Doña Clarines y Mañana de Sol

Chapter 3

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TATA. ¡Aaaaah! Como salga a la madre... No es porque sea mi prima,[31] pero es mujer que levanta una casa en vilo. Por esa puerta no cabe a entrar el marido que tiene, y cuando se resiste a trabajar le da unas palizas que lo balda.[32]

DOÑA CLARINES. Eso me gusta.

_Vuelve_ ESCOPETA _por la puerta del foro canturreando como se marchó._

ESCOPETA. _Hise un oyito en la arena, sepurté mi pensamiento..._

DOÑA CLARINES. ¡Escopeta!

ESCOPETA. Dispense la señora. No sabía que estaba usté aquí.

DOÑA CLARINES. ¿Fué usted a la botica?

ESCOPETA. De ayí vengo.

DOÑA CLARINES. ¿Y qué?

ESCOPETA. Pos que le sorté ar boticario la rosiá.

DOÑA CLARINES. ¿Qué le dijo usted?

ESCOPETA. Lo mismito que usté me encargó. Como si lo yevara impreso.[33] Le dije, digo... le dije: «De parte de mi señora doña Clarines, que no es esto lo que eya ha pedío; que agua der poso ya tiene eya bastante en su casa, y que se vaya usté a robá a Despeñaperros.» ¿No era así?

DOÑA CLARINES. Así era. ¿El contestó algo?

ESCOPETA. _Rascándose la cabeza._ Contestó, contestó. ¿No había e contestá?[34]

DOÑA CLARINES. ¿Qué contestó? _Escopeta vuelve a rascarse la cabeza, y trata de hablar y se contiene, ante la dificultad de decirle a doña Clarines la desvergüenza que le ha contestado el boticario. La señora se da cuenta de ello, y lo libra del compromiso._ Bien está. Toda la vida ha sido un mala lengua ese boticario.

TATA. ¡Aaaaah! Siempre habla el que tiene por qué callar.[35]

ESCOPETA. ¿No se le ofrese a usté otra cosa?

DOÑA CLARINES. Que se acueste usted.

ESCOPETA. Como las balas.

DOÑA CLARINES. Escuche usted.

ESCOPETA. Señora.

DOÑA CLARINES. Antes de acostarse, asómese usted al postigo y dígale al sereno que ya tengo la seguridad de que es él mismo quien por las tapias de la huerta me roba las frutas.

ESCOPETA. ¿Ar sereno?

DOÑA CLARINES. Al sereno, sí.

ESCOPETA. ¿Y eso na más?

DOÑA CLARINES. Nada más. Vaya usted con Dios.

ESCOPETA. Güenas noches. ¡To será que no duerma en mi cama![36] _Márchase decidido por donde llegó._

DOÑA CLARINES. Parece listo este Escopeta.

TATA. Sí, señora; pero muy así... muy movido él. Es hijo del que ha tomado ahora la cantina de la estación. También andaluz. Les durará poco la cantina.

DOÑA CLARINES. ¿Por qué?

TATA. Porque se la van a beber entre el padre y el hijo. Mire usted, señora; yo no lo puedo remediar: no me hacen gracia los andaluces. Quizás que a los andaluces les suceda lo mismo conmigo.

DOÑA CLARINES. Quizás.

_Vuelve_ MARCELA.

MARCELA. Tía...

DOÑA CLARINES. Espérate un momento.

TATA. ¿Estorbo?

DOÑA CLARINES. Sí.

TATA. Me lo había maliciado. ¿Qué vamos a comer mañana?

DOÑA CLARINES. Lo que hoy.

TATA. Y hoy lo que ayer.

DOÑA CLARINES. Y siempre lo que a mí se me antoje.

TATA. Si no lo digo en son de crítica.

DOÑA CLARINES. Cuando lo dejo a tu elección no pones más que cebollas rellenas...

TATA. La cebolla es muy estomacal.

DOÑA CLARINES. ¿Quieres no replicarme, Tata? Todo este preguntar ahora qué se ha de guisar, es entretenerte para oler lo que aquí se guisa.[37]

TATA. ¡Dios de Dios! ¡Pero cómo adivina usted las intenciones! ¡Aaaaah! _Vase por la puerta del foro, hacia la izquierda._

MARCELA. ¡Qué graciosa es Tata! ¡Y qué buena!

DOÑA CLARINES. ¿Buena? La única persona de quien yo me fío en este mundo. Siéntate, que vamos a echar un parrafito.

MARCELA. ¿Un parrafito?

DOÑA CLARINES. Sí. Siéntate.

MARCELA. Me pone usted en cuidado. ¿Qué novedad hay?

DOÑA CLARINES. Novedad... ninguna.

MARCELA. Pues usted dirá.[38]

DOÑA CLARINES. Desde que tu padre murió, llevas a mi lado muy cerca de tres meses, y siempre que hemos tratado en nuestros coloquios de un sentimiento muy natural a la edad en que tú te hallas--aunque se da en todas las edades, porque hay mucha vieja sinvergüenza y pindonga,--me has dicho que no tienes novio. ¿Es esto verdad?

MARCELA. Sí, señora: cuando se lo he dicho a usted así...

DOÑA CLARINES. Está bien. Sales en lo hipócrita a tu madre, y a tu padre en la falta de seso.

MARCELA. Tía Clarines...

DOÑA CLARINES. ¡Tía Jinojo! Ten en cuenta que estás en un callejón sin salida.

MARCELA. ¿Piensa usted decir mentira para sacar verdad?

DOÑA CLARINES. Al contrario: pienso decir verdad, para sacar mentira. Ya sabes que a mí no se me ocultan las cosas.

MARCELA. Pues esta vez fallaron sus adivinaciones.

DOÑA CLARINES. ¿Insistes en tu negativa? Testaruda como doña Sara, tu abuela materna, que se tragó un carrete, y hasta que no la abrieron en canal lo estuvo negando.

MARCELA. ¿Pero en qué se funda usted para creer que yo le miento?

DOÑA CLARINES. En que sé a ciencia cierta que tienes novio.

MARCELA. ¡Tía!

DOÑA CLARINES. ¡Chist! Mira: desde que viniste, raro es el día que no pasas dos horas en la casa de enfrente, so pretexto de que la niña de la casa es amiga tuya a partir de una larga temporada que estuvo en Madrid.

MARCELA. Así es la verdad.

DOÑA CLARINES. No es así la verdad. La niña de enfrente, empacha a los tres días de hablar con ella:[39] por sí sola carece de atractivos para tanto trato. Pero en cambio tiene una tía, hermana de su madre, que siempre se distinguió grandemente en un oficio que elogiaba mucho don Quijote.[40]

MARCELA. No la entiendo a usted.

DOÑA CLARINES. Celebro tu candor. Esas aficiones de la tía--sigo sobre la pista--eran para mí un dato de bastante importancia. Una mañana, de sobremesa, dije yo esta frase, que se puede esculpir: «No hay un solo hombre que tenga corazón.» Y tú saltaste, como si te hubiera picado una avispa: «¡Hay de todo!» ¿Hola? ¿Hay de todo? ¿Ésta cree que hay de todo?--pensé yo entre mí. ¿Conque opinamos que hay de todo?

MARCELA. Sí, señora: yo creo que hay de todo. Sin tener novio, me parece que se puede opinar que hay de todo.

DOÑA CLARINES. Indudable: se puede opinar. Pero cuando seguramente se opina es teniéndolo. Las mujeres no defienden nunca a los hombres: defienden a un hombre nada más.[41]

MARCELA. Cuando usted lo dice... Más sabe usted de eso que yo.

DOÑA CLARINES. De eso y de cuanto hay que saber, monicaca. Otro día, amaneciste con un catarro que no se te entendía lo que hablabas, y yo me opuse a que pasaras ahí enfrente. La rabieta que te dió, de esas silenciosas, de no cruzar la palabra[42] con nadie ni por educación, no se la toma ninguna muchacha más que a cuenta del novio. Ya bajas la vista.

MARCELA. No...

DOÑA CLARINES. Sí. El domingo pasado, se prolongó la vista más de la costumbre... y viniste muy colorada y con un dedo manchado de tinta.[43] _Marcela se mira disimuladamente la mano derecha._ De la mano derecha, sí. Yo te pregunté: ¿Qué traes, chiquilla? ¿Qué sofoco es ese? ¿Cómo has tardado tanto? «Porque... porque he estado jugando a la pelota»--me respondiste. ¡Ah, caramba! Esta niña se mancha la mano de tinta, jugando a la pelota. ¡Y la pelota, que aún está en el tejado, era una carta de tres pliegos! _Marcela compunge el semblante._ No; no empiecen ahora los pucheros y las lagrimitas. Me has engañado como yo no merezco. Tienes un novio como un castillo, le escribes ahí enfrente, y ahí enfrente recibes sus cartas, que vienen a nombre de doña Sebastiana, la tía de tu amiga. Son las únicas cartas de amor que ha recibido esa tarasca en el siglo y medio que lleva a cuestas.

MARCELA. Perdóneme usted, tía. Quiero mucho a mi novio... y temí que usted se opusiera a las relaciones.

DOÑA CLARINES. ¿Es algún bandolero?

MARCELA. No, señora; por Dios... Si es más bueno...[44] más bueno es...

DOÑA CLARINES. ¿Entonces por qué había de oponerme?

MARCELA. Como tiene usted ese genio tan raro...

DOÑA CLARINES. ¿También tú? Yo nunca me aparto de lo justo; y las rarezas de mi genio consisten en que le digo las verdades al lucero del alba. ¿Conocía tu padre estos amores?

MARCELA. No, señora; tampoco.

DOÑA CLARINES. Pues de tu padre no te ocultarías por mal genio.[45] Alguna maca tendrá el señorito. ¿Quién es? ¿Cómo se llama?

MARCELA. Miguel.

DOÑA CLARINES. ¿Miguel qué? _Marcela calla._ ¿Miguel qué? ¿Estás como Daría? ¿Necesitas preguntárselo a Crispín?

MARCELA. ¡Qué cosas tiene usted! Confíe usted, tía, en que yo no había de ponerme en relaciones con quien no mereciera mi cariño. Es un muchacho como hay pocos: para mí como no hay ninguno. Es arquitecto: trabaja mucho; tiene un gran porvenir. Cuando murió mi padre, nuestras relaciones no habían hecho más que empezar... ¡y si viera usted qué consuelos tan delicados debo a su cariño; qué alientos me dió para calmar mi pena; para seguir la vida tan sola!...[46] Lo quiero mucho, mucho, mucho; más que a nadie. Y ya verá usted cómo él lo merece.

DOÑA CLARINES. Bien está. Basta de inocente palabrería. Tú eres muy niña para juzgar a ningún[47] hombre. Cada «te quiero» de ellos es un veneno que nos parece miel, por la pérfida dulzura de esas dos palabras.

MARCELA. No me asusta usted: estoy muy segura.

DOÑA CLARINES. Eres una mocosa. Pero tan segura como estás tú necesito estar yo.

MARCELA. Él... acaso venga[48] a Guadalema...

DOÑA CLARINES. _Rápidamente._ Si no es que ya ha venido.

MARCELA. _Sorprendida._ No, señora.

DOÑA CLARINES. Cualquiera fía en tus negativas.[49] Pero, en fin, haya venido o no,[50] cuando venga, vendrá a verte a esta casa. Tus visitas ahí enfrente se han concluído. Se quedó doña Sebastiana sin novio. Por mi parte, con oírlo un par de veces nada más, lo diseco.[51] Y si como barrunto es un zascandil...

MARCELA. ¿Un zascandil?

DOÑA CLARINES. Muy cerca ha de andarle[52] el hombre que conociendo quién soy para ti, cómo vives conmigo, se oculta de mí y se vale de tapujos y tercerías. Limpio no juega.

MARCELA. ¡Tía Clarines!

DOÑA CLARINES. No hablemos más del particular. Si el señorito no me entra por el ojo derecho, prepara media docena de pañuelos para llorarlo tres o cuatro días. Más no ha de durarte la congoja de la separación, ya que probablemente se tratará[53] de una chiquillada.

MARCELA. Todo lo compone usted a su gusto...

DOÑA CLARINES. Punto final.

_Silencio._

MARCELA. _Mirando hacia la puerta de la izquierda._ Aquí salen el tío Basilio y ese señor amigo suyo.

DOÑA CLARINES. Tal para cual.

MARCELA. ¿Conoce usted a ese señor?

DOÑA CLARINES. No: pero cuando es amigote de mi hermano... No pienso hacerles la tertulia. Buenas noches. _Se levanta para marcharse._

MARCELA. Buenas noches, tía. Hasta mañana, si Dios quiere. _Va a besarla._

DOÑA CLARINES. _Deteniéndola._ Menos besuqueo, y más respeto.

_Salen en esto_ DON BASILIO _y_ LUJÁN. _Marcela queda pensativa y disgustada._

DON BASILIO. ¡Clarines! ¡Clarines!

DOÑA CLARINES. ¿Eh?

LUJÁN. Buenas noches, señora.

DON BASILIO. _Presentándolos._ Mi hermana Clarines... Mi amigo Isidoro Luján.

LUJÁN. Tengo mucho gusto...

DOÑA CLARINES. Yo celebraré que lo pase usted bien en mi casa los días que esté en ella.

LUJÁN. ¡Oh! Seguramente.

DOÑA CLARINES. Pronto lo ha dicho usted.

_Don Basilio le hace señas de inteligencia a Luján ahora y en adelante._

LUJÁN. Señora...

DOÑA CLARINES. ¿Ha venido usted a Guadalema a ver si se muere don Rodrigo?

LUJÁN. No, señora; no es caso grave. No es más que una gaita para la familia.

DOÑA CLARINES. Se perdía[54] bien poca cosa si se muriera. Es un solterón egoísta, que ha vivido siempre de chupar la sangre de los pobres. Los sobrinos están deseando que dé un estallido. La prueba es que todos los médicos les parecen pocos.[55] Pero, bien, eso allá usted con su conciencia. Si la tiene:[56] porque en la carrera de usted la conciencia anda por las nubes. Fortuna que yo gozo de una salud inalterable. No padezco más que ataques de sentido común.

LUJÁN. _Estupefacto._ Hem...

DOÑA CLARINES. ¿Se van ustedes de paseo, verdad?

DON BASILIO. Me lo llevo por ahí un ratillo.

LUJÁN. Ya lo oye usted.

DOÑA CLARINES. Bien. La puerta de mi casa se cierra a las once para todo el mundo. El que a las once no esté aquí duerme en un banco de la Plaza Mayor. _La estupefacción de Luján se acentúa._ Hay más. Si se viene a las diez y media, y se viene borracho, es como si se viniera fresco después de las once: en la calle se duerme también.

DON BASILIO. Clarines, por... por amor de Dios; alguna vez piensa lo que dices.

DOÑA CLARINES. No pienso nunca lo que digo; y bueno es que lo sepa usted, caballero... Cuanto digo lo digo porque me nace en el corazón; y como antes de llegar a la cabeza pasa por la boca, se me sale siempre sin pensarlo.[57] Buenas noches.

LUJÁN. A los pies de usted.

_Éntrase doña Clarines por la puerta de la derecha. Luján y don Basilio se miran sin palabras largo tiempo._

MARCELA. Esta noche tiene para todos.[58] ¡Ay, Dios mío!

DON BASILIO. Abrázame, Isidoro.

LUJÁN. Calla, hombre, calla.

DON BASILIO. ¿Está esa mujer en sus cabales? ¿Eh? Con franqueza. ¿Está en sus cabales?

LUJÁN. Con franqueza; lo que es juzgándola por impresión... está como una cabra. _Baja la voz al decir esto._

DON BASILIO. No; no te recates de Marcela... Calcula tú la pobre: ¡la tiene que aguantar noche y día!

LUJÁN. Y la cuestión es que, a poco que se mediten sus palabras, se ve que en rigor no ha dicho nada que sea absurdo. Porque, ¿qué es lo que ha dicho, después de todo? Que don Rodrigo es un chupa-sangre. Eso nos consta, desgraciadamente. Que los sobrinos están deseando que se muera. No lo sé; pero es muy humano. Que cada día traen un médico para conseguirlo. Sí... es un sistema que suele dar resultados muy satisfactorios. Que si[59] los médicos no tenemos conciencia, que si ella goza de salud excelente, que si sólo padece ataques de sentido común... Nada de esto es desatinado, en ley de Dios.

DON BASILIO. _Nervioso._ Pero, hombre, Isidoro; no me digas. ¿Y la manera de... de...? Es la primera vez que te habla, y... ¡Vamos, que soltarte que la puerta de esta casa se cierra a las once!... ¡Carape!

LUJÁN. Ahí tienes una cosa que, lejos de haberme molestado, la encuentro muy bien.[60] No he podido conseguirla en mi casa, pero la encuentro bien. Ahora, aquello de que si a las diez y media se llega borracho... ¿Tú bebes? ¿Tú te recoges borracho algunas noches?

DON BASILIO. ¡Nunca! ¡Que te lo diga ésta![61] ¡Eso es una pata de gallo! ¡Cuando se enreda la madeja y tomo cuatro copas de más... vengo siempre por la mañana!

LUJÁN. ¿Ah, sí?

DON BASILIO. ¡Naturalmente, hombre! Anda, vámonos a la calle, que tenemos tela cortada para largo.

LUJÁN. Presumo que sí. _A Marcela._ Marcelita, muy buenas noches.

MARCELA. _Saliendo de la abstracción en que se hallaba._ Qué, ¿se marchan ustedes?

LUJÁN. Sí; pero a las once menos cinco minutos estaremos de vuelta. Yo me ciño a los estatutos.

MARCELA. Hace usted bien. Hasta mañana.

LUJÁN. Hasta mañana.

MARCELA. Adiós, tío.

DON BASILIO. Adiós, pequeña. Y no te apures tú mientras viva tu tío Carape. ¡Qué carape! _Se va con Luján por la puerta del foro, hacia la izquierda._

MARCELA. ¡Que no me apure, dice!... ¿Qué sabe él? ¡Para no apurarse es la situación! Y habrá que echar por la calle de en medio,[62] y decir la verdad. Miguel y yo, ¿por qué razón no hemos de querernos?

_Sale por la puerta de la izquierda_ DARÍA, _llena de inquietud._

DARÍA. ¡Señorita! ¡Señorita!

MARCELA. ¿Otra te pego? ¿Qué pasa?

DARÍA. Que se me ha olvidado preguntarle a usted a qué hora tengo que levantarme.

MARCELA. Con las gallinas. La señora se levanta a las seis... Ya te llamará Tata: descuida tú.

DARÍA. Es que me había dicho Crispín que la señora llamaba a los criados con una trompeta.

MARCELA. Eso es en los cuarteles. Aquí no.

DARÍA. Ya. Crispín, desde que lo han tallado, no oye más que trompetas. Diga usted, señorita.

MARCELA. ¿Qué?

DARÍA. ¿Antes de acostarme debo entrar a besarle la mano a la señora?

MARCELA. Entra, y te da una bofetada que te tira de espaldas.

DARÍA. ¿Sí, verdad?

MARCELA. Lo que has de hacer es meterte en la cama ahora mismo sin que te sienta nadie.

DARÍA. En seguida, señorita. Hasta mañana, si Dios quiere, señorita.

MARCELA. Adiós.

DARÍA. _Vacilando entre las dos puertas._ ¿Por dónde voy mejor a mi cuarto?

MARCELA. _Señalando a la del foro._ Por ahí todo seguido, darás con la escalera al momento.

DARÍA. Sí; porque al venir para acá me perdí, ¿sabe la señorita? y me metí en una habitación con los muebles con fundas blancas, por la que no quisiera volver a pasar hasta verla de día. Buenas noches. _Se marcha._

MARCELA. Vete con Dios, mujer.

_Vuelve_ TATA _por la puerta de la izquierda._

TATA. ¿Con quién hablabas?

MARCELA. Con Daría, que no ve de miedo.

TATA. Ya se le irá pasando. A todas les pintan esta casa como un presidio... ¿Se acostó la señora?

MARCELA. Se fué a su cuarto, al menos.

TATA. ¿Y qué tienes tú? ¿Ha habido regañina?

MARCELA. Sí, Tata, sí; la ha habido. Y dura.

TATA. ¡Aaaaah! ¡Qué _caráter_! ¡Es un acero! Si como nació con faldas nace con pantalones,[63] hubiera sido emperador. _Rompe a llorar Marcela._ ¿Qué es eso, nena? ¿Por qué lloras?

MARCELA. Estoy muy triste. Se ha ido muy enfadada la tía. Fuí a darle un beso, y me detuvo.

TATA. Algo malo habrás hecho tú:[64] porque ella es la justicia mesma.

MARCELA. No, señora; yo no he hecho nada malo. Ocultarle una cosa que podría ser motivo de disgusto, no creo yo que sea mala acción.

TATA. ¿Motivo de disgusto para la señora? A ver, a ver... ¿Qué es ello, nena? Dímelo a mí, por si yo puedo valerte de algo. ¿Lo ha descubierto ya la tía?

MARCELA. No del todo. Me ha hecho confesarle... pero yo he callado... he callado mucho... Venga usted, Tata; ampáreme usted; aconséjeme usted.

TATA. ¡Malo será que no haya unos calzones de por medio!

MARCELA. Un hombre hay.

TATA. ¡Anda con Dios! ¿Tienes novio, eh?

MARCELA. ¡Naturalmente!

TATA. ¡Sópleme usted en el ojo, que me ha entrado aire![65]

MARCELA. Un novio, Tata, que me quiere más...[66]

TATA. ¡Aaaaah!

MARCELA. ¡Más bueno!... ¡más noble!... Y yo lo quiero... ¡vamos! No sabe usted cómo yo lo quiero.

TATA. ¡Aaaaah!

MARCELA. Ahora que he estado lejos de él, he visto que mi vida es la suya. Paso que daba, paso que me parecía inspirado por él.[67] ¡Lo que charlamos él y yo a tantas leguas de distancia! Algunas veces me ha sorprendido doña Clarines por el jardín, y me ha dicho: «Chiquilla, ¿estás hablando sola?» «Sí, tía.» Y la engañaba. No estaba hablando sola: hablaba con él.

TATA. ¡Aaaaah!

MARCELA. Si él no me quisiera, mi vida valdría mucho menos: desde que él me quiere vivo más. Y si me dijeran que para vivir a su lado tendría que dar los ojos, los ojos daría: que yo sé que, sin ver, siempre encontraría su mano que me guiase. ¿Comprende usted cuánto lo quiero?

TATA. Comprendo la regañina de la tía. ¿Y es de Madrid por ventura ese lazarillo?

MARCELA. De Madrid. Pero está en Guadalema ya.

TATA. ¿En Guadalema? ¿Y cuándo ha venido?

MARCELA. Esta mañana.

TATA. ¿Lo sabe doña Clarines?

MARCELA. Lo sospecha; no lo sabe de cierto. Ni sabe tampoco que esta noche voy a hablar con él.

TATA. ¿Esta noche? ¿Dónde?

MARCELA. Abajo en el jardín. Por la verja.

TATA. No; eso, no; por la verja, no. Aquí no se hace nada sin que ella lo consienta, y yo sé que eso no lo consentiría. ¡Buena íbamos a armarla! ¡Santo Dios!

MARCELA. Tata, si no es más que esta noche. Si él ha venido a Guadalema para hablar con mi tía; pero antes es preciso que los dos hablemos... Es un caso éste... son unas circunstancias... Para que usted lo comprenda de una vez le diré el nombre de mi novio: Miguel Aguilar.

TATA. ¿Miguel Aguilar?

MARCELA. Hijo de don Guillermo Aguilar.

TATA. _Espantada._ ¡Ánimas benditas del Purgatorio! ¿Qué me dices, nena?

MARCELA. ¿Ve usted, Tata, qué misterios tiene la vida? ¿Por qué he venido yo a parar a la única casa donde el nombre de Miguel Aguilar lleva consigo un recuerdo tan doloroso?

TATA. ¡Aaaaah! ¡Cuando doña Clarines se entere!... ¡Qué _turbamulta_! ¡Dios de Dios! ¡Remover al cabo de los años aquellas memorias!... ¡Don Guillermo Aguilar... el padre de!... ¡Aaaaah! ¡El Señor nos coja confesados![68]

MARCELA. ¿Cree usted que no perdonará doña Clarines?

TATA. ¡A ese hombre, nunca!

MARCELA. ¿Pero tan grave fué?...

TATA. ¡Tan grave, dices!... _Con pasión._ Los cabellos de la señora eran negros como el ébano mesmo, y en un año se tornaron blancos como ahora los ves. ¡Don Guillermo Aguilar! ¡En mal hora vino a Guadalema! ¡Maldita sea su casta!

MARCELA. Su casta, no, Tata.

TATA. ¡Bueno, su estampa! ¡Igual me da! _Enardeciéndose y exaltándose por momentos._ ¡Condenado hombre!... ¡Ladrón de corazones! ¡Pillo! ¡que mató en mi señora la alegría de siempre! ¡Para esas muertes no hay horcas ni justicia, pero debiera haberlas!

MARCELA. ¡No grite usted; no se entere la tía!

TATA. Tentada estoy de ir a despertarla y contárselo todo. ¡El don Guillermo! ¡el don Guillermo![69] ¡Menos dones y más buenas _aciones_! En Guadalema se presentó, y fué el rey. Venía de Madrid. Entonces decir aquí de Madrid era poco menos que decir de los Chirlos Mirlos. Tenía buena presencia, y mucho señorío postizo en los movimientos y en las palabras. De calle se llevaba a la gente.[70] ¡Ladrón! La nena, tu tía, porque nena era en aquel tiempo, se prendó de él... ¡Y de qué manera se prendó! No veía con más luz que la de los ojos azules de aquel hombre. Le entregó su corazón y su alma de paloma; le entregó su vida. En este jardín se hablaban por las noches, sin otros testigos que yo... y Clavel, un perro que él traía. ¡Bien me acuerdo... y se me cuajan los ojos de lágrimas! Si aquello hubiera acabado como empezó... ¡qué gloria del mundo!... No sería así doña Clarines.

MARCELA. ¿Dice usted que se veían en el jardín?

TATA. En el jardín. ¡Qué discurrir el suyo por entre los árboles, cogidos de la mano! ¡Qué esquivar unas veces, por juego, los sitios donde la luna daba, y qué buscar la luna otras veces, por juego también! ¡Qué taparse las bocas de pronto, para atajar la risa, no los descubriera![71] ¡Qué despedidas allá en la verja, de cada vez más largas,[72] sin encontrar nunca la última palabra que habían de decirse! ¡Aaaaah! Cuántas veces tuve yo que llegarme a ellos y advertirles: «Que empieza a clarear.»

MARCELA. Me ha hecho usted llorar, Tata.

TATA. El caso no es para reír ciertamente. Pues escucha: una noche de aquéllas, duró la despedida más tiempo. Cantaban las alondras cuando él se fué. «Hasta mañana»--le dijo. Yo lo oí. Y no volvió más.

MARCELA. ¡Jesús!

TATA. ¡Ésa fué su hazaña!

MARCELA. ¡Qué espanto!

TATA. A la noche siguiente, cuando le esperábamos como todas, vimos llegar a la verja al pobre Clavel. Venía solo. No quiso seguir a su amo. ¡Qué _leción_! ¿Te parece? Aquí se quedó desde entonces. Cuando murió, lo enterré yo en el mesmo jardín, allá junto a la tapia. _Silencio._ De lo que la nena sufrió nada he de decirte. No podría. Tú, que tanto quieres, y que la ves a ella, imagínalo. A la muerte estuvo. Y el mesmo cambio que se hizo en sus cabellos, se hizo en su corazón. Es otra; otra.

MARCELA. ¡Dios mío! No sé qué pensar... Me estremece cuanto usted me ha dicho... ¡Pobre señora! Pero yo estoy segura, Tata...

TATA. ¡Segura estaba ella!

MARCELA. No, Tata, no; éste no es como aquél: éste es el mío. Y éste no miente; éste no engaña... ¡pero esta noche más que nunca necesito oírlo! ¿Vendrá usted conmigo al jardín?

TATA. No, nena; no bajes al jardín...

MARCELA. ¿Por qué no, Tata? Usted que fué buena entonces, séalo ahora.[73] ¡Esta noche necesito oírlo!

_En este momento sale_ DOÑA CLARINES _de sus habitaciones. La impresión que su presencia les hace a Tata y a Marcela, es grande._

DOÑA CLARINES. Aquí las dos.

MARCELA. ¡Ah!

TATA. ¡Señora!

DOÑA CLARINES. Y las dos con llanto en los ojos. No me engañaron mis pensamientos.

TATA. _Desconcertada._ Creíamos que la señora estaba recogida ya...