Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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EPISODIOS NACIONALES
7 DE JULIO
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS EPISODIOS NACIONALES SEGUNDA SERIE
7 DE JULIO
37.000
[Ilustración]
MADRID PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA (Sucesores de Hernando) Arenal, 11 1906
EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. C. de San Francisco, 4
7 DE JULIO
I
Parece que no ha pasado el tiempo. Todo está lo mismo. Ved la calle, la casa, los peces de colores nadando y revolviéndose con incesantes curvas en sus estanques; ved las jaulas de grillos colgadas en racimos a un lado y otro de la puerta; fijad la atención en la ventana de la escuela, y oíd el rumor de moscardones que por ella sale. Nada ha cambiado, y don Patricio Sarmiento, puntual e inmutable en su silla como el sol en el firmamento, esparce la luz de su sabiduría por todo el ámbito del aula. Lo mismo que el año pasado, está explicando la desastrosa historia y trágica muerte de Cayo Graco; pero su voz elocuente añade estas fatídicas palabras: «Terribles días se preparan. Roma y la libertad están en peligro.»
Entonces estábamos en febrero de 1821;[1] ahora estamos en marzo de 1822. Durante este año de anarquía, en el transcurso de estos trescientos sesenta y cinco motines, la calle de Coloreros no ha sufrido variaciones importantes. Don Patricio no parece más viejo: al contrario, creeríasele rejuvenecido por filtros milagrosos. Está más inquieto, más exaltado, más vivaracho; su pupila brilla con más fulgor, y la contracción y dilatación de las venerables arrugas de su frente indican que hay allí dentro hirviendo volcán de ideas.
[1] Véase _El Grande Oriente_.
Cuando suena la hora del descanso y salen los chicos, atropellándose, golpeando el suelo con sus pies impacientes y llenando toda la calle con un desatorado estruendo de chillidos, payasadas y cabriolas, que afortunadamente duran poco, don Patricio limpia sus plumas, se arregla el gorro, para que ninguna parte de su cráneo quede en descubierto, y unas veces con la regla en la mano, otras con las manos en los bolsillos, sale al portal entonando entre dientes patriótica cancioncilla.
Si Lucas está en su puesto, padre e hijo hablan un rato antes de subir a comer. Otras veces don Patricio planta su pintoresca figura majestuosa en el umbral, mira al cielo, husmea la temperatura y dirección del viento, y si sus remos se han entumecido, da un paso hasta el arco de San Ginés, sentando los pies con fuerza y estruendo para que entren en calor. Algunas palabras sonoras salen de su pecho, mientras mira de nuevo el cielo, como si en la inalterable grandeza de este viera una imagen de la inmortalidad.
Un día don Patricio cantaba:
Para arreglar todito el mundo tengo un remedio singular, y es un martillo prodigioso que a un nigromante pude hurtar. Cuando pretendan los malvados el despotismo entronizar, este martillo puede solo entronizar la libertad.
Una joven se acercó a él con intención de hablarle.
—Hola, madamita —dijo Sarmiento deteniéndose junto a la puerta de su casa y echando las manos a la espalda—. ¡Cuánto bueno por aquí! Hoy ha venido usted tarde, y el pájaro ha volado.
—¿No está? —preguntó la joven con desconsuelo.
El semblante de la que se expresó de este modo no indicaba una salud perfecta, ni su vestido un bienestar mundano digno de envidia. Pálida y triste, Solita decía a todo el mundo, con solo mirar, que el año transcurrido había sido un fardo de bastante peso. Mas al mismo tiempo podía observar en ella quien supiera hacerlo, una firme resolución de resistir cuantas cargas le echara Dios encima, aunque tuvieran toda la pesadumbre imaginable. ¡Y en la forzosa modestia de su atavío había tanto anhelo de parecer bien, una decencia tan escrupulosa, una dignidad tan bien sostenida...! En suma, Solita sabía ser pobre, cualidad rara en todos los tiempos.
—No está —repitió con cierta displicencia Sarmiento, cual si quisiera mortificar a su antigua vecina—. Los hombres de ocupaciones no pueden estar todo el día en casa esperando a las niñas que van a buscarles.
—¿Sabe usted si ha ido ya a la oficina? —preguntó Soledad sin hacer caso de la grosera observación del maestro.
—¿A casa del señor duque?
—Sí, señor. Aunque es temprano...
—Allí estará sin remedio.
—Pues voy. Muchas gracias, don Patricio.
La madamita partió, y Sarmiento, encarándose con su ilustre hijo, que acababa de soltar la aguja para subir a comer, le dijo:
—Ahí tienes otra vez a la hija de cabra, a la niña del señor Gil, a esa loca y traviesa muchacha, visitando a nuestro don Salvador. Ya ha venido cuarenta veces en lo que va de año.
—Lo menos.
—Es una buena pieza. ¡Quién lo había de decir viéndola tan mortecina, tan suavecita, tan humildota que su voz parece música de los ángeles del cielo! Pero la miseria todo lo corrompe, y Solita no ha podido menos de entrar en el camino de la perdición para encontrar un pedazo de pan que ponerle en la boca al tunante de Cuadra. Justo castigo ¡vive Dios! de las ideas contrarias a la libertad de los pueblos... Subamos, hijo.
—Me da lástima de ese pobre señor —manifestó Lucas dando el brazo a su padre para ayudarle a subir.
—A mí no —repuso Sarmiento—. Si nos andamos con sensibilidades peligrosas, que lejos de amansar, dan mayores alientos a los enemigos de la patria, llegará un día en que se ensoberbezcan demasiado y se nos pongan por montera. Es preciso ser inexorables, es preciso que cerremos a la compasión mujeril nuestros corazones generosos. ¿Lo entiendes bien? Esto te sorprenderá, pues has visto siempre en tu padre la mayor mansedumbre y templanza; pero has de saber que los tiempos hacen a las personas, y yo soy un hombre que predica constantemente a sus amigos el rigor y la crueldad, porque estamos en días de exterminio, querido hijo, estamos en la alternativa de cortar cabezas o dejar que nos la corten...
—¡Pobre señor Gil! —repitió Lucas—. Yo no le creo capaz de cortar cabezas.
—¡Fíate del agua mansa!... ¡Chilindrón! Esos pícaros no escarmientan. Le viste reducido a prisión; le viste salvado de milagro; le viste errante por aldeas y despoblados; le ves al fin refugiado de nuevo en Madrid al amparo de Naranjo, otro bribón, para quien la horca no se ha levantado todavía, pero se levantará, se levantará, descuida... Pues bien: ¿ves a Gil de la Cuadra arrinconado, miserable, enfermo, olvidado? Pues está conspirando.
Lucas manifestó sus dudas con una especie de gruñido.
—Tú eres un inocentón —dijo Sarmiento—. Como no tienes hiel, crees que todos son lo mismo. Pues sí: yo te aseguro que Gil de la Cuadra sigue conspirando. Pero vaya usted a decir esto a los amigos. Se ríen, le llaman a uno mentecato, soñador de conjuras, hombre oficioso que anda buscando el pelo al huevo. Añade a esto que el ministerio del señor Martínez protege a todos los pillos absolutistas, y comprenderás si el alma de un patriota ferviente como yo puede estar dispuesta a los sentimientos dulces, a los fililíes de lastimillas y consideraciones. ¡Ay! —añadió dando un gran suspiro—. Si yo pudiera..., si yo pudiera decir un solo día: «¡hoy mando yo, y baje todo el mundo la cabeza!...» ¿Sabes que es pesadita esta escalera? ¡Malditas sean mis piernas! Cualquiera me tomaría por un vejete achacoso al ver que no puedo subir seis escalones sin morirme de fatiga... Te digo, querido Lucas, que si llegara el día..., puede que llegue..., que si llegara ese día, verías a un hombre. No aseguro yo que no pueda ser, y otras cosas más raras se han visto. ¡Por vida de la chilindraina!... Figúrate tú que las cosas se arreglaran de modo que yo... ¡Caracoles! Pero ¿cuándo se acaba esta escalera? ¡Pobres piernas mías y pobres pulmones míos!... En tal caso, yo arreglaría fácilmente este desconcertado país, limpiándolo de la mala sangre que hay en él... Pero ¿todavía quedan escalones? ¡Ah!... Gracias a Dios: ya estamos arriba... Pues cortando cabezas y más cabezas... Bendito sea Dios, ¡qué apetito tengo! A comer.
II
Solita, después de andar breve rato por las calles de Madrid, llegó a casa del duque del Parque y penetró en las oficinas, que estaban en el piso bajo a la izquierda del portal o vestíbulo, cuadra tan ancha que los coches de Su Excelencia podían dar la vuelta para detenerse ante la gran escalera principal. Conocía tan bien la joven aquellos lugares donde se albergaba el personal administrativo de la casa, que no necesitó ser guiada, ni menos anunciada por el portero. Penetró resueltamente, y al final de oscuro pasillo empujó con suavidad una puerta y miró hacia adentro... Estaba.
—Entra, Solilla —dijo Monsalud riendo—. Entra y siéntate.
—¿Tienes mucho que hacer, hermano? —preguntó la muchacha, corriendo a sentarse junto a la mesa en que Salvador escribía.
—No, puedes acompañarme un rato. ¿Y el señor Gil?
—Lo mismo. Le he dejado durmiendo. Siempre consumido de tristeza y cada vez más decaído. No hay duda que le atormenta la idea de quitarse la vida. Si yo no tomara tantas precauciones, ya nos habría dado un susto.
Hablaba Soledad con agitación. Sus mejillas ligeramente se coloreaban; mas no puede asegurarse si este fenómeno tenía por causa el cansancio o la satisfacción de verse allí, tan cerca de su antiguo vecino y amigo de siempre. Miraba a todos lados, demostrando interés cariñoso por los varios objetos de la estancia, desde el archivo que ocupaba un testero, hasta los cuadros viejos y malos que cubrían el otro. Eran retratos desechados por carecer de condiciones artísticas, algunos paisajes a la flamenca, cacerías y también batallas absurdas, en que se veían caballos muertos que parecían cerdos blancos; arcabuceros apuntando al cielo, culebrinas que vomitaban bermellón, y torres muy pulidas por cuyas almenas asomaban lindos arqueros empenachados con plumas de distintos colores.
A Sola le parecía hermosísimo aquel museo. Después que lo observó todo con claras muestras de placer infantil, fijó los ojos en la mesa y vio con sorpresa que no estaba, como otros días, llena de papeles amarillos y empolvados, de expedientes, cuadernillos, cartas y libros de asiento, sino de hermosos volúmenes con canto de oro y finísimas pastas; vio también que su hermano tenía delante varios pliegos donde no había, como otras veces, grandes filas de números semejantes a ejércitos en disposición de entrar en batalla, sino renglones de prosa seguida y corriente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sola a su hermano con amable confianza.
—Para ti no hay secretos —repuso el joven separando la vista del papel—. Esto no es una cuenta, es un discurso que me ha encargado el señor duque.
—¿Un discurso?
—Sí; para pronunciarlo pasado mañana en las Cortes. Ya me falta poco —añadió tomando un libro y hojeándolo—. Veamos lo que dice Voltaire sobre este punto, porque has de saber que Su Excelencia quiere que en el discurso haya muchas citas, y que en cada párrafo hablen por su boca dos o tres filósofos.
La muchacha se echó a reír, aunque no comprendía bien la gracia de aquella observación. Pero se había acostumbrado a ser eco fiel de las ideas y de las sensaciones de su hermano, y su hermano en aquella ocasión parecía contento. Al escribir un párrafo mostraba, con sonrisas y gestos, burlesco orgullo y satisfacción de sus dotes literarias.
En tanto Soledad, fijos los ojos en el semblante del confeccionador de discursos y en la mano con que escribía, apoyando sus codos en uno de los lados de la mesa, no cesaba de tocar, mover y dar vueltas a los objetos que más cerca tenía. Sentía la pueril necesidad de enredar que nos invade cuando en momentos de vaga contemplación y de serenidad de espíritu, cae algún cachivache bajo la acción de nuestras ociosas manos. Solita cogía un libro para volverlo a colocar por el otro lado; levantaba un pedazo de plomo destinado al corte de plumas, y con él tocaba cadenciosamente sobre la mesa una especie de marcha; acariciaba las barbas de una pluma rozándolas a contrapelo, y por último, tomando un lápiz, hizo varias rayas y círculos sobre el forro de un cuaderno. ¡Extraña fuerza que hace describir a las manos acompasado vaivén, siguiendo el misterioso ritmo de las ideas!
—Vamos, atrévete a decirme que no sé hacer discursos —indicó Salvador jovialmente disponiéndose a leer—. Escucha y tiembla: «¿De qué sirve, pues, que un caudillo esforzado estableciera la libertad, si el gobierno hace ilusoria tan gran conquista? ¿De qué sirven tanto penar, tan formidables luchas y el sacrificio de nuestro reposo, si con las cadenas rotas forja la perfidia nueva esclavitud?...» Pero dejemos estas tonterías y pensemos en otra cosa. Esta mañana estuve esperándote en mi casa, creyendo que irías por allá.
—Ya sabes que no puedo salir cuando quiero. Desde anteayer estoy proyectando el viaje; pero no he tenido ocasión hasta hoy. Una vez por semana me has mandado que te vea. Si dejo pasar diez días, es porque no puede ser de otra manera.
—Ya tendrás falta de dinero. ¡Diez días y hombre enfermo en la casa...! —dijo Monsalud abriendo una gaveta.
—No, no —replicó Sola vivamente, deteniéndole—. Otro día me darás. Todavía tenemos.
—Ya le he dicho a usted, señora hermana —manifestó el secretario del duque con jovial gravedad—, que no me gustan remilgos. Hicimos un trato, un trato solemne. Yo había de darte todo lo que necesitaras, y tú habías de tomar lo que yo te diera. Yo soy el juez de tus necesidades; yo, como hermano mayor, soy quien te arregla las cuentas, quien te marca los gastos. Yo soy la autoridad, y tú, chiquilla sin fundamento, no tienes que chistar, ni responderme, ni hacer observaciones.
Diciendo esto sacó tres monedas de oro, y tomando la mano de Soledad las puso en ella. Doblole los dedos para cerrarle el puño, y apretándole suavemente, le dijo:
—¿Qué tienes qué replicar?
Soledad abrió la mano, y llevándose las monedas a la boca las besó.
—Las beso —dijo— como los pobres cuando reciben una limosna.
—¿Te avergüenzas de recibir esos ochavos de oro?
—No me avergüenzo, porque me los das tú, y me los das con el corazón —dijo Soledad bebiéndose una lágrima y dando un suspiro—. Eres para nosotros la prueba viva que Dios da de su bondad a las criaturas que no quiere abandonar. Rechazar tu limosna, responder a tu caridad con orgullo, sería ofender a Dios. Tu dinero, sea oro o cobre, es para mí el pan de cada día que se pide a Dios en el Padrenuestro, y que siempre nos cae del cielo en una forma o en otra.
Después miró las monedas, y tomando dos las presentó a Salvador, diciéndole:
—Estas dos están de más. Con una basta. No debe haber prodigalidad ni aun en la limosna, porque otro pobre necesitará mañana lo que hoy me has dado a mí de más.
—Ya te dije la semana pasada —repuso Monsalud— que ese vestido que llevas, aunque no carece de decencia, está pidiendo sustituto.
—¡Qué tonto eres! Pues no faltaba más... Por tu vida, que estamos en situación de presumir. ¿Quieres que me vista de raso?
—No me gusta la gente mal vestida.
—Pero, hermano, te olvidas de una cosa.
—¿De qué?
—De que pido limosna. Soy más pobrecita que esas que por las calles alargan su mano flaca y piden por Dios. Si tú no existieras...
—Pero como existo... Me parece que no soy una sombra vana, como la libertad de que habla el discurso.
—Sí; pero comprar vestidos sería abusar de tu caridad. Trabajas mucho, trabajas como un esclavo para mantener a tu madre, para socorrernos a mi padre y a mí.
—Y todavía me sobra para dar a otros y para ahorrar. No creas, compraré una casa y una huerta donde pasar la vida solo y tranquilo. También pienso hacerte un buen regalo cuando te cases.
—Yo no compro vestido —dijo Sola vivamente y con ligera expresión de fastidio.
—Lo comprarás; te lo mando yo.
—Más adelante. Guárdame el dinero.
—No ha de ser sino ahora; lo deseo así. Recordarás bien la desgracia de tu padre. Había escapado de la cárcel, y huía por los campos sin amparo, sin sustento, sin esperanza. Os mandé venir a Madrid, y sin dar mi nombre, os proporcioné la entrada libre en esta villa. Tu padre, a causa del aborrecimiento que me tiene, no quiso ni que se le hablara de mí; pero tú, más generosa y más humana, corriste a mi lado, diciéndome: «Hermano, yo te perdono, sin conocerlo, el mal que has hecho a mi padre. Socórrenos; nos morimos de hambre.»
—Tú me dijiste entonces: «Hagámonos la cuenta otra vez de que hemos nacido de una misma madre, y acepta sin ofenderte una parte de lo que tengo.»
—Hicimos el trato. Esto ya no es limosna: es un deber mío, un deber de familia que cumplo como puedo. Me daría mucha vergüenza de vestir mejor que tú.
—¡Qué bueno eres! Dios te hizo y rompió el molde —dijo Soledad con profunda emoción—. Pero me ocurre otra razón para que guardes ese dinero y aplacemos lo del vestido.
—¿Cuál?
—Con el mejor fin del mundo, yo estoy representando una comedia que tú me has aconsejado; es decir, tú has sido el poeta y yo la actriz.
—¿Qué comedia?
—Yo le hago creer a mi padre que estamos cobrando todavía la pensioncilla de que antes vivíamos. No se le puede decir que pido limosna, y menos que tú me la das. Si llegara a comprender estos manejos, el pobre se moriría de pesadumbre.
—Engañas a tu padre. Esto es lícito alguna vez.
—Pues bien, caballero —añadió Sola con expresión de triunfo—. La pensión apenas daría para comer. Si mi padre me ve comprar vestidos y ponerme majezas, quizás pensaría algo malo de mí.
Salvador meditó un rato.
—En efecto —dijo al fin—. No había caído en eso.
—Ahí tienes el dinero.
—No: le dices a tu padre que has economizado; le dices lo que quieras, ¿sabes? —objetó Monsalud con impaciencia—, pero quiero verte mejor vestida. No debes atender demasiado a lo que piense tu padre, querida, porque el pobre viejo es demasiado terco. Ya ves cómo me trata. Es mucha saña la suya. Pero ya le amansaremos. ¿Sabes que el mejor día me presento en tu casa, le estrecho la mano y le propongo una reconciliación?
—¡Ah! —exclamó Soledad con tristeza—. No sabes bien cuánto te aborrece. Yo le he preguntado mil veces la causa, y nunca ha querido decírmela. Ello será alguna cosa muy rara, alguna equivocación, quizás una tontería, porque creer yo que tú eres malo, no, eso no lo creeré jamás.
—Según lo que se entienda por maldad. Pero dime, ¿el señor Gil me nombra con frecuencia?
—¡Quia! Lo menos posible, aunque bien se le conoce que te tiene en el pensamiento. Yo lo comprendo así, porque me he acostumbrado a leer en su pensamiento, y para obligarle a que me revele la causa de su odio, te nombro.
—¿Le recuerdas cuando éramos vecinos?...
—Y cuando iba yo a charlar con tu mamá.
—¿Y cuando le saqué de la cárcel de Corona?
—Y todos los beneficios que nos has hecho y tu buen comportamiento y generosidad —dijo Solita, exagerando con la voz y el gesto lo que expresaban las palabras—. Pero, hijo, el recuerdo de tus bondades le ensoberbece más... ¡Si vieras cómo se pone!... La única vez que me ha dicho términos malsonantes, amenazando pegarme, fue por ciertos elogios que hice de ti. Díjome que eras un malvado, un perverso, un... ¡no puedo repetir aquellas palabrotas! Mi padre se equivoca; ¿no crees tú que se equivoca?
—Quizás no —repuso sombríamente Monsalud.
—¡Vaya, que tienes tú también unas rarezas...! ¿Conque dices que no se equivoca en lo que piensa de ti?
—Digo que no lo sé.
—Si le oyeras repetir: «Ese hombre es un monstruo, hija mía; no te manches la boca nombrándole»; si le oyeras esto, dirías que ha perdido el juicio. ¡Desgraciado padre mío! Ayer mismo me dijo: «Si ves a ese hombre en la calle, huye, corre, no le mires, evita su presencia y su contacto como el de un reptil venenoso...» ¡Reptil venenoso nada menos, caballerito!... Y has de saber que tú manchas cuanto tocas. Todas esas gracias tienes. Oyendo a mi padre tales locuras, ayer, ayer mismo, el corazón se me oprimía, las lágrimas se me saltaban, y estuve tentada de contestarle: «pues el reptil venenoso nos está dando de comer», pero no me atreví... Mejor fue callar, ¿no es verdad?
—Callar, callar siempre. No le contraríes jamás en este tema. Apóyale más bien, La verdad es que no soy un modelo.
—Si al menos hubiese algún motivo, por pequeño que fuera, un motivo...
—Pues lo hay —dijo Salvador mirando serenamente a su joven amiga—. ¿Tú qué sabes de cosas del mundo? Tú no entiendes de maldades, afortunadamente.
—Pues si hay un motivo —exclamó Sola con ardor—, si alguna razón hay para que mi padre te llame perverso, dímelo por Dios, dímelo, Salvador; dame esa prueba de confianza. Tu falta, tu error, tu equivocación o lo que sea, no puede ser grave; será una tontería, una cosa..., una de esas cosas que no valen nada..., una sandez de esas que no merecen odio, sino risa...
—No es tontería.
—Pues lo que sea, dímelo; me parece que merezco esa prueba de confianza. ¿Crees que me asustaré?... Sí, buena soy yo para espantarme de nada. He visto mucho mundo, señor mío; he visto muchas pilladas, y las tuyas, por grandes que sean, no me llamarán la atención.
—Es que las mías son muy grandes —dijo Salvador riendo—. Vamos, no quiero perder tu buena amistad. Es la única amistad verdadera que tengo. Déjamela.
—La tendrás mientras yo viva —indicó Sola con viva emoción—. Yo te juro que la tendrás, aunque seas más malo que el mal ladrón, aunque hayas sido asesino, salteador... ¿Por qué te ríes?
—¡Asesino, salteador!
—Vamos, ya se comprende que no habrá sido tanto.
—Quizás más.
—¿Más? Tú también has perdido el juicio. No aumentes mi curiosidad.
—¿Tienes mucha?
—Muchísima. Me abraso... ¡Bah! Tú quieres confundirme. ¿Cómo puedo yo creer que tú, que tú, un hombre tan bueno, tan generoso, hayas ofendido...? Porque mi padre ha de creer que tú le has ofendido personalmente.
—Personalmente.
—¿De qué manera?
—Imagina la peor.
—¿Y la ofensa ha sido grande?
—Inmensa.
—Mentira, mentira. Por Dios, no me atormentes.
—Tú me atormentas a mí de un modo cruel.
—Si hablaras...
—Si callaras tú.
—Pues dímelo todo.
—Sola, querida hermana; el mérito consiste en perdonar las ofensas sin conocerlas. También es gran mérito, sobre todo en las mujeres, refrenar la curiosidad.
—Con respecto a ti no dirás que soy curiosa, ni atisbadora, ni entrometida. ¿Sé yo algo de tu vida? ¿Te pregunto en dónde pasas el tiempo que no estás aquí ni en tu casa? Verdad es que no tengo derecho a saber nada; pero, en fin..., en algo más que en los socorros que recibo debiera conocerse que somos hermanos, como tú dices. Jamás me has hecho una confianza, ni me has contado la causa de tus tristezas cuando estás triste, ni el motivo de tus alegrías cuando estás alegre.
—¡Si lo sabes todo, tonta!
—Si lo ignoro todo, pero todo —afirmó Sola con cierto enojo—. Dicen que los hombres enamorados son muy comunicativos; pero tú no lo eres.
—¿Estoy yo enamorado acaso?
—Siempre lo estás. ¿Pues qué, eso no se conoce? Estás enamorado, sí; pero vaya usted a averiguar de quién. De alguna gran señora..., algo, algo se le va descubriendo a usía, caballerito. No podrás negar que tienes siempre el pensamiento allá, en las quintas regiones, ¿me explico? Quiero decir, hermanito, que rara vez estás en este mundo, donde nos arrastramos los desdichados que vivimos de pan.
—¿Y a eso llamas estar enamorado?