Chapter 7
--¡Y el propietario superior soy yo!... Si entro en un litigio, ese será el primer fruto que en toda la vida me han dado los célebres Alamillos, que fueron míos, y que [20] ahora, según entiendo, son de todo el mundo, porque lo mismo Licurgo que otros labradores de la comarca, me han ido cercenando poco a poco, año tras año, pedazos de terreno, y costará mucho restablecer los linderos de mi propiedad.
[25] --Ésa es cuestión aparte.
--Ésa no es cuestión aparte. Lo que hay--exclamó el ingeniero, sin poder contener su cólera,--es que el verdadero pleito será el que yo entable contra tal gentuza, que se propone sin duda aburrirme y desesperarme, para que [30] abandone todo y les deje continuar en posesión de sus latrocinios. Veremos si hay abogados y jueces que apadrinen los torpes manejos de esos aldeanos legistas, que viven pleiteando y son la polilla de la propiedad ajena. Caballerito, doy a usted las gracias por haberme advertido los ruines propósitos de esos palurdos más malos que Caco. 66 Con decirle a usted que ese mismo tejar y ese mismo molino en que Licurgo apoya sus derechos, son míos....
--Debe hacerse una revisión de los títulos de propiedad [5] y ver si ha podido haber prescripción en esto--dijo Jacintito.
--¡Qué prescripción ni qué....! Esos infames no se reirán de mí. Supongo que la administración de justicia sea honrada y leal en la ciudad de Orbajosa....
--¡Oh, lo que es eso!--exclamó el letradillo con [10] expresión de alabanza. El juez es una persona excelente. Viene aquí todas las noches.... Pero es extraño que usted no tuviera noticias de las pretensiones del Sr. Licurgo. ¿No le han citado aún para el juicio de conciliación?
--No.
[15] --Será mañana.... En fin, yo siento mucho que el apresuramiento del Sr. Licurgo me haya privado del gusto y de la honra de defenderle a usted, pero como ha de ser.... Licurgo se ha empeñado en que yo le he de sacar de penas. Estudiaré la materia con el mayor detenimiento. Estas [20] pícaras servidumbres son el gran escollo de la jurisprudencia.
Pepe entró en el comedor en un estado moral muy lamentable. Vió a doña Perfecta hablando con el Penitenciario, y a Rosarito sola, con los ojos fijos en la puerta. [25] Esperaba sin duda a su primo.
--Ven acá, buena pieza--dijo la señora, sonriendo con muy poca espontaneidad.--Nos has insultado, gran ateo; pero te perdonamos. Ya sé que mi hija y yo somos dos palurdas incapaces de remontarnos a las regiones de las [30] matemáticas, donde tú vives; pero en fin... todavía es posible que algún día te pongas de rodillas ante nosotros, rogándonos que te enseñemos la doctrina.
Pepe contestó con frases vagas y fórmulas de cortesía y arrepentimiento.
--Por mi parte--dijo D. Inocencio, poniendo en los 67 ojos expresión de modestia y dulzura,--si en el curso de estas vanas disputas he dicho algo que pueda ofender al Sr. D. José, le ruego que me perdone. Aquí todos somos [5] amigos.
--Gracias. No vale la pena.
--A pesar de todo--indicó doña Perfecta, sonriendo ya con más naturalidad,--yo soy siempre la misma para mi querido sobrino, a pesar de sus ideas extravagantes y [antireligiosas...] [10] ¿De qué creerás que me pienso ocupar esta noche? Pues de quitarle de la cabeza al tío Licurgo esas terquedades con que te piensa molestar. Le he mandado venir, y en la galería me está esperando. Descuida, que yo lo arreglaré, pues aunque conozco que no le falta [15] razón....
--Gracias, querida tía--repuso el joven, sintiéndose invadido por la onda de generosidad que tan fácilmente nacía en su alma.
Pepe Rey dirigió la vista hacia donde estaba su prima, [20] con intención de unirse a ella; pero algunas preguntas sagaces del canónigo le retuvieron al lado de doña Perfecta. Rosario estaba triste, oyendo con indiferencia melancólica las palabras del abogadillo, que instalándose junto a ella, había comenzado una retahila de conceptos empalagosos, [25] con importunos chistes sazonada y fatuidades del peor gusto.
--Lo peor para ti--dijo doña Perfecta a su sobrino cuando le sorprendió observando la desacorde pareja que formaban Rosario y Jacinto,--es que has ofendido a la [30] pobre Rosario. Debes hacer todo lo posible por desenojarla. ¡La pobrecita es tan buena!...
--¡Oh, sí, tan buena!--añadió el canónigo,--que no dudo perdonará a su primo.
--Creo que Rosario me ha perdonado ya--afirmó Rey.
--Y si no, en corazones angelicales no dura mucho el 68 resentimiento--dijo D. Inocencio melifluamente.--Yo tengo gran ascendiente sobre esa niña, y procuraré disipar en su alma generosa toda prevención contra usted. En cuanto yo [5] le diga dos palabras....
Pepe Rey sintió que por su pensamiento pasaba una nube y dijo con intención:
--Tal vez no sea preciso.
--No le hablo ahora--añadió el capitular,--porque [10] está embelesada oyendo las tonterías de Jacintillo.... ¡Demonches de chicos! Cuando pegan la hebra, hay que dejarles.
De pronto se presentaron en la tertulia el juez de primera instancia, la señora del alcalde y el deán de la catedral. Todos saludaron al ingeniero, demostrando en sus palabras [15] y actitudes que satisfacían, al verle, la más viva curiosidad. El juez era un mozalvete despabilado, de estos que todos los días aparecen en los criaderos de eminencias, aspirando recién empollados a los primeros puestos de la administración y de la política. Dábase suma importancia, y [20] hablanco de sí mismo y de su juvenil toga, parecía manifestar indirectamente gran enojo, porque no le hubieran hecho de golpe y porrazo presidente del Tribunal Supremo. En aquellas manos inexpertas, en aquel cerebro henchido de viento, en aquella presunción ridícula había puesto el Estado las [25] funciones más delicadas y más difíciles de la humana justicia. Sus maneras eran de perfecto cortesano, y revelaba escrupuloso y detallado esmero en todo lo concerniente a su persona. Tenía la maldita manía de estarse quitando y poniendo a cada instante los lentes de oro, y en su [30] conversación frecuentemente indicaba el empeño de ser transladado pronto a _Madriz_, para prestar sus imprescindibles servicios en la secretaría de Gracia y Justicia.
La señora del alcalde era una dama bonachona, sin otra flaqueza que suponerse muy relacionada en la Corte. Dirigió a Pepe Rey diversas preguntas sobre modas, citando establecimientos industriales donde le habían hecho una manteleta 69 o una falda en su último viaje, coetáneo de la visita de Muley-Abbas, y también nombró a una docena de duquesas [5] y marquesas, tratándolas con tanta familiaridad como a amiguitas de escuela. Dijo también que la condesa de M. (por sus tertulias famosa) era amiga suya, y que el 60 estuvo a visitarla, y la condesa la convidó a su palco en el Real, donde vio a Muley-Abbas en traje de moro, acompañado [10] de toda su morería. La alcaldesa hablaba por los codos, como suele decirse, y no carecía de chiste.
El señor deán era un viejo de edad avanzada, corpulento y encendido, pletórico, apoplético, un hombre que se salía fuera de sí mismo por no caber en su propio pellejo, según [15] estaba de gordo y morcilludo. Procedía de la exclaustración; no hablaba más que de asuntos religiosos, y desde el principio mostró hacia Pepe Rey el desdén más vivo. Éste se mostraba cada vez más inepto para acomodarse a sociedad tan poco de su gusto. Era su carácter nada maleable, [20] duro y de muy escasa flexibilidad, y rechazaba las perfidias y acomodamientos de lenguaje para simular la concordia cuando no existía. Mantúvose, pues, bastante grave durante el curso de la fastidiosa tertulia, obligado a resistir el ímpetu oratorio de la alcaldesa que, sin ser la Fama, tenía el privilegio [25] de fatigar con cien lenguas el oído humano. Si en el breve respiro que esta señora daba a sus oyentes, Pepe Rey quería acercarse a su prima, pegábasele el Penitenciario como el molusco a la roca, y llevándole aparte con ademán misterioso, le proponía un paseo a Mundogrande con el [30] Sr. D. Cayetano o una partida de pesca en las claras aguas del Nahara.
Por fin esto concluyó, porque todo concluye en este mundo. Retiróse el señor deán, dejando la casa vacía, y bien pronto no quedó de la señora alcaldesa más que un eco, semejante al zumbido que recuerda en la humana oreja 70 el reciente paso de una tempestad. El juez privó también a la tertulia de su presencia, y por fin D. Inocencio dió a su sobrino la señal de partida.
[5] --Vamos, niño, vámonos que es tarde--le dijo sonriendo. --¡Cuánto has mareado a la pobre Rosarito!... ¿Verdad, niña? Anda, buena pieza, a casa pronto.
--Es hora de acostarse--dijo doña Perfecta.
--Hora de trabajar--repuso el abogadillo.
[10] --Por más que le digo que despache los negocios de día--añadió el canónigo,--no hace caso.
--¡Son tantos los negocios... pero tantos...!
--No, di más bien que esa endiablada obra en que te has metido... Él no lo quiere decir, Sr. D. José; pero sepa [15] usted que se ha puesto a escribir una obra sobre _La influencia de la mujer en la sociedad cristiana_, y además una _Ojeada sobre el movimiento católico en_... no sé dónde. ¿Qué entiendes tú de _ojeadas_ ni de _influencias_?... Estos rapaces del día se atreven a todo. ¡Uf... qué chicos!... [20] Con que vámonos a casa. Buenas noches, señora doña Perfecta... buenas noches, Sr. D. José... Rosarito....
--Yo esperaré al Sr. D. Cayetano--dijo Jacinto,--para que me dé el _Augusto Nicolás._
--¡Siempre cargando libros... hombre!... A veces [25] entras en casa que pareces un burro. Pues bien, esperemos.
--El Sr. D. Jacinto--dijo Pepe Rey,--no escribe a la ligera y se prepara bien para que sus obras sean un tesoro de erudición.
--Pero ese niño va a enfermar de la cabeza, Sr. D. Inocencio-- [30] objetó doña Perfecta.--Por Dios, mucho cuidado. Yo le pondría tasa en sus lecturas.
--Ya que esperamos--indicó el doctorcillo con notorio acento de presunción,--me llevaré también el tercer tomo de _Concilios_, ¿No le parece a usted, tío?...
--Hombre, sí; no dejes eso de la mano. Pues no 71 faltaba más.
Felizmente llegó pronto el Sr. D. Cayetano (que tertuliaba de ordinario en casa de D. Lorenzo Ruiz), y entregados los [5] libros, marcháronse tío y sobrino.
Rey leyó en el triste semblante de su prima deseo muy vivo de hablarle. Acercóse a ella mientras doña Perfecta y D. Cayetano trataban a solas de un negocio doméstico.
--Has ofendido a mamá--le dijo Rosario.
[10] Sus facciones indicaban una especie de terror.
--Es verdad--repuso el joven.--He ofendido a tu mamá: te he ofendido a ti....
--No; a mí no. Ya se me figuraba a mí que el Niño Jesús no debe gastar calzones.
[15] --Pero espero que una y otra me perdonarán. Tu mamá me ha manifestado hace poco tanta bondad....
La voz de doña Perfecta vibró de súbito en el ámbito del comedor, con tan discorde acento, que el sobrino se estremeció cual si oyese un grito de alarma. La voz dijo [20] imperiosamente:
--¡Rosario, vete a acostar!
Turbada y llena de congoja, la muchacha dió varias vueltas por la habitación, haciendo como que buscaba alguna cosa. Con todo disimulo pronunció al pasar por [25] junto a su primo estas vagas palabras:
--Mamá está enojada....
--Pero....
--Está enojada... no te fíes, no te fíes.
Y se marchó. Siguióla después doña Perfecta, a quien [30] aguardaba el tío Licurgo, y durante un rato, las voces de la señora y del aldeano oyéronse confundidas en familiar conferencia. Quedóse solo Pepe con D. Cayetano, el cual, tomando una luz, habló así:
--Buenas noches, Pepe. No crea usted que voy a dormir, voy a trabajar... ¿Pero por qué está usted tan 72 meditabundo? ¿Qué tiene usted?... Pues, sí, a trabajar. Estoy sacando apuntes para un _Discurso-Memoria_ sobre los _Linajes de Orbajosa_... He encontrado datos y noticias de [5] grandísimo precio. No hay que darle vueltas. En todas las épocas de nuestra historia los orbajosenses se han distinguido por su hidalguía, por su nobleza, por su valor, por su entendimiento. Díganlo si no la conquista de Méjico, las guerras del Emperador, las de Felipe contra herejes... [10] ¿Pero está usted malo? ¿Qué le pasa a usted?... Pues, sí, teólogos eminentes, bravos guerreros, conquistadores, santos, obispos, poetas, políticos, toda suerte de hombres esclarecidos florecieron en esta humilde tierra del ajo... No, no hay en la cristiandad pueblo más ilustre que el [15] nuestro. Sus virtudes y sus glorias llenan toda la historia patria y aun sobra algo... Vamos, veo que lo que usted tiene es sueño: buenas noches... Pues, sí, no cambiaría la gloria de ser hijo de esta noble tierra por todo el oro del mundo. _Augusta_ llamáronla los antiguos, _augustísima_ la [20] llamo yo ahora, porque ahora, como entonces, la hidalguía, la generosidad, el valor, la nobleza, son patrimonio de ella... Con que buenas noches, querido Pepe... se me figura que usted no está bueno. ¿Le ha hecho daño la cena?... Razón tiene Alonzo González de Bustamante [25] en su _Floresta amena_ al decir que los habitantes de Orbajosa bastan por sí solos para dar grandeza y honor a un reino. ¿No lo cree usted así?
--¡Oh! sí, señor, sin duda ninguna--repuso Pepe Rey, dirigiéndose bruscamente a su cuarto.
73 XI
=La discordia crece=
En los días sucesivos Rey hizo conocimiento con varias personas de la población y visitó el Casino, trabando amistades con algunos individuos de los que pasaban la vida en las salas de aquella corporación.
[5] Pero la juventud de Orbajosa no vivía constantemente allí, como podrá suponer la malevolencia. Veíanse por las tardes en la esquina de la catedral y en la plazoleta formada por el cruce de las calles del Condestable y la Tripería, algunos caballeros que gallardamente envueltos en sus capas [10] estaban como de centinela viendo pasar la gente. Si el tiempo era bueno, aquellas eminentes lumbreras de la cultura _urbsaugustense_ se dirigían, siempre con la indispensable capita, al titulado paseo de las Descalzas, el cual se componía de dos hileras de tísicos olmos y algunas retamas descoloridas. [15] Allí la brillante pléyade atisbaba a las niñas de D. Fulano o de D. Perencejo, que también habían ido a paseo, y la tarde se pasaba regularmente. Entrada la noche, el Casino se llenaba de nuevo, y mientras una parte de los socios entregaba su alto entendimiento a las delicias [20] del monte, los otros leían periódicos, y los más discutían en la sala del café sobre asuntos de diversa índole, como política, caballos, toros, o bien sobre chismes locales. El resumen de todos los debates era siempre la supremacía de Orbajosa y de sus habitantes sobre los demás pueblos y [25] gentes de la tierra.
Eran aquellos varones insignes lo más granado de la ilustre ciudad, propietarios ricos los unos, pobrísimos los otros, pero libres de altas aspiraciones todos. Tenían la imperturbable serenidad del mendigo, que nada apetece [30] mientras no le falte un mendrugo para engañar el hambre y el sol para calentarse. Lo que principalmente distinguía a 74 los orbajosenses del Casino era un sentimiento de viva hostilidad hacia todo lo que de fuera viniese. Y siempre que algún forastero de viso se presentaba en las augustas [5] salas, creíanle venido a poner en duda la superioridad de la patria del ajo, o a disputarle por envidia las preeminencias incontrovertibles que Natura le concediera.
Cuando Pepe Rey se presentó, recibiéronle con cierto recelo, y como en el Casino abundaba la gente graciosa, al [10] cuarto de hora de estar allí el nuevo socio, ya se habían dicho acerca de él toda suerte de cuchufletas. Cuando a las reiteradas preguntas de los socios contestó que había venido a Orbajosa con encargo de explorar la cuenca hullera del Nahara y estudiar un camino, todos convinieron en que [15] el Sr. D. José era un fatuo, que quería darse tono inventando criaderos de carbón y vías férreas. Alguno añadió:
--Pero en buena parte se ha metido. Estos señores sabios creen que aquí somos tontos y que se nos engaña con palabrotas... Ha venido a casarse con la niña de [20] doña Perfecta, y cuanto diga de cuencas hulleras es para echar facha.
--Pues esta mañana--indicó otro, que era un comerciante quebrado,--me dijeron en casa de las de Domínguez que ese señor no tiene una peseta, y viene a que su [25] tía le mantenga y a ver si puede pescar a Rosarito.
--Parece que ni es tal ingeniero ni cosa que lo valga--añadió un propietario de olivos, que tenía empeñadas sus fincas por el doble de lo que valían.--Pero ya se ve... Estos hambrientos de Madrid se creen autorizados para [30] engañar a los pobres provincianos, y como creen que aquí andamos con taparrabos, amigo....
--Bien se conoce que tiene hambre.
--Pues entre bromas y veras nos dijo anoche que éramos unos bárbaros holgazanes.
--Que vivíamos como los beduinos, tomando el sol. 75
--Que vivíamos con la imaginación.
--Eso es: que vivíamos con la imaginación.
--Y que esta ciudad era lo mismito que las de Marruecos.
[5] --Hombre, no hay paciencia para oír eso. ¿Dónde habrá visto él (como no sea en París) una calle semejante a la del Condestable, que presenta un frente de siete casas alineadas, todas magníficas, desde la de doña Perfecta a la de Nicolasito Hernández?... Se figuran estos canallas [10] que uno no ha visto nada, ni ha estado en París....
--También dijo con mucha delicadeza que Orbajosa era un pueblo de mendigos, y dió a entender que aquí vivimos en la mayor miseria sin darnos cuenta de ello.
--¡Válgame Dios! si me lo llega a decir a mí, hay un [15] escándalo en el Casino--exclamó el recaudador de contribuciones. --¿Por qué no le dijeron la cantidad de arrobas de aceite que produjo Orbajosa el año pasado? ¿No sabe ese estúpido que en años buenos Orbajosa da pan para toda España y aun para toda Europa? Verdad es que ya llevamos [20] no sé cuántos años de mala cosecha; pero eso no es ley. Pues ¿y la cosecha del ajo? ¿A que no sabe ese señor que los ajos de Orbajosa dejaron bizcos a los señores del Jurado en la Exposición de Londres?
Estos y otros diálogos se oían en las salas del Casino por [25] aquellos días. A pesar de estas hablillas tan comunes en los pueblos pequeños, que por lo mismo que son enanos suelen ser soberbios, Rey no dejó de encontrar amigos sinceros en la docta corporación, pues ni todos eran maldicientes ni faltaban allí personas de buen sentido. Pero [30] tenía nuestro joven la desgracia, si desgracia puede llamarse, de manifestar sus impresiones con inusitada franqueza, y esto le atrajo algunas antipatías.
Iban pasando días. Además del disgusto natural que las costumbres de la sociedad episcopal le producían, diversas causas todas desagradables empezaban a desarrollar en su 76 ánimo honda tristeza, siendo de notar principalmente, entre aquellas causas, la turba de pleiteantes que cual enjambre voraz se arrojó sobre él. No era sólo el tío Licurgo, sino [5] otros muchos colindantes los que le reclamaban daños y perjuicios, o bien le pedían cuentas de tierras administradas por su abuelo. También le presentaron una demanda por no sé qué contrato de aparcería que celebró su madre y no fué al parecer cumplido, y asimismo le exigieron el reconocimiento [10] de una hipoteca sobre las tierras de _Alamillos_, hecha en extraño documento por su tío. Era un hormiguero, una inmunda gusanera de pleitos. Había hecho propósito de renunciar a la propiedad de sus fincas; pero entre tanto su dignidad le obligaba a no ceder ante las [15] marrullerías de los sagaces palurdos; y como el Ayuntamiento le reclamó también por supuesta confusión de su finca con un inmediato monte de Propios, vióse el desgraciado joven en el caso de tener que disipar las dudas que acerca de su derecho surgían a cada paso. Su honra estaba [20] comprometida, y no había otro remedio que pleitear o morir.
Habíale prometido doña Perfecta en su magnanimidad ayudarle a salir de tan torpes líos por medio de un arreglo amistoso; pero pasaban días y los buenos oficios de la ejemplar señora no daban resultado alguno. Crecían los [25] pleitos con la amenazadora presteza de una enfermedad fulminante. Pepe Rey pasaba largas horas del día en el Juzgado dando declaraciones, contestando a preguntas y a repreguntas, y cuando se retiraba a su casa, fatigado y colérico, veía aparecer la afilada y grotesca carátula del [30] escribano, que le traía regular porción de papel sellado lleno de horribles fórmulas... para que fuese estudiando la cuestión.
Se comprende que aquél no era hombre a propósito para sufrir tales reveses, pudiendo evitarlos con la ausencia.
Representábase en su imaginación a la noble ciudad de su 77 madre como una horrible bestia que en él clavaba sus feroces uñas y le bebía la sangre. Para librarse de ella bastábale, según su creencia, la fuga; pero un interés [5] profundo, como interés del corazón, le detenía, atándole a la peña de su martirio con lazos muy fuertes. Sin embargo, llegó a sentirse tan fuera de su centro, llegó a verse tan extranjero, digámoslo así, en aquella tenebrosa ciudad de pleitos, de antiguallas, de envidia y de maledicencia, que [10] hizo propósito de abandonarla sin dilación, insistiendo al mismo tiempo en el proyecto que a ella le condujera. Una mañana, encontrando ocasión a propósito, formuló su plan ante doña Perfecta.