Doña Perfecta

Chapter 5

Chapter 53,677 wordsPublic domain

--Sr. D. Inocencio--dijo doña Perfecta, mirando alternativamente a su sobrino y a su amigo,--creo que usted al juzgar a este chico, traspasa los límites de la benevolencia.... No te enfades, Pepe, ni hagas caso de lo que digo, [25] porque yo ni soy sabia ni filósofa, ni teóloga; pero me parece que el señor D. Inocencio acaba de dar una prueba de su gran modestia y caridad cristiana, negándose a apabullarte, como podía hacerlo, si hubiese querido.

--¡Señora, por Dios!--dijo el eclesiástico.

[30] --Él es así--añadió la señora.--Siempre haciéndose la mosquita muerta.... Y sabe más que los siete doctores. ¡Ay, Sr. D. Inocencio, qué bien le sienta a usted el nombre que tiene! Pero no se nos venga acá con humildades importunas. Si mi sobrino no tiene pretensiones.... Si él sabe lo que le han enseñado y nada más.... Si ha 41 aprendido el error, ¿qué más puede desear sino que usted le ilustre y le saque del infierno de sus falsas doctrinas?

--Justamente, no deseo otra cosa, sino que el señor [5] Penitenciario me saque....--murmuró Pepe, comprendiendo que, sin quererlo, se había metido en un laberinto.

--Yo soy un pobre clérigo que no sabe más que la ciencia antigua--repuso D. Inocencio.--Reconozco el inmenso valor científico mundano del Sr. D. José, y ante tan brillante [10] oráculo, callo y me postro.

Diciendo esto, el canónigo cruzaba ambas manos sobre el pecho, inclinando la cabeza. Pepe Rey estaba un si es no es turbado a causa del giro que diera su tía a una vana disputa festiva en la que tomó parte tan sólo por acalorar [15] un poco la conversación. Creyó lo más prudente poner punto en tan peligroso tratado, y con este fin dirigió una pregunta al Sr. D. Cayetano, cuando éste, despertando del vaporoso letargo que tras los postres le sobrevino, ofrecía a los comensales los indispensables palillos clavados en un [20] pavo de porcelana que hacía la rueda.

--Ayer he descubierto una mano empuñando el asa de un ánfora, en la cual hay varios signos hieráticos. Te la enseñaré--dijo D. Cayetano, gozoso de plantear un tema de su predilección.

[25] --Supongo que el Sr. de Rey será también muy experto en cosas de arqueología--dijo el canónigo que, siempre implacable, corría tras su víctima, siguiéndola hasta su más escondido refugio.

--Por supuesto--dijo doña Perfecta.--¿De qué no [30] entenderán estos despabilados niños del día? Todas las ciencias las llevan en las puntas de los dedos. Las universidades y las academias les instruyen de todo en un periquete, dándoles patente de sabiduría.

--¡Oh! eso es injusto--repuso el canónigo, observando la penosa impresión que manifestaba el semblante del 42 ingeniero.

--Mi tía tiene razón--afirmó Pepe.--Hoy aprendemos un poco de todo, y salimos de las escuelas con rudimentos [5] de diferentes estudios.

--Decía--añadió el canónigo,--que será usted un gran arqueólogo.

--No sé una palabra de esa ciencia--repuso el joven.--Las ruinas son ruinas, y nunca me ha gustado empolvarme [10] en ellas.

Don Cayetano hizo una mueca muy expresiva.

--No es esto condenar la arqueología--dijo vivamente el sobrino de doña Perfecta, advirtiendo con dolor que no pronunciaba una palabra sin herir a alguien.--Bien sé que [15] del polvo sale la historia. Esos estudios son preciosos y utilísimos.

--Usted--dijo el Penitenciario, metiéndose el palillo en la última muela,--se inclinará más a los estudios de controversia. Ahora se me ocurre una excelente idea. Sr. D. [20] José, usted debiera ser abogado.

--La abogacía es una profesión que aborrezco--replicó Pepe Rey.--Conozco abogados muy respetables, entre ellos a mi padre, que es el mejor de los hombres. A pesar de tan buen ejemplo, en mi vida me hubiera sometido a ejercer [25] una profesión que consiste en defender lo mismo el pro que el contra de las cuestiones. No conozco error, ni preocupación, ni ceguera más grande que el empeño de las familias en inclinar a la mejor parte de la juventud a la abogacía. La primera y más terrible plaga de España es la turbamulta [30] de jóvenes abogados, para cuya existencia es necesaria una fabulosa cantidad de pleitos. Las cuestiones se multiplican en proporción de la demanda. Aun así, muchísimos se quedan sin trabajo, y como un señor jurisconsulto no puede tomar el arado ni sentarse al telar, de aquí proviene ese brillante escuadrón de holgazanes, llenos de pretensiones, 43 que fomentan la empleomanía, perturban la política, agitan la opinión y engendran las revoluciones. De alguna parte han de comer. Mayor desgracia sería que hubiera pleitos [5] para todos.

--Pepe, por Dios, mira lo que hablas--dijo doña Perfecta, con marcado tono de severidad.--Pero dispénsele usted, Sr. D. Inocencio... porque él ignora que usted tiene un sobrinito, el cual, aunque recién salido de la Universidad, [10] es un portento en la abogacía.

--Yo hablo en términos generales--manifestó Pepe con firmeza.--Siendo, como soy, hijo de un abogado ilustre, no puedo desconocer que algunas personas ejercen esta noble profesión con verdadera gloria.

[15] --No... si mi sobrino es un chiquillo todavía--dijo el canónigo, afectando humildad.--Muy lejos de mi ánimo afirmar que es un prodigio de saber, como el Sr. de Rey. Con el tiempo ¿quién sabe?... Su talento no es brillante ni seductor. Por supuesto, las ideas de Jacintito son [20] sólidas, su criterio sano; lo que sabe lo sabe a macha martillo. No conoce sofisterías ni palabras huecas....

Pepe Rey aparecía cada vez más inquieto. La idea de que, sin quererlo, estaba en contradicción con las ideas de los amigos de su tía, le mortificaba, y resolvió callar por [25] temor a que él y D. Inocencio concluyeran tirándose los platos a la cabeza. Felizmente, el esquilón de la catedral, llamando a los canónigos a la importante tarea del coro, le sacó de situación tan penosa. Levantóse el venerable varón y se despidió de todos, mostrándose con Pepe tan [30] lisonjero, tan amable, cual si la amistad más íntima desde largo tiempo les uniera. El canónigo, después de ofrecerse a él para servirle en todo, le prometió presentarle a su sobrino, a fin de que le acompañase a ver la población, y le dijo las expresiones más cariñosas, dignándose agraciarle al salir con una palmadita en el hombro. Pepe Rey, aceptando 44 con gozo aquellas fórmulas de concordia, vió, sin embargo, el cielo abierto cuando el sacerdote salió del comedor y de la casa.

VIII

=A toda prisa=

[5] Poco después la escena había cambiado. Don Cayetano, encontrando descanso a sus sublimes tareas en un dulce sueño que de él se amparó, yacía blandamente en un sillón del comedor. Doña Perfecta andaba en la casa tras sus quehaceres. Rosarito, sentándose junto a una de las [10] vidrieras que a la huerta se abrían, miró a su primo, diciéndole con la muda oratoria de los ojos:

--Primo, siéntate aquí junto a mí, y dime todo eso que tienes que decirme.

Éste, aunque matemático, lo comprendió.

[15] --Querida prima--dijo Pepe,--¡cuánto te habrás aburrido hoy con nuestras disputas! Bien sabe Dios que por mi gusto no habría pedanteado como viste; pero el señor canónigo tiene la culpa.... ¿Sabes que me parece singular ese señor sacerdote?...

[20] --¡Es una persona excelente!--repuso Rosarito, demostrando el gozo que sentía por verse en disposición de dar a su primo todos los datos y noticias que necesitase.

--¡Oh! sí, una excelente persona. ¡Bien se conoce!

--Cuando le sigas tratando, conocerás....

[25] --Que no tiene precio. En fin, basta que sea amigo de tu mamá y tuyo para que también lo sea mío--afirmó el joven.--¿Y viene mucho acá?

--Toditos los días. Nos acompaña mucho--- repuso Rosarito con ingenuidad.--¡Qué bueno y qué amable es! [30] ¡Y cómo me quiere!

--Vamos, ya me va gustando ese señor. 45

--Viene también por las noches a jugar al tresillo--añadió la joven,--porque a prima noche se reunen aquí algunas personas, el juez de primera instancia, el promotor fiscal, [5] el deán, el secretario del obispo, el alcalde, el recaudador de contribuciones, el sobrino de D. Inocencio....

--¡Ah! Jacintito, el abogado.

--Ése. Es un pobre muchacho, más bueno que el pan. Su tío le adora. Desde que vino de la Universidad, con su [10] borla de doctor... porque es doctor de un par de facultades, y sacó nota de sobresaliente... ¿qué crees tú? ¡vaya!... pues desde que vino, su tío le trae aquí con mucha frecuencia. Mamá también le quiere mucho.... Es un muchacho muy formalito. Se retira temprano con [15] su tío; no va nunca al Casino por las noches, no juega ni derrocha, y trabaja en el bufete de D. Lorenzo Ruiz, que es el primer abogado de Orbajosa. Dicen que Jacinto será un gran defensor de pleitos.

--Su tío no exageraba al elogiarle--dijo Pepe.--Siento [20] mucho haber dicho aquellas tonterías sobre los abogados.... Querida prima, ¿no es verdad que estuve inconveniente?

--Calla, si a mí me parece que tienes mucha razón.

--¿Pero de veras, no estuve un poco?

--Nada, nada.

[25] --¡Qué peso me quitas de encima! La verdad es que me encontré, sin saber cómo, en una contradicción constante y penosa con ese venerable sacerdote. Lo siento mucho.

--Lo que yo creo--dijo Rosarito, clavando en él sus ojos llenos de expresión cariñosa,--es que tú no eres para [30] nosotros.

--¿Qué significa eso?

--No sé si me explico bien, primo. Quiero decir que no es fácil te acostumbres a la conversación ni a las ideas de la gente de Orbajosa. Se me figura... es una suposición.

--¡Oh! no: yo creo que te equivocas. 46

--Tú vienes de otra parte, de otro mundo, donde las personas son muy listas, muy sabias, y tienen unas maneras finas y un modo de hablar ingenioso, y una figura... [5] puede ser que no me explique bien. Quiero decir que estás habituado a vivir entre una sociedad escogida; sabes mucho... Aquí no hay lo que tú necesitas; aquí no hay gente sabia, ni grandes finuras. Todo es sencillez, Pepe. Se me figura que te aburrirás, que te aburrirás mucho, y al [10] fin tendrás que marcharte.

La tristeza, que era normal en el semblante de Rosarito, se mostró con tintas y rasgos tan notorios, que Pepe Rey sintió una emoción profunda.

--Estás en un error, querida prima. Ni yo traigo aquí [15] la idea que supones, ni mi carácter ni mi entendimiento están en disonancia con los caracteres y las ideas de aquí. Pero vamos a suponer por un momento que lo estuvieran.

--Vamos a suponerlo....

--En ese caso, tengo la firme convicción de que entre tú [20] y yo, entre nosotros dos, querida Rosario, se establecerá una armonía perfecta. Sobre esto no puedo engañarme. El corazón me dice que no me engaño.

Rosarito se ruborizó; pero esforzándose en hacer huir su sonrojo con sonrisas y miradas dirigidas aquí y allí, dijo:

[25] --No vengas ahora con artificios. Si lo dices porque yo he de encontrar siempre bien todo lo que digas, tienes razón.

--Rosario--exclamó el joven.--Desde que te vi, mi alma se sintió llena de una alegría muy viva... he sentido [30] al mismo tiempo un pesar, el de no haber venido antes a Orbajosa.

--Eso sí que no lo he de creer--dijo ella, afectando jovialidad para encubrir medianamente su emoción.--¿Tan pronto?... No vengas ahora con palabrotas... Mira, Pepe, yo soy una lugareña; yo no sé hablar más que cosas 47 vulgares; yo no sé francés; yo no me visto con elegancia; yo apenas sé tocar el piano; yo....

--¡Oh, Rosario!--exclamó con ardor el joven.--Dudaba [5] que fueses perfecta; ahora ya sé que lo eres.

Entró de súbito la madre. Rosarito, que nada tenía que contestar a las últimas palabras de su primo, conoció, sin embargo, la necesidad de decir algo, y mirando a su madre, habló así:

[10] --¡Ah! se me había olvidado poner la comida al loro.

--No te ocupes de eso ahora. ¿Para qué os estáis ahí? Lleva a tu primo a dar un paseo por la huerta.

La señora se sonreía con bondad maternal, señalando a su sobrino la frondosa arboleda que tras los cristales [15] aparecía.

--Vamos allá--dijo Pepe levantándose.

Rosarito se lanzó como un pájaro puesto en libertad hacia la vidriera.

--Pepe, que sabe tanto y ha de entender de árboles--afirmó [20] doña Perfecta,--te enseñará cómo se hacen los ingertos. A ver qué opina él de esos peralitos que se van a trasplantar.

--Ven, ven--dijo Rosarito desde fuera.

Llamaba a su primo con impaciencia. Ambos desaparecieron [25] entre el follaje. Doña Perfecta les vió alejarse, y después se ocupó del loro. Mientras le renovaba la comida, dijo en voz muy baja, con ademán pensativo:

--¡Qué despegado es! Ni siquiera le ha hecho una caricia al pobre animalito.

[30] Luego en voz alta añadió, creyendo en la posibilidad de ser oída por su cuñado:

--Cayetano, ¿qué te parece el sobrino?... ¡Cayetano!

Sordo gruñido indicó que el anticuario volvía al conocimiento de este miserable mundo.

--Cayetano.... 48

--Eso es... eso es...--murmuró con torpe voz el sabio,--ese caballerito sostendrá como todos la opinión errónea de que las estatuas de Mundogrande proceden de [5] la primera inmigración fenicia. Yo le convenceré....

--Pero Cayetano....

--Pero Perfecta.... ¡Bah! ¿También ahora sostendrás que he dormido?

--No, hombre, ¡qué he de sostener yo tal desatino!... [10] ¿Pero no me dices qué te parece ese joven?

Don Cayetano se puso la palma de la mano ante la boca para bostezar más a gusto, y después entabló una larga conversación con la señora. Los que nos han transmitido las noticias necesarias a la composición de esta historia, [15] pasan por alto aquel diálogo, sin duda porque fué demasiado secreto. En cuanto a lo que hablaron el ingeniero y Rosarito en la huerta aquella tarde, parece evidente que no es digno de mención.

En la tarde del siguiente día ocurrieron, sí, cosas que no [20] deben pasarse en silencio, por ser de la mayor gravedad. Hallábanse solos ambos primos a hora bastante avanzada de la tarde, después de haber discurrido por distintos parajes de la huerta, atentos el uno al otro y sin tener alma ni sentidos más que para verse y oírse.

[25] --Pepe--decía Rosario,--todo lo que me has dicho es una fantasía, una cantinela de esas que tan bien sabéis hacer los hombres de chispa. Tú piensas que, como soy lugareña, creo cuanto me dicen.

--Si me conocieras, como yo creo conocerte a ti, sabrías [30] que jamás digo sino lo que siento. Pero dejémonos de sutilezas tontas y de argucias de amantes que no conducen sino a falsear los sentimientos. Yo no hablaré contigo más lenguaje que el de la verdad. ¿Eres acaso una señorita a quien he conocido en el paseo o en la tertulia y con la cual pienso pasar un rato divertido? No. Eres mi prima. 49 Eres algo más.... Rosario, pongamos de una vez las cosas en su verdadero lugar. Fuera rodeos. Yo he venido aquí a casarme contigo.

[5] Rosario sintió que su rostro se abrasaba y el corazón no le cabía en el pecho.

--Mira, querida prima--añadió el joven,--te juro que si no me hubieras gustado, ya estaría lejos de aquí. Aunque la cortesía y la delicadeza me habrían obligado a hacer [10] esfuerzos, no me hubiera sido fácil disimular mi desengaño. Yo soy así.

--Primo, casi acabas de llegar--dijo lacónicamente Rosarito, esforzándose en reír.

--Acabo de llegar y ya sé todo lo que tenía que saber; [15] sé que te quiero; que eres la mujer que desde hace tiempo me está anunciando el corazón, diciéndome noche y día... "ya viene, ya está cerca; que te quemas."

Esta frase sirvió de pretexto a Rosario para soltar la risa que en sus labios retozaba. Su espíritu se desvanecía [20] alborozado en una atmósfera de júbilo.

--Tú te empeñas en que no vales nada--continuó Pepe,--y eres una maravilla. Tienes la cualidad admirable de estar a todas horas proyectando sobre cuanto te rodea la divina luz de tu alma. Desde que se te ve, desde que se te [25] mira, los nobles sentimientos y la pureza de tu corazón se manifiestan. Viéndote, se ve una vida celeste que por descuido de Dios está en la tierra; eres un ángel y yo te adoro como un tonto.

Al decir esto, parecía haber desempeñado una grave [30] misión. Rosarito vióse de súbito dominada por tan viva sensibilidad, que la escasa energía de su cuerpo no pudo corresponder a la excitación de su espíritu, y desfalleciendo, dejóse caer sobre una piedra que hacía las veces de asiento en aquellos amenos lugares. Pepe se inclinó hacia ella. Notó que cerraba los ojos, apoyando la frente en la palma 50 de la mano. Poco después, la hija de doña Perfecta Polentinos dirigía a su primo, entre dulces lágrimas, una mirada tierna, seguida de estas palabras:

[5] --Te quiero desde antes de conocerte.

Apoyadas sus manos en las del joven, se levantó, y sus cuerpos desaparecieron entre las frondosas ramas de un paseo de adelfas. Caía la tarde, y una dulce sombra se extendía por la parte baja de la huerta, mientras el último [10] rayo del sol poniente coronaba de varios resplandores las cimas de los árboles. La ruidosa república de pajarillos armaba espantosa algarabía en las ramas superiores. Era la hora en que, después de corretear por la alegre inmensidad de los cielos, iban todos a acostarse, y se disputaban [15] unos a otros la rama que escogían por alcoba. Su charla parecía a veces recriminación y disputa, a veces burla y gracejo. Con su parlero trinar se decían aquellos tunantes las mayores insolencias, dándose de picotazos y agitando las alas, así como los oradores agitan los brazos cuando [20] quieren hacer creer las mentiras que están diciendo. Pero también sonaban por allí palabras de amor, que a ello convidaban la apacible hora y el hermoso lugar. Un oído experto hubiera podido distinguir las siguientes:

[25] --Desde antes de conocerte te quería, y si no hubieras venido me habría muerto de pena. Mamá me daba a leer las cartas de tu padre, y como en ellas hacía tantas alabanzas de ti, yo decía: "éste debiera ser mi marido." Durante mucho tiempo, tu padre no habló de que tú y yo nos [30] casáramos, lo cual me parecía un descuido muy grande. Yo no sabía qué pensar de semejante negligencia.... Mi tío Cayetano, siempre que te nombraba, decía: "Como ése hay pocos en el mundo. La mujer que le pesque, ya se puede tener por dichosa...." Por fin tu papá dijo lo que no podía menos de decir.... Sí, no podía menos de 51 decirlo: yo lo esperaba todos los días....

Poco después de estas palabras, la misma voz añadió con zozobra:

[5] --Alguien viene tras de nosotros.

Saliendo de entre las adelfas, Pepe vió a dos personas que se acercaban, y tocando las hojas de un tierno arbolito que allí cerca había, dijo en alta voz a su compañera:

--No es conveniente aplicar la primera poda a los árboles [10] jóvenes como éste hasta su completo arraigo. Los árboles recién plantados no tienen vigor para soportar dicha operación. Tú bien sabes que las raíces no pueden formarse sino por el influjo de las hojas: así es que si le quitas las hojas....

--¡Ah! Sr. D. José--exclamó el Penitenciario con [15] franca risa, acercándose a los dos jóvenes y haciéndoles una reverencia.--¿Está usted dando lecciones de horticultura? _Insere nunc, Miliboee, piros, pone ordine vitis_, que dijo el gran cantor de los trabajos del campo. Ingerta los perales, caro Melibeo, arregla las parras.... ¿Con que cómo estamos [20] de salud, Sr. D. José?

El ingeniero y el canónigo se dieron las manos. Luego éste volvióse, y señalando a un jovenzuelo que tras él venía, dijo sonriendo:

--Tengo el gusto de presentar a usted a mi querido [25] Jacintillo... una buena pieza... un tarambana, Sr. D. José.

IX

=La desavenencia sigue creciendo y amenaza convertirse en discordia=

Junto a la negra sotana se destacó un sonrosado y fresco rostro. Jacintito saludó a nuestro joven, no sin cierto embarazo.

Era uno de esos chiquillos precoces a quienes la indulgente [30] Universidad lanza antes de tiempo a las arduas luchas del mundo, haciéndoles creer que son hombres porque son 52 doctores. Tenía Jacintito semblante agraciado y carilleno, con mejillas de rosa como una muchacha, y era rechoncho de cuerpo, de estatura pequeña, tirando un poco a pequeñísima, [5] y sin más pelo de barba que el suave bozo que lo anunciaba. Su edad excedía poco de los veinte años. Habíase educado desde la niñez bajo la dirección de su excelente y discreto tío, con lo cual dicho se está que el tierno arbolito no se torció al crecer. Una moral severa le [10] mantenía constantemente derecho, y en el cumplimiento de sus deberes escolásticos apenas tenía pero. Concluídos los estudios universitarios con aprovechamiento asombroso, pues no hubo clase en que no ganase las más eminentes notas, empezó a trabajar, prometiendo con su aplicación y [15] buen tino para la abogacía perpetuar en el foro el lozano verdor de los laureles del aula.

A veces era travieso como un niño, a veces formal como un hombre. En verdad, en verdad, que si a Jacintito no le gustaran un poco, y aun un mucho, las lindas muchachas, [20] su buen tío le creería perfecto. No dejaba de sermonearle a todas horas, apresurándose a cortarle los audaces vuelos; pero ni aun esta inclinación mundana del jovenzuelo lograba enfriar el mucho amor que nuestro buen canónigo tenía al encantador retoño de su cara sobrina María Remedios. [25] En tratándose del abogadillo, todo cedía. Hasta las graves y metódicas prácticas del buen sacerdote se alteraban siempre que se tratase de algún asunto referente a su precoz pupilo. Aquel método riguroso y fijo como un sistema planetario, solía perder su equilibrio cuando Jacintito [30] estaba enfermo o tenía que hacer un viaje. ¡Inútil celibato el de los clérigos! Si el Concilio de Trento les prohibe tener hijos, Dios, no el Demonio, les da sobrinos para que conozcan los dulces afanes de la paternidad.