Chapter 3
[25] --Es que de aquí no se ven más que los arrabales--afirmó con disgusto el guía.--Cuando entre usted en la calle Real y en la del Condestable, verá fábricas tan hermosas como la de la catedral.
--- No quiero hablar mal de Orbajosa antes de conocerla--dijo [30] el caballero.--Lo que he dicho no es tampoco señal de desprecio; que humilde y miserable, lo mismo que hermosa y soberbia, esa ciudad será siempre para mí muy querida, no sólo por ser patria de mi madre, sino porque en ella viven personas a quienes amo ya sin conocerlas. Entremos, 16 pues, en la ciudad _augusta_.
Subían ya por una calzada próxima a las primeras calles, e iban tocando las tapias de las huertas.
[5] --¿Ve usted aquella gran casa que está al fin de esta gran huerta por cuyo bardal pasamos ahora?--dijo el tío Licurgo, señalando el enorme paredón revocado de la única vivienda que tenía aspecto de habitabilidad cómoda y alegre.
--Ya... ¿aquella es la vivienda de mi tía?
[10] --Justo y cabal. Lo que vemos es la parte trasera de la casa. El frontis da a la calle del Condestable, y tiene cinco balcones de hierro que parecen cinco castillos. Esta hermosa huerta que hay tras la tapia es la de la casa, y si usted se alza sobre los estribos, la verá toda desde aquí.
[15] --Pues estamos ya en casa--dijo el caballero.--¿No se puede entrar por aquí?
--Hay una puertecilla; pero la señora la mandó tapiar.
El caballero se alzó sobre los estribos, y alargando cuanto pudo la cabeza, miró por encima de las bardas.
[20] --Veo la huerta toda--indicó.--Allí, bajo aquellos árboles, está una mujer, una chiquilla... una señorita....
--Es la señorita Rosario--repuso Licurgo.
Y al instante se alzó también sobre los estribos para mirar.
[25] --¡Eh! señorita Rosario--gritó, haciendo con la derecha mano gestos muy significativos.--Ya estamos aquí... aquí le traigo a su primo.
--Nos ha visto--dijo el caballero, estirando el pescuezo hasta el último grado.--Pero si no me engaño, al lado de [30] ella está un clérigo... un señor sacerdote.
--Es el señor Penitenciario--repuso con naturalidad el labriego.
--Mi prima nos ve... deja solo al clérigo, y echa a correr hacia la casa... Es bonita....
--Como un sol. 17
--Se ha puesto más encarnada que una cereza. Vamos, vamos, Sr. Licurgo.
III
=Pepe Rey=
Antes de pasar adelante, conviene decir quién era Pepe [5] Rey y qué asuntos le llevaban a Orbajosa.
Cuando el brigadier Rey murió en 1841, sus dos hijos, Juan y Perfecta, acababan de casarse, ésta con el más rico proprietario de Orbajosa, aquél con una joven de la misma ciudad. Llamábase el esposo de Perfecta don Manuel María [10] José de Polentinos, y la mujer de Juan, María Polentinos; pero a pesar de la igualdad de apellido, su parentesco era un poco lejano y de aquellos que no coge un galgo. Juan Rey era insigne jurisconsulto graduado en Sevilla, y ejerció la abogacía en esta misma ciudad durante treinta años, con [15] tanta gloria como provecho. En 1845 era ya viudo y tenía un hijo que empezaba a hacer diabluras; solía tener por entretenimiento el construir con tierra en el patio de la casa viaductos, malecones, estanques, presas, acequias, soltando después el agua para que entre aquellas frágiles [20] obras corriese. El padre le dejaba hacer y decía: "tú serás ingeniero."
Perfecta y Juan dejaron de verse desde que uno y otro se casaron, porque ella se fué a vivir a Madrid con el opulentísimo Polentinos, que tenía tanta hacienda como buena [25] mano para gastarla. El juego y las mujeres cautivaban de tal modo el corazón de Manuel María José, que habría dado en tierra con toda su fortuna, si más pronto que él para derrocharla no estuviera la muerte para llevárselo a él. En una noche de orgía acabaron de súbito los días de aquel [30] ricacho provinciano, tan vorazmente chupado por las sanguijuelas de la corte y por el insaciable vampiro del juego. 18 Su única heredera era una niña de pocos meses. Con la muerte del esposo de Perfecta se acabaron los sustos en la familia; pero empezó el gran conflicto. La casa de [5] Polentinos estaba arruinada; las fincas en peligro de ser arrebatadas por los prestamistas, todo en desorden, enormes deudas, lamentable administración en Orbajosa, descrédito y ruina en Madrid.
Perfecta llamó a su hermano, el cual, acudiendo en auxilio [10] de la pobre viuda, mostró tanta diligencia y tino, que al poco tiempo la mayor parte de los peligros habían desaparecido. Principió por obligar a su hermana a residir en Orbajosa, administrando por sí misma sus vastas tierras, mientras él hacía frente en Madrid al formidable empuje de los [15] acreedores. Poco a poco fué descargándose la casa del enorme fardo de sus deudas, porque el bueno de D. Juan Rey, que tenía la mejor mano del mundo para tales asuntos, lidió con la curia, hizo contratos con los principales acreedores, estableció plazos para el pago, resultando de este [20] hábil trabajo que el riquísimo patrimonio de Polentinos saliese a flote, y pudiera seguir dando por luengos años esplendor y gloria a la ilustre familia.
La gratitud de Perfecta era tan viva, que al escribir a su hermano desde Orbajosa, donde resolvió residir hasta que [25] creciera su hija, le decía entre otras ternezas: "Has sido más que hermano para mí, y para mi hija más que su propio padre. ¿Cómo te pagaremos ella y yo tan grandes beneficios? ¡Ay! querido hermano, desde que mi hija sepa discurrir y pronunciar un nombre, yo le enseñaré a bendecir [30] el tuyo. Mi agradecimiento durará toda mi vida. Tu hermana indigna siente no encontrar ocasión de mostrarte lo mucho que te ama y de recompensarte de un modo apropiado a la grandeza de tu alma y a la inmensa bondad de tu corazón."
Cuando esto se escribía, Rosarito tenía dos años. Pepe 19 Rey, encerrado en un colegio de Sevilla, hacía rayas en un papel, ocupándose en probar que _la suma de los ángulos interiores de un polígono vale tantas veces dos rectos como lados [5] tiene menos dos_. Estas enfadosas perogrulladas le traían muy atareado. Pasaron años y más años. El muchacho crecía y no cesaba de hacer rayas. Por último, hizo una que se llama _De Tarragona a Montblanch_. Su primer juguete formal fué el puente de 120 metros sobre el río [10] Francolí.
Durante mucho tiempo, doña Perfecta siguió viviendo en Orbajosa. Como su hermano no salió de Sevilla, pasaron unos pocos años sin que uno y otro se vieran. Una carta trimestral, tan puntualmente escrita como puntualmente [15] contestada, ponía en comunicación aquellos dos corazones, cuya ternura ni el tiempo ni la distancia podían enfriar. En 1870, cuando D. Juan Rey, satisfecho de haber desempeñado bien su misión en la sociedad, se retiró a vivir en su hermosa casa de Puerto Real, Pepe, que ya había trabajado [20] algunos años en las obras de varias poderosas compañías constructoras, emprendió un viaje de estudio a Alemania e Inglaterra. La fortuna de su padre (tan grande como puede serlo en España la que sólo tiene por origen un honrado bufete), le permitía librarse en breves períodos del yugo del [25] trabajo material. Hombre de elevadas ideas y de inmenso amor a la ciencia, hallaba su más puro goce en la observación y estudio de los prodigios con que el genio del siglo sabe cooperar a la cultura y bienestar físico y perfeccionamiento moral del hombre.
[30] Al regresar del viaje, su padre le anunció la revelación de un importante proyecto, y como Pepe creyera que se trataba de un puente, dársena o cuando menos saneamiento de marismas, sacóle de tal error D. Juan, manifestándole su pensamiento en estos términos:
--Estamos en Marzo y la carta trimestral de Perfecta no 20 podía faltar. Querido hijo, léela, y si estás conforme con lo que en ella manifiesta esa santa y ejemplar mujer, mi querida hermana, me darás la mayor felicidad que en mi [5] vejez puedo desear. Si no te gustase el proyecto, deséchalo sin reparo, aunque tu negativa me entristezca; que en él no hay ni sombra de imposición por parte mía. Sería indigno de mí y de ti que esto se realizase por coacción de un padre terco. Eres libre de aceptar o no, y si hay en tu [10] voluntad la más ligera resistencia, originada en ley del corazón o en otra causa, no quiero que te violentes por mí.
Pepe dejó la carta sobre la mesa, después de pasar la vista por ella, y tranquilamente dijo:
--Mi tía quiere que me case con Rosario.
[15] --Ella contesta aceptando con gozo mi idea--dijo el padre muy conmovido.--Porque la idea fué mía... sí, hace tiempo, hace tiempo que la concebí... pero no había querido decirte nada, antes de conocer el pensamiento de mi hermana. Como ves, Perfecta acoge con júbilo mi plan; [20] dice que también había pensado en lo mismo; pero que no se atrevía a manifestármelo, por ser tú... ¿no ves lo que dice? "por ser tú un joven de singularísimo mérito, y su hija una joven aldeana educada sin brillantez, ni mundanales atractivos...." Así mismo lo dice.... ¡Pobre [25] hermana mía! ¡Qué buena es!... Veo que no te enfadas; veo que no te parece absurdo este proyecto mío, algo parecido a la previsión oficiosa de los padres de antaño, que casaban a sus hijos sin consultárselo, y las más veces haciendo uniones disparatadas y prematuras.... Dios [30] quiera que ésta sea o prometa ser de las más felices. Es verdad que no conoces a mi sobrina; pero tú y yo tenemos noticias de su virtud, de su discreción, de su modestia y noble sencillez. Para que nada le falte, hasta es bonita.... Mi opinión--añadió festivamente,--es que te pongas en camino y pises el suelo de esa recóndita ciudad episcopal, 21 de esa _urbs augusta_, y allí, en presencia de mi hermana y de su graciosa Rosarito, resuelvas si ésta ha de ser algo más que mi sobrina.
[5] Pepe volvió a tomar la carta y la leyó con cuidado. Su semblante no expresaba alegría ni pesadumbre. Parecía estar examinando un proyecto de empalme de dos vías férreas.
--Por cierto--decía D. Juan,--que en esa remota [10] Orbajosa, donde, entre paréntesis, tienes fincas que puedes examinar ahora, se pasa la vida con la tranquilidad y dulzura de los idilios. ¡Qué patriarcales costumbres! ¡Qué nobleza en aquella sencillez! ¡Qué rústica paz virgiliana! Si en vez de ser matemático fueras latinista, repetirías al [15] entrar allí el _ergo tua rura manebunt_. ¡Qué admirable lugar para dedicarse a la contemplación de nuestra propia alma y prepararse a las buenas obras! Allí todo es bondad, honradez; allí no se conocen la mentira y la farsa como en nuestras grandes ciudades; allí renacen las santas [20] inclinaciones que el bullicio de la moderna vida ahoga; allí despierta la dormida fe, y se siente vivo impulso indefinible dentro del pecho, al modo de pueril impaciencia que en el fondo de nuestra alma grita: "quiero vivir."
Pocos días después de esta conferencia, Pepe salió de [25] Puerto Real. Había rehusado meses antes una comisión del Gobierno para examinar bajo el punto de vista minero la cuenca del río Nahara en el valle de Orbajosa; pero los proyectos a que dió lugar la conferencia referida, le hicieron decir:--"Conviene aprovechar el tiempo. Sabe Dios lo [30] que durará ese noviazgo y el aburrimiento que traerá consigo." Dirigióse a Madrid, solicitó la comisión de explorar la cuenca del Nahara, se la dieron sin dificultad, a pesar de no pertenecer oficialmente al cuerpo de minas, púsose luego en marcha, y después de trasbordar un par de veces, el tren mixto número 65 le llevó, como se ha visto, a los amorosos 22 brazos del tío Licurgo.
Frisaba la edad de este excelente joven en los treinta y cuatro años. Era de complexión fuerte y un tanto hercúlea, [5] con rara perfección formado, y tan arrogante, que si llevara uniforme militar, ofrecería el más guerrero aspecto y talle que puede imaginarse. Rubios el cabello y la barba, no tenía en su rostro la flemática imperturbabilidad de los Sajones, sino por el contrario, una viveza tal, que sus ojos [10] parecían negros sin serlo. Su persona bien podía pasar por un hermoso y acabado símbolo, y si fuera estatua, el escultor habría grabado en el pedestal estas palabras: _inteligencia, fuerza_. Si no en caracteres visibles, llevábalas él expresadas vagamente en la luz de su mirar, en el poderoso atractivo [15] que era don propio de su persona, y en las simpatías a que su trato cariñosamente convidaba.
No era de los más habladores: sólo los entendimientos de ideas inseguras y de movedizo criterio propenden a la verbosidad. El profundo sentido moral de aquel insigne [20] joven le hacía muy sobrio de palabras en las disputas que constantemente traban sobre diversos asuntos los hombres del día; pero en la conversación urbana sabía mostrar una elocuencia picante y discreta, emanada siempre del buen sentido y de la apreciación mesurada y justa de las cosas [25] del mundo. No admitía falsedades, ni mistificaciones, ni esos retruécanos del pensamiento con que se divierten algunas inteligencias impregnadas de gongorismo; y para volver por los fueros de la realidad, Pepe Rey solía emplear a veces, no siempre con comedimiento, las armas de la burla. [30] Esto casi era un defecto a los ojos de gran número de personas que le estimaban, porque nuestro joven aparecía un poco irrespetuoso en presencia de multitud de hechos comunes en el mundo y admitidos por todos. Fuerza es decirlo, aunque se amengüe su prestigio: Rey no conocía la dulce tolerancia del condescendiente siglo que ha inventado singulares 23 velos de lenguaje y de hechos para cubrir lo que a los vulgares ojos pudiera ser desagradable.
Así, y no de otra manera, por más que digan calumniadoras [5] lenguas, era el hombre a quien el tío Licurgo introdujo en Orbajosa en la hora y punto en que la campana de la catedral tocaba a misa mayor. Luego que uno y otro, atisbando por encima de los bardales, vieron a la niña y al Penitenciario y la veloz corrida de aquélla hacia la casa, [10] picaron sus caballerías para entrar en la calle Real, donde gran número de vagos se detenían para mirar al viajero como extraño huésped intruso de la patriarcal ciudad. Torciendo luego a la derecha, en dirección a la catedral, cuya corpulenta fábrica dominaba todo el pueblo, tomaron la calle [15] del Condestable, en la cual, por ser estrecha y empedrada, retumbaban con estridente sonsonete las herraduras, alarmando al vecindario, que por ventanas y balcones se mostraba para satisfacer su curiosidad. Abríanse con singular chasquido las celosías, y caras diversas, casi todas de hembra, [20] asomaban arriba y abajo. Cuando Pepe Rey llegó al arquitectónico umbral de la casa de Polentinos, ya se habían hecho multitud de comentarios diversos sobre su figura.
IV
=La llegada del primo=
EL señor Penitenciario, cuando Rosarito se separó bruscamente de él, miró a los bardales, y viendo las cabezas del [25] tío Licurgo y de su compañero de viaje, dijo para sí:
--Vamos, ya está ahí ese prodigio.
Quedóse un rato meditabundo, sosteniendo el manteo con ambas manos cruzadas sobre el abdomen, fija la vista en el suelo, con los anteojos de oro deslizándose suavemente hacia la punta de la nariz, saliente y húmedo el labio 24 inferior, y un poco fruncidas las blanquinegras cejas. Era un santo varón piadoso y de no común saber, de intachables costumbres clericales, algo más de sexagenario, de afable [5] trato, fino y comedido, gran repartidor de consejos y advertencias a hombres y mujeres. Desde luengos años era maestro de latinidad y retórica en el Instituto, cuya noble profesión dióle gran caudal de citas horacianas y de floridos tropos, que empleaba con gracia y oportunidad. Nada más [10] conviene añadir acerca de este personaje, sino que cuando sintió el trote largo de las cabalgaduras que corrían hacia la calle del Condestable, se arregló el manteo, enderezó el sombrero, que no estaba del todo bien puesto en la venerable cabeza, y marchando hacia la casa, murmuró--
[15] --Vamos a ver ese prodigio.
En tanto, Pepe bajaba de la jaca, y en el mismo portal le recibía en sus amantes brazos doña Perfecta, anegado en lágrimas el rostro y sin poder pronunciar sino palabras breves y balbucientes, expresión sincera de su cariño.
[20] --¡Pepe... pero qué grande estás!... y con barbas... Me parece que fué ayer cuando te ponía sobre mis rodillas... ya estás hecho un hombre, todo un hombre... ¡Cómo pasan los años!... ¡Jesús! Aquí tienes a mi hija Rosario.
[25] Diciendo esto, habían llegado a la sala baja, ordinariamente destinada a recibir, y doña Perfecta presentóle a su hija.
Era Rosarita una muchacha de apariencia delicada y débil, que anunciaba inclinaciones a lo que los portugueses [30] llaman _saudades_. En su rostro fino y puro se observaba algo de la pastosidad nacarada, que la mayor parte de los novelistas atribuyen a sus heroínas, y sin cuyo barniz sentimental parece que ninguna Enriqueta y ninguna Julia pueden ser interesantes. Pero lo principal en Rosario era que tenía tal expresión de dulzura y modestia, que al verla 25 no se echaban de menos las perfecciones de que carecía. No es esto decir que era fea; mas también es cierto que habría pasado por hiperbólico el que la llamara hermosa, [5] dando a esta palabra su riguroso sentido. La hermosura real de la niña de doña Perfecta consistía en una especie de trasparencia, prescindiendo del nácar, del alabastro, del marfil y demás materias usadas en la composición descriptiva de los rostros humanos; una especie de transparencia, digo, [10] por la cual todos las honduras de su alma se veían claramente, honduras no cavernosas y horribles como las del mar, sino como las de un manso y claro río. Pero allí faltaba materia para que la persona fuese completa; faltaba cauce, faltaban orillas. El vasto caudal de su espíritu se [15] desbordaba, amenazando devorar las estrechas riberas. Al ser saludada por su primo se puso como la grana, y sólo pronunció algunas palabras torpes.
--Estarás desmayado--dijo doña Perfecta a su sobrino.--Ahora mismo te daremos de almorzar.
[20] --Con permiso de usted--repuso el viajero,--voy a quitarme el polvo del camino....
--Muy bien pensado--dijo la señora.--Rosario, lleva a tu primo al cuarto que le hemos preparado. Despáchate pronto, sobrino. Voy a dar mis órdenes.
[25] Rosario llevó a su primo a una hermosa habitación situada en el piso bajo. Desde que puso el pie dentro de ella, Pepe reconoció en todos los detalles de la vivienda la mano diligente y cariñosa de una mujer. Todo estaba puesto con arte singular, y el aseo y frescura de cuanto allí había [30] convidaban a reposar en tan hermoso nido. El huésped reparó minuciosidades que le hicieron reír.
--Aquí tienes la campanilla--dijo Rosarito, tomando el cordón de ella, cuya borla caía sobre la cabecera del lecho.
--No tienes más que alargar la mano. La mesa de escribir está puesta de modo que recibas la luz por la izquierda.... 26 Mira, en esta cesta echarás los papeles rotos.... ¿Tú fumas?
--Tengo esa desgracia--repuso Pepe Rey.
[5] --Pues aquí puedes echar las puntas de cigarro--dijo ella, tocando con la punta del pie un mueble de latón dorado lleno de arena.--No hay cosa más fea que ver el suelo lleno de colillas de cigarro.... Mira el lavabo.... Para la ropa tienes un ropero y una cómoda.... Creo que la relojera [10] está mal aquí y se te debe poner junto a la cama.... Si te molesta la luz, no tienes más que correr el transparente tirando de la cuerda... ¿ves?... rich....
El ingeniero estaba encantado.
Rosarito abrió una ventana.
[15] --Mira--dijo--esta ventana da a la huerta. Por aquí entra el sol de tarde. Aquí tenemos colgado la jaula de un canario, que canta como un loco. Si te molesta, la quitaremos.
Abrió otra ventana del testero opuesto.
[20] --Esta otra ventana--añadió,--da a la calle. Mira, de aquí se ve la catedral, que es muy hermosa y está llena de preciosidades. Vienen muchos Ingleses a verla. No abras las dos ventanas a un tiempo, porque las corrientes de aire son muy malas.
[25] --Querida prima--dijo Pepe, con el alma inundada de inexplicable gozo--en todo lo que está delante de mis ojos veo una mano de ángel que no puede ser sino la tuya. ¡Qué hermoso cuarto es este! Me parece que he vivido en él toda mi vida. Está convidando a la paz.
[30] Rosarito no contestó nada a estas cariñosas expresiones, y sonriendo salió.
--No tardes--dijo desde la puerta;--el comedor está también abajo... en el centro de esta galería.
Entró el tío Licurgo con el equipaje. Pepe le recompensó con una largueza a que el labriego no estaba acostumbrado; 27 y éste, después de dar las gracias con humildad, llevóse la mano a la cabeza, como quien ni se pone ni se quita el sombrero, y en tono embarazoso, mascando las palabras, [5] como quien no dice ni deja de decir las cosas, se expresó de este modo:
--¿Cuándo será la mejor hora para hablar al Sr. D. José de un... de un asuntillo?
--¿De un asuntillo? Ahora mismo--repuso Pepe, [10] abriendo un baúl.
--No es oportunidad--dijo el labriego.--Descanse el Sr. D. José, que tiempo tenemos. Más días hay que longanizas, como dijo el otro; y un día viene tras otro día.... Que usted descanse, Sr. D. José.... Cuando quiera dar [15] un paseo... la jaca no es mala.... Con que buenos días, Sr. D. José. Que viva usted mil años.... ¡Ah! se me olvidaba--añadió, volviendo a entrar después de algunos segundos de ausencia.--Si quiere usted algo para el señor juez municipal.... Ahora voy allá a hablarle de [20] nuestro asuntillo....
--Déle usted expresiones--dijo festivamente, no encontrando mejor fórmula para sacudirse de encima al legislador espartano.
--Pues quede con Dios el Sr. D. José.
[25] --Abur.
El ingeniero no había sacado su ropa, cuando aparecieron por tercera vez en la puerta los sagaces ojuelos y la marrullera fisonomía del tío Licurgo.
--Perdone el Sr. D. José--dijo mostrando en afectada [30] risa sus blanquísimos dientes.--Pero... quería decirle que si usted desea que esto se arregle por amigables componedores.... Aunque, como dijo el otro, pon lo tuyo en consejo y unos dirán que es blanco y otros que es negro....
--Hombre, ¿quiere usted irse de aquí?
--Dígolo porque a mí me carga la justicia. No quiero 28 nada con justicia. Del lobo un pelo y ese de la frente. Con que con Dios, Sr. don José. Dios le conserve sus días para favorecer a los pobres....
[5] --Adiós, hombre, adiós.
Pepe echó la llave a la puerta y dijo para sí:
--La gente de este pueblo parece ser muy pleitista.
V
_¿Habrá desavenencia?_
Poco después Pepe se presentaba en el comedor.