17.- Se describe cuanto sucedió en Lisboa, Évora y Villa Viçosa y, después, en el reino de Castilla, en Toledo y en Mantua Carpetana (o Madrid).

Part 2

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Tras confesar las manchas de nuestras almas y concluir los ritos sagrados, seguimos avanzando y llegamos a Toledo, la capital del reino de Toledo o de Castilla la Nueva, una ciudad antiquísima y destacada por diversos motivos, donde los padres de la Compañía tienen una residencia de profesores y un colegio de estudiantes. Hay muchos y muy variados edificios, entre los que se pueden contar sesenta o más templos de distintas órdenes y ocho hospitales. A todos estos edificios los supera la maravillosa magnitud de la catedral, que, dividida en cinco partes (o espacios con techos distintos), tiene tal amplitud que, además de la capilla mayor y otra que suele llamarse “de los reyes”, alberga a ambos lados veinte capillas, cada una de las cuales podría ser un templo no pequeño – así podéis deducir la enorme magnitud del templo en su conjunto. El tamaño de la capilla mayor se ajusta al más que considerable aforo del templo, cuyo retablo mayor está pintado y adornado con tales imágenes que nunca hemos visto una obra mejor en madera – fácilmente hubiésemos creído que se había gastado una enorme cantidad de oro en su construcción.

Sorprende la hermosura que otorga a este mismo altar mayor el sagrario en el que se guarda la Santa Eucaristía, de una factura admirable. Sobre su puerta hay ubicada una escultura de la Santísima Virgen con su querido hijo en brazos, bajo cuya advocación se producen allí muchos milagros: por esto todas las almas de los allí presentes sienten una piedad especial por ella y a su alrededor ocho lámparas de plata brillan con un fuego interior. Habéis de saber, además, que todas las otras capillas son de la misma factura, especialmente la que se denomina “de los reyes”, en la que antiguamente los reyes de Castilla solían recibir sepultura. Hay además en este templo un destacado coro con muchísimas sillas talladas, en las que suelen sentarse los canónigos concentrados en el recitado de los rezos sagrados. Cada silla está realizada con tal artesanía que se estima que cada una de ellas vale mil monedas de oro, y hay setenta y cuatro en total, dispuestas en filas. ¿Qué os podría decir de los sagrados utensilios de aquel templo, los cálices, las cruces, los relicarios y el resto, todos confeccionados de oro y plata? De entre todos ellos goza de especial fama una píxide en la que se transporta la Sagrada Eucaristía en las procesiones públicas. Tiene tal tamaño que para llevarla en unas angarillas son necesarios veinte sacerdotes y está tan recubierta de perlas de todos los tamaños que apenas puede estimarse su valor. Unida a estas construcciones hay construida una torre que destaca por su altura de siete plantas, en la que hay ubicadas unas afamadas campanas fabricadas con aleaciones, once de número, entre las que hay una, la más conocida, que tiene cuarenta y seis palmos de circunferencia.

En definitiva, el templo mayor de Toledo se cuenta entre los más notables de toda Europa: se tiene por seguro que levantarlo ha costado más de un millón de monedas y hay tal abundancia de sacerdotes y servidores sagrados que su multitud es increíble. Tan amplias son sus rentas que aquellos sacerdotes que ocupan un cargo remunerado reciben veinticinco mil monedas de oro cada año y el propio arzobispo alcanza las doscientos mil y no solo tiene el poder eclesiástico sino que también ejerce un señorío civil sobre muchas ciudades. Por este motivo no resulta sorprendente que este templo este repleto de tantas y tan valiosas obras.

Pasamos en la ciudad de Toledo veinte días, atorados porque caí enfermo, y vimos algunas otras obras públicas, de las que tan solo mencionaré dos: la primera es la construcción de unas sorprendentes conducciones de aguas con las cuales, contra natura, obligan de una determinada manera al agua del famosísimo río Tajo (que ya describí cuando hablé de Lisboa) a subir hasta una plaza de la ciudad que se eleva cuarenta y cinco palmos sobre el nivel del río. En primer lugar, se han construido unas terrazas que van desde la margen del río hasta la plaza; sobre estas terrazas se elevan, sostenidos sobre maderos, unos conductos de bronce, con unas bocas mucho más amplias por donde reciben el agua que después expulsan por pequeños tubos. Unidos entre sí por articulaciones y conectados y enganchados por debajo con cadenas de hierro, están dispuestos de tal manera que cada vez que el inferior, que está en la orilla del río, recoge el agua, la transmite con su propia fuerza al superior y así uno tras otro mantienen ese orden y el agua que recogen los inferiores se traslada hasta los superiores, hasta que alcanza la cima. Toda esta maquinaria la mueven dos ruedas que tienen su parte inferior en contacto con el río y está cubierta por un tejado, para que ningún mal del cielo pueda perturbar la disposición de esta obra de un carácter realmente regio.

La otra obra ilustre es un reloj elaborado con una habilidad sorprendente: aunque apenas se eleva cuatro palmos, imita todas las rotaciones de las estrellas y los encuentros, oposiciones, eclipses y otros fenómenos de los planetas con tal fiabilidad que no carece ni de los movimientos contrarios de la primera esfera ni el movimiento de la octava (que popularmente se conoce como “trepidación”) ni el discurrir de los siete planetas con las diferencias de horas del Sol y de la Luna ni, por último, el inicio y final de los doce signos del zodiaco. Así, allí puede verse el recorrido de la primera esfera en un solo día, la órbita de Saturno de casi treinta años, el sol durante un año, la luna mes a mes y al resto de orbes celestes completando sus propios movimientos a su debido tiempo; llega a tal punto que no hay movimiento celestial de los que contemplan los astrónomos que este ingenio no pueda marcar su duración en años, meses y días con gran habilidad y precisión, tras mostrar también el número áureo y la letra del día en el que caerá el día del Señor en cada año. Esta obra alberga mil ochocientas esferas diminutas, que están fabricadas con tal habilidad que ninguna de ellas está repetida. Se tardó veinte años en idear este artefacto y después, para sorpresa de todos los que lo vieron, tres años y medio para completarlo. De ambas obras, de la conduccción de agua y del reloj, fue el autor un tal Juanelo Turriano, de Cremona, un hombre de reconocidísimo prestigio por toda Europa y al que tanto Carlos V como Felipe, rey de Hispania e hijo suyo, colmaron de regalos en recompensa por sus laboriosísimas obras.

León: Todas esas cosas que estás recordando nos llenan de la máxima admiración y nos convencen con facilidad del admirable ingenio y de la hermosura y magnificencia de sus obras. Con todo, dudo cómo pudo suceder que un inventor, con la fuerza de su pensamiento e inteligencia, pudo conseguir construir estas obras.

Miguel: Esa duda, Miguel, la eliminarías de tu espíritu si concieras la inteligencia de los europeos, cultivada en tantas disciplinas que lo que parece increíble lo llevan a término. Pero todo lo que comentaremos en los demás coloquios te hará pensar así sobre los europeos.

Podrían decirse muchas más cosas sobre la real ciudad de Toledo, ya que está colmada de todo aquello que da hermosura al resto de ciudades europeas. Sin embargo, lo podréis imaginar fácilmente gracias a lo que ya dijimos de Lisboa. No pasaré por alto, eso sí, la honra y bondad con la que nos trató el ilustrísimo Juan Mendoza, entonces arzobispo de la iglesia de Toledo y ahora afamadísimo Cardenal, durante toto el tiempo que estuvimos allí. No solo nos visitó a menudo y nos llevó a diversos lugares sorprendentes y famosos de la ciudad acomodándonos en su coche, sino que también nos invitó a un banquete privado que tuvo lugar en su casa, que tenía la pompa y honra que correspondía a un hombre tan noble e ilustre. Pertenece a la ilustrísima familia de los Duques del Infantado, y su hermano, que actualmente es el duque, se cuenta entre los más poderosos y ricos de los nobles de Hispania y fuimos acogidos por este hombre con tal benevolencia que confesamos que nos tendrá vinculados y ligados a su bondad para siempre. Por este motivo, cuando supimos, en el puerto de Macao, que el sumo pontífice Sixto V lo había incluido entre el número de cardenales (entre otros de los que hablaremos más adelante), llenó nuestros corazones una alegría nada pequeña.

Se acercaron también a nosotros muchos nobles y notables de la ciudad, demostrando un amor más que fervoroso hacia nosotros. Aun así, no puedo explicar con palabras el cariño paterno que nos profesaron los padres de la Compañía, en cuya residencia de profesores residimos. Además, yo reconozco que les estoy particularmente en deuda, porque caí enfermo de varicela, una enfermedad que a los japoneses nos suele resultar muy pesada, y tras llamar a los médicos más expertos me suministraton todos los medicamentos necesarios con tal diligencia y cariño que no los podría haber distinguido de mis propios padres.

Además de la residencia de profesores, hay también un colegio de la Compañía en la misma ciudad, edificado por el arzobispo de Toledo Gaspar Quiroga unos pocos años antes de ser nombrado cardenal. Como la benevolencia de la Compañía es grande y entiende que sus frutos redundan en beneficio de todos, invirtió generosamente en levantar otro colegio en Talavera de la Reina, otra ciudad que cruzamos de camino.

Una vez que me recuperé, como dije, de la enfermedad, salimos de la ciudad el 19 de octubre y al día siguiente llegamos a la Mantua carpetana o Madrid, villa real, donde se encuentra la famosísima corte del muy poderoso rey Felipe de Hispania. Mientras nos acercábamos a la ciudad, salieron muchos notables, incluyendo algunos hijos de duques y condes en coche, a encontrarse con nosotros, y tras saludarnos, cada uno de ellos, para honrarnos y mostrarnos su benevolencia, nos acogió a uno de nosotros en su coche y nos acompañó hasta el colegio de los padres de la Compañía, con una demostración de amor como si estuviésemos acostumbrados a coincidir a diario desde antiguo. Mientras estábamos despidiéndonos de aquellos nobles y entrando al templo, nos recibieron los padres de la Compañía con enorme bondad. Pero como todo lo sucedido en Madrid requiere de otro coloquio, pongamos aquí fin al actual.

Lino: Bien dicho, Miguel: mañana por la noche dedicaremos el oportuno coloquio a la villa real de Madrid y lo que allí sucedió.

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Categoría:La embajada japonesa ante la curia romana