Doña Perfecta

Chapter 8

Chapter 83,759 wordsPublic domain

--Sobrino mío--repuso la señora con su acostumbrada [15] dulzura:--no seas arrebatado. Vaya, que pareces de fuego. Lo mismo era tu padre ¡qué hombre! Eres una centella... Ya te he dicho que con muchísimo gusto te llamaré hijo mío. Aunque no tuvieras las buenas cualidades y el talento que te distinguen (salvo los defectillos, que también [20] los hay); aunque no fueras un excelente joven, basta que esta unión haya sido propuesta por tu padre, a quien tanto debemos mi hija y yo, para que la acepte. Rosario no se opondrá tampoco, queriéndolo yo. ¿Qué falta, pues? Nada; no falta nada más que un poco tiempo. No se [25] puede hacer el casamiento con la precipitación que tú deseas, y que daría lugar a interpretaciones quizás desfavorables a la honra de mi querida hija... Vaya, que tú como no piensas más que en máquinas, todo lo quieres hacer al vapor. Espera, hombre, espera... ¿qué prisa tienes? [30] Ese aborrecimiento que le has cogido a nuestra pobre Orbajosa es un capricho. Ya se ve: no puedes vivir sino entre condes y marqueses y oradores y diplomáticos... ¡Quieres casarte y separarme de mi hija para siempre!--añadió enjugándose una lágrima.--Ya que así es, inconsiderado joven, ten al menos la caridad de retardar algún tiempo esa 78 boda que tanto deseas... ¡Qué impaciencia! ¡Qué amor tan fuerte! No creí que una pobre lugareña como mi hija inspirase pasiones tan volcánicas.

[5] No convencieron a Pepe Rey los razonamientos de su tía; pero no quiso contrariarla. Resolvió, pues, esperar cuanto le fuese posible. Una nueva causa de disgustos unióse bien pronto a los que ya amargaban su existencia. Hacía dos semanas que estaba en Orbajosa, y durante este tiempo no [10] había recibido ninguna carta de su padre. No podía achacarse esto a descuidos de la Administración de Correos de Orbajosa, porque siendo el funcionario encargado de aquel servicio amigo y protegido de doña Perfecta, ésta le recomendaba diariamente el mayor cuidado para que las cartas dirigidas [15] a su sobrino no se extraviasen. También iba a la casa el conductor de la correspondencia, llamado Cristóbal Ramos, y por apodo Caballuco, personaje a quien ya conocimos, y a éste solía dirigir doña Perfecta amonestaciones y reprimendas tan enérgicas como la siguiente:

[20] --¡Bonito servicio de correos tenéis!... ¿Cómo es que mi sobrino no ha recibido una sola carta desde que está en Orbajosa?... Cuando la conducción de la correspondencia corre a cargo de semejante tarambana, ¡cómo han de andar las cosas! Yo le hablaré al señor Gobernador de [25] la provincia para que mire bien qué clase de gente pone en la Administración.

Caballuco, alzando los hombros, miraba a Rey con expresión de la más completa indiferencia.

Un día entró con un pliego en la mano.

[30] --¡Gracias a Dios!--dijo doña Perfecta a su sobrino.--Ahí tienes cartas de tu padre. Regocíjate, hombre. Buen susto nos hemos llevado por la pereza de mi señor hermano en escribir... ¿Qué dice? está bueno sin duda--añadió al ver que Pepe Rey abría el pliego con febril impaciencia.

El ingeniero se puso pálido al recorrer las primeras 79 líneas.

--¡Jesús, Pepe... qué tienes!--exclamó la señora, levantándose con _zozobra_.--¿Está malo tu papá?

[5] --Esta carta no es de mi padre--repuso Pepe, revelando en su semblante la mayor consternación.

--¿Pues qué es eso?...

--Una orden del Ministerio de Fomento, en que se me releva del cargo que me confiaron....

[10] --¡Cómo... es posible!

--Una destitución pura y simple, redactada en términos muy poco lisonjeros para mí.

--¿Hase visto mayor picardía?--exclamó la señora, volviendo de su estupor.

[15] --¡Qué humillación!--murmuró el joven.--Es la primera vez en mi vida que recibo un desaire semejante.

--¡Pero ese Gobierno no tiene perdón de Dios! ¡Desairarte a ti! ¿Quieres que yo escriba a Madrid? Tengo allá muy buenas relaciones y podré conseguir que el Gobierno [20] repare esa falta brutal y te dé una satisfacción.

--Gracias, señora, no quiero recomendaciones--replicó el joven con displicencia.

--¡Es que se ven unas injusticias; unos atropellos! ...Destituir así a un joven de tanto mérito, a una eminencia [25] científica.... Vamos; si no puedo contener la cólera.

--Yo averiguaré--dijo Pepe, con la mayor energía,--quién se ocupa en hacerme daño....

--Ese señor ministro.... Pero de estos politiquejos [30] infames ¿qué se puede esperar?

--Aquí hay alguien que se ha propuesto hacerme morir de desesperación--afirmó el joven visiblemente alterado.--Esto no es obra del ministro, ésta y otras contrariedades que experimento son resultado de un plan de venganza, de un cálculo desconocido, de una enemistad irreconciliable, y 80 este plan, este cálculo, esta enemistad, no lo dude usted, querida tía, están aquí, en Orbajosa.

--Tú te has vuelto loco--replicó doña Perfecta, demostrando [5] un sentimiento semejante a la compasión.--¿Que tienes enemigos en Orbajosa? ¿Que alguien quiere vengarse de ti? Vamos, Pepillo, tú has perdido el juicio. Las lecturas de esos libros en que se dice que tenemos por abuelos a los monos o a las cotorras, te han trastornado la [10] cabeza.

Sonrió con dulzura al decir la última frase, y después, tomando un tono de familiar y cariñosa amonestación, añadió:

--Hijo mío, los habitantes de Orbajosa seremos palurdos [15] y toscos labriegos sin instrucción, sin finura, ni buen tono; pero a lealtad y buena fe no nos gana nadie, nadie, pero nadie.

--No crea usted--dijo el joven,--que acuso a las personas de esta casa. Pero sostengo que en la ciudad está [20] mi implacable y fiero enemigo.

--Deseo que me enseñes ese traidor de melodrama--repuso la señora, sonriendo de nuevo.--Supongo que no acusarás al tío Licurgo ni a los demás que te han puesto pleito, porque los pobrecitos creen defender su derecho. [25] Y entre paréntesis, no les falta razón en el caso presente. Además, el tío Lucas te quiere mucho. Así mismo me lo ha dicho. Desde que te conoció, dice que le entraste por el ojo derecho, y el pobre viejo te ha puesto un cariño....

--¡Sí... profundo cariño!--murmuró Pepe.

[30] --No seas tonto--añadió la señora, poniéndole la mano en el hombro y mirándole de cerca.--No pienses disparates, y convéncete de que tu enemigo, si existe, está en Madrid, en aquel centro de corrupción, de envidia y rivalidades, no en este pacífico y sosegado rincón, donde todo es buena voluntad y concordia... Sin duda algún envidioso de tu 81 mérito... Te advierto una cosa, y es, que si quieres ir allá para averiguar la causa de este desaire y pedir explicaciones al gobierno, no dejes de hacerlo por nosotras.

[5] Pepe Rey fijó los ojos en el semblante de su tía, cual si quisiera escudriñarla hasta en lo más escondido de su alma.

--Digo que si quieres ir, no dejes de hacerlo--repitió la señora con calma admirable, confundiéndose en la expresión de su semblante la naturalidad con la honradez [10] más pura.

--No, señora. No pienso ir allá.

--Mejor; ésa es también mi opinión. Aquí estás más tranquilo, a pesar de las cavilaciones con que te estás atormentando. ¡Pobre Pepillo! Tu entendimiento, tu descomunal [15] entendimiento, es la causa de tu desgracia. Nosotros, los de Orbajosa, pobres aldeanos rústicos, vivimos felices en nuestra ignorancia. Yo siento mucho que no estés contento. ¿Pero es culpa mía que te aburras y desesperes sin motivo? ¿No te trato como a un hijo? ¿No te [20] he recibido como la esperanza de mi casa? ¿Puedo hacer más por ti? Si a pesar de eso, no nos quieres, si nos muestras tanto despego, si te burlas de nuestra religiosidad, si haces desprecios a nuestros amigos, ¿es acaso porque no te tratemos bien?

[25] Los ojos de doña Perfecta se humedecieron.

--Querida tía--dijo Rey, sintiendo que se disipaba su encono.--También yo he cometido algunas faltas desde que soy huésped de esta casa.

--No seas tonto... ¡Qué faltas ni faltas! Entre [30] personas de la misma familia, todo se perdona.

--Pero Rosario ¿dónde está?--preguntó el joven levantándose.-- ¿Tampoco la veré hoy?

--Está mejor. ¿Sabes que no ha querido bajar?

--Subiré yo.

--Hombre, no. Esa niña tiene unas terquedades... Hoy 82 se ha empeñado en no salir de su cuarto. Se ha encerrado por dentro.

--¡Qué rareza!

[5] --Se le pasará. Seguramente se le pasará. Veremos si esta noche le quitamos de la cabeza sus ideas melancólicas. Organizaremos una tertulia que le divierta. ¿Por qué no te vas a casa del Sr. D. Inocencio y le dices que venga por acá esta noche y que traiga a Jacintillo?

[10] --¡A Jacintillo!

--Sí, cuando a Rosario le dan estos accesos de melancolía, ese jovencito es el único que la distrae...

--Pero yo subiré...

--Hombre, no.

[15] --Cuidado que hay etiqueta en esta casa.

--Tú te estás burlando de nosotros. Haz lo que te digo.

--Pues quiero verla.

--Pues no. ¡Qué mal conoces a la niña!

[20] --Yo creí conocerla bien... Bueno, me quedaré... Pero esta soledad es horrible.

--Ahí tienes al señor escribano.

--Maldito sea él mil veces.

[25] --Y me parece que ha entrado también el señor procurador... es un excelente sujeto.

--Así le ahorcaran.

--Hombre, los asuntos de intereses, cuando son propios, sirven de distracción. Alguien llega... Me parece que es el perito agrónomo. Ya tienes para un rato.

[30] --¡Para un rato de infierno!

--Hola, hola, si no me engaño, el tío Licurgo y el tío Pasolargo acaban de entrar. Puede que vengan a proponerte un arreglo.

--Me arrojaré al estanque.

--¡Qué descastado eres! ¡Pues todos ellos te quieren 83 tanto!... Vamos, para que nada falte, ahí está también el alguacil. Viene a citarte.

--A crucificarme.

[5] Todos los personajes nombrados fueron entrando en la sala.

--Adiós, Pepe, que te diviertas--dijo doña Perfecta.

--¡Trágame, tierra!--exclamó el joven con desesperación.

[10] --Sr. D. José....

--Mi querido Sr. D. José....

--Estimable Sr. D. José....

--Sr. D. José de mi alma....

--Mi respetable amigo Sr. D. José....

[15] Al oir estas almibaradas insinuaciones, Pepe Rey exhaló un hondo suspiro y se entregó. Entregó su cuerpo y su alma a los sayones, que esgrimieron horribles hojas de papel sellado, mientras la víctima, elevando los ojos al cielo, decía para sí con cristiana mansedumbre:

[20] --Padre mío, ¿por qué me has abandonado?

XII

=Aquí fué Troya=

Amor, amistad, aire sano para la respiración moral, luz para el alma, simpatía, fácil comercio de ideas y de sensaciones era lo que Pepe Rey necesitaba de una manera imperiosa. No teniéndolo, aumentaban las sombras que [25] envolvían su espíritu, y la lobreguez interior daba a su trato displicencia y amargura. Al día siguiente de las escenas referidas en el capítulo anterior, mortificóle más que nada el ya demasiado largo y misterioso encierro de su prima, motivado, al parecer, primero por una enfermedad sin importancia, después por caprichos y nerviosidades de difícil 84 explicación.

Rey extrañaba conducta tan contraria a la idea que había formado de Rosarito. Habían transcurrido cuatro días sin [5] verla, no ciertamente porque a él le faltasen deseos de estar a su lado; y tal situación comenzaba a ser desairada y ridícula, si con un acto de firme iniciativa no ponía remedio en ello.

--¿Tampoco hoy veré a mi prima?--preguntó de mal [10] talante a su tía, cuando concluyeron de comer.

--Tampoco. ¡Sabe Dios cuánto lo siento!... Bastante le he predicado hoy. A la tarde veremos....

La sospecha de que en tan injustificado encierro su adorable prima era más bien víctima sin defensa que autora [15] resuelta con actividad propia e iniciativa, le indujo a contenerse y esperar. Sin esta sospecha, hubiera partido aquel mismo día. No tenía duda alguna de ser amado por Rosario, mas era evidente que una presión desconocida actuaba entre los dos para separarlos, y parecía propio de varón [20] honrado averiguar de quién procedía aquella fuerza maligna, y contrarrestarla hasta donde alcanzara la voluntad humana.

--Espero que la obstinación de Rosario no durará mucho--dijo a doña Perfecta disimulando sus verdaderos sentimientos.

[25] Aquel día tuvo una carta de su padre, en la cual éste se quejaba de no haber recibido ninguna de Orbajosa, circunstancia que aumentó las inquietudes del ingeniero, confundiéndole más. Por último, después de vagar largo rato solo por la huerta de la casa, salió y fue al Casino. Entró en él, [30] como un desesperado que se arroja al mar.

Encontró en las principales salas a varias personas que charlaban y discutían. En un grupo desentrañaban con lógica sutil difíciles problemas de toros; en otro disertaban sobre cuáles eran los mejores burros entre las castas de Orbajosa y Villahorrenda. Hastiado hasta lo sumo, Pepe 85 Rey abandonó estos debates y se dirigió a la sala de periódicos, donde hojeó varias revistas sin encontrar deleite en la lectura; y poco después, pasando de sala en sala, fué a [5] parar sin saber cómo a la del juego. Cerca de dos horas estuvo en las garras del horrible demonio amarillo, cuyos resplandecientes ojos de oro producen tormento y fascinación. Ni aun las emociones del juego alteraron el sombrío estado de su alma, y el tedio que antes le empujara hacia [10] el verde tapete, apartóle también de él. Huyendo del bullicio, dió con su cuerpo en una estancia destinada a tertulia, en la cual a la sazón no había alma viviente, y con indolencia se sentó junto a la ventana de ella, mirando a la calle.

[15] Era ésta angostísima y con más ángulos y recodos que casas, sombreada toda por la pavorosa catedral, que al extremo alzaba su negro muro carcomido. Pepe Rey miró a todos lados, arriba y abajo, y observó un plácido silencio de sepulcro: ni un paso, ni una voz, ni una mirada. De [20] pronto hirieron su oído rumores extraños, como cuchicheo de femeniles labios, y después el chirrido de cortinajes que se corrían, algunas palabras, y por fin el tararear suave de una canción, el ladrido de un falderillo, y otras señales de existencia social que parecían muy singulares en tal sitio. [25] Observando bien, Pepe Rey vió que tales rumores procedían de un enorme balcón con celosías, que frente por frente a la ventana mostraba su corpulenta fábrica. No había concluído sus observaciones, cuando un socio del Casino apareció de súbito a su lado, y riendo le interpeló de este [30] modo:

--¡Ah! Sr. D. Pepe, ¡picarón! ¿se ha encerrado usted aquí para hacer cocos a las niñas?

El que esto decía era D. Juan Tafetán, un sujeto amabilísimo, y de los pocos que habían manifestado a Rey en el Casino cordial amistad y verdadera admiración. Con su 86 carilla bermellonada, su bigotejo teñido de negro, sus ojuelos vivarachos, su estatura mezquina, su pelo con gran estudio peinado para ocultar la calvicie, D. Juan Tafetán [5] presentaba una figura bastante diferente de la de Antinoo; pero era muy simpático, tenía mucho gracejo y felicísimo ingenio para contar aventuras graciosas. Reía mucho, y al hacerlo, su cara se cubría toda, desde la frente a la barba, de grotescas arrugas. A pesar de estas cualidades y del [10] aplauso que debía estimular su disposición a las picantes burlas, no era maldiciente. Queríanle todos, y Pepe Rey pasaba con él ratos agradables. El pobre Tafetán, empleado antaño en la Administración civil de la capital de la provincia, vivía modestamente de su sueldo en la Secretaría [15] de Beneficencia, y completaba su pasar tocando gallardamente el clarinete en las procesiones, en las solemnidades de la catedral y en el teatro, cuando alguna trailla de desesperados cómicos aparecía por aquellos países con el alevoso propósito de dar funciones en Orbajosa.

[20] Pero lo más singular en D. Juan Tafetán era su afición a las muchachas guapas. Él mismo, cuando no ocultaba su calvicie con seis pelos llenos de pomada, cuando no se teñía el bigote, cuande andaba derechito y espigado por la poca pesadumbre de los años, había sido un Tenorio formidable. [25] Oírle contar sus conquistas era cosa de morirse de risa, porque hay Tenorios de Tenorios, y aquél fué de los más originales.

--¿Qué niñas? Yo no veo niñas en ninguna parte--repuso Pepe Rey.

[30] --Hágase usted el anacoreta.

Una de las celosías del balcón se abrió, dejando ver un rostro juvenil, encantador y risueño, que desapareció al instante como una luz apagada por el viento.

--Ya, ya veo.

--¿No las conoce usted? 87

--Por mi vida que no.

--Son las Troyas, las niñas de Troya. Pues no conoce usted nada bueno... Tres chicas preciosísimas, hijas de [5] un coronel de Estado Mayor de Plazas, que murió en las calles de Madrid el 54.

La celosía se abrió de nuevo y comparecieron dos caras.

--Se están burlando de nosotros--dijo Tafetán haciendo una seña amistosa a las niñas.

[10] --¿Las conoce usted?

--¿Pues no las he de conocer? Las pobres están en la miseria. Yo no sé cómo viven. Cuando murió D. Francisco Troya, se hizo una suscripción para mantenerlas; pero esto duró poco.

[15] --¡Pobres muchachas! Me figuro que no serán un modelo de honradez....

--¿Por qué no?... Yo no creo lo que en el pueblo se dice de ellas.

Funcionó de nuevo la celosía.

[20] --Buenas tardes, niñas--gritó D. Juan Tafetán dirigiéndose a las tres, que artísticamente agrupadas aparecieron.--Este caballero dice que lo bueno no debe esconderse, y que abran ustedes toda la celosía.

Pero la celosía se cerró y alegre concierto de risas difundió [25] una extraña alegría por la triste calle. Creeríase que pasaba una bandada de pájaros.

--¿Quiere usted que vayamos allá?--dijo de súbito Tafetán.

Sus ojos brillaban, y una sonrisa picaresca retozaba en [30] sus amoratados labios.

--¿Pero qué clase de gente es esa?

--Ande usted, Sr. de Rey... Las pobrecitas son honradas. ¡Bah! Si se alimentan del aire como los camaleones. Diga usted, el que no come, ¿puede pecar?

Bastante virtuosas son las infelices. Y si pecaran, limpiarían 88 su conciencia con el gran ayuno que hacen.

--Pues vamos.

Un momento después, D. Juan Tafetán y Pepe Rey [5] entraban en la sala. El aspecto de la miseria, que con horribles esfuerzos pugnaba por no serlo, afligió al joven. Las tres muchachas eran muy lindas, principalmente las dos más pequeñas, morenas, pálidas, de negros ojos y sutil talle. Bien vestidas y bien calzadas, habrían parecido [10] retoños de duquesa en candidatura para entroncar con príncipes.

Cuando la visita entró, las tres se quedaron muy cortadas; pero bien pronto mostraron la índole de su genial frívolo y alegre. Vivían en la miseria, como los pájaros en la prisión, [15] sin dejar de cantar tras los hierros lo mismo que en la opulencia del bosque. Pasaban el día cosiendo, lo cual indicaba por lo menos un principio de honradez; pero en Orbajosa ninguna persona de su posición se trataba con ellas. Estaban hasta cierto punto proscritas, degradadas, [20] acordonadas, lo cual indicaba también algún motivo de escándalo. Pero en honor de la verdad, debe decirse que la mala reputación de las Troyas consistía, más que nada, en su fama de chismosas, enredadoras, traviesas y despreocupadas. Dirigían anónimos a graves personas; ponían [25] motes a todo viviente de Orbajosa, desde el obispo al último zascandil; tiraban piedrecitas a los transeuntes; chicheaban escondidas tras las rejas para reírse con la confusión y azoramiento del que pasaba; sabían todos los sucesos de la vecindad, para lo cual tenían en constante uso los tragaluces [30] y agujeros todos de la parte alta de la casa; cantaban de noche en el balcón; se vestían de máscara en Carnaval para meterse en las casas más alcurniadas, con otras majaderías y libertades propias de los pueblos pequeños. Pero cualquiera que fuese la razón, ello es que el graciado triunvirato Troyano tenía sobre sí un estigma de esos que una 89 vez puestos por susceptible vecindario, acompañan implacablemente hasta más allá de la tumba.

--¿Éste es el caballero que dicen ha venido a sacar [5] minas de oro?--dijo una.

--¿Y a derribar la catedral para hacer con las piedras de ella una fábrica de zapatos?--añadió otra.

--Y a quitar de Orbajosa la siembra del ajo para poner algodón o el árbol de la canela.

[10] Pepe no pudo reprimir la risa ante tales despropósitos.

--No viene sino a hacer una recolección de niñas bonitas para llevárselas a Madrid--dijo Tafetán.

--¡Ay! ¡De buena gana me iría!--exclamó una.

--A las tres, a las tres me las llevo--afirmó Pepe.--Pero [15] sepamos una cosa; ¿por qué se reían ustedes de mí cuando estaba en la ventana del Casino?

Tales palabras fueron la señal de nuevas risas.

--Éstas son unas tontas--dijo la mayor.

--Fué porque dijimos que usted se merece algo más que [20] la niña de doña Perfecta.

--Fué porque ésta dijo que usted está perdiendo el tiempo y que Rosarito no quiere sino gente de iglesia.

--¡Qué cosas tienes! Yo no he dicho tal cosa. Tú dijiste que este caballero es ateo luterano, y entra en la [25] catedral fumando y con el sombrero puesto.

--Pues yo no lo inventé--manifestó la menor,--que eso me lo dijo ayer Suspiritos.

--¿Y quién es esa Suspiritos que dice de mí tales tonterías?

[30] --Suspiritos es... Suspiritos.

--Niñas mías--dijo Tafetán con semblante almibarado. Por ahí va el naranjero. Llamadle, que os quiero convidar a naranjas.

Una de las tres llamó al naranjero.

La conversación entablada por las niñas desagradó bastante 90 a Pepe Rey, disipando la ligera impresión de contento que experimentó al encontrarse entre aquella chusma alegre y comunicativa. No pudo, sin embargo, contener [5] la risa cuando vió a D. Juan Tafetán descolgar un guitarrillo y rasguearlo con la gracia y destreza de los años juveniles.

--Me han dicho que ustedes saben cantar a las mil maravillas--manifestó Rey.

[10] --Que cante D. Juan Tafetán.

--Yo no canto.

--Ni yo--dijo la segunda, ofreciendo al ingeniero algunos cascos de la naranja que acababa de mondar.

--María Juana, no abandones la costura--dijo la Troya [15] mayor.--Es tarde y hay que acabar la sotana esta noche.

--Hoy no se trabaja. Al demonio las agujas--exclamó Tafetán.

En seguida entonó una canción.

[20] --La gente se para en la calle--dijo la Troya segunda asomándose al balcón.--Los gritos de D. Juan Tafetán se oyen desde la plaza... ¡Juana, Juana!

--¿Qué?

--Por la calle va Suspiritos.

[25] La más pequeña voló al balcón.

--Tírale una cascara de naranja.

Pepe Rey se asomó también; vió que por la calle pasaba una señora, y que con diestra puntería la menor de las Troyas le asestó un cascarazo en el moño. Después [30] cerraron precipitadamente, y las tres se esforzaban en sofocar convulsamente su risa para que no se oyera desde la vía pública.