Doña Clarines y Mañana de Sol

Chapter 5

Chapter 54,115 wordsPublic domain

MARCELA. Pero ¿es verdad, tío, que ha vuelto más pronto que nunca?

DON BASILIO. ¡Dónde va a parar! ¡A saber[119] si esto ha sido una trampa de ella! ¡Es más larga!...

MARCELA. ¡Silencio, que viene!

DON BASILIO. ¡Ah! _Pasea silbando._

MARCELA. Ha amanecido muy buen día, ¿verdad, tío Basilio?

DON BASILIO. Muy buen día.

MARCELA. No podemos quejarnos del tiempo.

DON BASILIO. Ciertamente: no podemos quejarnos del tiempo.

_Sale_ DOÑA CLARINES _por la puerta del foro. La sigue_ TATA.

DOÑA CLARINES. Pues va a llover.

MARCELA. ¿Cree usted que va a llover? ¿Vuelve usted por eso?

DON BASILIO. ¿Te duele el tobillo?

DOÑA CLARINES. No; pero cuando se está murmurando de una persona y se habla del tiempo porque ella llega, casi siempre llueve.

DON BASILIO. ¡Y truena! ¡Qué carape! ¡La manía de que a todas horas hemos de murmurar de ti!

DOÑA CLARINES. Como los dos tenéis el deber de hablar bien, por eso estoy segura de que habláis mal.[120] _Obedeciendo a un presentimiento._ ¿Quién estaba aquí?

_Sensación. Pausa._

DON BASILIO. Nadie.

DOÑA CLARINES. ¿Nadie?

MARCELA. El tío y yo.

DON BASILIO. Y quitándote el pellejo, según has advertido. _Entre dientes._

Cosas tenedes el Cid que farán fablar las piedras.[121]

_Doña Clarines, que viene de mal temple, se quita el velo y se lo da a Tata, en unión del portamonedas._

DOÑA CLARINES. Tata.

TATA. Señora.

DOÑA CLARINES. Lleva esto a mi tocador.

TATA. Sí, señora.

_Éntrase por la puerta de la derecha._

DOÑA CLARINES. Marcela.

MARCELA. Tía.

DOÑA CLARINES. Toma pluma y papel, que voy a contestarle a la señora de ahí enfrente.

MARCELA. ¿Ahora?

DOÑA CLARINES. Ahora, sí. En la única casa a que he ido, me han puesto del humor necesario.

_Don Basilio saca el cuaderno de sus cantares y afila la punta de un lapicero._

MARCELA. Pues usted dirá. _Siéntase ante una mesita 10 escritorio, y va escribiendo lo que la señora le dicta. A cada instante hace gestos de protesta y disgusto._

DOÑA CLARINES. _Dictando._ «Señora doña Sebastiana Reguero. Muy señora mía: empiezo esta carta llamándole a usted señora dos veces, porque de alguna manera[122] he de empezarla; no porque crea que usted lo es, ni lo ha sido en su vida.»

_Don Basilio, apenas oye la primera andanada de la carta, silba inconscientemente, y se va escapado por la puerta de la izquierda dispuesto a anotarla en el cuadernito. En seguida vuelve._

MARCELA. ¡Tía Clarines!

DOÑA CLARINES. Pon lo que yo te mande, y no te asustes por tan poco.

MARCELA. Tenga usted en cuenta...

DOÑA CLARINES. ¡Chist! «Quiere usted saber, y me lo pregunta en una carta ridícula, llena de impertinencias y de haches, por qué mi sobrina no va desde hace dos días a su casa, como antes iba. Voy a satisfacer su curiosidad en el acto, y con mejor ortografía desde luego.» Tú verás, niña, cómo escribes.[123]

MARCELA. _Suspirando._ ¡Ay!

DOÑA CLARINES. «Mi sobrina no ha vuelto a su casa, porque nada bueno puede aprender ahí.» _Don Basilio sacude los dedos y va a irse otra vez, pero se detiene._ «Ha protegido usted, a espaldas mías, los amores de ella con su novio; lo cual, en neto castellano, tiene un nombre sonoro y rotundo. En medio de él puede usted colocar perfectamente una de esas haches[124] que con tanta liberalidad prodiga.» _Vuelve a irse don Basilio: esta vez por la puerta del foro._ ¿Pero qué entrar y salir trae ese majadero?[125]

MARCELA. No sé, tía; no sé.

DOÑA CLARINES. «Aquí daría yo fin a la presente, si hoy no hubiera sabido por un azar quién es el novio de mi sobrina.»

MARCELA. _Estremeciéndose y dejando de escribir._ ¿Eh?

DOÑA CLARINES. _Dictándole con gran energía._ «... si hoy no hubiera sabido por un azar quién es el novio de mi sobrina.»

MARCELA. Pero ¿usted ha sabido?...

DOÑA CLARINES. Escribe tú.

MARCELA. _Repitiendo la frase mientras escribe_ «... quién es el novio de mi sobrina.»

_Don Basilio, que se ha puesto muy serio al oír esta revelación, se guarda el cuaderno y se sienta en un rinconcito a reflexionar._

DOÑA CLARINES. «Pero como he sabido esto, debo añadirle a usted que sus manejos en este caso no revelan solamente liviandad hipócrita, sino maldad muy grande.» _Durante las frases anteriores pasa_ TATA, _prestando oído a doña Clarines, y deteniéndose más de lo natural, desde la puerta de la derecha a la del foro._ Tata.

TATA. Señora.

DOÑA CLARINES. ¿Quieres preguntarme si estorbas para contestarte que sí?[126]

TATA. Señora, no he hecho más que atravesar de un lado a otro. No sé por dónde había de irme.

DOÑA CLARINES. Chitón, y dile a Escopeta que venga.

TATA. Si está en casa; porque es muy volandero. _Se va refunfuñando._

MARCELA. ¿Algo más, tía?

DOÑA CLARINES. Nada más. Déjame firmar. _Se sienta a ello._[127] Así: mi nombre y mis dos apellidos.[128] Yo no escribo anónimos, como algunos traidorzuelos de chicha y nabo. _Marcela mira a don Basilio y éste no sabe dónde meterse. Doña Clarines guarda el pliego en un sobre y escribe en él la dirección._ ¿Qué te ocurre, Basilio?

DON BASILIO. ¿A mí? ¡Nada! ¿Qué me ha de ocurrir? ¡Nada!

DOÑA CLARINES. _Levantándose._ Lista.[129] Ahora, sobrina, mira tú si tienes alguna otra cosa que ocultarme.

MARCELA. Yo, tía...

_Llega_ ESCOPETA _por la puerta del foro._

ESCOPETA. Señora.

DOÑA CLARINES. Escopeta, lleve usted esta carta ahí enfrente.

ESCOPETA. _Leyendo el sobre._ Señora doña Sebastiana Reguero. Ya sé. ¿Na más que dejarla?

DOÑA CLARINES. Nada más.

ESCOPETA. ¿Espero la respuesta?

DOÑA CLARINES. No.

ESCOPETA. ¿Ni tengo que desí ninguna cosita?

DOÑA CLARINES. Ninguna.

ESCOPETA. ¡Vaya por Dios! Me iba yo afisionando... ¿Y poné yo argo de mi cosecha?

DOÑA CLARINES. ¿Cómo de su cosecha? ¡Dios lo libre a usted! Aquí no se dice ni más ni menos que lo que[130] yo mando decir. ¡Medrados estaríamos![131] _Éntrase en sus habitaciones._

ESCOPETA. ¡Me tocó la china esta vez! No hay más que aguantarse. _A_ TATA, _que sale por la puerta de la izquierda y cruza hacia la de la derecha, llena de curiosidad._ ¡Paisana! ¡No entre usté, paisana! ¡Miste que hay rayos en la armórfera, paisana!

TATA. _Volviéndose a él._ ¡Oiga usted... _militar_:[132] para ser yo paisana de usted, tendría que haber nacido en una lata de sardinas! ¡Chúpate ésa[133] y vuelve por otra! _Vase._

ESCOPETA. ¡Es grasiosa esta vieja! _Se va por la puerta del foro, hacia la izquierda, cantando._

_¿Quién me ha de entender a mí?..._

MARCELA. _Cuando se queda sola con don Basilio._ Tío.

DON BASILIO. ¿Qué quieres?

MARCELA. Miguel va a venir.

DON BASILIO. Me lo ha dicho.

MARCELA. Pues esté usted abajo, y cuando llegue entérelo usted de todo esto.

DON BASILIO. Eso... y oro molido que me pidas,[134] ¡qué carape! Yo te quiero más que tu tía, aunque me llames el tío Carape. ¡Qué carape!

MARCELA. Ande usted, ande usted.

DON BASILIO. Descuida en mí, tontuela.

_Don Basilio echa a correr por la puerta del foro, hacia la derecha, y Marcela va a entrar en las habitaciones de doña Clarines, a tiempo que de ellas sale_ TATA.

TATA. ¿Adónde vas, nena?

MARCELA. A ver a mi tía, Tata.

TATA. Pues no está el horno para bollos.

MARCELA. Tanto mejor.

TATA. ¿Ah, mejor?

MARCELA. Sí. Cuando llegue mi novio, que va a venir ahora, avísenos usted.

TATA. ¿Que va a venir tu novio?

MARCELA. Que va a venir, sí: con el tío Basilio. ¡Ojalá hubiera venido antes! _Vase por la puerta de la derecha._

TATA. _Santiguándose repetidas veces._

¡Santa Bárbara bendita[135] que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita, en el árbol de la Cruz, Padre nuestro, amén Jesús!

_Sale_ LUJÁN _por la puerta del foro, y sorprende a Tata en su invocación._

LUJÁN. Pero, señor, ¿qué sucede aquí?

TATA. ¡Ay, señor Luján!

LUJÁN. Al llegar yo, salía Escopeta con una carta que me dice que es un explosivo; ahora bajaba el otro las escaleras rodándolas materialmente;[136] usted se santigua... ¿Qué es esto?

TATA. ¡Ay, señor Luján! ¡Prepare usted el tambor, que hoy tenemos títeres!

LUJÁN. ¿Cómo que tenemos hoy títeres? Expliqúese usted, Tata.

TATA. ¡Doña Clarines lo sabe ya todo!

LUJÁN. ¿Todo?

TATA. ¡Todo! ¡De lo más grave se ha enterado en la primera casa donde entramos a dar la limosna! Se lo dijeron sin querer hacerle mal ninguno: al contrario. Pero al oírlo se quedó blanca como la mesma nieve, aunque hizo por disimular. Y al salir de allí, fué, y me dijo: «Tata, vámonos a casa.» Y acá volvimos sin chistar. Nunca hasta hoy se ha dejado de dar la limosna completa.

LUJÁN. ¿Y Marcelita?

TATA. Con ella está ahora mesmo. Parece ser que como ya no hay tapujos que valgan, el novio va a venir a verla. ¡Qué _turbamulta_! ¡Milagro será que la señora no se meta esta tarde en el confesonario!

LUJÁN. ¿Qué dice usted? ¿En el confesonario?

TATA. Sí, señor: la señora tiene en su alcoba un confesonario, que fué de un abuelo suyo medio santo o medio profeta, y siempre que se ve en algún caso de conciencia que es grave, en él se mete y se está allí las horas y las horas.

LUJÁN. ¡Costumbre más original! Voy de asombro en asombro en esta santa casa.

TATA. Ello vino de que doña Clarines le descubrió una maca gorda al cura que la confesaba, y se la plantó con pelos y señales.[137] El buen señor se incomodó tanto y más cuanto,[138] y la señora entonces mandó limpiar y barnizar ese mueble antiguo, y en él se mete las veces que le digo a usted. Y cuando sale, señor Luján... ¡aaaaah!... son de oírse las _másimas_ y las sentencias que echa por su boca. ¡Ni que el mesmo Dios se las dijera al oído![139]

LUJÁN. Le aseguro a usted, Tata, que cada vez admiro más a esta buena señora.

TATA. ¡Aaaaah!

LUJÁN. Ya tenemos ahí a nuestro hombre.

TATA. ¿Viene por el jardín? _Asomándose a los cristales._ ¡Aaaaah!

LUJÁN. Yo aquí estorbo, Tata. Dígale usted a don Basilio que en su despacho estoy. _Vase por la puerta de la izquierda._

TATA. Y Dios sea con todos, señor. Vamos a anunciar que está aquí el señorito. ¡Santa María de la Cabeza! _Éntrase por la puerta de la derecha, haciendo gestos de tribulación._

_Por la del foro llegan_ MIGUEL _y_ DON BASILIO.

MIGUEL. Otra vez aquí. A fe que no sospechaba volver tan pronto.

DON BASILIO. Ni yo que usted volviera. Pero, ya lo ve usted: con esta hermana mía no es posible atar dos cuartos de cominos.[140]

MIGUEL. ¿Marcela está con ella quizás?

DON BASILIO. No sé... Es lo probable. Ahora lo veremos. ¡Ah! Una cosa que no quiero que se me olvide: ¡no se le vaya a escurrir a usted, por Dios, que ha estado aquí hace un rato![141]

MIGUEL. Pierda usted cuidado, señor.

DON BASILIO. Nada más fácil. Comprenda usted con qué intención podré yo advertirle...[142]

MIGUEL. Sí, sí...

DON BASILIO. Le veo a usted muy nervioso.

MIGUEL. Mucho, no: un poco.

_Sale_ TATA _por donde se fué._

DON BASILIO. A tiempo llegas, Tata.

TATA. Santos y buenos días.

MIGUEL. Buenos días.

TATA. La señora viene en seguida a hablar con usted. _A don Basilio._ El señor Luján le espera a usted en su despacho.

DON BASILIO. ¿A mí?

TATA. A usted.

DON BASILIO. Ah, pues voy allá. Esto es importante. Hasta luego, querido Miguel.

MIGUEL. Adiós, don Basilio.

_Vase éste por la puerta de la izquierda, examinando el cuadernito de las coplas. Miguel, con aire preocupado, va de aquí para allá, mirando distraído la estancia. Tata lo observa melancólicamente. Pausa._

TATA. _Muy para sí._ Es verlo... es verlo... _Esforzándose para hablar._ ¿No se sienta usted?

MIGUEL. Gracias. No estoy cansado. _Nueva pausa._ ¿Lleva usted mucho tiempo con la señora?

TATA. Mucho tiempo. Con el pelo negro la conocí, y hoy lo tiene más blanco que el mío. Yo sé más que nadie de esta casa. Dispense, caballero; pero no puedo mirarlo sin llorar... Con permiso. _Vase conteniendo el llanto por la misma puerta de la derecha._

MIGUEL. _Impresionado._ Es indudable: despierto aquí un pasado muy doloroso... El llanto de esta vieja es revelador. _Nueva pausa._ Ya viene.

_Sale por la puerta de la derecha_ MARCELA, _seguida de_ DOÑA CLARINES. _Ésta, al mirar a Miguel, no puede reprimir un movimiento de asombro, vivamente herida en su recuerdo. Pausa._

MARCELA. Mi tía...

MIGUEL. Señora...

DOÑA CLARINES. _Adelantándose a la presentación que va a hacer Marcela._ No me digas su nombre: sé quién es. Vete tú.

_Vase Marcela por la puerta de la izquierda._

MIGUEL. Señora... puesto que ya sabe usted quién soy...

DOÑA CLARINES. ¡Oh! Sin ningún antecedente lo hubiera sabido con sólo verlo... Bien lo declara mi turbación, que impedir no he podido... No la extrañe usted, porque su presencia ha hecho pasar por mi memoria una ráfaga del dolor que destrozó mi vida... _Se sienta y le invita con el ademán a hacer lo mismo. Pausa._ ¡Pasó! Pasó ya. Hay algo más fuerte que la mujer más fuerte. Siéntese usted, si gusta.

MIGUEL. _Obedeciendo._ Mil gracias.

DOÑA CLARINES. El esfuerzo de voluntad que necesito para olvidarme de quién es usted, es mayor de lo que yo creía: pero debo hacerlo, y lo hago. Tranquilícese. Ya no es usted más ante mí que el hombre que quiere á Marcela, ni yo soy más ahora que la persona a cuyo amparo vive. ¿Se sorprende usted?

MIGUEL. ¿Por qué negarlo? Sí, señora. Era lo primero que venía dispuesto a pedirle a usted como gracia, y es lo primero que usted me concede sin pedirlo.

DOÑA CLARINES. Otra cosa no sería justa.

MIGUEL. Tal creo. Siempre he pensado que si para toda culpa hay castigo, también hay perdón.

DOÑA CLARINES. ¿Y quién le ha dicho a usted que yo perdono?

MIGUEL. ¿No es perdonar esto?

DOÑA CLARINES. Nunca. Yo no perdono nunca: si acaso, olvido, o separo unas cosas de otras, como ahora he hecho. El perdón no está en mis costumbres. Creo que es inmoral. Por él viven y medran todos los malvados. Así se lo dije un día al señor obispo, y no ha vuelto más por mi casa. Ya volverá cuando me necesite. ¿También le sorprende a usted que yo no perdone?

MIGUEL. También; sí, señora.

DOÑA CLARINES. Pero ¿a usted tengo algo que perdonarle?

MIGUEL. A mí, nada. No hablé por mí al hablar de perdón.

DOÑA CLARINES. Pues de usted sólo hemos de hablar aquí. Lo pasado a que usted quiere referirse, no lo borrará más que la muerte. Y yo no he de morirme en algún tiempo. Deseo vivir mucho. La muerte nos iguala a todos, y siempre me parecerá pronto[143] para ser yo igual a otras personas. ¿Entiende usted?

MIGUEL. Entiendo.

DOÑA CLARINES. Volvamos a usted.

MIGUEL. Sí, señora. Ya le habrá contado Marcela...

DOÑA CLARINES. Sí, señor. Y no le he creído una palabra.

MIGUEL. ¿Por qué?

DOÑA CLARINES. Porque lleva tres meses en mi casa, y me ha estado engañando los tres meses. ¿Se le figura a usted poca razón para no creerla?

MIGUEL. Es que si Marcela ha ocultado... ha sido por un motivo muy explicable...

DOÑA CLARINES. Muy explicable para usted, que no me conocía. Ella ha debido discurrir de otro modo.

MIGUEL. Es tan niña...

DOÑA CLARINES. No es tan niña cuando quiere a un hombre.

MIGUEL. Declaro que ella sola me ha contenido para dar este paso antes.

DOÑA CLARINES. Peor que peor. ¿Y es cierto que nadie ha querido presentarlo a usted en mi casa?

MIGUEL. Es cierto.

DOÑA CLARINES. ¿Sabe usted por qué?

MIGUEL. Señora...

DOÑA CLARINES. Dígame lo que sepa. Yo no tiemblo ante la verdad como la gente, porque siempre la llevo en los labios.

MIGUEL. Guadalema toda cree que usted me arrojaría sin oírme por las escaleras de su casa.

DOÑA CLARINES. ¡Gran sentido moral el de Guadalema!

MIGUEL. Guadalema entera cree que doña Clarines...

DOÑA CLARINES. Siga usted.

MIGUEL. Cree que doña Clarines...

DOÑA CLARINES. ¿Es loca, no?

MIGUEL. Justamente. Yo también digo la verdad.

DOÑA CLARINES. Dispense usted: la he dicho yo. Usted no se atrevía. Fama de loca gozo, sí, señor. Y muy bien ganada. Y la conservaré mientras viva. ¿No conoce usted cuál es mi locura? Pues llamarle al que roba, ladrón, y al que miente, embustero, y al que huye, cobarde, y al que engaña a una mujer, villano. Ésta es mi locura. Todos los locos tenemos una gran manía, y a mí me dió por aprender a conciencia el idioma. ¿Qué le parece a usted?

MIGUEL. Que yo por de pronto me felicito de esa gran manía. Tiemble ante las verdades de usted quien lleve sombras en la conciencia. Yo, siendo quien soy y como soy, la oigo a usted tranquilo. Califíqueme usted como merezca.

DOÑA CLARINES. Es claro que lo haré. No había usted de ser la excepción.

MIGUEL. Verá usted que no soy más que un hombre que estudia y trabaja, y que está enamorado de Marcela.

DOÑA CLARINES. Eso no le toca a usted decirlo, sino a mí averiguarlo.

MIGUEL. Se lo he dicho a usted para que cuando lo averigüe se convenza de que yo no miento.

DOÑA CLARINES. Y yo le pido a Dios que así sea. Si lo que quiere usted es la ventura de Marcela...

MIGUEL. Sí; eso quiero.

DOÑA CLARINES. Yo también. Y siendo así, en lo mejor del camino hemos de encontrarnos.[144]

MIGUEL. Y pronto, muy pronto.

DOÑA CLARINES. Tal vez. No le quito a usted la esperanza. Pero ni me abandono ni me confío; porque yo mejor que nadie sé que la traición se esconde bajo las palabras más bellas.

MIGUEL. Señora, dejemos de hablar de mí para hablar de usted. A despecho de algo que no puede menos de herirme, yo no convengo con todos en llamar locura a lo que, para mí al menos, es cordura y bondad. Mis ideas cambian a medida que la oigo a usted, y a cada paso hallo mayor distancia entre el falso rumor callejero y lo que escucho de su boca. No es doña Clarines la que tengo enfrente, aquella que me pintaron[145] en las casas de Guadalema. Y pienso que mientras ellos ahora mismo comentan con malsana fruición esta entrevista nuestra, suponiéndola a usted capaz de todo insulto para mi persona, usted es tan generosa que prescinde de lo que fué...[146] y me juzga con serenidad y nobleza.

DOÑA CLARINES. ¡Ay, Guillermo!

MIGUEL. Miguel.

DOÑA CLARINES. _Con amargura._ Miguel: es verdad. Si yo no perdono a quien ultraja, menos aún condeno a quien no tiene culpa.

MIGUEL. No toquemos más esa herida. Hablemos ahora de Marcela.

DOÑA CLARINES. ¿Para qué? Va usted a decirme de ella lo que ella me dice de usted.

MIGUEL. ¿Qué le dice de mí?

DOÑA CLARINES. Que es bueno, y que es bueno, y que es bueno.

MIGUEL. ¿Y usted lo duda?

DOÑA CLARINES. _Con emoción._ ¿Su madre de usted, vive?

MIGUEL. Sí, señora.

DOÑA CLARINES. ¿Y es muy buena?

MIGUEL. Muy buena es.

DOÑA CLARINES. Ya. ¿Conoce a Marcela?

MIGUEL. La conoce y la quiere, y goza en verme tan enamorado.

DOÑA CLARINES. ¿Pero lo está usted mucho?

MIGUEL. Mucho. Sueño para ella una ventura tan grande que no quepa en el mundo. Conocí yo a Marcela cuando empezaba mi corazón a alborear al amor y a la vida. No he querido a otra mujer que a ella, ni ella ha querido a más hombre que a mí. No sé qué horas nos tendrá reservadas la vida, pero yo no las deseo ni las concibo más felices que estas horas en que ella y yo, tejiendo ilusiones, llegamos hasta los días que vendrán y los forjamos tan dichosos como los que vivimos. Nuestro charlar es a veces de niños; a veces de locos... No sé... Si gozo, goza; si río, ríe; si llora, lloro; si canta, canto... Parecemos dos y somos uno...

DOÑA CLARINES. _Con dolorosa angustia._ Silencio.

MIGUEL. ¿Qué?

DOÑA CLARINES. Silencio. Despiertan su voz y sus palabras en mis oídos un eco lejano, que no quiero volver a oír. Perdóneme, y llame a Marcela.

MIGUEL. ¿A Marcela?

DOÑA CLARINES. Sí. Que venga con usted.

MIGUEL. Siento, señora, que mis palabras de cariño...

DOÑA CLARINES. Porque son de usted, y son de cariño, no quiero volverlas a oír. Traiga usted a Marcela.

MIGUEL. Voy por ella, voy. Respeto su dolor, señora... Su bondad me conmueve... Lloro y tiemblo de gratidud. ¡Esperaba de su boca palabras tan distintas!... Yo le aseguro a usted que nunca tendrá que arrepentirse de esta bondad con que me trata. Voy por Marcela ya. _Vase por la puerta de la izquierda. Pausa._

DOÑA CLARINES. _Mirando al cielo._ ¡Gracias, Señor, que me diste la entereza que necesitaba para ser justa!

_Salen juntos a poco_ MARCELA _y_ MIGUEL.

MARCELA. Tía.

DOÑA CLARINES. Ven acá.

MARCELA. ¡Qué bien ha hecho Miguel en venir a verla!

DOÑA CLARINES. Tan mal como tú hiciste[147] en engañarme.

MARCELA. Es que ya sabe usted que yo temía...

DOÑA CLARINES. Temías, porque mentías. La mentira es siempre cobarde. Miguel no lo ha sido, y ahora se alegra de ello; porque ha visto al acercarse a mí, que las cosas no son como las gentes quieren que sean, sino como son.

MIGUEL. Así es. Y en vano será desfigurarlas.

DOÑA CLARINES. Mal me conocen los que creen que yo soy capaz de llevar mi odio hasta el extremo de hacer con tu vida y con tu amor lo mismo que hicieron[148] con los míos. ¡Dígalo usted así a los cuatro vientos por toda Guadalema! Y ahora, en secreto, para que no salga de los tres[149] que aquí estamos... oídme a mí... que quiero que seáis muy dichosos. _Éntrase en sus habitaciones conteniendo las lágrimas._

MARCELA. ¿Ves, Miguel, como es buena?

MIGUEL. Es buena, sí: para mí más que para nadie.

_Sale_ LUJÁN _por la puerta de la izquierda. Lo sigue_ DON BASILIO.

LUJÁN. ¿Y doña Clarines?

MARCELA. Ya se fué.

MIGUEL. Y con los ojos llenos de lágrimas, por cierto.

LUJÁN. ¿Vió usted nunca más extraña mujer?

MIGUEL. Nunca. De todos aquí, el más sorprendido soy yo.

_Por la puerta de la derecha vuelve a salir_ TATA.

TATA. _Entre lágrimas._ ¡Años hace que no llora como está llorando!... ¡Aaaaah!

DON BASILIO. ¿Qué os dije yo? ¡Siempre pita por donde no se la espera! ¿Es loca o no es loca?

TATA. ¿Qué ha de ser loca,[150] charlatán?

DON BASILIO. ¡Tata!

TATA. ¡El loco, y el zascandil, y el botarate, y el borracho, es usted! ¡Tío Carape!

DON BASILIO. ¡Che, che, che: que tus canas tienen un límite!

TATA. ¡Sí, señor: pero no será el de teñirlas, que es el que han tenido las de usted! ¡Decir que es loca mi señora!

DON BASILIO. ¿Qué te parece?

LUJÁN. Que tiene razón Tata.

DON BASILIO. _¿Tu quoque?_

LUJÁN. Si es loca o no doña Clarines, pregúntaselo a éstos. _Por los novios, que cuchichean en un rincón, y que al oírlo atienden a sus palabras._ No es loca, no. Es que vivimos respirando mentira, cogidos todos en una red de farsa y de disimulo, y la verdad, siempre la verdad, sólo la verdad, acaba por parecer locura.

MIGUEL. Es cierto: la verdad parece locura. Como también es cierto que ahora estamos contentos todos, porque del odio ha triunfado el amor, y de la pasión la justicia.

MAÑANA DE SOL

PASO DE COMEDIA

_Estrenado en el TEATRO LARA el 23 de Febrero de 1905._

A DOÑA BALBINA VALVERDE INSIGNE ACTRIZ

EN TESTIMONIO DE ADMIRACIÓN Y SIMPATÍA,

LOS AUTORES.

PERSONAJES

DOÑA LAURA PETRA DON GONZALO JUANITO

MAÑANA DE SOL

Lugar apartado de un paseo público, en Madrid. Un banco a la izquierda del actor. Es una mañana de otoño templada y alegre.

DOÑA LAURA _y_ PETRA _salen por la derecha. Doña Laura es una viejecita setentona, muy pulcra, de cabellos muy blancos y manos muy finas y bien cuidadas. Aunque está en la edad de chochear, no chochea. Se apoya de una mano en una sombrilla, y de la otra en el brazo de Petra, su criada._

DOÑA LAURA. Ya llegamos... Gracias a Dios. Temí que me hubieran quitado el sitio. Hace una mañanita tan templada...

PETRA. Pica el sol.

DOÑA LAURA. A ti, que tienes veinte años. _Siéntase en el banco._ ¡Ay!... Hoy me he cansado más que otros días. _Pausa. Observando a Petra, que parece impaciente._ Vete, si quieres, a charlar con tu guarda.

PETRA. Señora, el guarda no es mío; es del jardín.

DOÑA LAURA. Es más tuyo que del jardín. Anda en su busca, pero no te alejes.

PETRA. Está allí esperándome.

DOÑA LAURA. Diez minutos de conversación, y aquí en seguida.

PETRA. Bueno, señora.

DOÑA LAURA. _Deteniéndola._ Pero escucha.

PETRA. ¿Qué quiere usted?

DOÑA LAURA. ¡Que te llevas las miguitas de pan!

PETRA. Es verdad; ni sé dónde tengo la cabeza.

DOÑA LAURA. En la escarapela del guarda.

PETRA. Tome usted. _Le da un cartucho de papel pequeñito y se va por la izquierda._