Doña Perfecta

Chapter 14

Chapter 143,721 wordsPublic domain

--Y eso lo ha de hacer un solo hombre--dijo Ramos [10] con desprecio volviendo a sentarse.--Eso lo ha de hacer D. Pepe Poquita Cosa con sus matemáticas. Hice mal en decir que le rebanaría el pescuezo. A un muñeco de ese estambre, se le coge de una oreja y se le echa de remojo en el río.

[15] --Sí, ríete ahora, bestia. No es mi sobrino solo quien ha de cometer todos esos desafueros que has mencionado y que yo temo; pues si fuese él solo no le temería. Mandaría a Librada que se pusiera en la puerta con una escoba ... y bastaba.... No es él solo, no.

[20] --¿Pues quién?

--Hazte el borrico. ¿No sabes tú que mi sobrino y el brigadier que manda esa condenada tropa se han confabulado?...

--¡Confabulado!--exclamó Caballuco demostrando no [25] entender la palabra.

--Que están de compinche--dijo Licurgo.--Fabulearse quiere decir estar de compinche. Ya me barruntaba yo lo que dice la señora.

--Todo se reduce a que el brigadier y los oficiales son [30] uña y carne de D. José, y lo que él quiera lo quieren esos soldadotes, y esos soldadotes harán toda clase de atropellos y barbaridades, porque ese es su oficio.

--Y no tenemos alcalde que nos ampare.

--Ni juez.

--Ni gobernador. Es decir, que estamos a merced de 158 esa infame gentuza.

--Ayer--dijo Vejarruco,--unos soldados se llevaron engañada a la hija más chica del tío Julián, y la pobre no [5] se atrevió a volver a su casa; mas la encontraron llorando y descalza junto a la fuentecilla vieja, recogiendo los pedazos de la cántara rota.

--¡Pobre D. Gregorio Palomeque! el escribano de Naharilla Alta--dijo Frasquito.--Estos pillos le robaron todo [10] el dinero que tenía en su casa. Pero el brigadier, cuando se lo contaron, contestó que era mentira.

--Tiranos, más tiranos no nacieron de madre--manifestó el otro.--¡Cuando digo que por punto no estoy con los Aceros!...

[15] --¿Y qué se sabe de Francisco Acero?--preguntó mansamente doña Perfecta.--Sentiría que le ocurriera algún percance. Dígame usted, D. Inocencio, ¿Francisco Acero no nació en Orbajosa?

--No; él y su hermano son de Villajuán.

[20] --Lo siento por Orbajosa--dijo doña Perfecta.--Esta pobre ciudad ha entrado en desgracia. ¿Sabe usted si Francisco Acero dió palabra al gobernador de no molestar a los pobres soldaditos en sus robos de doncellas, en sus irreligiosidades, en sus sacrilegios, en sus infames felonías?

[25] Caballuco dió un salto. Ya no se sentía punzado, sino herido por atroz sablazo. Encendido el rostro y con los ojos llenos de fuego, gritó de este modo:

--Yo di mi palabra al gobernador, porque el gobernador me dijo que venían con buen fin.

[30] --Bárbaro, no grites. Habla como la gente y te escucharemos.

--Yo prometí que ni yo ni ninguno de mis amigos levantaríamos partidas en tierra de Orbajosa.... A todo el que ha querido salir porque le retozaba la guerra en el cuerpo, le he dicho: _Vete con los Aceros, que aquí no nos movemos_. 159 Pero tengo mucha gente honrada, sí señora, y buena, sí señora, y valiente, sí señora, que está desperdigada por los caseríos y las aldeas y los arrabales y los montes, cada uno [5] en su casa, ¿eh? Y en cuanto yo les diga la mitad de media palabra, ¿eh? ya están todos descolgando las escopetas, ¿eh? y echando a correr a caballo o a pie para ir a donde yo les mande.... Y no me anden con gramáticas, que si yo di mi palabra, fué porque la di, y si no salgo es porque [10] no quiero salir, y si quiero que haya partidas las habrá, y si no quiero, no; porque yo soy quien soy, el mismo hombre de siempre, bien lo saben todos.... Y digo otra vez que no vengan con gramáticas, ¿estamos?... y que no me digan las cosas al revés, ¿estamos?... y si quieren que [15] salga me lo declaren con toda la boca abierta, ¿estamos? ... porque para eso nos ha dado Dios la lengua, para decir esto y aquello. Bien sabe la señora quien soy, así como bien sé yo que le debo la camisa que me pongo, y el pan que cómo hoy, y el primer garbanzo que chupé cuando [20] me despecharon, y la caja en que enterraron a mi padre cuando murió, y las medicinas y el médico que me pusieron bueno cuando estuve enfermo; y bien sabe la señora que si ella me dice: "Caballuco, rómpete la cabeza," voy a aquel rincón y contra la pared me la rompo; bien sabe la señora [25] que si ahora dice ella que es de día, yo, aunque vea la noche, creeré que me equivoco y que es claro día; bien sabe la señora que ella y su hacienda son antes que mi vida, y que si delante de mí la pica un mosquito, le perdono porque es mosquito; bien sabe la señora que la quiero más [30] que a cuanto hay debajo del sol.... A un hombre de tanto corazón se le dice: "Caballuco, so animal, haz esto o lo otro,"... y basta de ritólicas y mete y saca de palabrejas y sermoncillos al revés y pincha por aquí y pellizca por allá.

--Vamos, hombre, sosiégate--dijo doña Perfecta con 160 bondad.--Te has sofocado como aquellos oradores republicanos que venían a predicar aquí la religión libre, el amor libre y no sé cuántas cosas libres.... Que te traigan un [5] vaso de agua.

Caballuco hizo con el pañuelo una especie de rodilla, apretado envoltorio o más bien pelota, y se lo pasó por la ancha frente y cogote para limpiarse ambas partes, cubiertas de sudor. Trajéronle un vaso de agua, y el señor [10] canónigo, con una mansedumbre que cuadraba perfectamente a su carácter sacerdotal, lo tomó de manos de la criada para presentárselo y sostener el plato mientras bebía. El agua se escurría por el gaznate de Caballuco, produciendo un claqueteo sonoro.

[15] --Ahora tráigame usted otro a mí, señora Librada--dijo D. Inocencio.--También tengo un poco de fuego dentro.

XXII.

=¡Desperta!=

--Respecto a lo de las partidas--dijo doña Perfecta cuando concluyeron de beber,--sólo te digo que hagas lo que tu conciencia te dicte.

[20] --Yo no entiendo de ditados--gritó Ramos.--Haré lo que sea del gusto de la señora.

--Pues yo no te aconsejaré nada en asunto tan grave--repuso ella con la circunspección y comedimiento que tan bien le sentaban.--Eso es muy grave, gravísimo, y yo no [25] puedo aconsejarte nada.

--Pero el parecer de usted....

--Mi parecer es que abras los ojos y veas, que abras los oídos y oigas.... Consulta tu corazón... yo te concedo que tienes un gran corazón.... Consulta a ese juez, a [30] ese consejero que tanto sabe, y haz lo que él te mande.

Caballuco meditó, pensó todo lo que puede pensar una 161 espada.

--Los de Naharilla Alta--dijo Vejarruco,--nos contamos ayer y éramos trece, propios para cualquier cosita [5] mayor.... Pero como temíamos que la señora se enfadara, no hicimos nada. Es tiempo ya de trasquilar.

--No te preocupes de la trasquila--dijo la señora.--Tiempo hay. No se dejará de hacer por eso.

--Mis dos muchachos--manifestó Licurgo--riñeron ayer [10] el uno con el otro, porque uno quería irse con Francisco Acero y el otro no. Yo les dije: "Despacio, hijos míos, que todo se andará. Esperad, que tan buen pan hacen aquí como en Francia."

--Anoche me dijo Roque Pelosmalos--manifestó el tío [15] Pasolargo,--que en cuanto el Sr. Ramos dijera tanto así, ya estaban todos con las armas en la mano. ¡Qué lástima que los dos hermanos Burguillos se hayan ido a labrar las tierras de Lugarnoble!

--Vaya usted a buscarlos--dijo el ama vivamente.--Sr. [20] Lucas, proporciónele usted un caballo al tío Pasolargo.

--Yo, si la señora me lo manda, y el señor Ramos también--dijo Frasquito González,--iré a Villahorrenda a ver si Robustiano, el guarda de montes y su hermano Pedro quieren también....

[25] --Me parece buena idea. Robustiano no se atreve a venir a Orbajosa, porque me debe un piquillo. Puedes decirle que le perdono los seis duros y medio.... Esta pobre gente, que tan generosamente sabe sacrificarse por una buena idea, se contenta con tan poco.... ¿No es [30] verdad, Sr. D. Inocencio?

--Aquí nuestro buen Ramos--repuso el canónigo,--me dice que sus amigos están descontentos con él por su tibieza; pero que en cuanto le vean determinado se pondrán todos la canana al cinto.

--Pero qué, ¿estás determinado a echarte a la calle?--dijo 162 la señora.--No te he aconsejado yo tal cosa, y si lo haces es por tu voluntad. Tampoco el Sr. D. Inocencio te habrá dicho una palabra en este sentido. Pero cuando tú [5] lo decides así, razones muy poderosas tendrás.... Dime, Cristóbal, ¿quieres cenar? ¿quieres tomar algo?... con franqueza....

--En cuanto a que yo aconseje al Sr. Ramos que se eche al campo--dijo D. Inocencio, mirando por encima de los [10] cristales de sus anteojos,--razón tiene la señora. Yo, como sacerdote, no puedo aconsejar tal cosa. Sé que algunos lo hacen; y aun toman las armas; pero esto me parece impropio, muy impropio, y no seré yo quien los imite. Llevo mi escrupulosidad hasta el extremo de no decir una [15] palabra al Sr. Ramos sobre la peliaguda cuestión de su levantamiento en armas. Yo sé que Orbajosa lo desea; sé que le bendecirán todos los habitantes de esta noble ciudad; sé que vamos a tener aquí hazañas dignas de pasar a la historia; pero, sin embargo, permítaseme un discreto [20] silencio.

--Está muy bien dicho--añadió doña Perfecta.--No me gusta que los sacerdotes se mezclen en tales asuntos. Un clérigo ilustrado debe conducirse de este modo. Bien sabemos que en circunstancias solemnes y graves, por [25] ejemplo, cuando peligran la patria y la fe, están los sacerdotes en su terreno incitando a los hombres a la lucha y aun figurando en ella. Pues que Dios mismo ha tomado parte en célebres batallas, bajo la forma de ángeles o santos, bien pueden sus ministros hacerlo. Durante la guerra contra [30] los infieles, ¿cuántos obispos acaudillaron las tropas castellanas?

--Muchos, y algunos fueron insignes guerreros. Pero estos tiempos no son como aquellos, señora. Verdad es que si vamos a mirar atentamente las cosas, la fe peligra ahora más que antes.... ¿Pues qué representan esos 163 ejércitos que ocupan nuestra ciudad y pueblos inmediatos? ¿qué representan? ¿Son otra cosa más que el infame instrumento de que se valen para sus pérfidas conquistas [5] y el exterminio de las creencias, los ateos y protestantes de que está infestado Madrid?... Bien lo sabemos todos. En aquel centro de corrupción, de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento, unos cuantos hombres malignos, comprados por el oro extranjero, se emplean en destruir en [10] nuestra España la semilla de la fe.... ¿Pues qué creen ustedes? Nos dejan a nosotros decir misa y a ustedes oírla por un resto de consideración, por vergüenza... pero el mejor día.... Por mi parte, estoy tranquilo. Soy un hombre que no se apura por ningún interés temporal y [15] mundano. Bien lo sabe la señora doña Perfecta, bien lo saben todos los que me conocen. Estoy tranquilo y no me asusta el triunfo de los malvados. Sé muy bien que nos aguardan días terribles; que cuantos vestimos el hábito sacerdotal tenemos la vida pendiente de un cabello, porque [20] España, no lo duden ustedes, presenciará escenas como aquellas de la revolución francesa, en que perecieron miles de sacerdotes piadosísimos en un mismo día.... Mas no me apuro. Cuando toquen a degollar presentaré mi cuello; ya he vivido bastante. ¿Para qué sirvo yo? Para nada, [25] para nada.

--Comido de perros me vea yo--exclamó Vejarruco, mostrando el puño, no menos duro y fuerte que un martillo,--si no acabamos pronto con toda esa canalla ladrona.

--Dicen que la semana que viene comienza el derribo [30] de la catedral--indicó Frasquito.

--Supongo que la derribarán con picos y martillos--dijo el canónigo sonriendo.--Hay artífices que no tienen esas herramientas, y sin embargo adelantan más edificando. Bien saben ustedes que, según tradición piadosa, nuestra hermosa capilla del Sagrario fué derribada por los moros en 164 un mes y reedificada en seguida por los ángeles en una sola noche.... Dejarles, dejarles que derriben.

--En Madrid, según nos contó la otra noche el cura de [5] Naharilla--dijo Vejarruco,--ya quedan tan pocas iglesias, que algunos curas dicen misa en medio de la calle, y como les aporrean y les dicen injurias y también les escupen, muchos no la quieren decir.

--Felizmente aquí, hijos míos--manifestó D. Inocencio,--no [10] hemos tenido aún escenas de esa naturaleza. ¿Por qué? Porque saben qué clase de gente sois; porque tienen noticia de vuestra piedad ardiente y de vuestro valor.... No les arriendo la ganancia a los primeros que pongan la mano en nuestros sacerdotes y en nuestro culto.... Por [15] supuesto, dicho se está que si no se les ataja a tiempo, harán diabluras. ¡Pobre España, tan santa y tan humilde y tan buena! ¡Quién había de decir que llegarían a estos apurados extremos!... Pero yo sostengo que la impiedad no triunfará, no señor. Todavía hay gente valerosa, [20] todavía hay gente de aquella de antaño, ¿no es verdad, Sr. Ramos?

--Todavía la hay, sí señor--repuso éste.

--Yo tengo una fe ciega en el triunfo de la ley de Dios. Alguno ha de salir en defensa de ella. Si no son unos, [25] serán otros. La palma de la victoria, y con ella la gloria eterna, alguien se la ha de llevar. Los malvados perecerán, si no hoy mañana. Aquél que va contra la ley de Dios caerá, no hay remedio. Sea de esta manera, sea de la otra, ello es que ha de caer. No le salvan ni sus argucias, ni [30] sus escondites, ni sus artimañas. La mano de Dios está alzada sobre él y le herirá sin falta. Tengámosle compasión y deseemos su arrepentimiento... en cuanto a vosotros, hijos míos, no esperéis que os diga una palabra sobre el paso que seguramente vais a dar. Sé que sois buenos, sé que vuestra determinación generosa y el noble fin que os 165 guía lavan toda mancha pecaminosa por causa del derramamiento de sangre que pudierais recibir; sé que Dios os bendice, que vuestra victoria, lo mismo que vuestra muerte, [5] os sublimarán a los ojos de los hombres y a los de Dios; sé que se os deben palmas y alabanzas y toda suerte de honores; pero a pesar de esto, hijos míos, mi labio no os incitará a la pelea. No lo ha hecho nunca ni lo hará ahora. Obrad con arreglo al ímpetu de vuestro noble corazón. Si [10] él os manda que os estéis en vuestras casas, estáos en ellas; si él os manda que salgáis, salid en buen hora. Me resigno a ser mártir y a inclinar mi cuello ante el verdugo, si esa miserable tropa continúa aquí. Pero si un impulso hidalgo y ardiente y pío de los hijos de Orbajosa contribuye a la [15] grande obra de la extirpación de las desventuras patrias, me tendré por el más dichoso de los hombres sólo con ser paisano vuestro; y toda mi vida de estudios, de penitencia, de resignación, no me parecerá tan meritoria para aspirar al cielo, como un día solo de vuestro heroísmo.

[20] --¡No se puede decir más y mejor!--exclamó doña Perfecta arrebatada de entusiasmo.

Caballuco se había inclinado hacia adelante en su asiento, poniendo los codos sobre las rodillas. Cuando el canónigo acabó de hablar, tomóle la mano y se la besó con fervor.

[25] --Hombre mejor no ha nacido de madre--dijo el tío Licurgo enjugando o haciendo que enjugaba una lágrima.

--¡Que viva el señor Penitenciario!--gritó Frasquito González poniéndose en pie y arrojando hacia el techo su gorra.

[30] --Silencio--dijo doña Perfecta.--Siéntate, Frasquito. Tú eres de los de mucho ruido y pocas nueces.

--¡Bendito sea Dios, que le dió a usted ese pico de oro!--exclamó Cristóbal inflamado de admiración.--¡Qué dos personas tengo delante! Mientras vivan las dos, ¿para qué se quiere más mundo?... Toda la gente de España 166 debiera ser así... pero ¡cómo ha de ser así si no hay más que pillería! En Madrid, que es la corte de donde vienen leyes y mandarines, todo es latrocinio y farsa. [5] ¡Pobre religión, cómo la han puesto!... No se ven más que pecados.... Señora doña Perfecta, señor D. Inocencio, por el alma de mi padre, por el alma de mi abuelo, por la salvación de la mía, juro que deseo morir.

--¡Morir!

[10] --Que me maten esos perros tunantes, y digo que me maten, porque yo no puedo descuartizarlos a ellos. Soy muy chico.

--Ramos, eres grande--dijo solemnemente la señora.

--¿Grande, grande?... Grandísimo por el corazón; [15] pero ¿tengo yo plazas fuertes, tengo caballería, tengo artillería?

--Esa es una cosa, Ramos--dijo doña Perfecta sonriendo,--de que yo no me ocuparía. ¿No tiene el enemigo lo que a ti te hace falta?

[20] --Sí.

--Pues quítaselo....

--Se lo quitaremos, sí, señora. Cuando digo que se lo quitaremos....

[25] --Querido Ramos--exclamó D. Inocencio.--Envidiable posición es la de usted.... ¡Destacarse, elevarse sobre la vil muchedumbre, ponerse al igual de los mayores héroes del mundo... poder decir que la mano de Dios guía su mano.... ¡Oh, qué grandeza y honor! Amigo mío, no es lisonja. ¡Qué apostura, qué gentileza, qué gallardía!... [30] No; hombres de tal temple no pueden morir. El Señor va con ellos y la bala y hierro enemigos detiénense... no se atreven... ¿qué se han de atrever viniendo de cañón y de manos de herejes?... Querido Caballuco, al ver a usted, al ver su bizarría y caballerosidad, vienen a mi memoria, sin poderlo remediar, los versos de aquel romance 167 de la conquista del imperio de Trapisonda:

Llegó el valiente Roldán de todas armas armado, [5] en el fuerte Briador, su poderoso caballo, y la fuerte Durlindana muy bien ceñida a su lado, la lanza como una entena, [10] el fuerte escudo embrazado.... Por la visera del yelmo fuego venía lanzando; retemblando con la lanza como un junco muy delgado, [15] y a toda la hueste junta fieramente amenazando.

--Muy bien--exclamó Licurgo batiendo palmas.--Y yo digo como D. Renialdos:

¡Nadie en don Renialdos toque [20] si quiere ser bien librado! Quien otra cosa quisiere él será tan bien pagado, que todo el resto del mundo no se escape de mi mano [25] sin quedar pedazos hecho o muy bien escarmentado.

--Ramos, tú querrás cenar; tú querrás tomar algo, ¿no es verdad?--dijo la señora.

--Nada, nada--repuso el Centauro,--denme si acaso [30] un plato de pólvora.

Diciendo esto, soltó estrepitosa carcajada, dió varios paseos por la habitación, observado atentamente por todos, y deteniéndose junto al grupo, fijó los ojos en doña Perfecta, y con atronadora voz profirió estas palabras:

[35] --Digo que no hay más que decir. ¡Viva Orbajosa, muera Madrid!

Descargó la mano sobre la mesa, con tal fuerza que 168 retembló el piso de la casa.

--¡Qué poderoso brío!--dijo D. Inocencio.

--Vaya que tienes unos puños....

[5] Todos contemplaban la mesa que se había partido en dos pedazos.

Fijaban luego los ojos en el nunca bastante admirado Renialdos o Caballuco. Indudablemente había en su semblante hermoso, en sus ojos verdes, animados por extraño [10] resplandor felino, en su negra cabellera, en su cuerpo hercúleo, cierta expresión y aire de grandeza, un resabio o más bien recuerdo de las grandes razas que dominaron al mundo. Pero su aspecto general era el de una degeneración lastimosa, y costaba trabajo encontrar la filiación noble y [15] heroica en la brutalidad presente. Se parecía a los grandes hombres de D. Cayetano, como se parece el mulo al caballo.

XXIII

=Misterio=

Después de lo que hemos referido, duró mucho la conferencia; pero omitimos lo restante por no ser indispensable para la buena inteligencia de esta relación. Retiráronse al [20] fin, quedando para lo último, como de costumbre, el Sr. D. Inocencio. No habían tenido tiempo aún la señora y el canónigo para cambiar dos palabras, cuando entró en el comedor una criada de edad y mucha confianza, que era el brazo derecho de doña Perfecta, y como ésta la viera [25] inquieta y turbada, llenóse también de turbación, sospechando que algo malo en la casa ocurría.

--No encuentro a la señorita por ninguna parte--dijo la criada, respondiendo a las preguntas de la señora.

--¡Jesús! ¡Rosario!... ¿dónde está mi hija?

--¡Válgame la Virgen del Socorro!--gritó el 169 Penitenciario, tomando el sombrero y disponiéndose a correr tras la señora.

--Buscadla bien.... ¿Pero no estaba contigo en su [5] cuarto?

--Sí, señora--repuso temblando la criada vieja;--pero el demonio me tentó y me quedé dormida.

--¡Maldito sea tu sueño!... ¡Jesús mío!... ¿qué es esto? ¡Rosario, Rosario.... Librada!

[10] Subieron, bajaron, tornaron a bajar y a subir, llevando luz y registrando todas las piezas. Por último oyóse la voz del Penitenciario en la escalera, que decía con júbilo:

--Aquí está, aquí está. Ya pareció.

Un instante después madre e hija se encontraban la una [15] frente a la otra en la galería.

--¿Dónde estabas?--preguntó con severo acento doña Perfecta, examinando el rostro de su hija.

--En la huerta--repuso la niña más muerta que viva.

--¿En la huerta a estas horas? ¡Rosario!...

[20] --Tenía calor, me asomé a la ventana, se me cayó el pañuelo y bajé a buscarlo.

--¿Por qué no dijiste a Librada que te lo alcanzase?... ¡Librada!... ¿Dónde está esa muchacha? ¿Se ha dormido también?

[25] Librada apareció al fin. Su semblante pálido indicaba la consternación y el recelo del delincuente.

--¿Qué es esto? ¿Dónde estabas?--preguntó con terrible enojo la dama.

--Pues, señora... bajé a buscar la ropa que está en [30] el cuarto de la calle... y me quedé dormida.

--Todas duermen aquí esta noche. Me parece que alguna no dormirá en mi casa mañana. Rosario, puedes retirarte.

Comprendiendo que era indispensable proceder con prontitud y energía, la señora y el canónigo emprendieron sin tardanza sus investigaciones. Preguntas, amenazas, ruegos, 170 promesas, fueron empleadas con habilidad suma para inquirir la verdad de lo acontecido. No resultó ni sombra de culpabilidad en la criada anciana; pero Librada confesó de [5] plano entre lloros y suspiros todas sus bellaquerías, que sintetizaremos del modo siguiente: