A.M.D.G.

Part 6

Chapter 63,754 wordsPublic domain

Todos los alumnos creían en la santidad de Sequeros; le consideraban adornado con ese don especialísimo que Dios otorga raras veces: la previsión de los acontecimientos por venir. Era profeta. Los hechos lo tenían suficientemente comprobado. Además sustentaba relaciones íntimas con el mundo suprasensible, espiritual; sabía los minutos cabales que su madre había permanecido en el purgatorio y los siglos que le habían durado; había visto con los ojos del alma, pero tan claramente como con los de la carne, el sitio que le estaba asignado en el cielo, á corta distancia del amadísimo Padre Riscal y de la favorecida Alacoque; había retumbado en sus oídos mortales la voz áspera y fétida de Satanás, á quien había conjurado con el signo de la cruz; y otra porción de prodigios que él mismo refería á los alumnos de la división, á las horas de recreo y en los paseos. De esta suerte les satisfacía la curiosidad con el elixir de lo maravilloso, les aligeraba la voluntad y los conducía por medio del prestigio y del amor. Pero, desgraciadamente, el sol rudo de estío, la holganza y las malas compañías, disipaban los vapores místicos que Sequeros con tanta diligencia alimentaba en las tiernas mentes. ¡Dichosas vacaciones del diablo!... Los niños volvían escépticos, con el corazón empedernido. Y aquel año más que nunca. Sequeros se mostraba atribuladísimo, extremaba sus narraciones milagrosas, quedábase algunos momentos como en arrobo, llevaba la mano al pecho y compungía el rostro, dando á entender horribles dolores y amarguras; suspiraba sonoramente cuando menos se pensase, á lo mejor en el silencio de los estudios, por que no pasase inadvertida su cuita. Á pesar de todo, los niños no entraban por los deberes religiosos, y los pocos que retornaban á las antiguas prácticas devotas parecían hacerlo con frialdad, remolona ó hipócritamente. El primer sábado, á la hora de la confesión, sólo acudieron al santo tribunal cuatro alumnos: Abelardo Macías, aquel muchachete anémico, acosado de alucinaciones y con pretensiones de santidad; Manolito Trinidad, el lánguido hipócrita, desconfianza perdurable de sus camaradas; Casiano López, _bodoque_ de remoquete, candoroso mancebo y objeto de vaya continua por el fútil pretexto de haber rotulado el engendrador de sus días «La costura acerada» á un bazar de calzado, muy boyante, de que era dueño, y Ángel Caztán, el mexicano, de lúbricos labios bozales, tez mate y ojillos codiciosos. Dióse la palmada, en el estudio de la noche. «Salgan los que quieren confesar», dijo el Padre Sequeros. Y se levantaron aquellos cuatro, que, acompañados de Mur, se encaminaron á la celda del confesor elegido. Dijérase que fué una cuchillada que le asestasen al pobre Padre Sequeros: tal se puso de lívido, y con tanta angustia revolvió los ojos en sus órbitas. Algunos niños se sintieron pesarosos y á punto de querer confesarse; pero pudo más en ellos la timidez de evacuar en el seno de un confesor leves torpezas de los amables meses libres.

Las oraciones, al comienzo y final de los estudios, las rezaban contadísimas bocas, y esas como por rutina, con frialdad y voz endeble.

Un día, el Padre Sequeros comenzó como de costumbre:

--En el nombre del Padre, del Hijo, del...

Le siguieron dos ó tres. El resto, de rodillas sobre los bancos, permanecía en distracción absoluta, algunos cruzados de brazos, los más con las manos en los bolsillos del blusón, arrebolados aún por la fatiga del juego. El inspector asegundó, casi adusto:

--En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu...

Santiguábase con mucha solemnidad, dando gran amplitud al movimiento del brazo. Le siguieron los mismos de la primera vez. Hubo un silencio enojoso. El Padre Sequeros comenzó de nuevo, ahora con voz entrecortada:

--En el nombre del Padre...

Y como su ejemplo no fuera eficaz rompió en sollozos, los cuales, á causa del acento fuertemente masculino, eran conmovedores. Abrió los brazos en cruz; la garganta se le henchía, bermeja y congestionada. Los niños le miraban con ojos espantados. Macías se echó á llorar. Bertuco pensó desfallecer. Unos pocos se guiñaban el ojo, burlándose. Coste susurró á Bárcenas:

--¡Está chiflado!

Bárcenas le colocó entre las costillas un codazo que dejó sin sentido al pobre gallego. Y, al fin, espontáneamente, la división entera, aullando con frenética devoción y arrepentimiento, se santiguó.

--¡En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén!

Sentáronse, dispuestos á sus faenas y con propósito de enmendarse. Sin embargo, á los dos ó tres días el entusiasmo se congeló por entero.

En los paseos, cuando después de romper filas vagaban los niños por algún pradezuelo ó bosque aldeano, el Padre Sequeros solía ensayarles en himnos corales; el de San Ignacio, el del Padre Riscal, que él mismo había compuesto:

¿Quién dió á la España la nueva alegre de los amores del Salvador? Riscal ha sido, que en San Ambrosio del mismo Cristo la recibió.

Este año ¡ay! los cantos eran inútiles; ningún alumno estaba para músicas celestiales. Otro paso de tortura para Sequeros.

El segundo sábado, el número de confesandos subió á seis; número misérrimo.

* * * * *

Esto aconteció un día de Octubre, ceniciento é ingrato. Llovía acerbamente. La noche salió de su escondrijo antes que de costumbre. Los recreos hubieron de ser bajo los cobertizos. Al comenzar el estudio de las cinco y media, la obscuridad lo envolvía ya todo. Los alumnos se hallaban con desgana para el estudio, díscolos é inquietos como nunca, especialmente Ricardín Campomanes, á quien el Padre Sequeros amaba señaladamente, á causa de su inocente condición: era un azogue. Le reprendió varias veces, inútilmente. Del propio modo amonestó á toda la división. La voz se le fué calentando y haciendo conminatoria. Los ojos le despedían flechas de luz; la sangre huyó de sus labios.

--¡Os burláis de Dios; apuñaláis el delicadísimo y amorosísimo Corazón de Jesús, lo apuñaláis, lo apuñaláis con saña, con frenesí, cobardemente...! Habéis cerrado los oídos á sus mansos requerimientos. Le tenéis á vuestro lado y no le queréis ver. Os quiere envolver en misericordia y le rechazáis... Pues bien; ha llegado la hora de la justicia. ¿Os reisteis? Ahora lloraréis. ¿Desdeñasteis? Ahora imploraréis. ¿Fuisteis duros? Ahora os ablandaréis, mal que os pese. La mano de Dios está sobre vuestras cabezas. ¡Ay de vosotros si descarga su justo enojo!

¡Sí, sí! Todo aquello estaba muy bien para las beatas viejas, pero no para aquel vivero de mocetes que se creían ya hombres, de la cabeza á los pies. Macías, Trinidad y otros pocos, manifestábanse consternadísimos. Bertuco estaba serio, reconcentrado. El resto, atendía á la lluvia tanto como al machaqueo terrorífico del inspector. Ricardín andaba atareadísimo en cazar moscas. Había hecho una plaza de toros de papel, con sus toriles, en donde aprisionaba las moscas, habiéndoles mutilado las alas, y luego las sometía á torturas inenarrables, rematándolas á descabello con una pluma de corona. Escuchó vagamente las amenazas del Padre Sequeros, más por frivolidad que por despego. Un moscardón, atontado por el frío, vino á pararse sobre el pupitre de Ricardín. ¡Este sí que es bueno! El niño adelanta la mano, con toda precaución, doblando los dedos en forma de cáscara marina, hasta ponerla próxima al aterido animalucho; la imprimió rápido movimiento transversal, en sentido del moscardón, rasando el pupitre, y ¡oh triunfo! lo aprisionó. Pero ¿en dónde lo guardaba? Se acordó de un alfiletero para barras de lápiz automático que estaba dentro del pupitre. Disimuladamente, con infinitas combinaciones y una mano sola, que la otra guardaba la presa, logró apoderarse del alfiletero sin que el inspector parase en él la atención. El bicho, con el calor de la mano, revivía y se agitaba desesperado; pasó á su nuevo alojamiento sin peripecia digna de mención. Y ya en este punto, Ricardín se aplicó á componer un dístico jocoso, que había de colocar á manera de rabo y banderín en la trasera del moscardón. Cortó una tira de papel y escribió esta singular y enigmática aleluya:

Al fuelle Trinidad le da el azteca un buen pitón de lavativa seca.

Arrolló la tira de papel, aguzándola en un extremo, que hundió en el vientre del bichejo, y lo echó á volar, lleno de orgullo por la hazaña. Siendo el bagaje mucho, el moscardón batió las alas con toda su fuerza, de manera que movía un gran zumbido, el cual hubo de poner alerta al estudio y dar ocasión á risas sofocadas cuando se vió cruzar por el aire la bandera de papel, de insólitas dimensiones. Las traicioneras miradas denunciadoras indicaron en seguida al inspector quién fuese el culpable. Ricardín quedó anonadado. ¡Tan bien como le había salido...! ¡Malditos fuelles!

--Veo que no tienes enmienda, Ricardín. Ponte de rodillas en el centro del estudio.

El niño obedeció. Llevaba el rostro muy compungido. Á los dos minutos ya estaba en cuclillas, revolcándose por el suelo, gateando bajo las mesas, pellizcando á sus amigos en las piernas, hasta que por su mala fortuna llegó á la femenina pantorrilla de Manolo Trinidad, á quien pellizcó de la propia suerte que á los otros; pero fuera por la más aguda sensibilidad de este jovencito, fuera con el malévolo propósito de poner en evidencia al enredador, ello es que Trinidad lanzó un alarido de parturienta, adredemente prolongado durante medio minuto; y justo es decir que la segunda parte del lamento tuvo causa bastante, porque Coste, que había sufrido heroicamente varios pellizcos con retorcimiento por no comprometer á su compañero, viendo que el dulce Trinidad se dolía tan de pronto y con escándalo, no pudo reprimirse, y le aplicó tal pisotón, que á poco le quiebra los huesos de un pie, convirtiéndoselo en pata de palmípedo, y por lo bajo le dijo colérico:

--¡Calla, marica!

El Padre Sequeros levantó los ojos del libro de oraciones en oyendo el alarido. Ricardín salía de debajo de las mesas, corriendo á todo correr, en cuatro patas.

--Esto es ya intolerable. Salga usted del estudio, señor Campomanes.

--¡Si no fué él! ¡Si no fué él!--suspiraba Manolo Trinidad.

Pero Sequeros, á quien desagradaban las artes hipócritas y rastreras de Trinidad, le hizo callar sin más averiguaciones. Coste respiró, y en la primera coyuntura, hundiendo mucho la cabeza en el libro, de modo que aparentaba estar absorto en el estudio, envió á Trinidad estas palabras, lentas y cortantes:

--¡Si dices algo, te saco los hígados; te los saco, fuelle!--Y le lanzaba ojeadas iracundas, sin dejar de tañer el invisible cornetín.

El trueno rebullía sordamente, á lo lejos. Caía la lluvia, emperezada y rumorosa. Bertuco pensaba en su émulo poético, Ricardín, que en aquel momento estaba á la intemperie, en el patio central del colegio, al cual dan los estudios.

Ricardín, entretanto, poseído de zozobra y pavor, no sabía qué hacerse. Ahora se acurrucaba contra el quicio de la puerta, como oveja rezagada que, fuera de la majada, busca el calor del hato; luego corría tiritando, la mano sobre los ojos, por guardarse del flechazo de los relámpagos.

La tormenta rodaba, acercándose. Una vaga desazón invadía el pecho de los niños. La luz de los velones parecía amortiguarse, asustada. Por los resquicios de las contraventanas filtrábase, de vez en vez, la fosforescencia de las exhalaciones, trayendo á la zaga formidables estampidos.

Comenzó el rosario. El primer misterio se rezó de rodillas sobre los bancos; los otros cuatro en el asiento, para volver á arrodillarse en la letanía. Abelardo era el guía; respondían todos fervorosamente.

--Vas spirituale. --Ora pro nobis. --Vas honorabile. --Ora pro nobis. --Vas insigne devotionis. --Ora pro nobis.

El recinto se inflama con una cegadora luz azulina. Horrísono tableteo de cataclismo estremece los muros. Ábrese la puerta violentamente é irrumpe Ricardín, enloquecido, clamoroso, con los brazos abiertos, demudado el rostro, los ojos como cristalizados é insensibles, híspido el cabello; da unos cuantos pasos vacilantes y cae en tierra. Todos los niños gritan, espantados; pegan la frente sobre las losas, y, juzgando que es el fin del mundo, el desatarse de la cólera divina, según había predicho Sequeros, imploran angustiadamente:

--¡Misericordia! ¡Absolución! ¡Absolución!

El jesuíta los bendice. Pasan unos minutos, inacabables, en espera de la segunda sacudida, que ha de hacer añicos y escombros el universo. Mas ya la tormenta huye; los monstruos del estrago braman cada vez más lejos.

Los niños van recobrándose lentamente; se miran unos á otros con extraviada pupila; rezan en voz baja; todos quieren confesarse en el acto. El Padre Sequeros les disuade.

--El sábado próximo lo haréis, y no se os olvide esta lección.

Pero los niños tienen memoria de pájaros. Á los dos días, si se acordaban del medroso paso, era para avergonzarse de tanta pusilanimidad. Le echaban la culpa á Campomanes por haberlos sobresaltado con su aparición súbita y la caída, que lo tomaron por muerto. Y Ricardín contestaba:

--Sí, sí; quisiera yo haberos visto afuera.

CONSEJO DE PASTORES

(Celda del Padre Rector. Una pieza cuadrangular, de muros blancos, mates. La puerta que la da acceso desde el tránsito, muy cerca de una esquina. De cabecera al muro de la puerta, la camarilla, cerrada por tabiques cuya altura promedia la de la estancia, y de manera que mata otra esquina y hace un pasillo pequeño y obscuro, en cuyo fondo está la dicha puerta. Una cortina oblitera la entrada de la camarilla. Una mesa; un sillón de enea; un crucifijo en la pared, sobre el sillón; un reclinatorio; un comodín con algunos libros, al pie del ventanal. Todas las celdas son iguales; pero la del Rector caracterízase por cierta desnudez hosca, hermética, que corresponde justamente con el carácter del Padre Arostegui.)

INTERLOCUTORES

PADRE RECTOR. PADRE PREFECTO de disciplina. PADRE SEQUEROS. PADRE MUR.

AROSTEGUI

(_Sentado. Los otros tres en pie, frente á él._) Según eso, Padre Sequeros, la disciplina de la primera división... Yo no digo nada.

SEQUEROS

Deja bastante que desear, reverendo Padre.

AROSTEGUI

¿Explicaciones?

SEQUEROS

Las conocidas. Los primeros pasos son los más difíciles de dar. Añádase que, siendo los alumnos todos mayorcitos, la obra destructora de estos meses disipados de vacaciones llega muy hondo.

AROSTEGUI

¿Qué dice usted, Padre Prefecto?

CONEJO

(_Dando saltitos._) Me parece muy cuerda la observación del Padre Sequeros.

AROSTEGUI

¿Y tú, Mur?

MUR

¿Yo qué voy á decir, reverendo Padre...?

AROSTEGUI

Lo que pienses.

MUR

Estoy poco tiempo con los alumnos: una hora en los estudios y el tiempo de las recreaciones. No sé si atreverme... Desde luego, en principio, lo que dice el Padre Sequeros es acertado; pero eso es precisamente lo que hay que corregir, y sin blandear, inexorablemente. Mi insignificante opinión es que hay tolerancias funestas. ¿Merece tolerancia el error ó la rebeldía?

(_Conejo, algo nerviosillo, interviene._)

CONEJO

Claro que no; pero no se trata de eso.

AROSTEGUI

Déjesele hablar.

MUR

No tengo otra cosa que decir, y, por lo que veo, no he acertado.

AROSTEGUI

Padre Sequeros, ¿qué remedio ó medicina...?

SEQUEROS

Adelantar los ejercicios de San Ignacio este curso. (_Eleva los ojos al cielo._) ¡Oh, santos y divinos ejercicios hechos de luz especial de Dios! ¡El maná guardáis, la médula del Líbano y el granito de mostaza del evangelio!

(_Conejo le mira sorprendido; Mur, con aspereza y despego._)

AROSTEGUI

Bueno, bueno; todo eso ya lo hemos oído muchas veces. (_Sequeros se encoge de pronto, como caracol al cual trincan un cuerno; indudablemente ha pisado en falso al sacar su alma al sol del entusiasmo._) Habíamos dicho que adelantar los ejercicios este curso; bien. Los adelantaremos. Y hasta entonces, ¿qué remedio ó medicina...?

SEQUEROS

(_Con timidez._) Aumentar la dosis del único que está en mi mano, el que hasta ahora vengo administrando: el amor. Decir tratamiento de amor, es decir tratamiento de indulgencia. Nuestro Padre San Ignacio, en sus _Constituciones_...

AROSTEGUI

(_Frío._) Sí, sí; recomienda la indulgencia; pero es en teología moral, en los ministerios, que en el magisterio y disciplina fué siempre inflexible. ¿Y usted, Padre Prefecto?

CONEJO

Sí, sí, la disciplina; una disciplina militar, ¿qué duda tiene? Pero con su cuenta y razón. Lo primero, probar á la división, baquetearla, apretarla las clavijas, de modo que se atemorice y considere lo que se le puede echar encima. Luego, llegada la hora de la sanción... hablo tal como pienso, me inclino al Padre Sequeros, esto es, á la indulgencia. Desde hoy en adelante, y le ruego al Padre Inspector no crea que con esto pretendo desacreditar su conducta, pienso tomar una acción más inmediata sobre la división.

AROSTEGUI

¡Bien, bien! Tú, Mur, ¿qué dices?

MUR

¿Quién soy yo, reverendo Padre?

AROSTEGUI

Pues que te pregunto, señal de que me importa tu opinión y la juzgo de peso.

MUR

Aun cuando mi experiencia es corta, me basta para saber que el hombre es naturalmente malo. Pero ¡qué la experiencia propia! ¿No nos lo dice la sabiduría eterna? El corazón humano es seco, pedregoso, y no lo ablanda si no es el temor de las penas venideras ó el recuerdo de las pasadas, y muchas veces, ni aun eso. Amor... Sí, amor á todo y á todos; es cosa debida. Amor, señaladamente á nuestros santos fines, de los cuales son medios de mucho fuste estas criaturas que se nos encomiendan y en las cuales apuntan ya todos los malos instintos: la sensualidad, el orgullo, la rebeldía; _la rebeldía_. Amor... No en balde la ciencia, que la tradición elabora, afirma: Quien bien te quiere, te hará llorar.

(_Una pausa._)

AROSTEGUI

Procuren la enmienda de la división. (_Salen Sequeros, Eraña y Mur. Conejo piensa_): «Este viborezno no escatima su ponzoña».

PEDAGOGÍA LAXA

RARA AVIS

El estudio de la tarde era el más pesado; dos horas y media de inacción y recogimiento, desde las cinco y media hasta las ocho, sin otro respiro que la media hora de rosario y lectura espiritual, los cuales solían comenzar á las siete. Terminada la lectura, entraba el Padre Mur á sustituir al Padre Sequeros, promoviendo entre los alumnos cierto malestar medroso. Tras de la aridez del largo día y monótonas faenas de clases y estudios, aquellas dos horas pesaban con abrumadora gravedad. Algunos se dormían sobre los libros, pachorrudamente, contando con que el Padre Sequeros no les había de traer á la vida consciente. Les consentía dormir, que es una manera de guardar compostura, siempre que no roncasen. El pobre Coste estaba incapacitado para este dulce y acomodaticio reparo del tedio, porque, debido á la curiosa configuración de sus carrillos, lo mismo era caer en blando sopor que convertirse en un instrumento que exhalase los sonidos más descompuestos y risibles. Un día ensayó á obturarse la boca con el pañuelo; el remedio le fué fatal, porque si ya en estado de vigilia la exuberancia gaseosa de los intestinos le ponía en feroces aprietos, así que se zambulló en las linfas del sueño, teniendo cegado el desahogo de la boca, las flatulencias de que adolecía se acumularon, buscando otro escape por donde insinuarse libremente, lo cual hicieron con magníficas explosiones. El escándalo fué mayúsculo. Coste despertó, rojo hasta el blanco de los ojos, bien á causa de la vergüenza en que su flaco le puso, bien porque anduviese á punto de ahogarse, faltándole la respiración. Las manifestaciones de sonoridad que caracterizaban á Coste eran de ordinario bastante inoportunas. Por ejemplo, rezábase un día el rosario. Iba conduciéndolo Trinidad, con su voz de contrahecha devoción. Terminada la letanía se llegó á las oraciones finales, que se rezan en silencio.

--Un Credo al sacratísimo Corazón de Jesús.

Y todos oraban en voz baja.

--Una Salve al sacratísimo Corazón de María.

Reanudóse el silencio, y cuando más grave y profundo era, retumba un bárbaro estampido que se alonga un trecho, cantante y juguetón. Las válvulas de Coste se habían relajado bajo la presión desesperada de una espantosa procela visceral. Todos rompieron á reir, inhábiles para mantenerse en piadosa actitud. El Padre Sequeros se mostró entristecido por el desacato, pero no amonestó á Coste, ni le impuso pena ninguna. Era su procedimiento. Decía á los alumnos: «Cada falta que cometéis es una puñalada que me dais. Compadeceos de mí». Y como en su rostro transparecía paladinamente el dolor, los niños le conmiseraban é iban absteniéndose poco á poco de pecar.

El disparo de Coste se propagó en ecos numerosos, algunos de los cuales fueron á repercutir en el oído de Conejo y también de Mur: ecos físicos, no, ciertamente, que á tanto no llegaba el aliento de Coste, con ser estentóreo, sino ecos morales, soplos supletorios de los _fuelles_. (Llámase _fuelle_, en la vida de colegio, á los chismosos, acusones, correveidiles, etc., etc.) Coste sospechó, en primer término, de Trinidad, que era el _fuelle_ más acreditado en la ínsula.

--¡Vaya, hom, vaya!--le rugió, torvamente--. No es mal oficio el tuyo: llevar en la boca las ventosidades que yo suelto. ¿Qué tal sabía? He de pagarte el servicio, no te creas; he de pagártelo, y bien--. Los carrillos, con la cólera acumulada, se le expandían, amenazando desgarrarse.

Ricardín Campomanes, que andaba por los alrededores del frenético gallego, se le acercó.

--Vamos á ver, Coste: ¿por qué no pruebas á ahogarlos?

--¡Ay, no, no!--suspiró Manolo Trinidad, dengueando de tal manera, que no daba paz al trasero--. ¿Quieres que nos mate por asfixia?

--¡Ay, hijo! Pues no sabes los que te has tragado, porque todos los días ahogo más de dos docenas.

--De todas suertes, el otro día no has sido oportuno.

--Otro día lo seré más, Campomanes.

Cumplió su palabra, en plazo brevísimo. Pronunciaba Conejo su acostumbrada plática hebdomadaria en el estudio de la primera división. Era un comentario á las palabras evangélicas: «Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que no un rico por las puertas del Cielo.» Conejo, esforzándose en dar plasticidad al estilo, menudeaba las comparaciones pintorescas y hasta cómicas. Los niños le seguían atentamente.

--Porque ¿me queréis decir--gritaba--de qué le sirve al rico su riqueza cuando le llegue la hora de su último juicio? Le servirá para ir al infierno en coche, ó si queréis en tren especial, ó si queréis en una bala de cañón.

¡POM! Coste había sido el artillero. La propiedad onomatopéyica del estallido fué tan acendrada, que á todos dejó maravillados y suspensos durante un minuto, después del cual se siguió un desenfreno de risotadas, justa ovación á la maestría de Coste. El mismo Conejo anduvo á pique de soltar el trapo. Por el momento no dijo nada, guardándolo para mejor coyuntura; más que otra cosa experimentaba cierta envidia, como de todos aquellos que movían la risa ajena con simplicidad de medios. ¡Lástima que la austeridad de la sotana no le consintiese las mismas expansiones!

* * * * *

El Padre Sequeros contaba para sus fines con la tierna coacción que la Naturaleza ejerce sobre las almas, constriñéndolas, por decirlo así, á meditativa seriedad y grave melancolía. Conociendo los parajes más apacibles, insinuantes y hermosos de las aldeas circunvecinas, los elegía para los paseos de la división, jueves y domingos, y según la sazón del tiempo y circunstancias del sitio, narraba historias de piedad, edificantes ejemplos que ajustasen en el fondo, en el ambiente.

--¿Veis ese puente? Es un puente romano.

--Parece un dromedario con gualdrapas de seda verde--habló Bertuco.

--Ya salió éste con sus metáforas--interpuso Campomanes, avinagrado--. Deja que cuente el Padre Sequeros.

Estaban en una pradera, al margen de un remanso y no lejos de un puente en ruinas, de giboso lomo, vestido de hiedra.