Doña Perfecta

Chapter 11

Chapter 113,774 wordsPublic domain

--¡Ay, Pepe... primo mío!... se me figura que tienes razón--exclamó Rosarito anegada en llanto.--Tus [10] palabras resuenan en mi corazón como golpes violentos que, estremeciéndome, me dan nueva vida. Aquí en esta obscuridad, donde no podemos vernos las caras, una luz inefable sale de ti y me inunda el alma. ¿Qué tienes tú, que así me transformas? Cuando te conocí, de repente fuí [15] otra. En los días en que he dejado de verte me he visto volver a mi antiguo estado insignificante, a mi cobardía primera. Sin ti vivo en el Limbo, Pepe mío.... Haré lo que me dices, me levanto y te sigo. Iremos juntos a donde quieras. ¿Sabes que me siento bien? ¿Sabes que no [20] tengo ya fiebre, que recobro las fuerzas, que quiero correr y gritar, que todo mi ser se renueva, y se aumenta y se centuplica para adorarte? Pepe, tienes razón. Yo no estoy enferma, yo no estoy sino acobardada; mejor dicho, fascinada.

[25] --Eso es, fascinada.

--Fascinada. Terribles ojos me miran y me dejan muda y trémula. Tengo miedo; ¿pero a qué?... Tú sólo tienes el extraño poder de devolverme la vida. Oyéndote, resucito. Yo creo que si me muriera y fueras a pasear [30] junto a mi sepultura, desde lo hondo de la tierra sentiría tus pasos. ¡Oh, si pudiera verte ahora!... Pero estás aquí, a mi lado, y no puedo dudar que eres tú.... ¡Tanto tiempo sin verte!... Yo estaba loca. Cada día de soledad me parecía un siglo.... Me decían que mañana, que mañana, y vuelta con mañana. Yo me asomaba por las 119 noches a la ventana, y la claridad de la luz de tu cuarto me servía de consuelo. A veces tu sombra en los cristales era para mí una aparición divina. Yo extendía los brazos hacia [5] fuera, derramaba lágrimas y gritaba con el pensamiento, sin atreverme a hacerlo con la voz. Cuando recibí tu recado por conducto de la criada; cuando recibí tu carta diciéndome que te marchabas, me puse muy triste, creí que se me iba saliendo el alma del cuerpo y que me moría por grados. [10] Yo caía, caía como el pájaro herido cuando vuela, que va cayendo y muriéndose, todo al mismo tiempo.... Esta noche, cuando te vi despierto tan tarde, no pude resistir el anhelo de hablarte, y bajé. Creo que todo el atrevimiento que puedo tener en mi vida lo he consumido y empleado en [15] una sola acción, en ésta, y que ya no podré dejar de ser cobarde.... Pero tú me darás aliento; tú me darás fuerzas; tú me ayudarás, ¿no es verdad?... Pepe, primo mío querido, dime que sí; dime que tengo fuerzas, y las tendré; dime que no estoy enferma, y no lo estaré. Ya [20] no lo estoy. Me encuentro tan bien, que me río de mis males ridículos.

Al decir esto, Rosarito se sintió frenéticamente enlazada por los brazos de su primo. Oyóse un ¡ay! pero no salió de los labios de ella, sino de los de él, porque habiendo [25] inclinado la cabeza, tropezó violentamente con los pies del Cristo. En la obscuridad es donde se ven las estrellas.

En el estado de su ánimo y en la natural alucinación que producen los sitios obscuros, a Rey le parecía, no que su [30] cabeza había topado con el santo pie, sino que éste se había movido, amonestándole de la manera más breve y más elocuente. Entre serio y festivo alzó la cabeza, y dijo así:

--Señor, no me pegues, que no haré nada malo.

En el mismo instante Rosario tomó la mano del joven, 120 oprimiéndola contra su corazón. Oyóse una voz pura, grave, angelical, conmovida, que habló de este modo:

--Señor que adoro, Señor Dios del mundo y tutelar de mi [5] casa y de mi familia; Señor a quien Pepe también adora; Santo Cristo bendito que moriste en la Cruz por nuestros pecados; ante Ti, ante tu cuerpo herido, ante tu frente coronada de espinas, digo que éste es mi esposo, y que después de Ti, es el que más ama mi corazón; digo que le declaro mi [10] esposo, y que antes moriré que pertenecer a otro. Mi corazón y mi alma son suyos. Haz que el mundo no se oponga a nuestra felicidad, y concédeme el favor de esta unión, que juro sea buena ante el mundo como lo es en mi conciencia.

--Rosario, eres mía,--exclamó Pepe con exaltación.--Ni [15] tu madre ni nadie lo impedirá.

La prima inclinó su hermoso busto inerte sobre el pecho del primo. Temblaba en los amantes brazos varoniles, como la paloma en las garras del águila.

Por la mente del ingeniero pasó como un rayo la idea de [20] que existía el Demonio; pero entonces el Demonio era él. Rosario hizo ligero movimiento de miedo; tuvo como el temblor de sorpresa que anuncia el peligro.

--Júrame que no desistirás--dijo turbadamente Rey, atajando aquel movimiento.

[25] --Te lo juro por las cenizas de mi padre, que están....

--¿Dónde?

--Bajo nuestros pies.

El matemático sintió que se levantaba bajo sus pies la losa... pero no, no se levantaba: es que él creyó notarlo [30] así, a pesar de ser matemático.

--Te lo juro--repitió Rosario,--por las cenizas de mi padre y por Dios que nos está mirando.... Que nuestros cuerpos, unidos como están, reposen bajo estas losas cuando Dios quiera llevarnos de este mundo.

--Sí--repitió Pepe Rey, con emoción profunda, 121 sintiendo llena su alma de una turbación inexplicable.

Ambos permanecieron en silencio durante breve rato. Rosario se había levantado.

[5] --¿Ya?

Volvió a sentarse.

--Tiemblas otra vez--dijo Pepe.--Rosario, tú estas mala; tu frente abrasa.

--Parece que me muero--murmuró la joven con [10] desaliento.--No sé qué tengo.

Cayó sin sentido en brazos de su primo. Agasajándola, notó que el rostro de la joven se cubría de helado sudor.

--Está realmente enferma--dijo para sí.--Esta salida [15] es una verdadera calaverada.

Levantóla en sus brazos, tratando de reanimarla, pero ni el temblor de ella ni el desmayo cesaban, por lo cual resolvió sacarla de la capilla, a fin de que el aire fresco la reanimase. Así fué en efecto. Recobrado el sentido, manifestó [20] Rosario mucha inquietud por hallarse a tal hora fuera de su habitación. El reloj de la catedral dió las cuatro.

--¡Qué tarde!--exclamó la joven.--Suéltame, primo. Me parece que puedo andar. Verdaderamente estoy muy mala.

[25] --Subiré contigo.

--Eso de ninguna manera. Antes iré arrastrándome hasta mi cuarto.... ¿No te parece que se oye un ruido?...

Ambos callaron. La ansiedad de su atención determinó un silencio absoluto.

[30] --¿No oyes nada, Pepe?

--Absolutamente nada.

--Pon atención.... Ahora, ahora vuelve a sonar. Es un rumor que no sé si suena lejos, muy lejos, o cerca, muy cerca. Lo mismo podría ser la respiración de mi madre que el chirrido de la veleta que está en la torre de la 122 catedral. ¡Ah! Tengo un oído muy fino.

--Demasiado fino.... Con que, querida prima, te subiré en brazos.

[5] --Bueno, súbeme hasta lo alto de la escalera. Después iré yo sola. En, cuanto descanse un poco, me quedaré como si tal cosa.... ¿Pero no oyes?

Detuviéronse en el primer peldaño.

--Es un sonido metálico.

[10] --¿La respiración de tu mamá?

--No, no es eso. El rumor viene de muy lejos. ¿Será el canto de un gallo?

--Podrá ser.

--Parece que suenan dos palabras, diciendo: _allá voy_, [15] _allá voy_.

--Ya, ya oigo--murmuró Pepe Rey.

--Es un grito.

--Es una corneta.

--¡Una corneta!

[20] --Sí. Sube pronto. Orbajosa va a despertar.... Ya se oye con claridad. No es trompeta sino clarín. La tropa se acerca.

--¡Tropa!

--No sé por qué me figuro que esta invasión militar ha [25] de ser provechosa para mí.... Estoy alegre. Rosario, arriba pronto.

--También yo estoy alegre. Arriba.

En un instante la subió, y los dos amantes se despidieron, hablándose al oído tan quedamente, que apenas se oían.

[30] --Me asomaré por la ventana que da a la huerta, para decirte que he llegado a mi cuarto sin novedad. Adiós.

--Adiós, Rosario. Ten cuidado de no tropezar con los muebles.

--Por aquí navego bien, primo. Ya nos veremos otra vez. Asómate a la ventana de tu cuarto si quieres recibir 123 mi parte telegráfico.

Pepe Rey hizo lo que se le mandaba; pero aguardó largo rato y Rosario no apareció en la ventana. El ingeniero [5] creía sentir agitadas voces en el piso alto.

XVIII

=Tropa=

Los habitantes de Orbajosa oían en la crepuscular vaguedad de su último sueño aquel clarín sonoro, y abrían los ojos diciendo:

--Tropa.

[10] Unos hablando consigo mismos, mitad dormidos, mitad despiertos, murmuraban:

--Por fin nos han mandado esa canalla.

Otros se levantaban a toda prisa, gruñendo así:

--Vamos a ver a esos condenados.

[15] Alguno apostrofaba de este modo:

--Anticipo forzoso tenemos.... Ellos dicen quintas, contribuciones; nosotros diremos palos y más palos.

En otra casa se oyeron estas palabras, pronunciadas con alegría:

[20] --¡Si vendrá mi hij!... ¡Si vendrá mi hermano!...

Todo era saltar del lecho, vestirse a prisa, abrir las ventanas para ver el alborotador regimiento que entraba con las primeras luces del día. La ciudad era tristeza, silencio, vejez; el ejército alegría, estrépito, juventud. Entrando el [25] uno en la otra, parecía que la momia recibía por arte maravillosa el don de la vida, y bulliciosa saltaba fuera del húmedo sarcófago para bailar en torno de él. ¡Qué movimiento, qué algazara, qué risas, qué jovialidad! No existe nada tan interesante como un ejército. Es la patria en su aspecto juvenil y vigoroso. Lo que en el concepto individual 124 tiene o puede tener esa misma patria de inepta, de levantisca, de supersticiosa unas veces, de blasfema otras, desaparece bajo la presión férrea de la disciplina, que de [5] tantas figurillas insignificantes hace un conjunto prodigioso. El soldado, o sea el corpúsculo, al desprenderse, después de un _rompan filas_, de la masa en que ha tenido vida regular y a veces sublime, suele conservar algunas de las cualidades peculiares del ejército. Pero esto no es lo más común. A [10] la separación suele acompañar súbito encanallamiento, de lo cual resulta que si un ejército es gloria y honor, una reunión de soldados puede ser calamidad insoportable, y los pueblos que lloran de júbilo y entusiasmo al ver entrar en su recinto un batallón victorioso, gimen de espanto y tiemblan [15] de recelo cuando ven libres y sueltos a los señores soldados.

Esto último sucedió en Orbajosa, porque en aquellos días no había glorias que cantar ni motivo alguno para tejer coronas ni trazar letreros triunfales, ni mentar siquiera [20] hazañas de nuestros bravos, por cuya razón todo fué miedo y desconfianza en la episcopal ciudad, que si bien pobre, no carecía de tesoros en gallinas, frutas, dinero y doncellez, los cuales corrían gran riesgo desde que entraron los consabidos alumnos de Marte. Además de esto, la patria de los [25] Polentinos, como ciudad muy apartada del movimiento y bullicio que han traído el tráfico, los periódicos, ferrocarriles y otros agentes que no hay para qué analizar ahora, no gustaba que la molestasen en su sosegada existencia.

Siempre que se le ofrecía coyuntura propicia, mostraba [30] asimismo viva repulsión a someterse a la autoridad central que mal o bien nos gobierna; y recordando sus fueros de antaño y mascullándolos de nuevo, como rumia el camello la yerba que ha comido el día antes, solía hacer alarde de cierta independencia levantisca, deplorables resabios de behetría que a veces dieron no pocos quebraderos de cabeza 125 al gobernador de la provincia.

Otrosí debe tenerse en cuenta que Orbajosa tenía antecedentes, o mejor dicho abolengo faccioso. Sin duda conservaba [5] en su seno algunas fibras enérgicas de aquellas que] en edad remota, según la entusiasta opinión de don Cayetano, la impulsaron a inauditas acciones épicas; y aunque en decadencia, sentía de vez en cuando violento afán de hacer grandes cosas, aunque fueran barbaridades y desatinos. [10] Como dió al mundo tantos egregios hijos, quería sin duda que sus actuales vástagos, los Caballucos, Merengues y Pelosmalos renovasen las _Gestas_ gloriosas de los de antaño.

Siempre que hubo facciones en España, aquel pueblo dió [15] a entender que no existía en vano sobre la faz de la tierra, si bien nunca sirvió de teatro a una verdadera guerra. Su genio, su situación, su historia la reducían al papel secundario de levantar partidas. Obsequió al país con esta fruta nacional en 1827 cuando los Apostólicos, durante la guerra [20] de los siete años, en 1848, y en otras épocas de menos eco en la historia patria. Las partidas y los partidarios fueron siempre populares, circunstancia funesta que procedía de la guerra de la Independencia, una de esas cosas buenas que han sido origen de infinitas cosas detestables. _Corruptio [25] optimi pessima_. Y con la popularidad de las partidas y de los partidarios, coincidía, siempre creciente, la impopularidad de todo lo que entraba en Orbajosa con visos de delegación o instrumento del poder central. Los soldados fueron siempre tan mal vistos allí, que siempre que los ancianos [30] narraban un crimen, robo, asesinato, violación, o cualquiera otro espantable desafuero, añadían: _esto sucedió cuando vino la tropa_.

Y ya que se ha dicho esto tan importante, bueno será añadir que los batallones enviados allá en los mismos días de la historia que referimos, no iban a pasearse por las 126 calles, pues que llevaban un objeto que clara y detalladamente se verá más adelante. Como dato de no escaso interés, apuntaremos que lo que aquí se va contando ocurrió [5] en un año que no está muy cerca del presente, ni tampoco muy lejos, así como también se puede decir que Orbajosa (entre los romanos _urbs augusta_, si bien algunos eruditos modernos examinando el _ajosa_, opinan que este rabillo lo tiene por ser patria de los mejores ajos del mundo), no está [10] muy lejos ni tampoco muy cerca de Madrid, no debiendo tampoco asegurarse que enclave sus gloriosos cimientos al Norte ni al Sur, ni al Este ni al Oeste, sino que es posible esté en todas partes, y por do quiera que los españoles revuelvan sus ojos y sientan el picar de sus ajos.

[15] Repartidas por el municipio las cédulas de alojamiento, cada cual se fué en busca de su hogar prestado. Les recibían de muy mal talante, dándoles acomodo en los lugares más atrozmente inhabitables de las casas. Las muchachas del pueblo no eran en verdad las más descontentas; pero [20] se ejercía sobre ellas una gran vigilancia, y no era decente mostrar alegría por la visita de tal canalla. Los pocos soldados hijos de la comarca eran los únicos que estaban a cuerpo de rey. Los demás eran considerados como extranjeros.

[25] A las ocho de la mañana un teniente coronel de caballería entró con su cédula en casa de doña Perfecta Polentinos. Recibiéronle los criados, por encargo de su señora, que hallándose en deplorable situación de ánimo, no quiso bajar al encuentro del soldadote, y señaláronle para vivienda [30] la única habitación al parecer disponible de la casa, el cuarto que ocupaba Pepe Rey.

--Que se acomoden como puedan--dijo doña Perfecta con expresión de hiel y vinagre.--Y si no caben que se vayan a la calle.

¿Era su intención molestar de este modo al infame 127 sobrino, o realmente no había en el edificio otra pieza disponible? No lo sabemos, ni las crónicas de donde esta verídica historia ha salido dicen una palabra acerca de tan [5] importante cuestión. Lo que sabemos de un modo incontrovertible es que lejos de mortificar a los dos huéspedes que les embaularan juntos, causóles sumo gusto por ser amigos antiguos. Grande y alegre sorpresa tuvieron uno y [10] y lanzar exclamaciones, ponderando la extraña casualidad que los unía en tal sitio y ocasión.

--Pinzón... ¡tú por aquí!... ¿Pero qué es esto? No sospechaba que estuvieras tan cerca...

--Yo oí decir que andabas por estas tierras, Pepe Rey; [15] pero tampoco creí encontrarte en la horrible, en la salvaje Orbajosa.

--¡Pero qué casualidad feliz!... porque esta casualidad es felicísima, providencial... Pinzón, entre tú y yo vamos a hacer algo grande en este poblacho.

[20] --Y tendremos tiempo de meditarlo--repuso el otro sentándose en el lecho donde el ingeniero estaba acostado,--porque según parece viviremos los dos en esta pieza. ¿Qué demonios de casa es ésta?

--Hombre, la de mi tía. Habla con más respeto. ¿No [25] conoces a mi tía?... Pero voy a levantarme.

--Me alegro, porque con eso me acostaré yo, que bastante lo necesito... ¡Qué camino, amigo Pepe, qué camino y qué pueblo!

--Dime, ¿venís a pegar fuego a Orbajosa?

[30] --¡Fuego!

--Dígolo porque yo tal vez os ayudaría.

--¡Qué pueblo! ¡pero qué pueblo!--exclamó el militar tirando el chacó, poniendo a un lado espada y tahalí, cartera de viaje y capote.--Es la segunda vez que nos mandan aquí. Te juro que a la tercera pido la licencia 128 absoluta.

--No hables mal de esta buena gente. ¡Pero qué a tiempo has venido! Parece que te manda Dios en mi [5] ayuda, Pinzón... Tengo un proyecto terrible, una aventura, si quieres llamarla así, un plan, amigo mío... y me hubiera sido muy difícil salir adelante sin ti. Hace un momento me volvía loco cavilando y dije lleno de ansiedad: "Si yo tuviera aquí un amigo, un buen amigo"... [10] --Proyecto, plan, aventura... Una de dos, señor matemático, o es dar la dirección a los globos o algo de amores...

--Es formal, muy formal. Acuéstate, duerme un poco y después hablaremos.

[15] --Me acostaré, pero no dormiré. Puedes contarme todo lo que quieras. Sólo te pido que hables lo menos posible de Orbajosa.

--Precisamente de Orbajosa te quiero hablar. ¿Pero tú también tienes antipatía a esa cuna de tantos varones [20] insignes?

--Estos ajeros... Los llamamos los ajeros... pues digo que serán todo lo insignes que tú quieras; pero a mí me pican como los frutos del país. Este es un pueblo dominado por gentes que enseñan la desconfianza, la superstición [25] y el aborrecimiento a todo el género humano. Cuando estemos despacio te contaré un sucedido... un lance, mitad gracioso, mitad terrible que me pasó aquí el año pasado... Cuando te lo cuente tú te reirás y yo echaré chispas de cólera... Pero en fin, lo pasado, [30] pasado.

--Lo que a mí me pasa no tiene nada de gracioso.

--Pero los motivos de mi aborrecimiento a este poblachón son diversos. Has de saber que aquí asesinaron a mi padre el 48 unos desalmados partidarios. Era brigadier y estaba fuera de servicio. Llamóle el Gobierno, y pasaba 129 por Villahorrenda para ir a Madrid, cuando fué cogido por media docena de tunantes... Aquí hay varias dinastías de guerrilleros. Los Aceros, los Caballucos, los Pelosmalos... un [5] periódico suelto, como dijo quien sabía muy bien lo que decía.

--Supongo que la venida de dos regimientos con alguna caballería no será por gusto de visitar estos amenos vergeles.

--¿Qué ha de ser? Venimos a recorrer el país. Hay [10] muchos depósitos de armas. El Gobierno no se atreve a destituir a la mayor parte de los Ayuntamientos sin desparramar algunas compañías por estos pueblos. Como hay tanta agitación facciosa por esta tierra; como dos provincias cercanas están ya infestadas, y como además este distrito [15] municipal de Orbajosa tiene una historia tan brillante en todas las guerras civiles, hay temores de que los bravos de por aquí se echen a los caminos a saquear lo que encuentren.

--¡Buena precaución! Pero creo que mientras esta [20] gente no perezca y vuelva a nacer; mientras hasta las piedras no muden de forma, no habrá paz en Orbajosa.

--Ésa es también mi opinión--dijo el militar encendiendo un cigarrillo.--¿No ves que los partidarios son la gente mimada en este país? A todos los que asolaron la [25] comarca en 1848 y en otras épocas, o a falta de ellos a sus hijos, les encuentras colocados en los fielatos, en puertas, en el Ayuntamiento, en la conducción del correo: los hay que son alguaciles, sacristanes, comisionados de apremios. Algunos se han hecho temibles caciques, y son los que [30] amasan las elecciones y tienen influjo en Madrid, reparten destinos... en fin, esto da grima.

--Dime, ¿y no se podrá esperar que los partidarios hagan una fechoría en estos días? Si así fuera, ustedes arrasarían el pueblo, y yo les ayudaría.

--Si en mí consistiera... Ellos harán de las suyas--dijo 130 Pinzón,--porque las facciones de las dos provincias cercanas crecen como una maldición de Dios. Y acá para entre los dos, amigo Rey, yo creo que esto va largo. Algunos [5] se ríen y aseguran que no puede haber otra guerra civil] como la pasada. No conocen el país, no conocen a Orbajosa y sus habitantes. Yo sostengo que esto que ahora empieza lleva larga cola, y que tendremos una nueva lucha cruel y sangrienta que durará lo que Dios quiera. ¿Qué [10] opinas tú?

--Amigo, en Madrid me reía yo de todos los que hablaban de la posibilidad de una guerra civil tan larga y terrible como la de siete años; pero ahora, después que estoy aquí...

[15] --Es preciso engolfarse en estos países encantadores: ver de cerca esta gente y oírle dos palabras para saber de qué pie cojea.

--Pues sí... sin poderme explicar en qué fundo mis ideas, ello es que desde aquí veo las cosas de otra manera, [20] y pienso en la posibilidad de largas y feroces guerras.

--Exactamente.

--Pero ahora, más que la guerra pública, me preocupa una privada en que estoy metido y que he declarado hace poco.

[25] --¿Dijiste que ésta es la casa de tu tía? ¿Cómo se llama?

--Doña Perfecta Rey de Polentinos.

--¡Ah! La conozco de nombre. Es una persona excelente, y la única de quien no he oído hablar mal a los [30] ajeros. Cuando estuve aquí la otra vez, en todas partes oía ponderar su bondad, su caridad, sus virtudes.

--Sí, mi tía es muy bondadosa, muy amable--dijo Rey.

Después quedó pensativo breve rato.

--Pero ahora recuerdo...--exclamó de súbito Pinzón.--Cómo 131 se van atando cabos... Sí, en Madrid me dijeron que te casabas con una prima. Todo está descubierto. ¿Es aquella linda y celestial Rosarito?...

[5] --Pinzón, vamos a hablar detenidamente.

--Se me figura que hay contrariedades.

--Hay algo más. Hay luchas terribles. Se necesitan amigos poderosos, listos, de iniciativa, de gran experiencia en los lances difíciles, de gran astucia y valor.

[10] --Hombre, eso es todavía más grave que un desafío.

--Mucho más grave. Se bate uno fácilmente con otro hombre. Con mujeres, con invisibles enemigos que trabajan en la sombra, es imposible.

--Vamos: ya soy todo oídos.