El Estudiante de Salamanca and Other Selections
Chapter 7
D. DIEGO Os estoy mirando y dudo Si habré de manchar mi espada Con esa sangre malvada, O echaros al cuello un nudo [620] Con mis manos, y con mengua, En vez de desafïaros, El corazón arrancaros Y patearos la lengua; Que un alma, una vida, es [625] Satisfacción muy ligera, Y os diera mil si pudiera Y os las quitara después. Jugo a mi labio han de dar Abiertas todas tus venas, [630] Que toda tu sangre apenas Basta mi sed a calmar. ¡Villano!
(_Tira de la espada; todos los jugadores se interponen_.)
TODOS Fuera de aquí A armar quimera.
D. FÉLIX _(con calma levantándose)_ Tened, Don Diego, la espada, y ved [635] Que estoy yo muy sobre mí, Y que me contengo mucho, No sé por qué, pues tan frío En mi colérico brío Vuestras injurias escucho. [640]
D. DIEGO _(con furor reconcentrado y con la espada desnuda)_ Salid de aquí; que a fe mía, Que estoy resuelto a mataros, Y no alcanzara a libraros La misma Virgen María. Y es tan cierta mi intención, [645] Tan resuelta está mi alma, Que hasta mi cólera calma Mi firme resolución. Venid conmigo.
D. FÉLIX Allá voy; Pero si os mato, Don Diego, [650] Que no me venga otro luego A pedirme cuenta. Soy Con vos al punto. Esperad Cuente el dinero ... _uno_ ... _dos_.... _(A Don Diego)_ Son mis ganancias; por vos [655] Pierdo aquí una cantidad Considerable de oro Que iba a ganar ... ¿y por qué? _Diez_ ... _quince_ ... por no sé qué Cuento de amor ... ¡un tesoro [660] Perdido! ... voy al momento. Es un puro disparate Empeñarse en que yo os mate: Lo digo como lo siento.
D. DIEGO Remiso andáis y cobarde [665] Y hablador en demasía.
D. FÉLIX Don Diego, más sangre fría. Para reñir nunca es tarde. Y si aun fuera otro el asunto, Yo os perdonara la prisa. [670] Pidierais vos una misa Por la difunta, y al punto....
D. DIEGO ¡Mal caballero!...
D. FÉLIX Don Diego, Mi delito no es gran cosa. Era vuestra hermana hermosa; [675] La vi, me amó, creció el juego, Se murió, no es culpa mía; Y admiro vuestro candor, Que no se mueren de amor Las mujeres hoy en día. [680]
D. DIEGO ¿Estáis pronto?
D. FÉLIX Están contados. Vamos andando.
D. DIEGO _(con voz solemne)_ ¿Os reís? Pensad que a morir venís.
D. FÉLIX _(sale tras de él, embolsándose el dinero con indiferencia)_ Son mil trescientos ducados.
ESCENA IV
LOS JUGADORES
JUGADOR PRIMERO Este Don Diego Pastrana [685] Es un hombre decidido. Desde Flandes ha venido Sólo a vengar a su hermana.
JUGADOR SEGUNDO ¡Pues no ha hecho mal disparate! Me da el corazón su muerte. [690]
JUGADOR TERCERO ¿Quién sabe? acaso la suerte....
JUGADOR CUARTO Me alegraré que lo mate.
PARTE CUARTA
Salió, en fin, de aquel estado, para caer en el dolor más sombrío, en la más desalentada desesperación y en la mayor amargura y desconsuelo que pueden apoderarse de este pobre corazón humano, que tan positivamente choca y se quebranta con los males, como con vaguedad aspira en algunos momentos, casi siempre sin conseguirlo, a tocar los bienes ligeramente y de pasada.--"La protección de un sastre," novela original por D. MIGUEL DE LOS SANTOS ÁLVAREZ
SPIRITUS QUIDEM PROMPTUS EST; CARO VERO INFIRMA.--S. MARCOS, "Evangelio"
Vedle, Don Félix es, espada en mano, Sereno el rostro, firme el corazón; También de Elvira el vengativo hermano [695] Sin piedad a sus pies muerto cayó.
Y con tranquila audacia se adelanta Por la calle fatal del Ataúd; Y ni medrosa aparición le espanta, Ni le turba la imagen de Jesús. [700]
La moribunda lámpara que ardía Trémula lanza su postrer fulgor, Y, en honda oscuridad, noche sombría La misteriosa calle encapotó.
Mueve los pies el Montemar osado [705] En las tinieblas con incierto giro, Cuando, ya un trecho de la calle andado, Súbito junto a él oye un suspiro.
Resbalar por su faz sintió el aliento, Y a su pesar sus nervios se crisparon; [710] Mas, pasado el primero movimiento, A su primera rigidez tornaron.
«¿Quién va?» pregunta con la voz serena. Que ni finge valor, ni muestra miedo, El alma de invencible vigor llena, [715] Fïado en su tajante de Toledo.
Palpa en torno de sí, y el impio jura, Y a mover vuelve la atrevida planta, Cuando hacia él fatídica figura Envuelta en blancas ropas se adelanta. [720]
Flotante y vaga, las espesas nieblas Ya disipa, y se anima, y va creciendo Con apagada luz, ya en las tinieblas Su argentino blancor va apareciendo.
Ya leve punto de luciente plata, [725] Astro de clara lumbre sin mancilla, El horizonte lóbrego dilata Y allá en la sombra en lontananza brilla.
Los ojos, Montemar, fijos en ella, Con más asombro que temor la mira; [730] Tal vez la juzga vagorosa estrella Que en el espacio de los cielos gira;
Tal vez engaño de sus propios ojos, Forma falaz que en su ilusión creó, O del vino ridículos antojos [735] Que al fin su juicio a alborotar subió.
Mas el vapor del néctar jerezano Nunca su mente a trastornar bastara, Que ya mil veces embriagarse en vano En frenéticas orgias intentara. [740]
«Dios presume asustarme; ¡ojalá fuera», Dijo entre sí riendo, «el diablo mismo! Que entonces ¡víve Dios! quién soy supiera El cornudo monarca del abismo.»
Al pronunciar tan insolente ultraje [745] La lámpara del Cristo se encendió, Y una mujer, velada en blanco traje, Ante la imagen de rodillas vió.
«Bienvenida la luz,» dijo el impío, «Gracias a Dios o al diablo;» y, con osada, [750] Firme intención y temerario brío, El paso vuelve a la mujer tapada.
Mientras él anda, al parecer se alejan La luz, la imagen, la devota dama; Mas si él se pára, de moverse dejan; [755] Y lágrima tras lágrima derrama
De sus ojos inmóviles la imagen. Mas sin que el miedo ni el dolor que inspira Su planta audaz, ni su impiedad atajen, Rostro a rostro a Jesús Montemar mira. [760]
--La calle parece se mueve y camina, Faltarle la tierra sintió bajo el pie; Sus ojos la muerta mirada fascina Del Cristo, que intensa clavada está en él.
Y en medio el delirio que embarga su mente, [765] Y achaca él al vino que al fin le embriagó, La lámpara alcanza con mano insolente Del ara do alumbra la imagen de Dios;
Y al rostro la acerca, que el cándido lino Encubre, con ánimo asaz descortés; [770] Mas la luz apaga viento repentino, Y la blanca dama se puso de pie.
Empero un momento creyó que veía Un rostro que vagos recuerdos quizá Y alegres memorias confusas traía [775] De tiempos mejores que pasaron ya,
Un rostro de un ángel que vió en un ensueño, Como un sentimiento que el alma halagó, Que anubla la frente con rígido ceño, Sin que lo comprenda jamás la razón. [780]
Su forma gallarda dibuja en las sombras El blanco ropaje que ondeante se ve, Y cual si pisara mullidas alfombras, Deslízase leve sin ruido su pie.
Tal vimos al rayo de la luna llena [785] Fugitiva vela de lejos cruzar, Que ya la hinche en popa la brisa serena, Que ya la confunde la espuma del mar.
También la esperanza blanca y vaporosa Así ante nosotros pasa en ilusión, [790] Y el alma conmueve con ansia medrosa Mientras la rechaza la adusta razón.
D. FÉLIX «¡Qué! ¿sin respuesta me deja? ¿No admitís mi compañía? ¿Será quizá alguna vieja [795] Devota?... ¡Chasco sería!
En vano, dueña, es callar, Ni hacerme señas que no; He resuelto que sí yo, Y os tengo de acompañar. [800]
Y he de saber dónde vais Y si sois hermosa o fea, Quién sois y cómo os llamáis, Y aun cuando imposible sea,
Y fuerais vos Satanás [805] Con sus llamas y sus cuernos, Hasta en los mismos infiernos, Vos delante y yo detrás,
Hemos de entrar; ¡vive Dios! Y aunque lo estorbara el cielo, [810] Que yo he de cumplir mi anhelo Aun a despecho de vos;
Y perdonadme, señora, Si hay en mi empeño osadía, Mas fuera descortesía [815] Dejaros sola a esta hora;
Y me va en ello mi fama, Que juro a Dios no quisiera Que por temor se creyera Que no he seguido a una dama.» [820]
Del hondo del pecho profundo gemido, Crujido del vaso que estalla al dolor, Que apenas medroso lastima el oído, Pero que punzante rasga el corazón,
Gemido de amargo recuerdo pasado, [825] De pena presente, de incierto pesar, Mortífero aliento, veneno exhalado Del que encubre el alma ponzoñoso mar,
Gemido de muerte lanzó, y silenciosa La blanca figura su pie resbaló, [830] Cual mueve sus alas sílfide amorosa Que apenas las aguas del lago rizó.
¡Ay! el que vió acaso perdida en un día La dicha que eterna creyó el corazón, Y en noche de nieblas y en honda agonía [835] En un mar sin playas muriendo quedó!...
Y solo y llevando consigo en su pecho, Compañero eterno su dolor crüel, El mágico encanto del alma deshecho, Su pena, su amigo y su amante más fiel; [840]
¡Miró sus suspiros llevarlos el viento, Sus lágrimas tristes perderse en el mar, Sin nadie que acuda ni entienda su acento, Insensible el cielo y el mundo a su mal!
Y ha visto la luna brillar en el cielo [845] Serena y en calma mientras él lloró, Y ha visto los hombres pasar en el suelo Y nadie a sus quejas los ojos volvió!
Y él mismo, la befa del mundo temblando, Su pena en su pecho profunda escondió, [850] Y dentro en su alma su llanto tragando Con falsa sonrisa su labio vistió!!...
¡Ay! quien ha contado las horas que fueron, Horas otro tiempo que abrevió el placer, Y hoy solo y llorando piensa como huyeron [855] Con ellas por siempre las dichas de ayer;
Y aquellos placeres, que el triste ha perdido, No huyeron del mundo, que en el mundo están; Y él vive en el mundo do siempre ha vivido, Y aquellos placeres para él no son ya! [860]
¡Ay del que descubre por fin la mentira! ¡Ay del que la triste realidad palpó! Del que el esqueleto de este mundo mira, Y sus falsas galas loco le arrancó!...
¡Ay de aquel que vive sólo en lo pasado! [865] ¡Ay del que su alma nutre en su pesar! Las horas que huyeron llamará angustiado, Las horas que huyeron jamás tornarán!...
Quien haya sufrido tan bárbaro duelo, Quien noches enteras contó sin dormir [870] En lecho de espinas, maldiciendo al cielo, Horas sempiternas de ansiedad sin fin....
Quien haya sentido quererse del pecho Saltar a pedazos roto el corazón, Crecer su delirio, crecer su despecho, [875] Al cuello cien nudos echarle el dolor,
Ponzoñoso lago de punzante hielo, Sus lágrimas tristes que cuajó el pesar, Reventando ahogarle, sin hallar consuelo, Ni esperanza nunca, ni tregua en su afán. [880]
Aquél, de la blanca fantasma el gemido, Única respuesta que a Don Félix dió, Hubiera, y su inmenso dolor, comprendido, Hubiera pesado su inmenso valor.
D. FÉLIX «Si buscáis algún ingrato, [885] Yo me ofrezco agradecido; Pero o miente ese recato, O vos sufrís el mal trato De algún celoso marido.
¿Acerté? ¡Necia manía! [890] Es para volverme loco, Si insistís en tal porfía; Con los mudos, reina mía, Yo hago mucho y hablo poco.»
Segunda vez importunada en tanto, [895] Una voz de süave melodía El estudiante oyó que parecía Eco lejano de armonioso canto,
De amante pecho lánguido latido, Sentimiento inefable de ternura, [900] Suspiro fiel de amor correspondido, El primer sí de la mujer aun pura.
«Para mí los amores acabaron; Todo en el mundo para mí acabó; Los lazos que a la tierra me ligaron [905] El cielo para siempre desató,»
Dijo su acento misterioso y tierno, Que de otros mundos la ilusión traía, Eco de los que ya reposo eterno Gozan en paz bajo la tumba fría. [910]
Montemar, atento sólo a su aventura, Que es bella la dama y aun fácil juzgó, Y la hora, la calle y la noche oscura Nuevos incentivos a su pecho son.
«--Hay riesgo en seguirme.--Mirad ¡qué reparo! [915] --Quizá luego os pese.--Puede que por vos. --Ofendéis al cielo.--Del diablo me amparo. --Idos, caballero, no tentéis a Dios.
--Siento me enamora más vuestro despego, Y si Dios se enoja, pardiez que hará mal; [920] Veame en vuestros brazos y máteme luego. --¡Vuestra última hora quizá ésta será!...
Dejad ya, Don Félix, delirios mundanos. --¡Hola, me conoce!--¡Ay! ¡temblad por vos! ¡Temblad no se truequen deleites livianos [925] En penas eternas!--Basta de sermón,
Que yo para oírlos la cuaresma espero; Y hablemos de amores, que es más dulce hablar; Dejad ese tono solemne y severo, Que os juro, señora, que os sienta muy mal. [930]
La vida es la vida: cuando ella se acaba, Acaba con ella también el placer. ¿De inciertos pesares por qué hacerla esclava? Para mí no hay nunca mañana ni ayer.
Si mañana muero, que sea en mal hora [935] O en buena, cual dicen, ¿qué me importa a mí? Goce yo el presente, disfrute yo ahora, Y el diablo me lleve siquiera al morir.
--¡Cúmplase en fin tu voluntad, Dios mío!--» La figura fatídica exclamó; [940] Y en tanto al pecho redoblar su brío Siente Don Félix y camina en pos.
Cruzan tristes calles, Plazas solitarias, Arruinados muros, [945] Donde sus plegarias Y falsos conjuros, En la misteriosa Noche borrascosa, Maldecida bruja [950]
Con ronca voz canta, Y de los sepulcros Los muertos levanta, Y suenan los ecos De sus pasos huecos [955] En la soledad; Mientras en silencio Yace la ciudad, Y en lúgubre són Arrulla su sueño [960] Bramando Aquilón.
Y una calle y otra cruzan, Y más allá y más allá; Ni tiene término el viaje, Ni nunca dejan de andar. [965] Y atraviesan, pasan, vuelven, Cien calles quedando atrás, Y paso tras paso siguen, Y siempre adelante van; Y a confundirse ya empieza [970] Y a perderse Montemar, Que ni sabe a dó camina, Ni acierta ya dónde está; Y otras calles, otras plazas Recorre, y otra ciudad, [975] Y ve fantásticas torres De su eterno pedestal Arrancarse, y sus macizas, Negras masas caminar, Apoyándose en sus ángulos, [980] Que en la tierra en desigual, Perezoso tranco fijan; Y a su monótono andar, Las campanas sacudidas Misteriosos dobles dan, [985] Mientras en danzas grotescas, Y al estruendo funeral, En derredor cien espectros Danzan con torpe compás; Y las veletas sus frentes [990] Bajan ante él al pasar, Los espectros le saludan, Y en cien lenguas de metal, Oye su nombre en los ecos De las campanas sonar. [995] Mas luego cesa el estrépito, Y en silencio, en muda paz Todo queda, y desparece De súbito la ciudad: Palacios, templos, se cambian [1000] En campos de soledad, Y en un yermo y silencioso, Melancólico arenal, Sin luz, sin aire, sin cielo, Perdido en la inmensidad. [1005] Tal vez piensa que camina, Sin poder parar jamás, De extraño empuje llevado Con precipitado afán; Entretanto que su guía, [1010] Delante de él sin hablar, Sigue misteriosa, y sigue Con paso rápido, y ya Se remonta ante sus ojos En alas del huracán, [1015] Visión sublime, y su frente Ve fosfórica brillar Entre lívidos relámpagos En la densa oscuridad, Sierpes de luz, luminosos [1020] Engendros del vendaval; Y cuando duda si duerme, Si tal vez sueña o está Loco, si es tanto prodigio, Tanto delirio verdad, [1025] Otra vez en Salamanca Súbito vuélvese a hallar, Distingue los edificios, Reconoce en dónde está, Y en su delirante vértigo [1030] Al vino vuelve a culpar, Y jura, y siguen andando, Ella delante, él detrás.
«¡Vive Dios! dice entre sí, O Satanás se chancea, [1035] O no debo estar en mí, O el Málaga que bebí En mi cabeza aun humea.
«Sombras, fantasmas, visiones.... Dale con tocar a muerto, [1040] Y en revueltas confusiones, Danzando estos torreones Al compás de tal concierto.
«Y el juicio voy a perder Entre tantas maravillas. [1045] ¡Que estas torres llegue a ver, Como mulas de alquiler, Andando con campanillas!
«¿Y esta mujer quién será? Mas si es el diablo en persona, [1050] ¿A mí qué diantre me da? Y más que el traje en que va En esta ocasión le abona.
«Noble señora, imagino Que sois nueva en el lugar: [1055] Andar así es desatino; O habéis perdido el camino, O esto es andar por andar.
«Ha dado en no responder, Que es la más rara locura [1060] Que puede hallarse en mujer, Y en que yo la he de querer Por su paso de andadura.»
En tanto Don Félix a tientas seguía, Delante camina la blanca visión, [1065] Triplica su espanto la noche sombría, Sus hórridos gritos redobla Aquilón.
Rechinan girando las férreas veletas, Crujir de cadenas se escucha sonar, Las altas campanas, por el viento inquietas, [1070] Pausados sonidos en las torres dan.
Rüido de pasos de gente que viene A compás marchando con sordo rumor, Y de tiempo en tiempo su marcha detiene, Y rezar parece en confuso són, [1075]
Llegó de Don Félix luego a los oídos, Y luego cien luces a lo lejos vió, Y luego en hileras largas divididos, Vió que murmurando con lúgubre voz
Enlutados bultos andando venían; [1080] Y luego más cerca con asombro ve Que un féretro en medio y en hombros traían Y dos cuerpos muertos tendidos en él.
Las luces, la hora, la noche, profundo, Infernal arcano parece encubrir. [1085] Cuando en hondo sueño yace muerto el mundo, Cuando todo anuncia que habrá de morir
Al hombre que loco la recia tormenta Corrió de la vida, del viento a merced, Cuando una voz triste las horas le cuenta, [1090] Y en lodo sus pompas convertidas ve,
Forzoso es que tenga de diamante el alma Quien no sienta el pecho de horror palpitar, Quien como Don Félix, con serena calma, Ni en Dios ni en el diablo se ponga a pensar. [1095]
Así en tardos pasos, todos murmurando, El lúgubre entierro ya cerca llegó, Y la blanca dama, devota rezando, Entrambas rodillas en tierra dobló.