Doña Perfecta

Chapter 9

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--Hoy no se trabaja--gritó una volcando de un puntapié la cesta de la costura.

--Es lo mismo que decir, "mañana no se come"--añadió 91 la mayor, recogiendo los enseres.

Pepe Rey se echó instintivamente mano al bolsillo. De buena gana les hubiera dado una limosna. El espectáculo [5] de aquellas infelices huérfanas, condenadas por el mundo a causa de su frivolidad, le entristecía sobre manera. Si el único pecado de las Troyas, si el único desahogo con que compensaban su soledad, su pobreza y abandono, era tirar cortezas de naranja al transeunte, bien se las podía disculpar. [10] Quizás las austeras costumbres del poblachón en que vivían las había preservado del vicio; pero las desgraciadas carecían de compostura y comedimiento, fórmula común y más visible del pudor, y bien podía suponerse que habían echado por la ventana algo más que cáscaras. Pepe Rey sentía [15] hacia ellas una lástima profunda. Observó sus miserables vestidos, compuestos, arreglados y remendados de mil modos para que pareciesen nuevos, observó sus zapatos rotos... y otra vez se llevó la mano al bolsillo.

--Podrá el vicio reinar aquí--dijo para sí;--pero las [20] fisonomías, los muebles, todo me indica que estos son los infelices restos de una familia honrada. Si estas pobres muchachas fueran tan malas como dicen, no vivirían tan pobremente ni trabajarían. ¡En Orbajosa hay hombres ricos!

[25] Las tres niñas se le acercaban sucesivamente. Iban de él al balcón, del balcón a él, sosteniendo conversación picante y ligera, que indicaba, fuerza es decirlo, una especie de inocencia en medio de tanta frivolidad y despreocupación.

[30] --Sr. D. José, ¡qué excelente señora es doña Perfecta!

--Es la única persona de Orbajosa que no tiene apodo, la única persona de que no se habla mal en Orbajosa.

--Todos la respetan.

--Todos la adoran.

A estas frases el joven respondía con alabanzas de su 92 tía; pero se le pasaban ganas de sacar dinero del bolsillo y decir: "María Juana, tome usted para unas botas. Pepa, tome usted para que se compre un vestido. Florentina, [5] tome usted para que coman una semana...." Estuvo a punto de hacerlo como lo pensaba. En un momento en que las tres corrieron al balcón para ver quién pasaba, don Juan Tafetán se acercó a él y en voz baja le dijo:

--¡Qué monas son! ¿No es verdad?... ¡Pobres [10] criaturas! Parece mentira que sean tan alegres, cuando... bien puede asegurarse que hoy no han comido.

--Don Juan, D. Juan--gritó Pepilla.--Por ahí viene su amigo de usted Nicolasito Hernández, o sea _Cirio Pascual_, con su sombrero de tres pisos. Viene rezando en voz baja, [15] sin duda por las almas de los que ha mandado al hoyo con sus usuras.

--¿A que no le dicen ustedes el remoquete?

--¡A que sí!

--Juana, cierra las celosías. Dejémosle que pase, y [20] cuando vaya por la esquina, yo gritaré: _¡Cirio, Cirio Pascual_!...

Don Juan Tafetán corrió al balcón.

--Venga usted, D. José, para que conozca este tipo.

Pepe Rey aprovechó el momento en que las tres muchachas [25] y D. Juan se regocijaban en el balcón, llamando a Nicolasito Hernández con el apodo que tanto le hacía rabiar, y acercándose con toda cautela a uno de los costureros que en la sala había, colocó dentro de él media onza que le quedaba del juego.

[30] Después corrió al balcón, a punto que las dos más pequeñas gritaban entre locas risas: _¡Cirio Pascual, Cirio Pascual!_

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XIII

=Un casus belli=

Después de esta travesura, las tres entablaron con los dos caballeros una conversación tirada sobre asuntos y personas de la ciudad. El ingeniero, recelando que su fechoría se descubriese, estando él presente, quiso marcharse, lo cual [5] disgustó mucho a las Troyas; una de éstas que había salido fuera de la sala, regresó diciendo:

--Ya está Suspiritos en campaña colgando la ropa.

--Don José querrá verla--indicó otra.

--Es una señora muy guapa. Y ahora se peina a estilo [10] de Madrid. Vengan ustedes.

Lleváronles al comedor de la casa (pieza de rarísimo uso), del cual se salía a un terrado, donde había algunos tiestos de flores y no pocos trastos abandonados y hechos pedazos. Desde allí veíase el hondo patio de una casa colindante, [15] con una galería llena de verdes enredaderas y hermosas macetas esmeradamente cuidadas. Todo indicaba allí una vivienda de gente modesta, pulcra y hacendosa.

Las de Troya, acercándose al bordo de la azotea, miraron atentamente a la casa vecina, e imponiendo silencio a los [20] galanes, se retiraron luego a aquella parte del terrado, desde donde nada se veía ni había peligro de ser visto.

--Ahora sale de la despensa con un cazuelo de garbanzos--dijo María Juana, estirando el cuello para ver un poco.

[25] --¡Zás!--exclamó otra, arrojando una piedrecilla.

Oyóse el ruido del proyectil al chocar contra los cristales de la galería, y luego una colérica voz que gritaba:

--Ya nos han roto otro cristal ésas....

Ocultas las tres en el rincón del terrado, junto a los dos [30] caballeros, sofocaban la risa.

--La señora Suspiritos está muy incomodada--dijo 94 Rey.--¿Por qué la llaman así?

--Porque siempre que habla suspira entre palabra y palabra, y aunque de nada carece siempre se está [5] lamentando.

Hubo un momento de silencio en la casa de abajo. Pepita Troya atisbó con cautela.

--Allá viene otra vez--murmuró en voz baja, imponiendo silencio.--María, dame una china. A ver... ¡zás!... [10] allá va.

--No la has acertado. Dió en el suelo.

--A ver si yo puedo... Esperaremos a que salga otra vez de la despensa.

--Ya, ya sale. En guardia, Florentina.

[15] --¡A la una, a las dos, a las tres!... ¡Paf!...

Oyóse abajo un grito de dolor, un voto, una exclamación varonil, pues era un hombre el que la daba. Pepe Rey pudo distinguir claramente estas palabras:

--¡Demonche! Me han agujereado la cabeza ésas... [20] ¡Jacinto, Jacinto! ¿Pero qué canalla de vecindad es esta?...

--¡Jesús, María y José, lo que he hecho!--exclamó llena de consternación Florentina,--le he dado en la cabeza al Sr. D. Inocencio.

[25] --¿Al Penitenciario?--dijo Pepe Rey.

--Sí.

--¿Vive en esa casa?

--¿Pues dónde ha de vivir?

--Esa señora de los suspiros....

[30] --Es su sobrina, su ama o no sé qué. Nos divertimos con ella porque es muy cargante, pero con el señor Penitenciario no solemos gastar bromas.

Mientras rápidamente se pronunciaban las palabras de este diálogo, Pepe Rey vió que frente al terrado, y muy cerca de él, se abrían los cristales de una ventana perteneciente a la misma casa bombardeada; vió que aparecía 95 une cara risueña, una cara conocida, una cara cuya vista le aturdió y le consternó y le puso pálido y trémulo. Era [5] Jacintito, que interrumpido en sus graves estudios, abrió la ventana de su despacho, presentándose en ella con la pluma en la oreja. Su rostro púdico, fresco y sonrosado daba a tal aparición aspecto semejante al de una aurora.

[10] --Buenas tardes, Sr. D. José--dijo festivamente. La voz de abajo gritaba de nuevo:

--¡Jacinto, pero Jacinto!

--Allá voy. Estaba saludando a un amigo....

--Vámonos, vámonos--gritó Florentina con zozobra.--El [15] señor Penitenciario va a subir al cuarto de _D. Nominavito_ y nos echará un responso.

--Vámonos, sí; cerremos la puerta del comedor.

Abandonaron en tropel el terrado.

--Debieron ustedes prever que Jacinto las vería desde [20] su templo del saber--dijo Tafetán.

--_Don Nominavito_ es amigo nuestro--repuso una de ellas.--Desde su templo de la ciencia nos dice a la calladita mil ternezas, y también nos echa besos volados.

--¿Jacinto?--preguntó el ingeniero,--¿qué endiablado [25] nombre le han puesto ustedes?

--_Don Nominavito_....

Las tres rompieron a reír.

--Lo llamamos así porque es muy sabio.

--No: porque cuando nosotras éramos chicas, él era [30] chico también; pues... sí. Salíamos al terrado a jugar, y le sentíamos estudiando en voz alta sus lecciones.

--Sí, y todo el santo día estaba cantando.

--Declinando, mujer. Eso es: se ponía de este modo: _Nominavito rosa, Genivito, Davito, Acusavito_.

--Supongo que yo también tendré mi nombre postizo--dijo 96 Pepe Rey.

--Que se lo diga a usted María Juana--replicó Florentina ocultándose.

[5] --¿Yo?... díselo tú, Pepa.

--Usted no tiene nombre todavía, D. José.

--Pero lo tendré. Prometo que vendré a saberlo, a recibir la confirmación--dijo el joven con intención de retirarse.

[10] --¿Pero se va usted?

--Sí. Ya han perdido ustedes bastante tiempo. Niñas, a trabajar. Esto de arrojar piedras a los vecinos y a los transeuntes, no es la ocupación más a propósito para unas jóvenes tan lindas y de tanto mérito... Con que abur....

[15] Y sin esperar más razones ni hacer caso de los cumplidos de las muchachas, salió a toda prisa de la casa, dejando en ella a don Juan Tafetán.

La escena que había presenciado; la vejación sufrida por [20] el canónigo; la inopinada aparición del doctorcillo, aumentaron las confusiones, recelos y presentimientos desagradables que turbaban el alma del pobre ingeniero. Deploró con toda su alma haber entrado en casa de las Troyas, y resuelto a emplear mejor el tiempo, mientras su hipocondría le durase, recorrió las calles de la población.

[25] Visitó el mercado, la calle de la Tripería, donde estaban las principales tiendas; observó los diversos aspectos que ofrecían la industria y comercio de la gran Orbajosa, y como no hallara sino nuevos motivos de aburrimiento, encaminóse al paseo de las Descalzas; pero no vió en él [30] más que algunos perros vagabundos, porque con motivo del viento molestísimo que reinaba, caballeros y señoras se habían quedado en sus casas. Fué a la botica, donde hacían tertulia diversas especies de progresistas rumiantes, que estaban perpetuamente masticando un tema sin fin; pero allí se aburrió más. Pasaba al fin junto a la catedral, 97 cuando sintió el órgano y los hermosos cantos del coro. Entró, arrodillóse delante del altar mayor, recordando las advertencias que acerca de la compostura dentro de la [5] iglesia le hiciera su tía; visitó luego una capilla, y se disponía a entrar en otra, cuando un acólito, celador o perrero se le acercó, y con modales muy descorteses y descompuesto lenguaje, le habló así:

--Su Ilustrísima dice que se plante usted en la calle.

[10] El ingeniero sintió que la sangre se agolpaba en su cerebro. Sin decir una palabra obedeció. Arrojado de todas partes por fuerza superior o por su propio hastío, no tenía más recurso que ir a casa de su tía, donde le esperaban:

1.° El tío Licurgo, para anunciarle un segundo pleito. [15] 2.° El Sr. D. Cayetano, para leerle un nuevo trozo de su discurso sobre los linajes de Orbajosa. 3.° Caballuco, para un asunto que no había manifestado. 4.° Doña Perfecta y su sonrisa bondadosa, para lo que se verá en el capítulo siguiente.

XIV

=La discordia sigue creciendo=

[20] Una nueva tentativa de ver a su prima Rosario fracasó al caer de la tarde. Pepe Rey se encerró en su cuarto para escribir varias cartas, y no podía apartar de su mente una idea fija.

--Esta noche o mañana--decía,--se acabará esto de [25] una manera o de otra.

Cuando le llamaron para la cena, doña Perfecta se dirigió a él en el comedor, diciéndole de buenas a primeras:

--Querido Pepe, no te apures, yo aplacaré al Sr. D. Inocencio... Ya estoy enterada. María Remedios, que [30] acaba de salir de aquí, me lo ha contado todo.

El semblante de la señora irradiaba satisfacción, semejante 98 a la de un artista orgulloso de su obra.

--¿Qué?

--Yo te disculparé, hombre. Tomarías algunas copas [5] en el Casino, ¿no es esto? He aquí el resultado de las malas compañías. ¡D. Juan Tafetán, las Troyas!... Esto es horrible, espantoso. ¿Has meditado bien?...

--Todo lo he meditado, señora--repuso Pepe, decidido a no entrar en discusiones con su tía.

[10] --Me guardaré muy bien de escribirle a tu padre lo que has hecho.

--Puede usted escribirle lo que guste.

--Vamos: te defenderás desmintiéndome.

--Yo no desmiento.

[15] --Luégo confiesas que estuviste en casa de esas....

--Estuve.

--Y que les diste media onza, porque, según me ha dicho María Remedios, esta tarde bajó Florentina a la tienda del extremeño a que le cambiaran media onza. Ellas no podían [20] haberla ganado con su costura. Tú estuviste hoy en casa de ellas; luégo....

--Luégo yo se la di. Perfectamente.

--¿No lo niegas?

--¡Qué he de negarlo! Creo que puedo hacer de mi [25] dinero lo que mejor me convenga.

--Pero de seguro sostendrás que no apedreaste al señor Penitenciario.

--Yo no apedreo.

--Quiero decir que ellas en presencia tuya....

[30] --Eso es otra cosa.

--E insultaron a la pobre María Remedios.

--Tampoco lo niego.

--¿Y cómo justificarás tu conducta? Pepe... por Dios.--No dices nada; no te arrepientes, no protestas... no....

--Nada, absolutamente nada, señora. 99

--Ni siquiera procuras desagraviarme.

--Yo no he agraviado a usted....

--- Vamos, ya no te falta más que... Hombre, coge [5] ese palo y pégame.

--Yo no pego.

--¡Qué falta de respeto! ¡qué!... ¿No cenas?

--Cenaré.

Hubo una pausa de más de un cuarto de hora. D. Cayetano, [10] doña Perfecta y Pepe Rey comían en silencio. Éste se interrumpió cuando D. Inocencio entró en el comedor.

--¡Cuánto lo he sentido, Sr. D. José de mi alma!... Créame usted que lo he sentido de veras--dijo estrechando la mano al joven y mirándole con expresión de lástima.

[15] El ingeniero no supo qué contestar; tanta era su confusión.

--Me refiero al suceso de esta tarde.

--¡Ah!... ya.

--A la expulsión de usted del sagrado recinto de la [20] iglesia catedral.

--El señor obispo--dijo Pepe Rey,--debía pensarlo mucho antes de arrojar a un cristiano de la iglesia.

--Y es verdad, yo no sé quién le ha metido en la cabeza a Su Ilustrísima que usted es hombre de malísimas costumbres; [25] yo no sé quién le ha dicho que usted hace alarde de ateísmo en todas partes; que se burla de las cosas y personas sagradas, y aun que proyecta derribar la catedral para edificar con sus piedras una gran fábrica de alquitrán. Yo he procurado disuadirle; pero Su Ilustrísima es un poco [30] terco.

--Gracias por tanta bondad.

--Y eso que el señor Penitenciario no tiene motivos para guardarte tales consideraciones. Por poco más le dejan en el sitio esta tarde.

--¡Bah!... ¿pues qué?--dijo el sacerdote riendo.--¿Ya 100 se tiene aquí noticia de la travesurilla?... Apuesto a que María Remedios vino con el cuento. Pues se lo prohibí, se lo prohibí de un modo terminante. La cosa en [5] sí no vale la pena, ¿no es verdad, Sr. de Rey?

--Puesto que usted lo juzga así....

--Ése es mi parecer. Cosas de muchachos... La juventud, digan lo que quieran los modernos, se inclina al vicio y a las acciones viciosas. El Sr. D. José, que es una persona de grandes prendas, no podía ser perfecto... ¿qué tiene de particular que esas graciosas niñas le sedujeran, y después de sacarle el dinero le hicieran cómplice de sus desvergonzados y criminales insultos a la vecindad? Querido amigo mío, por la dolorosa parte que me cupo en [15] los juegos de esta tarde--añadió, llevándose la mano a la región lastimada,--no me doy por ofendido, ni siquiera mortificaré a usted con recuerdos de tan desagradable incidente. He sentido verdadera pena al saber que María Remedios había venido a contarlo todo... Es tan chismosa [20] mi sobrina... Apostamos a que también contó lo de la media onza, y los retozos de usted con las niñas en el tejado, y las carreras y pellizcos, y el bailoteo de D. Juan Tafetán... ¡Bah! estas cosas debieran quedarse en secreto.

[25] Pepe Rey no sabía lo que le mortificaba más, si la severidad de su tía o las hipócritas condescendencias del canónigo.

--¿Por qué no se han de decir?--indicó la señora.--Él mismo no parece avergonzado de su conducta. Sépanlo [30] todos. Únicamente se guardará secreto de esto a mi querida hija, porque en su estado nervioso son temibles los accesos de cólera.

--Vamos, que no es para tanto, señora--añadió el Penitenciario.--Mi opinión es que no se vuelva a hablar del asunto, y cuando esto lo dice el que recibió la pedrada, los 101 demás pueden darse por satisfechos... Y no fué broma lo del trastazo, Sr. D. José, pues creí que me abrían un boquete en el casco y que se me salían por él los sesos....

[5] --¡Cuánto siento este incidente!...--balbució Pepe Rey.--Me causa verdadera pena, a pesar de no haber tomado parte....

--La visita de usted a esas señoras Troyas llamará la atención en el pueblo--dijo el canónigo.--Aquí no estamos [10] en Madrid, señores, aquí no estamos en ese centro de corrupción, de escándalo....

--Allá puedes visitar los lugares más inmundos--manifestó doña Perfecta,--sin que nadie lo sepa.

--Aquí nos miramos mucho--prosiguió D. Inocencio.--Reparamos [15] todo lo que hacen los vecinos, y con tal sistema de vigilancia, la moral pública se sostiene a conveniente altura... Créame usted, amigo mío, créame usted, y no digo esto por mortificarle; usted ha sido el primer caballero de su posición que a la luz del día... el primero, sí señor [20] ... _Trojae qui primus ab oris_.

Después se echó a reír, dando algunas palmadas en la espalda al ingeniero en señal de amistad y benevolencia.

--¡Cuán grato es para mí--dijo el joven, encubriendo su cólera con las palabras que creyó más propias para contestar [25] a la solapada ironía de sus interlocutores,--ver tanta generosidad y tolerancia, cuando yo merecía por mi criminal proceder!....

--¿Pues qué? A un individuo que es de nuestra propia sangre y que lleva nuestro mismo nombre--dijo doña Perfecta,--¿se [30] le puede tratar como a un cualquiera? Eres mi sobrino, eres hijo del mejor y más santo de los hombres, mi querido hermano Juan, y esto basta. Ayer tarde estuvo aquí el secretario del señor obispo, a manifestarme que Su Ilustrísima está muy disgustado porque te tengo en mi casa.

--¿También eso?--murmuró el canónigo. 102

--También eso. Yo dije que, salvo el respeto que el señor obispo me merece y lo mucho que le quiero y reverencio, mi sobrino es mi sobrino, y no puedo echarle de mi [5] casa.

--Es una nueva singularidad que encuentro en este país--dijo Pepe Rey, pálido de ira.--Por lo visto, aquí el obispo gobierna las casas ajenas.

--Él es un bendito. Me quiere tanto, que se le figura [10] ... se le figura que nos vas a comunicar tu ateísmo, tu despreocupación, tus raras ideas... Yo le he dicho repetidas veces que tienes un fondo excelente.

--Al talento superior debe siempre concedérsele algo--manifestó D. Inocencio.

[15] --Y esta mañana, cuando estuve en casa de las de Cirujeda, ¡ay! tú no puedes figurarte cómo me pusieron la cabeza... Que si habías venido a derribar la catedral; que si eras comisionado de los protestantes ingleses para ir predicando la herejía por España; que pasabas la noche [20] entera jugando en el Casino; que salías borracho... "Pero señoras--les dije,--¿quieren ustedes que yo envíe a mi sobrino a la posada?" Además, en lo de las embriagueces no tienen razón, y en cuanto al juego, no sé que jugaras hasta hoy.

[25] Pepe Rey se hallaba en esa situación de ánimo en que el hombre más prudente siente dentro de sí violentos ardores y una fuerza ciega y brutal que tiende a estrangular, abofetear, romper cráneos y machacar huesos. Pero doña Perfecta era señora y además su tía, D. Inocencio era [30] anciano y sacerdote. Además de esto las violencias de obra son de mal gusto e impropias de personas cristianas y bien educadas. Quedaba el recurso de dar libertad a su comprimido encono por medio de la palabra manifestada decorosamente y sin faltarse a sí mismo; pero aun le pareció prematuro este postrer recurso, que no debía emplear, 103 según su juicio, hasta el instante de salir definitivamente de aquella casa y de Orbajosa. Resistiendo, pues, el furibundo ataque, aguardó.

[5] Jacinto llegó cuando la cena concluía.

--Buenas noches, Sr. D. José...--dijo, estrechando la mano del joven.--Usted y sus amigas no me han dejado trabajar esta tarde. No he podido escribir una línea.¡Y tenía que hacer!...

[10] --¡Cuánto lo siento, Jacinto! Pues, según me dijeron, usted las acompaña algunas veces en sus juegos y retozos.

--¡Yo!--exclamó el rapaz, poniéndose como la grana.--¡Bah! bien sabe usted que Tafetán no dice nunca palabra de verdad... ¿Pero es cierto, Sr. de Rey, que se [15] marcha usted?

--¿Lo dicen por ahí?...

--Sí; lo he oído en el Casino, en casa de D. Lorenzo Ruiz.

Rey contempló durante un rato las frescas facciones de [20] _D. Nominavito_. Después dijo:

--Pues no es cierto. Mi tía está muy contenta de mí; desprecia las calumnias con que me están obsequiando los orbajosenses... y no me arrojará de su casa, aunque en ello se empeñe el señor obispo.

[25] --Lo que es arrojarte... jamás. ¡Qué diría tu padre!...

--A pesar de sus bondades, queridísima tía, a pesar de la amistad cordial del señor canónigo, quizás decida yo marcharme....

[30] --¡Marcharte!

--¡Marcharse usted!

En los ojos de doña Perfecta brilló una luz singular. El canónigo, a pesar de ser hombre muy experto en el disimulo, no pudo ocultar su júbilo.

--Sí; y tal vez esta misma noche.... 104

--¡Pero hombre, qué arrebatado eres!... ¿Por qué no esperas siquiera a mañana temprano?... A ver... Juan, que vayan a llamar al tío Licurgo para que prepare [5] la jaca.... Supongo que llevarás algún fiambre.... ¡Nicolasa!... ese pedazo de ternera que está en el aparador.... Librada, la ropa del señorito....

--No, no puedo creer que usted tome determinación tan brusca--dijo D. Cayetano, creyéndose obligado a tomar [10] alguna parte en aquella cuestión.

--¿Pero volverá usted... no es eso?--preguntó el canónigo.

--¿A qué hora pasa el tren de la mañana?--preguntó doña Perfecta, por cuyos ojos claramente asomaba la febril [15] impaciencia de su altura.

--Sí, me marcho esta misma noche.

--Pero hombre, si no hay luna.

En el alma de doña Perfecta, en el alma del Penitenciario, en la juvenil alma del doctorcillo retumbaron como una [20] armonía celeste estas palabras: "esta misma noche."

--Por supuesto, querido Pepe, tú volverás.... Yo he escrito hoy a tu padre, a tu excelente padre....--exclamó doña Perfecta, con todos los síntomas fisiognómicos que aparecen cuando se va a derramar una lágrima.

[25] --Molestaré a usted con algunos encargos--manifestó el sabio.

--Buena ocasión para pedir el cuaderno que me falta de la obra del abate Gaume--indicó el abogadejo.

--Vamos, Pepe, que tienes unos arrebatos y unas salidas--murmuró [30] la señora sonriendo, con la vista fija en la puerta del comedor.--Pero se me olvidaba decirte que Caballuco está esperando para hablarte.

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XV

=Sigue creciendo, hasta que se declara la guerra=