A.M.D.G.

Part 15

Chapter 151,134 wordsPublic domain

--¡Voto al chápiro! Entonces, ¿qué? ¿Te llevas al niño?

--Mañana, como no ordene otra cosa el amigo Trelles. ¿Podremos marchar?

--No hay inconveniente.

--¿No le parece á usted mejor, Trelles, ir en coche desde aquí?

--Lo apruebo.

Una pausa.

--Oye, Alberto; voy á decirte una cosa en secreto, regorgojo.

El jesuíta cogió de las solapas al caballero y lo condujo junto á la ventana.

--Me voy con vosotros.

--¿Eh?

--Que me voy con vosotros.

--¿Y eso?

--Para no volver más, qué recuerno. Lo he pensado mucho y ahora se me presenta la ocasión: es providencial. ¿Qué dices?--Don Alberto abrazó á su amigo; éste continuó:--Figúrate que no quieren publicarme mi gran obra sobre la evolución, en la cual he consumido mi vida. El tribunal encargado de juzgarla ha dictaminado que no tenía mérito bastante para ser publicada por un hijo de la Compañía, ¿habráse visto mastuerzos? Mira, te traeré de mi celda un paquetito, que sacaréis como cosa vuestra; son mis manuscritos. Mañana, á pretexto de acompañaros un momento, me introduzco con vosotros en el coche y luego, ¡viva la Pepa!

Don Alberto soltó la carcajada.

El resto de la noche se deslizó en paz. Cada vez que despertaba Bertuco, Trelles lo alimentaba con leche, Jerez y bizcochos, restituyéndole de esta suerte las perdidas fuerzas.

Y á la mañana siguiente, el Padre Atienza, don Alberto, Bertuco y Trelles, iban camino de Pilares, en un arcaico landó que con fatiga arrastraban tres caballejos de evidente y descarnada senectud. En la cuesta del Pedroso el mayoral gritó:

--¡Si no se baja alguno, los caballos no suben!

Descendió, con un salto alegre y muchachil, el Padre Atienza; siguióle Trelles. Bertuco se obstinó en imitarlos. Todos echaron pie á tierra.

Era una mañana primaveral y florida. Cubría la mocedad del campo un bozo de verde tierno. Los más vetustos troncos reflorecían de juventud. En los nidos brotaban las primeras voces. El señor malviz tañía su flauta. La vaca matrona rumiaba al pie del roble; temblaba la esquila, y el humo aldeano y azul sujetaba el cielo á la tierra. Luego, el caballero grillo rascaba su averiado violín en el umbral de la covacha.

--¡Hay grillos!--suspiró Bertuco.

--¡Cuánta hermosura, Dios mío, cuánta libertad!--El Padre Atienza abría los brazos y se ponía cara al firmamento.

Don Alberto comenzó á recitar, sonoramente:

«¿Por qué habláis de un milagro? No conozco otra cosa que milagros; si recorro las calles de una urbe, ó paseo con pie desnudo junto al mar, ó permanezco bajo los árboles del bosque, ó contemplo las abejas en torno de la colmena al mediodía, ó los animales que se nutren en los campos, ó los pájaros, ó la maravilla de los insectos en el aire, ó la maravilla de la puesta solar, ó las estrellas, ó la exquisita, delicada, fina curva de la luna nueva en primavera. · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · Para mí cada hora de luz y sombra es un milagro; cada pulgada de espacio y de tierra, ... las briznas de hierba... inefables y perfectos milagros. ¡Todo, todo, todo!»

Los otros tres le oían mudos, fascinados.

--¡Bendito sea Dios!--comentó el Padre Atienza, así que hubo concluído don Alberto.

Después de una pausa, con transición absurda, Trelles preguntó en seco al Padre Atienza:

--¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de Jesús?

--¡De raíz!

A. M. D. G.

_Pontevedra._

_Baliñas.--Caldas de Reyes, Octubre 1910._

POSTDATA

_Al Sr. D. Enrique Amado._

Querido Enrique:

Este pobre libro mío, que sale al mundo con la arriscada pretensión de mejorarlo un poco, sería incompleto si tu nombre y el recuerdo de tu amistad, que tan obligado me tiene, no aparecieran asociados á él. Gracias á ti se escribió. Si yo mereciera reconocimiento de los hombres de buena voluntad, á ti se te debe en igual medida que á mí. Tú me diste afecto leal y raro en que me apoyara y me proporcionaste asilo adecuado en donde realizara mi obra. Nunca olvidaré la rústica y repuesta casita en donde convivimos; la paz aldeana de que me rodeaste, que tan grande bien me hizo. ¡Aquietantes robledas, mansos maizales, collados revestidos de vides! Si bajo tan docta tutela no acabé empeño de mayor fuste, culpa es de mi flaqueza, no de mi intención ni de tu diligencia.

Te abrazo,

RAMÓN.

_En Madrid, Noviembre 1910._

ÍNDICE

Páginas

Dedicatoria. 5

Ab urbe condita. 7

Ianuis clausis. 21

A maximis ad minima. 43

Consejo de pastores. 97

Pedagogía laxa.--Rara avis. 103

La pedagogía de Conejo. 115

Mur, pedagogo. 123

Vive memor lethi. 135

Amari aliquid. 155

El libro de Ruth. 175

Fronti nulla fides. 205

Acta est fabula. 219

Mirabile visu. 239

Hortus siccus. 245

Manu forti. 253

Postdata. 267

NOTAS

[1] Padre mío; es un gran día.

[2] Una de las torturas dadas por Mur consistía en obligar al niño á que se mantuviera con las piernas en flexión, los tacones y la espalda contiguos á la pared, de manera que el equilibrio era difícil y los calambres que se originaban muy penosos.

[3] Á guisa de escolio, creo oportuno agregar algo que me acaeció hace cosa de cinco años. Habíame ido á pasar el mes de Agosto en un lugar costero del Cantábrico. En compañía de un amigo, paseaba largamente, discurriendo y dialogando acerca de todas las cosas. Solían ir con nosotros algunos niños, hermanos de aquél, los cuales se holgaban de ordinario á su manera alejados de nuestra conversación. Cierta tarde explicaba yo á mi amigo las aficiones táctiles del Hermano Echevarría (que tal es su verdadero nombre), del cual hube de ser yo frustrado sujeto paciente en el colegio de Gijón, cuando hete aquí que uno de los niños, alumno á la sazón de los jesuítas, comienza á reir alocadamente. Volvímonos á él, preguntándole la causa de tanto regocijo. El muchacho nos dió á entender que había oído mi cuento. Cuando pudo hablar, dijo: «Lo mismo que ahora.»

Es decir, que si mis cálculos no yerran, este laborioso lego lleva diez y seis años dedicado á estudios de organografía comparada. ¡No está mal! Tengo entendido que continúa en el colegio de Gijón.

[4] --Entonces, lo que usted debe hacer es ir inmediatamente al convento. ¡Qué alegría! Es usted un ángel.

--Pero, querida Aurora; no es cosa fácil. ¿Cómo voy á ir si no conozco á nadie?

[5] Quién, qué, en dónde, en favor de quién, cuántas veces, por qué, de qué manera, cuándo.

[6] --Padre mío, Padre mío.

--Hermana mía, querida hermana, hermanita.

[7] --De cantar mejor.

[8] --Pues, ¡Aleluya!

[9] --Quiá. Qué amable es usted...

[10] --Imposible.

[11] Adiós, para siempre. Te amé, Ruth, más que á todas las cosas. Te amé, corazón mío.

[12] --Oh, no. No es cierto. ¡Horrible! Te fuí fiel. Te amé. Perdóname, querido.

[13] --Puta, maldita puta.

[14] --Dios mío.

[15] --Pobrecita, tan hermosa... Venga usted conmigo.

--¿Es usted... Gonzalfáñez? Quiero ver mis hijos y morir.

--Todavía no. Venga usted conmigo.

[16] Se supone que un jesuíta no peca. Faltas son, por ejemplo: andar de prisa, mirar á una mujer, beber agua sin necesidad...