A.M.D.G.

Part 10

Chapter 103,848 wordsPublic domain

En el recreo reclutaron á Estich, Numarte y al deforme Landazabal. Convinieron en reunirse á la caída de la tarde é ir conjuntamente á la celda de Arostegui. Mas, habiéndose traslucido algún síntoma de la conspiración, adelantóseles Mur, y, cuando daban unos golpecitos en la puerta del Rector, ya estaba éste al cabo de que un grupo de Padres venía á él en son de queja, y en cuanto á los hechos y razones en que la asentaban Arostegui aceptó como óptimos aquellos que su valido le ofreciera.

--Tan, tatatán, tan...--los golpecitos.

En el silencio, los corazones batían sonoramente. Y el silbo, desde el fondo de la guarida:

--Adelantee...

Á la cabeza de los quejosos caminaba el bienaventurado Urgoiti, todo candor y mansedumbre. Como el pasadizo que la camarilla hace no consentía otra cosa, fueron penetrando de uno en uno, de modo que el Superior pudo elevar su mueca de asombro hasta la quinta potencia, é ir apartando en cinco veces las posaderas del asiento, según aparecía un jesuíta más, hasta quedar en pie. Y ya cuando los tuvo á todos presentes, afilando los sutiles labios, les envió estas someras palabras, antes de que ellos pudieran hablar:

--¡Una comisión...! ¡Una comisión...! En la milicia de Ignacio nacen los retoños primeros del sistema democrático... Y á ustedes cinco corresponde la honrosa empresa... Retírense, retírense por Dios vivo, y hagan por aliviarme de esta pesadumbre que me imponen. ¡El sistema democrático!

En el tránsito no osaron cruzar una palabra, sino que huyeron á su rincón, ruborosos, abochornados.

IV

EL COLILLERO, EMPUÑANDO EL CETRO

Bertuco llevaba quince días de malestar, disimulando. Estaba inapetente, insomne, laxo y con fuertes jaquecas. Ahiló y empalideció.

Una noche, después de la cena, Conejo le ordenó que no se levantara al día siguiente.

--Estás enfermo, Bertuco.

--No me encuentro bien.

--¿Por qué no lo has dicho?

--Creí que pasaría.

Á las seis de la mañana oyó cómo sus compañeros salían de la cama, se lavoteaban, partíanse á las faenas habituales. Á poco de quedarse solo llegó el Hermano Echevarría, enfermero, el cual le hizo varias preguntas, inquiriendo los síntomas de la dolencia; le pulsó, le tocó las sienes, por ver si tenía calentura, y, á la postre, introduciendo la mano por debajo del embozo, le tanteaba con dos dedos el vientre, punto por punto, é interrogaba: «¿Te duele aquí? ¿y aquí?», bajando siempre, con tendencia á la coyuntura de los muslos, hasta llegar á lo que _Celestina_ denominó graciosamente el rabillo de la barriga, al cual tomó por la base, así como al descuido y á manera de accidente en el examen facultativo; entretúvose con él un buen espacio de tiempo, que fuera de cierto más largo si la manifiesta inquietud y turbación del muchacho no le hubieran obligado á abandonar la débil presa.

Dieta, purgantes, lavativas, y á los tres días ya estaba Bertuco en la sala de convalecencia, una habitación clara, con dos luces y diferentes juegos en que pasar distraídamente las horas los enfermitos. De los muros pendían carteles en colores, explicando la nutrida variedad de hongos y setas, comestibles y venenosos. El deforme Padre Landazabal solía acompañar á los niños convalecientes; era uno de sus mayores placeres. Les narraba historias curiosas y milagreras de sus años de misiones; describíales ridículas costumbres de los países salvajes y mil amenas curiosidades. Otras veces jugaba con ellos al asalto, á las damas ó al billar romano. No era raro tampoco que se hiciera servir sus modestas refecciones junto con sus amiguitos. Á eso de las once llegaba á la enfermería, después de muchas peripecias, porque á tal hora los fámulos barrían los tránsitos y el Padre Landazabal no pisaba las barreduras por nada del mundo. Era una reliquia de su vida de misionero; él evangelizaba á los salvajes, y los salvajes, á trueque de esto, le infundían innumerables supersticiones. En el colegio barrían con aserrín húmedo, y Landazabal había aprendido en el Perú que pisar aserrín ó despojos de madera es causa de desgracia. Saltaba por encima de las barreduras; mas, como según sabemos, este excelente jesuíta no se sostenía en pie si no era afianzándose en las propias nalgas, acontecía que por el aire olvidaba el equilibrio y venía á tierra sonoramente. Era un espíritu débil y candoroso. Los demás Padres no se cuidaban de él; vivía vagando por la casona inmensa con la timidez y el apocamiento de una criatura de tres años. Cuando había algún niño convaleciente Landazabal se consideraba feliz. Á Bertuco le inició en varios curiosos enigmas de la Naturaleza; por ejemplo: matando una golondrina se originan lluvias durante cuatro semanas; los huevos de gallina puestos los días de Jueves y Viernes Santo extinguen el incendio en donde se arrojen; cuando un grano de polvo entra en el ojo, sale por sí mismo, escupiendo tres veces en el brazo derecho; no se deben romper á la mesa cáscaras de huevo, daría fiebre; no se debe señalar con el dedo al cielo, á la luna ó á las estrellas, es ponerlo en los ojos de los ángeles.

Landazabal era singularmente dado á hacer la apología del tabaco, viniera ó no en oportunidad.

Una tarde de domingo hablaban Bertuco y el deforme jesuíta, apoyados en el alféizar de una ventana. Caía el sol, dorado y melancólico. Los alumnos estaban de paseo. Veíanse al pie de la ventana los senderitos que conducen al colegio. Iban y venían devotas enlutadas.

--Tú no sabes, Bertuco... Aquello es gloria. Cuba ha sido el país que más me gustó. ¡Qué cigarros! Si vieras... Aquellas mulatazas se dan un arte para hacerlos... Te advierto que andan desnudas.

--Ave María Purísima. ¿Usted qué dice, Padre?

--Son como demonios: no te exagero.

--¡Calla! ¿Usted ve?

--¿El qué?

--Ruth.

--¿Ruth?

--Sí, señor.

--¿Quién es Ruth?

--Aquella señora que viene hacia el colegio... Ahora entra.

--Bueno, ¿qué?

--Pero ¿usted no sabe?

--¡Yo qué he de saber, Bertuco!

--Es una señora guapísima, inglesa, no se sabe si protestante ó judía, casada con Villamor, el ingeniero. El Padre Sequeros nos profetizó que se convertiría...

--Eso son cuentos.

--Entonces, ¿á qué viene?

--¡Yo qué sé!

Un silencio.

--Á propósito, Bertuco: ¿no fumas?

Bertuco oprimió instintivamente con el codo una cajetilla que guardaba oculta.

--Vamos, Padre... ¡Qué bromas! Tan prohibido como está...

--Vaya... vaya... Si yo no te he de reñir... Confiesa...--El jesuíta amabilizaba la voz, una voz extraña, vacilante.

Bertuco pensaba: «Quiere tenderme una añagaza. ¡Pobre hombre!»

--¿Por qué callas? ¿No tienes confianza conmigo? ¿Crees que soy malo? Me gustaría que dijeses la verdad. De seguro tienes pitillos. Y si no los tuvieras y yo sí, te los ofrecería de buen grado...

Bertuco pensaba: «Para quien te crea, viejo.»

--Vaya, Bertuco: dame esa prueba de que eres mi amigo. Supón que yo te pido un pitillo, que quiero fumar...--La voz era por momentos más vacilante.

Bertuco pensaba: «Nunca pude imaginar que fuera tan astuto este Padre.»

--Mire usted, Padre Landazabal: no fumo fuera del colegio ¿y quiere que fume dentro?

--¡Qué lástima! El tabaco es lo mejor que hay. El tabaco y el café.

El deforme jesuíta fué á sentarse, abatido y evidentemente triste. Bertuco enviaba volando el pensamiento hacia Ruth. ¿Qué haría? ¿Á qué vendría? ¿En dónde la habrían recibido?

El lunes, Bertuco, restablecido ya, ingresó de nuevo en la monótona disciplina escolar. En la recreación, sus amigos acudieron á saludarle.

--Una semanita así nunca viene mal--dijo Ricardín Campomanes.

--¿Fué maula?--preguntó el carrilludo Coste.

--Maula... Anda allá. Me mandó Conejo. Voy á daros una noticia tremenda. La señora de Villamor estuvo ayer en el colegio.

--¡Bah! Noticia fresca--exclamó Ricardín--. Ayer, cuando volvimos del paseo, nos la encontramos en la portería. El Padre Sequeros asegura que viene á convertirse.

Formaban grupo Campomanes, Coste, Rielas y Bertuco, apartados un trecho de la división.

--Y el Hermano Echevarría, ¿qué tal?--Rielas guiñaba el ojo, afanándose en apicarar el gesto.

--Es un gran médico. Examina con mucho cuidado á los enfermos--afirmó Campomanes, socarronamente.

Coste acudió á opinar.

--Yo nunca os hablé de ello; pero, vamos que, cuando me disloqué el pie, empezó á palparme la barriga y...--Los carrillos se le arrebolaron.

Los mancebos enmudecieron unos minutos. Estaban cohibidos luchando entre el deseo de descubrir algo y la dificultad de expresarlo en términos convenientes. Bertuco se adelantó:

--Y... te empuñó el cetro, ¿eh?, lo mismo que á mí.

--¡Reconcho! Has acertado.

--Y á mí.

--Y á mí.

--¡Qué bárbaro!

Muequeaban de asombro y proferían risotadas.

Añadió Bertuco:

--Ahora viene lo bueno. Trátase del Padre Landazabal. El muy pícaro quería sonsacarme si fumaba ó no. Hasta un pitillo llegó á pedirme... Qué tal, si me dejo engañar...

--No te hubieras engañado, es decir, no te hubiera engañado.

--¿Qué quieres decir, Ricardín?

--Que el pobre jorobeta se perece por fumar. Los demás Padres lo reputan idiota, no le hacen caso y lo dejan abandonado á su suerte. El infeliz no se atreve á pedir de fumar al Rector, como hace el Padre Iturria, y se sirve de estos medios, cuando no de otros. Un día salí yo á _lugares_, en el estudio de la tarde. Pues bien, me encontré al Padre Landazabal buscando por los retretes las colillas que nosotros dejamos. Cuando lo sorprendí se echó á temblar y me rogó que no contara nada á nadie. Luego me pidió, por amor de Dios, un pitillo. Yo le dí los que tenía.

--¡Jesús!

--¡Jesús!

--¡Pobre corcovado!

Llegó en esto el Padre Sequeros.

--¿Qué concilios hacéis? ¡Á jugar, á jugar!

Y dispersó á los niños, dando palmadas, como se hace con las aves de corral[3].

EL LIBRO DE RUTH

Quae respondit: ne adverseris mihi ut relinquam te et abeam; quoqumque enim perrexeris, pergam: et ubi morata fueris, et ego pariter morabor. Populus tuus populus meus, et Deus tuus Deus meus.

(Libro de Ruth. Cap. I. v. XVI.)

I

Ruth Flowers había nacido en una de las islas del Canal, en Jersey. Por la traza corpórea pertenecía al tipo angélico de la mujer inglesa: figura espigada y fusiforme; equívoca sexualidad de efebo; el continente, virginalmente tímido; la _complexión_ ó matiz del rostro, según aquel terceto de Isabel Barret Browning:

_And her face is lily-clear,_ _Lily-shaped, and dropped in duty_ _To the law of its own beauty._

Un rostro embebido en luz, como la azucena, y en forma de azucena, y rociado de una á manera de gravedad que no era sino la conciencia del respeto debido á la propia hermosura; azules los ojos, dulce oración bajo el relicario de la nevada frente; rubio lino cardado, la cabellera. En lo espiritual, era soñadora, sensitiva y dócil á todo linaje de quimeras. El mar múltiple y Shakespeare múltiple habían envuelto su infancia. Su casita, sobre la playa de Saint Helier, enfrentábase con la fortaleza, ya en ruinas, que la Reina Virgen levantara, mar adentro. Desde su isla alcanzábase á ver, del lado allá de las olas, en los días serenos, una mancha lechosa de tierra francesa, en donde está la tumba de Chateaubriand. Y no lejos de su cuna yérguese la mole bélica del castillo de Mont Orgueil, sobre el acantilado rudo que multiplicó el canto de Childe Harold peregrino.

En Jersey conociera á Villamor, quien, reposándose de los estudios que le habían llevado á la Gran Bretaña, veraneaba en Jersey. Á poco de relacionarse contrajeron matrimonio.

Ruth pensaba en España como en una tierra encendida de rosas y poblada de aventuras, el país de la novela cotidiana.

Cruzó, en su viaje nupcial, la llanada francesa, amable y riente, y desde San Sebastián, siguiendo la costa del Cantábrico, llegó á Regium, húmedo y melancólico. Villamor había alquilado una casa en la calle de Zubiaurre, frente al mar; un mar verdinegro y hosco, como el de Ruth. ¡Y ella que había soñado con un mar latino, color de añil, tachonado de velas purpúreas...!

Al año de matrimonio llegó una niña, Grace, y dos años más tarde un varón, Lionel.

Villamor amaba á Ruth con tan delicado rendimiento que no gustaba ni atinaba á decírselo, experimentando cierto pudor de la palabra como de cosa fútil, vestidura de ficciones y tosco remedo del amor. Acordábase de sus breves aventuras con damas galantes, y la herida que le hacían en el sentimiento con charlas mimosas de encarecido afecto, moviéndole á apartarse de ellas con repugnancia. Muchas veces era tan caudalosa la crecida de su pasión que se hubiera arrojado á los pies de Ruth murmurando mil locuras que se le atropellaban en los labios y pidiéndole caricias, como un niño; pero el temor de caer en liviandad á los ojos de su esposa, le contenía. Ni aun osaba mirarla con amorosa insistencia, por miedo al ridículo ó á que en sus ojos adivinara Ruth alguna vislumbre de torpeza. Era de un exterior frío, reconcentrado, impasible: como los líquidos bullidores y expansivos, necesitaba un continente muy recio. Hasta con sus hijos parecía adusto.

El corazón de Ruth, tierno y nacido para el halago, no comprendía al esposo, y juzgaba como desamor lo que no era sino amor acrecentado. Esclavos los dos de la propia dignidad, una timidez y frialdad aparente se había unido á otra timidez fría en la superficie, de suerte que en el trato familiar se les interponía una terrible y opaca oquedad. Y así vivían mano á mano, alejándose por momentos; ella cada vez más triste y más ausente del hogar con el pensamiento; él cada vez más enamorado y más triste, comprendiendo que su Ruth dejaba de quererlo.

Las continuas cavilaciones y melancolías de Ruth--tras de los vidrios del mirador, cara al mar; el artístico volumen de Longfellow ó de Shelley, caído en el regazo--trajeron por obra una gran alteración nerviosa. La linda azucena del Norte se mustiaba. Observábala cautelosamente Villamor, atribulado y sin saber cómo acudir con el remedio. Al fin, temiendo serias complicaciones del mal, se atrevió á decir:

--Querida, me parece que Regium no te sienta. Es preciso que pases una temporada de campo, de montaña á ser posible. Si quieres ir á Jersey, no te contrarío. Pero, en mi opinión, te conviene un clima de altura. Mi madre vive en Agnudeña, ya sabes, una región abrupta y solitaria; se parece á los _highlands_ escoceses. Te gustará. Mi madre aún no te conoce; te querrá mucho. Creo que tú también la querrás. Es una mujer sencilla... aldeana... pero...

--Eso ¿qué importa?

--Gracias, Ruth. ¿Te gustaría ir?

--¿Por qué no?

--Llevarás á los niños y á la _nurse_. Para todos será muy saludable. Os acompañaré una corta temporada, porque las obras del puerto... ya sabes...

--Como quieras.

--¡Ah! Perdóname. No quisiera ofender tus creencias; pero es preciso que mi madre piense que eres católica, y hasta... No me atrevo.

--Habla.

--Hasta que asistas á misa. En este caso sólo podremos ir. De otra suerte, imposible.

--Como quieras.

Se fueron al arriscado Agnudeña. Ruth, la niña y la _nurse_ hablaban inglés, y contadas frases en castellano. El niño comenzaba á chapurrar la lengua paterna. Villamor les sirvió de intérprete en la montaña. Á Ruth le gustó la braveza del paraje y la buena gracia pastoral de sus moradores. La vieja estaba encantada con su nuera y sus nietos. De la una decía que Dios no hace cuerpos tan _guapos_ si no es para infundirles un alma buena, y que parecía _talmente_ un querubín. De los nenes que eran _pintiparaos_ los angelotes de las estampas. La que no le entraba enteramente era la _nurse_, á causa de lo acecinado de su semblante y de lo doctoral de sus lentes.

Ruth asistía los domingos á misa. El santuario era una ermita montañesa, rodeada de castaños patriarcas, y con un esquilón de acento inocente y díscolo. Los santos, toscamente entallados en madera, tenían esa rigidez bizantina que sin duda conviene á la bienaventuranza. Dentro del recinto olía á monte y á fortaleza. Y Ruth comprendió que aquella sed que alteraba sin tregua su alma podía satisfacerse en las aguas de la religión católica. La fiesta del patrono acaeció estando Ruth en Agnudeña. Sobre el pavimento de la ermita los montañeses amontonaron un tapiz de espadaña, juncia, romero y rosas carmíneas. Los incensarios borbollaban fragancias de Oriente. En el coro, seis cornamusas vertían sin reposo guturales y halagadoras canturrias. Ruth sintió á modo de una ebriedad; era su tierra de promisión, lo emotivo y lo pintoresco de la novela cotidiana que había soñado frente á la fortaleza de la Reina Virgen.

Allí mismo, sin salir de Agnudeña, hubiera entablado conversaciones piadosas con el párroco; pero éste, aparte la agria cerrazón de su dialecto, era un bárbaro que vivía sólo para la caza y otros ejercicios violentos y crueles.

De vuelta en Regium, Villamor buscó un preceptor que enseñase correcto castellano á sus hijos.

--Es un amigo íntimo mío, Ruth, que por especial favor accede á mi deseo. Ha viajado mucho, hasta el Japón, y habla correctamente el inglés y el francés; de suerte que contigo puede entenderse en tu propio idioma, y, hasta si lo deseas, darte lecciones de castellano. Tiene gran talento y elocuencia; no será raro que lo elijan diputado en la próxima legislatura. Se llama Luciano Pirracas. Espero que, por su educación y particularidades, no te cause enojo, antes te sirva para conversar y distraerte.

Don Luciano Pirracas apareció en casa del ingeniero. De primera intención, á Ruth no le fué simpático. Andaba por la treintena y era adiposo y locuaz. Su charla, como la atmósfera, envolvía todas las cosas existentes sobre la haz de la tierra. Dijérase que nada podía vivir como no fuera alentando en su palabra profusa. Á fuerza de perspicacia daba en superficial; tocaba los asuntos en la costra y los creía ya resueltos. Describiendo tierras exóticas lograba poner en sus frases vivos colores y evocaciones repentinas. En tal caso, Ruth le escuchaba con atención. Era anticlerical furibundo, é induciendo de la religión de Ruth que ésta le prestaría aquiescencia, disparábase en vituperios contra la clerecía y muy particularmente contra la Sociedad de Jesús. Pero Ruth, que vivía en crisis religiosa, le vedó con delicadeza que la hablara de este extremo.

Insensiblemente, Pirracas se fué enamorando de Ruth, y como no era hombre de vida profunda, la mujer del ingeniero lo comprendió en seguida, agradeciéndole la nobleza con que procedía esforzándose en acallar aquel fuego, por respeto al amigo y á su esposa.

Cada vez que en sus paseos dominicales pasaba el matrimonio por delante del colegio de la Inmaculada, á Ruth se le iban los ojos hacia el caserón. Deseaba entrar y desentrañar su vida oculta. Conocía á todos los Padres, habiéndose cruzado con ellos tantas veces; pero ignoraba sus nombres. Los conceptuaba eminentes en santidad y únicos en ciencia divina. Comprendía que sólo ellos eran á propósito para otorgarla la luz de la gracia y un cabezal de sosiego en que adormecer el espíritu. Sin saber cómo, sus ansias iban hacia aquel jesuíta alto, fuerte y austero que regía á los niños mayores. No le había visto nunca los ojos, y, sin embargo, sabía que eran pardos y penetrativos, de esos ojos desnudos, tristes y castos que saben leer en las almas.

Otro individuo que le atraía singularmente era Gonzalfáñez, del cual Villamor le había hecho breve relato acerca del misterio en que se arrebozaba. Los dos esposos lo habían sorprendido en guisas extravagantes: una vez, conversando con las hierbas, tumbado en el prado; otra, encaramado en un pomar, cebando los bichejos de un nido.

La única relación que en Regium mantenía Ruth era con la señora del vista de aduanas, Aurora Blas. Visitábanse de tarde en tarde y con mucha etiqueta. Aurora andaba muy metida por los jesuítas y no perdonaba ocasión de pronunciar un ardoroso elogio de los benditos Padres. Y así fué cómo Ruth confió un día á Aurora sus inquietudes espirituales y su resolución de acogerse á una religión que la satisficiera.

--_Mais, alors vous devez aller tout de suite au couvent des Jésuites. Oh, combien ça me plait! Vous êtes un ange._

--_Ma chère Aurora: ça c’est bien difficile. Comment pourrais-je aller moi toute seule? Je n’y connais personne_[4].

Aurora se prestó, al proviso, á servir de correveidile. No faltaba más. Fué á visitar al Padre Olano, su confesor; éste acudió á Arostegui; Arostegui manifestó que le placía mucho el caso, y á los dos días, Aurora y Ruth entraban en el colegio, un domingo, al caer la tarde. Olano las aguardaba en el salón de visitas. La primera dificultad con que tropezaron fué que Olano no sabía inglés, ni francés, y Ruth no se enteraba cumplidamente del castellano. Aurora sintióse perpleja:

--Padre, yo creí que todos ustedes sabían al dedillo el francés.

--¿Para qué, hija mía?--respondió el Padre Olano, ruborizándose--. Lo estudian los que tienen necesidad de él. En los otros sería vanidad. Pero, en fin, esto no es un impedimento absoluto. La señora, por lo que veo, entiende español. Yo la hablaré despacio, y cuando no me comprendiera, le repetiré lo que sea cuantas veces sea preciso. De este modo las verdades se le inculcarán con mayor fuerza. De aquí en adelante puede venir á la hora que mejor le convenga, y hablaremos aquí.

--_Six heures du soir, si ça vous plait._

--¿Qué dice?

--Que á las seis de la tarde, si no le molesta.

--Muy bien. ¿Quedamos en eso?

Así se hizo.

Ruth acudió puntualmente, aun cuando le repelía el aspecto del Padre Olano y cierta manera crasa y adherente que tenía de mirarla.

Convencida á la postre de que no avanzaba nada en el camino de perfección, escribió un billete al Padre Olano despidiéndose, y achacando su determinación á la dificultad insuperable del idioma. Con la esquela en la mano y sombrío abatimiento en el rostro, el catequista encaminóse á la celda del Rector.

--Pero, hombre, ¿por qué no me ha dicho usted el primer día que esa señora no sabía castellano?

--Yo creía...

--Usted creía que el Espíritu Santo le iba á soplar á usted el don de lenguas, ¿no es eso?

Aquel mismo día, la señora de Villamor recibió una carta, en correcto francés, rogándola que tuviera á bien continuar por el camino emprendido, y que volviera al colegio, en donde hallaría un Padre con quien poder entenderse á su gusto. El Padre resultó ser Conejo, que además de Prefecto de disciplina era profesor de francés, primer curso. Á los pocos días, Conejo renunciaba á la empresa de adicionar un alma á los rebaños del romano pontífice.

--Reverendo Padre Rector, lo lamento mucho, pero no me es posible hacer nada, porque... ó yo no sé francés ó es la señora esa quien no lo sabe. No podemos interpretarnos recíprocamente.

--Lo más probable, Padre Eraña, es que usted lo ignore, y en esto no hay ofensa.

--¡Por Dios, Padre Rector! Ni por pienso...

--Acaso el Padre Sequeros... ¿Usted qué opina?

--Yo...

--Sí, usted; puesto que le pregunto...

--Que lo habla como Fenelón, eso ya se sabe.

--Pues dígale esta tarde á esa señora que desde mañana bajará á recibirla otro Padre. Y como no estaría bien hacer esta distinción á favor de una solamente, bueno es que, con cautela, vayan ustedes informando á otras beatas de que el Padre Sequeros vuelve á los ministerios.

Cuando Sequeros recibió la orden, no pudo celar la alegría que le daban. Vió el dedo de Dios eligiéndole, y por la noche se revolcó sobre la tarima de su celda, humedeciéndola de llanto y besándola, y luego se zurraba los lomos con las disciplinas, y murmuraba:

--¡Corazón santo, yo no soy digno! ¡Amado Padre Riscal, yo no merezco...!

En las recreaciones de los Padres hubo comidilla abundosa. La nueva llegó hasta la manida de Atienza, el cual, en la primera ocasión, le sopló á Ocaña en el oído:

--¿Qué te he dicho yo, Ocañita? Que echarían mano de Sequeros cuando lo necesitasen. ¿No te lo he dicho yo? Mira, lo tengo muy bien organizado--. Y daba un golpecito con el índice en la carnosa nariz.

II