Chapter 10
Todos miraron hacia la puerta, donde apareció la imponente figura del Centauro, serio, cejijunto, confuso al querer saludar con amabilidad, hermosamente salvaje, pero desfigurado por la violencia que hacía para sonreír urbanamente [5] y pisar quedo y tener en correcta postura los hercúleos brazos.
--Adelante, Sr. Ramos--dijo Pepe Rey.
--Pero no--objetó doña Perfecta.--Si es una tontería lo que tiene que decirte.
[10] --Que lo diga.
--Yo no debo consentir que en mi casa se ventilen estas cuestiones ridículas....
--¿Qué quiere de mí el Sr. Ramos?
Caballuco pronunció algunas palabras.
[15] --Basta, basta... exclamó doña Perfecta, riendo.--No molestes más a mi sobrino. Pepe, no hagas caso de ese majadero.... ¿Quieren ustedes que les diga en qué consiste el enojo del gran Caballuco?
--¿Enojo? Ya me lo figuro--indicó el Penitenciario, [20] recostándose en el sillón y riendo expansivamente y con estrépito.
--Yo quería decirle al Sr. D. José....--gruñó el formidable ginete.
--Hombre, calla por Dios, no nos aporrees los oídos.
[25] --Sr. Caballuco--dijo el canónigo,--no es mucho que los señores de la Corte desbanquen a los rudos caballistas de estas salvajes tierras....
--En dos palabras, Pepe, la cuestión es esta. Caballuco es no sé qué....
[30] La risa le impidió continuar.
--No sé qué--añadió D. Inocencio,--de una de las 106 niñas de Troya, de Mariquita Juana, si no estoy equivocado.
--¡Y está celoso! Después de su caballo, lo primero de la Creación es Mariquilla Troya.
[5] --¡Bonito apunte!--exclamó la señora.--¡Pobre Cristóbal! ¿Has creído que una persona como mi sobrino?... Vamos a ver, ¿qué ibas a decirle? Habla.
--Ya hablaremos el Sr. D. José y yo--repuso bruscamente el bravo de la localidad.
[10] Y sin decir más se retiró.
Poco después Pepe Rey salió del comedor para ir a su cuarto. En la galería hallóse frente a frente con su troyano antagonista, y no pudo reprimir la risa al ver la torva seriedad del ofendido cortejo.
[15] --Una palabra--dijo éste plantándose descaradamente ante el ingeniero.--¿Usted sabe quién soy yo?
Diciendo esto puso la pesada mano en el hombro del joven con tan insolente franqueza, que éste no pudo menos de rechazarle enérgicamente.
[20] --No es preciso aplastar para eso.
El valentón, ligeramente desconcertado, se repuso al instante, y mirando a Rey con audacia provocativa, repitió su estribillo.
--¿Sabe usted quién soy yo?
[25] --Sí: ya sé que es usted un animal.
Apartóle bruscamente hacia un lado y entró en su cuarto. Según el estado del cerebro de nuestro desgraciado amigo en aquel instante, sus acciones debían sintetizarse en el siguiente brevísimo y definitivo plan: romperle la cabeza a [30] Caballuco sin pérdida de tiempo; despedirse en seguida de su tía con razones severas, aunque corteses, que le llegaran al alma; dar un frío adiós al canónigo y un abrazo al inofensivo D. Cayetano; administrar, por fin de fiesta, una paliza al tío Licurgo; partir de Orbajosa aquella misma noche y sacudirse el polvo de los zapatos a la salida de la 107 ciudad.
Pero los pensamientos del perseguido joven no podían apartarse, en medio de tantas amarguras, de otro [5] desgraciado ser a quien suponía en situación más aflictiva y angustiosa que la suya propia. Tras el ingeniero entró en la estancia una criada.
--¿Le diste mi recado?--preguntó él.
--Sí, señor, y me dió esto.
[10] Rey tomó de las manos de la muchacha un pedacito de periódico, en cuyo margen leyó estas palabras: "Dicen que te vas. Yo me muero."
Cuando volvió al comedor, el tío Licurgo se asomaba a la puerta preguntando:
[15] --¿A qué hora hace falta la jaca?
--A ninguna--contestó vivamente Rey.
--¿Luégo no te vas esta noche?--dijo doña Perfecta.--Mejor es que lo dejes para mañana.
--Tampoco.
[20] --¿Pues cuándo?
--Ya veremos--dijo fríamente el joven mirando a su tía con imperturbable calma.--Por ahora no pienso marcharme.
Sus ojos lanzaban enérgico reto.
[25] Doña Perfecta se puso primero encendida, pálida después. Miró al canónigo que se había quitado las gafas de oro para limpiarlas, y luego clavó sucesivamente la vista en los demás que ocupaban la estancia, incluso Caballuco que, entrando poco antes, se sentara en el borde de una silla. [30] Doña Perfecta les miró como mira un general a sus queridos cuerpos de ejército. Después examinó el semblante meditabundo y sereno de su sobrino, de aquel estratégico enemigo que se presentaba de improviso cuando se le creía en vergonzosa fuga.
¡Ay! ¡Sangre, ruina y desolación!... Una gran 108 batalla se preparaba.
XVI
=Noche=
Orbajosa dormía. Los mustios farolillos del público alumbrado despedían en encrucijadas y callejones su postrer [5] fulgor como cansados ojos que no pueden vencer el sueño. A su débil luz se escurrían envueltos en sus capas los vagabundos, los rondadores, los jugadores. Sólo el graznar del borracho o el canto del enamorado turbaban la callada paz de la ciudad histórica. De pronto el _Ave María Purísima_ [10] de vinoso sereno sonaba como un quejido enfermizo del durmiente poblachón.
En la casa de doña Perfecta también había silencio. Turbábalo tan sólo un diálogo que en la biblioteca del Sr. D. Cayetano sostenían éste y Pepe Rey. Sentábase el [15] erudito reposadamente en el sillón de su mesa de estudio, la cual aparecía cubierta por diversas suertes de papeles, conteniendo notas, apuntes y referencias, sin que el más pequeño desorden las confundiese, a pesar de su mucha diversidad y abundancia. Rey fijaba los ojos en el copioso [20] montón de papeles; pero sus pensamientos volaban sin duda en regiones muy distantes de aquella sabiduría.
--Perfecta--dijo el anticuario,--aunque es una mujer excelente, tiene el defecto de escandalizarse por cualquier acción frívola e insignificante. Amigo, en estos pueblos de [25] provincia el menor desliz se paga caro. Nada encuentro de particular en que usted fuese a casa de las Troyas. Se me figura que D. Inocencio, bajo su capita de hombre de bien, es algo cizañoso. ¿A él qué le importa?...
--Hemos llegado a un punto, Sr. D. Cayetano, en que [30] es preciso tomar una determinación enérgica. Yo necesito ver y hablar a Rosario.
--Pues véala usted. 109
--Es que no me dejan--respondió el ingeniero dando un puñetazo en la mesa.--Rosario está secuestrada....
--¡Secuestrada!--exclamó el sabio con incredulidad.--La [5] verdad es que no me gusta su cara, ni su aspecto, ni menos el estupor que se pinta en sus bellos ojos. Está triste, habla poco, llora.... Amigo D. José, me temo mucho que esa niña se vea atacada de la terrible enfermedad que ha hecho tantas víctimas en los individuos de mi [10] familia.
--¡Una terrible enfermedad! ¿Cuál?
--La locura... mejor dicho, manías. En mi familia no ha habido uno solo que se librara de ellas. Yo, yo soy el único que he logrado escapar.
[15] --¡Usted!... Dejando a un lado las manías--dijo Rey con impaciencia,--yo quiero ver a Rosario.
--Nada más natural. Pero el aislamiento en que su madre la tiene es un sistema higiénico, querido Pepe, el único sistema que se ha empleado con éxito en todos los [20] individuos de mi familia. Considere usted que la persona cuya presencia y voz debe de hacer más impresión en el delicado sistema nervioso de Rosarillo, es el elegido de su corazón.
--A pesar de todo--insistió Pepe,--yo quiero verla.
[25] --Quizás Perfecta no se oponga a ello--dijo el sabio fijando la atención en sus notas y papeles.--No quiero meterme en camisa de once varas.
El ingeniero, viendo que no podía sacar partido del buen Polentinos, se retiró para marcharse.
[30] --Usted va a trabajar, y no quiero estorbarle.
--No; aún tengo tiempo. Vea usted el cúmulo de preciosos datos que he reunido hoy. Atienda usted.... "En 1537 un vecino de Orbajosa, llamado Bartolomé del Hoyo, fué a Civita-Vecchia en las galeras del Marqués de Castel Rodrigo." Otra. "En el mismo año dos hermanos, hijos 110 también de Orbajosa y llamados Juan y Rodrigo González del Arco, se embarcaron en los seis navíos que salieron de Maestrique el 20 de Febrero y que a la altura de Calais [5] toparon con un navío inglés y los flamencos que mandaba Van-Owen...." En fin, fué aquello una importante hazaña de nuestra marina. He descubierto que un orbajosense, un tal Mateo Díaz Coronel, alférez de la Guardia, fué el que escribió en 1709 y dió a la estampa en Valencia el [10] _Métrico encomio, fúnebre canto, lírico elogio, descripción numérica, gloriosas fatigas, angustiadas glorias de la Reina de los Ángeles._ Poseo un preciosísimo ejemplar de esta obra, que vale un Perú.... Otro orbajosense es autor de aquel famoso _Tractado de las diversas suertes de la Gineta_, que [15] enseñé a usted ayer, y, en resumen, no doy un paso por el laberinto de la historia inédita sin tropezar con algún paisano ilustre. Yo pienso sacar todos esos nombres de la injusta obscuridad y olvido en que yacen. ¡Qué goce tan puro, querido Pepe, es devolver todo su lustre a las glorias, [20] ora épicas, ora literarias del país en que hemos nacido! Ni qué mejor empleo puede dar un hombre al escaso entendimiento que del cielo recibiera, a la fortuna heredada y al tiempo breve con que puede contar en el mundo la más dilatada existencia.... Gracias a mí, se verá que Orbajosa [25] es ilustre cuna del genio español. Pero ¿qué digo? ¿No se conoce bien su prosapia ilustre en la nobleza, en la hidalguía de la actual generación _urbsaugustana_? Pocas localidades conocemos en que crezcan con más lozanía las plantas y arbustos de todas las virtudes, libres de la maléfica [30] hierba de los vicios. Aquí todo es paz, mutuo respeto, humildad cristiana. La caridad se practica aquí como en los tiempos evangélicos; aquí no se conoce la envidia; aquí no se conocen las pasiones criminales, y si oye usted hablar de ladrones y asesinos, tenga por seguro que no son hijos de esta noble tierra, o que pertenecen al número de 111 los infelices pervertidos por las predicaciones demagógicas. Aquí verá usted el carácter nacional en toda su pureza, recto, hidalgo, incorruptible, puro, sencillo, patriarcal, [5] hospitalario, generoso.... Por eso gusto tanto vivir en esta pacífica soledad, lejos del laberinto de las ciudades, donde reinan ¡ay! la falsedad y el vicio. Por eso no han podido sacarme de aquí los muchos amigos que tengo en Madrid; por eso vivo en la dulce compañía de mis leales paisanos y [10] de mis libros, respirando sin cesar esta salutífera atmósfera de honradez, que se va poco a poco reduciendo en nuestra España, y sólo existe en las humildes y cristianas ciudades que con las emanaciones de sus virtudes saben conservarla. Y no crea usted, este sosegado aislamiento ha contribuído [15] mucho, queridísimo Pepe, a librarme de la terrible enfermedad connaturalizada en mi familia. En mi juventud yo, lo mismo que mis hermanos y padre, padecía lamentable propensión a las más absurdas manías; pero aquí me tiene usted tan pasmosamente curado, que no conozco tal enfermedad [20] sino cuando la veo en los demás. Por eso mi sobrinilla me tiene tan inquieto.
--Celebro que los aires de Orbajosa le hayan preservado a usted--dijo Rey, no pudiendo reprimir un sentimiento de burlas que por ley extraña nació en medio de su tristeza.--A [25] mí me han probado tan mal, que creo he de ser maniático dentro de poco tiempo si sigo aquí. Con que buenas noches, y que trabaje usted mucho.
--Buenas noches.
Dirigióse a su habitación; mas no sintiendo sueño ni [30] necesidad de reposo físico, sino por el contrario, fuerte excitación que le impulsaba a agitarse y divagar, cavilando y moviéndose, se paseó de un ángulo a otro de la pieza. Después abrió la ventana que daba a la huerta, y poniendo los codos en el antepecho de ella, contempló la inmensa negrura de la noche. No se veía nada. Pero el hombre 112 ensimismado lo ve todo, y Rey, fijos los ojos en la obscuridad, miraba cómo se iba desarrollando sobre ella el abigarrado paisaje de sus desgracias. La sombra no le permitía [5] ver las flores de la tierra, ni las del cielo, que son las estrellas. La misma falta casi absoluta de claridad producía el efecto de un ilusorio movimiento en las masas de árboles, que se extendían al parecer, iban perezosamente y regresaban enroscándose, como el oleaje de un mar de [10] sombras. Formidable flujo y reflujo, una lucha entre fuerzas no bien manifiestas, agitaban la silenciosa esfera. El matemático, contemplando aquella extraña proyección de su alma sobre la noche, decía:
--La batalla será terrible. Veremos quién sale [15] triunfante.
Los insectos de la noche hablaron a su oído, diciéndole misteriosas palabras. Aquí un chirrido áspero; allí un chasquido semejante al que hacemos con la lengua; allá lastimeros murmullos; más lejos un son vibrante parecido [20] al de la esquila suspendida al cuello de la res vagabunda. De súbito sintió Rey una consonante extraña, una rápida nota propia tan sólo de la lengua y de los labios humanos. Esta exhalación cruzó por el cerebro del joven como un relámpago. Sintió culebrear dentro de sí aquella S fugaz, [25] que se repitió una y otra vez, aumentando de intensidad. Miró a todos lados, miró hacia la parte alta de la casa, y en una ventana creyó distinguir un objeto semejante a un ave blanca que movía las alas. Por la mente excitada de Pepe Rey cruzó en un instante la idea del fénix, de la paloma, de [30] la garza real... y sin embargo, aquella ave no era más que un pañuelo.
El ingeniero saltó por la ventana a la huerta. Observando bien, vió la mano y el rostro de su prima. Le pareció distinguir el tan usual movimiento de imponer silencio llevando el dedo a los labios. Después la simpática sombra 113 alargó el brazo hacia abajo y desapareció. Pepe Rey entró de nuevo en su cuarto rápidamente y procurando no hacer ruido, pasó a la galería, avanzando después lentamente por [5] ella. Sentía el palpitar de su corazón, como si recibiera hachazos dentro del pecho. Esperó un rato... al fin oyó distintamente tenues golpes en los peldaños de la escalera. Uno, dos, tres.... Producían aquel rumor unos zapatitos.
[10] Dirigióse hacia allá en medio de una obscuridad casi profunda, y alargó los brazos para prestar apoyo a quien bajaba. En su alma reinaba una ternura exaltada y profunda; pero ¿a qué negarlo? tras aquel dulce sentimiento surgió de repente, como infernal inspiración, otro que era [15] un terrible deseo de venganza. Los pasos se acercaban descendiendo. Pepe Rey avanzó, y unas manos que tanteaban en el vacío chocaron con las suyas. Las cuatro ¡ay! se unieron en estrecho apretón.
XVII
=Luz a obscuras=
La galería era larga y ancha. A un extremo estaba la [20] puerta del cuarto donde moraba el ingeniero; en el centro la del comedor, y al otro extremo la escalera y una puerta grande y cerrada, con un peldaño en el umbral. Aquella puerta era la de una capilla, donde los Polentinos tenían los santos de su devoción doméstica. Alguna vez se celebraba [25] en ella el santo sacrificio de la misa.
Rosario dirigió a su primo hacia la puerta de la capilla, y se dejó caer en el escalón.
--¿Aquí?...--murmuró Pepe Rey.
Por los movimientos de la mano derecha de Rosario, [30] comprendió que ésta se santiguaba.
--Prima querida, Rosario... ¡gracias por haberte 114 dejado ver!--exclamó estrechándola con ardor entre sus brazos.
Sintió los dedos fríos de la joven sobre sus labios, [5] imponiéndole silencio. Los besó con frenesí.
--Estás helada... Rosario... ¿por qué tiemblas así?
Daba diente con diente, y su cuerpo todo se estremecía con febril convulsión. Rey sintió en su cara el abrasador fuego del rostro de su prima, y alarmado exclamó:
[10] --Tu frente es un volcán. Tienes fiebre.
--Mucha.
--¿Estás enferma realmente?
--Sí....
--Y has salido....
[15] --Por verte.
El ingeniero la estrechó entre sus brazos para darle abrigo; pero no bastaba.
--Aguarda--dijo vivamente levantándose.--Voy a mi cuarto a traer mi manta de viaje.
[20] --Apaga la luz, Pepe.
Rey había dejado encendida la luz dentro de su cuarto, y por la puerta de éste salía una tenue claridad, iluminando la galería. Volvió al instante. La obscuridad era ya profunda. Tentando las paredes pudo llegar hasta donde [25] estaba su prima. Reuniéronse y la arropó cuidadosamente de los pies a la cabeza.
--¿Qué bien estás ahora, niña mía?
--Sí, ¡qué bien!... Contigo.
--Conmigo... y para siempre--exclamó con [30] exaltación el joven.
Pero observó que se desasía de sus brazos y se levantaba.
--¿Qué haces?
Sintió el ruido de un hierrecillo. Rosario entraba una llave en la invisible cerradura, y abría cuidadosamente la puerta en cuyo umbral se habían sentado. Leve olor de 115 humedad, inherente a toda pieza cerrada por mucho tiempo, salía de aquel recinto obscuro como una tumba. Pepe Rey se sintió llevado de la mano, y la voz de su prima dijo muy [5] débilmente:
--Entra.
Dieron algunos pasos. Creíase él conducido a ignotos lugares Elíseos por el ángel de la noche. Ella tanteaba. Por fin volvió a sonar su dulce voz, murmurando:
[10] --Siéntate.
Estaban junto a un banco de madera. Los dos se sentaron. Pepe Rey la abrazó de nuevo. En el mismo instante su cabeza chocó con un cuerpo muy duro.
--¿Qué es esto?
[15] --Los pies.
--Rosario... ¿qué dices?
--Los pies del divino Jesús, de la imagen de Cristo Crucificado, que adoramos en mi casa.
Pepe Rey sintió como una fría lanzada que le traspasó el [20] corazón.
--Bésalos--dijo imperiosamente la joven.
El matemático besó los helados pies de la santa imagen.
--Pepe--exclamó después la señorita, estrechando ardientemente la mano de su primo.--¿Tú crees en Dios?
[25] --¡Rosario!... ¿qué dices ahí? ¡Qué locuras piensas!--repuso con perplejidad el primo.
--Contéstame.
Pepe Rey sintió humedad en sus manos.
--¿Porqué lloras?--dijo lleno de turbación.--Rosario, [30] me estás matando con tus dudas absurdas. ¡Que si creo en Dios! ¿Lo dudas tú?
--Yo no; pero todos dicen que eres ateo.
--Desmerecerías a mis ojos, te despojarías de tu aureola de pureza y de prestigio, si dieras crédito a tal necedad.
--Oyéndote calificar de ateo, y sin poder convencerme 116 de lo contrario por ninguna razón, he protestado desde el fondo de mi alma contra tal calumnia. Tú no puedes ser [5] ateo. Dentro de mí tengo yo vivo y fuerte el sentimiento de tu religiosidad, como el de la mía propia.
--¡Qué bien has hablado! ¿Entonces, por qué me preguntas si creo en Dios?
--Porque quería escucharlo de tu misma boca y recrearme oyéndotelo decir. ¡Hace tanto tiempo que no oigo [10] el acento de tu voz!... ¿qué mayor gusto que oírlo de nuevo, después de tan gran silencio, diciendo: "creo en Dios"?
--Rosario, hasta los malvados creen en él. Si existen ateos, que lo dudo, son los calumniadores, los intrigantes [15] de que está infestado el mundo.... Por mi parte, me importan poco las intrigas y las calumnias, y si tú te sobrepones a ellas y cierras tu corazón a los sentimientos de discordia que una mano aleve quiere introducir en él, nada se opondrá a nuestra felicidad.
[20] --¿Pero qué nos pasa? Pepe, querido Pepe... ¿tú crees en el Diablo?
El ingeniero calló. La obscuridad de la capilla no permitía a Rosario ver la sonrisa con que su primo acogiera tan extraña pregunta.
[25] --Será preciso creer en él--dijo al fin.
--¿Qué nos pasa? Mamá me prohibe verte; pero fuera de lo del ateísmo no habla mal de ti. Díceme que espere; que tú decidirás; que te vas, que vuelves.... Hablame con franqueza.... ¿Has formado mala idea de [30] mi madre?
--De ninguna manera--replicó Rey, apremiado por su delicadeza.
--¿No crees, como yo, que me quiere mucho; que nos quiere a los dos, que sólo desea nuestro bien, y que al fin hemos de alcanzar de ella el consentimiento 117 que deseamos?
--Si tú lo crees así, yo también.... Tu mamá nos adora a entrambos.... Pero, querida Rosario, es preciso [5] confesar que el Demonio ha entrado en esta casa.
--No te burles--repuso ella con cariño....--¡Ay! mamá es muy buena. Ni una sola vez me ha dicho que no fueras digno de ser mi marido. No insiste más que en lo del ateísmo. Dicen además que tengo manías, y que ahora [10] me ha entrado la de quererte con toda mi alma. En nuestra familia es ley no contrariar de frente las manías congénitas que tenemos, porque atacándolas se agravan más.
--Pues yo creo que a tu lado hay buenos médicos que se han propuesto curarte, y que al fin, adorada niña mía, lo van [15] a conseguir.
--No, no, no mil veces--exclamó Rosario, apoyando su frente en el pecho de su novio.--Quiero volverme loca contigo. Por ti estoy padeciendo; por ti estoy enferma; por ti desprecio la vida y me expongo a morir.... Ya lo [20] preveo, mañana estaré peor, me agravaré.... Moriré; ¡qué me importa!
--Tú no estás enferma--repuso él con energía; tú no tienes sino una perturbación moral, que naturalmente trae ligeras afecciones nerviosas; tú no tienes más que la pena [25] ocasionada por esta horrible violencia que están ejerciendo sobre ti. Tu alma sencilla y generosa no lo comprende. Cedes; perdonas a los que te hacen daño; te afliges, atribuyendo tu desgracia a funestas influencias sobrenaturales; padeces en silencio; entregas tu inocente cuello al verdugo; [30] te dejas matar, y el mismo cuchillo, hundido en tu garganta, te parece la espina de una flor que se te clavó al pasar. Rosario, desecha esas ideas: considera nuestra verdadera situación, que es grave: mira la causa de ella donde verdaderamente está, y no te acobardes, no cedas a la mortificación que se te impone, enfermando tu alma y tu cuerpo. 118 El valor de que careces te devolverá la salud, porque tú no estás realmente enferma, querida niña mía, tú estás... ¿quieres que lo diga? estás asustada, aterrada. Te pasa [5] lo que los antiguos no sabían definir y llamaban maleficio. ¡Rosario, ánimo, confía en mí! Levántate y sígueme. No te digo más.