Doña Perfecta

Chapter 4

Chapter 43,792 wordsPublic domain

--Si almuerzas fuerte--le dijo doña Perfecta con [10] cariñoso acento,--se te va a quitar la gana de comer. Aquí comemos a la una. Las modas del campo no te gustarán.

--Me encantan, señora tía.

--Pues di lo que prefieres: ¿almorzar fuerte ahora o tomar una cosita ligera para que resistas hasta la hora de [15] comer?

--Escojo la cosa ligera para tener el gusto de comer con ustedes; y si en Villahorrenda hubiera encontrado algún alimento, nada tomaría a esta hora.

--Por supuesto, no necesito decirte que nos trates con [20] toda franqueza. Aquí puedes mandar como si estuvieras en tu casa.

--Gracias, tía.

--¡Pero cómo te pareces a tu padre!--añadió la señora, contemplando con verdadero arrobamiento al joven mientras [25] éste comía.

--Me parece que estoy mirando a mi querido hermano Juan. Se sentaba como te sientas tú y comía lo mismo que tú. En el modo de mirar sobre todo sois como dos gotas de agua.

Pepe la emprendió con el frugal desayuno. Las expresiones, 29 así como la actitud y las miradas de su tía y prima, le infundían tal confianza, que se creía ya en su propia casa.

--¿Sabes lo que me decía Rosario esta mañana?--indicó [5] doña Perfecta, fija la vista en su sobrino,--Pues me decía que tú, como hombre hecho a las pompas y etiquetas de la corte y a las modas del extranjero, no podrás soportar esta sencillez un poco rústica con que vivimos y esta falta de buen tono, pues aquí todo es a la pata la llana.

[10] --¡Qué error!--repuso Pepe, mirando a su prima.--Nadie aborrece más que yo las falsedades y comedias de lo que llaman alta sociedad. Crean ustedes que hace tiempo deseo darme, como decía no sé quién, un baño de cuerpo entero en la Naturaleza; vivir lejos del bullicio, en la soledad [15] y sosiego del campo. Anhelo la tranquilidad de una vida sin luchas, sin afanes, ni envidioso ni envidiado, como dijo el poeta. Durante mucho tiempo, mis estudios primero y mis trabajos después, me han impedido el descanso que necesito y que reclaman mi espíritu y mi cuerpo; pero [20] desde que entré en esta casa, querida tía, querida prima, me he sentido rodeado de la atmósfera de paz que deseo. No hay que hablarme, pues, de sociedades altas ni bajas, ni de mundos grandes ni chicos, porque de buen grado los cambio todos por este rincón.

[25] Esto decía, cuando los cristales de la puerta que comunicaba el comedor con la huerta se obscurecieron por la superposición de una larga opacidad negra. Los vidrios de unos espejuelos despidieron, heridos por la luz de sol, fugitivo rayo; rechinó el picaporte, abrióse la puerta, y el [30] señor Penitenciario penetró con gravedad en la estancia. Saludó y se inclinó, quitándose la canaleja hasta tocar con el ala de ella al suelo.

--Es el señor Penitenciario de esta Santa Catedral--dijo doña Perfecta,--persona a quien estimamos mucho y de quien espero serás amigo. Siéntese usted, Sr. D. 30 Inocencio.

Pepe estrechó la mano del venerable canónigo, y ambos se sentaron.

[5] --Pepe, si acostumbras fumar después de comer, no dejes de hacerlo--manifestó benévolamente doña Perfecta,--ni el señor Penitenciario tampoco.

A la sazón el buen D. Inocencio sacaba de debajo de la sotana una gran petaca de cuero, marcada con irrecusables [10] señales de antiquísimo uso, y la abrió, desenvainando de ella dos largos pitillos, uno de los cuales ofreció a nuestro amigo. De un cartoncejo que irónicamente llaman los españoles _wagón_, sacó Rosario un fósforo, y bien pronto ingeniero y canónigo echaban su humo el uno sobre el otro.

[15] --¿Y qué le parece al Sr. D. José nuestra querida ciudad de Orbajosa?--preguntó el canónigo, cerrando fuertemente el ojo izquierdo, según su costumbre mientras fumaba.

--Todavía no he podido formar idea de este pueblo--dijo Pepe.--Por lo poco que he visto, me parece que no le [20] vendrían mal a Orbajosa media docena de grandes capitales dispuestos a emplearse aquí, un par de cabezas inteligentes que dirigieran la renovación de este país y algunos miles de manos activas. Desde la entrada del pueblo hasta la puerta de esta casa he visto más de cien mendigos. La [25] mayor parte son hombres sanos y aun robustos. Es un ejército lastimoso, cuya vista oprime el corazón.

--- Para eso está la caridad--afirmó don Inocencio.--Por lo demás, Orbajosa no es un pueblo miserable. Ya sabe usted que aquí se producen los primeros ajos de toda España. [30] Pasan de veinte las familias ricas que viven entre nosotros.

--Verdad es--indicó doña Perfecta--que los últimos años han sido detestables a causa de la seca; pero aun así las paneras no están vacías, y se han llevado últimamente al mercado muchos miles de ristras de ajos.

--En tantos años que llevo de residencia en Orbajosa--dijo 31 el clérigo, frunciendo el ceño--he visto llegar aquí innumerables personajes de la Corte, traídos unos por la gresca electoral, otros por visitar algún abandonado terruño [5] o ver las antigüedades de la catedral, y todos entran hablándonos de arados ingleses, de trilladoras mecánicas, de saltos de aguas, de bancos y qué sé yo cuántas majaderías. El estribillo es que esto es muy malo y que podía ser mejor. Váyanse con mil demonios, que aquí estamos muy bien sin [10] que los señores de la Corte nos visiten, mucho mejor sin oír ese continuo clamoreo de nuestra pobreza y de las grandezas y maravillas de otras partes. Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, ¿no es verdad, Sr. D. José? Por supuesto, no se crea ni remotamente que lo digo por usted. [15] De ninguna manera. Pues no faltaba más. Ya sé que tenemos delante a uno de los jóvenes más eminentes de la España moderna, a un hombre que sería capaz de transformar en riquísimas comarcas nuestras áridas estepas.... Ni me incomodo porque usted me cante la vieja canción de [20] los arados ingleses y la arboricultura y la selvicultura.... Nada de eso; a hombres de tanto, de tantísimo talento, se les puede dispensar el desprecio que muestran hacia nuestra humildad. Nada, amigo mío, nada, Sr. D. José, está usted autorizado para todo, incluso para decirnos que somos poco [25] menos que cafres.

Esta filípica, terminada con marcado tono de ironía y harto impertinente toda ella, no agradó al joven; pero se abstuvo de manifestar el más ligero disgusto y siguió la conversación, procurando en lo posible huir de los puntos [30] en que el susceptible patriotismo del señor canónigo hallase fácil motivo de discordia. Éste se levantó en el momento en que la señora hablaba con su sobrino de asuntos de familia y dió algunos pasos por la estancia.

Era ésta vasta y clara, cubierta de antiguo papel, cuyas flores y ramos, aunque descoloridos, conservaban su 32 primitivo dibujo, gracias al aseo que reinaba en todas y cada una de las partes de la vivienda. El reloj, de cuya caja colgaban al descubierto, al parecer, las inmóviles pesas y el voluble [5] péndulo, diciendo perpetuamente que _no_, ocupaba con su abigarrado horario el lugar preeminente entre los sólidos muebles del comedor, completando el ornato de las paredes una serie de láminas francesas que representaban las hazañas del conquistador de Méjico, con prolijas explicaciones al [10] pie, en las cuales se hablaba de un _Ferdinand Cortez_ y de una _Donna Marine_ tan inverosímiles como las figuras dibujadas por el ignorante artista. Entre las dos puertas vidrieras que comunicaban con la huerta había un aparato de latón, que no es preciso describir desde que se diga que [15] servía de sustentáculo a un loro, el cual se mantenía allí con la seriedad y circunspección propias de estos animalejos, observándolo todo. La fisonomía irónica y dura de los loros, su casaca verde, su gorrete encarnado, sus botas amarillas y por último las roncas palabras burlescas que [20] suelen pronunciar, les dan un aspecto extraño y repulsivo entre serio y ridículo. Tienen no sé qué rígido empaque de diplomáticos. A veces parecen bufones, y siempre se asemejan a ciertos finchados hombres, que por querer parecer muy superiores, tiran a la caricatura.

[25] Era el Penitenciario muy amigo del loro. Cuando dejó a la señora y a Rosario en coloquio con el viajero, llegóse a él, y dejándose morder con la mayor complacencia el dedo índice, le dijo:

--Tunante, bribón, ¿por qué no hablas? Poco valdrías, [30] si no fueras charlatán. De charlatanes está lleno el mundo de los hombres y el de los pájaros.

Luego cogió con su propia venerable mano algunos garbanzos del cercano cazuelillo y se los dió a comer. El animal empezó a llamar a la criada pidiéndole chocolate, y sus palabras distrajeron a las dos damas y al caballero de 33 una conversación que no debía de ser muy importante.

VI

=Donde se ve que puede surgir la desavenencia cuando menos se espera=

De súbito se presentó el Sr. D. Cayetano Polentinos, hermano político de doña Perfecta, el cual entró con los [5] brazos abiertos, gritando:

--Venga acá, Sr. D. José de mi alma.

Y se abrazaron cordialmente. D. Cayetano y Pepe se conocían, porque el distinguido erudito y bibliófilo solía hacer excursiones a Madrid cuando se anunciaba almoneda [10] de libros, procedente de la testamentaría de algún _buquinista_. Era D. Cayetano alto y flaco, de edad mediana, si bien el continuo estudio o los padecimientos le habían desmejorado mucho; se expresaba con una corrección alambicada que le sentaba a las mil maravillas, y era cariñoso y amable, a [15] veces con exageración. Respecto de su vasto saber, ¿qué puede decirse sino que era un verdadero prodigio? En Madrid su nombre no se pronunciaba sin respeto, y si D. Cayetano residiera en la capital, no se escapara sin pertenecer, a pesar de su modestia, a todas las academias [20] existentes y por existir. Pero él gustaba del tranquilo [aislamiento,] y el lugar que en el alma de otros tiene la vanidad, teníalo en el suyo la pasión pura de los libros, el amor al estudio solitario y recogido, sin otra ulterior mira y aliciente que los propios libros y el estudio mismo.

[25] Había formada en Orbajosa una de las más ricas bibliotecas que en toda la redondez de España se encuentran, y dentro de ella pasaba largas horas del día y de la noche, compilando, clasificando, tomando apuntes y entresacando diversas suertes de noticias preciosísimas, o realizando 34 quizás algún inaudito y jamás soñado trabajo, digno de tan gran cabeza. Sus costumbres eran patriarcales; comía poco, bebía menos, y sus únicas calaveradas consistían en [5] alguna merienda en los Alamillos, en días muy sonados, y paseos diarios a un lugar llamado Mundogrande, donde a menudo eran desenterradas del fango de veinte siglos medallas romanas y pedazos de arquitrabe, extraños plintos de desconocida arquitectura y tal cual ánfora o cubicularia [10] de inestimable precio.

Vivían D. Cayetano y doña Perfecta en una armonía tal, que la paz del Paraíso no se le igualara. Jamás riñeron. Es verdad que él no se mezclaba para nada en los asuntos de la casa, ni ella en los de la biblioteca más que para [15] hacerla barrer y limpiar todos los sábados, respetando con religiosa admiración los libros y papeles que sobre la mesa y en diversos parajes estaban de servicio.

Después de las preguntas y respuestas propias del caso, D. Cayetano dijo:

[20] --Ya he visto la caja. Siento mucho que no me trajeras la edición de 1527. Tendré que hacer yo mismo un viaje a Madrid.... ¿Vas a estar aquí mucho tiempo? Mientras más, mejor, querido Pepe. ¡Cuánto me alegro de tenerte aquí! Entre los dos vamos a arreglar parte de mi biblioteca [25] y a hacer un índice de escritores de la Gineta. No siempre se encuentra a mano un hombre de tanto talento como tú.... Verás mi biblioteca.... Podrás darte en ella unos atracones de lectura.... Todo lo que quieras.... Verás maravillas, verdaderas maravillas, tesoros inapreciables, [30] rarezas que sólo yo poseo, sólo yo.... Pero, en fin, me parece que ya es hora de comer, ¿no es verdad, José? ¿No es verdad, Perfecta? ¿No es verdad, Rosarito? ¿No es verdad, Sr. D. Inocencio?... hoy es usted dos veces Penitenciario: dígolo porque nos acompañará usted a hacer penitencia. El canónigo se inclinó, y sonriendo mostraba 35 simpáticamente su aquiescencia. La comida fué cordial, y en todos los manjares se advertía la abundancia desproporcionada de los banquetes de pueblo, realizada a costa de la variedad. [5] Había para atracarse doble número de personas que las allí reunidas. La conversación recayó en asuntos diversos.

--Es preciso que visite usted cuanto antes nuestra catedral--dijo el canónigo.--¡Como ésta hay pocas, Sr. D. José!... Verdad es que usted, que tantas maravillas [10] ha visto en el extranjero, no encontrará nada notable en nuestra vieja iglesia.... Nosotros los pobres patanes de Orbajosa la encontramos divina. El maestro López de Berganza, racionero de ella, la llamaba en el siglo XVI _pulchra augustina_.... Sin embargo, para hombres de tanto [15] saber como usted, quizá no tenga ningún mérito, y cualquier mercado de hierro será más bello.

Cada vez disgustaba más a Pepe Rey el lenguaje irónico del sagaz canónigo; pero resuelto a contener y disimular su enfado, no contestó sino con palabras vagas. Doña Perfecta [20] tomó en seguida la palabra, y jovialmente se expresó así:

--Cuidado, Pepito; te advierto que si hablas mal de nuestra santa iglesia, perderemos las amistades. Tú sabes mucho y eres un hombre eminente que de todo entiendes; [25] pero si has de descubrir que esa gran fábrica no es la octava maravilla, guárdate en buen hora tu sabiduría y no nos saques de bobos....

--Lejos de creer que este edificio no es bello--repuso Pepe--lo poco que de su exterior he visto me ha parecido [30] de imponente hermosura. De modo, señora tía, que no hay para qué asustarse; ni yo soy sabio ni mucho menos.

--Poco a poco--dijo el canónigo, extendiendo la mano y dando paz a la boca por breve rato para que, hablando, descansase del mascar.--Alto allá: no venga usted aquí haciéndose el modesto, Sr. D. José, que hartos estamos de 36 saber lo muchísimo que usted vale, la gran fama de que goza y el papel importantísimo que desempeñará donde quiera que se presente. No se ven hombres así todos los [5] días. Pero ya que de este modo ensalzo los méritos de usted....

Detúvose para seguir comiendo, y luego que la sin hueso quedó libre, continuó así:

--Ya que de este modo ensalzo los méritos de usted, [10] permítaseme expresar otra opinión con la franqueza que es propia de mi carácter. Sí, Sr. D. José: sí, Sr. D. Cayetano; sí, señora y niña mías; la ciencia, tal como la estudian y la propagan los modernos, es la muerte del sentimiento y de las dulces ilusiones. Con ella la vida del espíritu se amengua; [15] todo se reduce a reglas fijas, y los mismos encantos sublimes de la Naturaleza desaparecen. Con la ciencia destrúyese lo maravilloso en las artes, así como la fe en el alma. La ciencia dice que todo es mentira y todo lo quiere poner en guarismos y rayas, no sólo _maria ac terras_, donde [20] estamos nosotros, sino también _caelumque profundum_, donde está Dios... Los admirables sueños del alma, su arrobamiento místico; la inspiración misma de los poetas, mentira. El corazón es una esponja, el cerebro una gusanera.

Todos rompieron a reír, mientras él daba paso a un trago [25] de vino.

--Vamos, ¿me negará el Sr. D. José--añadió el sacerdote--que la ciencia, tal como se enseña y se propaga hoy, va derecho a hacer del mundo y del género humano una gran máquina?

[30] --Eso según y conforme--dijo D. Cayetano.--Todas las cosas tienen su pro y su contra.

--Tome usted más ensalada, señor Penitenciario--dijo doña Perfecta.--Está cargadita de mostaza, como a usted le gusta.

Pepe Rey no gustaba de entablar vanas disputas, ni era 37 pedante, ni alardeaba de erudito, mucho menos ante mujeres y en reuniones de confianza; pero la importuna verbosidad agresiva del canónigo necesitaba, según él, un correctivo. [5] Para dárselo le pareció mal sistema exponer ideas que, concordando con las del canónigo, halagasen a éste, y decidió manifestar las opiniones que más contrariaran y más acerbamente mortificasen al mordaz Penitenciario.

--Quieres divertirte conmigo--dijo para sí.--Verás [10] qué mal rato te voy a dar.

Y luego añadió en voz alta:

--Cierto es todo lo que el señor Penitenciario ha dicho en tono de broma. Pero no es culpa nuestra que la ciencia esté derribando a martillazos un día y otro tanto ídolo vano, [15] la superstición, el sofisma, las mil mentiras de lo pasado, bellas las unas, ridículas las otras, pues de todo hay en la viña del Señor. El mundo de las ilusiones, que es como si dijéramos un segundo mundo, se viene abajo con estrépito. El misticismo en religión, la rutina en la ciencia, el [20] amaneramiento en las artes, caen como cayeron los dioses paganos, entre burlas. Adiós, sueños torpes, el género humano despierta y sus ojos ven la claridad. El sentimentalismo vano, el misticismo, la fiebre, la alucinación, el delirio desaparecen, y el que antes era enfermo hoy está sano y se goza con [25] placer indecible en la justa apreciación de las cosas. La fantasía, la terrible loca, que era el ama de la casa, pasa a ser criada.... Dirija usted la vista a todos lados, señor Penitenciario, y verá el admirable conjunto de realidad que ha sustituído a la fábula. El cielo no es una bóveda, las [30] estrellas no son farolillos, la luna no es una cazadora traviesa, sino un pedrusco opaco; el sol no es un cochero emperegilado y vagabundo, sino un incendio fijo. Las sirtes no son ninfas, sino dos escollos; las sirenas son focas, y en el orden de las personas Mercurio es Manzanedo; Marte es un viejo barbilampiño, el conde de Moltke; 38 Néstor puede ser un señor de gabán que se llama monsieur Thiers; Orfeo es Verdi; Vulcano es Krupp; Apolo es cualquier poeta. ¿Quiere usted más? Pues Júpiter, un [5] Dios digno de ir a presidio si viviera aún, no descarga el rayo, sino que el rayo cae cuando a la electricidad le da la gana. No hay Parnaso, no hay Olimpo; no hay laguna Estigia, ni otros Campos Elíseos que los de París. No hay ya más bajada al infierno que las de la geología, y este [10] viajero, siempre que vuelve, dice que no hay condenados en el centro de la tierra. No hay más subidas al cielo que las de la astronomía, y ésta a su regreso asegura no haber visto los seis o siete pisos de que hablan el Dante y los místicos y soñadores de la Edad Media. No encuentra sino astros [15] y distancias, líneas, enormidades de espacio y nada más. Ya no hay falsos cómputos de la edad del mundo, porque la paleontología y la prehistoria han contado los dientes de esta calavera en que vivimos y averiguado su verdadera edad. La fábula, llámese paganismo o idealismo cristiano, [20] ya no existe, y la imaginación está de cuerpo presente. Todos los milagros posibles se reducen a los que yo hago cuando se me antoja en mi gabinete con una pila de Bunsen, un hilo inductor y una aguja imantada. Ya no hay más multiplicaciones de panes y peces que las que hace la [25] industria con sus moldes y máquinas y las de la imprenta, que imita a la Naturaleza sacando de un solo tipo millones de ejemplares. En suma, señor canónigo de mi alma, se han corrido las órdenes para dejar cesantes a todos los absurdos, falsedades, ilusiones, ensueños, sensiblerías y [30] preocupaciones que ofuscan el entendimiento del hombre. Celebremos el suceso.

Cuando concluyó de hablar, en los labios del canónigo retozaba una sonrisilla, y sus ojos habían tomado animación extraordinaria. D. Cayetano se ocupaba en dar diversas formas, ora romboides, ora prismáticas, a una bolita de pan. 39 Pero doña Perfecta estaba pálida y fijaba sus ojos en el canónigo con insistencia observadora. Rosarito contemplaba llena de estupor a su primo. Éste se inclinó hacia [5] ella, y al oído le dijo disimuladamente en voz muy baja:

--No me hagas caso, primita. Digo estos disparates para sulfurar al señor canónigo.

VII

=La desavenencia crece=

--Puede que creas--indicó doña Perfecta con ligero acento de vanidad,--que el señor D. Inocencio se va a [10] quedar callado sin contestarte a todos y cada uno de esos puntos.

--¡Oh, no!--exclamó el canónigo, arqueando las cejas.

--No mediré yo mis escasas fuerzas con adalid tan valiente y al mismo tiempo tan bien armado. El Sr. D. José lo [15] sabe todo, es decir, tiene a su disposición todo el arsenal de las ciencias exactas. Bien sé que la doctrina que sustenta es falsa; pero yo no tengo talento ni elocuencia para combatirla. Emplearía yo las armas del sentimiento; emplearía argumentos teológicos, sacados de la revelación, de [20] la fe, de la palabra divina; pero ¡ay! el Sr. D. José, que es un sabio eminente, se reiría de la teología, de la fe, de la revelación, de los santos profetas, del Evangelio. Un pobre clérigo ignorante, un desdichado que no sabe matemáticas, ni filosofía alemana en que hay aquello de _yo_ y _no [25] yo,_ un pobre dómine que no sabe más que la ciencia de Dios y algo de poetas latinos, no puede entrar en combate con estos bravos corifeos.

Pepe Rey prorrumpió en francas risas.

--Veo que el Sr. D. Inocencio--dijo,--ha tomado [30] por lo serio estas majaderías que he dicho. Vaya, señor canónigo, vuélvanse cañas las lanzas y todo se acabó. 40 Seguro estoy de que mis verdaderas ideas y las de usted no están en desacuerdo. Usted es un varón piadoso e [5] instruído. Aquí el ignorante soy yo. Si he querido bromear, dispénsenme todos: yo soy así.

--Gracias--repuso el presbítero visiblemente contrariado.--¿Ahora salimos con ésa? Bien sé yo, bien sabemos todos que las ideas que usted ha sustentado son las suyas. No podía ser de otra manera. Usted es el hombre [10] del siglo. No puede negarse que su entendimiento es prodigioso, verdaderamente prodigioso. Mientras usted hablaba, yo, lo confieso ingénuamente, al mismo tiempo que en mi interior deploraba error tan grande, no podía menos de admirar lo sublime de la expresión, la prodigiosa facundia, [15] el método sorprendente de su raciocinio, la fuerza de los argumentos.... ¡Qué cabeza, señora doña Perfecta, qué cabeza la de este joven sobrino de usted! Cuando estuve en Madrid y me llevaron al Ateneo, confieso que me quedé absorto al ver el asombroso ingenio que Dios ha dado a los [20] ateos y protestantes.