Doña Clarines y Mañana de Sol

Chapter 2

Chapter 24,169 wordsPublic domain

_Mañana de sol_ is more delicate and subtle. It is one of the dainty sketches in which poetic fancy and sympathetic humor transform figures in themselves trivial and even ridiculous into personifications of enduring passion. By some alchemy of art doña Laura and don Gonzalo, aged, infirm and crochety, are transmuted into symbols of the eternal youth of love. To expand the four-line _dolora_ (no. XLIII) of Campoamor into such a gem calls for real creative power. The esteem in which _Mañana de sol_ is held on the continent is shown by the fact that it has been translated into French, German and Italian.

DOÑA CLARINES

COMEDIA EN DOS ACTOS

_Estrenada en el TEATRO LARA el 5 de Noviembre de 1909._

A FRANCISCO BRAVO RUIZ

GRANDE AMIGO DE PERSONAJES EXTRAORDINARIOS, A QUIEN DEBEMOS EL SABROSO TRATO DE DOÑA CLARINES Y CON ÉL LA FELIZ INSPIRACIÓN DE ESTA COMEDIA.[1]

LOS MÁS VULGARES DE SUS AMIGOS,

SERAFÍN Y JOAQUÍN.

PERSONAJES

DOÑA CLARINES MARCELA TATA DARÍA MIGUEL DON BASILIO LUJÁN ESCOPETA CRISPÍN

ACTO PRIMERO

_Estancia preferida de doña Clarines en el piso principal de su casa de Guadalema,[2] ciudad castellana. A la derecha del actor, en primer término, la puerta de las habitaciones de la señora. Inmediata a esa puerta, de frente al público, vetusta galería de cristales, con zócalo de madera tallada que da al jardín, y la cual, avanzando hasta el medio de la escena, cierra en ángulo recto con la pared del foro.--Una puerta a la izquierda del actor y al foro otra. Lo mismo éstas dos que la de las habitaciones de doña Clarines son de cristales y tienen mediopuntos.--En el suelo, que es de losas encarnadas, y en primer término de la izquierda, una mirilla de madera para ver desde arriba la gente que llega al portal, y cerca de ella, también en el suelo, una argolla atada al extremo del cordel que sirve para abrir el portón sin tener que bajar escaleras.--Muebles antiguos, pero ricos y bien cuidados. Algunos retratos al óleo, de familia, decoran las paredes. Es de noche. Una lámpara que fué primero de petróleo, luego de gas y ahora es de luz eléctrica, alumbra la estancia. La luz de la luna platea las copas de los árboles del jardín, que asoman tras los cristales de la galería._

_La escena está sola. Dentro, lejos, en el piso bajo, óyese ladrar a Leal, el perro de doña Clarines, anunciando que alguien llega a la puerta. Por la del foro aparece_ TATA, _vieja desdentada y ruinosa, pero activa y despierta, pies y manos de doña Clarines y su admiradora incondicional._

TATA. ¡Calla, Leal, calla! Con este perro no hemos menester campanilla. ¡Calla ya, escandaloso! _Calla el perro. Tata se asoma a la mirilla._ ¿Quién es? ¡Ah! Don Basilio con el amigote que esperábamos. Haga el Señor que no tengamos toros y cañas con el tal amigote. _Tira del cordel para abrir._

_Sale_ ESCOPETA _por la puerta de la derecha. Escopeta es un mozo andaluz, criado reciente de la casa. En la mano trae una botella de la botica, llena de agua al parecer._

ESCOPETA. Pos, señó, güeno está.[3] Oiga usté, Tata.

TATA. ¿Qué hay con Tata?[4]

ESCOPETA. Las señoras de Guadalema, ¿son todas como doña Clarines?

TATA. ¡Qué disparate! Lo que quisieran las señoras de Guadalema era[5] saberla descalzar. ¡Aaaaah! ¡Doña Clarines! Doña Clarines no hay más que una...

ESCOPETA. Más vale. Porque si no, era cosa de pitá otra vez pa mi tierra y dejá a Guadalema y a toa Castiya na más que pa vení cuando hubiera festejos.

TATA. ¿Pues?

ESCOPETA. ¿Er criao que estuvo en la casa antes que yo, duró mucho ar servisio de la señora?

TATA. Seis días escasamente. Era muy casquivano y muy gandul.

ESCOPETA. ¿Y er de antes?

TATA. El de antes no duró sino tres. Aquel era muy poquita cosa. Se asustaba de todo.

ESCOPETA. ¡Es que se asusta er Sí Campeadó! ¿Usté sabe los mandaos que esta señora quié que uno le yeve a to er mundo?

TATA. ¿No he de saberlo?[6] ¡Aaaaah! Y que o se dicen las razones como ella las da, ce por be, o por la puerta se va a la calle. ¡Es mucha señora!

ESCOPETA. ¿Pos sabe usté lo que se me ocurre? Que en lugá de un criao debía tené un piquete de infantería.

TATA. Poco murmurar, ¿eh?

ESCOPETA. No es murmurá, señora; es que ahora me ha mandao que me yegue a la botica con esta boteyita que traje pa la señorita Marsela, y que le diga ar boticario: «De parte de doña Clarines, que no es esto lo que eya ha pedío; que agua der poso ya tiene eya bastante en su casa, y que se vaya usté a robá a Despeñaperros.»

TATA. _Riéndose._ ¡Aaaaah! Oyéndola estoy.

ESCOPETA. ¡Y yo estoy oyendo ar boticario!

TATA. Pues así lo ha de decir usted si no quiere perder la casa.

ESCOPETA. ¿No le daría iguá por escrito?

TATA. Ande, ande a su obligación y déjese de más discursos.

ESCOPETA. ¿Qué se le va a hasé?[7] Vamos a que me tire un mortero er tío ese. Peó fuera no verlo. _Se marcha por la puerta del foro hacia la izquierda, canturreando y contoneándose._

TATA. ¡Ay! Muy zaragatero eres tú para hacer los huesos duros en esta casa.

_Por la misma puerta que se ha ido Escopeta, salen_ DON BASILIO _y_ LUJÁN. _Don Basilio, hermano de doña Clarines, es un señor de ojos vivos y cabeza inquieta, señal de poco peso. Viste con desaliño. Luján, antiguo amigo suyo, es hombre de pesquis, un tanto socarrón y de espíritu reposado y tranquilo. Viene en traza de haber caminado a caballo unas leguas. La edad de uno y otro anda alrededor del medio siglo._

DON BASILIO. Pasa, Isidoro.

LUJÁN. Buenas noches.

TATA. Buenas las tenga usted, señor mío.

DON BASILIO. ¿Y mi hermana, Tata?

TATA. También son ganas de preguntar[8] lo que sabe usted de memoria: en sus habitaciones.

DON BASILIO. _A Luján._ ¿Quieres verla?

LUJÁN. Si no ha de servirle de molestia, con mucho gusto. _Mirando un cuadro._ ¿Este retrato es de tu padre?

DON BASILIO. Sí; ése es papá. Papá recién casado. Como yo lo conocí mucho después, no puedo apreciar si se parece. ¡Je! _A Tata, mientras Luján ve los otros cuadros y observa el jardín._ Bueno, tú, llégate y dile a doña Clarines que aquí está ya mi amigo el señor Luján, que desea saludarla.

TATA. _Bajo a don Basilio._ ¡Va a soltar una descarga de fusilería!

DON BASILIO. _Lo mismo, a Tata._ ¡Ya lo sé! Pero si no es ahora será luego más tarde!

TATA. Ah, bien, bien. Por mí no ha de quedar.--Con permiso, buen caballero. _Vase por la puerta de la derecha._

LUJÁN. ¿Quién es esta vieja escamona?

DON BASILIO. ¡Tata! La tradición, como quien dice.[9] Nos ha visto nacer a todos. Ya la infeliz no es más que una de tantas ruinas en este viejo caserón de los Olivenzas. ¡Pobre caserón! Por mucho que lo cuido, y lo revoco, y lo aderezo, se viene abajo, como la familia.

LUJÁN. ¡Pues tú no te conservas mal!

DON BASILIO. ¿Y me lo dices tú, que estás hecho un pollo?

LUJÁN. Sí lo estoy, sí. Para la edad que tengo... Pero eso no quita... Desde que resolví que nada me importase nada, en vista de que lo contrario me afectaba al hígado, marcho como unas perlas.

DON BASILIO. Es verdad. Quince años hacía que no te echaba la vista encima y, lo que es en lo exterior, apenas si han dejado huellas.

LUJÁN. Me las arranca mi mujer.

DON BASILIO. ¡Ah, carape! Secretos del hogar.

LUJÁN. Sí. Tú, en cambio, te las tiñes. Ya lo he visto.

DON BASILIO. Secretos del tocador.

LUJÁN. ¡Secreto a voces!

DON BASILIO. Chico, hay que defenderse. No me resigno a la vejez de la cabeza, cuando tengo el corazón entrando en quintas. Pero siéntate, galopín.

LUJÁN. _Obedeciéndolo._ Cansadillo estoy. Mi caballejo tiene un trotecillo que desbarata. En mal hora se le ocurrió a don Rodrigo ponerse neurasténico, y a su familia llamarme a mí a consulta. Me he vuelto poltrón. No me gusta salir de mi casa.

DON BASILIO. ¿Y querías irte a parar a un fonducho? ¡Ca, hombre, ca! Los días que estés en Guadalema, en mi casa vives.

LUJÁN. Dios te lo pague. La comida de las fondas me aterra. Las camas me espantan. Sobre todo en cuanto empieza Mayo. En fin, que te agradezco[10] muy de veras tu hospitalidad.

DON BASILIO. No se hable más de ello. ¿Qué tal te va en ese poblacho?

LUJÁN. Tan bien como en otra parte cualquiera. Todo está en todo.[11] Estoy decidido a vivir a gusto.

DON BASILIO. ¿Te quedan gajes, además de la titular?[12]

LUJÁN. No faltan. El pueblo es rico, la gente no es de la peor... me quieren...

DON BASILIO. ¿Hay muchos enfermos?

LUJÁN. Muchos: pero los voy matando a casi todos.

DON BASILIO. ¿Entonces cómo te quieren tanto?

LUJÁN. Porque elijo bien. ¿A quién no le sobra un pariente?

DON BASILIO. ¡Ja, ja, ja! Veo que también conservas aquellas tus salidas chuscas de mozo. _Reparando en Tata, que se acerca._ Ahora verás.

LUJÁN. ¿Cómo?

DON BASILIO. Que ahora verás.

_Sale_ TATA.

TATA. Aquí estoy ya de vuelta. _Encarándose con Luján._ Bueno, señor: es costumbre de la señora que sus servidores demos los recados a todas las personas de la misma forma que ella los da.

LUJÁN. Bien. Me parece muy bien.

DON BASILIO. ¿Tú le has dicho?...

TATA. Yo le he dicho que había llegado y que tenía gusto en saludarla su amigo de usted el forastero.

DON BASILIO. ¿Y qué te ha contestado ella?

TATA. Que dime con quien andas, te diré quién eres.[13] Que está en el oratorio, y que no sale porque no quiere ver visiones. Y que mañana con la luz del sol tendrá usted mejor vista. Con permiso. _Se va por la puerta del foro hacia la derecha._

_Luján la mira fijamente, un poco estupefacto, sin dar crédito a lo que oye. Don Basilio traga alguna saliva. Pausa._

LUJÁN. ¿Qué es esto, Basilio?

DON BASILIO. Isidoro, abrázame.

LUJÁN. Basilio, ¿qué es esto?

DON BASILIO. Abrázame, Isidoro.

LUJÁN. ¿Por qué no?

DON BASILIO. Eres el rigor de las desdichas.

LUJÁN. En los cuarenta y nueve años que tengo, no me ha ocurrido cosa igual. ¿Quieres explicarme?...

DON BASILIO. ¡Ay, querido Isidoro! No sólo has venido a Guadalema a que te fría la sangre la familia de don Rodrigo, sino a cumplir al lado mío, en el caserón de los Olivenzas, un alto deber profesional.

LUJÁN. ¡Carape! como dices tú.

DON BASILIO. Mi hermana Clarines... _Barrenándose con un dedo la sien._ Mi hermana Clarines ha perdido el juicio.

LUJÁN. ¿Qué me cuentas?

DON BASILIO. Lo que oyes, Isidoro; lo que oyes. Sufrió, en una edad crítica de su vida, una conmoción moral extraordinaria, espantosa...

LUJÁN. Algo recuerdo que me escribiste...

DON BASILIO. Pues de aquella fecha arranca el mal. La sonrisa se fué de sus labios, se le pusieron blancos los cabellos, su carácter se desquició, se envenenó su espíritu, dió en mil manías y aberraciones, y un día tras otro, para no cansarte, ha llegado a tal punto, que creo un deber de conciencia, ya que estás aquí, consultar el caso contigo.

LUJÁN. ¡Diablo, diablo!

DON BASILIO. ¿Comprendes ahora que me tiña las canas?

LUJÁN. Hombre, no: comprendo que te salgan. Que te las tiñas no lo comprendo, francamente.

DON BASILIO. Bien, bien: no divaguemos. Esta desgracia que yo te anuncio con el temor de que tu ciencia pueda llevarme a la certidumbre, es una verdad axiomática en toda Guadalema: «Doña Clarines está loca; doña Clarines está como un cencerro; que la aten; que la encierren...» Éste es el rumor público: esto es lo que oyes dondequiera que de ella se habla.

LUJÁN. ¿Qué vida lleva ella?

DON BASILIO. La más extraña que puedes imaginarte. O en sus habitaciones misteriosamente encerrada--¡ni a mí me deja entrar!--y haciendo no sabemos qué, o sentada en este butacón, devorando las horas en silencio. Si habla, es para reñir y desatinar; si alguien viene a verla, seguro está que ella no lo insulte y lo haga salir[14] a espetaperros por las escaleras. A excepción de Tata, la vieja, que desde niña la conoce y la quiere, no hay criado alguno que pueda resistirla ocho días seguidos. Ninguno para en esta casa. ¡Y cuidado que se les paga con largueza! ¡Pues ninguno para! Todos se van jurando y perjurando que es loca.

LUJÁN. ¿Y quién le administra sus bienes? ¿Quién lleva el cargo de su hacienda?

DON BASILIO. ¡Ella misma! Y éste es mi gran temor, Lujanito. Yo creo que nos está arruinando. Y digo _nos_, porque, claro es, yo... desde que... por los azares de mi vida, me quedé sin blanca de lo mío, vivo naturalmente al lado de ella. Figúrate si su ruina me interesará como cosa propia.

LUJÁN. Ya, ya me lo figuro. ¿Es pródiga tu hermana?

DON BASILIO. A quien le pide, jamás le da un céntimo: me consta de un modo indudable. Pero temporadas hay en que su mano no se cansa de dar dinero; que no parece sino que tiene el prurito de quedarse con el día y la noche.[15]

LUJÁN. Pues eso ya es más serio.

DON BASILIO. ¿Crees que no lo sé? ¡Si yo no hago un sueño de dos horas![16] Porque es que nos va el bienestar, la tranquilidad de la vida, en estos años en que se empieza a bajar la cuesta... Te digo que hay para no dormir.[17]

LUJÁN. Ciertamente.

DON BASILIO. Y aún queda el rabo por desollar, amigo Isidoro.

LUJÁN. ¿Sí? ¿Cuál es el rabo?

DON BASILIO. Mi hermano Juan, viudo con una hija de diez y ocho años, ha muerto en Madrid hace tres meses.

LUJÁN. ¿Que ha muerto Juan?[18]

DON BASILIO. Hace tres meses murió el pobre. ¿Extrañarás no verme de luto?

LUJÁN. Sí.

DON BASILIO. ¡Cosas de Clarines! ¡Dice que el luto es una vanidad del dolor y que no se pone luto por nadie!

LUJÁN. ¿Y tú piensas lo mismo que ella?

DON BASILIO. ¿Yo qué he de pensar?[19]

LUJÁN. ¿Entonces cómo no vas de negro?

DON BASILIO. ¡Por no hacer más patente su chifladura!... ¡Y porque no me da una peseta para el traje!...

LUJÁN. Ya.

DON BASILIO. Pero concluyamos con mi cuento. Mi hermano Juan--Dios lo tenga en su gloria,[20]--ha hecho al morir el disparate--asómbrate, Isidoro--de confiarle su hija y sus bienes a esta desventurada doña Clarines. ¿Qué tal? ¿Debo yo permanecer ocioso? ¿Eh? Mi responsabilidad moral ante los hechos, es enorme. El pobre Juan seguramente desconocía el estado de perturbación de nuestra hermana. ¿No es deber mío ponerme al lado de esa niña?

LUJÁN. Claro.

DON BASILIO. ¿Verdad que sí? Por eso, ya que la providencia te envía, me atrevo a suplicarte que observes detenidamente, concienzudamente, científicamente a la infeliz Clarines, y si por desgracia tú confirmas mis secretos temores... algo habrá que hacer, ¿no te parece? ¡algo habrá que hacer!... Yo hablaría con mi sobrinita, que es muy razonable... y... ¡qué carape! de acuerdo contigo le buscaríamos al caso la mejor solución. Así como así, mi vida es un tanto aburridilla, y el administrar los cuatro cuartos de la muchacha me serviría de entretenimiento. ¿Qué me dices tú?

LUJÁN. _Con gran sorna._ Yo, querido Basilio, hace ya tiempo que procuro no darles a las cosas sino sólo el valor que tienen. Determinar qué valor tienen es lo primero. Hay que vivir en la realidad de la vida.

DON BASILIO. Quiere eso significar...

LUJÁN. Quiere esto significar que acepto la delicada comisión que me encomiendas, y que empiezo a atar cabos desde este momento.

DON BASILIO. Pero ¿lo tomarás con interés?

LUJÁN. Con todo el interés que merece. Declarándote que, para mí, pocas cosas logran ya tener ninguno. Porque es un hecho, Basilio amigo: el planeta se enfría, y este tinglado va a durar poco.

DON BASILIO. Sí, pero... ¿A qué viene?...

LUJÁN. Viene...

DON BASILIO. Calla ahora.

_Por la puerta de la izquierda salen los ojos de Marcela, y luego_ MARCELA, _la sobrina de doña Clarines. Viste de negro. Su hablar es comedido y prudente._

MARCELA. Buenas noches.

DON BASILIO. Aquí la tienes. Ésta es Marcelita. Mi amigo Luján...

MARCELA. Ya, ya me he figurado... Tanto gusto... Acabo de darle los últimos toques a su alcoba de usted.

LUJÁN. Mil gracias. No podía yo sospechar que manos tan lindas...

MARCELA. Calle usted, por Dios.

DON BASILIO. Chico, eres el mismo de antaño. Este perillán es muy galante.

LUJÁN. ¡Bah!

MARCELA. Cualquiera falta que usted note allá, cualquier cosa que necesite, me lo dice a mí.[21]

DON BASILIO. Sí, mejor es: porque si se lo dices a Tata, Tata va con el cuento a doña Clarines y tenemos gresca.

MARCELA. Eso, no; a doña Clarines no hace falta que le digan las cosas para saberlas ella. Tiene un poder de adivinación que a mí me da susto.

DON BASILIO. _A Luján._ ¿Eh?

MARCELA. Es natural, después de todo: en soledad constante, no para de discurrir aquella cabeza, y alambicando alambicando, siempre va a dar con la verdad. ¿Usted ha entrado a saludarla?

LUJÁN. Ha habido un pequeño inconveniente.

MARCELA. Pues a estas horas, sin haberlo visto, esté usted seguro de que sabe doña Clarines cómo es usted.

DON BASILIO. Te advierto, Marcelita, que ha dicho que no lo recibe porque no quiere ver visiones.

MARCELA. ¿Sí?

LUJÁN. Así mismo.

MARCELA. Sus cosas... Usted me dispense... yo no sabía... Si yo adivinara como ella...

LUJÁN. No le preocupe a usted. Me importa poco parecerle visión a la tía, si a la sobrina no se lo parezco.

MARCELA. A la sobrina de ninguna manera.

LUJÁN. Entonces... Sobre que doña Clarines fundó su juicio en el antiquísimo proverbio de: «Dime con quien andas, te diré quién eres»...

MARCELA. ¡Ja, ja, ja!

DON BASILIO. Total: que la visión soy yo. Ven a tu alcoba, cepíllate un poco, y vamos a dar una vuelta por la ciudad. La noche convida. ¿Tú ya no vuelves[22] a casa de don Rodrigo?

LUJÁN. Hasta mañana, no.

MARCELA. ¿Qué es lo que tiene ese caballero?

LUJÁN. ¡Ganas de fastidiarme a mí!

MARCELA. Todo sea por Dios.

LUJÁN. Con que estoy a tus órdenes incondicionales. Y no se diga a las de usted,[23] Marcela.

MARCELA. Muchas gracias.

DON BASILIO. Anda, anda, mediquillo.

_Se van por la puerta de la izquierda los dos camaradas._

MARCELA. Es muy simpático este señor. Y parece que tiene más seso que el tío Carape. Poco se necesita.[24]

_Llegan por la puerta del foro, precedidos de_ TATA, DARÍA _y_ CRISPÍN,[25] _moza y mozo naturales de Cogollo del Llano, pueblo lindante con Guadalema. Daría es linda, y lo será doble cuando el agua la purifique. Parece asombrada. Crispín no sólo lo parece, sino que lo está y ni a tres tirones entra en la estancia. Queda vagando por el pasillo del foro, y acecha cautelosamente los momentos en que, sin ser visto, puede echar una ojeada a la escena. Cuando lo ven huye como un conejo._

TATA. Entrad aquí.

DARÍA. Buenas noches.

MARCELA. Buenas noches.

TATA. Es la criada nueva. Hija de una parienta mía. Veremos si nos sirve. Voy a avisarle a la señora. _Se va por la puerta de la derecha._

MARCELA. ¿Quién viene con usted?

DARÍA. Crispín: mi hermano.

_Las primeras palabras de Daría, su aliento entrecortado, revelan que está tan asustada como Crispín; sino que ella no ha tenido más remedio que entrar. Pesa sobre ambos la temerosa leyenda de doña Clarines._

MARCELA. Dígale usted que entre.

DARÍA. No entra,[26] no.

MARCELA. ¿Por qué?

DARÍA. Porque no entra.

MARCELA. Dígaselo usted.

DARÍA. Se lo diré; pero no entra. _Crispín, que lo ha oído todo, no parece en diez metros a la redonda. Daría va a la puerta del foro, y desde allí le habla._ ¡Crispín! La señorita, que entres.[27]--No entra.

MARCELA. Bueno; déjelo usted. ¿De qué pueblo son ustedes?

DARÍA. De Cogollo del Llano; para servir a usted.

MARCELA. ¿Es usted parienta de Tata?

DARÍA. Yo, no. Mi madre; para servir a usted.

MARCELA. Aquí está la señora.

_Crispín, que andaba a la vista, a este anuncio desaparece nuevamente. Pausa._

_Sale por la puerta de sus habitaciones_ DOÑA CLARINES. _La sigue_ TATA. _Doña Clarines es una señora de buen porte y poderosa simpatía. Aunque no pasa de los cuarenta y cinco años, sus cabellos son blancos como la plata. Viste con gran originalidad, con gusto personalísimo, dentro de una graciosa sencillez. Se expresa en tono campechano y noble a la par; enérgico, sin sombra alguna de afectación._

DOÑA CLARINES. Buenas noches.

DARÍA. Buenas noches.

DOÑA CLARINES. _A Tata._ Muy joven es.

TATA. Más vale.

DOÑA CLARINES. Está visto que no he de parar de domar potritos. _Se sienta en su butaca. Ladra Leal._ ¿Quién es, ahora?

TATA. ¡Calla, condenado! Vamos a ver. _Se asoma a la mirilla._ ¿Quién es?--Un pobre.

DOÑA CLARINES. ¿Es viejo?

TATA. No, señora, que es mozo.

DOÑA CLARINES. Pues que trabaje.

TATA. ¡Que trabaje usted, hermano! _Cierra la mirilla de un golpe fuerte, sobresaltando a Daría aún más de lo que está._ ¡Que bien trabajo yo,[28] con mis setenta a las espaldas! _Se va por la puerta de la izquierda._

DOÑA CLARINES. Acérquese usted. _Daría no se da por entendida._ Que se acerque usted; ¿no me oye?

DARÍA. _A Marcela._ ¿Es a mí?

MARCELA. A usted, sí; a usted. Acérquese a la señora.

_Daría se acerca a doña Clarines._

DOÑA CLARINES. ¿Cómo se llama usted?

DARÍA. Daría; para servir a usted.

DOÑA CLARINES. ¿Daría qué?

_Daría mira a Marcela con angustia._

MARCELA. Dígale su apellido.

DOÑA CLARINES. Calla tú. ¿Daría qué? ¿No lo sabe? _Crispín, asomando la cara pegada al quicio de la puerta del foro sin ser visto por nadie, se empeña en decirle a Daría con la fuerza del gesto el apellido de la familia. Daría, tras una vacilación momentánea, echa a andar hacia la misma puerta y se marcha por ella._ ¿Adónde va?

DARÍA. _Volviendo al sitio donde estaba._ Romillo; para servir a usted.

DOÑA CLARINES. ¿A quién lo ha preguntado? ¿Quién anda ahí fuera?

DARÍA. Crispín; para servir a usted.

DOÑA CLARINES. ¿Crispín? ¿Y quién es Crispín?

DARÍA. Mi hermano.

DOÑA CLARINES. Pues que entre su hermano.

DARÍA. No entra, no, señora.

DOÑA CLARINES. ¿Cómo que no entra?

MARCELA. No entra, no.

DOÑA CLARINES. ¿Y por qué no ha de entrar? Yo lo mando.

DARÍA. _Desde la puerta del foro._ ¡Crispín! ¡La señora te manda entrar! _Pausa._ Dice que no que no con la cabeza.

MARCELA. Y no entra, no; es el segundo intento.[29]

DOÑA CLARINES. ¿Pues a qué ha venido Crispín?

DARÍA. A acompañarme.

DOÑA CLARINES. ¡Bah! ¿Qué edad tiene usted? _Daría titubea atribulada y echa a andar de nuevo hacia el foro. A la voz de doña Clarines se detiene._ ¡Sin preguntárselo a Crispín! ¡Tampoco lo sabe! ¿Pero usted no sabe nada?

DARÍA. Nada; para servir a usted.

DOÑA CLARINES. Casi lo prefiero. Entre no saber nada y saber poco y mal, mejor es la ignorancia absoluta. Así la podré moldear a mi gusto, aunque sea a coscorrones.

DARÍA. Sí, señora.

DOÑA CLARINES. ¿Tiene usted novio?

DARÍA. Aquí, no: en el pueblo. Pero lo puedo dejar, si quiere la señora.

DOÑA CLARINES. ¿Yo? ¡Dios me libre!

DARÍA. No me tira mucho.

DOÑA CLARINES. Allá usted. En no distrayéndola[30] de sus obligaciones... Mire usted, que se vaya Crispín o que entre; pero que no esté como una sombra chinesca por el corredor. Por más que, aguarde un poco, y se irá usted también con él. ¿Cuánto tiempo hace que no se lava usted?

DARÍA. ¿La cara?

DOÑA CLARINES. No: usted, de arriba abajo.

DARÍA. ¡Uh!...

MARCELA. Como no sabe la edad que tiene...

DOÑA CLARINES. Pues en mi casa la limpieza es la primera condición que exijo.

DARÍA. Sí, señora.

DOÑA CLARINES. Y la segunda, trabajar mucho y bien; que para eso las pago a ustedes mejor que nadie.

DARÍA. Sí, señora. Yo haré todo lo que sea menester.

DOÑA CLARINES. No le queda a usted otro recurso. De lo contrario, en la calle sopla un aire muy fresco. Las puertas de mi casa son mucho más anchas para salir que para entrar.--Marcela, acompaña a esta mujer allá dentro, que suelta un tufillo a algarrobas que marea.

DARÍA. Sí, señora.

DOÑA CLARINES. Y vuelve en seguida, que tenemos que hablar.

DARÍA. ¿Manda algo más la señora?

DOÑA CLARINES. Nada, nada. Que se vaya usted con la señorita.

DARÍA. Sí, señora. Servidora de la señora.

MARCELA. Venga usted.

DARÍA. Sí, señora.

MARCELA. Por aquí.

DARÍA. Sí, señora.

_Éntrase Marcela por la puerta del foro, hacia la izquierda. Daría la sigue mirando a todas partes azoradísima. Crispín cruza en seguida por el pasillo como una exhalación, detrás de Daría._

DOÑA CLARINES. ¡Jesús me valga! ¿Y ésta es la flor de Cogollo del Llano? ¡Alabado sea Dios!

_Sale_ TATA _por la puerta de la izquierda._

TATA. ¿Qué tal le ha parecido la moza?

DOÑA CLARINES. Cerril del todo; pero si tiene buena voluntad...