Chapter 3
--Sí, hijo mío, lo he olvidado completamente.
--Pues, padre... (dijo Rubens en són de burla[29-1] procaz), ¡tenéis muy mala memoria!
05 El Prior volvió a arrodillarse sin hacerle caso.
--¡Vengo en nombre del Rey!--gritó el soberbio y mimado flamenco.
--¿Qué más queréis, hermano mío?--murmuró el fraile, levantando lentamente la cabeza.
10 --¡Compraros[29-2] este cuadro!
--Ese cuadro no se vende.
--Pues bien: decidme dónde encontraré a su autor....--Su Majestad deseará conocerlo, y yo necesito abrazarlo, felicitarlo..., demostrarle mi admiración y mi cariño....
15 --Todo eso es también irrealizable....--Su autor no está ya en el mundo.
--¡Ha muerto!--exclamó Rubens con desesperación.
--¡El maestro decía bien! (pronunció uno de los jóvenes.) Ese cuadro está pintado por un difunto....
20 --¡Ha muerto!... (repitió Rubens.) ¡Y nadie lo ha conocido! ¡Y se ha olvidado su nombre!--¡Su nombre, que debió ser inmortal![29-3] ¡Su nombre, que hubiera eclipsado el mío!--Sí; _el mío_..., padre.... (añadió el artista con noble orgullo.) ¡Porque habéis de saber[29-4] que yo soy Pedro Pablo 25 Rubens!
A este nombre, glorioso en todo el universo, y que ningún hombre consagrado a Dios desconocía ya, por ir unido[29-5] a cien cuadros místicos, verdaderas maravillas del arte, el rostro pálido del Prior se enrojeció súbitamente, y sus abatidos ojos se clavaron 30 en el semblante del extranjero con tanta veneración como sorpresa.
--¡Ah! ¡Me conocíais! (exclamó Rubens con infantil satisfacción.) ¡Me alegro en el alma! ¡Así seréis menos fraile conmigo!--Conque... ¡vamos![29-6] ¿Me vendéis el cuadro? (p30) --¡Pedís un imposible!--respondió el Prior.
--Pues bien: ¿sabéis de alguna otra obra de ese malogrado genio? ¿No podréis recordar su nombre? ¿Queréis decirme cuándo murió?
05 --Me habéis comprendido mal.... (replicó el fraile.)--Os he dicho que el autor de esa pintura no pertenece al mundo; pero esto no significa precisamente que haya muerto....
--¡Oh! ¡Vive! ¡vive! (exclamaron todos los pintores.) ¡Haced que lo conozcamos!
10 --¿Para qué? ¡El infeliz ha renunciado a todo lo de la tierra! ¡Nada tiene que ver con los hombres!... ¡nada!...--Os suplico, por tanto, que lo dejéis morir en paz.
--¡Oh! (dijo Rubens con exaltación.) ¡Eso no puede ser, padre mío! Cuando Dios enciende en un alma[30-1] el fuego sagrado 15 del genio, no es para que esa alma se consuma en la soledad, sino para que cumpla su misión sublime de iluminar el alma de los demás hombres. ¡Nombradme el monasterio en que se oculta el grande artista,[30-2] y yo iré a buscarlo y lo devolveré al siglo[30-3]!--¡Oh! ¡Cuánta gloria le espera!
20 --Pero... ¿y si la rehusa?--preguntó el Prior tímidamente.
--Si la rehusa acudiré al Papa, con cuya amistad me honro, y el Papa lo convencerá mejor que yo.
--¡El Papa!--exclamó el Prior.
25 --¡Sí, padre; el Papa!--repitió Rubens.
--¡Ved por lo que[30-4] no os diría el nombre de ese pintor aunque lo recordase! ¡Ved por lo que no os diré a qué convento se ha refugiado!
--Pues bien, padre, ¡el Rey y el Papa os obligarán á decirlo! 30 (respondió Rubens exasperado.)--Yo me encargo de que así suceda.
--¡Oh! ¡No lo haréis! (exclamó el fraile.)--¡Haríais muy mal, señor Rubens!--Llevaos[30-5] el cuadro si queréis; pero dejad tranquilo al que descansa.--¡Os hablo en nombre de Dios!-- (p31) ¡Sí! Yo he conocido, yo he amado, yo he consolado, yo he redimido, yo he salvado de entre las olas de las pasiones y las desdichas, náufrago y agonizante, a ese grande hombre, como vos decis, a ese infortunado y ciego mortal, como yo le llamo; 05 olvidado[31-1] ayer de Dios y de sí mismo, hoy cercano a la suprema felicidad!...--¡La gloria!...--¿Conocéis alguna mayor que aquélla a que él aspira? ¿Con qué derecho queréis resucitar en su alma los fuegos fatuos de las vanidades de la tierra, cuando arde en su corazón la pira inextinguible de la caridad? 10 --¿Creéis que ese hombre, antes de dejar el mundo, antes de renunciar a las riquezas, a la fama, al poder, a la juventud, al amor, a todo lo que desvanece a las criaturas, no habrá sostenido ruda batalla con su corazón? ¿No adivináis los desengaños y amarguras que lo llevarían[31-2] al conocimiento de la mentira de 15 las cosas humanas?--Y ¿queréis volverlo a la pelea cuando ya ha triunfado?
--Pero ¡eso es renunciar a la inmortalidad!--gritó Rubens.
--¡Eso es aspirar a ella!
--Y ¿con qué derecho os interponéis vos entre ese hombre 20 y el mundo?--¡Dejad que le hable, y él decidirá!
--Lo hago con el derecho de un hermano mayor, de un maestro, de un padre; que todo esto soy para él.... ¡Lo hago en el nombre de Dios, os vuelvo a decir!--Respetadlo..., para bien de vuestra alma.
25 Y, así diciendo, el religioso cubrió su cabeza con la capucha y se alejó a lo largo del templo.[31-3]
--Vámonos[31-4] (dijo Rubens.) Yo sé lo que me toca hacer.
--¡Maestro! (exclamó uno de los discípulos, que durante la 30 anterior conversación había estado mirando alternativamente al lienzo y al religioso.) ¿No creéis, como yo, que ese viejo frailuco se parece muchísimo al joven que se muere en este cuadro?
--¡Calla![31-5] ¡Pues es verdad!--exclamaron todos.
--Restad las arrugas y las barbas, y sumad los treinta años que manifiesta la pintura, y resultará que el maestro tenía (p32) razón cuando decía que ese religioso muerto era a un mismo tiempo retrato y obra de un religioso vivo.--Ahora bien: ¡Dios me confunda si ese religioso vivo no es el Padre Prior!
Entretanto Rubens, sombrío, avergonzado y enternecido profundamente, 05 veía alejarse al anciano, el cual lo saludó cruzando los brazos sobre el pecho poco antes de desaparecer.
--¡_Él era_..., sí!... (balbuceó el artista.)--¡Oh!... Vamonos.... (añadió volviéndose a sus discípulos.) ¡Ese hombre tenía razón! ¡Su gloria vale más que la mía!--¡Dejémoslo 10 morir en paz!
Y dirigiendo una última mirada al lienzo que tanto le había sorprendido, salió del templo y se dirigió a Palacio,[32-1] donde lo honraban SS. MM. teniéndole a la mesa.[32-2]
Tres días después volvió Rubens, enteramente solo, a aquella 15 humilde capilla, deseoso de contemplar de nuevo la maravillosa pintura, y aun de hablar otra vez con su presunto autor.
Pero el cuadro no estaba ya en su sitio.
En cambio se encontró con que[32-3] en la nave principal del templo había un ataúd en el suelo, rodeado de toda la comunidad, 20 que salmodiaba el Oficio de difuntos....
Acercóse a mirar el rostro del muerto, y vió que era el Padre Prior.--¡Gran pintor fué!... (dijo Rubens, luego que la sorpresa y el dolor hubieron cedido lugar a otros sentimientos.)--¡Ahora 25 es cuando más se parece a su obra!
Madrid, 1858.
EL AFRANCESADO (p33)
I
En la pequeña villa del _Padrón_, sita en territorio gallego,[33-1] y allá por el año[33-2] del 1808, vendía sapos y culebras y agua llovediza,[33-3] a fuer de legítimo boticario, un tal GARCÍA[33-4] DE PAREDES, misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso, 05 [33-5] de aquel varón[33-6] ilustre que mataba un toro de una [puñada.]
Era una fría y triste noche de otoño. El cielo estaba encapotado por densas nubes, y la total carencia de alumbrado terrestre dejaba a las tinieblas campar por su respeto[33-7] en todas las calles y plazas de la población.
10 A eso de las diez de aquella pavorosa noche, que las lúgubres circunstancias de la patria hacían mucho más siniestra, desembocó en la plaza que hoy se llamará[33-8] _de la Constitución_ un silencioso grupo de sombras, aun más negras que la obscuridad de cielo y tierra, las cuales avanzaron hacia la botica de García de 15 Paredes, cerrada completamente desde _las Ánimas_,[33-9] o sea desde las ocho y media en punto.
--¿Qué hacemos?[33-10]--dijo una de las sombras en correctísimo gallego.
--Nadie nos ha visto....--observó otra.
20 --¡Derribar la puerta!--propuso una mujer.
--¡Y matarlos!--murmuraron hasta quince voces.
--¡Yo me encargo del boticario!--exclamó un chico.
--¡De ése nos encargamos todos!
--¡Por judío![33-11]
25 --¡Por _afrancesado_!
--Dicen que hoy cenan con él más de veinte franceses....
--¡Ya lo creo! ¡Como saben que ahí están seguros, han acudido en montón! (p34) --¡Ah! Si fuera en mi casa! ¡Tres alojados llevo echados[34-1] al pozo!
--¡Mi mujer degolló ayer a uno!...
--¡Y yo... (dijo un fraile con voz de figle) he asfixiado a 05 dos capitanes, dejando carbón encendido en _su celda_, que antes era mía![34-2]
--¡Y ese infame boticario los protege!
--¡Qué expresivo estuvo ayer en paseo con esos viles excomulgados!
10 --¡Quién lo había de esperar[34-3] de García de Paredes! ¡No hace un mes que era el más valiente, el más patriota, el más realista del pueblo!
--¡Toma! ¡Como que[34-4] vendía en la botica retratos del príncipe Fernando![34-5]
15 --¡Y ahora los vende de Napoleón!
--Antes nos excitaba a la defensa contra los invasores....
--Y desde que vinieron al Padrón se pasó a ellos....
--¡Y esta noche da de cenar a todos los jefes!
--¡Oíd qué algazara traen![34-6] ¡Pues no gritan _¡viva el 20 Emperador!_
--Paciencia.... (murmuró el fraile.) Todavía es muy temprano.
--Dejémosles emborracharse.... (expuso una vieja.) Después entramos[34-7]... ¡y ni uno ha de quedar vivo!
25 --¡Pido que se haga cuartos[34-8] al boticario!
--¡Se le hará ochavos,[34-9] si queréis! Un _afrancesado_ es más odioso que un francés. El francés atropella a un pueblo extraño: el afrancesado vende y deshonra a su patria. El francés comete un asesinato: el afrancesado ¡un parricidio!
II
30 Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica, _García de Paredes_ y sus convidados corrían la francachela[34-10] más alegre y desaforada que os podáis figurar. (p35) Veinte eran, en efecto, los franceses que el boticario tenía a la mesa, todos ellos jefes y oficiales.
_García de Paredes_ contaría[35-1] cuarenta y cinco años; era alto y seco y más amarillo que una momia; dijérase[35-2] que su 05 piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegábale la frente a la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas entre montañas, que sólo ofrecen obscuridad, vértigos y muerte 10 al que las mira; lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente alguna vez,[35-3] pero sin alterarse; que devoran todo lo que cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo busca la imaginación en los mares antípodas.
15 La cena era abundante, el vino bueno, la conversación alegre y animada.
Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban, comían y bebían a un mismo tiempo.
Quién[35-4] había contado los amores secretos de Napoleón; 20 quién la noche del 2 de Mayo[35-5] en Madrid; cuál[35-6] la batalla de las Pirámides;[35-7] cuál otro la ejecución de Luis XVI.[35-8]
_García de Paredes_ bebía, reía y charlaba como los demás, o quizás más que ninguno;[35-9] y tan elocuente había estado en favor de la causa imperial, que los soldados del César[35-10] lo habían 25 abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.
--¡Señores! (había dicho el boticario): la guerra que os hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros, hijos de la Revolución, venís a sacar a España[35-11] de su tradicional abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas 30 religiosas, a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas utilísimas e inconcusas «verdades de que no hay Dios, de que no hay otra vida, de que la penitencia, el ayuno, la castidad y demás virtudes católicas son quijotescas[35-12] locuras, impropias de un pueblo civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el(p36) redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana....» ¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!
--¡Bravo, vítor!--exclamaron los hombres del 2 de Mayo.
El boticario inclinó la frente con indecible angustia.
05 Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.
Bebióse un vaso de vino, y continuó:
--Un abuelo mío, un _García de Paredes_, un bárbaro, un Sansón,[36-1] un Hércules, un Milón de Crotona,[36-2] mató doscientos franceses en un día.... Creo que fué en Italia. ¡Ya veis que 10 no era tan _afrancesado_ como yo! ¡Adiestróse en las lides contra los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo Rey Católico,[36-3] y montó más de una vez la guardia en el Quirinal,[36-4] siendo Papa _nuestro tío_ Alejandro Borja! [36-5] ¡Eh, eh! ¡No me hacíais tan linajudo!--Pues este DIEGO GARCÍA DE 15 PAREDES, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia; entró por asalto en Cerinola, y peleó como bueno[36-6] en la batalla de Pavía![36-7] ¡Allí _hicimos_ prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó 20 hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra cabeza, y a quien llaman Murat![36-8]
Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron querer contestarle; pero él, levantándose, e imponiendo a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un 25 vaso, y exclamó con voz atronadora:
--¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos infiernos!--¡Vivan los franceses de Francisco I[36-9] y de Napoleón Bonaparte!
30 --¡Vivan!...--respondieron los invasores, dándose por satisfechos.
Y todos apuraron su vaso.
Oyóse en esto[36-10] rumor en la calle, o, mejor dicho, a la puerta de la botica. (p37) --¿Habéis oído?--preguntaron los franceses.
_García de Paredes_ se sonrió.
--¡Vendrán[37-1] a matarme!--dijo.
--¿Quién?
05 --Los vecinos[37-2] del Padrón.
--¿Por qué?
--¡Por _afrancesado_!--Hace algunas noches que rondan mi casa....--Pero ¿qué nos importa?--Continuemos nuestra fiesta.
10 --Sí... ¡continuemos! exclamaron los convidados. ¡Estamos aquí para defenderos!
Y chocando ya botellas contra botellas, que no[37-3] vasos contra vasos.
--¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando![37-4] ¡Muera Galicia![37-5] 15 --gritaron a una voz.
_García de Paredes_ esperó a que[37-6] se acallase el brindis, y murmuró con acento lúgubre:
--¡Celedonio!
El mancebo[37-7] de la botica asomó por una puertecilla su cabeza 20 pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.
--Celedonio, trae papel y tintero--dijo tranquilamente el boticario.
El mancebo volvió con recado de escribir.[37-8]
--¡Siéntate! (continuó su amo.)--Ahora, escribe las cantidades 25 que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas. Encima de la columna de la derecha, pon: _Deuda_,[37-9] y encima de la otra: _Crédito_.
--Señor... (balbuceó el mancebo.)--En la puerta hay una especie de motín.... Gritan _¡muera el boticario!_... 30 Y ¡quieren entrar!
--¡Cállate y déjalos!--Escribe lo que te he dicho.
Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la ruina. (p38) Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades que anotar.
--¡Vamos a ver, señores! (dijo entonces _García de Paredes_, dirigiéndose a sus comensales.)--Se trata de resumir nuestra 05 fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación.
--Vos,[38-1] Capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado[38-2] desde que pasasteis los Pirineos?[38-3]
--¡Bravo! ¡Magnífica idea!--exclamaron los franceses.
--Yo.... (dijo el interrogado, trepándose en la silla y 10 retorciéndose el bigote con petulancia.) Yo... habré matado... personalmente... con mi espada... ¡poned unos diez o doce!
--¡Once a la derecha![38-4]--gritó el boticario, dirigiéndose al mancebo.
15 El mancebo repitió, después de escribir:
--_Deuda_... once.
--¡Corriente! (prosiguió el anfitrión.)--¿Y vos?...--Con vos hablo, señor Julio....
--Yo... seis.
20 --¿Y vos, mi Comandante?
--Yo... veinte.
--Yo... ocho.
--Yo catorce.
--Yo... ninguno.
25 --¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas....--respondía cada cual, según le llegaba su turno.
Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.
--¡Veamos ahora, Capitán! (continuó _García de Paredes_.)--Volvamos a empezar[38-5] por vos. ¿Cuántos españoles esperáis 30 matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía... tres años?
--¡Eh!... (respondió el Capitán.)--¿Quién calcula[38-6] eso?
--Calculadlo...; os lo suplico....
--Poned otros once. (p39) --Once a la izquierda....--dictó _García de Paredes_.
Y Celedonio repitió:
--_Crédito_, once.
--¿Y vos?--interrogó el farmacéutico por el mismo orden[39-1] 05 seguido anteriormente.
--Yo... quince.
--Yo... veinte.
--Yo... ciento.
--Yo... mil--respondían los franceses.
10 --¡Ponlos todos a _diez_, Celedonio!... (murmuró irónicamente el boticario.)--Ahora, suma por separado[39-2] las dos columnas.
El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores de muerte, vióse obligado a hacer el resumen con los dedos, 15 como las viejas. Tal era su terror.
Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose a su amo:
--_Deuda_..., 285.--_Crédito_..., 200.
--Es decir... (añadió _García de Paredes_), ¡doscientos 20 ochenta y cinco _muertos_, y doscientos _sentenciados_! ¡Total, cuatrocientas ochenta y cinco _víctimas_!!!
Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral, que los franceses se miraron alarmados.
En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.
25 --¡Somos unos héroes!--exclamó al terminarla.--Nos hemos bebido[39-3] setenta botellas, o sean[39-4] ciento cinco libras y media de vino, que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por cabeza.--¡Repito que somos unos héroes!
30 Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el mancebo balbuceó tambaleándose:
--¡Ya entran!...
--¿Qué hora es?--preguntó el boticario con suma tranquilidad. (p40) --Las once. Pero ¿no oye usted que entran?
--¡Déjalos! _Ya es hora_.[40-1]
--¡Hora!... ¿de qué?--murmuraron los franceses, procurando levantarse.
05 Pero estaban tan _ebrios_, que no podían moverse de sus sillas.
--¡Que entren![40-2] ¡Que entren!... (exclamaban, sin embargo, con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad y sin conseguir ponerse de pie.) ¡Que entren esos canallas! ¡Nosotros los recibiremos!
10 En esto,[40-3] sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los botes y redomas que los vecinos[40-4] del Padrón hacían pedazos, y oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:
--¡Muera el _afrancesado_!
III
Levantóse _García de Paredes_, como impulsado por un resorte, 15 al oír semejante clamor dentro de su casa, y apoyóse en la mesa para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso, con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció 20 las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas del toque de agonía:[40-5]
--¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos, hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos 25 más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes, y librar de la muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos, aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos 30 campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni[40-6] un momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto (p41) en abrazaros, como Sansón,[41-1] a la columna del templo, y morir, a precio de matar a los enemigos de Dios?
--¿Qué dice?--se preguntaron los franceses.
--Señor..., ¡los asesinos están en la antesala!--exclamó 05 Celedonio.
--¡Que entren!... (gritó _García de Paredes_.)--Ábreles la puerta de la sala.... ¿Qué vengan todos... a ver cómo muere el descendiente de un soldado de Pavía![41-2]
Los franceses, aterrados, estúpidos, clavados en sus sillas por 10 insoportable letargo, creyendo que la muerte de que hablaba el español iba a entrar en aquel aposento en pos de los amotinados, hacían penosos esfuerzos por levantar los sables, que yacían sobre la mesa; pero ni siquiera conseguían que sus flojos dedos asiesen las empuñaduras: parecía que los hierros[41-3] estaban 15 adheridos[41-4] a la tabla por insuperable fuerza de atracción.
En esto inundaron la estancia más de cincuenta hombres y mujeres, armados con palos, puñales y pistolas, dando tremendos alaridos y lanzando fuego por los ojos.
--¡Mueran todos!--exclamaron algunas mujeres, lanzándose 20 las primeras.
--¡Deteneos!--gritó _García de Paredes_ con tal voz, con tal actitud, con tal fisonomía, que, unido este grito a la inmovilidad y silencio de los veinte franceses, impuso frío terror a la muchedumbre, la cual no se esperaba[41-5] aquel tranquilo y 25 lúgubre recibimiento.
--No tenéis para qué[41-6] blandir los puñales.... (continuó el boticario con voz desfallecida.)--He hecho más que todos vosotros por la independencia de la Patria.... ¡Me he fingido _afrancesado_!... Y ¡ya veis!... los veinte Jefes y Oficiales 30 invasores... ¡los veinte!--no los toquéis[41-7]...--¡están envenenados!...
Un grito simultáneo de terror y admiración salió del pecho de los españoles. Dieron éstos un paso más hacia los convidados, y hallaron que la mayor parte estaban ya muertos, con la (p42) cabeza caída hacia adelante, los brazos extendidos sobre la mesa, y la mano crispada en la empuñadura de los sables. Los demás agonizaban silenciosamente.
--¡Viva _García de Paredes_!--exclamaron entonces los españoles, 05 rodeando al héroe moribundo.
--Celedonio.... (murmuró el farmacéutico.)--El _opio_ se ha concluido.... Manda por opio a la Coruña[42-1]....
Y cayó de rodillas.
Sólo entonces comprendieron los vecinos del Padrón que el 10 boticario estaba también envenenado.