Chapter 16
[30] --Muchos de ellos... pero muchos--dijo D. Inocencio con ademanes encomiados, dirigiéndose a la señora,--han tenido tiempo de huir y se han ido con armas y caballos a Villahorrenda.
--¿Y Ramos?
--En la catedral me dijeron que es el que buscan con 183 más empeño... ¡Oh, Dios mío! prender así a unos infelices que nada han hecho todavía... Vamos, no sé cómo los buenos españoles tienen paciencia. Señora mía doña [5] Perfecta, refiriendo esto de las prisiones, me he olvidado decir a usted que debe marcharse a su casa al momento.
--Sí, al momento... ¿Registrarán mi casa esos bandidos?
--Quizás. Señora, estamos en un día nefasto--dijo D. [10] Inocencio con solemne y conmovido acento.--¡Dios se apiade de nosotros!
--En mi casa tengo media docena de hombres muy bien armados--repuso la dama, vivamente alterada. ¡Qué iniquidad! ¿Serán capaces de querer llevárselos también?...
[15] --De seguro el Sr. Pinzón no se habrá descuidado en denunciarlos. Señora, repito que estamos en un día nefasto. Pero Dios amparará la inocencia.
--Me voy. No deje usted de pasar por allá.
--Señora, en cuanto despache la clase... y me figuro [20] que con la alarma que hay en el pueblo, todos los chicos harán novillos hoy; pero haya o no clase, iré después por allá... No quiero que salga usted sola, señora. Andan por las calles esos zánganos de soldados con unos humos... ¡Jacinto, Jacinto!
[25] --No es preciso. Me marcharé sola.
--Que vaya Jacinto--dijo la madre de éste.--Ya debe estar levantado.
Sintiéronse los precipitados pasos del doctorcillo que bajaba a toda prisa la escalera del piso alto. Venía con el [30] rostro encendido, fatigado el aliento.
--¿Qué hay?--le preguntó su tío.
--En casa de las Troyas--dijo el jovenzuelo,--en casa de esas... pues....
--Acaba de una vez.
--Está Caballuco. 184
--¿Allá arriba?... ¿En casa de las Troyas?
--Sí, señor... Me ha hablado desde el terrado, y me ha dicho que está temiendo le vayan a coger allí.
[5] --¡Oh, qué bestia!... Ese majadero se va a dejar prender--exclamó doña Perfecta, hiriendo el suelo con el inquieto pie.
--Quiere bajar aquí y que le escondamos en casa.
--¿Aquí?
[10] Canónigo y sobrina se miraron.
--¡Que baje!--dijo doña Perfecta con vehemente frase.
--¿Aquí?--repitió D. Inocencio poniendo cara de mal humor.
[15] --Aquí--contestó la señora.--No conozco casa donde pueda estar más seguro.
--Puede saltar fácilmente por la ventana de mi cuarto--dijo Jacinto.
--Pues si es indispensable....
[20] --María Remedios--dijo la señora.--Si nos cogen a este hombre, todo se ha perdido.
--Tonta y simple soy--repuso la sobrina del canónigo, poniéndose la mano en el pecho y ahogando el suspiro que sin duda iba a salir al público;--pero no le cogerán.
[25] La señora salió rápidamente, y poco después el Centauro se arrellanaba en la butaca donde el Sr. D. Inocencio solía sentarse a escribir sus sermones.
No sabemos cómo llegó a oídos del brigadier Batalla; pero es indudable que este diligente militar tenía noticia de [30] que los orbajosenses habían variado de intenciones, y en la mañana de aquel día dispuso la prisión de los que en nuestro rico lenguaje insurreccional solemos llamar _caracterizados_. Salvóse por milagro el gran Caballuco, refugiándose en casa de las Troyas; pero no creyéndose allí seguro, bajó, como se ha visto, a la santa y no sospechosa mansión del 185 buen canónigo.
Por la noche la tropa, establecida en diversos puntos del pueblo, ejercía la mayor vigilancia con los que entraban y [5] salían; pero Ramos logró evadirse burlando o quizás sin burlar las precauciones militares. Esto acabó de encender los ánimos, y multitud de gente se conjuraba en los caseríos cercanos a Villahorrenda, juntándose de noche para dispersarse de día y preparar así el arduo negocio de su levantamiento. [10] Ramos recorrió las cercanías allegando gente y armas, y como las columnas volantes andaban tras los Aceros en tierra de Villajuán de Nahara, nuestro héroe caballeresco adelantó mucho en poco tiempo.
Por las noches arriesgábase con audacia suma a entrar en [15] Orbajosa; valiéndose de medios de astucia o tal vez de sobornos. Su popularidad y la protección que recibía dentro del pueblo servíanle hasta cierto punto de salvaguardia, y no será aventurado decir que la tropa no desplegaba ante aquel osado campeón el mismo rigor que ante los hombres [20] insignificantes de la localidad. En España, y principalmente en tiempo de guerras, que son siempre aquí desmoralizadoras, suelen verse esas condescendencias infames con los grandes, mientras se persigue sin piedad a los pequeñuelos. Valido, pues, de su audacia, del soborno, o no sabemos de [25] qué, Caballuco entraba en Orbajosa, reclutaba más gente, reunía armas y acopiaba dinero. Para mayor seguridad de su persona, o para cubrir el expediente, no ponía los pies en su casa, apenas entraba en la de doña Perfecta para tratar de asuntos importantes, y solía cenar en casa de este o del [30] otro amigo, prefiriendo siempre el respetado domicilio de algún sacerdote, y principalmente el de don Inocencio, donde recibiera asilo en la mañana funesta de las prisiones.
En tanto Batalla había telegrafiado al Gobierno diciéndole que, descubierta una conspiración facciosa, estaban presos sus autores, y los pocos que lograron escapar andaban 186 dispersos y fugitivos, _activamente perseguidos por nuestras columnas_.
XXVI
María Remedios
Nada más entretenido que buscar el origen de los sucesos [5] interesantes que nos asombran o perturban, ni nada más grato que encontrarlo. Cuando vemos arrebatadas pasiones en lucha encubierta o manifiesta, llevados del natural impulso inductivo que acompaña siempre a la observación humana, logramos descubrir la oculta fuente de donde aquel revuelto [10] río ha traído sus aguas, experimentamos sensación muy parecida al gozo de los geógrafos y buscadores de tierras.
Este gozo nos lo ha concedido Dios ahora, porque explorando los escondrijos de los corazones que laten en esta historia, hemos descubierto un hecho que seguramente es el [15] engendrador de los hechos más importantes que hemos narrado; una pasión que es la primera gota de agua de esta alborotada corriente, cuya marcha estamos observando.
Continuemos, pues, la narración. Para ello dejemos a la señora de Polentinos, sin cuidarnos de lo que pudo ocurrirle [20] en la mañana de su diálogo con María Remedios. Penetra llena de zozobra en su vivienda, donde se ve obligada a soportar las excusas y cortesanías del Sr. Pinzón, quien asegura que mientras él existiera, la casa de la señora no sería registrada. Le responde doña Perfecta de un modo [25] altanero, sin dignarse fijar en él los ojos, por cuya razón él pide urbanamente explicaciones de tal desvío, a lo cual ella contesta rogando al Sr, Pinzón abandone su casa, sin perjuicio de dar oportunamente cuenta de su alevosa conducta dentro de ella. Llega D. Cayetano y se cruzan palabras de [30] caballero a caballero; pero como ahora nos interesa más otro asunto, dejemos a los Polentinos y al teniente coronel 187 que se las compongan como puedan, y pasemos a examinar aquello de los manantiales arriba mencionados.
Fijemos la atención en María Remedios, mujer estimable, [5] a la cual es urgente consagrar algunas líneas. Era una señora, una verdadera señora, pues a pesar de su origen humildísimo, las virtudes de su tío carnal el Sr. D. Inocencio, también de bajo origen, mas sublimado por el Sacramento así como por su saber y respetabilidad, [10] habían derramado extraordinario esplendor sobre toda la familia.
El amor de Remedios a Jacinto era una de las más vehementes pasiones que en el corazón maternal pueden caber. Le amaba con delirio; ponía el bienestar de su hijo sobre [15] todas las cosas humanas; creíale el más perfecto tipo de la belleza y del talento, creados por Dios, y diera por verle feliz y grande y poderoso, todos los días de su vida y aun parte de la eterna gloria. El sentimiento materno es el único que, por lo muy santo y noble, admite la exageración; [20] el único que no se bastardea con el delirio. Sin embargo, ocurre un fenómeno singular que no deja de ser común en la vida, y es que si esta exaltación del afecto materno no coincide con la absoluta pureza del corazón y con la honradez perfecta, suele extraviarse y convertirse en frenesí [25] lamentable, que puede contribuir como otra cualquiera pasión desbordada, a grandes faltas y catástrofes.
En Orbajosa, María Remedios pasaba por un modelo de virtud y de sobrinas: quizás lo era en efecto. Servía cariñosamente a cuantos la necesitaban; jamás dió motivo a [30] hablillas y murmuraciones de mal género; jamás se mezcló en intrigas. Era piadosa, no sin dejarse llevar a extremos de mojigatería chocante; practicaba la caridad; gobernaba la casa de su tío con habilidad suprema; era bien recibida, admirada y obsequiada en todas partes, a pesar del sofoco casi intolerable que producía su continuo afán de suspirar y 188 expresarse siempre en tono quejumbroso.
Pero en casa de doña Perfecta, aquella excelente señora sufría una especie de _capitis diminutio_. En tiempos remotos [5] y muy aciagos para la familia del buen Penitenciario, María Remedios (si es verdad, ¿por qué no se ha de decir?) había sido lavandera en la casa de Polentinos. Y no se crea por esto que doña Perfecta la miraba con altanería: nada de eso. Tratábala sin orgullo: sentía hacia ella un cariño [10] verdaderamente fraternal; comían juntas; rezaban juntas; referíanse sus cuitas; ayudábanse mutuamente en sus caridades y en sus devociones, así como en los negocios de la casa... ¡pero fuerza es decirlo! siempre había algo, siempre había una raya invisible, pero infranqueable, entre [15] la señora improvisada y la señora antigua. Doña Perfecta tuteaba a María, y ésta jamás pudo prescindir de ciertas fórmulas. Sentíase tan pequeña la sobrina de D. Inocencio en presencia de la amiga de éste, que su humildad nativa tomaba un tinte extraño de tristeza. Veía que el buen [20] canónigo era en la casa una especie de consejero áulico inamovible; veía a su idolatrado Jacintillo en familiaridad casi amorosa con la señorita, y sin embargo, la pobre madre y sobrina frecuentaba la casa lo menos posible. Es preciso indicar que María Remedios se deseñoraba bastante (pase [25] la palabra) en casa de doña Perfecta, y esto le era desagradable, porque también en aquel espíritu suspirón había, como en todo lo que vive, un poco de orgullo... ¡Ver a su hijo casado con Rosarito; verle rico y poderoso; verle emparentado con doña Perfecta, con la señora!... ¡Ay! [30] esto era para María Remedios la tierra y el cielo, esta vida y la otra, el presente y el más allá, la totalidad suprema de la existencia. Hacía años que su pensamiento y su corazón se llenaban de aquella dulce luz de esperanza. Por esto era buena y mala, por esto era religiosa y humilde o terrible y osada, por esto era todo cuanto hay que ser, porque sin 189 tal idea, María, que era la encarnación de su proyecto, no existiría.
En su físico, María Remedios no podía ser más insignificante. [5] Distinguíase por una lozanía sorprendente que aminoraba en apariencia el valor numérico de sus años, y vestía siempre de luto, a pesar de que su viudez era ya cuenta muy larga.
Habían pasado cinco días desde la entrada de Caballuco [10] en casa del señor Penitenciario. Principiaba la noche. Remedios entró con la lámpara encendida en el cuarto de su tío, y después de dejarla sobre la mesa, se sentó frente al anciano, que desde media tarde permanecía inmóvil y meditabundo en su sillón, cual si le hubieran clavado en él. [15] Sus dedos sostenían la barba, arrugando la morena piel no rapada en tres días.
--¿Caballuco dijo que vendría a cenar aquí esta noche?--preguntó a su sobrina.
--Sí, señor, vendrá. En estas casas respetables es donde [20] el pobrecito está más seguro.
--Pues yo no las tengo todas conmigo a pesar de la respetabilidad de mi casa--repuso el Penitenciario.--¡Cómo se expone el valiente Ramos!... Y me han dicho que en Villahorrenda y su campiña hay mucha gente... qué [25] sé yo cuánta gente... ¿Qué has oído tú?
--Que la tropa está haciendo unas barbaridades....
--¡Es milagro que esos caribes no hayan registrado mi casa! Te juro que si veo entrar uno de los de pantalón encarnado, me caigo sin habla.
[30] --¡Buenos, buenos estamos!--dijo Remedios, echando en un suspiro la mitad de su alma.--No puedo apartar de mi mente la tribulación en que se encuentra la señora doña Perfecta... ¡Ay, tío! debe usted ir allá.
--¿Allá esta noche?... Andan las tropas por las calles. Figúrate que a un soldadote se le antoja... La 190 señora está bien defendida. El otro día registraron la casa y se llevaron los seis hombres armados que allí tenía; pero después se los han devuelto. Nosotros no tenemos quien [5] nos defienda en caso de un atropello.
--Yo he mandado a Jacinto a casa de la señora para que la acompañe un ratito. Si Caballuco viene le diremos que pase también por allá... Nadie me quita de la cabeza que alguna gran fechoría preparan esos pillos contra nuestra [10] amiga. ¡Pobre señora, pobre Rosarito!... Cuando uno piensa que esto podía haberse evitado con lo que propuse a doña Perfecta hace dos días....
--Querida sobrina--dijo flemáticamente el Penitenciario,--hemos hecho todo cuanto en lo humano cabía para [15] realizar nuestro santo propósito... Ya no se puede más. Hemos fracasado, Remedios. Convéncete de ello, y no seas terca: Rosarito no puede ser la mujer de nuestro idolatrado Jacintillo. Tu sueño dorado, tu ideal dichoso que un tiempo nos pareció realizable, y al cual consagré yo las [20] fuerzas todas de mi entendimiento, como buen tío, se ha trocado ya en una quimera, se ha disipado como el humo. Entorpecimientos graves, la maldad de un hombre, la pasión indudable de la niña y otras cosas que callo, han vuelto las cosas del revés. Ibamos venciendo, y de pronto somos [25] vencidos. ¡Ay, sobrina mía! Convéncete de una cosa. Hoy por hoy, Jacinto merece mucho más que esa niña loca.
--Caprichos y terquedades--repuso María con displicencia bastante irrespetuosa.--Vaya con lo que sale usted ahora, tío. Pues las grandes cabezas se están luciendo... [30] Doña Perfecta con sus sublimidades y usted con sus cavilaciones, sirven para cualquier cosa. Es lástima que Dios me haya hecho a mí tan tonta, y dádome este entendimiento de ladrillo y argamasa, como dice la señora, porque si así no fuera, yo resolvería la cuestión.
--¿Tú? 191
--Si ella y usted me hubieran dejado, resuelta estaría ya.
--¿Con los palos?
--No asustarse, ni abrir tanto los ojos, porque no se trata [5] de matar a nadie... ¡vaya!
--Eso de los palos--dijo el canónigo sonriendo,--es como el rascar... ya sabes.
--¡Bah!... diga usted también que soy cruel y sanguinaria... me falta valor para matar un gusanito; bien lo [10] sabe usted... Ya se comprende que no había yo de querer la muerte de un hombre.
--En resumen, hija mía, por más vueltas que le des, el Sr. D. Pepe Rey se lleva la niña. Ya no es posible evitarlo. Él está dispuesto a emplear todos los medios, incluso la [15] deshonra. Si la Rosarito... cómo nos engañaba con aquella carita circunspecta y aquellos ojos celestiales, ¿eh? ... si la Rosarito, digo, no le quisiera... vamos ... todo podría arreglarse; pero ¡ay! le ama como ama el pecador al demonio; está abrasada en criminal fuego; cayó, [20] sobrina mía, cayó en la infernal trampa libidinosa. Seamos honrados y justos; volvamos la vista de la innoble pareja, y no pensemos más en el uno ni en la otra.
--Usted no entiende de mujeres, tío--dijo Remedios con lisonjera hipocresía;--usted es un santo varón; usted [25] no comprende que lo de Rosarito no es más que un caprichillo de esos que pasan, de esos que se curan con un par de refregones en los morros o media docena de azotes.
--Sobrina--dijo D. Inocencio grave y sentenciosamente,--cuando ha habido cosas mayores, los caprichillos no se [30] llaman caprichillos, sino de otra manera.
--Tío, usted no sabe lo que dice--repuso la sobrina, cuyo rostro se inflamó súbitamente.--Pues qué, ¿será usted capaz de suponer en Rosarito?... ¡qué atrocidad! Yo la defiendo, sí, la defiendo... Es pura como un ángel.... Vamos, tío, con esas cosas se me suben los colores a la cara 192 y me pone usted soberbia.
Al decir esto, el semblante del buen clérigo se cubría de una sombra de tristeza, que en apariencia le envejecía diez [5] años.
--Querida Remedios--añadió.--Hemos hecho todo lo humanamente posible y todo lo que en conciencia podía y debía hacerse. Nada más natural que nuestro deseo de ver a Jacintillo emparentado con esa gran familia, la primera [10] de Orbajosa; nada más natural que nuestro deseo de verle dueño de las siete casas del pueblo, de la dehesa de Mundogrande, de las tres huertas del cortijo de Arriba, de la Encomienda, y demás predios urbanos y rústicos que posee esa niña. Tu hijo vale mucho, bien lo saben todos. Rosarito [15] gustaba de él y él de Rosarito. Parecía cosa hecha. La misma señora, sin entusiasmarse mucho, a causa sin duda de nuestro origen, parecía bien dispuesta a ello, a causa de lo mucho que me estima y venera, como a confesor y amigo... Pero de repente se presenta ese malhadado joven. [20] La señora me dice que tiene un compromiso con su hermano y que no se atreve a rechazar la proposición por éste hecha. ¡Conflicto grave! Pero ¿qué hago yo en vista de esto? ¡Ay! no lo sabes tú bien. Yo te soy franco: si hubiera visto en el Sr. de Rey un hombre de buenos principios, [25] capaz de hacer feliz a Rosario, no habría intervenido en el asunto; pero el tal joven me pareció una calamidad, y como director espiritual de la casa debí tomar cartas en el asunto y las tomé. Ya sabes que le puse la proa, como vulgarmente se dice. Desenmascaré sus vicios; descubrí su [30] ateísmo; puse a la vista de todo el mundo la podredumbre de aquel corazón materializado, y la señora se convenció de que entregaba a su hija al vicio... ¡Ay! qué afanes pasé. La señora vacilaba; yo fortalecía su ánimo indeciso; aconsejábale los medios lícitos que debía emplear contra el sobrinejo para alejarle sin escándalo; sugeríale ideas ingeniosas, y como ella me mostraba a menudo su pura conciencia 193 llena de alarmas, yo la tranquilizaba demarcando hasta qué punto eran lícitas las batallas que librábamos contra [5] aquel fiero enemigo. Jamás aconsejé medios violentos ni sanguinarios, ni atrocidades de mal género, sino sutiles trazas que no contenían pecado. Estoy tranquilo, querida sobrina. Pero bien sabes tú que he luchado, que he trabajado como un negro. ¡Ay! cuando volvía a casa por las [10] noches y decía: "Mariquilla, vamos bien, vamos muy bien," tú te volvías loca de contento y me besabas las manos cien veces, y decías que era yo el hombre mejor del mundo. ¿Por qué te enfureces ahora, desfigurando tu noble carácter y pacífica condición? ¿Por qué me riñes? ¿Por qué dices [15] que estás soberbia y me llamas en buenas palabras Juan Lanas?
--Porque usted--dijo la mujer sin cejar en su irritación,--se ha acobardado de repente.
--Es que todo se nos vuelve en contra, mujer. El maldito [20] ingeniero, favorecido por la tropa, está resuelto a todo. La chiquilla le ama, la chiquilla... no quiero decir más. No puede ser, te digo que no puede ser.
--¡La tropa! Pero usted cree como doña Perfecta que va a haber una guerra, y que para echar de aquí a D. Pepe, [25] se necesita que media nación se levante contra la otra media... La señora se ha vuelto loca, y usted allá se le va.
--Creo lo mismo que ella. Dada la íntima conexión de Rey con los militares, la cuestión personal se agranda... Pero ¡ay! sobrina mía, si hace dos días tuve esperanza de [30] que nuestros valientes echaran de aquí a puntapiés a la tropa, desde que he visto el giro que han tomado las cosas; desde que he visto que la mayor parte son sorprendidos antes de pelear, y que Caballuco se esconde y que esto se lo lleva la trampa, desconfío de todo. Los buenos principios no tienen aún bastante fuerza material para hacer pedazos 194 a los ministros y emisarios del error... ¡Ay! sobrina mía, resignación, resignación.
Apropiándose entonces D. Inocencio el medio de expresión [5] que caracterizaba a su sobrina, suspiró dos o tres veces ruidosamente. María, contra todo lo que podía esperarse, guardó profundo silencio. No había en ella, al menos aparentemente, ni cólera, ni tampoco el sentimentalismo superficial de su ordinaria vida; no había sino una aflicción profunda [10] y modesta. Poco después de que el buen tío concluyera su perorata, dos lágrimas rodaron por las sonrosadas mejillas de la sobrina: no tardaron en oírse algunos sollozos mal comprimidos, y poco a poco, así como van creciendo en ruido y forma la hinchazón y tumulto de un mar que empieza [15] a alborotarse, así fué encrespándose aquel oleaje del dolor de María Remedios, hasta que rompió en deshecho llanto.
XXVII
El tormento de un canónigo
--¡Resignación, resignación!--volvió a decir D. Inocencio.
[20] --¡Resignación, resignación!--repitió ella, enjugando sus lágrimas.--Puesto que mi querido hijo ha de ser siempre un pelagatos, séalo en buen hora. Los pleitos escasean; bien pronto llegará el día en que lo mismo será la abogacía que nada. ¿De qué vale el talento? ¿De qué valen [25] tanto estudio y romperse la cabeza? ¡Ay! Somos pobres. Llegará un día, Sr. D. Inocencio, en que mi pobre hijo no tendrá una almohada sobre que reclinar la cabeza.
--¡Mujer!
--¡Hombre!... Y si no, dígame: ¿qué herencia piensa [30] usted dejarle cuando cierre el ojo? Cuatro cuartos, seis libruchos, miseria y nada más... Van a venir unos tiempos... 195 ¡qué tiempos, señor tío!... ¡Mi pobre hijo, que se está poniendo muy delicado de salud, no podrá trabajar ... ya se le marea la cabeza desde que lee un libro; ya le [5] dan bascas y jaqueca siempre que trabaja de noche!... tendrá que mendigar un destinejo; tendré yo que ponerme a la costura, y quién sabe, quién sabe... como no tengamos que pedir limosna.
--¡Mujer!