Chapter 2
Después de haber tributado el debido homenaje de elogios que de nuestra pluma reclamaba imperiosamente la divertida comedia del señor Gorostiza ¿nos será permitido indicar algunos de los defectos de que rara obra humana consigue verse completamente purgada? ¿Se dirá que nos ensangrentamos, que somos parciales, si ponemos al lado del elogio el grito de nuestra conciencia literaria? Quisiéramos equivocarnos, pero el carácter de la protagonista nos parece por lo menos llevado a un punto de exageración tal, que sería imposible hallar en el mundo un original siquiera que se le aproximase. Estas niñas románticas, cuya cabeza ha podido exaltar la lectura de novelas, no reparan en clases ni en dinero; éste podrá ser su yerro; enamóranse de un hombre sin preguntarle quién es; ésta es su imprudencia: si sale pobre, verdad es, nada les arredra, y en las aras del amor sacrifican su porvenir; mas si sale rico, como ya están enamoradas, por esta sola circunstancia no se desenamoran. Por la misma razón, si tratan de escaparse, y no tienen otro recurso, se arrojan por una ventana; mas si tienen la puerta franca, aquel paso ya no es ni medio verosímil. Esta exageración hace aparecer a Matilde loca las más veces; quiere ser el don Quijote de las novelas. Pero acordémonos de que Cervantes para huir de la inverosimilitud que de la exageración debía resultar, hizo loco realmente y enfermo a su héroe, y una enfermedad no es un carácter. Si la comedia pedía un carácter, era preciso no haber pasado los límites de la verosimilitud, pues pasándolos, Matilde no resulta enamorada sino maniática; por eso en varias ocasiones parece que ella misma se burla de sus desatinos: lo mismo hubiera sucedido con don Quijote si no nos hubiera dicho Cervantes desde el principio: "Miren ustedes que está loco." Peca además el plan por donde los más del mismo poeta:[1] ya en otra ocasión hemos dicho[2] que estos planes en que varios personajes fingen una intriga para escarmiento de otro, son incompletos y conspiran contra la convicción, que debe ser el resultado del arte.
[Footnote 1: As Larra indicates, the element of intrigue, each time worked out in a different fashion, is plainly seen in practically all of Gorostiza's plays. In "Indulgencia para Todos" the hero, whose only fault is his perfection and his consequent intolerance of the failings of others, by the intriguing of his hosts is tempted and falls and is led to crave pardon for his own shortcomings and for those of his hosts who have sinned against the laws of hospitality. In "Don Dieguito" the hero is taught the needed lesson of his own insignificance, since his wealthy uncle by a clever ruse causes the young man to see that the adulation that he has accepted as his due is in reality given by self-interested schemers who hope to profit by his vanity and gullibility. In "Las Costumbres de Antaño" the old gentleman constantly bewailing the departure of the good old days is caught asleep. By maneuvering, he is visited with such horrible dreams of the past that he is glad to awake to the conditions of a later generation.]
[Footnote 2: A reference to one of Larra's numerous other dramatic criticisms.]
En Moliere y en Moratín no se encuentra un solo plan de esta especie: el poeta cómico no debe hacer hipótesis; debe sorprender y retratar a la naturaleza tal cual es; esta comedia hubiera requerido una mujer realmente enamorada, y que realmente hubiera hecho una locura, como en _el Viejo y la Niña_[1] sucede; verdad es que entonces no hubiera podido ser dichoso el desenlace, y acaso habrá huido de esto el señor Gorostiza; éste era defecto del asunto, así como lo es también la aglomeración en horas de tantas cosas distintas, importantes, y regularmente más apartadas entre sí en el discurso de la vida.
[Footnote 1: In Moratin's play the niña has married the old man after a designing relative has assured her that her youthful lover has married someone else. This rash act is doubtless the locura to which Larra refers. As a virtuous wife she first dismisses the young man, and when in her weakness she recalls him she is forced to treat him with indifference and coldness, since she knows that her husband is overhearing their conversation. Goaded to desperation, the young woman finally enters a convent.]
Si Matilde no se ha de casar más de una vez con Eduardo, si esa vez que se ha casado no ha hecho realmente locura alguna, supuesto que Eduardo es rico, ¿de qué puede servirle el escarmiento y el ver lo que le hubiera sucedido si hubiera hecho lo que no ha hecho?--A ella no, nos contestarán,--a los demás que ven la comedia.--Tampoco, responderemos,--porque las que crean en novelas al pie de la letra, creerán al pie de la letra en la comedia, que es otra nueva novela para ellas; en la novela leen que aquél que se presentó incógnito se descubre ser luego hijo de algún señorón oculto, y en la comedia se descubre ser rico luego el pobre. Se enamorarán pues, sin cuidado, seguras de que hacia el fin de su boda se ha de descubrir la riqueza del marido, así como creían que debían salir por la ventana por decirlo las novelas.
A pesar de estas observaciones, que no podemos menos de hacer, nos complacemos en repetir que es mayor la suma de las bellezas que la de los defectos de la comedia. El señor de Gorostiza ha adquirido un nuevo laurel, y nosotros quisiéramos que la obligación de periodista se limitara a alabar: mucho nos daría que hacer aun en este caso esta composición dramática.
En cuanto a la representación, podemos asegurar que no nos acordamos de haber visto en Madrid nada mejor desempeñado en este género.
MARIANO JOSÉ DE LARRA
("Contigo Pan y Cebolla," _Obras Completas de Fígaro_, t. I, en _Colección de los Mejores Autores Españoles_ t. XLVII, París, 1883.)
CONTIGO PAN Y CEBOLLA
COMEDIA ORIGINAL EN CUATRO ACTOS
POR
MANUEL EDUARDO DE GOROSTIZA
DON PEDRO DE LARA DOÑA MATILDE, su hija DON EDUARDO DE CONTRERAS BRUNO, criado de DON PEDRO LA MARQUESA EL CASERO LA VECINA
La escena pasa en Madrid; los tres primeros actos en una sala bien amueblada, aunque algo a la antigua, de la casa que habita D. Pedro, y el último acto en un cuarto muy miserable y en donde habrá sólo una mala cama, dos o tres sillas de paja vieja, un brasero de hierro etc.
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
DOÑA MATILDE Y BRUNO
DOÑA MATILDE. ¡Bruno!
BRUNO. Jesús, señorita, ¿ya se levantó usted?
DOÑA MATILDE. Sí, no he podido cerrar los ojos en toda la noche.
BRUNO. Ya se habrá usted estado leyendo hasta las tres o las cuatro, según costumbre....
DOÑA MATILDE. No es eso....
BRUNO. Se le habrá arrebatado el calor a la cabeza....
DOÑA MATILDE. Repito que....
BRUNO. Y con los cascos calientes ya no se duerme por más vueltas que uno dé en la cama.
DOÑA MATILDE. Pero hombre, que estás ahí charlando sin saber....
BRUNO. ¿Conque no sé lo que me digo? Y en topando cualquiera de ustedes con un libraco de historia o sucedido, de ésos que tienen el forro colorado, ya no ha de saber dejarlo de la mano hasta apurar si D. Fulano, el de los ojos dormidos y pelo crespo, es hijo o no de su padre, y si se casa o no se casa con la joven boquirrubia que se muere por sus pedazos, y que es cuando menos sobrina del Papamoscas de Burgos: todo mentiras.
DOÑA MATILDE. ¿Acabaste?
BRUNO. No señora, porque es muy malo, muy malo leer en la cama....
DOÑA MATILDE. ¡Aprieta! ¿Y no ha venido nadie?
BRUNO. Nadie ... ah, sí, vino el aguador con su esportilla y su....
DOÑA MATILDE. ¿Qué tengo yo que ver con el aguador ni con su esportilla?
BRUNO. ¿Esperaba usted acaso otra visita a las siete de la mañana?
DOÑA MATILDE. No.... Sí.... ¡Válgame Dios, qué desgraciada soy! (Sentándose)
BRUNO. ¡Desgraciada! ¿Qué dice usted?
DOÑA MATILDE. ¡Oh, muy desgraciada, muy desgraciada!
BRUNO. Pues señor, ¿qué ha sucedido? acaso su papá de usted....
DOÑA MATILDE. No, papá duerme todavía y estará sin duda bien lejos de soñar o de pensar que el terrible momento se aproxima en que va a decidirse para siempre el porvenir de su hija única y querida ... ¡para siempre! Ay, Bruno, si tú pudieras comprender toda la fuerza y la extensión de esta palabra _¡para siempre!_
BRUNO. Sin contar que el día menos pensado nos va a dar usted un susto con la luz y la cortina.
DOÑA MATILDE. Mira, Bruno, que estás muy pesado.
BRUNO. Siempre las verdades pesan, señorita, amargan y se indigestan.
DOÑA MATILDE. Qué disparate, sino que anoche cabalmente ni siquiera hojeé un libro. Buena estaba yo para lecturas.
BRUNO. ¿Estuvo usted mala, eh? Y cómo no quiere estar usted mala con ese maldito te que ha dado usted en tomar ahora en lugar del guisado y de la ensalada, que todo cristiano toma a semejantes horas. Yo no digo por eso que el te no sea saludable ... pero al cabo no pasa de ser agua caliente; sólo podía habernos venido de Inglaterra, que como allí son herejes, ni tendrán vino, ni bueyes cebones, ni ... ¿Qué está usted curioseando por esa ventana?
DOÑA MATILDE. Nada; miraba si ... ¿qué hora será?
BRUNO. Las siete dieron hace rato en San Juan de Dios. ¡Vaya, y qué tonto me hace usted! Conque ¿no comprendo lo que quiere decir _para siempre_? Para siempre es lo mismo que decir a uno "hasta que te mueras".
DOÑA MATILDE. Decía sólo que si tú pudieras discernir bien y avalorar las sensaciones de diferente naturaleza que semejante palabra excita, fomenta, inflama....
BRUNO. No, en efecto, todo eso para mí es griego.
DOÑA MATILDE. Y pone en combustión, entonces es cuando estarías en estado de.... ¿Pero quién anda en la antesala?
BRUNO. Será quizá el gato que habrá olfateado ya su pitanza.
DOÑA MATILDE. Él es, él es.
BRUNO. ¿Quién había de ser? Minino, minino.
ESCENA II
DON EDUARDO, DOÑA MATILDE, BRUNO
DOÑA MATILDE. ¡Eduardo!
DON EDUARDO. ¡Matilde!
BRUNO. ¡Calle, pues no era el gato!...
DOÑA MATILDE. Creí que no acababa usted de llegar nunca.
DON EDUARDO. Amanece todavía tan tarde ... y a no haber venido sin afeitarme....
DOÑA MATILDE. ¡Oh! eso no; hubiera sido imperdonable en un día tan solemne, como lo es éste, el que usted se hubiera presentado con barbas.
DON EDUARDO. Y sobre todo, hubiera sido poco limpio.
DOÑA MATILDE. Si usted hubiera tenido que viajar en posta tres o cuatro días con sus noches ... como a otros les ha sucedido ... para poder llegar a tiempo de arrancar a sus queridas del altar en que un padre injusto las iba a inmolar ... ya era otra cosa ... y aun cierto desorden en la _toilette_, hubiera sido entonces de rigor; pero como usted viene sólo de su casa....
DON EDUARDO. Que está a dos pasos de aquí, en la calle de Cantarranas.
DOÑA MATILDE. Por lo mismo ha hecho usted bien en afeitarse y en ... mas a lo menos trataremos de recuperar el tiempo perdido. ¿Bruno?
BRUNO. ¿Señorita?
DOÑA MATILDE. Anda, y dile a papá que el Sr. D. Eduardo de Contreras desea hablarle de una materia muy importante.
BRUNO. No creo que el amo se haya despertado todavía.
DOÑA MATILDE. ¿Qué sabes tú?
BRUNO. Porque nunca se despierta antes de las nueve, y porque....
DON EDUARDO. Quizá valga más entonces que yo vuelva un poco más tarde.
DOÑA MATILDE. No, no; ¿a qué prolongar nuestra agonía? Anda, Brunito, anda, si es que mi felicidad te interesa.
BRUNO. Bueno, iré; pero lo mismo me ha dicho usted en otras ocasiones, y luego la tal felicidad se vuelve agua de borrajas.
DOÑA MATILDE. ¡Bruno!
BRUNO. Iré, iré, no hay que atufarse por eso.
ESCENA III
DOÑA MATILDE Y DON EDUARDO
DOÑA MATILDE. ¡Estos criados antiguos, que nos han visto nacer, se toman siempre unas libertades!...
DON EDUARDO. En justo pago de las cometas que nos han hecho, o de las muñecas que nos han arrullado. Y éste me parece además muy buen sujeto.
DOÑA MATILDE. ¡Oh, muy bueno!... ¡Si viera usted la ley que nos tiene ... y lo que le queremos todos! ¡Pobre Bruno! Cuando estuvo el invierno pasado tan malo, ni un instante me separé yo de la cabecera de su cama.
DON EDUARDO. Con qué gusto oigo a usted eso, ¡Matilde mía!
DOÑA MATILDE. Nada tiene de particular; sin embargo, una cosa es que sus vejeces me desesperen tal cual vez, y otra cosa es que.... ¡Ay Dios, y qué temblor me ha dado!
DON EDUARDO. ¿Está usted sin almorzar?
DOÑA MATILDE. Por supuesto.
DON EDUARDO. Entonces es algún frío que ha cogido el estómago, y....
DOÑA MATILDE. Entonces también temblaría usted, porque es bien seguro que tampoco habrá usted tomado nada.
DON EDUARDO. Sí, por cierto; he tomado, según mi costumbre, una jícara de chocolate, con sus correspondientes bollos y pan de Mallorca.
DOÑA MATILDE. ¡Chocolate y pan de Mallorca en un día como éste!
DON EDUARDO. ¿Es requisito acaso el pedir la novia en ayunas? (Sonriéndose)
DOÑA MATILDE. No; ciertamente que no ... con todo hay ocasiones en que uno debe estar tan absorbido, que necesariamente olvida cosas tan vulgares como el almorzar y el comer. A lo menos yo hablo por mí, y puedo asegurar a usted que ni siquiera ha pasado esta mañana por mi cabeza el que había cacao en Caracas. ¡Ay, Eduardo, está usted demasiado tranquilo!
DON EDUARDO. No veo el por qué había yo de estar fuera de mí cuando me lisonjeo con la esperanza de que su padre de usted, que es íntimo amigo de mi tío, me concederá esa linda mano, en cuya posesión se cifra toda mi felicidad.
DOÑA MATILDE. ¿Y si se la niega a usted?
DON EDUARDO. Si usted hubiera permitido alguna vez que la informara de mi posición, de mi familia, como en varias ocasiones lo he intentado en balde, comprendería usted ahora si tengo o no motivo para no temer el éxito de mi negociación; pero nunca me ha dejado usted hablar en esta materia, no sé por qué, y así....
DOÑA MATILDE. Porque ni entonces quise, ni ahora quiero oír hablar de intereses ni parentescos. Eso queda bueno cuando se trata de esos monstruosos enlaces que se ven por ahí, en donde todo se ajusta como libra de peras, y en donde se quiere averiguar antes si habrá luego que comer, o si habrá con que educar los hijos que vendrán, o que quizá no vendrán. ¿Y yo había de pensar en eso? No, Eduardo, no; yo le quiero a usted, más que a mi vida, pero sólo por usted, créame usted, por usted solo.
DON EDUARDO. ¡Matilde mía!
ESCENA IV
BRUNO Y DICHOS
BRUNO. ¡Vaya que estaba su papá de usted como un tronco de dormido!
DOÑA MATILDE. ¿Y qué ha respondido?
BRUNO. Ni oste ni moste: oyó mi relación, se sonrió y echó mano a los calzoncillos.
DON EDUARDO. ¿Se sonrió?
BRUNO. ¡Pues! como quien dice "ya sé lo que es".
DOÑA MATILDE. Dios sabe además lo que tú le dirías.
BRUNO. Ésta es otra que bien baila: le dije sólo que usted me había mandado le anunciase que el Sr. D. Eduardo....
DOÑA MATILDE. ¿Ves como al fin habías de hacer alguna de las tuyas?
BRUNO. ¿Conque usted no me mandó?
DOÑA MATILDE. Sí; pero no había necesidad de decir que era yo la que te enviaba, ni de añadir, como sin duda habrás añadido, que había hablado antes o me quedaba hablando con este caballero.
BRUNO. Ya se ve, que le dije también entrambas cosas; ¿y qué mal hubo en ello?
DOÑA MATILDE. Que ya papá no se sorprenderá, y que la escena pierde por lo mismo una gran parte de su efecto.
DON EDUARDO. En cuanto a mí, le protesto a usted, Matilde, que me alegro mucho de que Bruno haya en cierto modo preparado a su papá de usted para lo que voy a decirle; porque ahora tendré menos cortedad, y podré desde luego entrar en materia.
DOÑA MATILDE. Bueno.... Si a usted le parece así, mejor....
BRUNO. Ya siento al señor en la escalera.
DOÑA MATILDE. ¡Ay Dios.... qué susto!... ¡No sé lo que por mí pasa!... ¿Me he puesto muy pálida? Me voy, me voy a mi cuarto ... a suspirar ... a llorar ... a ponerme un vestido blanco.... Ven tú también Bruno ... y el pelo a la Malibrán.... ¡Oh, y qué crisis!... Allí esperaré a que mi padre me llame.... ¡La crisis de mi vida! ... porque siempre me llama en tales casos ... ánimo Eduardo ... valor ... resignación ... si habrá planchado anoche la Juana mi collereta a la María Estuardo ... sobre todo confianza en mi eterno cariño. (Vase, llevándose tras sí a Bruno)
BRUNO. Señorita, que me desgarra usted la solapa.
ESCENA V
DON EDUARDO Y LUEGO DON PEDRO
DON EDUARDO. ¡Muchacha encantadora! Es lástima por cierto que haya leído tanta novela, porque su corazón....
DON PEDRO. Buenos días, Sr. D. Eduardo, muy buenos días ¡y qué temprano tenemos el gusto de ver a usted en esta su casa!
DON EDUARDO. En efecto, Sr. D. Pedro, la hora es bastante inoportuna, y bien sabe Dios que no sé cómo disculparme con usted.
DON PEDRO. ¿De qué, amigo mío?
DON EDUARDO. Por una visita realmente demasiado matutina e inesperada.
DON PEDRO. ¿Y quién le dice a usted que yo no esperaba esta misma visita?
DON EDUARDO. ¿Que me esperaba, dice usted?
DON PEDRO. Hoy precisamente, no; pero sí en una de estas mañanas, porque ya había yo notado ciertos síntomas ... ya se ve, a ustedes los enamorados se les figura que un padre cuando juega en un rincón al tresillo, o que una madre cuando está más enfrascada en la letanía de las imperfecciones de su cocinera, no piensa en otra cosa sino en el codillo que le dieron, o en las almondiguillas que se quemaron, y de consiguiente que no notan las ojeadas de ustedes, ni oyen los suspiros, ni se enteran de las peloteras ... pues, no señor, están ustedes muy equivocados; ni el padre ni la madre pierden ripio de cuanto va pasando....
DON EDUARDO. Nada más natural, ciertamente.
DON PEDRO. Y llevan también libro de entradas y salidas como si hubieran sido toda su vida horteras.
DON EDUARDO. Así, Sr. D. Pedro, usted habrá ya observado....
DON PEDRO. Sí, señor, ya sé que usted está muy prendado de mi Matilde.
DON EDUARDO. Entonces advinará usted también que el objeto de mi visita es....
DON PEDRO. El de pedirme su mano. ¿No es ése?
DON EDUARDO. Ése mismo; y si fuera yo tan dichoso que reuniera a los ojos de usted aquellas circunstancias....
DON PEDRO. Muchas reune usted, por vida mía, Sr. D. Eduardo: nacimiento ilustre, mayorazgo crecido, educación, talento, moralidad....
DON EDUARDO. Usted me confunde, Sr. D. Pedro.
DON PEDRO. Y el ser sobre todo sobrino y heredero de mi mejor amigo ... de ahí que yerno más a mi gusto sería muy difícil que se me presentase.
DON EDUARDO. ¿Entonces puedo esperar?
DON PEDRO. Pero mi hija es la que se casa, yo no; ella es pues, la que ha de juzgar si usted....
DON EDUARDO. ¡Oh, Sr. D. Pedro, y qué feliz soy! La amable, la hermosa Matilde, me corresponde, no lo dude usted, y está en el secreto, y....
DON PEDRO. Tanto mejor, amigo mío, y ahora vamos a ver, porque, con el permiso de usted, la haré llamar; en presencia de usted consultaremos su gusto y su voluntad.
DON EDUARDO. No deseo otra cosa, y cuanto más pronto....
DON PEDRO. Ahora mismo.... ¿Bruno? Que ella venga y se explique, y si dice que sí, entonces.... ¿Bruno?
BRUNO. Mande usted. (Desde adentro)
DON PEDRO. Porque si dice que no ... ya ve usted ... un buen padre no debe nunca violentar la inclinación de sus hijos.
DON EDUARDO. Repito a usted que ella misma....
ESCENA VI
BRUNO Y DICHOS
BRUNO. ¿Llama usted?
DON PEDRO. Sí, ¿dónde está la niña?
BRUNO. En su cuarto ... representando, a lo que parece, algún paso de comedia.
DON PEDRO. ¿Qué entiendes tú de eso? ... dila que venga.
BRUNO. O de tragedia, ¿qué me sé yo? ... ello es que se la oye hablar alto ... que está sola ... y que a no haber perdido la chabeta.... (Yéndose)
ESCENA VII
DON PEDRO Y DON EDUARDO
DON PEDRO. Pues, y como le iba a usted diciendo, Sr. D. Eduardo, yo soy demasiado buen padre para pretender ... luego, ya voy a viejo, estoy viudo, no tengo más que esta hija ... a la que quiero como a las niñas de mis ojos ... no soy además amigo de lloros ni tristezas dentro de casa, y en suma....
DON EDUARDO. Si tiene usted en todo mil razones.
DON PEDRO. Y en suma, ella hará lo que quiera, como lo hace siempre; aunque eso no quita el que la chica sea muy dócil, y muy bien criada, y muy temerosa de Dios....
DON EDUARDO. ¡Y es tan bonita!
DON PEDRO. Y el que es muy buena hija, y será muy buena mujer propia.
DON EDUARDO. Oh, excelente, excelente.
DON PEDRO. Y si llega a ser madre....
DON EDUARDO. Por supuesto, ¿no quiere usted que llegue?
DON PEDRO. Tendrá hijos a su vez, y será también muy buena madre, no lo dude usted, Sr. D. Eduardo....
DON EDUARDO. ¡Qué he de dudar yo eso Sr. D. Pedro! ¡Poco enamorado estoy a fe mía para dudar ahora de nada!
DON PEDRO. Es que no crea usted que es el primero a quien yo le digo todo esto, no señor, y otro tanto, sin quitar ni poner, le dije a mi sobrino Tiburcio hará ahora unos cuatro meses, cuando se quiso casar con su prima.
DON EDUARDO. Que fué sin duda la que se opuso al enlace, ¿eh?
DON PEDRO. ¡Quién había de ser! Y por más señas, que aunque no estuvo el tal enlace tan adelantado como el que seis meses antes tuvimos entre manos, lo estuvo sin embargo lo bastante para dar después mucho que hablar a la gente ociosa.
DON EDUARDO. ¿Y dice usted que hubo otro seis meses antes que lo estuvo más?
DON PEDRO. Cien veces más, con el vizconde del Relámpago, un caballero andaluz, maestrante de la de Ronda ... con no sé cuántos millares de pinares, pegujares y lagares ... hombre muy bien nacido, y que yo....
ESCENA VIII
DOÑA MATILDE Y DICHOS
DON PEDRO. Ven, hija mía, y nos dirás si....
DOÑA MATILDE. ¡Ah! Padre mío, y qué criminal debo de aparecer a los ojos de usted; ya sé que debía consultarle antes de comprometerme; ya sé que debía después....
DON PEDRO. Cierto, muy cierto, mas ahora....
DOÑA MATILDE. Haber seguido humilde los consejos de su experiencia, de su cariño; ¡pero ay! que no pude, porque arrastrada por una pasión irresistible....
DON PEDRO. Si no es eso....
DOÑA MATILDE. Que como una erupción volcánica....
DON EDUARDO. Pero Matilde, si su papá de usted....
DOÑA MATILDE. Calle usted; no me distraiga ... se apoderó de mi pobre corazón, que estaba indefenso ... que no había hasta entonces amado....
DON PEDRO. Si me dejarás meter baza....
DOÑA MATILDE. Con todo, padre mío, no crea usted que trato de rebelarme contra su autoridad, y si el hombre de mi elección no mereciese, como me temo, el sufragio de usted....
DON EDUARDO. Dígole a usted que....
DOÑA MATILDE. Entonces ... no seré nunca de otro ... eso no ... pero gemiré en silencio sin ser suya, o iré a sepultarme en las lobregueces del claustro.
DON PEDRO. ¡Tú quedarte soltera! ¡Jesús qué desatino! Primero te casaría con un bajá de tres colas, cuanto más que el Sr. D. Eduardo es muy buen partido por todos títulos....
DOÑA MATILDE. ¿Qué dice usted?
DON PEDRO. De familia muy noble....
DOÑA MATILDE. Eso para mí es tan indiferente como el que fuera inclusero.
DON EDUARDO (aparte). Para mí no.
DON PEDRO. Y que será muy rico cuando herede a su tío....
DOÑA MATILDE (aparte). ¡Será rico! ¡Qué lástima!
DON PEDRO. De quien supongo que heredará también el título que aquél tiene de alguacil mayor de....
DOÑA MATILDE (aparte). ¡Alguacil mayor! ¡elegante título por vida mía!
DON EDUARDO. ¡Sí señor, si es de mayorazgo!
DOÑA MATILDE (aparte). ¡También mayorazgo!
DON PEDRO. Así, hija mía, puedes tranquilizarte, porque elección más juiciosa, más a gusto mío, más a gusto de todos....
DOÑA MATILDE (aparte). ¡Lo que engañan las apariencias!
DON PEDRO. Vamos, era imposible hacerla mejor ... y ya verás lo que se alegra tu tía Sinforosa, y las primas Velasco, y tu padrino el señor Deán, y....
DOÑA MATILDE (aparte). ¡Y todo el género humano; y sólo porque es rico! ¡Gente sórdida!
DON EDUARDO. ¡Ah! ¡Sr. D. Pedro, tanta bondad! Cómo podré yo pagar nunca....
DON PEDRO. Haciéndola feliz, Sr. D. Eduardo.
DON EDUARDO. ¡Lo será! ¿Cómo quiere usted que no lo sea? Adorada por su marido, mimada por sus parientes, respetada por sus amigos, pudiendo disfrutar de todo, sobrándole todo....
DOÑA MATILDE (aparte). ¡Y eso se llama ser feliz!
DON EDUARDO. ¿Pero qué tiene usted, Matilde mía? ¿Por qué se ha quedado usted tan callada?
DON PEDRO. La misma alegría que la habrá sobrecogido.... ¿No es eso, hija?