Part 5
--¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me maravilla. Siempre creí que era porque no tenía amigos... El Padre Superior, tan bondadoso... Y por usted siente gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña, pienso que ganaría mucho en su favor si usted lograra sacar de paseo al Padre Atienza. Hágale ver que es en servicio de Dios, y los males que ya nos ha causado, inocentemente sí, ni que decir tiene. Yo iría, pero... No le soy simpático, ¿á qué me he de engañar? Le convence usted y salen los dos, por la población, claro está. Convendría evitar detenciones con _madreselvas_ y curiosos. Bueno, ¿qué le voy á decir yo á usted? ¿Quedamos en eso, eh? Vaya, adiós.
--Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo indica.
Á los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el cuarto del Padre Atienza. Comenzó por referirle la historia del secuestro, del antro mefítico y del ayuno á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.
--Pero ¿qué me dices, Ocañuela?
Ocaña continuó puntualizándole ce por be las patrañas y estolideces que se habían urdido.
--Se creían que yo soy un sandio y mal hostalero, un badulaque de tres al cuarto... Ya sabía yo que les iba á salir la burra mal capada...
--Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y... de lo otro. El trance es serio. La Compañía pierde.
--Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana con otras cosas que se hacen?
--Si no es eso, Padre.
--¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe un comunicado á _La Reconquista_?
--¡Qué chanza!
Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.
--¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la tarde salimos, si te parece. Iremos al muelle, á ver el mar. Vamos, lo que más me ofende es que haya papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á pan y agua. ¡Se necesitaría mucho ombligo!
Y con esto, se despidieron hasta el jueves.
El día convenido, y como á cosa de las cuatro de la tarde, los dos jesuítas salían del colegio, con rumbo á la villa.
--¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso? Bien sabe Dios el sacrificio que hago, porque el salir me revienta sobre toda ponderación.
--Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos todos.
--¿Todos?
--Evidente.
--¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado andar.
Entraron por el paseo público del Salvador. Á los veinte pasos mal contados ya tenían una beata delante de las narices.
--¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre Atienza? ¿Cómo está, santín? Si paez que está gordo y arrecachao...
--¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una persona que come bien y no se mueve del sillón, holgando, porque leer no es trabajar?
--Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?
--Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona. Quede con Dios.
De que se apartaron de la beata, resolvieron encaminarse al muelle, siguiendo calles extraviadas. El objeto estaba conseguido; doña Ramona sería heraldo incansable y pregonera del buen estado y robustez de Atienza.
Llegados al puerto, avanzaron hasta el malecón más saliente, que en Regium llaman punta de Liquerica. Apoyados de bruces en el alto pretil de caliza, estuviéronse un tiempo con los ojos perdidos sobre el vasto y cantante mar.
--¿Qué te parece de subir al cerro de Santa Delfina? Allí podremos tumbarnos sobre la hierba...
--Muy bien, Padre Atienza.
Treparon á la montañuela, en cuya rocosa raíz yace de una parte el puerto, y más hacia el mar un fuerte. Desde allí dominaban la villa; la masa cuadrada y roja del colegio en las afueras, entre verde veronés de praderías. La villa, con sus casitas cucamente apiñadas, era como rompecabezas de niño; el colegio, una pieza inútil dejada de lado. Más allá del colegio, colinas, boscajes, que alejándose azuleaban; al fondo, una sierra azul; y el cielo, de un azul menos agrio que el serraniego, por encima. Volviendo el rostro, mar, mar... traineras de vuelta al seguro; humaredas tenues de invisibles buques; una gaviota, cerniéndose.
El Padre Atienza suspiraba. Despojóse de la teja y oró en silencio. Ocaña estaba conmovido. No hablaron. De vuelta al colegio, el joven atrevióse á decir:
--Padre Atienza, quiero consultarle. Yo tengo mis escrúpulos.
--Hábleme usted lo que guste, Ocaña. Poco vale mi consejo, mas...--Su voz era grave--. Volveremos rodeando, de manera que nos dé tiempo.
--Sí, Padre; tengo mis escrúpulos. Muchas veces intento recogerme dentro de mí mismo, verme tal como soy y en relación con lo que fuí. ¡Ay, qué tristeza! No veo sino neblina y tinieblas; pienso que es artificio de Satanás. Me parece que no vivo, que soy un tinglado sin alma en donde hacen y deshacen manos invisibles. Es algo así como si yo hubiera sido una esponja que estrujaran, estrujaran hasta echarle todo el jugo y luego la empaparan en un líquido turbio. El jugo es mi infancia, es mi pasado, era mi yo, como dicen los filósofos de ahora, y todo lo he perdido en mis años de noviciado. ¡Ah, el noviciado! Me pregunto: ¿son los caminos de Dios? ¡Las incertidumbres que hube de sufrir en Carrión y luego en Oña...! ¡Las noches de aridez y desconsuelo...! ¡Si viera usted con qué fervor, esto es, con qué crueldad, atormentaba mi carne á disciplinazos, así que el _distributario_ apagaba la luz, como es de rigor! Oía el runrún de mis compañeros, y con el rumor mi brazo adquiría nuevos bríos. Al día siguiente, en los recreos, escuchaba á otros novicios con gran asombro, porque se jactaban de fingir los disciplinazos, que denominaban _guitarreo_. Y éstos precisamente son los que suben y son considerados y objeto de mimo y favor. Me refugié en los libros; estudié el latín, el griego, retórica y humanidades, y más tarde las ciencias y la filosofía de Perrone, con todo ahinco, y no por vanagloria, sino por anularme y quizá con un anhelo confuso de ser útil á la Compañía. Aquí estoy ya, en el magisterio, explicando geometría. Como le he dicho, me contemplo y no me conozco. Imaginé que nosotros, los maestrillos, éramos considerados como personas. No sé si algunos lo serán: yo no lo soy. No sé nada, no veo nada claro, no sé á dónde vamos, ando á tientas, entre zozobras y presentimientos de un no sé qué. ¿Ha de ser así para salvar el alma? ¿Por qué no habíamos de vivir en una fraternidad en donde todas las opiniones tuvieran su voz y todas las almas su peso en los destinos de la orden? Alma... ¡Cuántas veces temí que se me hubiera evaporado, derretido, Dios sabe dónde! Pero, con todo, ciego había de ser para no advertir un singular fenómeno, y es que aquellos de entre nosotros que descuellan, ya sea en ciencia, ya en virtud, se les persigue y acorrala, siendo así que ellos tan sólo dan lustre á la Compañía. He dicho persigue y no está bien, porque la persecución es algo visible, y propiamente no se puede asegurar que se les persiga á usted y á Sequeros, por ejemplo. No es eso. Ya está aquí la niebla, la turbiedad, que es lo que me enajena. ¿Qué seres ocultos conviven con nosotros y lo trastruecan todo á su antojo? ¿Es la voluntad de Dios?
--Es la voluntad de Dios, Ocaña, no lo dude usted. Nada mortal es perfecto; no puede pretenderse que lo sea la Compañía. Sin embargo, por las trazas, hay presunciones y hechos históricos que las fundamentan, de donde puede inferirse lógicamente que Dios ama con predilección á nuestro instituto. Dios no ha echado tantos vicios al mundo á humo de pajas, sino para que se entienda cómo hasta por caminos errados se puede alcanzar un buen fin. Observe que, vicio por vicio, todos ellos traen en pos, entre noventa y nueve malas, una consecuencia provechosa. El vicio de orgullo, por ejemplo, es por naturaleza de tal índole que contribuye como ningún otro á conservar y enaltecer en la consideración ajena tanto á los individuos, como á las comunidades y á los pueblos. Voltaire nos ha acusado á los jesuítas de orgullo, y al orgullo atribuía lo que él juzgó nuestra perdición. Al contrario, el orgullo nos salvó y nos sigue manteniendo en el candelero. El orgullo está repartido entre nuestros miembros á dosis iguales; pero no así los merecimientos en los cuales ha de arraigar y afirmarse; de donde deducirá usted que para justificar el orgullo se requiere, lo primero, dar gran aire y publicidad á quien tenga mérito ó brille con algún prestigio, al Padre A., que es un gran filósofo; al Padre B., que es un gran filólogo; al Padre C., que es un gran novelista; al Padre D., que es hijo de un duque con grandeza; pero, comprenderá usted que si se mantuviese siempre ante el juicio público á estos cuatro ó cinco privilegiados, de manera que fuera sencillo el contraste entre ellos y la masa de jesuítas, lo que ganaban los menos lo perdía con creces, y á riesgo del servicio de Dios, la Compañía, y su orgullo en tal caso sería risible, pues tan breve número de eminencias no es para gloriarse. Por el contrario, apenas se ha pasado la miel del arte, de la ciencia, de la virtud ó del nacimiento por el paladar público, sirviéndose de este ó de aquel Padre á guisa de hisopo, cuando se le retira al proviso de la circulación, de suerte que los de fuera no han tenido respiro para detenerse á pensar que el virtuoso ó el sabio era el padre Tal, sino un jesuíta, _in genere_. Añádase que si por azares de la maledicencia trascienden nuevas de que algunos de nosotros viven obscurecidos, no es raro que se discurra de esta suerte: «Cuando á ese que, según se reconoce de público, vale tanto, lo tratan con desdén y él se lo calla, ¿qué no valdrán los otros?» De donde, por uno que es astrónomo de fuste, todos pasamos por Pitágoras; porque otro escribió una novela mejor ó peor, todos le damos ciento y raya á Balzac y á Dickens; porque éste obró milagros, todos nos tratamos mano á mano con la Santísima Trinidad; porque aquél surgió del vientre de una marquesa, todos somos azules por la sangre, en el trato exquisitos y dechados de cortesanía y sutileza, aun cuando la mayor parte hayan nacido entre breñas en el monte, como terneros; y nos lo tomamos en serio, ya lo creo, como que todo el mundo lo toma. ¿Comprendes qué terrible fuerza es este orgullo? También te digo que si las cosas son así yo juraría que no hay conspiración, ni se hacen deliberadamente. Instinto, puro instinto, y es sorprendente lo certero que va. Yo veo la mano de Dios en esto. ¿No te ha ocurrido á ti descubrir con mayor transparencia á Dios á través de los animalucos y en los elementos naturales, es decir, en todo aquello que obra inconscientemente, que en el hombre? ¡Cuánta armonía! ¡Con cuánta justeza se acoplan causas y efectos! ¡Qué hermosura y bondad! ¿Qué ojos no se mojan, contemplando, ó qué corazón no se enternece? Pues en esas nieblas de que antes me hablabas y por donde vas á tientas, yo veo la mano de Dios. El día de mi tropezón, ya sabes, el santo de Anabitarte, resolví salir de la Compañía... ¡Figúrate! Después vi claro. Jesús quiso iluminarme. Ahora, hablando de otra cosa; lo que pasa con ese pobre Sequeros... Yo lo amo entrañablemente. Ten en cuenta que sumadas la viuda de Zancarro con la Villabella, son no sé cuántos millones. Para eso Sequeros se da un arte... Ya verás cómo, si se presenta otro caso parecido, echamos mano de Sequeros, porque cuando el trance apura no basta el orgullo; entonces, fuerza es servirse del mérito positivo. Pues bien, temo que la razón de Sequeros está en peligro. Su misticismo no me parece cosa natural; hasta incurre en idolatría. No extraño que se le haya alejado de los ministerios...
Caía la noche rápidamente. Entre la penumbra, destacaba anguloso el colegio.
--¿Nos habremos retrasado, Ocaña?
Y ya en el portal, por lo bajo:
--Sé bueno, Ocañita; sé siempre bueno. ¡Ese pobre Sequeros...!
Atravesaron el umbral santiguándose.
VI
_¡El pobre Padre Sequeros hasta incurría en idolatría...!_
Habiéndose separado el joven Ocaña del autorizado Atienza no se le apagaba aquella frase en las mientes, como si continuase oyéndola. De buena gana hubiera acudido á la celda del recluso voluntario en demanda de una aclaración. Con toda prudencia contuvo de momento las solicitaciones de la curiosidad.
Á la noche, en el refectorio, el Padre Superior definió su acostumbrado gesto equívoco resolviéndolo en sonrisa de evidente complacencia enderezada á Ocañita y que todos los Padres le envidiaron. Pero él andaba distraído; le atraía Sequeros, idólatra y loco presunto. Por algo chiflado siempre lo había tenido; pero _idólatra_... Esto era grave.
Leía aquella semana Estich, el ahilado y larguísimo retórico, vocalizando exageradamente de manera que sus oyentes pudieran coger al punto consonancias, asonancias, endecasílabos esporádicos y otros defectos de la prosa, porque frecuentando de continuo las obras satíricas de Valbuena, había caído en la presunción de poseer mucha agudeza crítica. El libro era _Varones ilustres de la Compañía de Jesús_, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg. En los intersticios alimenticios, de plato á plato, la atención crecía. Encomiaba Nieremberg á un santísimo varón tan amante de la pobreza, que en los muchos años que vivió en la Compañía no había gastado sino un sombrero. Puntualizaba luego las otras virtudes del bendito Padre. «Era tan recogido que nunca salió de casa.» Y aquí se levantó un bisbiseo de risas, ahogadas tras de la servilleta. ¡Qué candor el de Nieremberg!
--¿De qué se ríen?--preguntó por lo bajo Ocaña á su vecino.
--Calle, hermano; luego se lo diré.
En el recreo de la noche, paseando por el tránsito del piso principal, todo se les volvía acosar á preguntas á Ocaña. Mur lo tomó aparte unos segundos.
--Creo, Padre Ocaña, que no estaría de más repetir otro día la cosa. Segunda salida de don Quijote. La de hoy ha tenido mucho éxito. El Padre Superior está satisfechísimo. No hay sino verle la cara.
Ocaña no quería otra cosa que volver á salir con Atienza; pero, no atreviéndose á tomar la iniciativa, dió gracias á Dios por venir los acontecimientos tan bien encarrilados para su gusto. Pasó el viernes y el sábado impaciente. El domingo á la tarde, así que se alongaron un trecho de la casa, Atienza propuso:
--¿Qué le parece ir hoy hacia la aldea?
--No se lo apruebo, Padre. Aunque la comparación parezca dura, yo no soy más que el gitano, y usted el osezno con argolla en la nariz que yo voy mostrando por las calles para que las gentes admiren su domesticidad.
--¡Cuerno! Tienes mucha razón. Vamos por las calles á divertir á la gente. Pero te advierto que tengo pocas ganas de andar, así es que volveremos pronto al cubil.
--Como usted resuelva. Y ahora voy á preguntarle algo que me importa.
Y le espetó lo de la idolatría.
--¡Voto al chápiro verde! Qué cosas se te ocurren... Idólatra y fetichista, y todo lo que quieras, pero sin herejía, no vayas á imaginar. No des nunca mucha importancia á las palabras gruesas que yo diga. Me explicaré. Quería referirme á la devoción exagerada y absorbente que Sequeros rinde y propaga al Corazón de Jesús, y señaladamente al venerable Padre Crisóstomo Riscal. Sabes que en la Iglesia de Cristo, á partir ya de San Pedro y San Pablo, se manifiestan dos porciones, como las valvas de una concha, una espiritualista y otra materialista. Nuestra Sociedad, no la dudes, trajo nueva substancia á la valva materialista. Atiende á los ejercicios de San Ignacio, á la manera que tiene de hacer intervenir las potencias del alma en la meditación; la composición de lugar, ó sea la materialización del espíritu, es lo primero y es el todo, en rigor, porque de esta suerte, en lugar de elevarnos de golpe, y con evidente riesgo, claro está, á las huecas y cristalinas regiones de lo inefable, permanecemos asidos á lo sensible, á lo tangible y concreto. Y esto es de manera tal, que trabajando el entendimiento sobre cosas casi palpables, en fuerza de imaginarlas atentamente, se inflama la voluntad y se robustece y determina el propósito. Con lo cual no parece sino que San Ignacio se propuso dar un gran sentido práctico á su Compañía, un impulso de acción, y, al propio tiempo, alejar á sus hijos del grave peligro de aletazos inútiles en la abstracción pura, en cuyo vientre vacío han germinado la mayor parte de las herejías y sandeces sin número. Pero, así como se incurre en anatema y error por aletazo de más del lado del espíritu, no se yerra menos revolcándose en la parte material y de cándido sensualismo. Esto es muy delicado. Si el hombre fuera más perfecto y de más firme inteligencia, no dudo que la religión se iría purificando de gran parte del rito y del culto, á lo menos en aquello que no es sino incentivo de la contemplación y vestidura de verdades que desnudas cegarían la flébil razón de las muchedumbres. Dios habló en el Antiguo Testamento con lenguaje apropiado al caletre de quienes le habían de oir; las verdades fundamentales de la creación y la historia milagrosa del pueblo elegido se guardan bajo la suave sombra que, como si fuera tupida ramazón, tiende el estilo, pintoresco, imaginativo, al gusto oriental, sembrado aquí y acullá de ocasionales errores, á los cuales se han agarrado los sabios chirles con ridículo regocijo. ¡Infelices! No comprenden que tenía que ser así... Por eso conviene, más que conviene, es de razón y necesidad distribuir en toda propaganda religiosa un atinado pasto de los sentidos, promoviendo el culto á ciertos idolillos inocentes y adobando la ceremonia con magnificencia, pompa y arte. Nuestra Sociedad, ateniéndose al ejemplo bíblico antes citado, ha hecho derivar la adoración teológica de la Trinidad, de suyo harto metafísica y á propósito para suscitar telarañas bizantinas, hacia la de una trinidad más moderna y de fácil comprensión, la de Jesús, María y José, matematizados, por decirlo así, en la fórmula JMJ. ¿Quién sino nuestra Compañía ha logrado que los Pontífices Pío IX y León XIII elevasen á San José al rango de patrono de la Iglesia católica, por encima de San Pedro y San Pablo? Hay que dar á Dios lo que es de Dios, y al vulgo lo que es del vulgo; pero, aquí de la cautela, del tacto, de la serenidad para mantenerse siempre fuera de esas nimiedades tristemente necesarias y exclusivamente externas, de trámite como quien dice. ¿Me entiendes? Y Sequeros se ha hundido de hoz y coz en ellas. Con toda reserva voy á comunicarte una cosa. No soy partidario del culto al Sagrado Corazón de Jesús, con parecer ello una cosa tan característica de nuestra Sociedad para ojos extraños, como el fajín que ceñimos. No me sorprende que Roma, en un principio, se opusiera á este culto de _latría_. El trueque de corazones entre la Alacoque y Jesucristo me parece una torpe y burda superchería. Sin embargo, nuestro Padre La Colombière y sus cofradías de _cordiocolismo_ se impusieron. Él sabría lo que se hacía. Pero ahora ya no estamos en el siglo XVII. Este culto, puramente simbólico, del amor divino, es de condición tan frágil, en su forma sensible, que las gentes de poco seso al punto lo adulteran, convirtiéndolo en devoción á una víscera, sagrada por haber pertenecido al cuerpo de nuestro Salvador, pero no en mayor grado que otras vísceras de Cristo, porque ¿la ciencia es tan despreciable que vayamos á creer, á estas alturas, que, orgánicamente, el corazón es la residencia de los afectos? Revestir un concepto de carne simbólica es empresa de mucho fuste, como que no se requiere menos que abundar en genialidad poética; y en nuestra Sociedad, en donde relumbran varones conspicuos en muchos órdenes, no ha habido ningún poeta, ni malo ni bueno, porque supongo que no los reputarás por tales á nuestro amado, pero grotesco, Padre Alarcón, y mucho menos á Estich. ¿Eh?
--¡Qué cosas tiene! Siga, siga, aun cuando me sature de confusión; es como si al hambriento le embutiesen manjares recios y amostazados con toda violencia. Pero, siga, siga...
Atienza extrajo de la sotana un gran pañuelo á cuadros, exoneró con estrépito la nariz, carraspeó y se dispuso á continuar su disquisición.
--Te hablo desordenadamente, sin método, y de aquí nace quizá tu confusión. Pero esta confusión es aparente; á medida que tu espíritu trabaje en reposo (bonita paradoja) sobre cuanto te digo, verás cómo cada idea tiende á su justo plano y se superponen adecuadamente formando el pequeño universo de un sistema. Creo que por hoy tenemos bastante...
--No, no. ¿Y Sequeros?
--¡Recuerno! Te he dicho todo lo que tenía que decirte. Sequeros es un alma de cántaro: bueno, bueno, bueno, mejor no puede ser; pero cargado de flato y de visiones á tanta presión, que el peor día estalla. Sí, hijo mío. Ya sabes que en las constituciones de San Ignacio se prohibe que sean admitidos en la Compañía aquellos individuos que propenden al ensueño. ¿Conoces á nadie que propenda más determinadamente que Sequeros? ¿Cuál es la teogonía y teología de Sequeros? ¿De qué manera concibe la región de los bienaventurados? Helo aquí: un puchero rojo, ceñido de una guirnalda de juncos y espinas, coronado por una llama que surge de su seno, del propio modo que de una tortilla al ron...
--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Padre Atienza...
--¡Voto al chápiro! Que no hay de qué horrorizarse... No es culpa mía, sino de los malos artistas, como el Hermano Ortega, como el Padre Quevedo, que con sus pecadoras manos han traído á tan baja condición una cosa tan alta. Examina, examina atentamente las imágenes y lienzos devotos que gozamos en este punto. Pues en ellos se inspira Sequeros. Bien. Esta cosa que te he dicho, en el centro y sitio más eminente del cielo. Al lado, su administrador, que es el Padre Crisóstomo Riscal, con la imagen de la cosa en cuestión, grabada en el pecho, sobre la sotana, y del cacharro sale una voz que dice: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes». Luego ya, todo lo que hay en el empíreo, es secundario para Sequeros. Ahora, serénate y atiende. Como Sequeros tiene vehemencia, sinceridad, efusión, y es honesto y buen mozo, comienza á hacer sus propagandas de _cordiocolismo_ y _riscalismo_, y todas las _madreselvas_ se vuelven locas. Es natural. Pero, una vez que ha traído á casa todo lo que tenía que traer, ¿conviene que su fuego apostólico siga propagándose á otras esferas de la sociedad con aquella puerilidad inconsistente que es su característica? ¡Líbrenos Dios! Hasta ahora se nos ha escarnecido, injuriado, perseguido; nunca se ha intentado ponernos en ridículo. Y ¡ay, cuando se abra la brecha! Por eso Sequeros está que ni pintado para los chicos: en casita, sí, en casita...
Aquel día no se dijeron más cosas que importen.
VII
EL PROFETA