es un contorsionista, Ricardín.

--Sí que lo pareces--afirmó Rielas.

En efecto, el niño aparecía con los miembros enmadejados; no conservaba la más lejana apariencia racional, como no fuese por la angustiada carita que surgía inadecuadamente de entre las piernas.

--¡Pobriño! ¡Pobriño!--suspiró Coste.

--No, tonto; si es muy entretenido. ¿Cuándo creéis que me sacará?

--Toma.

--¿Qué traes ahí?

--Mi merienda.

--Tú eres bobo; ¿por qué no la comiste?

--No tenía gana.

--Bueno; escribiré á mi hermano José María para que me traiga bombones y los repartiré contigo. ¿Sabes que tengo mucha sed?...

--Con la manzana se te pasará.