Chapter 18
"Lejos de ser mi intento hacer quijotadas en la casa de esa señora, he procurado evitarle algunas molestias, de que [15] no se libraron los demás vecinos. Por mi amistad con el brigadier no les han obligado a presentar, como se mandó, una lista de todos los hombres de su servidumbre que se han marchado con la facción; y si se le registró la casa, me consta que fue por fórmula; y si le desarmaron los seis [20] hombres que allí tenía, después ha puesto otros tantos y nada se le ha hecho. Vea usted a lo que está reducida mi hostilidad a la señora."
"Verdad es que yo tengo el apoyo de los jefes militares; pero lo utilizo tan sólo para no ser insultado o maltratado [25] por esta gente implacable. Mis probabilidades de éxito consisten en que las autoridades recientemente puestas por el jefe militar son todas amigas. Tomo de ellas mi fuerza moral y les intimido. No sé si me veré en el caso de cometer alguna acción violenta; pero no se asuste usted, que el [30] asalto y toma de la casa es una pura y loca preocupación feudal de su hermana de usted. La casualidad me ha puesto en situación ventajosa. La ira, la pasión que arde en mí, me impulsarán a aprovecharla. No sé hasta dónde iré."
_17 de Abril._ 209
"La carta de usted me ha dado un gran consuelo. Sí; puedo conseguir mi objeto, usando tan sólo los recursos de la ley, eficaces completamente para esto. He consultado a las autoridades de aquí, y todas me confirman en lo que [5] usted me indica. Estoy contento. Ya que he inculcado en el ánimo de mi prima la idea de la desobediencia, que sea al menos al amparo de las leyes sociales. Haré lo que usted me manda, es decir, renunciaré a la colaboración un poco fea de Pinzón; destruiré la solidaridad aterradora que [10] establecí con los militares; dejaré de envanecerme con el poder de ellos; pondré fin a las aventuras, y en el momento oportuno procederé con calma, prudencia y toda la benignidad posible. Mejor es así. Mi coalición, mitad seria, mitad burlesca, con el ejército, ha tenido por objeto ponerme [15] al amparo de las brutalidades de los orbajosenses y de los criados y deudos de mi tía. Por lo demás, siempre he rechazado la idea de lo que llamamos _la intervención armada_."
"El amigo que me favorecía ha tenido que salir de la casa; pero no estoy en completa incomunicación con mi [20] prima. La pobrecita demuestra un valor heroico en medio de sus penas, y me obedecerá ciegamente."
"Esté usted sin cuidado respecto a mi seguridad personal. Por mi parte nada temo y estoy muy tranquilo."
_20 de Abril._
"Hoy no puedo escribir más que dos líneas. Tengo [25] mucho que hacer. Todo concluirá dentro de unos días. No me escriba usted más a este lugarón. Pronto tendrá el gusto de abrazarle su hijo."
"PEPE."
210
XXIX
De Pepe Rey a Rosarito Polentinos
"Dale a Estebanillo la llave de la huerta y encárgale que cuide del perro. El muchacho está vendido a mí en cuerpo y alma. No temas nada. Sentiré mucho que no puedas bajar, como la otra noche. Haz todo lo posible por conseguirlo. [5] Yo estaré allí después de media noche. Te diré lo que he resuelto, y lo que debes hacer. Tranquilízate, niña mía, porque he abandonado todo recurso imprudente y brutal. Ya te contaré. Esto es largo y debe ser hablado. Me parece que veo tu susto y congoja al considerarme tan [10] cerca de ti. Pero hace ocho días que no te he visto. He jurado que esta ausencia de ti concluirá pronto, y concluirá. El corazón me dice que te veré. Maldito sea yo si no te veo."
XXX
El ojeo
Una mujer y un hombre penetraron después de las diez [15] en la posada de la viuda de Cuzco, y salieron de ella dadas las once y media.
--Ahora, señora doña María--dijo el hombre,--la llevaré a usted a su casa, porque tengo que hacer.
--Aguarde usted, Sr. Ramos, por amor de Dios--repuso [20] ella.--¿Por qué no nos llegamos al Casino a ver si sale? Ya ha oído usted.... Esta tarde estuvo hablando con él Estebanillo, el chico de la huerta.
--¿Pero usted busca a D. José?--preguntó el Centauro de muy mal humor.--¿Qué nos importa? El noviazgo con [25] doña Rosario paró donde debía parar, y ahora no hay más remedio sino que la señora tiene que casarlos. Ésa es mi opinión.
--Usted es un animal--dijo Remedios con enfado. 211
--Señora, yo me voy.
--Pues qué, hombre grosero, ¿me va usted a dejar sola en medio de la calle?
[5] --Si usted no se va pronto a su casa, sí señora.
--Eso es... me deja usted sola, expuesta a ser insultada.... Oiga usted, Sr. Ramos. Don José saldrá ahora del Casino, como de costumbre. Quiero saber si entra en su casa o sigue adelante. Es un capricho, nada más que [10] un capricho.
--Yo lo que sé es que tengo que hacer, y van a dar las doce.
--Silencio--dijo Remedios,--ocultémonos detrás de la esquina.... Un hombre viene por la calle de la Tripería [15] Alta. Es él.
--Don José.... Le conozco en el modo de andar. Se ocultaron y el hombre pasó.
--Sigámosle--dijo María Remedios con zozobra.-- Sigámosle a corta distancia, Ramos.
[20] --Señora....
--Nada más sino hasta ver si entra en su casa.
--Un minutillo nada más, doña Remedios. Después me marcharé.
Anduvieron como treinta pasos, a regular distancia del [25] hombre que observaban. La sobrina del Penitenciario se detuvo al fin, y pronunció estas palabras:
--No entra en su casa.
--Irá a casa del brigadier.
--El brigadier vive hacia arriba, y D. Pepe va hacia [30] abajo, hacia casa de la señora.
--¡De la señora!--exclamó Caballuco andando a prisa. Pero se engañaban; el espiado pasó por delante de la casa de Polentinos, y siguió adelante.
--¿Ve usted cómo no?
--Señor Ramos, sigámosle--dijo Remedios, oprimiendo 212 convulsamente la mano del Centauro.--Tengo una corazonada.
--Pronto hemos de saberlo, porque el pueblo se acaba.
[5] --No vayamos tan de prisa... puede vernos.... Lo que yo pensé, Sr. Ramos; va a entrar por la puerta condenada de la huerta.
--¡Señora, usted se ha vuelto loca!
--Adelante, y lo veremos.
[10] La noche era obscura y no pudieron los observadores precisar dónde había entrado el Sr. de Rey; pero cierto ruido de visagras mohosas que oyeron, y la circunstancia de no encontrar al joven en todo lo largo de la tapia, les convencieron de que se había metido dentro de la huerta. Caballuco [15] miró a su interlocutora con estupor. Parecía lelo.
--¿En qué piensa usted?... ¿Todavía duda?
--¿Qué debo hacer?--preguntó el bravo lleno de confusión.-- ¿Le daremos un susto?... No sé lo que pensará la señora. Dígolo, porque esta noche estuve a verla, y me [20] pareció que la madre y la hija se reconciliaban.
--No sea usted bruto.... ¿Por qué no entra?
--Ahora me acuerdo de que los mozos armados ya no están ahí, porque yo les mandé salir esta noche.
--Y aún duda este marmolejo lo que ha de hacer. Ramos, [25] no sea usted cobarde y entre en la huerta.
--¿Por dónde, si han cerrado la puertecilla?
--Salte usted por encima de la tapia.... ¡Qué pelmazo! Si yo fuera hombre....
--Pues arriba.... Aquí hay unos ladrillos gastados [30] por donde suben los chicos a robar fruta.
--Arriba pronto. Yo voy a llamar a la puerta principal para que despierte la señora, si es que duerme.
El Centauro subió, no sin dificultad. Montó a caballo breve instante sobre el muro, y después desapareció entre la negra espesura de los árboles. María Remedios corrió 213 desalada hacia la calle del Condestable, y cogiendo el aldabón de la puerta principal, llamó... llamó tres veces con toda el alma y la vida.
XXXI
Doña Perfecta
[5] Ved con cuánta tranquilidad se consagra a la escritura la señora doña Perfecta. Penetrad en su cuarto, a pesar de lo avanzado de la hora, y la sorprenderéis en grave tarea, compartido su espíritu entre la meditación y unas largas y concienzudas cartas que traza a ratos con segura pluma y [10] correctos perfiles. Dale de lleno en el rostro y busto y manos la luz del quinqué, cuya pantalla deja en dulce penumbra el resto de la persona y la pieza casi toda. Parece una figura luminosa evocada por la imaginación en medio de las vagas sombras del miedo.
[15] Es extraño que hasta ahora no hayamos hecho una afirmación muy importante, y es que doña Perfecta era hermosa, mejor dicho, era todavía hermosa, conservando en su semblante rasgos de acabada belleza. La vida del campo, la falta absoluta de presunción, el no vestirse, el no acicalarse, el [20] odio a las modas, el desprecio de las vanidades cortesanas eran causa de que su nativa hermosura no brillase o brillase muy poco. También la desmejoraba la intensa amarillez que tenía su rostro, indicando una fuerte constitución biliosa.
Negros y rasgados los ojos, fina y delicada la nariz, ancha [25] y despejada la frente, todo observador la consideraba como acabado tipo de la humana figura; pero había en aquellas facciones cierta expresión de dureza y soberbia que era causa de antipatía. Así como otras personas, aun siendo feas, llaman, doña Perfecta despedía. Su mirar, aun acompañado [30] de bondadosas palabras, ponía entre ella y las personas extrañas la infranqueable distancia de un respeto 214 receloso; mas para las de casa, es decir, para sus deudos, parciales y allegados, tenía una singular atracción. Era maestra en dominar, y nadie la igualó en el arte de hablar
Su hechura biliosa, y el comercio excesivo con personas y cosas devotas, que exaltaban sin fruto ni objeto su imaginación, la habían envejecido prematuramente, y siendo joven no lo parecía. Podría decirse de ella que con sus hábitos y [10] su sistema de vida se había labrado una corteza, un forro pétreo, insensible, encerrándose dentro como el caracol en su casa portátil. Doña Perfecta salía pocas veces de su concha.
Sus costumbres intachables, y aquella bondad pública que [15] hemos observado en ella desde el momento de su aparición en nuestro relato, eran causa de su gran prestigio en Orbajosa. Sostenía además relaciones con excelentes damas de Madrid, y por este medio consiguió la destitución de su sobrino. Ahora, en el momento presente de nuestra historia, [20] la hallamos sentada junto al pupitre, que es el confidente único de sus planes y el depositario de sus cuentas numéricas con los aldeanos, y de sus cuentas morales con Dios y la sociedad. Allí escribió las cartas que trimestralmente recibía su hermano; allí redactaba las esquelitas [25] para incitar al juez y al escribano a que embrollaran los pleitos de Pepe Rey; allí armó el lazo en que éste perdiera la confianza del Gobierno; allí conferenciaba largamente con D. Inocencio. Para conocer el escenario de otras acciones cuyos efectos hemos visto, sería preciso seguirla al [30] palacio episcopal y a varias casas de familias amigas.
No sabemos cómo hubiera sido doña Perfecta amando. Aborreciendo tenía la inflamada vehemencia de un ángel tutelar del odio y de la discordia entre los hombres. Tal es el resultado producido en un carácter duro y sin bondad nativa por la exaltación religiosa, cuando ésta, en vez de nutrirse 215 de la conciencia y de la verdad revelada en principios tan sencillos como hermosos, busca su savia en fórmulas estrechas que sólo obedecen a intereses eclesiásticos. Para que [5] la mojigatería sea inofensiva, es preciso que exista en corazones muy puros. Es verdad que aun en este caso es infecunda para el bien. Pero los corazones que han nacido sin la seráfica limpieza que establece en la tierra un Limbo prematuro, cuidan bien de no inflamarse mucho con lo que ven [10] en los retablos, en los coros, en los locutorios y en las sacristías, si antes no han elevado en su propia conciencia un altar, un pulpito y un confesonario.
La señora, dejando a ratos la escritura, pasaba a la pieza inmediata donde estaba su hija. A Rosarito se le había [15] mandado que durmiera; pero ella, precipitada ya por el despeñadero de la desobediencia, velaba.
--¿Por qué no duermes?--le preguntó su madre.--Yo no pienso acostarme en toda la noche. Ya sabes que Caballuco se ha llevado los hombres que teníamos aquí. Puede [20] suceder cualquier cosa, y yo vigilo.... Si yo no vigilara, ¿qué sería de ti y de mí?...
--¿Qué hora es?--preguntó la muchacha.
--Pronto será media noche.... Tú no tendrás miedo ... pero yo lo tengo.
[25] Rosarito temblaba, y todo indicaba en ella la más negra congoja. Sus ojos se dirigían al cielo como cuando se quiere orar; miraban luego a su madre, expresando un vivo terror.
--¿Pero qué tienes?
[30] --¿Ha dicho usted que era media noche?
--Sí.
--Pues.... ¿Pero es ya media noche?
Rosario quería hablar, sacudía la cabeza, encima de la cual se le había puesto un mundo.
--Tú tienes algo... a ti te pasa algo--dijo la madre 216 clavando en ella los sagaces ojos.
--Sí... quería decirle a usted--balbució la muchacha,-- quería decir... Nada, nada, me dormiré.
[5] --Rosario, Rosario. Tu madre lee en tu corazón como en un libro--exclamó doña Perfecta con severidad.--Tú estás agitada. Ya te he dicho que estoy dispuesta a perdonarte si te arrepientes; si eres niña buena y formal...
--Pues qué, ¿no soy buena yo? ¡Ay, mamá, mamá mía, [10] yo me muero!
Rosario porrumpió en llanto congojoso y dolorido.
--¿A qué vienen esos lloros?--dijo su madre abrazándola.-- Si son lágrimas del arrepentimiento, benditas sean.
--Yo no me arrepiento, yo no puedo arrepentirme--gritó [15] la joven con arrebato de desesperación que la puso sublime.
Irguió la cabeza, y en su semblante se pintó súbita, inspirada energía. Los cabellos le caían sobre la espalda. No se ha visto imagen más hermosa de un ángel dispuesto a rebelarse.
[20] --¿Pero te vuelves loca o qué es esto?--dijo doña Perfecta, poniéndole ambas manos sobre los hombros.
--¡Me voy, me voy!--dijo la joven, expresándose con la exaltación del delirio.
Y se lanzó fuera del lecho.
[25] --Rosario, Rosario... Hija mía... ¡Por Dios! ¿Qué es esto?
--¡Ay! mamá, señora--exclamó la joven, abrazándose a su madre.--Áteme usted.
--En verdad, lo merecías... ¿Qué locura es esta?
[30] --Áteme usted... Yo me marcho, me marcho con él.
Doña Perfecta sintió borbotones de fuego que subían de su corazón a sus labios. Se contuvo, y sólo con sus ojos negros, más negros que la noche, contestó a su hija.
--¡Mamá, mamá mía, yo aborrezco todo lo que no sea él!--exclamó Rosario.--Óigame usted en confesión, porque 217 quiero confesarlo a todos, y a usted la primera.
--Me vas a matar, me estás matando.
--Yo quiero confesarlo, para que usted me perdone... [5] Este peso, este peso que tengo encima no me deja vivir...
--¡El peso de un pecado!... Añádele encima la maldición de Dios, y prueba a andar con ese fardo, desgraciada ... Sólo yo puedo quitártelo.
--No, usted no, usted no--gritó Rosario con desesperación.-- [10] Pero óigame usted, quiero confesarlo todo, todo ... Después arrójeme usted de esta casa, donde he nacido.
--¡Arrojarte yo!...
--Pues me marcharé.
[15] --Menos. Yo te enseñaré los deberes de hija que has olvidado.
--Pues huiré; él me llevará consigo.
--¿Te lo ha dicho, te lo ha aconsejado, te lo ha mandado? --preguntó la madre, lanzando estas palabras como rayos [20] sobre su hija.
--Me lo aconseja... Hemos concertado casarnos. Es preciso, mamá, mamá mía querida. Yo la amaré a usted ... Conozco que debo amarla... Me condenaré si no la amo.
[25] Se retorcía los brazos, y cayendo de rodillas, besó los pies a su madre.
--¡Rosario, Rosario!--exclamó doña Perfecta con terrible acento.--Levántate.
Hubo una pequeña pausa.
[30] --¿Ese hombre, te ha escrito?
--Sí.
--¿Le has vuelto a ver después de aquella noche?
--Sí.
--¡Y tú!...
--Yo también... ¡Oh! señora. ¿Por qué me mira 218 usted así? Usted no es mi madre.
--Ojalá no. Gózate en el daño que me haces. Me matas, me matas sin remedio--gritó la señora con indecible [5] agitación.--Dices que ese hombre...
--Es mi esposo... Yo seré suya, protegida por la ley ... Usted no es mujer... ¿Por qué me mira usted de ese modo que me hace temblar? Madre, madre mía, no me condene usted.
[10] --Ya tú te has condenado; basta. Obedéceme y te perdonaré ... Responde: ¿cuándo recibiste cartas de ese hombre?
--Hoy.
--¡Qué traición! ¡Qué infamia!--exclamó la madre, [15] antes bien rugiendo que hablando.--¿Esperabais veros?
--Sí.
--¿Cuándo?
--Esta noche.
--¿Dónde?
[20] --Aquí, aquí. Todo lo confieso, todo. Sé que es un delito... Soy una infame; pero usted, que es mi madre, me sacará de este infierno. Consienta usted... Dígame usted una palabra, una sola.
--¡Ese hombre aquí, en mi casa!--gritó doña Perfecta, [25] dando algunos pasos que parecían saltos hacia el centro de la habitación.
Rosario la siguió de rodillas. En el mismo instante oyéronse tres golpes, tres estampidos, tres cañonazos. Era el corazón de María Remedios que tocaba a la puerta, agitando [30] la aldaba. La casa se estremecía con temblor pavoroso. Madre e hija se quedaron como estatuas.
Bajó a abrir un criado, y poco después en la habitación de doña Perfecta entró María Remedios, que no era mujer, sino un basilisco envuelto en un mantón. Su rostro, encendido 219 por la ansiedad, despedía fuego.
--- Ahí está, ahí está--dijo al entrar.--Se ha metido en la huerta por la puertecilla condenada...
[5] Tomaba aliento a cada sílaba.
--Ya entiendo--repitió doña Perfecta con una especie de bramido.
Rosario cayó exánime al suelo y perdió el conocimiento.
--Bajemos--dijo doña Perfecta sin hacer caso del desmayo [10] de su hija.
Las dos mujeres se deslizaron por la escalera como dos culebras. Las criadas y el criado estaban en la galería sin saber qué hacer. Doña Perfecta pasó por el comedor a la huerta, seguida de María Remedios.
[15] --Afortunadamente tenemos ahí a Ca... Ca... Caballuco --dijo la sobrina del canónigo.
--¿Dónde?
--En la huerta también... Sal... sal... saltó la tapia.
[20] Doña Perfecta exploró la obscuridad con sus ojos llenos de ira. El rencor les daba la singular videncia de la raza felina.
--Allí veo un bulto--dijo.--Va hacia las adelfas.
--Es él--gritó Remedios.--Pero allá aparece Ramos... [25] ¡Ramos!
Distinguieron perfectamente la colosal figura del Centauro.
--¡Hacia las adelfas!... ¡Ramos, hacia las adelfas!...
Doña Perfecta adelantó algunos pasos. Su voz ronca, que vibraba con acento terrible, disparó estas palabras:
[30] --Cristóbal, Cristóbal... ¡mátale!
Oyóse un tiro. Después otro.
220
XXXII
FINAL
De D. Cayetano Polentinos a un su amigo de Madrid
_Orbajosa 21 de Abril_.
"Querido amigo: Envíeme usted sin tardanza la edición de 1562 que dice ha encontrado entre los libros de la testamentaría de Corchuelo. Pago ese ejemplar a cualquier precio. Hace tiempo que lo busco inútilmente, y me tendré [5] por mortal virtuosísimo poseyéndolo. Ha de hallar usted en el colophón un casco con emblema sobre la palabra _Tractado_, y la X de la fecha MDLXII ha de tener el rabillo torcido. Si en efecto concuerdan estas señas con el ejemplar, póngame usted un parte telegráfico, porque estoy muy [10] inquieto... aunque ahora me acuerdo de que el telégrafo, con motivo de estas importunas y fastidiosas guerras, no funciona. A correo vuelto espero la contestación."
"Pronto, amigo mío, pasaré a Madrid con objeto de imprimir este tan esperado trabajo de los _Linajes de Orbajosa_. [15] Agradezco a usted su benevolencia, mi querido amigo; pero no puedo admitirla en lo que tiene de lisonja. No merece mi trabajo, en verdad, los pomposos calificativos con que usted lo encarece; es obra de paciencia y estudio, monumento tosco, pero sólido y grande, que elevo a las [20] grandezas de mi amada patria. Pobre y feo en su hechura, tiene de noble la idea que lo ha engendrado, la cual no es otra que convertir los ojos de esta generación descreída y soberbia hacia los maravillosos hechos y acrisoladas virtudes de nuestros antepasados. ¡Ojalá que la juventud estudiosa de nuestro país diera este paso a que con todas mis fuerzas la incito! ¡Ojala fueran puestos en perpetuo olvido los abominables estudios y hábitos intelectuales introducidos por el desenfreno filosófico y las erradas doctrinas! ¡Ojalá se emplearan exclusivamente nuestros sabios en la contemplación 221 de aquellas gloriosas edades, para que, penetrados de la substancia y benéfica savia de ellas los modernos tiempos, desapareciera este loco afán de mudanzas y esta [5] ridicula manía de apropiarnos ideas extrañas, que pugnan] con nuestro primoroso organismo nacional. Temo mucho que mis deseos no se vean cumplidos, y que la contemplación de las perfecciones pasadas quede circunscrita al estrecho círculo en que hoy se halla, entre el torbellino de la [10] demente juventud que corre detrás de vanas utopias y bárbaras novedades. ¿Cómo ha de ser, amigo mío? Creo que dentro de algún tiempo ha de estar nuestra pobre España tan desfigurada, que no se conocerá ella misma ni aun mirándose en el clarísimo espejo de su limpia historia."
[15] "No quiero levantar mano de esta carta sin participar a usted un suceso desagradable: la desastrosa muerte de un estimable joven, muy conocido en Madrid, el ingeniero de caminos D. José de Rey, sobrino de mi cuñada. Acaeció este triste suceso anoche en la huerta de nuestra casa, y aún [20] no he formado juicio exacto sobre las causas que pudieron arrastrar al desgraciado Rey a esta horrible y criminal determinación. Según me ha referido Perfecta esta mañana cuando volví de Mundogrande, Pepe Rey, a eso de las doce de la noche, penetró en la huerta de esta casa y se [25] pegó un tiro en la sien derecha, quedando muerto en el acto. Figúrese usted la consternación y alarma que se producirían en esta pacífica y honrada mansión. La pobre Perfecta se impresionó tan vivamente, que nos hemos asustado; pero ya está mejor, y esta tarde hemos logrado que tome un sopicaldo. [30] Empleamos todos los medios de consolarla, y como es buena cristiana, sabe soportar con edificante resignación las mayores desgracias."