A.M.D.G.

Part 4

Chapter 43,824 wordsPublic domain

--Indudablemente--responde Arostegui, desentendiéndose de la indirecta, por dar vaya á sus amados hijos--. Digo, me parece á mí. ¿Estoy equivocado, Padre Estich?

El dulce Padre Estich, profesor de Retórica, poetastro de la comunidad y tan larguirucho y angosto que, como á doña Madama Roanza, pudiera enterrársele en una lanza, aprueba sonriendo al Superior.

Landazabal toca con el codo á Ocaña y le murmura al oído: «Anda tú, hombre, que á ti te ve bien.» Ocaña acude al paño.

--Caracolillo es una clase de café. Me parece entender que es el que tenemos en el colegio...

--No sé, no sé. Es cosa que no me va ni me viene--exclama el Superior, dilatoriamente, enarcando los ojos.

Landazabal se ensombrece. Piensa para su sotana: «¡Á que nos quedamos hoy sin café!» Da un traspié; recobra el equilibrio afianzándose en las propias nalgas. Se había aficionado extraordinariamente al café en Puerto Rico. Entonces mira con ojos suplicantes á Mur, al favorito. Lo que á él se le niegue no lo consigue ningún otro. Pero Mur no le presta atención. El infeliz y deforme jesuíta pone en libertad un sollozo. Al llegar aquí, Olano se planta de por medio.

--Realmente, hoy ha sido un día muy caluroso. El café tiene la virtud, virtud pagana, llamémosla así, de proporcionar á quien lo toma lo mismo el calor que el refresco apetecido. Creo, Padre Superior, que no incurriríamos en sensualidad si usted nos proporcionase sendos pocillos de esta grata mixtura--. Y luego, volviéndose al Padre Atienza, que cruza á corta distancia:--¡Qué pena que no me hayas oído este párrafo! ¡Me ha salido perfecto!

Á lo cual replica el navarro, garbosamente:

--Lo dudo. Como dice un autor de cuya existencia no han llegado noticias hasta aquí, tienes los retorcimientos de la sibila, pero sin su inspiración.

--Pues vaya que tu lengua no se mueve si no es para herir.

--No seas mameluco, Olano, que nadie trata de herirte.

El Padre Arostegui corta la disputa.

--No haya discordias entre hermanos por tan liviano empeño como es el café ó la elocuencia. ¡Venga el café, si así lo desean!

Y como á un conjuro, surgen el abrutado fámulo Zabalrazcoa y el fámulo Azurmendi, de faz lasciva, conduciendo bandejas con tazas de café.

--¡Ah, ah! Había conspiración...--dice el Rector, como si le tomara de sorpresa.

Esto ocurría un día sí y otro no.

Se trasiega el café con reposada voluptuosidad. El valetudinario Avellaneda toma un sofoco que le pone en trance de expirar. Atienza insinúa que acaso en el café infunden poca de la substancia característica de esta poción y que sin esfuerzo se le pudiera creer agua de fregar. Se reanudan los grupos, hasta terminar el recreo, y la conversación corre más animada que antes. Atienza expone ante sus amigos una alegría ruidosa, que los discretos toman como envoltura de una tristeza disimulada.

--¿Qué tal va esa moral, Ocañita? ¿Estudias mucho? ¡Aprovéchate! Supongo que desearás recibir las órdenes prontamente. Á no ser que quieras hacer lo del Padre Valderrábano... Siete suspensos lleva en Moral, y no hay quien le haga cura. Ahí le tienes, en San José, de Valladolid, explicando Historia Natural; nadie lo mueva. Claro, con esto se ahorra rezos, y cuando quiera salir no está comprometido.

--¡Qué cosas tiene, Padre Atienza...!--Al responder, el joven Padre Ocaña hace señas á Atienza, esforzándose en hacerle entender que Mur los puede oir. Atienza se encoge de hombros.

Á la vuelta siguiente descubren á Mur, en cháchara bajita con el Superior.

--¿Lo ve usted, Padre Atienza? Es usted demasiado bueno y demasiado franco. No quieren entenderle--susurra Ocaña.

--Sí, ya veo á ese mariquita insuflándole chismes al Superior. ¿Á mí qué se me da?

Sonó el toque de retiro. El Padre Atienza tomó el derrotero de su cuarto, dispuesto á hacer el examen de conciencia, cuando, acercándosele el Hermano Ortega, le indicó con gran mansedumbre que el Padre Superior le aguardaba.

--¿Á mí?--preguntó con las cejas arrugadas, estupefacto--. Vamos á ver qué tripa se le ha roto.

El Hermano Ortega no quiso oir lo de la tripa. Atienza llegó á los umbrales del Superior y se detuvo unos segundos, contemplando amorosamente la negra cruz clavada sobre el dintel. Dió con los nudillos en la puerta. Una voz incisiva silbó dentro: _Adelante_. Atienza penetró, llanamente. Sus ojos tenían un resplandor interrogante. El Padre Superior le aguardaba sentado detrás de la mesa. Atienza permaneció en pie, al otro lado, frente á él.

--Le extrañará que le haya llamado á estas horas.

Atienza asintió con la cabeza.

--En realidad de verdad, no tengo queja de usted en materia grave...

--Espero que no, Padre Superior. Bien sabe Dios que me conduzco lo mejor que se me alcanza, y si yerro no será por negligencia, sino por ignorancia. Dígame para qué me llama.

--Yo pienso que es fuera del caso recordarle que al ingresar en la Compañía aspiramos á la perfección. De tal manera, que aquello que fuera de nuestra casa es leve, ó aun indiferente, entre nosotros, indica el germen de un mal que debemos extirpar en seguida.

Atienza se impacientaba. «Este hombre tan seco de palabras--se decía--¿por qué no me pone las cosas claramente?» Y luego, en voz alta y serena:

--Cuanto usted me dice, Padre, es cordura por excelencia. Pero yo quisiera saber para qué me llama.

--¿Y aún me lo pregunta? ¿No tiene nada de qué acusarse?

--De qué acusarme al Superior, nada. Ahora que, como no soy un prodigio, como lo fué San Roque, que ya en mantillas era devoto y no había quien le hiciera mamar los viernes, digo que como yo no soy un prodigio, claro está que tendré muchas cosas de qué acusarme en penitencia, ante Dios. ¿Y quién tira la primera piedra?

--¿Y le parece bien perseguir con cuchufletas de mal gusto y hasta crueldad á un hermano que es la timidez y la inocencia misma? ¿Y le parece bien pregonar á los cuatro vientos que aquí se le mata de hambre? ¿Y le parece bien no encontrar nada que merezca su aprobación ó su respeto dentro de la Compañía, é ir derramando desprecios en torno suyo? Que es usted muy sabio... Peor para usted si lo acompaña de diabólico orgullo. No está mal la ciencia humana, pero siempre arropada en humildad.

Atienza se llevó la mano al pecho. Era la gota que derrama el vaso, la paja precisa que quiebra el espinazo del camello, abrumado bajo la carga. Recogió su energía y con aquella llaneza bondadosa que era su cualidad preponderante, contestó al Padre Arostegui:

--Todo eso son niñadas, Padre Superior. Yo no desprecio á mis hermanos, que los amo muy de veras, y por eso no puedo llevar con bien ciertas cosas. Cuchufletas... ¿Es que yo me ofendo si me las dicen? Usted mismo las califica: _cuchufletas_. No es herir, no enojar, sino reprender levemente bajo la encubierta del regocijo. Nuestros santos, los castizos, han sido siempre alegres y aun mordaces. Luego, lo del orgullo... ¡Anda, morena!

--¿Qué es eso de anda, morena?--El Superior dió un puñetazo en la mesa y se puso en pie--. Y además, ¿qué autoridad tiene para reprender?

Atienza se puso pálido.

--¿Me consiente retirarme, Padre Superior?

--Retírese cuando le plazca. Y no olvide que esto se terminó, se terminó, se terminó. ¿Estamos?

Al día siguiente el Padre Atienza escribió una carta al Provincial, poniendo de claro su propósito de salir de la Compañía.

El negocio era difícil. El Padre Atienza era conocido por sus obras de ciencia en todo el mundo; estaba emparentado con personas nobilísimas y había cebado los tesoros de la Compañía con un peculio de quinientas mil pesetas. ¿Cómo apechugar con el escándalo? Fueron y vinieron cartas. Atienza se ablandaba. Afirmó, en todo momento, que era jesuíta por vocación; pero declaraba al propio tiempo que le era imposible convivir con la mayor parte de sus compañeros. «Permaneceré--escribía al Padre Provincial--en la Compañía, y aun en este colegio, si usted lo juzga necesario, para evitar tantos males de que me habla y que yo alcanzo cumplidamente; pero, ¡por Dios Santo, Padre mío!, déjeseme solo, consiéntaseme permanecer en mi celda sin mezclarme con nadie, á no ser que yo lo juzgue oportuno.» Suplicaba, luego estaba entregado. Concediéronle muy presto lo de vivir en su celda, que allí era menos peligroso. Intentaron rebajarlo haciéndole profesor de «Psicología, Lógica y Ética». ¡Ligera y secundaria labor de _maestrillo_ impuesta á una lumbrera de la orden! Mas él recibió la nueva con alegría y buen humor.

--Me parece que lo haré con más provecho que el pobre Padre Numarte, ese paquidermo filosófico--exclamó.

Por eso vivía recoleto en su cuarto; en él comía; en él daba la clase, y desde él oía, de tarde en tarde, ecos remotos de un vals de Strauss.

* * * * *

Á raíz de confinarse el Padre Atienza en su rincón, ningún jesuíta pensaba que el arrechucho durase largo tiempo. Conocían lo expansivo de su carácter y su locuacidad impenitente. ¿Qué se va á hacer á solas--preguntaban--, sin blanco cerca á donde enderezar las saetas de su malignidad burlona? Contados eran los que se aventuraban á visitarle, por no atraerse la ojeriza del Superior. Pero los días pasaban, y el turbulento navarro no salía de la covacha como no fuera para ir á la biblioteca, de donde volvía cargado de volúmenes. Encerrado en su celda, rey de sus acciones, se encontraba á las mil maravillas y extraía de la caduca amarillez de los libros viejos un goce inenarrable y tranquilo.

Comenzó el curso. Los seis alumnos, que no eran más, de Psicología, Lógica y Ética, subían á su celda á recibir sus enseñanzas, las cuales de ordinario no eran materia relacionada con la asignatura, sino porción de cosas varias y amenas á propósito para robustecer el temperamento antes que para apesadumbrar la inteligencia con noticias inútiles. Se conversaba no pocas veces, en tono familiar, de los asuntos interiores del colegio; se hacían comentarios á las noticias que desde fuera llegaban; se reía y se decían chancetas, y, en resolución, para los niños eran unas horas de cordialidad y saludable frescura. Adoraban al maestro.

Los demás Padres se hallaban muy á gusto sin la enojosa presencia del desenvuelto Atienza. Aun cuando no se ignorase que la reclusión era voluntaria, considerábase como un triunfo del Superior y prueba patente de la habilidad política de Arostegui, porque ésta no es otra cosa que maña y astucia con que se coloca á los demás en ocasión de hacer de grado lo que uno desea que se haga. Claro está que el que más y el que menos, mirando para su fuero interno, se veía como sujeto posible de esa misma habilidad política y por lo tanto juguete de una fuerza muda que nunca daba el rostro claramente, y de aquí la punta de odio, casi siempre vago é inconsciente, que unos jesuítas, los nacidos para ser mandados, sentían contra otros, aquellos que, sin proferir la voz de mando, mandaban de hecho, moviendo sin plan conocido y arcanamente las figuras del retablo. El Padre Arostegui estaba al cabo de este odio latente; pero se le daba un ardite. Como Calígula, él también lo reputaba por señal cierta de su soberanía; ódienme en tanto me teman, _oderint dum metuant_. Aquel temor, arraigado y permanente, porque lo infundía el misterio, era la fuerza de cohesión de la comunidad, y merced á su eficacia Arostegui mantenía organizadas sus huestes con suma disciplina.

Se ha dicho de la Compañía de Jesús _épée dont la poignée est à Rome et la pointe partout_; por lo que se refiere á aquellos parajes en donde radica el Colegio de la Inmaculada, puede asegurarse de la influencia jesuítica que era una espada cuyo puño estaba en la diestra del Padre Arostegui, y su punta donde menos se pensase.

El Padre Arostegui había diferenciado netamente las funciones de cada uno de los confesores y predicadores, de manera que la dirección espiritual de los diferentes poderes sociales fuera de la absoluta incumbencia de la Compañía. Olano corría con las señoras, en general, y con los capellanes de monjas. El Padre Cleto Cueto cultivaba á los políticos de la derecha y, poco á poco, había logrado hacer hijas de confesión á la mayoría de las mujeres de los políticos de las izquierdas, á las cuales tenía muy bien adoctrinadas en punto á la conducta doméstica. También era cargo suyo asistir con alguna frecuencia al Seminario Conciliar de la diócesis, á fin de dar pláticas y visitar asiduamente al señor Obispo, de suerte que no se les fuera de la mano. Era el único Padre que leía periódicos liberales. Á su modo, estaba al tanto de la situación política del país y de algunos de nuestros problemas capitales. Si salía de misión no pronunciaba sermones, sino conferencias para hombres, que se anunciaban como científicas, versaban sobre materias profanas y merecían grandes elogios de la estulticia asinaria de la prensa local. En fuerza de ir y venir, más en aire de conquista que apostólico, había llegado á tomar un continente absolutamente bélico; accionaba levantando en el aire el brazo derecho, cual si blandiese una lanza ó pendón imaginario; se movía pesadamente, como si gravitara sobre su cuerpo la recia armadura de un guerrero medioeval; ante el altar, recordaba aquellos sacerdotes de otras edades que celebraban misa con la espada al cinto y las espuelas calzadas, hasta que León IV prohibió el marcial aparato; tintineaban las vinajeras, y, por instinto, se le miraba al talón, en busca del sonoro acicate. Atienza lo llamaba Pentapolín del arremangado brazo.

El Padre Anabitarte, además de ser ministro, tenía á su cargo la paternal curatela de los bandoleros de levita, salteadores de fortunas y vampiros del tanto por ciento. Para cumplir la misión no se requerían muchos sesos ni fina ductilidad. En este punto, la moral jesuítica ostenta una rara y sapientísima previsión de cuantos artilugios, sonsacas, socaliñas, fraudes y aun saqueos puedan descubrir los hombres con el fin de apropiarse los bienes ajenos á favor de resquebrajaduras legales; estudia los casos de conciencia y los resuelve deliciosamente sin que la restitución sea menester en ninguno de ellos. Un libro hay que es un tesoro. En él Escobar compiló, con orden sumo y en apartados convenientes para la facilidad de la compulsa, la teología moral de los 24 Padres, ó, por mejor decir, soles del firmamento de la Compañía. En el prefacio se hace un cotejo alegórico de este libro y del Apocalipsis. «Jesús--dícese--lo ofrece de esta suerte sellado á los cuatro animales Suárez, Vázquez, Molina y Valencia, ante los 24 jesuítas que simbolizan á los 24 ancianos.» Animales, en un alto sentido místico, se entiende. En esta obra excelente abundan sentencias del más alto valor para la vida. Véase, por ejemplo, la siguiente, del gran Padre Molina: «En conciencia no hay obligación de devolver los bienes que, por frustrar á sus acreedores, otra persona nos haya confiado en custodia.» ¡Con qué expedita holgura, gracias á la ciencia de estos ilustres é iluminados varones, penetra la rapacidad por las puertas del paraíso! La virtud de atar y desatar que Cristo otorgó á sus apóstoles mantúvose como en rudimento y á tientas en la cristiandad hasta tanto que no sobrevino Íñigo de Loyola y reclutó su milicia. ¿Qué nudo gordiano hay que los jesuítas no deshagan con celeste garbo y presteza? ¿Qué lóbrega conciencia que no alumbren? ¿Qué corazón tormentuoso que no apacigüen? ¿Cuántos no les deben fácil fortuna junto con el sosiego del alma? Oid lo que el Reverendo Padre Cellot pone en su libro _De la Jerarquía_: «De uno sabemos que llevando crecidísima suma de dinero á fin de restituirla por orden de su confesor, húbose de detener en la tienda de un librero. Preguntóle qué tenía de nuevo (_num quid novi_), á lo cual el librero le mostró un libro reciente de teología moral, escrito por uno de nuestros Padres. Comenzó el hombre á hojearlo con negligencia y sin pensar en nada, mas fué á caer en un pasaje en donde se estudiaba su propio caso, y allí aprendió que no estaba obligado á restituir. De esta suerte descargóse de la pesadumbre del escrúpulo y permaneció con la del dinero, que no le impidió volver ligeramente á su morada.»

Como Anabitarte era un zote, si los hay, y berroqueño de mollera, el ejemplar en donde había de beber la ciencia penitenciaria concerniente á las restituciones, ó sea extracto de teología moral á través del séptimo mandamiento, estaba subrayado y glosado de puño y letra del Padre Arostegui, y, bien que el latín, tanto de Escobar como de los demás Padres, es fácil, algunas sentencias obscuras ó equívocas tenían al margen la traducción castellana, hecha también por el Superior. De las innumerables glosas, apostillas y connotaciones se deducía paladinamente que la muchedumbre de casos de conciencia cuyo origen es el hurto y el robo, se compendian en esta máxima: _no es necesario restituir_, teniendo siempre en cuenta que el empleo de esta máxima no sea nocivo para el Estado, que entonces no se la permite; _tunc enim non est permittendus_. (Padre Lessius.) De aquí el que los jesuítas, fieles guardadores de verdades peligrosas, no pongan la posesión de ésta en cualesquiera manos, por temor á que gentecillas sandias se dediquen al latrocinio desembozadamente, lo cual perjudicaría sin duda y de modo notable la buena marcha del Estado, y así, sólo á los que hubieran amasado pingüe fortuna se les hace sabedores de la máxima en cuestión, y las razones se le alcanzan á cualquiera persona de buen juicio. La materia era de tan claro simplismo que hasta el propio Anabitarte llegó á dominarla al punto y á ser confesor y consejero íntimo de cuantos banqueros, industriales, comerciantes y prestamistas puercos había en la provincia. Le traían en palmitas, se hacían visitar de él, le alojaban con magnificencia y molicie, y por su intermedio, disimulada en honestos arbitrios, pasaba una comisión prudente á las cajas de la Compañía. Paradisíaco reposo caía sobre aquellos cráneos de rapiña, roídos antes por cuidados sin cuento. No es de extrañar que don Anacarsis Forjador, el viejo é insaciable forajido, dijera frecuentemente de sobremesa á su padre espiritual:

--Padre Anabitarte, no sé cómo hay personas que pueden vivir sin religión.

Y Anabitarte, una mano sobre el abarrotado bandullo, con la otra levantando en alto una copita de benedictino, respondía distraídamente en tanto miraba al trasluz el denso licor de oro:

--No son personas, que son bandidos, don Anacarsis.

--Y por supuesto, Padre, hay ciertas cosas... vamos, que al vulgo... Usted me entiende.

--Hasta un autor profano, don Anacarsis...--Un sorbo--. Hasta un autor profano lo dice--. Otro sorbo--. ¿Cuál es su nombre, don Anacarsis?--Otro sorbo--. ¿Á que se me ha olvidado?--Otro sorbo--. No, no; es Fontenelle. Pues bien, el señor de Fontenelle dice, verá usted: _Si je tenais toutes les vérités dans ma main, je me donnerais bien de garde de l’ouvrir aux hommes_. ¿Me entiende usted?

--Está muy bien, caracho--. Y don Anacarsis se reía, sin entender una sola palabra.

Tampoco Anabitarte lo entendía: se lo había hecho estudiar de memoria, con pronunciación figurada, el Padre Arostegui.

Con esta división tripartita de funciones, encomendadas respectivamente á los RR. PP. Olano, Cleto Cueto y Anabitarte, la resaca latente de la vida regional afluía al Colegio de la Inmaculada Concepción y se soldaba en un vértice ó foco de donde partían á su vez nuevos impulsos, porque dase por entendido que ninguno de los esforzados paladines que componían el triunvirato antedicho disfrutaban de autonomía ó espontaneidad en sus movimientos, sino que obraban en todo caso atentos á la norma circunstancial impuesta por el Superior.

Por eso el puño de la espada estaba en la diestra del Padre Arostegui.

V

Algunos niños refirieron á sus padres en la visita el caso misterioso del Padre Atienza. Del salón de visitas salió la noticia al mundo. Los amigos, admiradores é hijos de confesión del Padre Atienza hacíanse cruces y cábalas, con ocasión de tan insólito suceso; menudeaban los plañidos y las elegías sobre el triste sino del desventurado é ilustre jesuíta; se le comparaba con el Papa, prisionero en el Vaticano, y con el Padre Coloma, de quien se decía sufrir también idéntica adversidad que Atienza; en resolución, la voz corrió prestamente de hogar en hogar y de puebluco en puebluco, por la región.

Un periódico anticaciquil y anticlerical, _El Pulpo_, arremetió contra los jesuítas con inusitada violencia, acusándolos de mantener secuestrado contra su voluntad á un hombre insigne, y sobre todo opulento, que por serlo y no por otra cosa le retenían aherrojado en una celda mefítica, á pan y agua, sin que el infortunado hallara expediente hacedero con que transmitir sus quejas fuera de la clausura. _El Pulpo_ requería á las autoridades, conjurándolas á que averiguaran y dieran fin inmediato al secuestro, _baldón de nuestra hermosa villa_. Recordaba al maestro de obras, Aurrecoechea, que había sumido en el deshonor á una hija de Regium. Y, por último, á vuelta de unas cuantas frases grandilocuentes, venía á llamar á los benditos Padres _milanos_ y _estupradores_.

En vano el insidioso Benavides, director de _La Reconquista_, aquel periódico fundado por el Padre Cleto Cueto á poco de llegar á la localidad, intentó poner en entredicho las burdas ficciones y soeces apóstrofes de _El Pulpo_, asegurando que si el Padre Atienza guardaba un retiro casi absoluto era porque tenía en preparación cierta obra magna y había menester de soledad para darla gloriosa cima. Cundía el escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas les aconsejaron que hallaran con urgencia el remedio de estancar tanta y tan grosera maledicencia. El Padre Arostegui recibía á los consejeros sin inmutarse, sin perder aquel gesto peculiar suyo, entre burlón y despectivo, con que acostumbraba á desconcertar á sus interlocutores. El Padre Olano, en un recreo, no pudo menos de exclamar:

--Ese jabato, dondequiera que está, destruye todas las siembras.

Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera del revuelo, sin conocerlo ni sospecharlo, continuaba su vida cenobítica y plácida.

Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, después de haber explicado la clase de Geometría, cuando se tropezó con el Padre Mur.

--¡Vaya con Dios!--le dijo, sin ánimo de detenerse.

Mas, el valido del Superior se le plantó delante.

--Á propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro haberme dado con usted á solas. ¿Tiene mucho que hacer? ¿Puede concederme unos minutos? ¿Á dónde iba? ¿Á su celda? Le acompañaré.

Continuaron en silencio hasta la puerta del cuarto.

--Pase, Padre Mur.

--¿Qué más tiene? Entre hermanos...--Y luego, riéndose--: Reliquias de la falsedad del mundo.

--¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad, la educación no está mal, ni entre hermanos--. Aquella tarde se encontraban de malas pulgas.

--Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémonos. ¿No sospecha de qué quiero hablarle?

--No se me ocurre...

--Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre Atienza. Usted, como todos, estará consternado.

--Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie con la culpa.

--No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en cuanto á culpa... No digo que la tenga el Padre Atienza...

--Desde luego.

--Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro trato? Es triste para nosotros... Se mete en su cuarto, y acabado. No se tendría con todos la misma transigencia.

--Dicen que quiso salir de la Compañía.

--¡Bah! No lo creo. Bien. Ya está en su cuarto. Pero eso ¿impide que de vez en cuando salga á dar un paseo por la población? ¿Que se deje ver de las gentes?

--Usted ya sabe que nunca salía de paseo...

--Ahora debe salir. Es preciso aplastar las lenguas envenenadas.

--Acaso él no sepa lo que ocurre. Ningún Padre lo visita. No le digo ninguna novedad; pero temen no ser gratos al Padre Superior.